Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 58
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- Capítulo 58 - Capítulo 58: CAPÍTULO 57 (T2):
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Capítulo 58: CAPÍTULO 57 (T2):
Haru llegó hasta su camioneta mientras la nieve seguía cayendo en copos densos y silenciosos. El vehículo estaba casi sepultado bajo una capa blanca: el parabrisas, el techo y, sobre todo, la parte trasera parecían formar parte del paisaje helado.
Suspiró con cansancio. El frío se filtraba a través de su abrigo mientras abría la puerta lateral y rebuscaba entre las herramientas hasta encontrar una espátula metálica.
El sonido áspero del metal raspando la nieve rompió la quietud del bosque.
Trabajó con movimientos firmes, aunque el frío comenzaba a entumecerle los brazos. La nieve caía sobre sus hombros mientras apartaba montones blancos del vehículo.
Cerca de él, Rain e Iris husmeaban entre los árboles, dejando pequeñas huellas sobre la superficie virgen. Kwan, en cambio, permanecía más quieto, atento a todo, como siempre.
Cuando Haru terminó de despejar casi toda la compuerta trasera, algo captó su atención.
Un destello, dorado.
Frunció el ceño y se inclinó. Con la mano enguantada apartó con cuidado la nieve restante. Debajo apareció un collar.
Lo levantó lentamente, extrañado.
—¿Cómo llegó esto aquí…?
Rain ladró detrás de él.
Haru giró la cabeza.
—¿Lo encontraste tú?
El husky volvió a ladrar, moviendo la cola con energía.
Haru observó el collar con más detenimiento. El metal estaba helado, pero su diseño era delicado, cuidadosamente trabajado. En la pequeña placa grabada, un nombre resaltaba bajo la luz gris del día.
Arika.
El hombre permaneció en silencio unos segundos.
El viento sopló entre los árboles, levantando pequeñas espirales de nieve.
—Arika… —murmuró en voz baja.
Miró nuevamente a Rain.
—¿Lo encontraste donde estaba la niña?
Otro ladrido.
Haru asintió lentamente.
—Entonces… tal vez este sea su nombre.
Guardó el collar con cuidado en el bolsillo interior de su abrigo, como si sostuviera algo frágil, algo importante.
Luego abrió las puertas traseras de la camioneta.
—Vamos, chicos.
Los perros subieron de un salto. Haru rodeó el vehículo, se acomodó en el asiento del conductor y encendió el motor. El rugido suave rompió el silencio del bosque mientras emprendía el camino hacia la casa de Rane.
Cuando Haru llegó a la casa de Rane, el cielo ya comenzaba a oscurecerse. La nieve seguía cayendo con la misma paciencia interminable del invierno, cubriendo el camino y los árboles con una capa cada vez más espesa.
Detuvo la camioneta frente a la casa y apagó el motor.
Por un momento se quedó sentado al volante, observando cómo los copos golpeaban el parabrisas. Luego tomó el collar dentro de su abrigo y lo apretó ligeramente entre sus dedos.
—Tal vez… esto sea importante —murmuró.
Abrió la puerta y descendió del vehículo. El aire helado lo golpeó de inmediato.
Rodeó la camioneta y abrió la compuerta trasera.
—Bajen, chicos.
Rain saltó primero, seguido de Iris. Kwan descendió con la calma habitual, sacudiendo ligeramente la nieve de su lomo.
En ese momento, Soleia apareció en el porche de la casa, envuelta en un abrigo grueso.
—¿Haru? —preguntó con sorpresa.
Haru apenas la miró.
—¿Puedes quedarte con ellos un momento?
Sin esperar respuesta, tomó suavemente a Rain por el collar y se lo entregó. Iris y Kwan la siguieron con obediencia.
Soleia frunció ligeramente el ceño.
—¿Ocurre algo?
Pero Haru no respondió.
Su atención estaba fija en el objeto que llevaba guardado en el abrigo.
Caminó con pasos rápidos hacia la puerta principal y tocó con una urgencia contenida.
La puerta se abrió casi de inmediato.
Rane apareció en el umbral.
—¿Haru?…
El hombre sacó el collar y lo levantó ligeramente.
—Encontré algo que le pertenece a la pequeña. Tal vez pueda ayudarnos.
Rane lo observó en silencio, estudiando el objeto en su mano y con una mirada de preocupación por su amigo.
Haru respiró hondo.
—Sé que te preocupas por mí… y créeme, lo agradezco —dijo con firmeza—. Pero he tomado una decisión. Me haré cargo de ella, sin importar el resultado.
El médico sostuvo su mirada durante unos segundos. Algo en la expresión de Haru le recordó una determinación antigua… una que no veía desde hacía muchos años.
Rane suspiró suavemente.
—Haru… antes que nada… debo disculparme.
El hombre frunció ligeramente el ceño.
—No debí hablarte de esa manera en ese momento —continuó Rane—. Hablé desde la preocupación… pero no fui justo contigo, lo lamento.
Bajó un poco la mirada.
—Sé que no es una decisión fácil… y también sé que no la tomaste a la ligera.
