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Ekstern - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - Capítulo 18: Capítulo 2 - Detective | 2.7: Destrucción
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Capítulo 18: Capítulo 2 – Detective | 2.7: Destrucción

Al ver esto, él, Sariel, reacciona con una velocidad que desafía su estado debilitado.

Rápidamente se dirige hacia la Detective Salieri Montenegro, quien aún se encuentra cerca de Zakech. Sin una palabra, la carga entre sus brazos y, con un impulso explosivo, da un salto prodigioso hacia atrás, sus movimientos tan rápidos que parecen una mancha borrosa, sobrehumanos. A duras penas logra esquivar la erupción inicial de las púas escarlatas que brotan del suelo con una furia infernal.

Sin embargo, esa misma corazonada de él, esa sensación de que este ataque es diferente y mucho más peligroso que el anterior, se manifiesta al instante con una brutalidad inesperada. Las lanzas rojas, esas mismas que parecían solo picas de energía ígnea, explotan tres segundos después de emerger, en una ráfaga secuencial y devastadora, como si se tratara de una serie de bombas de fragmentación accionadas por control remoto y en una secuencia calculada para maximizar el daño.

El aire del vestíbulo se convierte instantáneamente en un torbellino de fragmentos afilados de mármol, metal y energía oscura, y las ondas expansivas sacuden todo a su paso con una violencia inaudita.

El efecto es catastrófico.

No solo termina dañando gravemente a todos los oficiales Surnaturel que aún luchaban valientemente en el vestíbulo, sus gritos de dolor sumándose al estruendo, sino que la fuerza de las detonaciones en cadena provoca que ambos, Sariel y Salieri, sean arrojados con una violencia incontrolable hacia la esquina más alejada de una de las paredes del extremo izquierdo de la habitación, chocando contra ella con una fuerza brutal que resuena por toda la estación como un trueno, el impacto dejándolos momentáneamente sin aliento.

Aun así, incluso en medio de esa trayectoria caótica y el impacto inminente, gracias a la asombrosa protección instintiva de Sariel, quien la cubrió con su propio cuerpo tanto de las explosiones de metralla como del golpe seco contra la pared, logrando maniobrar en el aire durante esos críticos milisegundos para absorber la mayor parte del daño, la Detective Salieri resulta casi ilesa. Apenas sufre uno que otro rasguño visible y el shock del impacto. Es Sariel quien termina gravemente herido, recibiendo la peor parte del golpe y los escombros.

—Ugh, eso va a doler después –Bromea Sariel con un hilo de voz, mientras siente la sangre caliente comenzar a correr abundantemente por su espalda y un dolor agudo que se extiende por todo su cuerpo. Murmura para sí mismo con una mezcla de ironía sombría, un dolor punzante y una resignación cansada ante su propia y recurrente mala suerte–

Tras la brutal erupción de las lanzas de energía roja y sus posteriores explosiones en cadena, el vestíbulo de la Comisaría de Morian queda sumido en un infierno momentáneo de polvo, humo y el eco de la destrucción. Pasan menos de dos minutos, que para los supervivientes se sienten como una eternidad, antes de que el polvo y el humo comiencen a disiparse lentamente. Son absorbidos con dificultad por el sistema de ventilación de la estación, el “Sitial”, que ahora opera con sus últimas fuerzas debido a que la electricidad en gran parte del edificio ha sido cortada o está fallando.

Lo que se revela a medida que la visibilidad mejora es una escena de pesadilla.

Una parte considerable de la Estación de Policía está completamente destruida, como si hubiera sido víctima de un bombardeo apocalíptico. Los techos altos del atrio se han derrumbado en secciones, dejando caer cascadas de escombros y varillas de metal retorcidas. Las paredes, antes pulcras y de tonos claros, ahora están agrietadas, perforadas o directamente derruidas, y el suelo de baldosas pulidas es un mosaico de cráteres, fragmentos afilados y charcos de sangre que comienzan a extenderse.

Pero eso no es todo, la visión más horrenda es la de los cuerpos destrozados de varios Agentes Surnaturel que no lograron escapar a tiempo. Sus restos, órganos y jirones de carne, adornan dantescamente los pisos y las paredes de la Estación de Policía en una exhibición grotesca de la furia de Zakech. Hay también otros cuerpos más, agentes heridos casi de gravedad, no tan horriblemente dañados como los otros, pero aun así, sus jadeos de agonía y sus gemidos de dolor resuenan débilmente en el aire pesado y cargado con el olor metálico de la sangre y la muerte.

—¡Sariel! –Grita la Detective Salieri Montenegro con una desesperación desgarradora, su voz quebrada por el miedo y el horror–

Ella, que había cerrado los ojos instintivamente durante la última y más violenta serie de explosiones mientras Sariel la protegía, los abre ahora, y lo primero que enfoca es al joven que la había resguardado. Lo ve cubierto de múltiples heridas y cortes profundos, con un hilo de sangre fluyendo de la comisura de sus labios. Su cuerpo está maltrecho, su ropa nueva ahora desgarrada y empapada en su propia sangre y la de ella, pero aún se mantiene firme entre ella y los escombros de la pared contra la que impactaron, como si fuera una fuerte e inquebrantable muralla erigida para protegerla por siempre.

