Ekstern - Capítulo 11
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Capítulo 11: Capítulo 2 – Detective | 2.1: Detective
El amanecer apenas logra perforar la opresiva atmósfera del centro recreativo Lanel, policías uniformados se mueven con una eficiencia sombría, sus radios crepitando con comunicaciones entrecortadas.
Las luces intermitentes de las patrullas y la ambulancia, que ha llegado demasiado tarde para el Oficial Montenegro, bañan la cancha de baloncesto y sus alrededores en destellos erráticos de rojo y azul, pintando una escena macabra sobre el asfalto aún manchado de sangre.
Médicos forenses, con sus trajes blancos, trabajan con diligencia metódica cerca de los dos cuerpos cubiertos, mientras el aire se carga con el olor metálico de la sangre, el antiséptico y la humedad de la madrugada. Un ambiente denso, lleno de una tristeza palpable y una opresión que ahoga cualquier atisbo de normalidad.
Un nuevo día llega, sí, pero nadie en la Ciudad de Melbury se espera lo que este trae consigo, ni la oscuridad que ha danzado en uno de sus más famoso parques.
—Por favor, dinos qué es lo que sucedió –La voz de un agente especializado en homicidios, cansada pero firme, intenta penetrar la barrera de conmoción–
Sentado en una banca metálica y fría, apartado del epicentro del horror pero inevitablemente su foco, yace Sariel. Tiene la cabeza agachada, su cabello oscuro y alborotado cayendo sobre su frente, ocultando parcialmente una mirada perdida en algún abismo insondable.
Su ropa elegante, un traje oscuro que antes hablaba de refinamiento, ahora está manchada con la sangre del Oficial Montenegro, parches oscuros y rígidos que atraen las miradas curiosas y acusadoras de los uniformados cercanos.
Unas miradas que lo juzgan sin juicio, que lo condenan en silencio.
—… –Sariel no ofrece respuesta, ni siquiera un temblor. Permanece inmóvil, como una estatua rota–
Una de las oficiales, una mujer joven de cabello rubio, piel blanca que brilla con el amanecer y ojos verdes, observa la escena con una perspectiva diferente.
Al ver al joven en ese estado catatónico, y después de inspeccionar cuidadosamente los alrededores y los informes preliminares, decide aplicar la presunción de inocencia, al menos internamente, e intenta establecer algún tipo de comunicación, por lo que, se acerca con cautela al desconocido.
—¿Joven?, ¿puede escucharme? –Le pregunta la mujer, poniéndose de cuclillas para estar a la altura de Sariel– ¿Sabes que ha pasado?–
Sin embargo, a pesar del intento de persuadir a Sariel, la Oficial no logra ni siquiera moverlo un segundo.
Al ver esto, ella se levanta y suspira.
—Será mejor llevarlo a la Comisaría –Dice uno de sus compañeros, harto de la actitud de estatua de Sariel–
—Pero… –Dice ella, preocupada por el estado del chico–
Las horas han pasado desde el amanecer, y él, Sariel, permanece así, un receptáculo vacío de trauma.
A pesar de que todos los demás en la escena parecen creer firmemente en su culpabilidad (un desconocido encontrado en una escena de homicidio múltiple, cubierto de sangre), ella, la Oficial rubia, gracias a un agudo olfato que a veces le parece más una maldición que un don, y una vista que capta detalles minúsculos, está segura de su inocencia, o al menos, de que la historia es mucho más compleja.
El olor a ozono y a algo extrañamente quemado que aún persiste débilmente en el aire no es de este mundo, y la sangre en la ropa del joven no parece coincidir con ninguna herida propia.
Lamentablemente, la persona es incapaz de cooperar, ni siquiera es capaz de levantar la mirada, de conectar con la realidad que lo rodea, su estado no es el de un culpable tratando de evadir la justicia, sino el de un ser que ha presenciado un horror que ha fracturado su psique… Un fuerte trauma lo envuelve como un sudario.
—Traigan las esposas –Ordena finalmente la Sargento que estaba cerca–
Pero, justo cuando los dos agentes se disponen a proceder con su arresto, el sonido distintivo de un vehículo civil de alta gama deteniéndose bruscamente cerca del cordón policial llama la atención de la mayoría.
Entonces, las puertas se abren y se cierran con un golpe seco.
—…–
La expresión de todos los uniformados presentes, desde los novatos hasta los Agentes de más alto rango, se congela casi al instante al ver bajar del vehículo a cierta persona.
Un silencio tenso, más profundo que el anterior, cae sobre el grupo.
—¿Qué ha pasado aquí?, ¿por qué me llamaron? –La voz es femenina, joven, pero con un timbre de autoridad que corta el aire viciado de la escena del crimen–
Ninguno de los presentes se atreve a decir algo de inmediato, sus miradas esquivas, conscientes de la delicada y dolorosa conexión que esta recién llegada tiene con una de las víctimas principales.
—D-Detective Sa-Salieri… –Tartamudea finalmente el sargento que estaba a punto de ordenar el traslado de Sariel, su tono ahora una mezcla de respeto y aprensión–
Tras expresar su obvio disgusto por la situación con un ceño fruncido, la recién llegada espera una explicación.
Y entonces… alguien finalmente se atreve a hablar.
—Es… –Comienza uno de los Agentes, pero su voz se apaga al segundo–
La joven Detective dirige su mirada penetrante alrededor, absorbiendo la caótica tranquilidad de la escena.
Sus ojos se detienen en los dos bultos cubiertos con sábanas blancas cerca de la línea de tres puntos de la cancha de fútbol.
—¿Hay más? –Pregunta, su voz ahora más baja, teñida por una premonición que hiela la sangre–
—Si…, más adelante –Responde un Agente, señalando con un gesto sombrío–
—Llévame –Ordena ella, su calma profesional apenas velando la tormenta que se adivina en su interior–
Ambos avanzan entre los restos del enfrentamiento mientras la Joven continúa mirando a su alrededor, su rostro impasible, pero la opresión del ambiente, la expresión sombría de cada oficial y la palpable tragedia provocan que su corazón comience a latir con una rapidez dolorosa.
