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Ekstern - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - Capítulo 19: Capítulo 3 - Robo | 3.1: Movilización.
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Capítulo 19: Capítulo 3 – Robo | 3.1: Movilización.

El silencio que siguió a la partida de Aren es casi tan ensordecedor como el combate que lo precedió. El aire del vestíbulo, denso y pesado, huele a ozono, a hormigón pulverizado y al inconfundible aroma metálico de la sangre. Mi propio cuerpo es un mapa del dolor; cada músculo protesta, cada herida arde como si la hubieran cauterizado con un hierro del infierno. Intento incorporarme un poco más, apoyándome en la pared mientras la Detective a mi lado parece recuperar el aliento.

—Detective –

Entonces, justo cuando terminé de hablar, repentinamente escupí algo de sangre.

—Vaya, quién diría que el simple hecho de articular una palabra me sacaría esto de la boca. Qué humillación. Esto no pasó cuando hablaba con Aren, aunque tal vez, ese tipo usó discretamente sus poderes para congelar mis heridas y evitar que me desangrara como un cerdo en el matadero. Típico de él, siempre tan sutilmente considerado –Pienso para mis adentros– ¿Se encuentra bien? –Digo. A pesar de mi estado, decidí no pensar en eso. Ahora mismo, la seguridad de la Detective es infinitamente más importante que mi propio y maltrecho cuerpo, que parece decidido a desmoronarse con el más mínimo esfuerzo–

Al ver el hilo carmesí escapar de mis labios, el rostro de la Detective se contrae con una alarma instantánea. Se sobresalta, sus ojos rojos abriéndose de par en par.

—¡¿Cómo rayos me preguntas tal cosa?!, ¡yo debería ser quien te pregunte eso! –Exclama, su voz una mezcla de genuina preocupación y un enojo que no va dirigido a mí, sino a la situación. Con una rapidez que me sorprende, rasga un trozo de la manga de su impecable camisa blanca y, con una delicadeza inesperada, comienza a limpiar la sangre de mi boca.–

El repentino arrebato y su cercanía me toman por sorpresa por un instante. Su rostro, ahora a centímetros del mío, está lleno de una preocupación tan transparente que desarma. Interesante.

—Bueno, sí dejo que algo le pase, su Padre me vendrá a jalar las patas, y eso es algo que no quiero –Bromeo, intentando aligerar el ambiente. Una risita tonta escapa de mi boca, pero el esfuerzo provoca que otra oleada de sangre brote, más abundante esta vez.– Oh…–

—¡Deja de hablar tarado! –Me espeta, aunque puedo ver cómo reprime una sonrisa ante mi estupidez. Qué irónico, ahora soy yo el que recibe el regaño. Se siente extrañamente familiar, casi como si estuviera lidiando con una de mis aprendices más testarudas–

Aun así, una sonrisa genuina, teñida de alivio, finalmente se dibuja en sus labios.

—De verdad que eres un tonto –Me dice, su tono ahora volviéndose increíblemente suave mientras continúa su labor de limpieza.– Preocupate al menos por ti mismo–

—Pero usted es más importante que yo –Le respondo, cambiando al Lenguaje de Señas para no forzar más mi cuerpo. Con mi mano derecha, la única que puedo mover con algo de libertad, formo las palabras con una fluidez que nace de milenios de práctica– Usted es mil veces más importante que yo–

—Nada de que soy más mil veces más importante tonto, solo mirate, estas a un paso de que la muerte venga por ti –Me dice, su voz firme de nuevo, pero sus ojos delatan su alivio preocupación. Definitivamente el Oficial Montenegro sí que la educó bien. No solo es inteligente, sino que también está preparada para un mundo más amplio–

—¿Sabe Lenguaje de Señas? –Le pregunto, articulando con la mano–

—Si –Dice ella mientras termina de secar la última gota de sangre de mi barbilla– Mi Padre quería que lo aprendiera, dijo que eso haría qué fuese más inclusiva–

—Excelente, en el futuro esto servirá mucho, hay Surnaturel qué son sordos, mudos o ambos por naturaleza –Le informo, gesticulando de nuevo con una sola mano–

—Mas te vale explicarme qué son los Surnaturel más tarde, ¿entiendes? –Sentencia ella, su tono volviendo a ser el de una Detective exigiendo respuestas, aunque ahora con un nuevo matiz de confianza que antes no existía.–

Asiento sin decir más, el esfuerzo me roba las palabras.

Tras unos segundos de tenso silencio, roto solo por los lejanos lamentos y el crepitar de algún cortocircuito, ella se mueve y, con una vacilación palpable, se sienta a mi lado en el suelo cubierto de escombros. Se recuesta contra la misma pared que nos detuvo, manteniendo una distancia cercana, casi muy cerca de mi hombro, sin intención de abandonarme.

—No tiene que quedarse conmigo, vaya a hacer su trabajo –Le digo sin palabras, usando de nuevo el Lenguaje de Señas, un método de comunicación que, irónicamente, ahora me resulta menos agotador que hablar. Mis dedos, manchados de mi propia sangre y la suya, se mueven con una precisión que desmiente el estado lamentable de mi cuerpo.– Si sigue dudando, es probable que los pocos sobrevivientes que quedan ahí fuera terminen muriendo–

—Mis palabras, o más bien mis gestos, parecen finalmente calar en ella. Me observa, sus ojos rojos escrutándome con una cautela que mezcla su antigua faceta de detective y una nueva y extraña preocupación.– ¿Estarás bien? –Pregunta, su voz apenas un susurro que lucha por sobreponerse al caos ambiental.–

—No se preocupe –Le respondo con un gesto de la mano, intentando transmitir una confianza que, sinceramente, no siento del todo.– Aunque no tenga mis poderes, aún conservo algunas habilidades. –Patéticas, si las comparamos con mi estado original, pero supongo que son mejor que nada– Ojos Divinos, invulnerabilidad contra el paso del tiempo, una gran resistencia, una fuerza igual a la de diez humanos comunes, un Almacén Dimensional y, además, un Factor Curativo. –Este último, una versión tan degradada que casi me da vergüenza mencionarlo.– En unas horas, estas heridas que ve se curarán por completo.–

La Detective me mira, y en su rostro puedo leer el escepticismo puro.