—¡Alguien!, ¡ayuda! –Clama ella, su voz temblorosa y llena de pánico. Gira la cabeza frenéticamente, sus ojos rojos buscando entre el humo y el polvo a alguien, a cualquiera que pudiera ofrecerles auxilio en medio de esta carnicería–

Es entonces cuando Salieri voltea su mirada más allá de Sariel, hacia el lugar destruido, el vestíbulo principal donde la batalla se había librado. Y solo entonces descubre la verdadera y dantesca escena que yace ante ella. La devastación absoluta está pintada en cada rincón, en cada cuerpo destrozado, en cada gemido de los heridos.

Es un recordatorio cruel y brutal de la magnitud del poder al que se enfrentan, un poder que ella apenas comienza a comprender.

—No…–Susurra, negando lentamente con la cabeza mientras lágrimas silenciosas comienzan a rodar por sus mejillas manchadas de polvo y hollín, su mente incapaz de procesar completamente la magnitud de la tragedia, la pérdida y el horror que la rodean–

En medio del polvo y los escombros del vestíbulo devastado, el demonio Zakech, el caballero de la armadura negra, yace de rodillas, momentáneamente inmóvil, muy herido por el asalto combinado y el esfuerzo de su último y brutal ataque. Su respiración es entrecortada, un silbido áspero que escapa de su yelmo con máscara de hueso, y su postura es visiblemente tambaleante, pero una determinación feroz, una sed de destrucción inextinguible, aún arde en su interior.

—¿Sariel? –Dice de pronto Zakech, su voz, aunque rasposa y cargada de dolor, adquiere un tono amenazante pero también con un inconfundible y perverso deleite, como si el simple sonido de ese nombre fuera un bálsamo para su furia y un objetivo para su odio– ¿Habéis dicho Sariel?–

Tan pronto como el demonio escucha ese nombre, una nueva y terrible energía parece recorrer su cuerpo maltrecho. Se levanta con un esfuerzo visible pero con una renovada y oscura determinación, y comienza a dirigirse con una lentitud implacable hacia la esquina del vestíbulo desde donde proviene la voz que ha captado su atención, hacia donde se encuentran Sariel y la Detective Salieri Montenegro.

Sus pasos son pesados pero decididos, cada uno dejando huellas infernales, teñidas de su propia sangre oscura y la de sus víctimas, en el suelo destrozado y cubierto de escombros de la estación. Su figura, aún imponente a pesar de las heridas, irradia ahora un odio puro y concentrado, dirigido hacia un nuevo objetivo.

—Je, je –Ríe Zakech, esta vez con una fuerza gutural y escalofriante. Su risa, un sonido que hiela los huesos y eriza la piel, hace que el cuerpo de la Detective Salieri tiemble instintivamente mientras el demonio se acerca cada vez más a su posición vulnerable en la esquina.–

Instintivamente, movida por un impulso primario de protección que surge de su recién Despertada naturaleza y de la conexión que siente con el joven a su lado, Salieri se gira y abraza con fuerza el cuerpo herido de Sariel.

Él, al sentir el contacto y la determinación protectora en el abrazo de su compañera, y con sus propias fuerzas casi agotadas por el esfuerzo de protegerla del impacto anterior, se permite desplomarse ligeramente sobre ella, permitiéndole a ella, a la recién nombrada Sehwert, protegerlo ahora con su propio cuerpo.

A pesar de que Salieri sabe en lo más profundo de su ser, con la claridad aterradora de sus nuevos sentidos, que no es rival para esa criatura de pesadilla, a pesar de que cada fibra de su ser le grita que es inútil resistirse ante tal poder, se niega a rendirse.

No va a dejar que esa cosa le haga más daño a Sariel. Sabe, con una certeza aterradora y absoluta, que ahora, con Sariel en ese estado tan vulnerable y gravemente herido, un simple golpe de Zakech podría acabar con su existencia de miles de millones de años, pero, ella no está dispuesta a permitir que eso suceda.

No después de lo que su padre le encomendó a él. No después de lo que él ha hecho por ella.

—Ja, ¿eres una cucaracha? –Pregunta el Demonio, su voz, distorsionada por el yelmo de hueso, cargada de una burla cruel. Sus palabras, sus ojos rojos, brillantes con una luz infernal, se dirigen y no se apartan del hombre que ella protege, Sariel, a quien mira con un destello de odio puro a pesar del estado casi comatoso de este– ¿O por qué eres tan difícil de matar?–

El Demonio se detiene justo enfrente de ambos, a escasos metros.

Su imponente figura acorazada proyecta una sombra amenazante sobre ellos.

Su mirada se dirige ahora con fijeza hacia el rostro malherido de Sariel, una mirada con una intensidad que pareciera querer perforar su alma, incluso, a pesar del casco que cubre su cabeza por completo, se puede casi notar una sonrisa de sádica satisfacción que se extiende como una sombra oscura sobre el día que apenas comienza.

—¡Aléjate!–

Rápidamente, la Detective Salieri desenfunda su clásica pistola de servicio de la funda en su cadera con un movimiento brusco, uno que casi parece un reflejo instintivo de pura supervivencia y protección.

Le apunta al Demonio con ella, intentando mantener el cañón firme, proyectando una gran convicción a pesar de que su respiración es agitada y entrecortada, llena del terror que la embarga.

Y entonces, dispara. Una, dos, tres veces.

Pero, por supuesto, su pistola de calibre estándar no está diseñada para usarse en criaturas de tal magnitud como Zakech.

