Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 62
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Capítulo 62: CAPÍTULO 61 (T2):
Haru escuchó los pasos suaves de Arika regresando desde el pasillo. Inspiró despacio y recompuso el gesto; no debía alarmarla. Cuando la niña entró en la cocina, él ya estaba tranquilo, como si nada hubiera ocurrido.
El desayuno transcurrió en silencio. Solo se oía el leve golpeteo del viento contra las ventanas y el sonido ocasional de los cubiertos.
Haru la observaba de reojo cada cierto tiempo. La mano de la niña se movía con normalidad, sin señales de molestia. Aun así, una inquietud persistente le recorría el pecho.
Tenía que asegurarse.
—Arika… —dijo finalmente, con un tono lo más casual posible—. Ayer… cuando te hiciste la herida… ¿te dolió después?
La niña levantó la mirada hacia él, pensativa.
—Sentí como si me hubieran pinchado con algo —respondió con calma—. Pero después ya no sentí nada.
Haru dejó el vaso sobre la mesa con cuidado.
Demasiado rápido.
Arika inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué, eso es normal verdad?
Él tardó apenas un segundo en responder, aunque en su mente el silencio se alargó más de lo que habría querido.
—Sí… —dijo al final, forzando una pequeña sonrisa—. Era una herida pequeña. Cuando empieza a cicatrizar, deja de doler.
Arika lo miró un momento más, como si evaluara la respuesta, y luego asintió con sencillez.
El silencio volvió a instalarse entre los dos mientras terminaban de comer.
Haru bajó la mirada hacia la mesa.
Sabía que no podría llevarla con Rane.
Cuando terminaron, habló con naturalidad, como si se tratara de algo sin importancia.
—Hoy no iremos con Rane. Salió de viaje, regresará en unos días.
Arika asintió sin hacer preguntas.
—Yo me encargaré de todo. Ve a jugar o distraerte… pero no te alejes de la casa.
—Está bien.
La niña se levantó y salió de la cocina con sus pasos suaves.
Haru permaneció sentado unos segundos más, mirando el lugar donde ella había estado.
Luego cerró lentamente la mano sobre la mesa.
Algo definitivamente no estaba bien.
Se levantó y comenzó a lavar los trastes con movimientos lentos. Desde la cocina podía verla en la sala: Arika estaba sentada en el suelo, dibujando con tranquilidad junto a Rain, Kwan e Iris. Los perros descansaban cerca de ella, atentos, como silenciosos guardianes.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Haru secó sus manos y subió a su habitación.
Al cerrar la puerta, el peso cayó sobre él. Su cuerpo se sentía denso, como si el cansancio hubiera decidido alcanzarlo de golpe. Su mente, en cambio, era un torbellino de dudas.
Caminó unos pasos inseguros hasta apoyarse en el escritorio.
Entonces, desde algún rincón olvidado de su memoria, surgió una idea.
Un recuerdo.
Su abuelo.
Cuando era niño, él y los demás se sentaban alrededor del anciano para escuchar sus historias. Siempre eran relatos llenos de criaturas extrañas, lugares ocultos y misterios que parecían pertenecer a otro mundo.
Al terminar, inevitablemente alguien preguntaba:
—¿Eso es verdad?
Su abuelo hacía una pausa, mirándolos con una sonrisa tranquila.
Y respondía:
—Que sea verdad o no depende de cada uno. A veces intentamos buscar lógica en todo lo que no entendemos… pero hay partes de este mundo que simplemente no la tienen.
Haru cerró los ojos un momento.
Entonces comenzó a unir las piezas.
Quizás Arika era uno de esos casos donde la lógica no alcanzaba.
Quizás realmente había caído del acantilado.
Tal vez sobrevivió gracias a la nieve… y durante el tiempo que permaneció allí sus heridas sanaron, igual que había ocurrido ahora. El golpe podría explicar la pérdida de memoria.
Entonces las flores… al igual que ella… tal vez.
Haru apoyó ambas manos sobre el escritorio.
Pero… ¿qué debía hacer ahora?
Y entonces recordó otra frase de su abuelo. Una que repetía con una seriedad distinta a la de sus cuentos.
“El mundo está lleno de seres desconocidos y fascinantes, que el humano no está dispuesto a reconocer por su codicia de controlarlo todo. Y si algún día ustedes se encuentran con uno… protéjanlo de eso.”
Haru se irguió lentamente.
Si Arika era especial… como aquella flor morada… entonces nadie debía saberlo.
Nadie.
Llevarla a la ciudad significaría condenarla a estudios, agujas, laboratorios… a convertirse en algo que observar, medir y desarmar.
No.
No lo iba a permitir.
La protegería.
Sin importar su origen.
Tal como su abuelo una vez lo dijo.
Haru permaneció unos segundos más en la habitación, inmóvil.
La decisión ya estaba tomada.
Soltó lentamente el aire que había estado conteniendo y se apartó del escritorio. Afuera, la casa seguía en silencio, envuelta en la calma fría de la mañana.
Abrió la puerta y bajó las escaleras.
Desde el último escalón pudo verla.
Arika estaba sentada en el suelo de la sala, dibujando con tranquilidad. Rain descansaba a su lado con la cabeza entre las patas. Kwan dormía cerca de la ventana, mientras Iris permanecía alerta, siguiendo cada movimiento de la niña.
La luz de la mañana entraba por la ventana e iluminaba el suelo de madera.
Arika movía el lápiz con precisión, sin prisa. Su rostro estaba tranquilo, concentrado, como si el mundo a su alrededor no existiera.
Haru se detuvo en silencio.
La escena era tan simple… tan normal… que resultaba difícil reconciliarla con las preguntas que llenaban su mente.
¿Quién era realmente?
¿De dónde había venido?
Arika levantó la mirada al notar su presencia.
No sonrió.
Solo lo observó unos segundos.
—Sr. Haru.
Él salió de sus pensamientos.
—¿Sí?
La niña levantó el papel y lo sostuvo hacia él.
—Mire
Haru se acercó.
En el dibujo estaba la casa, los perros… y dos figuras frente a ella. Una pequeña y otra más alta.
El trazo era sencillo, pero firme.
—Es bonito —dijo Haru con suavidad.
Arika bajó el papel y continuó dibujando, como si nada más fuera necesario decir.
Haru permaneció allí unos momentos.
Mirándola.
Esta vez no con duda, sino con una certeza silenciosa.
Sin importar qué fuera Arika… o de dónde hubiera venido…
Ahora estaba bajo su cuidado.
Y mientras él estuviera allí, nadie iba a dañarla.
Los días transcurrieron, envueltos en una rutina cuidadosamente construida. Haru cambiaba cada mañana la venda que cubría una herida inexistente, fingiendo una recuperación lenta.
Hasta que un día, retiró la gasa y sonrió.
—Tu herida ya sanó por completo. No necesitaremos más vendas.
Arika lo miró.
—Pero debes tener más cuidado —añadió con suavidad—. Tu cuerpo es débil. Sanar toma mucho tiempo.
—Tendré cuidado —respondió ella.
Aquella simple promesa alivió algo en el pecho de Haru.
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