Claramente no me cree, y no la culpo, después de todo, como ella misma dijo, estoy a un paso de que la muerte venga a reclamarme con una sonrisa de suficiencia.

—Confíe en mí, ¿de acuerdo? –Insisto con un nuevo gesto, mi mirada tratando de ser lo más sincera posible.– Estaré bien. Así que, vaya. Cada segundo que pierde conmigo es un paso más cerca de la muerte para los demás.–

Finalmente, con una resignación que se refleja en un profundo suspiro, ella asiente y, con un esfuerzo visible, se pone en pie. La observo erguirse, su silueta recortada contra el resplandor intermitente de las luces de emergencia, y una extraña sensación de orgullo paternal me invade. Está asumiendo el mando. El Oficial Montenegro seguramente estaría satisfecho.

—¡Ah! –La detengo justo cuando se da la vuelta, haciendo un gesto exagerado para llamar su atención. Un recordatorio crucial acaba de atravesar la niebla de mi agotamiento.– Llame al División Especial de la Cruz Negra Internacional, ellos se encargaran de los Surnaturel–

La Detective, a pesar de no comprender del todo la razón detrás de mi petición, asiente sin dudar. Su confianza en mí, forjada en el fuego y la sangre de las últimas horas, parece haber superado su lógica. Saca su teléfono de uno de los bolsillos de su pantalón, que por suerte no había sido destruido en el caos, y comienza a buscar el contacto.

—Detective Salieri Montenegro Neiruk al habla –Su voz es firme, clara, desprovista del temblor que la embargaba hace unos minutos. La transformación es asombrosa. En medio del humo, el polvo y el parpadeo infernal de las luces de emergencia, ella parece brillar con una luz propia, una autoridad recién nacida que me resulta imposible ignorar. Es fascinante.– La Estación de Policía de Morian, ubicada en el Distrito de Morian, fue atacada y destruida. Hay varios muertos y heridos, asimismo también hay algunas partes que están incendiadas y muchas partes destruidas. Por favor, necesito ambulancias, policías y bomberos lo más rápido posible. –Un tono y mirada completamente sería se reflejan en la chica, de hecho, a pesar del desastre, parece brillar, tanto que no puedo apartar mi mirada de ella al verla así– No puedo dar detalles exactos sobre el origen del ataque en este momento, pero puedo confirmar que hubo una explosión inicial que derrumbó parte de la estructura principal. El sistema eléctrico ha fallado en casi todo el edificio, y los sistemas de respaldo apenas están funcionando. Algunos de nuestros agentes intentaron controlar la situación antes de que se saliera de proporción, pero los daños son demasiado extensos para manejarlos sin apoyo externo. Además, varios de nuestros equipos de comunicación han sido destruidos o están inutilizados, lo que complica aún más las coordinaciones internas –Mientras describe la devastación con una calma casi clínica, sus ojos rojos recorren la escena. Su mirada se desvía brevemente hacia los restos humeantes de lo que alguna vez fue el vestíbulo principal, ahora un campo de batalla irreconocible– Necesitamos evacuar a los heridos de inmediato; algunos están atrapados bajo escombros, otros presentan quemaduras graves o lesiones por impacto, incluso hay cuerpos cercenados. Esto es una emergencia de alto nivel. Envíen todas las unidades disponibles lo antes posible–

Su mirada se desvía brevemente hacia los restos humeantes de lo que alguna vez fue su lugar de trabajo. Donde antes había orden y actividad, ahora solo hay caos. Paredes colapsadas, escritorios volcados como si fueran juguetes de un niño gigante y furioso, y cables colgando del techo como las entrañas abiertas de una bestia muerta. Hay cuerpos tendidos en el suelo, algunos inmóviles bajo improvisadas mantas, otros gimiendo débilmente, esperando una ayuda que aún no llega. Un calor intenso irradia desde una esquina donde las llamas siguen devorando los archivos y el mobiliario, iluminando la carnicería con un resplandor anaranjado y grotesco que hace danzar las sombras en las paredes.

—Hay riesgo de nuevos derrumbes, varias columnas estructurales han cedido y otras parecen estar al límite así que ingresen por la entrada lateral este. Los sobrevivientes requieren evacuación inmediata, pero deben proceder con precaución para evitar más accidentes, cualquier movimiento brusco podría exacerbar la situación. También envíen personal médico especializado en trauma grave; tenemos múltiples casos críticos aquí. Además necesitaremos forenses especializados. –En ese instante, sus ojos brillan al recordar algo– Ah, y además también contacten con la División Especial de la C.N.I. Los vamos a necesitar.–

Realmente me parece curioso cómo la Detective Montenegro es capaz de cambiar radicalmente su tono y su expresión en un solo instante. Hace apenas unos minutos era una joven abrumada por el dolor de su Despertar y el miedo a la situación, y ahora, en un parpadeo, se ha convertido en una comandante, en una guerrera experimentada que dirige con una calma asombrosa la respuesta a un desastre de proporciones mayúsculas.

—Gracias –Dice ella finalmente al teléfono, probablemente a la operadora de emergencias del otro lado, antes de retirar el dispositivo de su oído. Su misión como comunicadora y coordinadora inicial ha finalizado, por ahora.–

Tras colgar la llamada, ella me mira, sus ojos escarlata encontrándose con los míos en medio de la penumbra y el caos del vestíbulo.

—Quédate aquí, ¿de acuerdo? –Me dice, su voz ahora una mezcla de orden profesional y una preocupación genuina– Iré a ver si hay más heridos que necesiten ayuda inmediata.–

Asiento sin decir palabra. No es como si pudiera hacer otra cosa, literalmente estoy a un paso de que Mortem, la Representante de la Muerte en este mundo, venga por mi.

Y francamente, no quiero verla, no soporto mucho el teatro qué suele armarse ella y su esposa, especialmente cuando se trata de mi.