Cada bala simplemente rebota en la armadura negra con un tintineo metálico e inútil.

Sin embargo, esto no le impide a Salieri seguir disparando con una furia desesperada hasta que el percutor golpea en vacío, quedándose sin munición.

Mientras tanto, Zakech, divertido por sus fútiles esfuerzos, mira a la mujer que protege a su verdadera víctima, como si estuviera presenciando un espectáculo particularmente entretenido y patético.

Sin embargo, algo en su expresión cambia repentina y drásticamente cuando su mirada se posa con más detenimiento en la propia Salieri.

Su sonrisa implícita se borra rápidamente, reemplazada por una expresión que, de poder verse, sería de puro asombro y un reconocimiento ominoso.

—Eres tú… –Dice Zakech, su voz ahora desprovista de burla, mientras inspecciona a Salieri con una mezcla de incredulidad y un profundo desdén. Si él no tuviera su casco, probablemente tendría los ojos abiertos de par en par por la sorpresa– Así que Él tenía razón. Tú estás aquí, otra vez. Y de nuevo junto a este Ekstern bastardo, jeje–

Sariel, quien yace desplomado y gravemente herido sobre el hombro de Salieri, al escuchar de nuevo la mención de ese enigmático «Él», muestra un sobresalto, un destello de urgencia y una sorpresa casi febril se cierne sobre su mirada verdosa.

Levanta la cabeza con dificultad y posa sus ojos en Zakech, como si intentara descifrar algún secreto oculto y vital tras sus palabras.

—¿Él? –Pregunta Sariel, su voz ronca, apenas un susurro audible entre los ecos de la batalla, pero cargada de un significado y una urgencia que no pasan desapercibidos para el demonio–

Una repentina y escalofriante carcajada brota de Zakech, una risa gutural y llena de una malicia triunfante que resuena como un siniestro eco en el espacio destrozado que los rodea.

—¿De verdad no lo sabes? –Pregunta Zakech, su voz distorsionada por el yelmo de hueso, inclinando su cabeza con una sonrisa burlona implícita– Vaya, quien diría que el Ekstern qué sabe todo, aquel que ha caminado por infinidad de mundos y eras, no sabría algo tan básico como esto–

—Tú… –Las palabras de Sariel, apenas un hilo de voz, se quedan atoradas en su garganta, la sorpresa y una creciente aprensión nublando sus ojos–

Zakech, con movimientos lentos y calculados, se agacha para ponerse a la altura de Sariel, sin apartar su mirada carmesí y brillante de él ni por un solo segundo.

El olor a sangre y a una maldad antigua emana de su imponente figura.

—Bueno, eso realmente ya no importa –Continúa el demonio, su voz adquiriendo un matiz oscuro y amenazador, lleno de una anticipación macabra– Ahora mismo estás a punto de morir. Y una vez que eso pase, esos fabulosos poderes tuyos, de los que tanto te enorgulleces y que ahora están convenientemente mermados, serán usados como la llave final para que Él sea liberado de su Sello. Y así, finalmente, Él podrá dar el paso al Caos y reclamar lo que es suyo.–

—Así que tú y ese bastardo de Luciel lo están ayudando, ¿eh? –Sariel emite una pequeña carcajada amarga, que suena más como un jadeo doloroso que una señal de humor, el esfuerzo provocándole una mueca de dolor– Y yo que creí que Luciel, a pesar de todo, no era alguien que se rebajaría a pactar con… con Él–

—¿Luciel?, ¿ese imbécil simp de Erste? –Replica Zakech, con una sonrisa desdeñosa que se adivina bajo su máscara, y sacude la cabeza como si la sola mención fuera ridícula– Ja, realmente sería muy gracioso que eso sucediera, pero ya sabes cómo es él, el autoproclamado Rey del Gehena. Ambos sabemos que él jamás permitiría que nadie, y mucho menos Él, dañara a los preciosos “hijos” de su amada Erste, esas Corrupciones Conscientes que tanto valora.–

Sariel se muestra visiblemente atónito ante las palabras de Zakech.

Sus ojos, antes llenos de una furia contenida hacia Luciel, ahora se abren de par en par con una nueva y terrible comprensión mientras procesa lentamente cada sílaba, como si intentara reorganizar las piezas de un rompecabezas imposible que de repente ha cambiado de forma.

—Entonces, ¿no fue él quien planeó matarme a mi hermana y a mí? –Pregunta finalmente, su voz apenas un susurro quebrado por la confusión, el dolor y una incipiente desesperación– ¿No fue él quien los envió?–

—¿Realmente crees eso?, ¡ja, ja, ja! –Zakech ríe con ganas, echando su cabeza con yelmo hacia atrás, como si acabaran de contarle el chiste más hilarante del universo– ¡Él, mi Señor, odia a tipos como Luciel con cada fibra de su ser! Lo sabes tan bien como yo, así que, ¿por qué razón iría a aliarse con ese sentimental guardián de Surnaturel? ¡Absurdo!–

—Ustedes, bastardos–

La comprensión golpea a Sariel con la fuerza de un ariete. Aprieta los puños con tal fuerza que sus nudillos se vuelven blancos, su cuerpo temblando de una rabia contenida que amenaza con consumirlo. Con un grito ahogado, trata de levantarse, ignorando el agotamiento extremo y el dolor lacerante que atraviesan cada parte de su ser como cuchillos al rojo vivo.

