Ekstern - Capítulo 1
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Capítulo 1: Capítulo 1 – Llegada | 1.1: Despertar
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—¡Ah!, ¿Dónde estoy? –Un quejido ahogado escapa de mis labios, el sonido se pierde, engullido por una quietud opresiva. La pregunta es un eco tembloroso en mi propia mente, sin respuesta tangible en el entorno–
Tras un tiempo sumido en una oscuridad absoluta, una negrura tan densa que parecía tener peso propio y que se presionaban contra mis párpados, abro mis ojos, mismos que se separan con un esfuerzo agónico, como si estuvieran sellados por el óxido del olvido. lo que veo tras abrirlos, es una tortura visual que supera con creces la ceguera de unos instantes atrás.
Me encuentro en una celda cuyas gruesas rejas de hierro negro se alzan como los colmillos de una trampa ancestral, proyectando sombras alargadas y opresivas sobre el suelo de cemento frío y desgastado, cuya helada superficie parece trepar por mis extremidades, aunque no estoy seguro de estar tocándolo directamente. Las paredes, de bloques de piedra o quizás un hormigón tosco y brutalista, parecen supurar una humedad helada, manchadas por el tiempo y la desesperanza de quienes me precedieron; el halo de polvo incluso puede palparse en el aire. Una única bombilla desnuda, colgada precariamente del techo alto y sombrío, emite una luz amarillenta y mortecina, apenas suficiente para revelar los contornos de este cubil, y dibuja en los muros siluetas danzantes que se burlan de cualquier atisbo de cordura. Hacia el fondo, entre más barrotes que segmentan el espacio como las costillas de una bestia muerta, se adivina un camastro desolado, una promesa de descanso tan vacía como el futuro que este lugar parece augurar. Intento moverme, quizás incorporarme, pero mis miembros pesan una tonelada, entumecidos y extraños.
Todo aquí huele a desesperación y olvido; un aroma penetrante a metal oxidado, a polvo antiguo y a la indefinible fetidez de la angustia humana concentrada.
Mi corazón late con fuerza… no, esa es una metáfora gastada, una sensación fantasma aprendida quién sabe dónde. En mi diseño, debido a ciertas directrices inalterables en mi psique y cuerpo, mi corazón no late en absoluto.
Y sin embargo, la presión en mi pecho es tan real, tan aplastante como si una mano invisible me estrujara con saña. Siento un nudo helado en la garganta, un obstáculo que me impide tragar la bilis del terror que pugna por subir.
Mi mente se agita como un animal enjaulado, buscando frenéticamente una salida, un recuerdo, cualquier cosa a la que aferrarse en este naufragio de la consciencia. Intento palpar los bordes de mi ser, encontrar un ancla en la memoria, pero solo encuentro un vacío profundo y angustiante, un abismo sin fondo donde mi identidad parece haberse desintegrado.
Entonces, una vez que mi vista se acostumbra a la penumbra y se recupera del shock inicial, noto algo extraño en este lugar. No es solo la opresión sensorial que emana de los muros fríos y la luz mortecina; mis ojos, mi cerebro e incluso cada fibra de mi ser parecen vibrar con una alerta silenciosa, un escalofrío que no es solo por la temperatura. Una intuición helada se asienta en la boca de mi estómago, pesada como una losa: esta celda no es un lugar común, no es una simple prisión. Hay una intencionalidad en su diseño desolador, una ingeniería perversa y calculada destinada a atrapar algo muy específico… o, peor aún, a alguien como yo, por razones que se me escapan como agua entre los dedos
—Finalmente despertaste, chico–
De repente, una gruesa voz masculina, grave y con un timbre que parece arrastrar consigo el polvo de décadas y decisiones irrevocables, resuena en el desconocido lugar, haciendo eco contra la piedra y el silencio opresivo que hasta entonces solo había sido interrumpido por mi propia y errática respiración.
Me sobresalto, un espasmo involuntario recorre mi cuerpo aún entumecido, y el vello de mis brazos se erizan como gatos asustados por una amenaza inminente. Por el tono y la cadencia, calculo que su dueño debe tener entre cincuenta y sesenta años, una edad que en su caso no sugiere debilidad, sino una experiencia curtida y quizás implacable.
Un silencio cargado se instala por un instante, denso, solo roto por el zumbido casi imperceptible de la bombilla solitaria y el retumbar sordo de mi muerto corazón en mis oídos.
—¿No dices nada, eh? –La voz vuelve a taladrar la quietud, esta vez con un matiz de impaciencia contenida, o tal vez, una diversión fría y distante–
Miro hacia donde proviene la voz.
Frente a mí, sentado en una silla de madera que parece haber sido arrancada de algún lugar antiguo, está un hombre, su rostro está iluminado por una luz tenue que proviene de algún lugar fuera de mi campo de visión, creando sombras profundas en su piel, sus ojos, oscuros y penetrantes, me observan con una intensidad que me hace sentir desnudo, como si pudiera leer cada pensamiento que atraviesa mi mente.
Está vestido con un traje oscuro, impecable, que contrasta con el ambiente sucio y desgastado de la habitación, su postura es relajada, pero hay algo en su actitud que me hace sentir inquieto, como si estuviera preparado para cualquier cosa que yo pudiera hacer o decir, sus manos descansan sobre sus rodillas, y aunque no mueve un músculo, su presencia es abrumadora, imponiéndose sobre mí con una autoridad que no me pertenece.
Su expresión es un lienzo de impasibilidad, imposible de descifrar. Busco en vano un atisbo de empatía, un destello de compasión, incluso la chispa reconocible de la hostilidad directa, pero no encuentro nada. Es una mirada fría, analítica, calculadora, como la de un entomólogo ante un espécimen desconocido.
Siento cómo sus ojos me atraviesan, pesándome, midiendo cada microexpresión, cada tensión imperceptible en mis músculos. No es solo una evaluación; es un despiece metódico de mi ser.
Sus labios, finos y pálidos, se curvan ligeramente en las comisuras, esbozando una especie de sonrisa que no tiene eco alguno en sus ojos gélidos. Es una mueca que eriza la piel, desprovista de calidez o humor genuino, más parecida a la sutil expresión de quien contempla un problema interesante a punto de ser resuelto, o quizás, a la burla silenciosa de quien conoce un secreto devastador sobre ti.
—¿No escuchas lo que digo?, Demonio –Su voz, aún con ese timbre grave y resonante, se afila en la última palabra, lanzándola como un dardo envenenado–
Un escalofrío violento, como una descarga eléctrica, recorre mi espalda y se ramifica por cada terminación nerviosa de mi cuerpo al escuchar sus palabras. ¿Demonio?
La palabra retumba en el vacío de mi mente, cargada de un peso ominoso y una familiaridad terrible. Un reconocimiento helado se abre paso entre la confusión.
—¿Cómo es qué…? –Mi propia voz es apenas un susurro ronco, la pregunta muriendo antes de nacer–
—¿Cómo es que lo sé? –Me interrumpe, con la suavidad de una cuchilla deslizándose sobre la piel. Su movimiento al levantarse es fluido, casi felino, desprovisto de cualquier vacilación. Se dirige hacia mí con una lentitud deliberada, cada paso resonando en el suelo de piedra con una cadencia que marca un tempo siniestro– Sé mucho de ustedes –Dice, su mirada barriéndome de arriba a abajo, un escrutinio que me hace sentir expuesto, vulnerable, como si mi misma esencia estuviera siendo catalogada y archivada– Seres nacidos de los sentimientos y emociones negativas, parásitos de la desesperación humana –Su voz no se alza, pero cada palabra es un golpe, preciso y contundente– Seres que solo causan miseria, que disfrutan de ver a sus víctimas sufrir– Seres que solo existen para causar miseria, que se regodean, que disfrutan perversamente de ver a sus víctimas sufrir y quebrarse–
Las acusaciones caen sobre mí como piedras, pero mi atención se desvía súbitamente.
Entonces, en un instante que se alarga hasta el infinito, mis ojos se abren de par en par al volver a encontrar los suyos, ahora más cercanos. No es por sus palabras, no del todo; aunque erróneas en su generalización, contienen fragmentos de verdades retorcidas, pero, no, mi incredulidad, el shock que me paraliza, es por esa luz particular que emana de ellos, un brillo interno, sutil pero inconfundible para quien ha vivido lo suficiente para conocerlo.
Es un fulgor antiguo, una mezcla de poder puro y una rectitud inquebrantable, casi divina.
—Sehwert –Digo, la palabra escapa de mis labios como un aliento, simple en su fonética, pero cargada con el peso de eones, de innumerables enfrentamientos, de una historia escrita con sangre y fuego–
Una risita breve, seca, escapa de su boca. Suena genuinamente divertida, pero es una diversión teñida de una satisfacción fría, la de un cazador que ve a su presa reconocer la trampa justo antes de que se cierre.
—Así que, también sabes que es lo que soy, ¿eh? –Dice, y su tono, antes calculador, ahora se impregna de una burla abierta, casi condescendiente–
Por supuesto que lo sé. La palabra Sehwert es una cicatriz en mi memoria, una constante a lo largo de mi interminable existencia.
Sehwert, humanos imbuidos con una fracción del poder de la Diosa Astel, concebidos y creados por ella misma en los albores del tiempo. Su papel durante eones, desde la creación misma del Erden, ha sido y sigue siendo el de proteger a la humanidad de las amenazas sobrenaturales, los Surnaturel, como ellos les llaman. Incluso después de la cataclísmica división del Erden en los planos de Aynu y Altern, su juramento persistió.
Son seres a los que ningún Surnaturel en su sano juicio quisiera enfrentar, por más beneficioso que un enfrentamiento pudiese parecer en teoría, pues, son, para usar una terminología más actual que he captado en mis andanzas por los mundos, los “más chetados”, los guerreros imbuidos de divinidad más poderosos de todos los linajes de Mehr-Wissen.
¿Cómo lo se?
Mi conocimiento es fruto amargo de la experiencia directa.