Nota curiosa qué nadie pidió, pero igual lo diré: Si, por si lo dudaban, si me he acostado con ambas. He tenido muchos encuentros físicos tanto con Mortem como con Nemilis, la Representante de la Vida, pero eso solo fue porque ambas estaban hartas de la monotonía en su relación matrimonial y por eso me buscaron.

¿Para qué? Para desahogarse de su vida monótona. ¿Y quien seria mejor para eso? Un Ekstern, por supuesto. Por eso mismo es que ambas me buscaron, y tras mucha insistencia de parte de ellas, terminé convirtiéndome en su juguete sexual favorito, aquel que podía desestresarlas con sus grandes habilidades.

Aunque claro, no fue de a gratis, a cambio de mis servicios en la cama, ellas me ofrecieron algunos regalos interesantes, entre ellos un Pase de Vida, mismo que puedo usar para volver a la vida si muero, y un Pase de Muerte, que se activa contra un golpe 100% mortal, recibiendo este la mortalidad.

Lo bueno es que hasta ahora nunca he usado ninguno de los dos pases. Pensé que usaría el Pase de Muerte esta vez, pero afortunadamente no fue así. Si lo hubiera usado, probablemente tendría que usar el Pase de Vida, pues, no puedo darme el lujo de abandonar a la Detective.

Y hablando de ella… Efectivamente, no le diré sobre estos pases. Primero, no quiero que se preocupe, segundo, hay muchos oídos en todas partes, y quienes tienen un Pase de Muerte o de Vida son muy buscados, puesto que, dichos Pases pueden ser robados.

—Ugh, esto si que duele –Murmuro. Un murmullo tan silencioso para que la chica peliblanca no me escuche y corra hacia mi–

Ahora mismo, con el shock del impacto inicial desvaneciéndose, siento la verdadera magnitud de mis heridas, por lo que claramente no me puedo mover y por ende solo puedo quedarme aquí. Además, seguramente todo dentro de mí esté hecho papilla. Y si bien tengo un Factor Curativo, en parte me disgusta, porque actúa cuando se le da la gana. Es capaz de curar heridas débiles, como un ligero corte en el dedo. Pero tambien curar heridas graves, como esta, donde seguramente tengo varias costillas rotas, una perforación en el pulmón izquierdo que hace que cada respiración sea un tormento, y una hemorragia interna que, para un humano común y corriente, sería absolutamente fatal en cuestión de minutos. Sin embargo, como dije antes, solo cura cuando se le da la gana.

Aun así, no es como si nunca hubiera conocido el dolor. He sido muy experimentativo a lo largo de todo este largo, largo viaje, a tal punto de que alguna vez llegué a pausar mis poderes, solo para sentir dolor. Por esto mismo es que en estos momentos solo estoy en un muy, muy doloroso y exasperante estado.

___________________________________________________

Afortunadamente, la Detective Salieri Montenegro, quien había sido violentamente arrojada contra la pared del fondo, apenas había recibido algunos rasguños superficiales, todo gracias a la férrea y abnegada protección de Sariel, quien había absorbido el 99% de todo el impacto con su propio cuerpo, haciendo qué ella resultara practicamente ilesa.

Si él no hubiese hecho eso, probablemente ella estaría muerta, puesto que ella, al apenas Despertar, solo tiene las Estadísticas de 5 Humanos comunes, y este golpe definitivamente Salieri no podría resistirlo.

Y hablando del Despertar, ella, Salieri, a pesar del agotamiento extremo que pesa sobre sus huesos como plomo debido a los efectos posteriores a su transformación, y del eco fantasmal de la agonía de su reciente Despertar, una nueva y extraña energía, cálida y vibrante, bulle bajo su piel, una fuerza que no había sentido jamás. Así que, con esta vitalidad recién descubierta, Salieri logra ponerse en pie, permitiendose el moverse entre los escombros y los cuerpos con una facilidad y una gracia que la sorprenden a ella misma. Sus movimientos ahora más seguros, precisos y ágiles, lo que le permite comenzar con su abrumadora tarea: evaluar los daños, los riesgos estructurales y, lo más importante, a las víctimas.

—Por la Diosa… –Susurra, la palabra escapando de sus labios como un aliento helado–

A pesar de su riguroso entrenamiento como detective en la capital, de las incontables y a menudo brutales escenas del crimen que ha presenciado a lo largo de su carrera, no puede evitar taparse la boca con una mano temblorosa al ver la verdadera y dantesca magnitud de la carnicería que se extiende ante ella. El antes pulcro y moderno vestíbulo de la comisaría es ahora un testamento silencioso y terrible de la furia de Zakech. Cuerpos cercenados con una precisión quirúrgica y a la vez brutal yacen entre los escombros; órganos y jirones de carne están esparcidos como ofrendas grotescas sobre el mármol destrozado; otros agentes se encuentran aplastados bajo pesadas losas de hormigón que han caído del techo; y algunos más presentan perforaciones limpias y cauterizadas que solo un arma como esa lanza carmesí del demonio podría haber infligido.

—Diosa… –Susurra de nuevo para sí misma. El miedo, frío y paralizante, la atenaza por un instante, amenazando con hacerla flaquear. Pero con un esfuerzo de voluntad sobrehumano, uno que parece nacer de esa nueva energía en su interior, se fuerza a mantenerse equilibrada, a tragar el nudo de horror que le oprime la garganta. Se lo debe a ellos, a sus compañeros caídos. Se lo debe a su padre.–

Lentamente, con una cautela que desafía el caos circundante, comienza su recorrido por la devastada sala. Verifica cada uno de los cuerpos con toda la precaución del mundo, pero ahora sus nuevos sentidos de Sehwert, aunque aún confusos y abrumadores para ella, comienzan a funcionar, alertándola con una extraña certeza del peligro de un nuevo derrumbe cercano o de una viga de soporte inestable que cruje sobre su cabeza. Aunque siente que su fuerza física ahora es mucho mayor que antes, su instinto y su entrenamiento como detective le dicen que no debe mover a los heridos por su cuenta, pues podría agravar sus lesiones internas de formas que no puede ver. En vez de eso, comienza a buscar estructuras pequeñas y estables, trozos de metal o fragmentos de pared que no presenten peligro, y las coloca con cuidado frente a los cuerpos que aún muestran signos de vida, marcándolos como una prioridad visual para cuando los servicios de emergencia finalmente puedan ingresar de forma segura.

