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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 59

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Capítulo 59: CAPÍTULO 58 (T2):

Haru guardó silencio un instante antes de responder.

—Cualquiera diría que lo hago por compasión… o por lástima.

Negó ligeramente con la cabeza.

—Pero en mi caso… es por egoísmo.

Arika inclinó un poco la cabeza.

Haru dejó escapar un suspiro suave.

—Quiero sentir que aún puedo hacer algo bueno con mi vida.

Su mirada se perdió un momento en el suelo.

—Hubo alguien… a quien no pude ayudar.

Su voz se volvió más baja.

—La persona que más amaba.

Cerró los ojos un segundo.

—Ayudarte… quizá no cambie el pasado… pero al menos aliviaría un poco este peso que llevo.

Arika lo observó largo rato. Parecía analizar cada palabra. Finalmente habló.

—No entiendo bien todo lo que dice.

Haru esbozó una sonrisa cansada.

—No tienes que entenderlo.

Hubo otro momento de silencio. Entonces la niña sostuvo el collar entre sus manos.

—Si ayudarme es lo que quiere…

Alzó la mirada hacia él.

—Entonces lo aceptaré.

Hizo una pequeña pausa.

—Esa será mi forma de devolverle el favor por salvarme.

Haru sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.

—No tienes que hacerlo por eso.

Arika negó levemente.

—Es lo único que puedo ofrecer ahora.

El hombre la miró en silencio.

Aquella niña desconocida… encontrada en medio de la nieve… acababa de cambiar el rumbo de su vida.

—Gracias…—dijo finalmente—Entonces… empezaremos desde aquí.

Se levantó.

—Esperaré afuera. Te llevaré a tu nuevo hogar ¿está bien?

Arika asintió

Haru sonrió y salió cerrando la puerta.

Arika, sola, volvió a mirar el collar. Lo sostuvo entre ambas manos… y lentamente se lo colocó en el cuello.

En el pasillo, Haru se encontró con Rane y Soleia.

—¿Y bien, recordó algo? —preguntó Rane.

Haru negó con la cabeza.

Rane le apretó el hombro.

—Paciencia.

Soleia lo miro con intriga.

—Por cierto, Haru. ¿Qué encontraste?

—Un collar. Con un nombre grabado… Arika.

Los ojos de Soleia brillaron levemente.

—Arika… tal vez ese sea su nombre.

—Tal vez —respondió Haru—. Y con él… quizá podamos encontrar a su verdadera familia.

La puerta de la habitación se abrió con un leve crujido.

Arika apareció en el umbral.

La luz tenue del interior quedó a su espalda, dibujando suavemente su silueta en el pasillo.

—Estoy lista —dijo con voz baja y serena.

Sus manos descansaban juntas frente a ella, y el pequeño collar dorado brillaba débilmente sobre su pecho.

Levantó la mirada hacia Rane y Soleia.

Los observó durante un momento, como si intentara memorizar sus rostros.

Luego inclinó levemente la cabeza en un gesto respetuoso.

—Gracias… por cuidarme.

Rane le dedicó una sonrisa cálida, casi paternal.

—No tienes nada que agradecer, pequeña.

Arika bajó la mirada.

Sus dedos tocaron la pequeña placa del collar, recorriendo con suavidad las letras grabadas en el metal.

Respiró despacio.

—Llámeme… Arika.

El nombre quedó suspendido en el aire del pasillo, suave… pero firme.

Rane y Soleia intercambiaron una breve mirada de sorpresa.

El nombre aún parecía resonar en el aire del pasillo.

—Bueno… Arika —respondió finalmente Rane, con una calidez algo torpe pero sincera—. Recupérate bien… y espero que nos volvamos a ver pronto.

Soleia se arrodilló frente a la niña con suavidad y tomó sus manos entre las suyas.

—Si alguna vez necesitas ayuda… o simplemente un consejo… estaremos aquí para ti.

Sus ojos reflejaban una ternura tranquila.

—Este lugar también es tu casa.

Arika asintió lentamente.

Las despedidas fueron breves, pero cargadas de emociones silenciosas que ninguno expresó en voz alta.

Haru tomó con suavidad la mano de la niña.

—Vamos.

Caminaron juntos hacia la camioneta.

Desde la entrada de la casa, Rane los observaba marcharse mientras la nieve caía lentamente alrededor. Había algo en su mirada… una inquietud difícil de ocultar.

Soleia se acercó a su lado.

—No tienes por qué preocuparte —dijo en voz baja—. No lo veía tan emocionado desde…

Se detuvo.

Las palabras quedaron suspendidas.

Rane terminó la frase con un suspiro casi imperceptible.

—Desde Eleonora.

El nombre quedó suspendido entre ellos, pesado y silencioso, como un recuerdo que todavía dolía.