—Aquí está la tercera víctima –Anuncia el agente, deteniéndose frente a otra manta blanca que cubre un cuerpo–
La chica observa el bulto por un instante, luego su atención es capturada por la figura sentada en la banca cercana: el joven de cabello oscuro, Sariel, cuya ropa elegante ahora yace manchada de sangre y suciedad, su postura la de un hombre completamente quebrado.
—¿Quién es? –Pregunta la chica, su voz recuperando un filo profesional, aunque sus ojos no se apartan del joven, mientras que su corazón, extrañamente comienza a latir con una fuerza sumamente extraña–
—No sabemos –Responde la Agente que creía en la inocencia del joven– Traté de hablar con él pero desde que llegamos ha permanecido en ese estado–
—Bien, déjenme intentarlo –Dice Salieri, con una nueva nota en su voz: una sospecha, una intuición tanto en su mente como en su corazón ahora extrañamente acelerado que la impulsa a acercarse–
Con pasos decididos, se aproxima a la banca donde Sariel permanece ausente.
—Oye –Le dice, su voz ahora más suave, pero firme–
Lentamente, como si emergiera de profundidades abisales, el joven alza la mirada, sus ojos inusuales, que antes reflejaban un vacío insondable, se encuentran con los de la Detective Salieri.
Y en un segundo, su expresión pasa de estar perdida y devastada a una de absoluto y mudo estupor, como si acabara de ver un fantasma o una imposibilidad hecha carne.
—¡…!–
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Mi cabeza es un caos, un torbellino incesante donde las imágenes de las últimas horas se repiten una y otra vez, en un ciclo nauseabundo: el rostro del Oficial Montenegro al recibir el impacto, la lanza de sombras atravesando su pecho, su cuerpo desplomándose, la sangre extendiéndose sobre el frío asfalto, sus últimas palabras, la promesa que le hice…
Todo permanece allí, girando, impidiendo que pueda escuchar con claridad más allá del estruendo de mis propios pensamientos, del eco de mi impotencia.
Las sirenas quejumbrosas, las voces apagadas de los otros policías, el movimiento a mi alrededor, todo se percibe como a través de un velo grueso y distorsionante.
—Oye–
Sin embargo, una voz femenina, clara y sorprendentemente cercana, logra perforar esa barrera de conmoción y ruido interno, es un sonido que, por alguna razón, corta a través del caos. Instintivamente, mi cabeza se alza, mis ojos buscando con lentitud el origen de esa interrupción.
—¡…!–
Mis ojos se abren de par en par, y la perplejidad, una oleada de puro y mudo asombro, barre con cualquier otro pensamiento o sensación.
Es ella, la misma joven cuya imagen el Oficial Montenegro me mostró en la pantalla de su teléfono, aquella que apenas pude distinguir con claridad entonces.
Pero ahora, en persona, de pie ante mí en esta cancha manchada por la tragedia, bajo la cruda y parpadeante mezcla de las luces rojas y azules de las patrullas y los primeros y pálidos rayos del amanecer que comienzan a teñir el cielo, su presencia es abrumadoramente… distinta, e impactante.
Su cabello largo y ondulado, que en la fotografía me pareció de un rubio incierto por la iluminación, ahora se revela en su verdadera y sorprendente tonalidad: es un blanco plateado casi iridiscente, como finos hilos de luna líquida o nieve recién caída bajo un cielo estrellado, mismo que cae en cascadas suaves alrededor de sus hombros y enmarca un rostro de una palidez marmórea, casi etérea.
Su piel blanca, delicada, casi translúcida, resalta la intensidad de sus labios, que llevan un tono rojo vivo, un contraste audaz y perturbador.
Pero son sus ojos los que capturan toda mi atención, los que me roban el aliento y envían una descarga helada a través de mi sistema, un eco de sorpresa que resuena incluso en mi estado debilitado y confuso, sobre todo, sus pupilas rojas.
No es un simple reflejo de las luces de emergencia, ni una ilusión óptica producto de mi agotamiento y conmoción, son de un carmesí profundo, brillante, como dos brasas encendidas en la penumbra de su rostro, observándome con una fijeza que es a la vez penetrante, analítica y, extrañamente, desprovista de juicio inmediato.
La persona frente a mí, la Detective que los demás oficiales tratan con una mezcla de respeto y temor, resulta ser la misma que el Oficial me había mostrado antes.
Pero la imagen estática y disminuida de un teléfono no le hacía la más mínima justicia, ni me había preparado para esta visión tan… singular y sumamente hermosa.
—¿Eh…? –Pregunto, la incredulidad todavía aferrada a mi voz,–
—La mujer muestra una expresión de sorpresa, probablemente debido a mi mirada, sin embargo, tan pronto como pregunto su expresión se torna más calmada– Detective Salieri Montenegro Neiruk del Departamento de Policía de la República Central –Responde, y su voz, a pesar de la formalidad de su presentación, tiene un tono inesperadamente suave, casi melódico, que envuelve mis oídos de una forma peculiar.–
Efectivamente. No estoy soñando, ni mi mente me juega una mala pasada producto del trauma y el agotamiento.
La joven de cabello blanco plateado y sorprendentes pupilas rojas que está frente a mí es, sin lugar a dudas, la hija del Oficial Montenegro, aquella a quien él, con su último aliento, me pidió proteger.
—…–Un silencio se instala mientras proceso esta confirmación–
Realmente estoy atónito, no solo por la certeza de su identidad, la hija del Oficial, sino también, y esto me desconcierta profundamente, por su increíble y singular belleza.
He conocido a incontables mujeres hermosas a lo largo de mis eones de existencia; reinas de imperios olvidados, diosas de panteones extintos, seres cuya perfección desafiaba la propia imaginación, pero ella… por alguna extraña e inexplicable razón, no puedo compararla con ninguna de las demás, ni siquiera con Lyra, y eso que Lyra era una belleza de otro mundo.