Al fondo de la sala, recostado contra la pared en la esquina donde el impacto lo arrojó, y aún luchando para que su factor curativo limitado comience a sanar sus propias y graves heridas, Sariel mira con una atención absorta y silenciosa el trabajo de la Detective Salieri Montenegro. Una sonrisa de genuino y profundo orgullo se dibuja en su rostro magullado y ensangrentado.

La ve moverse, no ya como una simple detective abrumada por los acontecimientos, sino como algo más: una líder nata que ha emergido del fuego, una comandante que impone orden en el campo de batalla, una verdadera Sehwert asumiendo su rol con una ferocidad, una compasión y una competencia que él, honestamente, no esperaba ver tan pronto después de un Despertar tan traumático. Si su cuerpo se lo permitiera, si sus pulmones no estuvieran perforados y sus costillas rotas, seguramente en esos momentos estaría de pie, gritando porras y vítores como un padre vergonzoso y excesivamente entusiasta en el primer partido de su hija.

Pero, por ahora, debido a su lamentable estado, solo puede darle su apoyo silencioso, observando con una inmensa satisfacción cómo la promesa que le hizo al Oficial León Montenegro comienza a florecer de la manera más inesperada y admirable en medio de la más absoluta y desoladora tragedia.

_______________  >> 15 minutos >> _______________

—Este también respira… –Murmura Salieri para sí misma, su voz un hilo apenas audible en medio del silencio ahora solo roto por los gemidos de los heridos y el crepitar lejano del fuego.–

Sus nuevas y abrumadoras percepciones de Sehwert, una avalancha de información sensorial que aún no comprende del todo, le permiten sentir la débil pero persistente chispa de vida en uno de los oficiales atrapados bajo una pesada viga de metal. No es algo que vea o escuche de la manera convencional; es una vibración sutil, un tenue calor en el frío ambiente de muerte que la rodea, un eco vital que sus sentidos recién Despertados ahora pueden percibir con una claridad asombrosa. Después de inspeccionar con una meticulosidad dolorosa a cada uno de los quince agentes que ella había contado en el vestíbulo antes del último ataque, la terrible cuenta final se asienta en su alma como una losa de plomo: solo tres de ellos seguían con vida. Tres de quince.

—… –Ella vuelve a echar un vistazo al lugar, a la carnicería, a sus compañeros caídos. La ira, pura e incandescente, y una impotencia aplastante amenazan con ahogarla, con paralizarla. Pero con la misma disciplina férrea que su padre le inculcó desde niña, las aparta, encerrándolas en un rincón de su mente.–

Su mirada, ahora clara y enfocada, se vuelve a dirigir hacia la entrada principal del vestíbulo, que es ahora un amasijo intransitable de hormigón y acero retorcido. Por un instante, una idea absurda, casi una alucinación producto del shock, cruza su mente: la sensación inquebrantable de que, si se lo propusiera, si realmente lo intentara, podría mover esa enorme placa de concreto con sus propias manos. Sacude la cabeza con fuerza, desechando el pensamiento como un síntoma del trauma y el agotamiento extremo.

Sin embargo, justo antes de que se sumerja por completo en la planificación de un rescate que parece imposible con los medios disponibles, el sonido penetrante y cada vez más cercano de múltiples sirenas corta el aire viciado. Para ella, atrapada en ese infierno de destrucción y desesperanza, el sonido es como música celestial; la promesa de orden, de ayuda, de un mundo que aún funciona y responde más allá de esas paredes rotas. Una sonrisa temblorosa, la primera genuina desde que todo comenzó, se dibuja en sus labios manchados de hollín.

Sin embargo, justo antes de que se sumerja por completo en la planificación de un rescate imposible, el sonido penetrante de las sirenas acercándose rápidamente corta el aire viciado. Para ella, en ese infierno de destrucción y desesperanza, el sonido es como música celestial, la promesa de orden, de ayuda, de un mundo que aún funciona más allá de esas paredes rotas. Una sonrisa temblorosa, la primera genuina desde que todo comenzó, se dibuja en sus labios manchados de hollín.

Así que, mientras espera a que los servicios de emergencia lleguen y aseguren la entrada, la Detective Salieri se acerca a los tres sobrevivientes que ha marcado, su presencia ahora imbuida de una calma y una autoridad que ni ella misma sabía que poseía.

—Todo va a estar bien –Les dice, y su voz, aunque suave, resuena con una nueva certeza, una fuerza tranquilizadora que parece calarlos hasta los huesos y aliviarlos al instante.– Ellos están llegando, pronto podrán volver con la gente que aman–

Las personas heridas, dos oficiales y un administrativo que trabajaba en el turno de noche, le devuelven una débil sonrisa cargada de una inmensa gratitud. La Detective Salieri puede notar, con esos nuevos sentidos agudizados, cómo sus cuerpos, antes completamente tensos por el miedo y la preocupación, se relajan lentamente, como si la simple y firme promesa en su voz fuera un verdadero bálsamo para sus almas aterradas y doloridas.

La Detective Salieri Montenegro se mueve a través del infierno que es ahora el vestíbulo de la Comisaría de Morian. A pesar de que su mente de detective, entrenada y metódica, está completamente encargada en la abrumadora tarea de limpiar escombros, organizar a los pocos oficiales ilesos y buscar más heridos entre los caídos, una parte de ella, una extraña y persistente corriente de pensamiento, le recuerda constantemente la presencia de Sariel en la esquina. A cada instante, mientras verifica el pulso de un compañero o evalúa la estabilidad de una viga, su mirada se desvía instintivamente hacia donde él está, una necesidad inexplicable de asegurarse de que sigue allí, de que sigue respirando. Después de todo, es el único pilar en esta nueva y aterradora realidad que se ha abierto ante ella, el único que parece entender la verdadera naturaleza de la pesadilla que acaban de vivir.