Desde que la Era del Caos concluyó hace unos 1,365 mil millones de años, tras el sacrificio autoimpuesto de Astel para sellar las fisuras de la realidad, los Sehwert se erigieron como los Guardianes de los Humanos que sobrevivieron a la Guerra contra las fuerzas primordiales del Caos.
A partir de ese momento crucial, a lo largo de incontables siglos, me he enfrentado a innumerables de estos campeones de la humanidad. He sentido el acero de sus armas benditas, he visto la luz de su poder intentar aniquilarme. He matado a tantos que sus rostros se desvanecen en una galería anónima de justicieros caídos, pero también, y esto es una verdad que raramente comparto, he perdonado a muchos. He visto en sus ojos la misma inocencia y convicción que ahora percibo en algunos de sus descendientes, pues muchos de ellos eran realmente nobles, impulsados únicamente por el deseo de proteger a los humanos, a sus familias, a su mundo, muy diferentes de esos otros, los fanáticos, los corruptos, aquellos que solo usaban su poder y su sagrado mandato como una excusa para masacrar Surnaturel indiscriminadamente, sin juicio ni piedad.
—¿Dónde estoy? –Pregunto, mi voz sonando más contenida de lo que me siento por dentro. El eco de mi propia pregunta parece burlarse de mí en la penumbra de esta celda olvidada–
Tras hacer mi pregunta, que queda suspendida en el aire viciado sin respuesta aparente del hombre frente a mí, mi instinto de supervivencia, o quizás la simple costumbre de mi naturaleza indómita, me impulsa a moverme. Intento incorporarme, o al menos cambiar de posición, pero al instante, una resistencia férrea y helada me sujeta.
Siento un tirón brusco en mis extremidades, seguido de un tintineo metálico agudo y distintivo, un sonido que he escuchado demasiadas veces en contextos mucho menos… personales.
—¿Qué? –Digo, y esta vez mi voz se quiebra ligeramente, teñida por una mezcla incongruente de sorpresa genuina y una diversión incrédula–
No puedo evitar que mis ojos se abran con momentánea estupefacción al bajar la vista y verlos: gruesos grilletes de un metal negro como la obsidiana, fríos al contacto imaginado con mi piel, sujetando con una fuerza implacable mis muñecas y tobillos. Estos grilletes, de un diseño brutalmente funcional, están unidos a cadenas de eslabones plateados que refulgen con un brillo antinatural, emitiendo un halo blanco pálido y particular, casi etéreo, que parece vibrar con una energía contenida, una pureza que resulta casi ofensiva.
—¿Cómo es que? –Logro articular, esta vez la diversión tiñe más mi tono que la sorpresa, una risa ahogada casi escapándose de mis labios. La audacia, la pura osadía de este intento, es casi cómica.–
Sin añadir una palabra más, con una confianza que nace de eones de poder incontestado, concentro una fracción de mi fuerza. Después de todo, soy quien soy: aparte de mis dos hermanos, la entidad más formidable y temida de este mundo, un ser cuyo poder supera en un sólido veinte por ciento al de su tan venerada Administradora, la mismísima Diosa Astel.
Flexiono mis músculos, esperando el familiar estallido de metal cediendo, el satisfactorio crujido de cadenas rindiéndose a mi voluntad.
Sin embargo, mis propias palabras de suficiencia se desvanecen en mi garganta y la sonrisa burlona se congela en mi rostro, transformándose en una expresión de genuina y absoluta confusión.
Las cadenas no solo no ceden, sino que ni siquiera emiten el más mínimo gemido de tensión. Permanecen inalterables, el halo blanco pulsando con una calma irritante, como si mi esfuerzo fuera el de un insecto contra el acero.
—No gastes tus esfuerzos en vano –El sujeto, el Sehwert, me habla desde su silla, su tono ahora cargado de una burla abierta, saboreando mi desconcierto– Esas cadenas no son simples adornos. Están forjadas con métodos arcanos y materiales imbuidos, diseñadas especialmente para atar Demonios de hasta Rango SSS –Menciona la clasificación con una familiaridad que me revuelve el estómago– Si no eres más fuerte que la cúspide de ese Rango, entonces no lo sigas intentando, solo te humillarás más.–
¿Rango SSS? La clasificación me resulta casi insultante.
Soy mucho, infinitamente más fuerte que ese arbitrario Rango.
Ni siquiera la élite de los Rangos Semidiós Demonio, aquellos que comandan legiones y pueden alterar continentes, son rivales para mí en un enfrentamiento directo. Entonces, ¿por qué?, ¿por qué estas malditas cadenas se aferran a mí como si fueran parte de mi propia carne, negándome la libertad que es mía por derecho?
—Ay maldita sea, ya lo recordé –Murmuro para mí mismo, las piezas encajando con un chasquido doloroso en mi mente. Un recuerdo punzante emerge: agujas, un líquido frío inyectándose, una debilidad antinatural extendiéndose como veneno– Maldita sea, si no fuese por esos perros falderos de Luciel, que me emboscaron y me inyectaron esa porquería supresora… ahora mismo ya hubiese reducido este maldito lugar a escombros y estaría a medio planeta de distancia–
Un gruñido de frustración vibra en mi pecho. Definitivamente, en cuanto recupere la totalidad de mi fuerza, mi primer destino será ajustar cuentas con ese bastardo melodramático y edgy de Luciel.
Le di mi palabra, ¡mi palabra!, de que recuperaría el Alma fragmentada de su amada esposa del Vacío que existe en este Universo, una vez que encontrara la forma de romper las ataduras que me ligan a este mundo. ¿Y así me lo paga? Traicionándome, enviando a sus sicarios para intentar matarme o, peor aún, capturarme.
Gracioso, muy gracioso. La ironía es tan amarga que casi podría saborearla.
—Al final, viendo que mis intentos de liberación son inútiles contra estas cadenas anómalas y que el Sehwert frente a mí no parece tener prisa, un suspiro de resignación, se escapa de mis labios. Decido rendirme, al menos por ahora. El enfrentamiento directo está descartado mientras esta debilidad inducida persista– ¿Quién eres? –Pregunto, mi voz esforzándose por sonar neutra, aunque una corriente subterránea de frustración todavía hierve. Levanto la mirada hacia el sujeto, que me observa con una seriedad imperturbable, sus ojos oscuros como pozos sin fondo, evaluando mi cambio de actitud.–
—Oficial Leon Montenegro Solís –Responde el sujeto, su voz firme, cada sílaba pronunciada con una formalidad precisa, como si estuviera presentando un informe. El nombre me recuerda a algo, pero el título enciende una nueva serie de alarmas–
—¿Oficial?, ¿oficial de qué? –Pregunto con una cautela renovada. Dependiendo de la respuesta, esto podría complicarse aún más, o, quién sabe, ofrecer una extraña vía de escape–
—¿En serio? –Pregunta él, arqueando una ceja, un gesto mínimo que, sin embargo, rompe momentáneamente su máscara de impasibilidad al mirar sus propias ropas, el traje impecable que tanto desentona con el entorno. Entonces, un destello de comprensión cruza su rostro– Ah, entiendo –Dice, un ligero suspiro acompañando sus palabras, como si tuviera que explicar lo obvio con demasiada frecuencia– Oficial de Policía. En el sentido más amplio, soy el Jefe de una Estación en esta ciudad. Algo así como un Sheriff, si buscas un equivalente en otros países o épocas.–
—¿Policía eh? –Una risita corta, seca, se escapa de mi boca antes de que pueda contenerla.– Bueno, supongo que es esperable, pues hay muchos Mehr-Wissen infiltrados, o más bien integrados, entre sus filas–
—Lo sé –Asiente el Oficial con gravedad, su expresión volviéndose sombría– Aun así, no nos damos abasto. Hay demasiados Surnaturel descontrolados en el mundo y muy pocos Mehr-Wissen con el entrenamiento y la voluntad para hacerles frente. –Su voz baja un tono, adquiriendo una resonancia más profunda– Y sobre todo, hay una escasez crítica de Sehwert para controlar las amenazas más serias.–
—Frunzo el ceño al escucharlo– ¿Y dónde estamos, Oficial Montenegro? ¿En qué rincón olvidado del Erden me encuentro ahora?–
El sujeto, Leon, me mira con una cautela intensificada, sus ojos entrecerrándose ligeramente mientras sopesa mi pregunta. Puedo ver el cálculo en su mirada, la evaluación de riesgos y beneficios.
¿Me considera una amenaza que debe ser neutralizada de inmediato, quizás intentando desterrarme del Erden para nunca más volver? O, ¿quizás una fuente de información, un peón inesperado en algún juego mayor?
Lo irónico aquí, y una pequeña fuente de diversión interna, es que no podrá desterrarme tan fácilmente. No bajo las premisas habituales. Después de todo, la etiqueta de “Demonio” que me ha colgado es, en mi caso particular, una simplificación tan vasta que roza la tontería. Mi naturaleza es… más complicada.
—¿Por qué tantas preguntas? –Su voz corta el silencio, devolviéndome al presente tenso–
—Simple, estoy desorientado –Respondo, la ironía goteando de mis palabras, aunque también hay una dosis considerable de verdad en ellas– Verá, Oficial, hace no mucho, yo estaba todo tranquilo, disfrutando de una… conversación, digamos, con cierta bro-con bastante peculiar. Y cuando menos me di cuenta, ella había abierto un Portal dimensional, empujándome a través de él para permitirme escapar de alguien o algo bastante desagradable. Y ahora, heme aquí, encadenado en este lúgubre y muy poco acogedor lugar.–
—¿Escapando eh? –Repite él, sus ojos fijos en los míos, buscando fisuras en mi relato– ¿Escapando de un Sehwert, o de un Mehr-Wissen?–
—Niego con la cabeza, un movimiento lento y deliberado. Un cansancio ancestral me pesa al recordar– De los Demonios hijos de puta qué mataron a mi hermana–
El silencio que sigue a mis palabras es diferente al anterior, uno más denso, más pesado, cargado de una tensión palpable que parece absorber el poco aire respirable de la celda.
Incluso la luz de la bombilla parece temblar.