Sin embargo, la punta afilada y carmesí de la lanza de Zakech aparece a milímetros de su cuello, deteniendo su movimiento en seco y obligándolo a retroceder, devolviéndolo hacia los brazos protectores de una horrorizada Detective Salieri, quien lo sujeta con fuerza, temblando ella misma.

Salieri con Sariel ahora desplomado parcialmente contra ella, reacciona con la velocidad de un resorte. Aprovechando que Zakech se había concentrado en Sariel y en su propio monólogo, ella, que había recargado instintivamente su pistola de servicio con un cargador extra que llevaba, tan pronto como siente el peso de Sariel y ve la amenaza directa, dispara sin pensarlo dos veces.

Su dedo aprieta el gatillo con una determinación feroz, y el sonido del disparo reverbera en el aire caótico del vestíbulo, todo con el desesperado propósito de alejar al demonio de ambos.

Sin embargo, de nuevo, es inútil. Una vez más, la bala de calibre estándar simplemente rebota en la armadura negra de Zakech con un quejido metálico, sin causarle el menor daño.

—Por cierto Sariel –Dice el Demonio, su atención volviéndose de nuevo hacia Salieri, pero sus palabras claramente dirigidas a un Sariel apenas consciente. Una sonrisa retorcida, que se adivina incluso bajo el yelmo de hueso, se forma en sus labios– Si no te importa, me llevaré a tu novia –La mirada roja de Zakech se posa en Salieri con una nueva y escalofriante intención– La necesitamos para que Él recupere todos sus poderes, y también porque al parecer aún no ha perdido su obsesión por ella. Así que, ¿no te importa, cierto? –Agrega con un tono burlón y sádico, disfrutando del tormento que sus palabras sin duda provocan–

Tras eso, Zakech extiende su brazo derecho con garras hacia Salieri, con una lentitud calculada y deliberada, como si disfrutara anticipando el momento de causar más dolor y desesperación, sus dedos oscuros listos para apresarla.

Pero, justo cuando está a punto de hacerlo, justo cuando sus garras están a centímetros de tocar a la Detective, el crujido inconfundible de algo afilado penetrando carne y metal se escucha con una claridad espantosa, rompiendo abruptamente la tensión del ambiente con un sonido seco, húmedo y ominoso.

—¡…!–

Atónito, Zakech se congela. Su movimiento hacia Salieri se detiene en seco.

Mueve sus ojos rojos dentro del yelmo, primero con confusión, luego con una creciente incredulidad, intentando buscar respuestas en medio de la sorpresa que lo inmoviliza momentáneamente.

Su cabeza se gira con dificultad hacia atrás, hacia su compañero que antes estaba únicamente viendo en una esquina alejada pero que ahora yace detrás de él.

—¿Aren? –Pregunta, su voz un graznido de pura incredulidad y traición, al ver a su elegante compañero de la máscara de pico, quien se supone que estaba de su lado–

Después, con un movimiento lento pero perceptiblemente forzado, Zakech baja su mirada y la dirige hacia su propio pecho, donde la punta de la daga ahora asoma. Observa con una claridad terrible cómo su sangre negra, espesa y viscosa, comienza a fluir abundantemente desde la herida, formando una especie de aura oscura y humeante alrededor del líquido que mancha su armadura y gotea sobre el suelo destrozado.

Una punta altamente filosa, de un metal oscuro y elegante, proveniente de una daga que Sariel reconoce como un regalo que Luciel le dio cuando lo convirtió en su fiel confidente, lo atraviesa limpiamente en la espalda, incluso a través de su formidable armadura, revelando lo letal y preciso del inesperado ataque.

—Tú…, traidor…–

Una sonrisa, invisible detrás de la máscara de pico de cuervo, se esboza en el rostro cubierto de Aren. Lo único que se puede ver son sus ojos de un amarillo oscuro, que brillan con una luz tenue bajo la sombra del ala de su sombrero, revelando una astucia fría y un profundo desprecio.

—¿Traidor?, ¿yo? –Pregunta Aren, su tono calmado, casi conversacional, pero cargado de un veneno helado, mientras se ajusta con parsimonia su impecable traje negro, que parece completamente ajeno al caos y la destrucción que lo rodean–

—Bastardo… –Logra sisear Zakech– Jamás… Jamás tuviste la intención de ponerte del lado de Él, ¿cierto?–

—Finalmente lo entiendes –Responde Aren, inclinando ligeramente la cabeza hacia un costado, como si estuviera explicando algo obvio a un niño ignorante y particularmente lento– Yo solo estoy aquí para deshacerme de los bastardos traidores –Ua pequeña risa, fría y sin alegría, sale de su boca, una que resuena de forma casi musicalmente macabra contra el silencio sepulcral que ahora se ha apoderado del lugar– ¿Realmente crees que mi lealtad es tan barata? ¿Tan fácilmente comprable? He sido la mano derecha del Amo Luciel por millones de años, y su más ferviente admirador, he recibido su trato, su confianza, y sé perfectamente todo lo que él ha hecho por mí, por todos nosotros, así que dime, ¿de verdad piensas que todo eso se puede cambiar por unas simples promesas vacías?–

—Maldito… –Escupe Zakech con voz rasposa, cada palabra saliendo entre dientes apretados, mientras su cuerpo comienza a tambalearse débilmente debido a la herida mortal que lo atraviesa–

