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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 60

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Capítulo 60: CAPÍTULO 59 (T2):

Al entrar, Arika observó todo el lugar con calma, recorriendo la habitación con la mirada como si cada rincón guardara algo que necesitara comprender. Sus ojos se detuvieron en los muebles antiguos, en las cortinas que se movían suavemente por el viento que se filtraba por las rendijas, en los cuadros colgados en las paredes.

Caminó despacio hasta una cómoda de madera oscura. Sobre ella descansaba una fotografía enmarcada.

Arika la tomó con cuidado.

En la imagen aparecía una mujer joven de mirada luminosa y sonrisa serena. Su cabello caía suavemente sobre los hombros, y sus ojos parecían llenos de una calidez tranquila.

Arika observó la fotografía unos segundos, luego levantó la mirada hacia Haru.

—¿Esta mujer… es de quien habló antes?

Haru guardó silencio por un instante. Sus ojos se posaron en la fotografía, y algo en su expresión se volvió distante.

—Sí —respondió finalmente.

Se acercó un poco más.

—Se llamaba Eleonora.

Sus labios dibujaron una leve sonrisa nostálgica.

—¿No te parece hermosa?

Arika observó nuevamente la imagen.

—Lo es.

Lo dijo con la misma calma de siempre, sin cambiar su expresión.

Haru asintió suavemente y luego señaló hacia la sala.

—Espera aquí un momento. Prepararé la cena.

Arika dejó la foto nuevamente sobre la cómoda, exactamente en el mismo lugar donde estaba, y caminó hacia la sala.

Haru preparó una cena sencilla: sopa caliente, pan recién tostado y una infusión suave que llenó el aire con un aroma delicado.

Comieron frente a la chimenea, donde el fuego crujía con calma. Aunque casi no hablaron, el silencio no resultaba incómodo; era un silencio tibio, envolvente, como si la casa, tras mucho tiempo dormida, volviera lentamente a respirar.

Cuando terminaron, Haru se levantó alimento a sus pequeños amigos y luego guio a Arika al segundo piso. La madera de la escalera emitía pequeños gemidos bajo sus pasos.

—Esta será tu habitación.

Abrió la puerta con suavidad y prendió la luz.

El cuarto era sencillo, pero profundamente acogedor. Una cama pequeña descansaba junto a la ventana, cubierta por un edredón grueso color crema. Había una mesa de noche con una lámpara antigua, una alfombra tejida a mano y una estantería baja casi vacía, esperando historias, juguetes, vida. Cerca del ventanal, una cortina blanca se movía apenas con la respiración del viento.

La nieve caía afuera, silenciosa.

Haru sacó unas sábanas limpias y comenzó a arreglar la cama con movimientos cuidadosos, casi ceremoniales. Arika observaba en silencio.

—Por ahora no tengo ropa adecuada para ti —dijo mientras alisaba el edredón—. Pero mañana iré al mercado y conseguiré algo.

Haru la miró y la llamó con suavidad.

—Acércate. Ya es hora de que descanses.

La ayudó a acostarse, acomodando la manta hasta cubrirla por completo.

—Descansa, Arika.

La niña asintió levemente.

Haru apagó la luz, dejando solo la luz tenue que entraba desde el pasillo, y salió cerrando la puerta.

Arika permaneció despierta, mirando el techo. La casa crujía suavemente, como si susurrara secretos antiguos. Sus ojos, quietos y profundos, siguieron las sombras que la nevada proyectaba en las paredes.

El sueño llegó despacio.

Y la venció.

Al amanecer, el mundo estaba cubierto por un manto blanco. Haru se preparó temprano. Antes de salir, se inclinó frente a Arika.

—Debo ir al pueblo. No salgas, ¿de acuerdo? La nevada es fuerte.

—Sí.

La respuesta fue suave, casi ausente.

Haru dudó un instante… luego sonrió.

—Volveré pronto.

Los perros lo observaron marcharse.

En el mercado del pueblo, Haru caminaba entre puestos cubiertos de escarcha. El aire frío estaba lleno de voces, pasos y el tintinear de monedas.