Solo verla, aquí, en medio de esta carnicería, bajo la cruda luz del amanecer y el parpadeo de las luces de emergencia, agita algo profundo dentro de mí, una resonancia en mi pecho, un latido errático y potente que creí muerto y enterrado para siempre desde que mi conexión con Astel se desvaneció.
Es una sensación tan extraña, tan abrumadora, que me provoca olas de escalofríos que recorren mi cuerpo, no solo por lo impactante de su aparición en este contexto, sino por la naturaleza misma de esta reacción visceral que me toma por sorpresa.
—¡Espera, espera!, ¡contrólate!, ¿olvidaste qué el Oficial te dijo que tu deber era cuidarla y protegerla?, si intentas algo con ella estoy seguro de que te va a jalar las patas en la noche –Intento razonar conmigo mismo, buscando cualquier ancla para esta tormenta interna– Además, recuerda que el Oficial me dijo que tiene Prometido, y uno de una importante Familia que también es una Fundadora de este paíß, así que más te vale calmarte y no hacerte ilusiones–
Con un esfuerzo de voluntad que me cuesta más de lo que quisiera admitir, mi corazón, que hace unos segundos amenazaba con desbocarse y romper las cadenas que el Sistema le impuso tras la pérdida de Astel, lentamente vuelve a un ritmo más contenido, oprimido por la lógica y el peso ineludible de mi promesa.
—¿Puedes decirme qué sucedió? –Pregunta ella, y noto que su voz, aunque mantiene un tono profesional, es ahora perceptiblemente más dulce, su rostro, antes sereno, muestra un inusual y ligero sonrojo que se extiende por sus pálidas mejillas, es como si solo verme, a pesar de mi estado actual, le provocara algún tipo de vergüenza o una reacción similar a la que se tiene al ver a alguien que despierta un interés particular. o un tipo de vergüenza como si viera a la persona que le gusta–
Ese enrojecimiento en su rostro me causa una profunda extrañeza, una nueva punzada de confusión que me hace preguntar, ¿por qué reaccionaría así?, sin embargo, sacudo la cabeza internamente, desechando esos pensamientos absurdos y perturbadores que lentamente llegan a mi mente.
El recuerdo de lo que había acontecido momentos antes (la muerte del Oficial, la amenaza de Lumen, el juramento) vuelve con una fuerza arrolladora, y mi actitud, que por un instante se vio sacudida por esta agitación desconocida, vuelve a ser la de alguien retraído, distante.
Pero, a diferencia de mi estado catatónico anterior, este retraimiento es ahora más una vía de escape consciente, una forma de no enfrentar estas emociones nuevas y confusas que no puedo, que no debo, manejar en estos momentos.
—Haa… –Un suspiro escapa de los labios de la Detective uno que suena a resignación, pero también, curiosamente, a un leve alivio, como si ella también agradeciera salir de una situación que, por alguna razón, tampoco podía manejar del todo.–
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Al ver que el joven de cabello negro, Sariel, vuelve a sumirse en su aturdimiento, la Detective Salieri Montenegro suspira, un suspiro de resignación ante la aparente imposibilidad de obtener información de él en este momento, pero también, y esto la desconcierta profundamente, de un extraño y casi imperceptible alivio.
Dentro de sí, su corazón, que momentos antes se agitaba con una alegría inexplicable y una calidez sorprendente al encontrarse con la mirada del joven, como si finalmente se hubiera reunido con alguien a quien no veía desde hace muchísimo tiempo, ahora late con una fuerza que le produce escalofríos.
La sensación es tan increíble como perturbadora, un torbellino de emociones que no logra comprender.
—Dime, ¿han identificado a las víctimas? –Tras el suspiro, ella decide ignorar esas sensaciones anómalas por el momento, apartando la imagen del joven de ojos rojos de su mente y concentrándose en la tarea que la ha traído aquí, se dirige a la Agente, quien parece ser la única que mantiene una compostura analítica–
—Ella le asiente– Basándonos en sus huellas digitales, las víctimas que estaban en la cancha de futbol de al lado son una fémina llamada Alejandra Hernández López de 28 años y un masculino de nombre Jack Clinton de 30 años, ambos formaban parte del Departamento de Policía de Melbury, además, eran pareja sentimental–
—¿Saben las causas de su muerte?, ¿o por qué estaban aquí? –Pregunta Salieri, su voz ahora firme y profesional–
—Según las grabaciones, los enviaron a este lugar debido a que estaba sucediendo algo extraño, sin embargo, después de un tiempo al no recibir respuesta decidieron llamar a alguien más… –Ella se detiene momentáneamente, no queriendo revelar más de lo necesario, no por un placer perverso, sino por el hecho de no querer herirla–
La joven Detective mira a su alrededor, sus ojos analizando la escena con una intensidad que no pasa desapercibida: una cancha de baloncesto está devastada.
—¿Qué sucedió aquí? –Pregunta al aire, aunque su mirada sigue fija en los rastros de la batalla–
—No tenemos idea Detective –Responde el sargento cercano, acercándose con cautela– Pero, por el rastro de destrucción, podemos suponer qué hubo un gran enfrentamiento aquí–
La chica, Salieri, se mueve entonces hacia el centro de la cancha, analizando cada detalle con sumo cuidado: los casquillos de bala de gran calibre, las marcas de quemaduras en el asfalto, el olor persistente a ozono.
Finalmente, se detiene junto a una de las armas abandonadas, un fusil de combate con particularidades tecnológicas evidentes, un diseño avanzado que lo hace diferente a cualquier arma reglamentaria que ella hubiera visto antes.
—¿Hay cámaras de seguridad?, ¿alguna grabación del incidente? –Pregunta, poniéndose de cuclillas para ver más de cerca el fusil–
—La Agente niega con la cabeza– Negativo, Detective, si bien había varias cámaras cubriendo el perímetro del centro recreativo, todas fueron destruidas de antemano, antes de que llegara la primera unidad, como si alguien no quisiese testigos electrónicos–
Tras eso, Salieri se levanta y se dirige hacia el cuerpo que yace en la cancha de baloncesto, el tercero, aquel cerca del cual estaba sentado Sariel.
