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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 56

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Capítulo 56: CÁPITULO 55 (T2):

Haru permanecía sentado sobre un tronco cubierto por una fina capa de nieve endurecida. El bosque se extendía ante él como un océano blanco e inmóvil, donde los árboles desnudos alzaban sus ramas oscuras hacia un cielo gris pálido. El viento soplaba con suavidad, levantando pequeños remolinos de polvo helado que brillaban fugazmente bajo la luz opaca del día. A unos metros, Kwan, Rain e Iris jugaban entre la nieve, persiguiéndose con la despreocupación que solo los animales conocen, ajenos al peso que oprimía el pecho de su dueño.

Haru, en cambio, estaba lejos de aquella escena.

Con manos lentas, casi ceremoniosas, deslizó los dedos dentro del bolsillo interior de su casaca. Sacó una fotografía doblada varias veces, visiblemente gastada por los años. La desdobló con cuidado.

En la imagen aparecía una mujer de unos treinta y cinco años. Su piel trigueña parecía irradiar calidez incluso en papel envejecido; su cabello rojizo, suelto y ondulado, caía sobre los hombros cubiertos por un abrigo de lana color crema. Sus ojos cafés, profundos y vivos, sostenían una sonrisa serena, luminosa. Detrás de ella, el bosque nevado formaba un fondo blanco y suave, como si la naturaleza misma quisiera resaltar su presencia.

Haru recorrió la imagen con la mirada.

Sus labios temblaron apenas.

—Eleonora… —susurró.

El nombre salió cargado de nostalgia y culpa.

—Estoy tomando la decisión correcta… ¿verdad? Si tan solo estuvieras aquí… tú sabrías qué hacer…

Su garganta se cerró.

—Si tan solo no te hubiera dejado sola ese día…

El viento pareció desvanecerse.

Y el recuerdo lo arrastró sin piedad.

Era otoño, en esos días en que el frío comenzaba a infiltrarse lentamente, anunciando la llegada inevitable del invierno. Las hojas doradas cubrían el sendero frente a una pequeña casa verde, acogedora, con ventanas amplias y cortinas claras que danzaban suavemente con la brisa.

La puerta principal se abrió.

Un Haru más joven, de unos cuarenta y cinco años, salió ajustándose la chaqueta. Vestía con pulcritud: camisa blanca, corbata oscura, abrigo gris. Su rostro, menos marcado por el tiempo, aún conservaba una firmeza serena.

Detrás de él apareció Eleonora.

Cinco años menor, radiante incluso bajo la luz fría de la mañana. Llevaba un suéter tejido y una bufanda rojiza que realzaba el tono cálido de su cabello. Se acercó con naturalidad y le acomodó la corbata con dedos delicados.

—Vuelve temprano —dijo con una sonrisa suave.

Haru la miró con ternura.

—Lo haré. Estaré en casa para el almuerzo.

Ella asintió.

—Te esperaré.

Se despidieron con un beso lento, cargado de esa intimidad tranquila construida a lo largo de los años.

Entonces, un ladrido agudo interrumpió el momento.

Kwan, apenas un cachorro torpe de tres meses, saltaba sobre sus pequeñas patas, exigiendo atención.

Eleonora rió.

—Alguien más quiere despedirse.

Haru se arrodilló y acarició al cachorro, que movía la cola con entusiasmo desbordado.

—Cuídala, pequeño guardián.

Kwan respondió con otro ladrido.

Haru se levantó, agitó la mano en señal de adiós y emprendió el camino.

Las horas transcurrieron pesadas en la oficina. El reloj avanzaba con una lentitud irritante. Al medio día, cuando Haru ya se preparaba para regresar a casa, su jefe apareció junto a su escritorio.

—Necesito que entregues estos documentos en la ciudad.

Haru lo miró, desconcertado.

—Señor, mi turno termina ahora. Debo volver a casa.

El hombre ni siquiera lo consideró.

—Son urgentes.

—Pero ir a la ciudad y volver me tomará horas.

El gesto del jefe se endureció.

—¿Te estás negando?

—No es eso, pero…

—Siempre supe que eras un flojo, Haru —interrumpió con desprecio—. Haz tu trabajo si no quieres ser despedido.