Así, tras asegurarse de que los tres sobrevivientes que encontró están en una posición relativamente segura y que la ayuda profesional ya está en camino, la Detective se dirige de nuevo hacia la esquina del devastado vestíbulo donde dejó a Sariel. Sus pasos, ahora más firmes y decididos que cuando despertó de su trance de dolor, resuenan con una nueva confianza sobre los escombros y el suelo cubierto de polvo. Sin embargo, en su camino, algo metálico y oscuro en el suelo interrumpe su avance. El clanc seco de la punta de su zapato contra el objeto la hace casi tropezar, sacándola de su concentración.

—¿Y esto? –Murmura para sí misma, confundida.–

Baja la mirada y su aliento se congela en su garganta al instante. Es la lanza carmesí, el arma que usaba ese demonio de armadura negra, Zakech, para sembrar muerte y destrucción hace apenas unos minutos. El arma yace entre los fragmentos de mármol y los casquillos de bala, su hoja de un rojo intenso brillando con una luz maligna y antinatural bajo el parpadeo intermitente de las luces de emergencia que aún funcionan.

Con sus sentidos recién Despertados, ahora hipersensibles y abrumadores, la Detective Salieri Montenegro puede percibir claramente el aura que emana de ella. No es algo que vea con sus ojos en el sentido normal, sino algo que siente con cada fibra de su ser: un halo de sombras y una malicia tangible, un frío que no es de temperatura, sino de una pura y concentrada perversidad que parece querer reptar por su piel y helarle los huesos.

—… –Ella da un instintivo y brusco paso hacia atrás, un escalofrío de repulsión recorriendo toda su espalda. El miedo, una reacción primordial y visceral ante un objeto tan evidentemente corrupto y maligno, la paraliza por un momento, sus pies clavados en el suelo destrozado de la estación.–

Sin embargo, tras unos segundos de duda, la innata curiosidad de la detective y una nueva y extraña valentía, un coraje que parece nacer de su herencia Sehwert recién Despertada, ganan la batalla interna. Con una mezcla de temor y una fascinación irresistible, acerca lentamente su dedo índice hacia el arma demoníaca, específicamente hacia su mango, que está ubicado exactamente a la mitad de la larga asta. Espera sentir un dolor quemante, una corrupción helada que intente aferrarse a su piel, pero, para su sorpresa, no sucede nada. La proximidad del arma y su aura maligna no le afectan en absoluto.

Así que, envalentonada por la ausencia de peligro inmediato, su mano finalmente se cierra con firmeza sobre la empuñadura de la lanza. Es pesada, sin duda, pero no de una forma antinatural o abrumadora. Se siente extrañamente equilibrada en su agarre, como si una parte profunda y olvidada de ella reconociera la naturaleza de un arma así, como si supiera instintivamente cómo manejarla. Con un esfuerzo que es más de concentración que de fuerza bruta, la levanta del suelo y la sostiene, observando con asombro cómo la luz intermitente de las alarmas juega en su hoja teñida de un rojo sangriento.

En ese momento, un impulso casi infantil, el de una niña que ha encontrado un tesoro increíble y corre a enseñárselo a la única persona en el mundo que entendería su verdadero valor y significado, se apodera de ella.

—Sariel –Lo llama, y su voz, para su propia sorpresa, sale con un tono inesperadamente dulce, casi una melodía suave que flota en medio de la sinfonía de la destrucción y el dolor que los rodea.–

Sariel, quien había permanecido en silencio con los ojos cerrados en su rincón de la devastación, luchando contra sus propias y graves heridas, los abre al instante al escucharla. Su mirada, que Salieri percibe como de un verde profundo, se fija en la joven que lo llama con esa cadencia tan particular. Y entonces, una sonrisa genuina, la primera desde la muerte del Oficial León Montenegro, se dibuja lentamente en sus labios magullados. Escucharla pronunciar su nombre, y con ese tono, provoca una cálida resonancia en su pecho, en su alma, que es a la vez profundamente reconfortante y extraordinariamente significativa.

—¿Qué pasa, Detective? –Le pregunta él, y aunque no salen palabras de su boca para no agravar sus heridas internas, el ligero y curioso movimiento de su cabeza es una pregunta clara que Salieri entiende perfectamente.–

Con un orgullo infantil que no puede ocultar, y una sonrisa que ahora iguala a la de él, la Detective Salieri Montenegro le muestra el arma que sostiene en su mano, presentándola casi como si fuera un trofeo ganado en una justa.

—¿Qué hacemos con ella? –Le pregunta, inclinándose para estar a su altura, su voz ahora una mezcla de genuina curiosidad y la implícita y total aceptación de que él, y solo él, es el experto en este nuevo, aterrador y fascinante mundo en el que acaba de despertar.–

La mirada de Sariel se dirige a la lanza carmesí. Durante unos segundos no dice nada. Su expresión se vuelve seria, analítica. Lleva una mano a su barbilla en un gesto pensativo, y sus ojos (verdes para la Detective) analizan el artefacto con una profundidad, una comprensión de su historia y su naturaleza, que ella no puede ni empezar a comprender.

—Démela –Le indica Sariel finalmente, y aunque de nuevo no usa palabras, el gesto de su brazo izquierdo extendiéndose hacia ella es una petición clara, serena y que no admite réplica alguna.–

Salieri asiente sin vacilar, sin hacer preguntas. La lógica, su compañera constante y su ancla durante toda su vida, le grita desde un rincón de su mente que es una completa locura entregarle un arma, y más una de esta naturaleza, a un desconocido herido en medio de una masacre. Pero una nueva intuición, más fuerte, más primigenia, una voz que resuena desde su recién Despertada esencia Sehwert, le dice sin lugar a dudas que es lo correcto. Que debe confiar en él. Con un cuidado casi reverente, le ofrece la lanza carmesí de Zakech, no ya como una pieza de evidencia, sino como un trofeo, el primer y terrible botín de una guerra que apenas comienza a comprender.

Por su parte, Sariel toma el arma.

