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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 55

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Capítulo 55: CAPÍTULO 54 (T2):

A la mañana siguiente, la nevada seguía cayendo con una constancia silenciosa. En la habitación improvisada como consultorio, la luz gris del amanecer se filtraba por la ventana, suavizada por el vidrio empañado. Sobre la camilla, la niña comenzó a moverse. Primero fue un leve temblor en los dedos, luego un parpadeo lento, pesado. Finalmente, sus ojos se abrieron.

Miró el techo. Después la ventana.

La nieve descendía en copos densos, hipnóticos, cubriendo el mundo en un blanco absoluto. La pequeña observó aquella escena con una expresión vacía, sin sorpresa ni alivio, como si contemplara algo que no le pertenecía.

En ese momento, la puerta se abrió con suavidad.

Haru entró, aún con el abrigo puesto, y al verla despierta se quedó inmóvil apenas un segundo antes de reaccionar.

—¡Rane! —llamó con urgencia contenida—. ¡Rane, despertó!

Los pasos apresurados del médico resonaron por el pasillo. Rane irrumpió en la habitación ajustándose los lentes, su mirada profesional evaluando cada detalle incluso antes de llegar a la camilla.

—Buenos días, pequeña —dijo con voz calmada mientras se inclinaba hacia ella—. ¿Cómo te sientes?

La niña giró lentamente la cabeza hacia él.

—No lo sé…

La respuesta, débil y monocorde, hizo que Rane frunciera ligeramente el ceño. Sin perder tiempo, comenzó a revisarla: pulso, temperatura, reacción pupilar. Sus manos se movían con precisión, aunque algo en el ambiente empezaba a tensarse.

Tras unos segundos, se incorporó y miró a Haru.

—Todo está bien. Su cuerpo respondió bien al tratamiento. Pero deberá permanecer en cama al menos un día más para evitar cualquier secuela.

Haru dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.

Rane volvió su atención a la niña.

—Dime, pequeña… ¿cómo te llamas?

Ella lo observó en silencio. Sus ojos eran claros, serenos… demasiado serenos.

—No lo sé.

El aire pareció enfriarse de golpe.

—¿No lo sabes? —repitió Rane, con suavidad cautelosa.

La niña negó apenas.

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?

Haru sintió un nudo formarse en su garganta. Rane intercambió una rápida mirada con él; algo no estaba bien.

El médico se acercó a Haru y murmuró en voz baja:

—Necesito examinarla más a fondo. Espera afuera.

Haru asintió sin discutir y salió, cerrando la puerta con cuidado.

Apenas quedó solo, Rane volvió hacia la niña, formulando preguntas suaves, midiendo reacciones. Sin embargo, cada respuesta era corta, distante, sin matices. No había ansiedad, ni miedo, ni confusión.

Nada.

En el pasillo, Haru permanecía de pie, rígido, cuando Soleia apareció con pasos silenciosos.

—¿Cómo está la niña? —preguntó con voz baja.

Él no respondió. Su mirada estaba perdida.

Soleia lo observó unos segundos antes de hablar de nuevo.

—Preparé chocolate caliente.

No añadió nada más. No hacía falta.

Haru asintió débilmente y la siguió hasta el comedor. La estancia era pequeña pero acogedora; una mesa redonda de madera ocupaba el centro, cubierta por un mantel naranja de tejido grueso. Tres sillas desiguales la rodeaban, cada una marcada por años de uso. Una repisa sostenía frascos de hierbas secas y tazas de cerámica. Al fondo, la cocina compartía el mismo espacio: una estufa antigua de hierro emitía un calor constante, y el aroma del cacao llenaba el aire, mezclado con el suave crepitar del fuego.

Soleia sirvió el chocolate en una taza humeante y la deslizó hacia Haru.

—¿Qué ocurre?

Él sostuvo la taza entre las manos, buscando calor.

—No recuerda nada… ni siquiera su nombre.

Soleia guardó silencio un instante.

—La ayudaremos —dijo finalmente—. Haremos todo lo posible.

Las palabras, simples pero firmes, parecieron aliviar apenas el peso sobre Haru.

Terminaron el chocolate en silencio.

Poco después, Rane apareció. Se quitó la bata mientras caminaba y tomó asiento frente a Haru. Su rostro, aunque sereno, mostraba una sombra de preocupación difícil de ocultar.

Soleia se levantó.

—Iré arriba a ordenar algunas cosas en el segundo piso, hablen mientras tanto.

Sus pasos se desvanecieron en la escalera.

Haru habló de inmediato.

—¿Cómo está?

Rane apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Físicamente, estable. Pero… Haru…

El silencio que siguió fue pesado.

—Ha perdido la memoria.

Haru apretó la mandíbula.

—¿Por el golpe?

—Eso pensé —respondió Rane—. Revisé su cabeza nuevamente. No hay heridas visibles, ni hematomas. Nada que indique un trauma severo.

—Entonces… ¿qué?

Rane desvió la mirada hacia la ventana cubierta de escarcha.

—Hay algo más.

Haru sintió un escalofrío.

—Le hice preguntas. Intenté provocar alguna reacción emocional. Miedo, confusión, tristeza… lo normal en alguien desorientado.

Hizo una pausa.

—Pero no hubo nada.

—¿Nada?

—Nada, Haru. No expresa ansiedad, ni curiosidad, ni temor. Es como si… —dudó un segundo— …como si no sintiera absolutamente nada.

El silencio cayó como un peso muerto.

—¿Qué quieres decir?

Rane lo miró con gravedad.

—No solo perdió la memoria.

Otra pausa.

—También sus emociones.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Haru tragó saliva.

—¿Se puede hacer algo?

Rane negó lentamente.

—Para entender qué ocurre necesitaríamos equipos más avanzados. Escáneres, estudios neurológicos… cosas que aquí no existen.

—La ciudad… —murmuró Haru.

—Sí. Pero sabes tan bien como yo que esas consultas son costosas.

La realidad golpeó con crudeza.

—Quizá lo mejor sea llevarla a la ciudad y entregarla a la policía —continuó Rane con voz cansada—. Ellos podrán hacerse cargo. No tienes por qué asumir una carga que no es tuya.

Haru no respondió y se levantó lentamente.

—Gracias por tu ayuda, Rane. Pero, no haré eso.

Sin esperar respuesta, Haru se dirigió a la salida. Sin embargo, Rane lo siguió y lo detuvo en el umbral.

—Haru, espera… sé lo cómo te sientes ahora…

El viento helado soplaba entre ambos.

—Pero, tú ya no estás en edad de cuidar a alguien más. El camino que quieres tomar será difícil.

Haru sostuvo su mirada.

—No voy a dejarla sola.

Rane guardó silencio.

—Volveré después. Por favor, cuídala mientras tanto.

Y sin añadir nada más, Haru se alejó entre la nieve.

Rane permaneció en la puerta, observándolo desaparecer.

Con una inquietud que no lograba explicar creciendo lentamente en su pecho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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