Volvió a mirarlo con seriedad.
—Si esta es la decisión que has tomado… entonces la respeto.
Hizo una pequeña pausa.
—Y te ayudaré en todo lo que pueda.
Haru dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.
—Sabía que terminarías diciendo algo así.
Rane soltó una leve risa.
—Te conozco desde hace demasiado tiempo como para intentar convencerte de lo contrario.
Ambos se miraron unos segundos… y finalmente se abrazaron.
Fue un abrazo breve, pero sincero. El tipo de abrazo que solo se dan dos amigos que han compartido demasiadas cosas en la vida.
Rane le dio una palmada en la espalda.
—No estás solo en esto, ¿de acuerdo?
Haru asintió.
—Lo sé… gracias.
Se separaron y comenzaron a caminar juntos por el pasillo de la casa.
—¿Cómo está la pequeña? —preguntó Haru mientras avanzaban.
Rane cruzó los brazos, pensativo.
—No ha habido cambios.
Sus pasos resonaban suavemente en el suelo de madera.
—Sigue sin recordar nada, y emocionalmente… distante. Como si estuviera observando el mundo desde lejos.
Llegaron frente a una puerta cerrada.
Rane miró el collar que Haru aún sostenía.
—Pero tu hallazgo podría provocar algo. A veces un objeto familiar puede despertar recuerdos… o al menos una reacción.
Tomó el picaporte y abrió la puerta con suavidad.
Luego dio un paso a un lado y señaló el interior de la habitación.
—Adelante, ve a hablar con ella. Tal vez tengas más suerte que nosotros.
Haru asintió.
—Eso espero.
Dentro, la habitación estaba en calma. La niña permanecía sentada en la camilla, mirando la nevada a través de la ventana. Sus ojos seguían tan serenos, tan inexpresivos, que resultaba imposible adivinar qué ocurría en su interior.
Haru se acercó despacio y se sentó a su lado.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente él rompió el silencio.
—Se que no me conoces, pero yo… fui quien te encontró.
La niña giró ligeramente el rostro hacia él.
—Estabas sola, en medio del bosque. Perdida e inconsciente entre la nieve.
Haru bajó un poco la mirada, como si buscara las palabras correctas.
—Y la verdad es que… no sé quién eres.
Respiró hondo.
—No sé tu nombre… ni de dónde vienes… ni qué te pasó.
Metió la mano dentro de su abrigo.
—Pero había algo contigo cuando te encontré.
Sacó el collar.
El metal dorado reflejó tenuemente la luz de la habitación.
—Tal vez esto pueda ayudarte a recordar algo.
Con cuidado tomó la pequeña mano de la niña y dejó el collar sobre su palma.
Ella lo observó con atención. Sus dedos recorrieron el contorno del metal con calma, como si intentara despertar un recuerdo dormido.
Sus labios se movieron suavemente.
—Arika…
El nombre salió como un murmullo.
Luego levantó la mirada hacia Haru.
—¿Ese… es mi nombre?
Haru negó lentamente.
—No lo sé.
Miró el collar con cierta tristeza.
—Pero estoy seguro de que pertenece a tu historia.
El silencio regresó.
La nieve continuaba cayendo afuera.
Haru apoyó los antebrazos sobre sus rodillas antes de hablar otra vez.
—Ahora mismo… no sabemos nada de ti.
Se quedó pensativo un momento.
—Lo correcto sería llevarte con las autoridades.
Arika lo escuchaba en silencio.
—Pero al no recordar nada y no tener ninguna identificación tuya… será difícil encontrar a tu familia.
Haru bajó la voz.
—Probablemente te envíen a un orfanato mientras investigan.
Sus ojos se oscurecieron un poco.
—Podrías quedarte allí mucho tiempo… o incluso crecer allí si nadie aparece.
El silencio volvió a extenderse.
Entonces Haru levantó la mirada hacia ella.
—Pero… hay otra opción.
Arika lo observó.
—Si tú quieres… puedo ayudarte.
Sus palabras fueron simples, pero sinceras.
—Puedo intentar encontrar a tu familia. Llevarte con especialistas que intenten ayudarte a recuperar la memoria.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar.
—Mientras tanto… también puedo ofrecerte algo más.
Sus ojos se suavizaron.
—Un lugar donde dormir. Comida. Un techo donde estar a salvo.
La miró con calma.
—Podrías quedarte conmigo hasta que encontremos a tu familia… o hasta que recuerdes quién eres.
Haru bajó un poco la voz.
—De alguna forma… podría convertirme en tu familia.
Luego añadió con suavidad:
—Al menos… temporalmente.
La niña permaneció quieta.
Su rostro seguía tan sereno como antes, casi imperturbable.
Tras unos segundos de silencio, preguntó:
—¿Por qué haría eso… si apenas me conoce?
La pregunta quedó flotando entre ellos.
Haru guardó silencio.
Y por un instante, su expresión cambió… como si aquel simple cuestionamiento hubiera despertado un recuerdo que prefería no enfrentar.
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