Compró primero ropa de invierno: un abrigo pequeño de lana, guantes y una bufanda suave. Mientras los guardaban en una bolsa, Haru no pudo evitar imaginar si a Arika le quedarían bien.

Después se detuvo frente a un puesto de ropa infantil.

Varios vestidos colgaban ordenados por colores: rojos, azules, verdes pálidos y algunos tonos más suaves. Haru los observó durante un largo momento, con el ceño ligeramente fruncido.

Nunca antes había tenido que elegir algo así.

Tomó uno con cuidado entre sus manos. Era de un tono lavanda claro, suave como la neblina de la mañana.

Lo sostuvo frente a sí, intentando imaginar cómo se vería en Arika… pero no estaba seguro.

Miró a la vendedora con cierta incomodidad.

—Disculpe… —dijo—. Es para una niña.

La mujer levantó la vista con una sonrisa amable.

—¿Qué edad tiene?

Haru dudó un segundo.

—Más o menos… así de alta —respondió, levantando la mano para mostrar la estatura aproximada de Arika—. No estoy muy seguro de qué color elegir.

La mujer observó el vestido que tenía en las manos.

—Ese es bonito. Es cálido y el color es suave.

Mientras hablaban, otra vendedora del puesto cercano miró la escena con curiosidad. En un pueblo pequeño, casi todo se sabía.

La primera mujer dobló el vestido con cuidado y lo miró con una sonrisa ligera.

—Se dice que una pequeña sin familia se queda contigo, Haru —comentó con tono amable—. Estás poniendo mucho empeño en elegir… casi parece que fuera para tu hija.

Las palabras hicieron que Haru se quedara quieto por un instante.

Bajó la mirada hacia el vestido.

Durante años había imaginado algo así: una casa llena de risas pequeñas, pasos corriendo por el pasillo, alguien a quien enseñar las cosas simples del mundo.

Pero ese futuro nunca llegó.

Eleonora y él lo habían deseado.

Sin embargo, la vida había tomado otro camino.

Guardó silencio unos segundos, como si ordenara sus propios pensamientos.

Luego habló con suavidad.

—Aunque no sea mi hija… quiero cuidarla como si lo fuera.

Sostuvo el vestido entre las manos un momento más antes de añadir:

—Al menos durante el tiempo que esté conmigo.

La vendedora sonrió con una calidez tranquila.

—Entonces seguro elegirá bien.

Haru asintió levemente.

—Me llevaré este.

Mientras la mujer lo doblaba y lo guardaba, Haru siguió mirando el pequeño puesto.

Tomó también unas medias gruesas, unas cintas para el cabello y, tras dudar un momento, un par de dulces envueltos en papel brillante.

Cada objeto despertaba en él una mezcla extraña de ilusión y nerviosismo.

Nunca antes había comprado cosas así para alguien.

Y, sin embargo, cada decisión le parecía extrañamente importante.

Como si, de alguna manera, quisiera hacerlo bien.

Haru pagó, agradeció con una leve inclinación de cabeza y se alejó entre los puestos del mercado, cargando las bolsas.

Las dos vendedoras lo siguieron con la mirada mientras se marchaba.

La más joven fue la primera en hablar, bajando la voz.

—Hace tiempo que no lo veía mirar algo con tanta ilusión.

La otra mujer asintió lentamente.

—Desde lo de Eleonora… se volvió un hombre muy callado.

El viento agitó las telas del puesto y levantó un poco de escarcha del suelo.

Permanecieron en silencio unos segundos.

Luego la mujer mayor suspiró con suavidad.

—Quizá esa niña llegó a su vida cuando más la necesitaba.

Mientras tanto, Arika permanecía junto a la ventana. Observaba la nevada, inmóvil. Sus ojos descendieron lentamente hacia el jardín.

Los perros.

Kwan levantó la cabeza primero.

Arika se alejó del cristal, caminó hacia la puerta… y la abrió.

El aire helado la envolvió de inmediato. Los perros corrieron hacia ella, moviendo la cola. Arika se agachó y los acarició uno por uno.

Luego alzó la vista. A lo lejos, el bosque se extendía como una frontera blanca y silenciosa.