—No te preocupes –Continúa Aren, con esa misma calma gélida e imperturbable. Gira la daga dentro del torso de Zakech con un movimiento sutil y preciso, que provoca otro crujido perturbador de metal y hueso, y un gemido ahogado por parte del demonio herido–Puedes quedarte tranquilo, me aseguraré de que todos y cada uno de los planes que ustedes tengan se hagan añicos, no dejaré que la Amada de Luciel vuelva a experimentar el Caos que alguna vez experimentó por culpa de ustedes, aunque eso me cueste la vida –Fnaliza Aren, y en su voz, aunque modulada por la máscara, se percibe una determinación feroz, casi una reverencia sagrada hacia su Amo Luciel.–

Tras decir eso, Aren saca con una rapidez asombrosa la daga que había usado del cuerpo de Zakech, en un movimiento fluido y elegante que deja un rastro oscuro y brillante en el aire, como si la misma arma emanara una energía maligna y sedienta.

Y después, sin la menor vacilación, con un rápido y certero movimiento, vuelve a penetrar el cuerpo de Zakech con la misma arma, pero esta vez dirigiéndola directamente hacia donde debería estar el corazón del traidor, clavándola profundamente mientras el eco metálico del impacto resuena como un adiós definitivo en la estación.

Un grito, esta vez más un estertor ahogado que un rugido, escapa de Zakech antes de que su cuerpo comience a convulsionar por última vez.

—Viendo que la muerte se acerca con la inexorabilidad de una marea oscura, Zakech logra alzar la cabeza una última vez, su mirada carmesí, antes llena de furia, ahora con un brillo de ironía y un desafío final, fija en Aren– Nos vemos en el Jardín del Edén, hijo de puta–

—Así será, pero, no tan pronto como crees –Responde Aren con una frialdad calculada, su voz inalterada por la escena, mientras mira con una distancia casi clínica cómo la vida abandona lentamente al traidor que yace a sus pies.

Aren saca la daga con un movimiento rápido y preciso, entonces, Zakech cae desplomado pesadamente a un lado, su armadura chocando contra los escombros del suelo con un estrépito metálico.

Con la poca vida que le queda, fija su mirada agonizante en Sariel y Salieri, quienes observan la escena a centímetros de ellos, como si quisiera grabar sus rostros en su memoria antes de partir para siempre. Tras eso, una nueva y espantosa energía parece recorrerlo, impulsándolo a reírse, una risa desenfrenada, gutural y macabra que resuena como un eco final en el caos de la comisaría.

—Buena suerte tratando de detener al Caos Encarnado… –Dice entre estertores de risa y sangre– Esta vez no habrá ninguna Administradora que lo selle… –Exhala sus últimas palabras con un último espasmo–

Entonces, al instante en que Zakech expira, su cuerpo se cubre de llamas negras y crepitantes que parecen consumirlo desde adentro hacia afuera, envolviéndolo en una danza macabra y antinatural.

Toda la habitación se inunda de inmediato del olor penetrante y nauseabundo a carne quemada y azufre, un aroma que rápidamente impregna cada rincón del espacio destruido, añadiendo una nueva capa de horror a la escena.

—…–

Salieri, Sariel y Aren miran en silencio cómo el cuerpo de Zakech continúa ardiendo durante los siguientes segundos, sus siluetas iluminadas por las sombras danzantes y siniestras de las llamas oscuras.

Finalmente, todo rastro de él, armadura y esencia, desaparece por completo, consumido y absorbido por una espesa niebla oscura que brota de sus restos y luego se disipa como si nunca hubiese existido, dejando atrás solo un rastro de su macabra risa flotando en el aire y el olor a quemado..

—Entonces –La voz de Aren, calmada y sin ninguna emoción discernible en su tono, corta el aire. El imponente ser de la máscara de pico de cuervo se da media vuelta lentamente para mirar a las dos personas que aún permanecen en la esquina, Sariel gravemente herido y apoyado en la Detective Salieri Montenegro, quien lo protege con una ferocidad nacida de su reciente Despertar y una creciente desesperación–

Aren mira primero a Salieri, sus ojos de un amarillo oscuro brillando con una intensidad inquietante detrás de los oculares de su máscara. Luego, su atención se posa en Sariel, y permanece allí.

—Tuvieron suerte –Dice finalmente, su voz un murmullo elegante y frío. Con un leve gesto de cabeza, señala el lugar donde antes yacía Zakech, ahora solo un rastro de oscuridad en el suelo–

Sariel mira fijamente a Aren, su expresión tensa y cargada de una tormenta de emociones encontradas: la rabia por la pérdida de su hermana, la confusión por la traición de Zakech y la intervención de Aren, y quizás, muy en el fondo, una minúscula y desesperada chispa de esperanza..

—¿Por qué? –Pegunta finalmente Sariel, su voz ronca por el dolor y el agotamiento, pero con un filo de acero–

—¿Por qué? –Repite Aren, su cabeza inclinándose ligeramente, como si estuviera genuinamente confundido por la pregunta–

—¿Por qué permitiste que mataran a mi hermana? –Insiste Sariel, su voz ganando un poco de fuerza, la angustia y la acusación claras en su tono– Se supone que no estás con Él, así que, ¿cuál fue la verdadera razón?, ¿por qué dejar que Elaine muriera?–

Una ligera risa, casi imperceptible, se escucha de parte de Aren, un sonido seco y carente de humor, como el susurro irónico del viento entre dientes apretados.