Sin embargo, tan pronto como fija su mirada en el brazo de la víctima, uno que ha quedado expuesto al moverse la manta que lo cubría, mostrando una cicatriz larga y distintiva que se extiende con una familiaridad dolorosa desde la muñeca hasta casi el codo, un escalofrío helado recorre su espalda y un nudo de terror y reconocimiento se forma en su garganta, dejándola sin aliento por un instante.
—¿Quién… quién es la tercera víctima? –Pregunta Salieri, y aunque su voz suena calmada, casi clínica en el exterior, por dentro su corazón late con una fuerza desbocada, esta vez no con aquella extraña alegría que sintió al ver al joven pelinegro, sino con un horror helado y creciente que amenaza con ahogarla, pues esa cicatriz en ese brazo es una marca demasiado familiar, una que ha visto innumerables veces.–
La Agente guarda silencio, bajando la mirada con una expresión de profundo pesar.
De hecho, todos los demás agentes presentes también callan tan pronto como ella formula la pregunta, un manto de incomodidad y tristeza descendiendo sobre ellos.
Nadie se atreve a ser el portador de la noticia.
—¿Por qué no responden? –Insiste Salieri, y una fina grieta comienza a aparecer en su fachada de tranquilidad profesional, una nota de urgencia y un dolor apenas contenido filtrándose en su voz.–
Al ver que ninguno le da una respuesta directa, ella decide finalmente afrontar ese extraño y creciente miedo que surgió al ver la cicatriz.
Con una resolución sombría, da un paso al frente, se inclina sobre el cuerpo cubierto y, con manos que intenta mantener firmes, comienza a quitar la sábana lentamente, centímetro a centímetro.
—…–
Finalmente, la tela es retirada por completo, revelando el rostro pálido y sin vida del Oficial León Montenegro, su padre.
—…–
El silencio inunda el lugar, espeso y sofocante.
Las miradas de todos los presentes, cargadas de compasión y una tensa expectativa, se dirigen hacia la Detective Salieri Montenegro.
Ella, sin embargo, solo observa con una tranquilidad casi antinatural el cuerpo sin vida que yace bajo sus pies, el rostro de su padre sereno en la muerte, a pesar de la herida brutal en su pecho.
—¿Cómo pasó esto? –Finalmente, después de lo que parecen ser al menos tres minutos de un silencio sepulcral, ella habla, su voz es baja, controlada, pero con un filo de acero que vibra por debajo.–
—No sabemos –Responde el sargento, con cautela, acercándose un paso– Cuando llegamos, él ya… ya estaba así–
El cuerpo de Salieri tiembla un poco, una sacudida casi imperceptible que lucha por contener con todas sus fuerzas, en ese momento ella recuerda las innumerables lecciones de su padre, la calma férrea, la capacidad de mantener la cabeza fría incluso en los momentos más críticos, una cualidad que él siempre le había enseñado y exigido.
Así que, aprieta la mandíbula, sus ojos rojos fijos en el rostro de su padre, grabando cada detalle.
—Pero –Continúa el sargento, rompiendo el tenso silencio y señalando con un gesto de cabeza hacia la banca cercana– Es probable que ese chico pelinegro de ahí sepa algo, pues era el único que vimos cuando llegamos–
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Tan pronto como escucho el silencio sepulcral que sigue a la revelación del cuerpo del Oficial, dejo de fingir mi estado catatónico, alzo lentamente la mirada, llevándola hacia la Detective.
Aunque ella, por fuera, se mantiene admirablemente calmada ante la visión de su padre sin vida, estoy seguro de que un torbellino de emociones encontradas la está invadiendo en este momento, por ello, decido permanecer callado, observándola, y esperar a que sea ella quien vuelva a entablar conversación conmigo.
—Oye–
Algo que finalmente sucede, sus ojos rojos, ahora quizás un poco menos brillantes pero no menos intensos, se fijan en los míos mientras camina con rapidez hacia mi.
—Necesito que me digas todo lo que acaba de suceder, sin perder ningún detalle –Su tono ahora muestra un matiz de desesperación contenida, no es una petición, es una orden directa, la de alguien que busca respuestas en medio del caos y el dolor.–
Suspiro.
La tarea es desagradable, pero necesaria.
Entonces, comienzo a hacer un resumen de los acontecimientos, relatando desde mi despertar en aquella celda subterránea, la conversación con el Oficial Montenegro, la emboscada de los esbirros de Luciel, nuestra desesperada huida y el enfrentamiento final aquí, en esta cancha.
—Lamentablemente cuando estaba a punto de ser eliminado el Oficial fue mortalmente herido por Lumen –Hago una pausa, el recuerdo de la lanza de sombras atravesando el pecho de Montenegro aún fresco y doloroso– No pude hacer nada para poder salvarlo debido al limitante de mis poderes actuales…–
El ceño de la Detective se frunce visiblemente mientras me escucha.
Claramente, no tiene idea de lo que estoy hablando, y por la expresión que ahora endurece sus facciones, probablemente cree que estoy mintiendo descaradamente o diciendo tonterías para evadir alguna responsabilidad.
—¿Si sabes que mentirle a la Policía es un delito grave, no? –Su voz es fría, cortante.–
Suspiro de nuevo, esta vez con una pizca de resignación.
No puedo culparla por su escepticismo, en la actualidad, los Demonios y los Surnaturel no son más que cuentos de hadas o leyendas de terror para la gran mayoría de los humanos, únicamente unos pocos, como los Mehr-Wissen o aquellos que han tenido encuentros desafortunados, tienen acceso a este mundo alterno y pueden ver a estas criaturas.
Por lo tanto, cualquier otro que relate este tipo de cosas sería, en el mejor de los casos, tachado de loco.