—¿Demonios? –Pregunta el hombre, y por primera vez desde que desperté, detecto una fisura genuina en su calma habitual. Su voz contiene una nota de incredulidad, casi de asombro. Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora muestran una chispa de algo más, ¿duda, quizás?–
—Asiento, manteniendo su mirada. Lo mejor ahora es, al menos, intentar ganarme una pizca de su confianza, o como mínimo, sembrar la duda, así que no pierdo nada diciéndole la verdad, o al menos, una parte cuidadosamente seleccionada de ella– Así es, Oficial–
Internamente, analizo la situación.
Si bien los Sehwert son universalmente peligrosos para los habitantes del Altern, también es verdad que existe un espectro dentro de sus filas.
No muchos de ellos matan por pura diversión o sadismo, la mayoría, los más honorables o simplemente los más pragmáticos, solo intervienen si los Surnaturel amenazan directamente a los Humanos o el equilibrio precario del mundo.
El resto, una minoría más fanática y a menudo más joven o con un legado familiar particularmente sangriento, sí lo hace porque se creen una raza superior, destinada a purgar la existencia de todo lo que no sea humano o aprobado por su diosa, incluso muchos de estos últimos aún recuerdan, o les han inculcado, las “experiencias” de sus antepasados de eras más oscuras: momentos donde usaban a los Surnaturel como simple carne de cañón en sus propias guerras, como Sirvientes sin derechos, e incluso, en los casos más depravados, como objetos para su placer sexual retorcido.
Sin embargo, este sujeto me parece pertenecer al primer grupo. Aquellos de los que no matan por diversión, sino por deber, o por necesidad.
Si no fuera así, si perteneciera a la facción más radical, ya estaría muerto o sufriendo un interrogatorio mucho más… físico, pues los otros son del tipo “primero disparan, luego dialogan”, si es que llegan a dialogar, y este claramente está primero dialogando, evaluando, antes de tomar una acción irreversible.
—Esos malditos me tendieron una trampa –Comienzo a relatar, la amargura tiñendo cada palabra. La impotencia de aquel momento regresa con una claridad dolorosa– Uno de ellos, con una habilidad que no anticipé, logró bloquear una porción considerable de mi poder real. No sabría cuantificar cuánto exactamente…, –Hago una breve pausa, la frustración evidente en mi voz. Debido a estas cadenas malditas y, asumo, a la naturaleza de esta prisión, mi conexión con el Sistema es imposible. No puedo verificar mi estado actual, mi nivel de energía, nada.– Y entonces, cuando estaba vulnerable, intentaron matarme, sin embargo, justo cuando una lanza imbuida con alguna energía vil estaba a milímetros de atravesar mi pecho, mi hermana menor… esa brocon… ella me salvó…. –Una pausa más larga se impone, involuntaria. En la pantalla oscura de mi mente se dibuja con nitidez el rostro de Elaine, sus ojos enormes, desbordados por la desesperación y una determinación feroz mientras me empujaba con todas sus fuerzas a través del Portal inestable que había rasgado en la realidad–. Ella lo logró, sí… pero fue a costa de su propia vida… –
Vuelvo a fruncir el ceño, una mueca de dolor y rabia endureciendo mis facciones con solo recordar la expresión de los tres bastardos que intentaron asesinarme. Su burla abierta, su claro y ponzoñoso desprecio hacia mí y, lo que es infinitamente peor, hacia mi hermana, la misma Elaine que en innumerables ocasiones los había considerado sus grandes amigos, casi como su familia. La traición quema como ácido en mis entrañas.
—Oficial –Digo, levantando la vista para encontrar la mirada atenta del hombre frente a mí. Es hora de jugar las pocas cartas que me quedan– Permítame usted decirle algo que podría resultarle… interesante –Mi tono es mesurado, pero con una urgencia subyacente– Ese bastardo de Luciel, el que orquestó mi captura, y sus perros falderos, no pararán en su empeño hasta verme muerto, por lo que estoy absolutamente seguro de que, de alguna manera, sus rastreadores me encontrarán, no importa en qué rincón olvidado de este mundo esté oculto. Todo para acabar su tarea inconclusa. –Una sonrisa torcida, desprovista de humor, se dibuja en mis labios. Irónico, son eficaces cuando se lo proponen–Y cuando eso pase, cuando finalmente den conmigo, puede estar seguro de que no dejarán con vida a ningún testigo que pueda relatar sus métodos o su fracaso inicial, y eso lo incluye a usted–
Nuevamente, el silencio se apodera de la celda, pero esta vez es diferente al anterior.
Es un silencio más denso, más frío, un vacío en el que puedo sentir al Oficial Montenegro evaluando la veracidad o la astuta falsedad de mis palabras. Sus ojos no se apartan de los míos, buscando cualquier indicio de engaño.
—¿De verdad? –Pregunta el Oficial, y su tono ha perdido la ligera burla anterior, reemplazada ahora por una cautela mucho más palpable, casi tangible en el aire espeso–
—Asiento con toda la seguridad que puedo infundir en el gesto– Ese bastardo seguro quiere mi poder. Cree, en su delirio, que si muero, de alguna forma podrá absorber mi esencia, mis capacidades, para sí mismo, y por esto es que no parará hasta que lo logre, o hasta que alguien lo detenga –Respondo, y mi tono, espero, está cargado de una innegable y sombría verdad– Posiblemente usted no lo crea, después de todo, según sus propias palabras, soy un Demonio, y es bien sabido que tenemos fama de ser mentirosos y manipuladores, sin embargo, lo que le digo es la más completa y llana verdad. Así que, de usted depende si me deja libre, si colaboramos aunque sea temporalmente, o si permite que a ambos nos maten cuando ellos lleguen–
Los segundos se arrastran con una lentitud exasperante.
Casi puedo escuchar las manecillas invisibles de un reloj inexistente marcando el paso del tiempo, cada tic-tac un eco de mi precaria situación.
Y al no escuchar respuesta alguna, un suspiro pesado, cargado de una frustración que ya no intento ocultar del todo, se me escapa.
Definitivamente, una parte de mí sabía que este sujeto, este Sehwert, no me creería. ¿Por qué habría de hacerlo?
—¿Tu poder? –Pregunta de repente el Oficial Montenegro, rompiendo el silencio exactamente cinco segundos después de mi suspiro, como si hubiera estado midiendo el tiempo con precisión. Su voz es inquisitiva, y hay una nueva nota en ella, una que parece una curiosidad genuina.– ¿Tan poderoso eres?–
—Lo era –Respondo sin vacilar, aunque mi tono se tiñe de una amargura profunda y una ironía que me quema la garganta–
Desde el instante en que me di cuenta de que no podía romper estas simples, casi insultantes, cadenas que me ataban, supe que mi poder real, mi verdadera magnitud, había sido mermada de forma drástica por la sustancia que esos esbirros me inyectaron. La humillación de esa debilidad es casi tan dolorosa como la pérdida de Elaine.
—Oficial, ¿ha escuchado el término, «Ekstern»? –Digo, cambiando de táctica, mi voz bajando un poco, intentando imbuirla de misterio, pero también de una firmeza inquebrantable–
Entonces, ocurre algo inesperado. Los ojos del Oficial Montenegro se abren completamente, dilatándose por el puro shock. Su mandíbula se tensa visiblemente y un atisbo de lo que parece ser temor reverencial cruza sus facciones.
Esta reacción me indicó, sin lugar a dudas, que no solo conocía ese término arcano, sino que comprendía sus vastas implicaciones. Lo cual, debo admitir, era realmente curioso e interesante, pues no muchos Mehr-Wissen, y ciertamente muy pocos Surnaturel en esta era, saben de la existencia de los Ekstern, y mucho menos de su naturaleza.
Supongo que este Sehwert no es un guardián común y corriente, claramente, tiene acceso a conocimientos prohibidos o extremadamente restringidos, aquellos que otros no obtendrían ni en milenios de estudio.
—Me estás diciendo que… –Comienza él, su voz apenas un hilo, cargada de una incredulidad que lucha por imponerse al asombro– ¿Tú eres un Ekstern?–
—Nuevamente asiento con la cabeza, una sola vez, con lentitud y solemnidad. – Efectivamente–
El silencio, denso y expectante, vuelve a reinar en el opresivo lugar por unos instantes, pero entonces…
—Una carcajada sonora, casi histérica, brota del Oficial Montenegro, resonando con estridencia contra las paredes de piedra. Es una risa que no contiene alegría, sino una incredulidad burlona y un tanto forzada, como si la idea misma fuera la cosa más absurda que jamás hubiera escuchado– ¿Estás bromeando no?, los Ekstern son viles mitos, patrañas, cuentos de hadas para asustar a los novatos y a los niños.–
—Mi mirada hacia él se endurece, la paciencia que me quedaba evaporándose como agua en el desierto. La decepción se asienta, fría y pesada, en mi pecho– ¿En serio? –Pregunto, y mi tono, antes mesurado, ahora destila una molestia mal disimulada– Ustedes, los Sehwert, y los Mehr-Wissen en general, a lo largo de incontables generaciones, han luchado contra monstruos de toda índole imaginable. Han enfrentado a los Wesnaf, a los Wesion, a una miríada de Surnaturel de los planos más oscuros, a Demonios de alta jerarquía, a los etéreos y aterradores Ethenit, a legiones de Ángeles caídos e incluso a Dioses Menores Corrompidos que amenazaron con desgarrar la propia realidad. ¿Y aun así, después de todo eso, se atreve usted a afirmar con tanta ligereza que los Ekstern no existen? –Una sonrisa amarga, cargada de una decepción absoluta por tal estrechez de miras, se dibuja en mis labios.–
El Oficial Montenegro se queda visiblemente sin palabras. Su boca, que segundos antes profería carcajadas, se cierra de golpe, su expresión de burla se desvanece, reemplazada por una confusión palpable y una incipiente duda.
Claramente, no puede refutar la lógica aplastante de mis palabras, después de todo, es una verdad innegable: los Sehwert, a lo largo de la vastísima historia del Erden, mismos que representan la cúspide y la élite indiscutible de todos los Mehr-Wissen, han combatido y vencido a todo tipo de criaturas y entidades que osaron amenazar la integridad humana o el orden establecido.
Negar la posibilidad de algo “más allá” después de tal historial es, francamente, ridículo.