Y tan pronto como sus dedos rozan la empuñadura de metal oscuro, la energía maligna y corrupta que la lanza irradia, ese frío antinatural que había paralizado momentáneamente a Salieri, parece encogerse sobre sí misma, sometida al instante ante una autoridad superior, una esencia primordial que reconoce incluso en el estado debilitado de Sariel. Y entonces, ante la mirada expectante y asombrada de la Detective, la lanza se disuelve. No cae al suelo, no se guarda en una funda; simplemente se desvanece en decenas de miles de partículas de una luz de un intenso color azul marino, un remolino etéreo y silencioso que es absorbido por la nada junto a la mano de Sariel antes de desaparecer por completo, regresando a su Almacén Dimensional.

—Sabes, tengo muchas pero muchas preguntas –Salieri frunce el ceño tras ver lo que acaba de pasar–

—Una ligera risa, suave y sin esfuerzo, escapa de la boca de Sariel. Afortunadamente, su cuerpo, en medio de su lento proceso de curación, parece haberle concedido una pequeña tregua, pues la sangre no brota esta vez con la risa– No se preocupe Detective, le diré todo más adelante, pero primero… –Le responde con gestos de su mano izquierda, y con su mano derecha, hace un gesto que abarca la totalidad del desastre que los rodea: los oficiales heridos, los cuerpos de los caídos, los escombros y el caos. La implicación es clara: hay prioridades más urgentes.–

Ambos, la recién Despertada Sehwert y el malherido Ekstern, miran hacia el devastado vestíbulo. El amanecer, que ahora entra a raudales por el enorme boquete en la pared, ilumina una escena de pesadilla que quedará grabada en sus memorias para siempre. El olor a ozono, a sangre derramada y a hormigón quemado es casi insoportable, una mezcla nauseabunda que se adhiere a la garganta. Las luces de los vehículos de emergencia, que comienzan a llegar y a posicionarse en el exterior, pintan destellos intermitentes de rojo y azul sobre los cuerpos de los oficiales caídos y sobre el rostro pálido de los pocos sobrevivientes, cuyas miradas perdidas aún reflejan el horror que acaban de vivir.

Es el sombrío y sangriento lienzo sobre el cual su nueva y extraña alianza ha sido forjada. Para Sariel, es un doloroso recordatorio de una lucha interminable contra las sombras, una que parece perseguirlo a través de las eras. Para Salieri, es el brutal y definitivo bautismo de sangre en el verdadero mundo que su padre siempre intentó ocultarle.

Entonces, mientras ambos observan la escena, las sirenas y luces finalmente se agrupan en un solo lugar, segundos después, los paramédicos son los primeros en cruzar la precaria barrera de escombros de la entrada principal. Corren hacia el interior con sus maletines médicos de color naranja brillante y sus camillas plegables listas para ser utilizadas, una ola de azul claro y profesionalismo metódico que irrumpe en medio del infierno rojo de las luces de emergencia que aún parpadean. Visten uniformes con insignias reflectantes que brillan con cada destello de las alarmas, y algunos llevan cascos ligeros para protegerse de los cascotes que aún caen esporádicamente del techo dañado. Sus movimientos son rápidos, eficientes y controlados, la danza experimentada de quienes están acostumbrados a coquetear con la muerte en el cumplimiento de su deber.

—¡Por aquí! —Grita la Detective Salieri, levantando un brazo y acercándose a ellos para guiarlos. Su voz resuena con una autoridad inquebrantable que corta el caos, atrayendo de inmediato la atención de uno de los equipos de paramédicos más cercanos.–

Su nueva presencia de Sehwert, aunque ella no sea consciente de lo que proyecta, parece imponer un respeto instintivo. Los paramédicos, veteranos en situaciones críticas y acostumbrados a tomar el mando, la miran y asienten sin dudar, listos para recibir sus órdenes. Al fondo, recostado contra la pared, Sariel, aún débil pero completamente consciente, observa la escena con un interés analítico y una pizca de orgullo. Ve cómo esas personas, mortales y completamente ajenas a la verdadera naturaleza de la batalla que se ha librado, responden sin cuestionar a la nueva aura de liderazgo que emana de la Detective.

—Ayuden a esta persona, por favor –Dice Salieri, y su primera orden, su primera directiva en esta nueva realidad, no es para uno de sus colegas uniformados caídos, sino para el enigmático joven que le salvó la vida en dos ocasiones esta noche. Señala a Sariel en el fondo, su tono es firme, innegociable, pero un destello de una profunda y conflictiva preocupación brilla intensamente en sus ojos rojos. Lucha contra el instinto de correr ella misma a su lado, de asegurarse de que está bien, pero su deber como comandante de la escena ahora se lo impide–

Uno de los paramédicos asiente inmediatamente, sin cuestionar la prioridad que ella ha establecido.

—Entendido —Responde el líder del equipo, un hombre mayor con una calma y una serenidad en su rostro que solo los años de experiencia en el filo de la vida y la muerte pueden otorgar. Se acerca con rapidez a Sariel y, junto a su compañero, comienza a atenderlo sin perder un solo segundo.–

Con una eficiencia experta, le colocan un collarín para inmovilizar su cuello, aseguran sus extremidades sobre una tabla espinal rígida y, tras verificar unos signos vitales que seguramente les parecerán erráticos e inhumanos, lo suben cuidadosamente a una camilla. La Detective Salieri observa todo el proceso con una atención feroz, asegurándose de que cada paso sea ejecutado con la máxima precisión y cuidado, antes de, finalmente, volverse hacia los otros sobrevivientes para dirigir su rescate con la misma autoridad.

Mientras tanto, más y más sirenas continúan acercándose, hasta que el área exterior de la Comisaría de Morian se transforma en un mar de luces parpadeantes de color rojo, azul y blanco. El caos organizado de una respuesta de emergencia a gran escala parece envolver todo el perímetro: más ambulancias blancas con cruces rojas se alinean en la calle; enormes camiones de bomberos comienzan a lanzar potentes chorros de agua hacia las secciones del edificio que aún arden; y un ejército de patrullas policiales de la ciudad y del estado bloquea las calles adyacentes, manteniendo a los inevitables curiosos que el amanecer ha traído consigo a una distancia segura.