—Se que suena algo increíble de creer, pero, Detective, lo que digo es totalmente real –Afirmo, manteniendo su mirada–
Desvío por un instante mi atención y fijo mi mirada en la agente de policía rubia, que está de pie, ligeramente detrás y al lado de la Detective Salieri.
Ella, al sentir mi mirada directa, se sobresalta visiblemente y da un pequeño e involuntario paso hacia atrás, sus ojos agrandándose por un instante.
—¿Sucede algo?–Pregunta la Detective, notando la reacción de su subordinada–
—No, no –Responde la agente con demasiada rapidez, recomponiéndose– No pasa nada, Detective–
Una leve sonrisa, casi imperceptible, se dibuja en mis labios.
Claramente sí que pasa algo con esta agente, o más bien, esconde un secreto que mi simple mirada parece haber perturbado.
Un algo muy…, interesante.
—Agentes –La Detective hace una señal con su mano, llamando a dos uniformados que se acercan con una mezcla de respeto y cautela – Llévense a esta persona a la Estación y preparen la sala de interrogatorios–
—Entendido –Asienten ambos al unísono– Pero, ¿cuál Estación?–
La Detective hace un gesto, llevándose una mano a la barbilla como si estuviera sopesando las opciones, sus ojos rojos momentáneamente desviados de mí.
—Detective –Interviene la Agente que antes mostró sorpresa ante mi mirada, la misma que me pareció ocultar algo, esta vez, su voz es respetuosa pero firme– Si me permite, puedo darle una sugerencia–
—Adelante –Concede la Detective, girándose ligeramente hacia ella–
—¿Por qué no llevarlo a la Estación donde su Padre trabajaba? –Sugiere la Agente, y su mirada se cruza brevemente con la mía, indescifrable–, estoy segura de que allí se sentirá más cómodo y podrá decirle todo–
—La Detective frunce el ceño, una sombra de dolor cruzando sus facciones al mencionar a su padre– ¿Tiene que ser en ese lugar?, es algo alejado del centro–
—La Agente asiente con convicción– Por supuesto, dada la naturaleza de este caso siento que estaría bien enviarla a ese lugar–
—Está bien –Al ver la mirada de confianza y quizás algo más en los ojos de la Agente, la Detective finalmente asiente, aunque con una clara reticencia– Llévenlo a la Estación del Distrito de Morian, e infórmenme ustedes de cualquier novedad–
—Entendido Detective –Responden los dos agentes–
Rápidamente, los agentes me esposan, el frío metal cerrándose sobre mis muñecas, tras eso, me conducen con firmeza hacia una de las patrullas.
Sin embargo, mientras me sacan del epicentro de la tragedia, entre el ir y venir de forenses y otros oficiales, mis ojos se cruzan una última vez con los de la Agente que sugirió el cambio de estación.
Ella, con una sutileza casi imperceptible para los demás, me guiña un ojo.
—Jaja –Una sonrisa fugaz, la primera en mucho tiempo que no es de sarcasmo o amargura, se dibuja en mis labios– Si algún día la vuelvo a ver, la recompensaré por esto, Agente –Digo para mis adentros, apreciando su inesperada y discreta intervención.–
_______________ >> Rumbo a Morian >> ______________
El interior de la patrulla es austero y funcional. Las luces de la ciudad que dejamos atrás y las escasas farolas de la carretera pintan franjas de luz y sombra intermitentes a través de las ventanillas.
—Oigan, ¿Ustedes también son Surnaturel no?–
Para matar el tiempo mientras nos dirigen a la estación de policía indicada en el Distrito de Morian, y para satisfacer una curiosidad que ha estado creciendo en mi mente, decido romper el silencio.
Observo a los dos agentes que me escoltan.
El que conduce permanece impasible, su atención fija en la carretera, el copiloto, en cambio, sí reacciona.
—Estoy seguro de que esa Agente de antes también es una Surnaturel, aunque no tengo idea de que Raza sea –Añado, más como una reflexión en voz alta–
Entonces, el copiloto, gira la cabeza para mirarme por encima del hombro, y tan pronto como lo hace, sus facciones humanas se distorsionan, se ensanchan; su nariz se alarga en un hocico robusto, y de su mandíbula inferior brotan unos colmillos cortos y gruesos, su piel se oscurece y se vuelve coriácea, y sus orejas se afilan ligeramente.
Es el rostro inconfundible de un jabalí tribal, con marcas que parecen pintadas o tatuadas sobre su piel áspera.
—Ah, un Varkmes –Digo, reconociendo la especie– Es muy raro ver uno hoy en día, de hecho, pensé que estaban extintos–
—Más o menos –Responde el Varkmes, su voz es ahora sumamente grave, casi monstruosa, un gruñido profundo que vibra en el pequeño espacio del vehículo– Somos raros, pero no estamos extintos –Mientras sus facciones vuelven a la normalidad humana con la misma rapidez con la que se transformaron, su voz también se agudiza un poco, perdiendo parte de esa resonancia bestial–
—Oh –Miro entonces al otro Oficial, el que va conduciendo, quién no ha mostrado reacción alguna a nuestra conversación– ¿Y usted?–
A pesar de mi pregunta directa, no recibo respuesta alguna del conductor.
Su mirada permanece fija en el camino, sus manos firmes en el volante.
—No lo tomes a mal, es mudo –Responde el Varkmes desde el asiento del copiloto, ahorrándole la explicación a su compañero– Él es un Kamesto–
—Ah, con razón –Asiento levemente–
Bueno, los Kamesto, basados en jirafas, son conocidos en los círculos Surnaturel por ser una raza inherentemente muda, comunicándose a través de otros medios, o simplemente permaneciendo en un silencio estoico, lo que explicaría el por qué no habla.
Interesante compañía la que me han asignado eh.
—…–
El viaje hacia el Distrito de Morian continúa en un silencio tenso, solo roto por el zumbido monótono de los neumáticos sobre el asfalto, las luces de la ciudad se hacen más densas a medida que nos adentramos en ella.