—Bien… –Carraspea el Oficial, recomponiéndose con esfuerzo, aunque la sombra de la duda persiste en sus ojos– Digamos que eres un Ekstern, ¿realmente tus poderes mermaron?, ¿cómo es que pasó?–
—Esos malditos me tendieron una trampa –Comienzo, la rabia y el dolor pugnando por salir– Usaron a mi hermana, su inocencia y su afecto, para atraerme a un lugar privado, una emboscada en el corazón del Gehena, un dominio que conozco demasiado bien, y después, cuando estaba distraído, preocupado por ella, uno de esos tres miserables me inyectó algo directamente en el cuello. Ese algo, esa sustancia desconocida, bloqueó gran parte de mi poder real, aunque, sinceramente no sabría decirle cuá…–
En ese preciso instante, interrumpiendo mi relato, una Interfaz virtual de un rojo carmesí intenso, con un enorme símbolo de exclamación parpadeando en su centro, se materializa frente a mis ojos, es una proyección visible solo para mí, una manifestación de mi propio Sistema interno, una herencia compleja de mi linaje.
Por suerte, este sujeto no puede verla, ni escuchar la nítida y fría voz robótica femenina que la acompaña, porque sí, también tiene esa cualidad tan… impersonalmente eficiente.
—Alerta: Eficacia del Usuario reducida a un noventa y nueve punto nueve por ciento del potencial total.
Estado actual: uno por ciento de operatividad–
—Alerta: Restauración de emergencia del sistema principal imposible debido a bloqueo externo de origen desconocido.
Iniciando Protocolo de Identificación y Contención de Errores Críticos–
—Alerta: Se ha detectado una sustancia exógena no catalogada circulando activamente en el organismo del Usuario. El Sistema procederá a analizar el compuesto anómalo y buscará desarrollar una contramedida o cura.–
—Alerta: Debido a la complejidad y naturaleza desconocida del compuesto, este sistema estima que el tiempo necesario para encontrar una solución viable y reparar el error sistémico será aproximadamente de: Mil años terrestres estándar–
En un instante que parece una eternidad, la Interfaz roja lanza cuatro alertas consecutivas, cada una cayendo sobre mi consciencia como un martillazo, cada una más cruel, más desesperanzadora que la anterior.
—¡¿1,000 años?!, suputamadre –El grito es silencioso, una explosión de furia y desesperación contenida únicamente dentro de los confines de mi mente– Primero voy a estar muerto por culpa de esos bastardos antes de que recupere mis poderes–
Un suspiro tembloroso se me escapa, esta vez no de resignación, sino de pura y absoluta consternación.
De verdad, este Sistema que me fue asignado al nacer a veces es útil, incluso indispensable, pero en otras ocasiones, como esta, es una completa y absoluta porquería ineficiente.
Desearía con cada fibra de mi ser tener el mismo Sistema avanzado y omnipotente que utilizan mis Padres, pero mi Padre fue muy claro en su negativa: no me lo otorgaría hasta que no encontrara a mi Pareja Destinada, me casara con ella en la unión sagrada y tomara el mando y la responsabilidad de una Dimensión entera bajo mi protección y gobierno. Requisitos absurdos, si me preguntan.
Ah, pero si yo fuera mi Madre, la dulce y poderosa Alicia, ahí sí que la historia sería diferente.
Mi Padre estaría en modo sobreprotector instantáneo: “Toma, mi amorsh, te doy este Sistema Supremo, el mejor de todos, así no sufrirás ninguna herida, ni el más mínimo rasguño, por más pequeña e insignificante que sea”.
—Alerta: El Sistema, en un esfuerzo por optimizar la recuperación del Usuario, sugiere buscar y establecer contacto inmediato con «Usuaria Elaine» para acelerar el proceso de análisis y neutralización del compuesto anómalo. Su firma biológica es compatible y podría ofrecer sinergias curativas.–
—Esta muerta, Imbécil –Digo en mi mente, frustrado por tal evento–
—Alerta: Dado la no disponibilidad o desaparición de «Usuaria Elaine» de los registros activos del Sistema en este cuadrante existencial, se recalcula la estrategia.
Se sugiere acudir con el miembro más poderoso actualmente accesible, en términos de vitalidad, esperanza de vida proyectada y capacidades biológicas regenerativas avanzadas: Su Majestad Imperial Lan, Emperador de la República Central, del plano Aynu.–
—No, prefiero morir a que ese bastardo, qué se mete en la vida de todos, quiera usarme como rata de laboratorio –Digo nuevamente y solo en mi mente–
Enfadado, por las opciones que me ofrecía mi propio y supuestamente avanzado Sistema, cerré la Interfaz de Usuario con un movimiento rápido y violento de mi mano a través del espacio donde la proyección flotaba, como si apartara una telaraña repugnante.
La pantalla carmesí se desvanece con un parpadeo, pero la amargura y la frustración persisten, más densas y opresivas que antes. Mil años o la humillación de pedir ayuda a Lan.
Vaya perspectivas.
—99% –Digo finalmente, la cifra escapando de mis labios como un veredicto funesto. Lo digo en voz alta, más para mí mismo que para el Sehwert, mientras la magnitud del desastre termina de asentarse en mi consciencia. Un uno por ciento de mi capacidad total… es una burla, una mutilación de mi propia esencia–
El Oficial Montenegro guarda silencio durante varios segundos, su rostro impasible apenas registrando mi declaración. Sin embargo, percibo un cambio sutil en la atmósfera, una tensión adicional, como si mis palabras hubieran confirmado alguna sospecha o añadido una nueva variable a sus cálculos.
—¿Cree que soy muy estúpido por caer en una trampa así, no? –Pregunto, observando su expresión. No hay burla abierta, pero sí una cierta rigidez en su mandíbula, una mirada que parece decir “era de esperarse de un Demonio”– Permítame usted preguntarle algo, Oficial. ¿Tiene usted en su vida a alguien que le importe mucho? ¿Alguien por quien no dudaría un solo instante en correr a ayudar, sin importar la situación, sin detenerse a sopesar los riesgos?–
—Para mi genuina sorpresa, el Oficial Montenegro no desvía la mirada ni ofrece una respuesta evasiva. En lugar de eso, asiente lentamente, una única vez, y una sombra de algo vulnerable cruza sus facciones habitualmente estoicas.– Si –Responde, su voz perdiendo algo de su dureza oficial, volviéndose más personal, más humana– Tengo una hija. Su madre… desapareció en una distorsión temporal cuando ella apenas tenía cinco años, justo frente a nuestros ojos. Un momento estaba… y al siguiente… se la tragó el repentino tornado que apareció donde estábamos. A partir de ese entonces, hemos sido nosotros dos contra el mundo.–
—¿Distorsión Temporal? –La mención me resulta familiar. Rebusco en los vastos archivos de mi memoria, entre siglos de observaciones y datos recopilados– ¿Se refiere usted acaso al evento del año 2005 del Nuevo Calendario? –Pregunto, recordando un cataclismo específico: un terremoto de gran magnitud que sacudió cierto país en el plano del Erden, conocido como Aynu, el espacio asignado para los humanos. Aquel suceso no solo causó devastación física; según los informes que llegaron a otros planos, también provocó una inestabilidad dimensional masiva, abriendo Portales efímeros a distintos lugares de este planeta conectado con otros planos: el plano celestial de Araboth, el infernal Gehena, ambos aspectos del Erden (Aynu y Altern) e incluso el corrupto Nyxaroth. Muchos desaparecieron sin dejar rastro–
—Esa misma –Confirma él, y la expresión en su rostro se tiñe de una tristeza antigua, una herida que el tiempo no ha logrado cerrar por completo. Sus ojos parecen mirar a través de mí, hacia un recuerdo doloroso.–
—¿Cuántos años tiene su hija? –Pregunto, y una parte de mí se pregunta por el origen de esta súbita curiosidad. No es propia de mí esta indagación en los asuntos personales ajenos. Supongo que, muy a mi pesar, soy un poco como ese idiota de Lan, a quien siempre le ha gustado el chisme y husmear en la vida de los demás con una curiosidad casi infantil.–
—Justo mañana cumplirá 25 años –Responde el Oficial Montenegro, y esta vez, un atisbo de orgullo paternal se mezcla con su melancolía–
Veinticinco años. La cifra resuena en mi mente.
Normalmente, con una precisión casi ritual, esa es la edad fija a la que los Sehwert manifiestan y reciben sus poderes plenamente. Es un proceso distinto al de otros Mehr-Wissen; los Grimm, por ejemplo, pueden despertar sus habilidades en un rango más amplio, generalmente entre los veinte y los treinta años, dependiendo de su linaje y exposición a ciertos estímulos. Los Schatzjäger, por otro lado, son elegidos y marcados desde el momento mismo de su nacimiento, su destino sellado por artefactos ancestrales.
—¿Su hija será…? –Deduzco en voz alta, la pregunta formándose casi por sí misma–
—No lo sé con certeza –Responde el Oficial, encogiéndose de hombros– A diferencia de otros linajes, como por ejemplo los Folk Hunter o los Geisterjäger, cuyos dones a menudo se transmiten de forma hereditaria directa, los poderes de un Sehwert no siguen esa regla. Es un proceso más… selectivo, parecido en cierto modo al despertar de los Grimms, pues el poder ancestral de Astel busca a un individuo capaz, un recipiente digno, en cada generación. Si analiza a un descendiente directo y lo detecta como alguien incapaz o no adecuado por cualquier razón, entonces el poder puede saltar a otra generación, o incluso manifestarse en una persona cercana al linaje que demuestre mayor afinidad o necesidad. Así que, la probabilidad de que ella reciba los poderes Sehwert recae, siendo optimistas, en un cincuenta por ciento. Todo depende del destino… y de la voluntad de la propia Astel, supongo–
—Entiendo… –Murmuro–
Miro al hombre frente a mí con una nueva perspectiva.
El poder que aún emana de su cuerpo, aunque visiblemente atenuado por la edad y las cargas de su vida, es considerable, demuestra que en su mejor tiempo, en su plenitud, fue alguien sumamente capaz y poderoso.