La rabia ardió en el pecho de Haru. No era la primera vez. Aquel hombre despreciaba a todos por igual.

Pero necesitaba el empleo.

Apretó la mandíbula.

—Iré.

Antes de salir de la oficina, Haru se detuvo junto al escritorio donde descansaba el teléfono. Era uno de aquellos aparatos antiguos, de cuerpo negro y pesado, con auricular unido por un cable en espiral y un disco metálico que debía girarse con el dedo para marcar cada número. El zumbido bajo de la línea acompañó el giro pausado del marcador, número por número, hasta completar el de su casa.

Al otro lado, el timbre resonó con su campanilleo mecánico.

Eleonora atendió enseguida.

—¿Haru? ¿Pasa algo? ¿Ya saliste del trabajo? La comida está casi lista.

Haru cerró los ojos un instante y apoyó la frente en la pared fría, sosteniendo el auricular con fuerza.

—Lo siento… no voy a poder volver a casa todavía. Me enviaron a la ciudad. Intentaré regresar lo antes posible.

Durante un segundo no se oyó nada, salvo el leve chisporroteo de la línea.

—Está bien, no te preocupes por mí —dijo ella—. Pero ese jefe tuyo te debe una.

—Me debe varias.

—Ya verás. Cuando tengamos la florería con la que siempre soñamos, tú serás el jefe… y uno mucho más guapo, por cierto.

Haru soltó una risa, más sincera esta vez.

—Ah, ¿sí? ¿Y eso viene incluido en el sueño?

—Claro que sí. Nuestro local pequeño, lleno de luz y de flores por todas partes. Sin jefes gruñones, sin órdenes absurdas.

—Suena mejor cada vez.

—Y nada de regaños por llegar cinco minutos tarde.

—Entonces aceptaré el puesto. Pero solo si la dueña me invita té por las tardes.

—Eso se puede negociar.

La ligereza se volvió ternura.

—Con que vuelvas a casa sano y salvo me basta.

—Volveré.

—Cuídate, ¿sí?

—Lo haré.

Se despidieron entre sonrisas que ninguno podía ver, pero que ambos imaginaban con claridad.

Sin saber que aquel adiós sería distinto.

El viaje fue largo. Bus, estación, tren. Tres horas envuelto en el traqueteo metálico y el murmullo de desconocidos. Al llegar a la ciudad, Haru entregó los documentos y regresó apresurado. Miró su reloj.

Las dos de la tarde.

Si todo salía bien, estaría en casa antes de las cinco.

Horas después, en casa, el reloj marcaba las cuatro de la tarde. Eleonora leía junto a la ventana. La luz gris del cielo comenzaba a apagarse cuando los primeros copos de nieve descendieron, tímidos y silenciosos.

Se levantó, caminó hacia la cocina y comenzó a preparar una infusión. Al abrir el frasco de hierbas, frunció el ceño.

Quedaba muy poco.

Miró por la ventana.

La nevada se intensificaba.

—Kwan —dijo con suavidad.

El cachorro apareció de inmediato.

—Vamos rápido al huerto antes de que la nieve lo cubra todo.

Se abrigó bien, ajustó su bufanda y salió junto al pequeño perro. Caminaron entre los árboles hasta llegar al huerto escondido entre la arboleda. La nieve caía con más fuerza ahora.

—Tomemos lo necesario y volvamos.

Entonces… El teléfono de la casa vibró sobre la mesa.

Un aviso de emergencia:

—Atención todos los pobladores, se ha registrado la presencia de lobos cerca del pueblo. Se recomienda no salir de casa hasta que la situación sea controlada.

Pero Eleonora ya no estaba allí para escucharlo.

En el tren de regreso, Haru observaba cómo la nieve devoraba el paisaje. De pronto, el convoy redujo la velocidad… hasta detenerse.

La voz del conductor resonó:

—Debido a un accidente en los carriles causado por la nevada, permaneceremos detenidos hasta solucionar el problema.

Un mal presentimiento atravesó a Haru.

Se dirigió al teléfono del vagón.

Marcó. Una vez. Dos. Tres. Nadie respondió.

El silencio al otro lado de la línea comenzó a pesarle como plomo. Pero intentó calmarse.