Sin embargo, justo cuando Salieri mira hacia los alrededores, evaluando en qué más puede ayudar, un segundo y distinto grupo de vehículos hace su aparición, cortando el caos de las sirenas convencionales con una presencia silenciosa y autoritaria. No pertenecen a los servicios de emergencia que ella conoce; sus diseños son diferentes, de una elegancia funcional y llamativos incluso en medio de la devastación. Son varios autos y furgonetas blindadas de un blanco níveo e inmaculado, con elegantes detalles en oro y plata que desprenden una sensación de poder y una eficiencia de nivel superior, contrastando fuertemente con el ambiente destruido y caótico de la estación. En sus puertas y capó, el símbolo de una cruz negra sobre un fondo blanco brilla con una leve luz propia bajo el parpadeo de las luces de emergencia.

La Cruz Negra Internacional (C.N.I.), la organización que Sariel le insistió que llamara, ha llegado. O más bien, la División Especial. Aquella división creada para desplegarse en entornos que los mortales no podrían comprender.

Los miembros de esta organización de élite bajan de sus vehículos con una precisión casi militar, sus movimientos sincronizados y sin vacilación. Visten trajes blancos impecables, de un material que parece tanto protector como formal, complementados con largas capas que ondean ligeramente con el viento nocturno. Cada uno de ellos lleva bordada en el pecho la misma cruz negra que identifica a la organización, y pequeños y complejos símbolos adicionales, que Sariel desde su posición en la esquina reconoce de inmediato como runas de sanación, protección y purificación, decoran discretamente sus mangas y cuellos. Son médicos y técnicos altamente capacitados, sin la menor duda, pero algo en su postura erguida, en su disciplina y en la calma de sus miradas, sugiere que están preparados para mucho más que simples emergencias médicas. Están aquí para lidiar con las consecuencias sobrenaturales del ataque.

Uno de ellos, un hombre de unos cincuenta años con el cabello plateado peinado hacia atrás y unos ojos grises agudos y penetrantes, claramente el líder del grupo, se acerca directamente a la Detective Salieri, ignorando al resto del personal en la escena.

A diferencia de los paramédicos regulares, cuyas caras reflejan la tensión y la urgencia de la situación, este hombre irradia una calma casi inquietante, como si hubiera visto escenas como esta, o peores, demasiadas veces como para sorprenderse o dejarse llevar por el pánico. En sus manos enguantadas de blanco lleva un maletín negro con el emblema de la C.N.I. grabado en plata. Y cuando habla, su voz es calmada, profunda, pero cargada de una autoridad que exige ser escuchada y obedecida.

—Detective Montenegro, supongo –Dice, su voz grave y serena, mientras extiende una mano enguantada de blanco hacia ella. Sus ojos, de un gris acerado, la evalúan con una rapidez y una profundidad que la hacen sentir completamente expuesta, como si él pudiera ver no solo su rango, sino la reciente y tumultuosa transformación que ha sufrido–

Salieri asiente brevemente, devolviendo el apretón de manos con una firmeza que parece sorprender gratamente al hombre. Su mirada, ahora seria, controlada y teñida por el rojo de sus ojos, impresiona incluso a alguien tan experimentado como él.

—Así es. Gracias por venir tan rápido –Responde ella, su voz desprovista de cualquier formalidad innecesaria o temblor. El tiempo para el shock ha pasado; ahora solo queda la acción– Tenemos múltiples heridos graves, algunos con lesiones que… –Hace una pausa, buscando las palabras adecuadas para describir lo indescriptible y antinatural que ha presenciado– Bueno, digamos que van más allá de lo que cualquier hospital común podría manejar.–

El hombre de la Cruz Negra inclina ligeramente la cabeza, sus ojos grises, agudos y analíticos, entendiendo perfectamente lo que ella implica sin necesidad de palabras explícitas. Para él y su organización, las heridas que no son de este mundo son, de hecho, su especialidad.

—Entendido, Detective. Nos haremos cargo de las… “complicaciones” de este caso –Afirma, su voz un bálsamo de competencia en medio del pandemonio. Sin decir nada más, se gira y comienza a dar instrucciones claras y concisas a su equipo, que ya se despliega por el vestíbulo– Equipo Alfa, triaje y estabilización inmediata de todos los heridos con signos de contaminación etérea o mágica. Equipo Beta, aseguren ustedes a los fallecidos y preparen los campos de contención para evitar cualquier residuo post-mortem o manifestación anómala. Equipo Gamma, conmigo, vamos a asegurar al paciente prioritario que nos indicaron, retiren a los paramédicos comunes y encsrgense de él.–

Su equipo se dispersa por el área con una eficiencia silenciosa que roza lo sobrenatural, equipados con dispositivos médicos que parecen salidos de una película de ciencia ficción avanzada. Algunos usan tabletas holográficas que proyectan una luz azulada sobre los escombros y los cuerpos, escaneando no solo signos vitales, sino también fluctuaciones de energía y residuos arcanos, lo que les permite encontrar heridos que Salieri, con sus sentidos aún incipientes, no pudo ver. Otros aplican sobre las heridas más graves de los oficiales Surnaturel unos vendajes que, al contacto con la piel, emiten un suave brillo y comienzan a tejerse solos con hilos de luz, cerrando cortes con una velocidad imposible. Las máscaras de oxígeno que colocan sobre los rostros de los supervivientes no están conectadas a tanques aparatosos, sino a pequeños y sofisticados sistemas portátiles que zumban con una energía purificadora.

Salieri, por su parte, observa todo esto con una mezcla de admiración y un inmenso alivio que afloja la tensión en sus hombros. Aunque sigue sin comprender del todo por qué Sariel insistió en contactar a esta misteriosa y poderosa organización, ahora entiende con una claridad meridiana que fue la decisión absolutamente correcta. Estos médicos no solo tienen recursos y habilidades que superan ampliamente a los servicios de emergencia tradicionales; están equipados, física y conceptualmente, para una guerra que ella apenas comienza a vislumbrar. Por primera vez desde que su padre murió en sus brazos, siente una diminuta pero persistente chispa de esperanza.