Incluso con mis sentidos mermados, soy capaz de detectar con claridad que, en su apogeo, el Oficial Montenegro era capaz de ejercer y manipular con maestría al menos dos de las cinco Energías Primordiales que conforman el tejido de la existencia: Mana, Aura, Poder Divino, Qi y Energía Espiritual, un logro nada despreciable para un humano, incluso para un Sehwert.
—Es muy probable que su hija reciba poderes –Digo finalmente, tras un momento de silenciosa inspección. Mis sentidos, aunque mermados, todavía pueden percibir las huellas residuales de un gran poder, las líneas de un linaje fuerte.–
—¿Cómo lo sabes? –Pregunta él, y la sorpresa en su voz es genuina, sus ojos ligeramente más abiertos, buscando en mi rostro alguna explicación a mi certeza–
—Normalmente, los Sehwert más sobresalientes, aquellos que han alcanzado un dominio considerable de sus habilidades, son capaces de transmitir una predisposición, una semilla de ese poder, a su próxima generación directa –Normalmente, los Sehwert más sobresalientes, aquellos que han alcanzado un dominio considerable de sus habilidades, son capaces de transmitir una predisposición, una semilla de ese poder, a su próxima generación directa– Aunque, debo admitir que no estoy completamente seguro de por qué usted se encuentra en un estado tan… disminuido. Según mi conocimiento, los poderes Sehwert no disminuyen con la edad; al contrario, tienden a aumentar, a madurar y refinarse con el tiempo y la experiencia–
—Bueno, parece que no soy el único al que le tendieron una trampa, ¿eh? –Responde él, y una risita breve, cargada de una ironía amarga y una sombra de dolor compartido, se escapa de sus labios– En mi mejor tiempo, era capaz de manejar tanto el Mana como el Aura con considerable destreza –Al escucharlo mencionar estas dos Energías Primordiales, no puedo evitar sentir una punzada de genuina admiración. La combinación de Mana para las artes arcanas y Aura para la potenciación física y la manipulación de la energía vital es una de las más formidables y versátiles que existen. Juntas, tienen el potencial de transformar a un individuo de constitución enclenque en una fuerza comparable a un Dios Menor– Pero ahora… bueno, ahora lo único que realmente me queda es mi sangre Sehwert y un poder residual que apenas sirve para mantener mis funciones vitales por encima de un humano común. Después de esa emboscada, mi Corazón de Mana fue destrozado y mi Lóbulo de Aura, severamente dañado. Lo que, en un contexto mágico y de combate, prácticamente me dejó lisiado.–
Corazón de Mana y Lóbulo de Aura.
Mi mente accede instantáneamente a la información relevante. Son dos mecanismos orgánicos sumamente importantes, cruciales para poder canalizar y manifestar tanto el Mana como el Aura de forma efectiva, pues son, básicamente, las centrales reguladoras internas que procesan estas energías.
Sin un Corazón de Mana funcional, es imposible que el Mana ambiental o interno se convierta eficientemente en Magia utilizable, sin un Lóbulo de Aura intacto, el fortalecimiento corporal, la creación de barreras energéticas y la imbuición de armas con poder personal se vuelven tareas casi imposibles. La destrucción de ambos implica una pérdida catastrófica de capacidad combativa y mágica.
—Antes de que pudiera inquirir más sobre las circunstancias de su desgracia, él simplemente desvía la mirada, un gesto sutil pero elocuente que indica su reticencia a ahondar en ese doloroso recuerdo– ¿Entonces? ¿Crees realmente que mi hija tenga posibilidades de despertar poderes? –Pregunta, su voz buscando una respuesta directa, claramente no deseando hablar más de su pérdida. Y yo, a pesar de todo, no soy alguien insensible, por más que haya vivido miles de millones de años y haya presenciado horrores y maravillas que harían palidecer la imaginación de la mayoría de los seres, no he perdido aquello que, irónicamente, me sigue haciendo sentir vagamente “humano”: una cierta capacidad de empatía, o al menos, de reconocer y respetar el dolor ajeno.–
—Hay una probabilidad del 90% de que su hija también resulte ser una Sehwert –Respondo con convicción, basada en mi análisis de su propia energía residual y la fuerza inherente de su linaje– Y de hecho, me atrevería a decir que hay una probabilidad cercana al cien por ciento de que, si despierta sus poderes, sea una Sehwert sumamente poderosa –Ya he confirmado el uso latente de al menos dos Energías Primordiales en usted, lo cual es raro, pues normalmente la mayoría de los seres solo pueden especializarse y manifestar una de ellas con verdadera maestría– Sin embargo, necesitará la guía experta y paciente de alguien capaz para desarrollar y controlar todo ese potencial latente –Le digo, refiriéndome implícitamente a él, el Oficial Montenegro. Su papel no solo sería el de Padre, sino inevitablemente el de mentor, si es que el destino así lo dispone–
Un suspiro profundo, cargado de una emoción compleja, sale de la boca del Oficial.
Su rostro refleja una mezcla de orgullo y una profunda pesadumbre.
—¿Pasa algo? –Pregunto, al ver cómo su expresión se ensombrece con una clara amargura–
—Sinceramente… –Comienza él, su voz teñida de una melancolía palpable– Deseaba con todas mis fuerzas que mi hija no tuviera que cargar con estos poderes. El Altern y el Aynu, todo el Erden, son espacios llenos de peligros constantes, de amenazas que acechan en cada sombra. Preferiría mil veces que ella solo se mantuviera ocupada con cosas mundanas, que tuviera una vida normal, simple, alejada de todo esto.–
—Lo entiendo, como Padre, o al menos, como hijo que observa a sus propios progenitores, lo mejor que desea uno para su descendencia es que tengan una vida tranquila, una existencia libre de las cargas que uno mismo ha soportado –Digo, recordando a mis propios Padres, aunque me disgusten porque a cada rato andan teniendo hijos (mis dos hermanos y yo somos la centésima generación) y mostrando su amor en cualquier lugar, a cada rato, incluso restregándonoslo en la cara, es evidente qué se preocupan mucho por todos nosotros, no solo dándonos un amor que a veces resulta sofocante, sino ofreciéndonos también todo lo necesario, todos los recursos y conocimientos, para que nuestro… digamos, libertinaje por las Dimensiones y los múltiples mundos sea, dentro de lo posible, una experiencia gratificante y segura–
—Así es… –Dice él, y esta vez es él quien esboza una pequeña sonrisa, una de comprensión y quizás, de resignada aceptación ante los caprichos del destino y la naturaleza ineludible de su legado–
Irónicamente, y a pesar de la situación tan precaria en la que me encuentro, sentí que en estos momentos de extraña vulnerabilidad compartida, la relación entre este Sehwert y yo había… evolucionado un poco.
No una amistad completa, por supuesto, pero sí una especie de entendimiento tácito, una tregua forjada en revelaciones mutuas, lo suficiente como para que, casi pudiera llamarlo mi amiguis.
—Oficial –Digo, mi voz rompiendo con cuidado el silencio que se había formado segundos atrás, un silencio que ya no se sentía tan hostil, sino más bien pensativo– ¿Puede liberarme?–
—Para mi sorpresa, o quizás no tanta, el Oficial Montenegro frunce el ceño, la expresión de afabilidad momentánea borrándose para dar paso a una cautela profesional.– ¿Debería?–
—¿En serio?, y yo pensé que ya éramos amigos –Una ligera sonrisa tira de mis labios, y no puedo evitar un toque de broma en mi voz–
—¿Eres un Demonio no?, ¿por qué no me ofreces un trato a cambio de tu libertad? –Responde él, pero esta vez una sonrisa divertida se dibuja en su rostro, suavizando la dureza de sus facciones–
—¿En serio Oficial?, ¿tan pronto decidió volverse corrupto? –Contraataco, mi propia sonrisa ensanchándose–
—Una risita breve, genuina, sale de su boca, y el sonido alivia un poco más la pesadez del ambiente– ¿Quieres ser libre, no?–
—Suspiro, negando lentamente con la cabeza, la diversión desvaneciéndose para dar paso a la seriedad del asunto– Para empezar, y con el debido respeto a sus fuentes, no soy un Demonio en el sentido que usted probablemente entiende. Como ya le mencioné, soy un Ekstern, una entidad muy diferente a cualquier criatura nativa de este mundo o de los planos adyacentes. En segunda instancia, y respondiendo a su propuesta: si un trato razonable me permite liberarme de estas cadenas, recuperarme y, eventualmente, buscar la venganza que tanto anhelo por la muerte de mi hermana, entonces sí, estoy dispuesto a considerarlo seriamente–
No queda de otra, realmente. Estoy debilitado, atrapado, y el tiempo corre en mi contra.
Además, considerando la historia personal del Oficial Montenegro, su rectitud aparente y su dolor palpable, es muy seguro que no pedirá nada excesivamente excéntrico o moralmente reprobable, al menos no según los estándares de un ser como yo.
—Así qué, Oficial, ¿qué desea? –Pregunto, adoptando deliberadamente el tono y la cadencia que se esperaría de un Demonio real ofreciendo sus servicios– ¿Dinero?, ¿mujeres?, ¿restitución completa de sus poderes?, ¿una vida más larga, más allá de los límites humanos?–
—El Oficial Montenegro niega con la cabeza ante cada una de mis ofertas, su expresión firme, sin un atisbo de tentación.– No deseo nada de eso–
—La sorpresa se hace visible en mi rostro, aunque, siendo honesto conmigo mismo, es más una actuación calculada que una reacción genuina. Ya sabía, o al menos intuía con fuerza, que esa sería su respuesta. Si hubiese aceptado alguna de esas ofertas vulgares, me hubiese decepcionado profundamente.– ¿Entonces?–
—¿Cuántos años has vivido aquí? –Pregunta de repente, su expresión volviéndose completamente seria, sus ojos fijos en los míos con una intensidad renovada–
La pregunta me toma desprevenido por su aparente simplicidad, aunque intuyo que hay algo más detrás.