—Escuchamos lo que dijiste, ¿realmente se enfrentaron a ese Demonio? –Pregunta el Agente Varkmes desde el asiento del copiloto, girándose para mirarme, su voz, ahora en su forma humana, ha perdido la resonancia monstruosa, pero aún conserva un timbre grave. –
—Asiento con la cabeza, la imagen del Oficial Montenegro cayendo aún vívida en mi mente– Lamentablemente…–
Un nuevo silencio, más pesado esta vez, inunda el auto.
—Es una pena lo del Oficial León, a diferencia de otros Sehwert él nos trataba de maravilla y nunca nos discriminó por lo que éramos –Responde finalmente el Varkmes, y la tristeza y el pesar en su tono son genuinos, palpables– No puedo imaginar el estado en que la Detective Salieri se debe encontrar en estos momentos –Él suspira– Aunque por fuera parezca tranquila su mente debe estar procesando muchas cosas–
—Asiento de nuevo, comprendiendo perfectamente ese sentimiento– Por cierto, ¿el Oficial Leon era famoso? –Pregunto–
—¿No lo sabes? –El tono de sorpresa en la voz del Varkmes es claro, y me observa por el rabillo del ojo con renovado interés–
—No, hace tiempo que no vengo a la República Central, he estado fuera durante un buen tiempo –Respondo, una verdad a medias (realmente he estado ocupado disfrutando de los buenos climas y vistas que este mundo al que estoy atado tiene que ofrecer)–
—Bueno, el Oficial Leon era bastante famoso en el Altern. –Explica el Varkmes– De los pocos que poseen un sentido agudo de justicia, siempre imparcial sin importar si éramos o no humanos, incluso fue reconocido por el Emperador Lan–
Lan, ese nombre.
Un regusto amargo, casi como ceniza, me sube por la garganta al escuchar el nombre de ese bastardo inmortal, egocéntrico y metomentodo, cuya influencia se extiende como una plaga por demasiados rincones de ambos espacios de este mundo.
—¿Tan así? –Pregunto, logrando mantener una fachada de simple sorpresa, aunque por dentro la mención de Lan ha removido viejos resentimientos–
—Así es –Responde el Varkmes con firmeza.–
—Vaya… –Murmuro, genuinamente impresionado por el calibre de hombre que era el Oficial Montenegro–
Nuevamente el silencio se instala en el vehículo, pero esta vez es diferente.
Es un silencio cargado de respeto por el hombre que acaban de perder, un reconocimiento tácito a su valía y a la magnitud de su ausencia.
—Por cierto, ¿eres un Mehr-Wissen? –Pregunta de pronto el Agente Varkmes, rompiendo la quietud. Su forma humana me observa con curiosidad desde el asiento del copiloto– O tal vez seas un…, ¿cómo le decían a los Humanos comunes qué saben de la existencia del Altern?–
—¿Kehrseite-Schlich-Kennen? –Respondo, completando su pensamiento–
—Ándale, Kehrseite, para abreviar –Dice él, asintiendo–
—Niego con la cabeza– Ni uno ni lo otro–
—¿Entonces? –Pregunta el Varkmes, su interés ahora claramente picado–
—Hago una pausa deliberada, dejando que el misterio se establezca en el ambiente confinado del coche– Soy un Demonio –Digo finalmente, mi tono imbuido de una gravedad macabra, aunque por dentro estoy conteniendo una carcajada ante la anticipación de su reacción–
En un instante, el vehículo frena tan bruscamente que soy lanzado contra el respaldo del asiento. Los dos Oficiales se giran para verme al unísono, y esta vez, sus formas Surnaturel son claramente visibles en la penumbra del coche.
El Agente Varkmes muestra de nuevo sus facciones de jabalí, sus colmillos brillando a la luz de la calle, y el conductor,
El Kamesto, aunque permanece silencioso como es su naturaleza, irradia una tensión palpable, su cuello, incluso en el espacio confinado del vehículo, parece alargarse sutilmente, su cabeza casi rozando el techo mientras a su vez muestra sus facciones, más finas y notablemente elongadas, con unos ojos grandes y oscuros que ahora brillan con una luz alerta y una fijeza peligrosa, mismo que yace observándome con una intensidad inusual que antes no había manifestado.
—¡Ja, ja, ja! –Río abiertamente, la actitud defensiva y la sorpresa de ambos me parecen sumamente graciosas– Tranquilos, solo bromeo, no soy un Demonio–
Al decir esto, puedo notar cómo el miedo en sus posturas se desvanece poco a poco, aunque la tensión no desaparece del todo.
—No puedo decirles lo que realmente soy –Continúo, mi tono volviéndose más serio– Sin embargo, algunos creen que soy un Demonio, otros un Ángel, otros un Surnaturel, pero, sin importar lo que sea, se perfectamente lo que es el Altern y también conozco a cada uno de ustedes –Hago una pausa, y añado con firmeza– Pero, no se preocupen, no pienso hacerles daño, de lo contrario no estuvieran vivos en este momento–
Mierda.
No debí decir eso último.
La amenaza implícita, aunque no intencionada como tal, vuelve a encender la alarma en sus rostros.
—Suspiro al ver nuevamente sus expresiones de terror incipiente– Escuchen por favor –Digo, tratando de sonar lo más tranquilizador posible– El Oficial Leon me encargó una tarea muy importante, una qué solo yo puedo cumplir, y esa misión involucra atenerme a las leyes y normas sociales, así que, no se preocupen, no les haré nada, tienen mi palabra–
Con estas palabras logro calmarlos un poco más, no lo suficiente como para que dejen de permanecer alertas y desconfiados, pero sí para que no me consideren una amenaza inmediata que necesite ser neutralizada en el acto.
En serio, a la próxima debo pensar claramente qué responder cuando me hacen ese tipo de preguntas. Necesito evitar este tipo de situaciones tan incómodas y potencialmente peligrosas.
—¿Ya pueden llevarme? –Digo finalmente, mientras miro por el retrovisor a la hilera de autos que se ha formado detrás de nosotros debido a nuestra parada abrupta–
El Varkmes y el Kamesto intercambian una mirada cargada de significado.