Al mismo tiempo, con una naturalidad desconcertante, se sienta en el suelo junto a Sariel, recostándose contra la pared con una elegancia que parece fuera de lugar en medio de la destrucción, como si estuviera disfrutando de una conversación entre viejos tiempos en un entorno mucho más civilizado.

—Fue un error de mi parte –Responde Aren con una calma que contrasta con la furia contenida de Sariel, mientras mira al frente, hacia la carnicería del vestíbulo. Un matiz de genuina culpabilidad, un remordimiento sincero y real, se refleja en su tono y en la forma en que sus hombros se hunden ligeramente– Solo quería evitar que ella, Elaine, también se viera involucrada en todo esto, en esta caza. Mi plan original era solo quitarle temporalmente sus poderes, como a ti, para mantenerla alejada del peligro inminente, para que no pudiera seguirte. Pero no conté con el inmenso amor que ella te tiene, con su terquedad. Nunca creí que, incluso después de ser amenazada directamente por Zakech, usaría sus últimas fuerzas, su propia esencia vital, para abrir ese Portal y alejarte de ese lugar, sacrificándose en el proceso. –Dice, y una sonrisa amarga, casi imperceptible, se dibuja bajo su máscara– Ya sabes cómo es Elaine. Siempre ha sido muy protectora contigo, una verdadera brocon en todo su esplendor, dispuesta a cualquier cosa por su hermano mayor.–

—La mataste –Clama Sariel con voz ahogada, sus dientes rechinando de una rabia apenas contenida, sus puños apretándose a los costados– Aunque no hayas sido tú, has provocado su muerte–

—Sabes que no es así, ella también es una Ekstern, igual que tú –Responde Aren, suspirando ligeramente y moviendo su cabeza con máscara para mirarlo– Ustedes no mueren tan fácilmente, lo sabes bien. Sus mecanismos de supervivencia, esas capas de realidad que protegen su esencia, les impiden simplemente dejar de existir. Incluso si tú ahora no tienes tus poderes, no morirás de forma definitiva. –Aren desvía la mirada por un instante, y un atisbo de un miedo profundo y ancestral se dibuja en la forma en que se tensan sus hombros– Si tú, o Elaine, murieran de verdad, tus Padres… ellos nos eliminarían a todos nosotros a todo el mundo de hecho, sin dejar el más mínimo rastro, y lo harían con un placer infinito –Dice, su voz un susurro que apenas se escucha–

Al escuchar esto, la confirmación de la supervivencia de Elaine en algún plano y la mención del poder aterrador de sus Padres, el rostro de furia de Sariel se suaviza un poco. Sus facciones, antes contraídas por la ira y el dolor, se relajan ligeramente mientras procesa las palabras de Aren, una mezcla de alivio y una sombría comprensión reflejándose en sus ojos.

Al mismo tiempo, las estridentes alarmas de la Comisaría de Morian, que habían estado aullando sin cesar, se apagan misteriosamente.

Las luces rojas de emergencia dejan de parpadear, y la iluminación normal del edificio, o lo que queda de ella, se restablece con un zumbido vacilante, revelando con una claridad aún más cruda y brutal todo el daño causado por la batalla: el vestíbulo destrozado, los cuerpos de los oficiales caídos, los escombros y la sangre que manchan el suelo.

Sin embargo, a Sariel, acunado en los brazos de la Detective Salieri Montenegro en la esquina del devastado vestíbulo, esto apenas le importa.

Y Salieri, bueno, ella sigue en un instintivo modo de “mamá osa”, su principal preocupación es el estado del joven herido a su lado, por lo que tampoco presta demasiada atención al repentino cambio en el resto del lugar.

—¿Dónde está? –Dice Sariel tras unos segundos de tenso silencio, su voz, aunque débil por las heridas, cargada de una urgencia que no admite evasivas–

—Su Alma está actualmente en el Purgatorio de este mundo, Sariel. Pero no te preocupes, su cuerpo físico está resguardado por mí en el Gehena, específicamente en el Palacio de Cristal, el mismo lugar sagrado donde también reposa Erste, la amada esposa de Su Majestad Luciel. –Responde Aren, su voz calmada y directa, sin el menor atisbo de la frialdad que mostró con Zakech– Y que quede absolutamente claro que también estoy haciendo todo lo posible para ayudarla a salir de ahí. Una vez que vuelva con Su Majestad a reportar lo acontecido hoy, me dirigiré personalmente al Purgatorio con los recursos necesarios para traerla de vuelta. Tienes mi palabra.–

Sariel suspira profundamente, un sonido que parece llevarse consigo una parte del inmenso peso que oprimía su pecho. Asiente lentamente, aceptando las palabras de su antiguo amigo.

Salieri, observando la interacción, puede ver cómo el pecho de Sariel se suaviza visiblemente, cómo una tensión que ni siquiera sabía que él contenía se disipa, como si una pregunta fundamental, una angustia primordial, finalmente hubiera encontrado una respuesta tranquilizadora.