—Llevo aquí unos 4,000 millones de años, llegué unos 1000 años después que la Administradora de este mundo, Astel –Respondo sin dudar, la información fluyendo con la naturalidad de un recuerdo cotidiano– Y por si quiere saber sobre mi edad real, bueno, mi tiempo de existencia total es mucho, mucho más que eso. Probablemente más antigua que este universo en particular.–
—Bien, en ese caso debes saber muchas cosas, ¿no? –Afirma el Oficial Montenegro, su voz ahora cargada de una extraña expectación–
—Obviamente –¿Qué pregunta tan tonta, no?–
Aún así, su extraña pregunta, que si la contemplo desde otra perspectiva, quizás no es tan tonta como parece a primera vista, me deja genuinamente extrañado. ¿Qué clase de conocimiento podría buscar un Sehwert de un ser como yo, más allá de información táctica sobre enemigos comunes? Hay algo más en su mirada, una profundidad que no había percibido antes.
—A cambio de tu libertad, quiero que cuides a mi hija si algo me llega a suceder –Dice el Oficial Montenegro, su voz, aunque firme, está teñida de una gravedad profunda, casi sombría. Sus ojos, antes calculadores, ahora reflejan una vulnerabilidad paternal que me toma completamente por sorpresa. El silencio que sigue a sus palabras es pesado, cargado con el peso de una petición monumental e inesperada–
—¿Qué? –Logro articular tras unos segundos que se sienten eternos, la sorpresa dibujándose en mis facciones de una forma que raramente permito. Mi mente, acostumbrada a anticipar amenazas y negociaciones de poder, no había contemplado un giro tan… personal–
—Quiero que estés a su lado en todo momento –Continúa él, su mirada fija en la mía, implorante pero también inflexible– Que la apoyes en sus decisiones, que la protejas de los peligros que sin duda enfrentará, que le brindes tu atención y tu guía, pero no solo quiero que la cuides como un guardaespaldas, Ekstern. Sé su mentor, enséñale todo lo posible, tanto de nuestro legado Sehwert, si es que lo hereda, como de tus propios y vastos conocimientos, para que así ella pueda cuidarse por sí misma, para que pueda valerse por sí misma y no dependa de nadie. Además, no la abandones –Su voz se quiebra casi imperceptiblemente en esta última palabra– Al menos hasta que estés seguro de que ella sea lo suficientemente fuerte, lo suficientemente capaz como para sobrevivir en este mundo cruel y despiadado que nos ha tocado–
—¿A qué viene todo eso? –Pregunto, la sorpresa inicial dando paso a una genuina perplejidad. Realmente estaba atónito por la naturaleza de su petición. Suena como si estuviera escuchando las últimas voluntades de alguien que se encamina hacia una muerte segura, como si estuviera dictando su testamento vital.–
—Si quieres ser libre, entonces acepta mi trato –Dice él, y su tono se vuelve firme como el acero, sin dejar el más mínimo resquicio para la negociación o la contraoferta. Sus ojos me desafían a rehusarme–
—Un suspiro lento, casi inaudible, escapa de mis labios. Evalúo la petición. Para mí, incluso con mi fuerza actual reducida a una sombra de lo que fue, la tarea de proteger y guiar a una joven humana, incluso una potencial Sehwert, parece… sorprendentemente factible, después de todo, ser un Maestro es algo que ya hecho muchas veces a lo largo de mis incontables años fuera de mi Mundo original– Está bien, Oficial , acepto. Juro solemnemente, por mi nombre y por mi honor, si es que tal cosa aún tiene valor en este universo, que cumpliré su petición al pie de la letra.–
Justo en el instante en que mis palabras de aceptación resuenan en la celda, un extraño e inexplicable viento se arremolina a nuestro alrededor. Es un viento frío, antiguo, que parece surgir de la nada misma, lo cual es curioso porque no hay ventanas, ni conductos de aire acondicionado, ni siquiera una miserable rendija en estas paredes de piedra.
Aunque para un ser menos experimentado esto podría resultar alarmante, para mí es una manifestación normal, casi rutinaria. Es el efecto inconfundible que se produce cuando un trato de esta magnitud, hecho entre entidades con cierto peso existencial, es sellado: una firma invisible pero palpable del poder de Mithrel, el antiguo y neutral Dios de los Contratos, Pactos y Juramentos.
—Perfecto –Digo, mi voz adquiriendo una resonancia ligeramente más profunda, un eco de mi verdadera naturaleza mientras siento la magia del pacto asentarse– Mithrel, el Dios de los Contratos, Pactos y Juramentos, ha escuchado y legalizado nuestro acuerdo. Se ha tejido un vínculo irrompible entre nuestras palabras y el tejido mismo de la realidad. Quien de nosotros rompa este juramento, morirá de una forma atroz y su Alma será irrevocablemente enviada al Vacío que yace en este Universo, a una nada eterna de la que no hay retorno –Expongo las consecuencias con una claridad brutal, un castigo ciertamente cruel. Pero, extrañamente, no me preocupo, a este punto, después de nuestra conversación, estoy razonablemente seguro de que el Oficial Montenegro no es de esos que faltan a su palabra dada con tanta solemnidad. Y yo, por supuesto, tampoco lo soy.–
Afortunadamente, y esto sí que es un pequeño bálsamo para mi orgullo herido, parece que el viejo Mithrel aún me reconoce como una entidad de considerable poder y estatus, a pesar de la catastrófica pérdida del noventa y nueve punto nueve por ciento de mi fuerza. Que su magia responda con tanta prontitud a un juramento pronunciado por mí en este estado es… significativo.
Ya es algo, ¿no?
—Bien –Dice entonces el Oficial Montenegro, asiente una vez, con gravedad, su voz un poco más ronca que antes, quizás por la solemnidad del momento o por la ráfaga de viento sobrenatural. – Cumpliré mi promesa de liberarte. Espero que tú cumplas la tuya con mi hija.–
Entonces, el Oficial Montenegro se mueve con una eficiencia parsimoniosa.
Primero, toma una llave de aspecto antiguo de uno de los ganchos cercanos a la puerta de la celda, la llave, forjada en algún metal oscuro, también exuda un tenue pero perceptible halo blanco, similar al de las cadenas que me aprisionaban, y con ella, abre la pesada puerta de la celda, el chirrido de los goznes oxidados resonando lúgubremente en el silencio.
Posteriormente, se acerca a mí y de un bolsillo interior de su impecable saco, extrae otra llave, esta de un diseño más intrincado y de un material que parece absorber la luz, pues irradia un distintivo halo oscuro, casi como una sombra solidificada.
Con esta segunda llave, y con una sorprendente delicadeza para un hombre de su aparente constitución, procede a liberarme por fin de los grilletes que sujetaban mis muñecas y tobillos.
Entonces, el chasquido metálico de cada cerradura al ceder es como música para mis oídos, y una oleada de alivio, mezclada con la anticipación de la libertad, recorre mi ser mientras la presión helada del metal desaparece de mi piel.
Finalmente me froto las muñecas instintivamente, sintiendo el escozor donde la energía de las cadenas había estado contenida.
A su vez, una vez que estoy libre de las ataduras directas, el Oficial Montenegro mira hacia abajo, su atención fija en el suelo de piedra. Con un movimiento lento, casi ritual, coloca la palma de su mano sobre la superficie fría, tocando algo que, irónicamente, en mi estado de debilidad y desorientación inicial, no había visto, a pesar de mis eones de experiencia en detectar trampas y artilugios mágicos.
—Siguiendo su mirada, también bajo la mía hacia el suelo que piso. Y entonces lo veo– ¿Un Círculo Atrapa–Demonios? –Pregunto, la sorpresa genuina tiñendo mi voz, a pesar de que ya no debería sorprenderme nada en este mundo–
Efectivamente. Allí, cubriendo prácticamente toda la extensión de la habitación, estaba meticulosamente dibujado con lo que parecía ser tiza negra o carbón consagrado, un Círculo Akrani, un tipo de Círculo Mágico específicamente diseñado y perfeccionado a lo largo de los siglos para atrapar, contener y, en algunos casos, debilitar Demonios.
Por la complejidad de los glifos internos y la disposición de sus sellos de contención, pude deducir rápidamente que su límite de efectividad era para Demonios de hasta Rango SSS. Un poder considerable, sin duda, aunque en este mundo, y en otros, existen Círculos de contención mucho más fuertes, capaces de aprisionar entidades de poder casi ilimitado, aunque claro, la fuerza de tales constructos mágicos depende intrínsecamente de la complejidad de su diseño, los materiales utilizados y la energía imbuida en ellos durante su creación.
En este caso, dicho círculo era una obra de arte arcano a la par que una prisión formidable: Su estructura principal se basaba en un intrincado hexagrama central, una estrella de seis puntas formada por la superposición de dos triángulos equiláteros perfectos, símbolo de equilibrio y confluencia de energías. Dentro de este corazón estelar, se anidaban geometrías aún más complejas: triángulos menores apuntando hacia adentro y hacia afuera, círculos concéntricos conteniendo lo que parecían ser representaciones estilizadas de ojos vigilantes o semillas de poder en cada vértice. Seis formas romboidales, como escudos o puntas de lanza, se extendían desde los picos del hexagrama, cada una inscrita con un triángulo más pequeño, actuando como puntos focales o anclas de poder.
La banda más externa, el borde mismo de la trampa, estaba densamente poblada por una escritura continua de glifos y runas arcanas, variadas y de una complejidad asombrosa, que fluían como un río de poder contenido, sellando el perímetro con una autoridad inquebrantable.
El diseño entero, en su blanco resplandeciente sobre el fondo oscuro del suelo de piedra, emitía una sensación de precisión mística, de poder antiguo y una belleza fría y funcional.
Para suerte de los Cazden (aquellos Mehr-Wissen cuya área de trabajo y especialización es precisamente el cazar, enfrentar y desterrar Demonios), este tipo particular de Círculos, los Akrani, no necesitan materiales exóticos o componentes rituales específicos en su dibujado para que funcionen con una eficacia básica. Su poder reside en la correcta inscripción de sus símbolos y la intención del invocador, incluso bastaría un simple lapicero o una vara para que se active, siempre y cuando el conocimiento y la voluntad fueran los correctos.