Algo en su mirada cambió. Se puso de pie, cerró la puerta y comenzó a caminar.

Los perros la siguieron sin dudar.

La nieve crujía bajo sus pasos mientras se adentraban entre los árboles.

Cuando Haru regresó, cargado de bolsas, la quietud lo recibió como un golpe frío.

—¿Chicos?

Nada.

Entró rápidamente. Dejó las bolsas y subió al segundo piso.

—¿Arika?

Silencio.

Su respiración comenzó a agitarse. Recorrió cada habitación, cada rincón. Estaba vació.

Entonces miró hacia la ventana que daba al bosque. El corazón le cayó al abismo.

—No…

El miedo le atravesó el pecho como una herida antigua que nunca cicatrizó. Imágenes irrumpieron sin permiso: nieve, sangre, Eleonora inmóvil, su propio grito rompiéndose en la noche. Su mente se llenó de preguntas que golpeaban con violencia.

¿Y si se perdió?

¿Y si cayó?

¿Y si…?

No pudo terminar el pensamiento y salió corriendo.

Cada paso hacia el bosque era una lucha contra el pánico. Sus manos temblaban, su visión se nublaba, el aire parecía no alcanzar.

—No otra vez… por favor… no otra vez…

Justo cuando estaba a punto de cruzar la línea de árboles. Haru, se detuvo en seco.

Arika emergía entre la nieve y los perros junto a ella.

El alivio fue tan brutal que casi le robó la fuerza de las piernas. Corrió hacia la niña y la abrazó con desesperación contenida.

—Arika…

Ella no respondió, pero tampoco se apartó.

Durante unos segundos, el mundo entero se redujo a ese abrazo.

Finalmente, Haru se separó, aún con la respiración entrecortada.

—Me asustaste… te dije que no salieras.

—Perdón…

La voz de Arika fue apenas un susurro.

Haru la miró unos segundos antes de hablar de nuevo, intentando mantener la calma.

—No vuelvas a hacer algo así… y menos ir sola al bosque —dijo con suavidad, aunque su preocupación aún era evidente—. Estaba muy preocupado.

Entonces Haru notó algo en sus manos.

Flores.

Pero no eran flores comunes.

Eran pequeñas y delicadas, con pétalos de un morado profundo que se desvanecía suavemente hacia un tono más claro en los bordes. En el centro nacía un blanco puro, casi luminoso, como si la nieve hubiera quedado atrapada dentro de cada pétalo.

El tallo era delgado y flexible, y algunas aún conservaban pequeñas gotas de hielo derretido.

Sus ojos se abrieron con sorpresa.

—¿Dónde encontraste esto?

Ella alzo las flores y las miro.

—Esto?… cerca de aquí… estaban escondidas entre arbustos.

Arika notó cómo la expresión de Haru cambiaba.

Sus ojos se habían vuelto lejanos, como si estuviera mirando algo que no estaba allí, perdido en un recuerdo al que solo él podía llegar.

Ella no entendía por qué esas flores parecían significar tanto para él, ni por qué su mirada se había vuelto tan frágil de repente. Pero tampoco lo pensó demasiado; después de todo, ella no era capaz de sentir esas cosas.

Aun así, él la había ayudado mucho.

Así que extendió las manos y le ofreció las flores.

—¿Para mí?

Ella asintió.

Haru tomó las flores como si sostuviera algo sagrado. Sus dedos temblaron ligeramente mientras las observaba, y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Eran las flores favoritas de su ama, Eleonora.

Durante años no había vuelto a verlas.

Aquel simple ramo despertó en su pecho una oleada de recuerdos que creía dormidos.

Una emoción profunda e inesperada le quebró la voz.

—Gracias… Arika…

Una lágrima cayó sobre los pétalos. Y en ese instante, Arika sintió algo.

Una sensación desconocida, cálida y punzante, naciendo lentamente en su pecho. No supo nombrarla. Solo la sintió.

Haru se levantó, aún conmovido, y le tomó la mano.

—Vamos a casa… compré muchas cosas para ti.

Arika lo miró.

Y por una fracción de segundo, algo casi imperceptible brilló en sus ojos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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