—Será mejor que me digas todo, ahora –Le dice Sariel entonces, su voz recuperando un poco de su antigua firmeza mientras trata de incorporarse, de sentarse por sí mismo, buscando ponerse al lado de Aren para una conversación más directa. Salieri, a su lado, lo ayuda con paciencia y cuidado, sosteniéndolo mientras él se reacomoda con dificultad, escuchando con una mezcla de asombro y confusión esta extraña pero muy reveladora conversación entre los dos seres.–

—Lo siento, Sariel, pero ahora mismo no es el momento ni el lugar adecuado. Como te dije, debo informar primero de todo lo que sé, de todo lo que ha sucedido aquí, directamente al Amo Luciel –Responde Aren, su tono amable pero firme, sin dejar lugar a negociaciones o súplicas–

—Tú… –Exclama Sariel con un renovado enojo, aunque este enojo es diferente al que sintió por la supuesta traición anterior. Ahora es la frustración de la impotencia, la de saber que las respuestas están cerca pero aún fuera de su alcance–

—Te prometo, en nombre de nuestra antigua amistad, que mi Amo Luciel te lo contará todo, cada detalle. Pero, como te digo, será en otra ocasión, cuando las circunstancias sean más propicias –Asegura Aren, su voz ahora más suave, intentando aplacar la frustración de Sariel–

Sariel suspira de nuevo, esta vez con una profunda impotencia. Pasa una mano temblorosa por su rostro malherido y ensangrentado mientras asimila la situación. Sabe que no puede forzar a Aren, y menos en su estado actual.

—Está bien –Dice finalmente, su voz apenas un murmullo, aceptando la situación con una resignación cansada– Esperaré–

Aren, el Malakhel de la máscara de cuervo, se levanta con una gracia que parece fuera de lugar en medio de la devastación. Sus movimientos son elegantes y deliberados, una fluidez conseguida tras el peso de incontables siglos de servicio bajo el mando de Luciel.

—Nos veremos más tarde –Le dice, mirando desde arriba al joven herido que aún yace apoyado en pared, al lado de Salieri. En sus ojos amarillo oscuro, visibles tras los orificios de su máscara, no hay desdén, sino una compleja mezcla de disculpa, un profundo remordimiento y, curiosamente, una pizca de diversión. – Repito nuevamente, informaré al Amo Luciel de todo lo acontecido. Así él podrá darles a ustedes más información acerca de lo que vendrá pronto, de la verdadera amenaza que se cierne.–

Entonces, la mirada de Aren se dirige hacia la asustada Detective Salieri, quien, al sentir sus ojos sobre ella, instintivamente sostiene con más fuerza la pistola de servicio en sus manos temblorosas, a pesar de que esta ya no tiene balas, pues las terminó nuevamente con Zakech.

—Sariel, cuídala bien –La mirada de Aren vuelve a Sariel, y su voz adquiere una seriedad que no deja lugar a réplicas ni dudas– No permitas que esté en peligro bajo ninguna circunstancia. No permitas que muera. Y mucho menos, por lo que más quieras, permitas que se la lleven. Si ellos, los seguidores de Él, lo hacen, todos nosotros estaremos completamente acabados.–

—¿Qué? –Pregunta Sariel, la confusión nublando su rostro a pesar del dolor de sus heridas.–

—Haz caso a lo que te digo –Añade Aren, sacudiéndose el polvo de su traje negro– Pronto, cuando el Amo Luciel, Mikleo, o incluso el Emperador Lan se comuniquen contigo, lo sabrás todo. Ellos te explicarán los detalles–

—… –Sariel no dice nada por un instante, solo lo mira, tratando de descifrar el verdadero significado de sus palabras– ¿Qué tiene que ver Mikleo aquí?, ¿ese tipo no está ocupado con su cargo de reemplazo temporal de Astel?–

—Es cierto, está muy ocupado, nadie lo niega. Pero sabes bien que Mikleo, como Regente del Cielo y hermano de Luciel, tiene que estar involucrado en asuntos de esta magnitud–

—¿Y el Emperador? ¿Por qué ese bastardo egocéntrico y narcisista, que además viene de otro mundo y es prácticamente inmortal, está involucrado en nuestros asuntos?–

—Bueno, él tiene a su Agencia Militar Privada, A.M.P., sus Soldados Inmortales pueden ayudar mucho cuando llegue el momento –Dice Aren, y un tono divertido se filtra en su voz– Además… –Aren mira de reojo y con picardía a la Detective Salieri– Considerando como a Lan le encanta tu vida, seguramente le haga la vida imposible más tarde a tu chica –Dice, y su tono divertido vuelve con más fuerza– Después de todo, ella es una Montenegro, la tercera Familia más rica del mundo y una de las 7 Familias Fundadoras de este país–

—¿Mi chica? –Sariel esboza una sonrisa divertida, a pesar del dolor, al escuchar la forma en que Aren se refiere a la Detective.–

—Parece que eso fue lo único que te interesó de lo que dije, ¿no?, bastardo –Aren le da una suave y juguetona patada en la pierna a Sariel, un gesto de antigua camaradería–

—Sariel lanza una risita– Sabes que no me interesa nada que tenga que ver con ese bastardo entrometido de Lan–

—Sí, sí, sigue diciendo eso, idiota –Aren también ríe suavemente– En fin, ya he perdido mucho tiempo aquí. Tu hermana Elaine debe estar hecha una verdadera furia porque permití que la “mataran”, probablemente esté golpeando el piso de allá abajo con su pie como una loca ahora mismo. Así que iré por ella al Purgatorio.–