Después de unos segundos que se sienten eternos, el conductor asiente levemente, y el Varkmes se gira hacia el frente, indicando que aceptan, por ahora, continuar con el traslado.
_________________ >> 20 minutos >> _________________
Comisaría de Morian, Distrito de Morian, Ciudad de Melbury, Estado de Melbury, República Central.
07:10 de la mañana
Finalmente, después de lo que calculo han sido menos de media hora desde que dejamos aquella desolada cancha de baloncesto, el vehículo policial reduce la velocidad y se detiene. Por mi parte, observo a través de la ventanilla, viendo que hemos llegado a la Comisaría ubicada en el Distrito de Morian, el cual, según me informaron, es el distrito más alejado del bullicio central de la Ciudad de Melbury.
El edificio que se alza ante nosotros es una estructura moderna, de varios pisos, con una fachada imponente de concreto liso, en tonos grises y funcionales, grandes ventanales, probablemente tintados o reflectantes, se distribuyen en hileras ordenadas por su superficie, y justo sobre la entrada principal, amplia y cubierta, unas letras metálicas y un emblema oficial proclaman con autoridad: “ESTACIÓN DE POLICÍA DE MORIAN”
Varias patrullas, incluyendo una camioneta SUV blanca similar a la que nos transporta, están estacionadas pulcramente al frente, junto a algunos vehículos civiles.
La calle está relativamente tranquila a esta hora temprana, y los edificios colindantes muestran una mezcla de arquitecturas, algunos más antiguos y tradicionales que esta fortaleza de la ley.
El lugar irradia un aire de orden y autoridad, pero también una cierta frialdad impersonal, mientras otro edificio oficial en una larga lista de lugares a los que he sido conducido, aunque esta vez, las circunstancias son… particularmente extrañas.
—Vamos –Dice el Agente Varkmes, su voz ahora completamente humana, mientras me indica con un gesto que lo siga y me conduce al interior de la Estación de Policía de Morian–
Al cruzar el umbral, me encuentro en un espacio que supera con creces la imagen austera que podría haberme formado de una comisaría de distrito, incluso una alejada del centro.
Ante mí se abre un vasto atrio o vestíbulo principal de múltiples alturas, inundado de una luz brillante y difusa que desciende desde un techo altísimo, probablemente una combinación de grandes ventanales o tragaluces que no alcanzo a ver directamente y una profusión de iluminación artificial moderna.
El suelo es de baldosas claras y pulidas, tan extensas que reflejan el techo y las luces como un espejo tranquilo, ampliando la sensación de espacio, las columnas robustas y de líneas limpias se elevan para sostener las galerías de los pisos superiores, que se asoman al vacío central, protegidas por barandillas de cristal que acentúan la modernidad y la transparencia del diseño.
En la distancia, en una pared de uno de los niveles superiores, distingo un gran emblema oficial, presidiendo el lugar.
Frente a nosotros, y ocupando una posición central en la planta baja, se extiende un largo y moderno mostrador de recepción o centro de información, de un blanco impecable con detalles en madera, donde varios oficiales uniformados atienden tras él, sus rostros iluminados por las pantallas de sus ordenadores, a su vez, observo a otros agentes moverse con eficiencia por el espacioso vestíbulo, algunos dirigiéndose a los ascensores visibles al fondo o a las puertas que conducen a diferentes departamentos.
También hay algunos civiles, sentados en áreas de espera designadas o acercándose a los mostradores.
El ambiente es de una actividad ordenada y profesional, un bullicio controlado.
Es una demostración de organización y recursos, un centro neurálgico de la autoridad en este distrito, mucho más imponente y complejo de lo que su ubicación periférica podría haber sugerido.
Un lugar sumamente común para cualquier humano que lo viera, sin duda, un centro de orden y burocracia, con su ir y venir de gente y el constante teclear de ordenadores.
Pero, para otros, para aquellos con la capacidad de ver más allá del velo mundano…
—Jeje–
Una leve sonrisa, cargada de una ironía que solo yo comprendo, se dibuja en mis labios mientras mis ojos recorren el vestíbulo.
No me fijo tanto en el mobiliario moderno o la arquitectura funcional, sino en todos los Oficiales y Agentes presentes que trabajan diligentemente en sus puestos o se toman un breve descanso después de, imagino, una larga noche o un turno temprano.
Ese halo particular que emana de sus Almas, un halo rojizo claro que es una firma energética sutil pero inconfundible para mis Ojos Divinos, delata lo que realmente son.
Su verdadera naturaleza Surnaturel yace oculta bajo una apariencia humana tan convincente, una que ellos denominan su forma Seige, perfecta para mezclarse en el mundo de los mortales.
—¡Jerry! –La voz del Agente Varkmes, mi escolta, interrumpe mis observaciones, gritándole a uno de sus compañeros que pasa cerca–
—¿Pasa algo? –Pregunta el hombre llamado Jerry, un tipo corpulento de uniforme, tras acercarse y mirar con curiosidad mi figura esposada–
—Bastante –El rostro del Varkmes, de vuelta a su forma humana, muestra un cansancio evidente.– Más adelante llegarán las noticias, por ahora, lleva a esta persona al Bloque Especial–
El hombre llamado Jerry, al escuchar esas palabras, se muestra visiblemente atónito.
Su mirada se clava en mí con una nueva intensidad.
—¿El Bloque Especial? –Pregunta, su voz teñida de incredulidad mientras me examina de arriba abajo–
—El Varkmes asiente con seriedad– Mantenlo en una celda qué posea un Círculo Akrani, para Rangos Emperador–
Al escuchar esto último, la mención del Círculo Akrani, varios de los otros Surnaturel presentes en el vestíbulo dejan lo que están haciendo y dirigen sus miradas hacia mí.
Percibo una mezcla de temor y un enojo apenas contenido brillando en sus ojos; algunos incluso revelan fugazmente ligeros atisbos de sus formas Wesen (ligera modificación de su forma humanoide mientras usan la forma Seige. Algo así como un cosplay), como un brillo antinatural en sus pupilas o la sombra de un rasgo no humano.