Además de eso, y esto es una ventaja táctica considerable, no necesitan un lugar fijo o preparado; pueden estar escritos en un simple pedazo de papel, en un trozo de tela, o, como en este caso, directamente sobre el suelo, y eso será suficiente para su propósito.
Por eso mismo es que muchos Cazden de campo suelen usar gises o tizas especialmente consagradas cuando quieren crear uno rápidamente en una situación imprevista.
—Hay que asegurarse –Responde el Oficial Montenegro, y una expresión genuinamente divertida se dibuja en su rostro mientras cierra la mano en un puño y amaga un golpe juguetón en mi dirección, como si estuviera lidiando con un joven revoltoso y no con una entidad cósmica–
Un suspiro, esta vez más de resignación ante la situación que de otra cosa, se escapa de mis labios. Este sujeto tuvo suerte de que yo fuese alguien inherentemente racional y, más importante aún, que mi poder estuviera tan severamente mermado, de lo contrario, ya le habría demostrado que estos Círculos Akrani, por bien diseñados que estén para su propósito, no funcionan conmigo, ya que, fundamentalmente, no soy un Demonio en el sentido que ellos entienden.
Quizás una parte de mí también quería observar cómo se desarrollaban los acontecimientos, evaluar al Sehwert antes de revelar todas mis cartas.
—No se preocupe –Le digo, deteniendo con un gesto de mi mano lo que sea que estuviera a punto de hacer para desactivar el círculo. Mi voz es calmada, quizás con un ligero toque de superioridad que no puedo evitar del todo– No necesita desactivar el Círculo Akrani –Y para demostrarlo, doy un paso deliberado, luego otro, moviéndome con una libertad que claramente sorprende al Oficial. Estos Círculos, cuando están plenamente activados y sintonizados con una entidad demoníaca, impiden cualquier tipo de movilidad física, anclando al prisionero al suelo como si estuviera hundido en cemento invisible. Mi capacidad para moverme es una prueba irrefutable–
—Entiendo –Dice él, sus cejas arqueándose ligeramente mientras se endereza y se levanta del suelo. La diversión en su rostro es reemplazada por una expresión más pensativa, aunque no parece particularmente alarmado por mi demostración.–
Entonces, con la inmediata preocupación de las cadenas y el círculo disipada, miro a todos lados con más detenimiento, mis sentidos, aunque débiles, tratando de absorber los detalles de este lugar.
—Por cierto Oficial, ¿dónde estamos? –La pregunta surge con una naturalidad que casi me sorprende a mí mismo–
—Estamos en el Estado de Melbury, en la República Central –Explica el Oficial, su tono volviéndose nuevamente informativo, casi como si estuviera dando un parte oficial– Para ser exactos, en una zona de contención especial dentro de los límites de un pequeño pueblo como a 5 kilometros de la capital del estado. Esta instalación está ubicada discretamente en el sistema de desagüe pluvial, cerca de los límites de la urbe, y aquí es donde apresamos a los Demonios que logramos capturar y, cuando es necesario, los desterramos de vuelta al Infierno, o al plano que les corresponda.
—Oh… –Murmuro, la información encajando como piezas de un rompecabezas desagradable– Eso explica también la presencia del Círculo Akrani cubriendo todo el piso de esta… habitación.–
Sí, ahora comprendía perfectamente por qué un lugar tan inhóspito y bien protegido estaba en uso.
Aunque, ¿República Central?, ¿por qué el destino, o esa entrometida de mi hermana al abrir el portal, tuvo que enviarme justo a este país? Hace al menos cincuenta años terrestres estándar que no lo visito. Y bueno, supongo que en medio siglo debe haberse actualizado considerablemente, comparado con la última vez que estuve aquí.
Aún así, soy profundamente reticente a pisar este lugar, más que nada por la inevitable posibilidad de encontrarme con ese tipo insufrible de Lan, el autoproclamado Emperador. dos mil quinientos años de conocerlo, y cada encuentro parece más irritante que el anterior. Su pomposidad, su manía de creer que sabe más que nadie… agotador.
Sin embargo, esto también presenta una oportunidad irónica.
La República Central, a pesar de mi aversión por su líder, es una potencia, y desde Melbury, puedo fácilmente tomar un transporte terrestre o aéreo a Centralia, la Capital, y una vez allí, podría fácilmente ir, visitar a Lan en su ostentoso palacio y pedirle (o más bien, dado nuestro historial y mi actual estado de necesidad, exigirle con toda la firmeza que pueda reunir) que utilice sus vastos recursos y conocimientos para restaurar mis poderes.
Este sería mi pago por todas las incontables veces que me tuvo trabajando de gratis.
No es un mal trato, ¿cierto?.
—Tuviste suerte con el Círculo Akrani, chico, aunque, siendo sincero, probablemente eso no habría funcionado del todo contra ti, ya que no eres un Demonio después de todo, ¿verdad? –Dice el Oficial Montenegro, y la sonrisa divertida vuelve a sus labios, sus ojos con un brillo socarrón mientras me observa. Su tono es el de un adulto indulgente con un joven que acaba de evitar un castigo por pura casualidad– De lo contrario, esa cosa en el suelo no solo te habría inmovilizado por completo, sino que también habría comenzado a drenar lenta y muy dolorosamente tu poder, hasta dejarte como una cáscara vacía.–
—Una leve sonrisa se dibuja en mis propios labios, pues sí, así es precisamente cómo funcionan los Círculos Akrani en su máxima expresión. Para evitar que los Demonios de alto rango escapen, no solo los inmovilizan con ataduras energéticas, sino que también merman su poder inherente y, a la vez, infligen un dolor constante y agudo producto de ese mismo drenaje. Todo este conjunto de efectos está diseñado para asegurar que la eficacia del Destierro sea lo más alta posible, o para facilitar la eliminación del objetivo.– Eso es ver-…–
¡BOOOOM!
Mis palabras quedan ahogadas, mi frase truncada a medio camino por una explosión cataclísmica que resuena desde la lejanía. No es un sonido común; es una detonación sorda y poderosa, con una reverberación que sacude los cimientos mismos de este lugar subterráneo, el suelo incluso tiembla bajo mis pies, enviando una vibración que sube por mis piernas, y pequeñas partículas de polvo y escombros se desprenden del techo.
Incluso puedo sentir una leve onda de presión en el aire, como el aliento de una bestia colosal. Un hedor acre, a ozono y a algo más, algo extrañamente familiar y siniestro, comienza a filtrarse débilmente.
—¿Qué demonios fue eso? –Pregunta el Oficial Montenegro, su cuerpo tensándose al instante. La expresión divertida se ha borrado de su rostro, reemplazada por una máscara de enfado y una profunda preocupación. Sus ojos se dirigen instintivamente hacia la dirección general de la explosión, su mano yendo hacia donde antes guardaba alguna de sus llaves, o quizás un arma–
—En ese preciso instante, mis ojos, que hasta cierto punto perciben el mundo de una forma similar a la humana, sufren una transformación abrupta. Todo lo que veo frente a mí se convierte en una especie de mapa tridimensional, un torrente de datos visuales superpuestos a la realidad; líneas de energía, contornos espectrales, vértices que marcan puntos de interés o fluctuaciones anómalas. Es como si el mundo se hubiera descompuesto en su geometría fundamental, revelando patrones y presencias ocultas. Y a través de esta visión mejorada, detecto tres firmas energéticas muy potentes, y terriblemente conocidas, aproximándose a gran velocidad desde la lejanía, en la misma dirección de la explosión– Oh, carajo –Murmuro, la palabra un siseo ahogado al reconocer las siluetas energéticas. Un gélido vacío se instala en mi estómago– Ja… –Un sonido que no es ni risa ni sorpresa, sino más bien una constatación amarga, escapa de mis labios. Al identificar plenamente las figuras, siento cómo mis pupilas se contraen hasta ser apenas dos puntos y un escalofrío gélido, como el toque de la misma muerte, recorre mi espalda. En un instante, mi cabeza gira bruscamente para ver al Oficial–. Oficial…, son ellos–
—¿Ellos? –Repite él, su voz tensa, captando la urgencia y el pavor implícito en mi tono–
—Son los que ese bastardo envío para terminar la tarea –Explico con una rapidez febril, cada palabra cargada de una certeza sombría– Los perros más leales de Luciel: Aren, Lumen y Zakech–
El Oficial Montenegro se pone completamente rígido, como una estatua de piedra.
Tan pronto como escucha mis palabras, puedo ver cómo su ceño se frunce con una ferocidad sombría y sus puños se aprietan con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos, no necesita más explicaciones; estoy seguro de que su instinto de Sehwert, afinado por años de combate y peligro, le advierte con una alarma ensordecedora que una amenaza de primer orden está muy cerca.
—Espera aquí –Dice él, su voz grave y autoritaria, antes de girarse y alejarse con pasos rápidos y decididos hacia la salida de la celda, en dirección al pasillo exterior.–
Verlo marchar así, de forma tan abrupta, me hace pensar por un brevísimo instante que el Oficial quiere escapar, abandonar el barco ante una amenaza superior.
Y de no ser por la conversación que hemos tenido, por las vulnerabilidades que ha mostrado y la rectitud que he percibido bajo su coraza, estaría completamente seguro de que eso era lo que exactamente estaba haciendo, osea, abandonándome a mi suerte.
Por suerte, a pesar de conocerlo hace menos de una hora, ya siento que puedo discernir sus intenciones con una claridad inesperada.
A este punto, tras el pacto y sus confesiones, ya lo considero, muy a mi pesar inicial, como una persona de considerable entereza, alguien que, a pesar de su frialdad y pragmatismo inicial, es capaz de actuar con un juicio admirable y una lealtad inquebrantable a sus principios, y ahora, a nuestro acuerdo.
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Afortunadamente, y esto es quizás una de las pocas ventajas de haber vivido tanto tiempo, conozco la psicología de estos tres tipos, los perros falderos de Luciel. Básicamente, se creen los villanos principales de alguna epopeya barata o un anime de segunda categoría. Disfrutan de su poder y de la intimidación que este genera. Por eso, sé que no se apresurarán.