—Tal vez se quedó dormida…

Aunque en el fondo… algo dentro de él lo inquietaba.

Eleonora terminó de recolectar las hierbas necesarias. Sus dedos, entumecidos por el frío creciente, cerraron con cuidado la pequeña puerta del huerto, asegurándose de que quedara bien cerrada. La nieve caía ahora con más densidad, formando una cortina blanca que difuminaba los contornos del bosque. Ajustó su abrigo, abrazó a Kwan contra su pecho y comenzó el regreso.

Entonces lo escuchó.

Un crujido.

No de ramas movidas por el viento… sino de algo que avanzaba.

Se detuvo.

El corazón le dio un salto violento. Kwan emitió un leve gemido, inquieto. Eleonora lo sostuvo con más fuerza y avanzó lentamente, cada paso medido, cada respiración contenida. Los árboles se alzaban oscuros a su alrededor, y el silencio, roto solo por la nieve cayendo, comenzó a volverse opresivo.

Cuando estaba a punto de abandonar la arboleda, una figura emergió entre la neblina blanca.

Un lobo. Grande y gris.

Inmóvil. Eleonora se quedó helada. Sus ojos se abrieron con terror instintivo. Retrocedió un paso. Luego otro.

Pero el peligro ya la rodeaba.

A su izquierda apareció un segundo lobo. Y a su derecha, un tercero.

Tres pares de ojos brillando con hambre.

—No… —susurró.

Los animales comenzaron a cerrarse en círculo.

El cachorro, temblando pero decidido, dio un paso al frente y lanzó un ladrido agudo. Intentó mostrarse grande, interponiéndose entre ella y los lobos. El primero en reaccionar fue el más cercano: avanzó con un gruñido bajo.

Kwan se lanzó antes de que Eleonora pudiera detenerlo.

Fue un acto instintivo, valiente… y temerario.

El lobo lo embistió con el hombro y lo apartó de un golpe. Kwan rodó sobre la nieve, lanzó un quejido y quedó tendido, aturdido, con el costado herido.

—¡Kwan! —gritó ella.

No hubo tiempo para más.

Eleonora tomó un palo grueso, medio enterrado en la nieve, y apenas lo alzó cuando el primer lobo se abalanzó. El impacto fue brutal. Giró el cuerpo y descargó el golpe con todas sus fuerzas. La madera resonó contra el costado del animal, desviándolo lo justo para evitar sus colmillos.

Otro atacó por un ángulo ciego. Ella levantó el palo como escudo y las mandíbulas chocaron contra la madera con un crujido aterrador.

La nieve volaba a su alrededor entre gruñidos y respiraciones agitadas. Eleonora golpeó una y otra vez, impulsada por el puro instinto. Uno de los lobos retrocedió aturdido tras recibir un impacto en el hocico.

Aprovechó ese segundo.

Corrió hacia Kwan, lo alzó en brazos pese al dolor que ya comenzaba a punzarle en la pierna, y huyó.

No llegó lejos.

Un lobo alcanzó a morderla antes de que pudiera apartarse. El dolor le atravesó la pierna como fuego. Aun así, siguió avanzando, arrastrándose casi, abrazando al cachorro contra su pecho.

Sus fuerzas comenzaron a abandonarla.

Cuando ya no pudo más, lo bajó con cuidado en la nieve.

—Escóndete… —susurró, sin aliento.

Un crujido cercano la heló. Kwan, pese al dolor, alzó las orejas y, al escuchar el ruido entre los árboles, se arrastró hasta perderse entre unos arbustos cubiertos de escarcha.

Eleonora se apoyó en el tronco de un árbol grueso y se ocultó tras él, intentando controlar su respiración. El corazón le retumbaba en los oídos.

El gruñido volvió a oírse.

Un lobo la había seguido.

Lo sintió antes de verlo: el aliento caliente, el paso lento sobre la nieve. El animal rodeó el árbol hasta encontrarla.

Y cuando se lanzó…

Una sombra salió de los arbustos.

Kwan.

El cachorro se arrojó directo al cuello del lobo, clavando los dientes con una ferocidad desesperada. No era fuerte, pero mordió con todo lo que tenía. El lobo rugió de dolor y sacudió el cuerpo con violencia. Logró soltarse, pero no sin antes recibir un desgarro en el cuello.