—Sariel asiente, una genuina gratitud en su mirada– Cuando ella vuelva al Erden, dile que me busque –Él señala, sin mirar, a Salieri– Estaré junto a ella, cumpliendo mi promesa, hasta que yo deje de serle útil o ella ya no me necesite. Ya que tú pareces conocer algo de esta Detective o su familia, entonces dile a mi hermana dónde voy a estar.–

—-Aren vuelve a reír, su diversión evidente– Y decías que no te interesa nada que tenga que ver con Lan o la República Central. Qué rápido te tragas tus palabras cuando hay una Montenegro de por medio, ¿eh, Sariel?–

—Sariel lo fulmina con la mirada, aunque sin verdadera malicia– Esta Detective es diferente. Aunque sea parte de la República Central y una Montenegro, le prometí a su padre, al Oficial León Montenegro, que la cuidaría, la protegería y la guiaría en este nuevo y peligroso mundo al que acaba de Despertar, enseñándole sobre su linaje Sehwert. Y sabes bien, Aren, que yo nunca, jamás, incumplo las promesas que sello. –Especialmente porque él sabe que incumplirla lo mataría, y morir es algo que en estos momentos, tras conocer a Salieri, ya no desea–

Aren vuelve a mirar a la Detective Salieri, quien ha estado escuchando esta extraña y reveladora conversación con una mezcla de asombro y confusión. Esta vez, la mirada del Malakhel hacia ella es compasiva.

—Prepárate niña –Le dice Aren, su voz ahora cargada de una extraña condolencia y una advertencia sincera– Este bastardo que tienes al lado seguramente te hará la vida un completo infierno con sus ocurrencias y su forma de ser, y, sobre todo y lo más importante, ten mucho cuidado de no caer en sus garras. Este mujeriego es un experto consumado en seducir a mujeres hermosas.–

Salieri, al escuchar las palabras del ángel caído, se queda atónita. No sabe cómo reaccionar ante tal advertencia, pero por alguna razón que no puede explicar, siente cómo sus orejas se tornan de un rojo intenso tras escuchar sobre la posibilidad de terminar seducida por Sariel.

—Sariel entonces le da una ligera patada en la espinilla a Aren, con la poca fuerza que le queda– Cierra el pico de una vez, idiota, y lárgate a buscar a Elaine –Dice él, su tono cargado de una diversión genuina a pesar de la situación–

Tras su último y juguetón reproche a Sariel, Aren, el enigmático Malakhel, se ríe una vez más, un sonido que, aunque ligero, parece fuera de lugar en medio de la carnicería y la tensión.

Tras eso, comienza a caminar con su característica gracia hacia la destrozada salida del vestíbulo de la Comisaría de Morian y, mientras esto pasa, un humo negro y denso comienza a emanar y cubrir todo su cuerpo, envolviéndolo gradualmente como un sudario de sombras, hasta que su elegante figura se disuelve por completo en la penumbra, desvaneciéndose sin dejar rastro.

—Buena suerte a los dos. Prepárense lo mejor que puedan–

Las palabras de Aren, ahora sin un origen visible, parecen flotar en el aire por un instante, resonando débilmente como un eco distante que desaparece junto con su presencia, dejando a Sariel y a la Detective Salieri Montenegro solos en su rincón del devastado vestíbulo.

—Entonces, Sariel –Comienza ella, su voz ahora sorprendentemente calmada, aunque con un matiz de algo que él no logra descifrar del todo, ¿curiosidad, desafío, o quizás un humor sarcástico?– ¿Me vas a seducir tal como lo dijo tu amigo?–

—Sariel, a pesar del dolor agudo que recorre su cuerpo y la gravedad de su estado, no puede evitar que una ligera carcajada escape de sus labios– No lo sé Detective, si bien suelo seducir mujeres hermosas, siempre me atengo a su consentimiento, si ellas no lo desean, entonces nunca lo fuerzo, así que… –Sariel dirige una mirada pícara y un tanto desafiante a los ojos rojos de la Detective– Si usted me lo permite, entonces lo haré–

La Detective Salieri no responde de inmediato, solo esboza una sonrisa divertida.

Tras esto, su mirada se desvía de Sariel y recorre lentamente el panorama de destrucción que los rodea: los cuerpos cubiertos, los oficiales, las paredes derrumbadas, el humo que aún flota en el aire. Su mente, con una velocidad vertiginosa, recapitula todo lo sucedido durante este día infernal, desde la llamada sobre los disturbios hasta este increíble enfrentamiento con seres de pesadilla y su propia y dolorosa transformación.

—Esto apenas es el comienzo, ¿no es así? –Pregunta ella finalmente, su voz baja y cargada de una nueva y sombría comprensión, mientras se recarga sobre sus propias rodillas, el peso de la realidad cayendo sobre ella–

—Una pequeña probada de lo que seguramente vendrá más adelante –Responde Sariel, su tono ahora desprovisto de cualquier atisbo de broma–

Un profundo suspiro, al unísono, escapa de los labios de dos personas, un sonido que parece llevarse consigo el último vestigio de normalidad.

Un suspiro compartido que marcaría no sólo el fin de un día terrible, sino también la ominosa llegada de eventos mucho más importantes, peligrosos y transformadores en el futuro incierto que ahora ambos deben enfrentar juntos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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