Puedo imaginarlos perfectamente: caminan con una lentitud deliberada, saboreando el momento, creyendo que su presa está acorralada y sin escapatoria. Probablemente sonríen de esa forma estúpidamente engreída, la misma que he visto en incontables villanos que están a punto de capturar al “Héroe”. Se moverán con pasos y gestos exageradamente teatrales, casi ridículamente cringe, como si cada uno de ellos tuviera algún tipo de problema corporal que les obliga a posar en cada avance.
Por esto es que, a pesar de la inminencia de su llegada, puedo asegurar que tenemos un margen de tiempo. Es un margen breve, sin duda, pero no tan desesperadamente corto como lo sería si estuviésemos enfrentándonos a enemigos verdaderamente eficientes y profesionales.
—Volví–
La voz grave del Oficial Montenegro corta mis reflexiones. Tras unos segundos, lo veo aparecer (no literalmente, sino entrando en mi campo de visión desde el pasillo oscuro), moviéndose con una urgencia contenida que contrasta con la parsimonia de nuestros enemigos. No viene con las manos vacías. En cada mano porta dos armas, y aunque parecen reliquias de una era pasada, despiden un aura de propósito letal, herramientas forjadas para enfrentar las amenazas de este mundo.
O eso sería, si esos tres fuesen Demonios comunes y corrientes. Contra ellos, me temo que esto será como arrojar piedras a un titán.
—¿Una escopeta? –Murmuro para mis adentros, mi mirada fijándose en el arma que empuña en su mano derecha.–
Reconozco al instante el diseño robusto y familiar de una “Grabenbrecher”, un modelo de escopeta creado en este mundo por allá de los años 1950, cuyo nombre se traduce ominosamente como “Quiebra-trincheras”. Su apariencia es un testamento a su brutal funcionalidad.
El arma tiene una culata de madera oscura y lisa, con un acabado que habla de años de servicio y incontables batallas, pero que también revela un cuidado meticuloso, casi reverencial. La corredera acanalada, también de una madera más clara, contrasta con el frío y desgastado metal grisáceo del receptor. Su cañón, largo y amenazante, está envuelto en una distintiva cubierta de acero perforada que actúa como un disipador de calor, dándole un aire aún más intimidante, casi como las fauces dentadas de una bestia de hierro lista para rugir. Al final del cañón distingo claramente un saliente, un soporte diseñado para una sola cosa: acoplar una bayoneta, misma que está colocada en este.
Es una combinación diseñada para sembrar el caos a corta distancia, para barrer amenazas con una lluvia de proyectiles de grueso calibre, una herramienta brutalmente eficiente, sin duda alguna.
Una hermosa pieza de ingeniería letal, pero me pregunto si será suficiente.
A su vez, en su mano izquierda, la que no sostenía la escopeta, el Oficial Montenegro sostiene un revólver que parece sacado directamente de una crónica de la era del vapor y la pólvora negra.
Se trata de un “Custos Riel”, un arma de mano creada allá por el año 1890 por la misma y ya entonces prestigiosa ZeriX Weapon Factory, o ZWF. La ironía de tener que depender de un artefacto de una de las empresas de Lan es graciosa.
El arma es una pieza de artesanía letal, un testamento de una época en la que la fiabilidad era tan importante como la potencia de fuego. Su acabado del metal es oscuro y complejo; puedo distinguir claramente los tonos profundos, casi de tinta negra, del largo cañón y del cilindro acanalado, y los fascinantes matices casi cobrizos y azulados que se arremolinan en el armazón principal, un detalle estético producto de un templado diferencial conocido como “case hardening”, una firma característica de algunas producciones selectas y de alta gama de las Empresas Lan. Es el tipo de arma que no solo sirve para matar, sino para ser admirada. La empuñadura de una madera noble y rojiza, seguramente pulida por el agarre firme de su portador a lo largo de incontables años, se curva con una elegancia funcional diseñada para encajar perfectamente en la mano. Su martillo prominente, grande y ligeramente curvado, está en reposo, pero parece listo para ser amartillado con un movimiento rápido del pulgar y desatar así la furia contenida en uno de sus seis tiros.
—Vaya…, qué antigüedades son estas –Digo en voz alta, mi tono una mezcla de asombro por su excelente estado de conservación y una condescendencia que no me molesto en ocultar. A pesar de lo bien cuidadas y potentes que sin duda se ven, hay que admitir las cosas como son: son reliquias.–
—Más respeto muchacho –Replica el Oficial Montenegro, y aunque su tono es de reprimenda, puedo ver una sonrisa divertida jugando en sus labios– Estas dos “antigüedades”, como tú les llamas, han eliminado a más Surnaturel de los que podrías contar, a muchos que se negaron a respetar las reglas y amenazaron a gente inocente. Tienen más historia y honor que la mayoría de las armas modernas.–
Entonces, con un movimiento deliberado, me entrega el revólver. Lo tomo, y el peso del arma me sorprende por un instante. Es sólida, densa, un bloque de acero y madera que se siente increíblemente real y letal en mi mano. El frío del metal contrasta con la calidez pulida de la empuñadura. Por un momento, lo sopeso, sintiendo el equilibrio casi perfecto del arma. Es un instrumento de muerte, sí, pero uno construido con un propósito y un orgullo innegables. Sin más, lo guardo con cuidado dentro del compartimiento interior del saco negro que, sorprendentemente, ha sobrevivido intacto a mis recientes desventuras y que viene con mi habitual ropa formal y oscura.
Mientras tanto, él se queda con la escopeta, amartillándola con un chasquido metálico, sonoro y definitivo, que resuena en todo el lugar.
Al mismo tiempo que el peso del revólver se asienta en mi saco, los sonidos que antes eran una amenaza lejana se vuelven una realidad inminente. Los pasos, fuertes y rítmicos, resuenan por los pasillos de hormigón, cada pisada un martillazo que anuncia la llegada del juicio. Entre ellos, distingo con una claridad ominosa una serie de sonidos metálicos: uno es el chirrido agudo y ocasional de una armadura pesada en movimiento. Ya están aquí.
—Yo me esconderé –Me indica el Oficial Montenegro en un susurro grave, sus ojos fijos en la entrada del pasillo. Su plan es simple, casi temerario–Probablemente estarán tan distraídos contigo que no se percatarán de mí. Cuando menos se lo esperen, este bebé en mis manos se encargará de acabar con ellos de una vez por todas.–
—Oficial, con todo el debido respeto, está usted subestimando gravemente a nuestros adversarios –Replico con una urgencia contenida, mi voz un siseo bajo pero firme, intentando hacerle ver la locura de su planteamiento– La capacidad de estas armas, por muy bien conservadas y potentes que sean para los estándares de este mundo, no se compara en nada con la fuerza y la resistencia de esos bastardos. Lumen es un Demonio de Rango Conde, Zakech es de Rango Emperador, y Aren… bueno, ese no es un Demonio. Es un Malakhel, un Serafín caído, cuyo poder es solo un veinte por ciento inferior al del propio Luciel, quien ostenta el título de Regente del Infierno. –Hago una pausa, mi mirada taladrando la suya para que comprenda la magnitud del problema– Estas armas no les harán ni un rasguño significativo.–
—El Oficial Montenegro asiente lentamente, su mandíbula tensa. No hay miedo en sus ojos, sino una recalibración táctica. Ha comprendido la escala de la amenaza– Entendido. Entonces cambiaron el plan. –Iice, su voz aún un susurro, pero cargada de una nueva determinación– Ya que no los mataremos, entonces las usaremos para al menos aturdirlos y que así podamos escapar. Lo importante ahora es mantenernos vivos, ¿estamos de acuerdo? –Su mirada es intensa– Estas preciosuras, tanto la escopeta como el revólver, tienen instalado un potenciador arcano de la ZWF. Un pulso de choque sónico-etéreo. Permite aturdir a casi cualquier entidad sin importar su Rango, pero la condición es que el disparo los pille desprevenidos. Serán apenas unos cinco segundos de parálisis, si tenemos suerte, pero será lo suficiente como para que podamos largarnos de aquí y buscar armas mejores, o incluso refuerzos.–
—Asiento con la cabeza, la lógica de su nuevo plan siendo mucho más sólida que la anterior– Muy bien Oficial, lo entiendo –Aunque no entiendo del todo cómo funciona ese “potenciador”, considerando que estas armas fueron creadas por Lan, seguramente no sean solo palabras vacías. Ese tipo, a pesar de lo insoportable que es, nunca ha escatimado en la eficacia de su tecnología. Además, ahora mismo no hay tiempo para explicaciones técnicas; nuestra prioridad absoluta es escapar con vida.–
Entonces, el Oficial Montenegro se mueve con rapidez. Abre un pequeño compartimiento casi invisible ubicado justo frente a la celda que antes me mantenía cautivo, en una pared al otro lado de los barrotes. Es un panel que se desliza hacia un lado, revelando un nicho lo suficientemente grande y alto como para que él y su escopeta quepan perfectamente, ocultos en la sombra.
—Que tontería más conveniente. –Digo en un murmullo para mí mismo, una sonrisa divertida cruzando mi rostro por un instante al ver esa perfecta y casi cómica conveniencia de guion. Un escondite a medida justo donde se necesita. A veces, la realidad imita a las narrativas más simples.–
Mientras él permanece inmóvil en su escondite, yo me preparo para mi parte del teatro. Con un movimiento lento y que intenta simular debilidad, me vuelvo a sentar en el suelo polvoriento dentro de la celda, agachando la cabeza y encorvando la espalda hasta quedar en una posición casi fetal. Finjo estar atrapado aquí, derrotado y resignado, un señuelo perfecto para tres depredadores arrogantes. Una de mis manos se posiciona con aparente descuido sobre mi costilla derecha, pero en realidad está a escasos centímetros de donde guardé el “Custos Riel” en el interior de mi saco. Es un movimiento sutil, uno que, para quien no lo supiera, haría creer que simplemente estoy tocándome una herida profunda, lamentando mi destino. Dejo que mi respiración se vuelva superficial, mi cuerpo inmóvil, y espero. Espero a mis “cazadores”.
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