Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 61
- Inicio
- Todas las novelas
- Ecos en un Mundo Caido
- Capítulo 61 - Capítulo 61: CAPÍTULO 60 (T2):
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 61: CAPÍTULO 60 (T2):
En la casa, Arika abrió las bolsas con una curiosidad silenciosa, sacando prenda tras prenda, dulces, cintas, pequeños objetos que observaba con detenimiento casi ceremonial. No sonreía, pero sus manos se movían con una calma concentrada, como si cada cosa encontrara un lugar preciso en su mundo interior. Mientras tanto, Haru trabajaba junto a la mesa de la cocina, deshaciendo las flores moradas. Separó los pétalos con delicadeza, guardó las semillas en un pequeño frasco de vidrio y dispuso algunas hojas sobre un paño limpio para secarlas; otras las reservó para preparar una infusión.
Cuando terminó, sus dedos quedaron inmóviles.
Las flores.
¿Cómo las había encontrado Arika?
Las últimas habían desaparecido junto con Eleonora. Haru las había buscado durante años, recorriendo senderos, barrancos, claros olvidados… sin hallar ni un solo brote. Y ahora, en medio de la nevada más cruda del invierno, Arika regresaba con un ramo intacto, vivo, imposible.
—Gracias por todo.
La voz de Arika lo arrancó de sus pensamientos. La niña se acercó y, con un gesto simple, le ofreció algunos dulces.
Haru sonrió con suavidad.
—Soy yo quien debe agradecerte… me diste el mejor regalo.
Ella inclinó levemente la cabeza, sin comprender del todo. Haru la ayudó a subir sus cosas al cuarto, donde la nueva ropa comenzaba a llenar de color un espacio que hasta hacía poco había permanecido vacío.
Los días pasaron con rapidez extraña. Haru viajaba con frecuencia a la ciudad, y cada viaje lo dejaba más cansado, más frustrado. Recorrió clínicas, habló con especialistas, describió síntomas que ni siquiera sabía explicar con claridad.
—Necesitamos estudios avanzados.
—Resonancias.
—Evaluaciones neurológicas completas.
Siempre la misma respuesta con cifras imposibles.
También buscó registros, habló con un conocido que revisó listas de desaparecidos.
Pero nada.
No existía ninguna niña llamada Arika. Al menos, no una que coincidiera con su edad o características. Solo adultos y sin una familia. Un nombre raro, poco común.
Demasiado raro.
Mientras Haru viajaba, Arika permanecía con Rane y Soleia. Ambos la recibían con una ternura genuina. Soleia le preparaba chocolate caliente; Rane intentaba arrancarle alguna reacción con historias, juegos simples, preguntas suaves.
Pero Arika seguía siendo un lago inmóvil. Hermoso y profundamente silencioso.
Un mes después, Haru estaba sentado sobre la cama de su habitación, rodeado de papeles, cuentas, números que parecían burlarse de él. La luz gris del invierno se filtraba por la ventana, apenas contenida por las cortinas pesadas. El silencio era espeso, apenas interrumpido por el leve tic-tac del reloj sobre la mesita. La cama, impecablemente tendida, contrastaba con el caos silencioso de documentos esparcidos.
Si vendía algunas joyas…
Su mirada cayó sobre una pequeña caja de madera oscura, desgastada en los bordes por los años y el uso. Descansaba junto al portarretratos que Haru evitaba mirar demasiado. Dentro permanecían las joyas de Eleonora. Cada pieza guardaba un recuerdo, una risa, una tarde, una promesa.
Cerró los ojos.
Quizás valga la pena. Quizás, con eso Arika…
Un ruido seco, violento, rompió el aire.
Haru se levantó de golpe y bajó corriendo.
—¡Arika!
Al entrar en la cocina, la vio en el suelo. Una silla volcada y un vaso hecho añicos. La nieve golpeando la ventana como un mal presagio.
—¿Qué pasó?
La ayudó a levantarse.
—Quería agua… subí a la silla…
Entonces lo vio. Un hilo de sangre descendía por su frente.
—Arika…
Apartó el cerquillo con manos temblorosas. Un corte pequeño, pero profundo, marcaba el lado izquierdo de su frente. Haru miró hacia la puerta. Pensó en Rane.
Imposible.
La nevada rugía con furia.
—Ven, vamos a la sala.
Arika obedeció sin protestar. Haru buscó el botiquín, limpió la herida, la desinfectó, la cubrió con una venda.
—Aunque parece ser tan grave… de todas maneras mañana iremos con Rane.
Ella asintió.
Después, Haru cocinó algo caliente, y pasaron el día armando un rompecabezas frente al fuego. Afuera, el viento aullaba entre los árboles.
Adentro, la calma regresaba lentamente.
A la mañana siguiente, el aroma del desayuno llenaba la cocina. Haru preparaba pan caliente cuando escuchó pasos suaves.
—Buenos días, Arika.
—Buenos días, Sr. Haru.
Haru tomó una venda limpia.
—Vamos a cambiarte esto antes de ir con Rane.
Arika se acercó.
Haru retiró la venda con cuidado. Y el mundo se detuvo.
No había herida.
Ni corte. Ni cicatriz. Ni siquiera una leve marca rosada.
Como si nunca hubiera ocurrido nada.
Sus manos quedaron suspendidas en el aire. La respiración se le quebró. Sus ojos recorrieron la piel una y otra vez, buscando alguna señal que desmintiera lo que veía.
Recordaba con absoluta claridad el hilo de sangre cayendo por su frente. Recordaba el corte. Recordaba haber limpiado la herida.
No lo había imaginado.
—Sr. Haru…
La voz de Arika sonó distante.
—¿Está bien?
Él parpadeó y forzó una leve sonrisa.
—Sí… no es nada.
Pero su mente seguía buscando desesperadamente una explicación racional, algo médico, algo posible.
No encontró ninguna.
Con movimientos lentos, casi automáticos, colocó la venda limpia.
—Ve… lávate las manos.
Arika lo observó unos segundos, luego obedeció.
Cuando la niña salió de la cocina, Haru se apoyó en la mesa. Su pulso retumbaba en sus oídos.
Era imposible. Las heridas no desaparecen en una noche.
Entonces…
¿Qué estaba pasando?
¿Qué había ocurrido con Arika?
El viento golpeó la casa con fuerza.
Y, por primera vez desde que la encontró. Haru sintió verdadero miedo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com