Soleia dirigió la mirada hacia el exterior. A través de la ventana vio a Haru alejándose lentamente, con la pequeña Arika a su lado, caminando juntos entre la nieve hacia la camioneta.

—Tal vez… —dijo en voz baja— la niña se convierta en su nueva razón para seguir adelante.

Rane levantó la vista hacia el cielo gris, donde la nieve seguía cayendo con calma infinita.

—Tal vez… —murmuró.

Los perros aguardaban junto a la camioneta, dejando pequeñas huellas sobre la nieve recién caída.

Cuando Haru y Arika se acercaron, Rain fue el primero en reaccionar. Su cola comenzó a moverse con entusiasmo, dibujando pequeños arcos en el aire. Iris dio un par de saltos curiosos alrededor de ellos, incapaz de contener su energía.

Kwan, en cambio, se aproximó con su habitual calma, caminando despacio y atento.

Haru se detuvo junto a ellos y apoyó una mano sobre el lomo de Rain.

—Chicos… ella es la pequeña que encontramos en el bosque.

Miró brevemente a Arika antes de continuar.

—La niña que estaba en medio de la nieve… pero ahora está bien.

Luego añadió:

—Su nombre es Arika.

Los perros se acercaron de inmediato.

Kwan fue el primero en llegar, olfateando con calma la mano de la niña.

Haru lo señaló con una pequeña sonrisa.

—Aunque todos ayudaron a encontrarte. De hecho… fue Kwan quien primero sintió tu presencia.

Arika levantó la mirada hacia el gran perro.

—¿Él… me encontró?

Haru asintió.

—Sí. Él detectó tu olor entre la nieve y comenzó a guiarme hasta donde estabas.

Kwan permanecía quieto frente a la niña, observándola con su serenidad habitual.

Arika lo miró unos segundos y luego extendió la mano, acariciando suavemente su cabeza.

Después hizo lo mismo con Rain, que movía la cola con energía, y con Iris, que inclinó la cabeza con curiosidad.

Sus movimientos eran suaves y cuidadosos.

Pero su rostro permanecía igual.

Sin sonrisa.

Sin temor.

Sin emoción.

—Gracias… a los tres—dijo finalmente.

Las palabras salieron tranquilas, casi mecánicas, como si supiera que debía decirlas aunque no comprendiera del todo el sentimiento detrás de ellas.

Haru notó ese pequeño detalle.

Por un instante, algo dentro de él se tensó.

Pero decidió ignorarlo.

Abrió la puerta del copiloto.

—Sube.

La ayudó a acomodarse en el asiento y luego rodeó la camioneta para ocupar su lugar al volante.

El motor arrancó, rompiendo el silencio del lugar.

El camino de regreso transcurrió en calma.

Solo el sonido de las ruedas aplastando la nieve y el murmullo del viento acompañaban el viaje.

Arika permanecía mirando por la ventana.

Los árboles del bosque pasaban lentamente frente a sus ojos, cubiertos de blanco.

Como si observara un mundo nuevo. Un mundo al que todavía no sabía si pertenecía.

Cuando finalmente llegaron, la nieve cubría el sendero y el jardín delantero. La casa emergía entre los árboles como un recuerdo detenido en el tiempo. Era una vivienda de madera pintada de un verde suave, aunque el color se había desvanecido en algunas partes, dejando al descubierto la textura envejecida de los tablones. El techo inclinado soportaba una gruesa capa de nieve, y desde las ventanas se filtraba una tenue luz cálida que contrastaba con el frío del exterior.

Haru bajó primero. Luego rodeó la camioneta y ayudó a Arika a descender.

Observó la casa por un instante antes de hablar.

—Bienvenida… a tu hogar.

Arika levantó la mirada y contempló la vivienda en silencio.

Las ventanas amplias.

La chimenea humeante.

El porche cubierto de nieve.

Aquella casa parecía guardar muchas historias.

Risas.

Silencios.

Ausencias.

Haru caminó hasta la puerta y la abrió.

El interior los envolvió de inmediato con el aroma cálido de la madera y del fuego encendido, mezclado con algo más… algo profundamente humano.

Había muebles antiguos cuidadosamente conservados, una alfombra tejida a mano frente a la chimenea y varias fotografías enmarcadas sobre una repisa.

Y entre ellas…

Eleonora.

Sonriendo eternamente desde el pasado.

Haru desvió la mirada con suavidad, como si aquel recuerdo aún pesara demasiado.

—Pasa, Arika.

La niña cruzó el umbral.

Y mientras lo hacía, algo invisible pareció moverse entre los ecos dormidos de aquella casa. Como si los recuerdos hubieran despertado… o como si el destino acabara de abrir una nueva puerta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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