—Ya se los dije, no soy un Demonio –Intervengo, mi voz tranquila pero firme, tratando de disipar la tensión– Los Círculos Akrani no me afectan–
—Asegúrate de esposarlo –Añade el Varkmes, ignorando por completo mi comentario y dirigiéndose al uniformado que ha llamado–
—Mierda –Mascullo para mis adentros, la frustración creciendo, pues parece que mi palabra no vale mucho en esta estación–
Los Círculos Akrani, en mi estado actual o incluso en mi plenitud, no me afectan en lo más mínimo, ya que no soy un Demonio, pero las esposas, ah, las esposas especiales sí que son otra historia, o más bien, cualquier tipo de esposa me afecta ahora mismo; después de todo, con mi poder reducido al mínimo, soy básicamente un humano en términos de resistencia física a estas cosas.
Además, ¿Círculos Akrani de Rango Emperador?, ¿de verdad?, ¿tan peligroso les parezco en este lamentable estado? Vaya nivel de precaución, casi me siento halagado.
—¿Pueden evitar las esposas? –Pregunto con un tono ligero, intentando una última broma– Soy alérgico a ellas–
—Llévatelo –El Agente Varkmes ignora por completo mi petición y, con un gesto de cabeza, me entrega formalmente a su compañero–
—Que crue~l –Murmuro con puchero y una sonrisa resignada–
Este asiente al Varkmes y luego hace una señal a otro de sus compañeros cercanos, un oficial de aspecto humano que momentos después le entrega un par de esposas, no unas esposas comunes, sino unas que destellan con un particular e intenso halo blanquecino, sugiriendo algún tipo de encantamiento o tecnología de contención especial.
Tras quitarme mis anteriores esposas, el otro Agente me coloca las nuevas con una eficiencia profesional, el metal frío cerrándose sobre mis muñecas con un chasquido definitivo.
—Vamos –Dice él, su voz neutra, indicándome que camine–
—Si, si –Digo, resignado a mi suerte inmediata, ya habrá tiempo para sorpresas más adelante–
Sin más remedio, acepto mi destino y comienzo a caminar, escoltado por este nuevo agente.
—Por cierto, ¿qué es usted? –Le pregunto al Agente que ahora me lleva, más por curiosidad que por esperar una respuesta, especialmente después de la revelación de sus otros dos compañeros–
Por supuesto, no responde; simplemente sigue caminando, su expresión impasible.
Cuando tenía mi poder total, podía ver la esencia de cada ser, su verdadera forma, su linaje, sin necesidad de preguntarles o esperar a que revelaran su identidad, podía leer sus almas como un libro abierto.
Sin embargo, ahora mismo, esa capacidad es solo un recuerdo lejano, una herramienta perdida, lo único que mi percepción actual me permite es distinguir el destello único de sus Almas, diferenciar si son humanos o Surnaturel, nada más específico que eso.
_______________ >> Bloque Especial >> _______________
El oficial me conduce con una eficiencia silenciosa, mis muñecas aún aprisionadas por las esposas de blanco halo.
Tras pasar por varios pasillos de aspecto más convencional, finalmente llegamos a una sección que se siente… diferente. Una pesada puerta de acero con múltiples cerraduras se abre ante nosotros, revelando el mencionado Bloque Especial.
El cambio es inmediato.
El corredor que se extiende frente a mí es de un blanco clínico, casi cegador bajo la intensa y uniforme luz de los paneles del techo, el suelo, de un material liso y pálido, está inmaculado, a ambos lados, se alinean una serie de celdas con pesadas puertas de barrotes metálicos, algunas abiertas, revelando interiores espartanos: una simple litera de metal con un colchón delgado, paredes desnudas.
Todo aquí grita máxima seguridad, contención estéril.
Pero lo que realmente domina el espacio, lo que irradia una energía palpable incluso para mis sentidos actualmente limitados, son los Círculos Akrani.
Enormes, intrincados y brillantes, están inscritos o proyectados directamente sobre el suelo frente a cada celda, cada uno pulsando con una luz blanca y pura.
El que está más cerca de mí, justo delante de la celda hacia la que me guía el oficial, lleva una inscripción clara en su borde exterior: “CÍRCULO AKRANI DE RANGO EMPERADOR”.
Al ver esto, mis sospechas eran ciertas.
Me consideran una amenaza de ese calibre.
—Entra –Ordena el Agente Jerry, su voz rompiendo el silencio opresivo del lugar, mientras abre una de las pesadas puertas de barrotes–
Realmente la ironía es casi dolorosa.
—Quédate ahí –Dice el Agente, su tono ahora claramente enojado, empujándome ligeramente para que entre–
—Como si pudiera irme a otro lado –Refunfuño en voz baja, observando las gruesas barras y el círculo arcano que prácticamente grita “¡aquí hay alguien peligroso, todos miren!”–
BAM.
El fuerte y metálico estruendo de los barrotes de la celda cerrándose abruptamente resuena en el pasillo estéril, haciendo que mis oídos duelan por un instante y subrayando mi nueva condición.
—Llamen al Equipo Delta, el especializado en tratar con Demonios para que custodia al reo, mantengan vigilancia sobre él todo el tiempo, no permitan ningún intento de escape –Escucho al Agente impartir órdenes con voz firme a otros oficiales que deben encontrarse fuera de mi campo visual inmediato–
—Entendido –Responden varias voces al unísono desde el pasillo–
—Haa… –Suspiro, recostándome contra la fría pared de la celda– Estos tipos si qué odian a los Demonios–
En definitiva, no debí bromear diciendo que soy un Demonio.
Grave error de cálculo.
A la siguiente ocasión en que alguien me interrogue sobre mi naturaleza, debo asegurarme de no revelar lo que realmente soy, o al menos, de dar una respuesta mucho más coherente y menos… provocadora.
Aunque, el problema es que, con mi poder actual tan mermado, la verdad misma suena a delirio.
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