Con un movimiento brutal, lanzó a Kwan contra la nieve.

El cachorro cayó pesadamente, esta vez herido de gravedad.

El lobo, sangrando, retrocedió unos pasos, confundido y furioso.

Y, aun así, Kwan había conseguido dañarlo.

El lobo, con el pelaje manchado por su propia sangre, volvió la cabeza hacia Eleonora. Sus ojos brillaban con una furia renovada.

Ella apenas tuvo tiempo de incorporarse contra el tronco. Levantó los brazos en un intento desesperado por protegerse. Las garras rasgaron su abrigo, hundiéndose en la tela con un sonido áspero. El peso del animal la empujó hacia atrás.

Las fauces descendieron.

Entonces… un disparo. El estruendo sacudió el bosque.

El lobo se desorientó apenas un segundo. Fue suficiente. Eleonora reunió las últimas fuerzas que le quedaban y forcejeó con desesperación. Sus manos empujaron el pecho del animal; sus piernas resbalaron en la nieve. Ambos cuerpos rodaron por la pendiente helada, golpeándose contra la tierra endurecida y las raíces ocultas.

En un último impulso, Eleonora lo empujó con todo lo que tenía.

El lobo salió despedido y se estrelló contra unas rocas filosas. El impacto fue seco, definitivo. Su cuerpo quedó inmóvil al instante.

Pero Eleonora no logró detenerse.

Siguió rodando cuesta abajo hasta que su cuerpo chocó brutalmente contra un árbol caído.

El mundo se volvió silencio.

Intentó incorporarse, pero algo la retenía. Miró hacia abajo.

Una astilla gruesa, parte del tronco desgarrado, sobresalía como una lanza. La punta se había incrustado profundamente en el lado derecho de su abdomen.

El dolor fue indescriptible.

El aire escapó de sus pulmones en un jadeo ahogado. La nieve comenzó a teñirse de rojo bajo su cuerpo.

Entonces vio movimiento.

Kwan se acercaba tambaleante, herido, arrastrando una pata. Cada paso parecía costarle un esfuerzo enorme, pero no se detenía.

Eleonora, con lágrimas mezclándose con la nieve en su rostro, extendió una mano temblorosa y acarició la cabeza del pequeño.

—Buen chico… mi valiente pequeño…

Kwan gimió suavemente, apoyando el hocico contra su pecho.

Ella tragó con dificultad, sintiendo cómo el frío comenzaba a adormecerla.

—Ve a casa… busca a Haru…

El cachorro la miró fijamente, como si comprendiera cada palabra.

Y obedeció.

Eleonora lo observó alejarse entre la tormenta blanca, su silueta pequeña perdiéndose entre los árboles.

Sola.

Horas después, Haru irrumpió en la casa envuelto en pánico. La oscuridad ya cubría el pueblo. Recorrió cada habitación, abrió puertas, llamó su nombre una y otra vez.

—¡Eleonora!

Pero no había respuesta.

El miedo comenzó a devorarlo.

Salió al exterior. El viento cortaba la piel y la nieve golpeaba su rostro.

Entonces, entre la penumbra, una figura emergió tambaleante desde la calle cubierta de blanco.

Kwan.

Estaba malherido y ensangrentado.

—¡Kwan!

Haru corrió hacia él, horrorizado. Se arrodilló para examinarlo, pero Kwan ladró con urgencia, tironeando de su pantalón con el hocico. Luego, reuniendo fuerzas imposibles, se volvió y echó a correr de regreso al bosque.

—¡Kwan! ¡Espera!

Haru lo siguió sin pensar. La nieve caía con furia, dificultando cada paso. El viento silbaba entre los árboles.

De pronto…

Otro disparo resonó en la distancia.

El sonido le heló la sangre. En aquel pueblo solo se disparaba para cazar… o para abatir lobos.

El terror lo impulsó. Corrió más rápido, tropezando, levantándose, sin sentir ya el frío ni el cansancio. Kwan lo guiaba, tambaleante pero decidido, hasta detenerse frente a un árbol caído.

Y allí…

Eleonora.

Su cuerpo yacía destrozado, inerte contra la nieve manchada de rojo.

Haru cayó junto a ella, hundiendo las rodillas en la nieve. El mundo se desmoronó a su alrededor.

—No… no… Eleonora… abre los ojos… mírame… por favor…

La sostuvo con torpeza, temblando, apartándole el cabello del rostro ensangrentado.

—Ya estoy aquí. Todo va a estar bien. ¿Me oyes? No voy a dejar que te pase nada. No volveré a dejarte sola…

Kwan gimió a su lado.

Los párpados de Eleonora se estremecieron. Sus ojos se entreabrieron, desenfocados al principio, hasta que lograron encontrarlo.

—Haru…

Fue apenas un susurro.

—Sí, soy yo. Perdóname… tardé demasiado… —su voz se quebró—. Pero estoy aquí. Te llevaré al pueblo ahora mismo. Resistirás. Siempre eres más fuerte de lo que crees.

Intentó incorporarla, pero ella dejó escapar un leve quejido. La sangre seguía extendiéndose bajo su cuerpo.

—No… ya no…

—No digas eso —respondió él, negando con la cabeza—. No te atrevas a rendirte ahora. ¿Qué hay de nuestra florería? Dijiste que pintaríamos la puerta de un azul oscuro. Aún no hemos discutido eso.

Una sombra de sonrisa cruzó el rostro pálido de Eleonora.

—Azul claro… no oscuro…

—Está bien, azul claro —insistió él con desesperación—. Y pondremos esas campanas en la entrada, ¿recuerdas? Las que suenan cuando alguien entra… y tú dirás que elegí las más ruidosas.

Su respiración se volvió irregular.

—Haru… escucha…

—No. No quiero escuchar despedidas. Quiero oírte regañarme por dejar las herramientas tiradas. Quiero oírte decir que compré demasiadas semillas otra vez…

Las lágrimas corrían sin control por su rostro.

Eleonora alzó una mano débil y rozó su mejilla.

—Gracias… por amarme…

El mundo de Haru se quebró.

—Siempre voy a amarte. Así que quédate. Quédate conmigo. Te lo suplico… no me dejes solo…

Sus dedos se aferraron apenas al abrigo de él.

—No estarás solo…

—Lo estaré —susurró, roto—. Sin ti… lo estaré…

Ella lo miró con una ternura infinita.

—Esto… no es un adiós definitivo…

Haru negó con desesperación.

—No hables así…

—Cuando llegue el momento… —continuó ella con voz cada vez más tenue— volveremos a encontrarnos… Yo estaré allí… esperándote…

Sus ojos brillaron un instante, como si miraran algo más allá del bosque nevado.

—No importa cuánto tiempo pase… te esperaré, Haru…

—No quiero que me esperes —sollozó él—. Quiero que te quedes.

Una lágrima resbaló por la sien de Eleonora y se perdió en la nieve.

—Cuando veas florecer algo hermoso… piensa en mí… y sonríe…

Su voz se volvió apenas aire.

—Te amo…

El último aliento se deshizo en el frío.

—Eleonora… no… mírame… mírame…

Esperó.

Pero su pecho no volvió a alzarse.

Haru la abrazó con fuerza, balanceándose sobre la nieve como si aún pudiera protegerla del mundo. Su llanto se elevó hacia el cielo gris, mezclándose con el viento del invierno.

Y en medio del dolor más profundo, una pequeña y cruel esperanza quedó sembrada en su corazón:

Que algún día, en algún lugar, volvería a verla.

El recuerdo se disipó lentamente.

Se desvaneció cuando Haru sintió un roce húmedo en su mano que lo devolvió al presente.

Era Kwan. Ya adulto.

Haru lo acarició, con los ojos aún cargados de tristeza, pero también de determinación.

—Ayudar a esa niña… es lo que Eleonora habría querido.

Kwan ladró suavemente, como asintiendo.

Haru se puso de pie, respiró hondo y silbó.

—Vamos, chicos… aún tenemos que recoger al nuevo integrante de la familia.

Rain e Iris corrieron hacia él, moviendo la cola con energía contenida.

Los tres perros avanzaron junto a Haru, perdiéndose entre la luz fría del invierno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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