Y entonces, justo cuando parece que un frágil y caótico orden comienza a establecerse bajo la dirección de la Detective Salieri Montenegro y la eficiente intervención de la Cruz Negra Internacional, otro contingente de vehículos aparece en el horizonte. Su llegada es anunciada no por sirenas, sino por un profundo y sísmico retumbar que opaca cualquier otro sonido en la escena. Pero estos no son como los demás. Son camiones blindados de un negro mate que parece absorber la luz, con afilados y agresivos detalles plateados en su chasis. Pequeñas torretas con armas automáticas se despliegan desde puntos importantes de estos vehículos. Son seguidos de cerca por tres helicópteros negros de diseño militar, tecnológicamente muy avanzados y armados hasta los dientes, que se mueven con una agilidad depredadora sobre el lugar. Bajo estos, varios drones aéreos zumban con una ominosa y silenciosa quietud, sus luces de un verde intenso escaneando el área y proyectando datos en tiempo real hacia una fuente desconocida.

Es la Agencia Militar Privada (A.M.P), la agencia militar más poderosa de todo el planeta, comandada por el Emperador Lan. Una organización llena de personas enteramente inmortales, que nada ni nadie los puede matar, y muchos de ellos con decenas de miles de años de experiencia.

De las rampas de los vehículos blindados, que se abren con un siseo hidráulico, descienden figuras vestidas completamente de negro: Son soldados de la A.M.P, militares con miles de años de experiencia, expertos en todo tipo de situaciones tanto normales como anormales.

Sus uniformes son una obra de pura intimidación, diseñados para inspirar tanto miedo como un respeto forzado. Capuchas ajustadas de un material balístico cubren sus cabezas, y máscaras de gas de aspecto avanzado ocultan sus rostros por completo, sin dejar ver un solo rasgo humano. Lo único visible son unos visores digitales que brillan con un leve e inquietante tono verde, como los ojos multifacetados de un insecto depredador.

Sus armas son visiblemente avanzadas, rifles de pulso y lo que parecen ser pequeños cañones de partículas, que hacen que las pistolas y los rifles convencionales de la policía, e incluso las armas especializadas de los Surnaturels, parezcan meros juguetes de otra época. Cada paso que dan sobre el asfalto y los escombros resuena con una precisión robótica, moviéndose en una perfecta y aterradora sincronía, como si fueran simplemente las partes de una única y letal máquina de guerra.

—Vaya, vaya. Tenía que aparecer el circo de inmortales personal de Lan –Piensa Sariel con un profundo y amargo desdén desde la camilla donde está siendo atendido. Reconoce al instante la inconfundible y ostentosa parafernalia del Emperador– Sus juguetes son cada vez más ruidosos y exagerados.–

El líder del grupo, un hombre cuya postura es aún más rígida y autoritaria que la de sus subordinados, se adelanta, rompiendo filas sin la menor vacilación. Lleva un dispositivo en la muñeca que proyecta un mapa holográfico tridimensional del edificio destruido de la comisaría, una imagen que se actualiza constantemente con los datos enviados en tiempo real por los drones que sobrevuelan la zona.

Cuando habla, su voz es filtrada electrónicamente, una cadencia metálica, distorsionada pero perfectamente clara e inteligible, desprovista de cualquier emoción.

—Comandante Renard de la División Especial de la A.M.P., al mando del sector –Declara, su voz metálica resonando en el aire. Se dirige directamente a la Detective Salieri Montenegro, quien supervisa el triaje de los heridos– Solicitamos permiso para coordinar operaciones de seguridad y evacuación completa –Su tono, sin embargo, no es el de una petición, sino el de una notificación, una declaración de una autoridad que no espera ser cuestionada. A pesar de la máscara que oculta su rostro, Salieri siente la opresión de su mirada, el peso de una autoridad absoluta y militar que ahora se impone sobre la suya.–

La imponente figura del Comandante Renard de la A.M.P. y su declaración de intenciones cuelgan en el aire, una nueva y abrumadora capa de autoridad superponiéndose al caos existente. La Detective Salieri Montenegro lo mira durante un segundo, evaluando la situación con la rapidez que la caracteriza.

No esperaba que la A.M.P., la agencia militar y personal del Emperador Lan, apareciera en la escena sin haber sido contactada oficialmente por ella o por la cadena de mando de la policía local, pero, dado el nivel de devastación, la clara implicación de amenazas sobrenaturales de un calibre que supera con creces cualquier protocolo estándar, y la mención de Demonios de Rango Emperador y Primordial, su presencia, aunque imponente y no solicitada, tiene un sentido escalofriante y, lamentablemente, necesario. Entiende que la situación ha superado por completo la jurisdicción y la capacidad de la policía local, por lo que, con un aliento contenido, asiente lentamente, sus ojos rojos encontrándose con los visores de un verde intenso del Comandante en un mudo traspaso de poder, aceptando su inevitable intervención.

—Permiso concedido –Responde Salieri, su voz firme y resonando con una autoridad que no flaquea, incluso frente al imponente comandante de la A.M.P.– Pero recuerden ustedes una cosa: prioricen salvar vidas antes que cualquier otra cosa. Por más grave que sea la amenaza, esto sigue siendo, ante todo, una escena del crimen bajo jurisdicción policial. –Dice, marcando límites claros a pesar de la gravedad de la situación.–

El soldado con máscara de gas inclina ligeramente la cabeza, un gesto de reconocimiento que es a la vez respetuoso y absoluto. Y, sin perder un segundo más, comienza a dar órdenes a su equipo con una eficiencia letal, su voz metálica resonando a través de su comunicador interno. Así, algunos soldados se despliegan con una velocidad asombrosa hacia el interior del edificio, usando escudos de energía portátiles para asegurar zonas estructuralmente inestables mientras buscan más sobrevivientes entre los escombros. Otros establecen un perímetro externo férreo, bloqueando cualquier intento de acceso no autorizado con una disciplina que intimida a los curiosos y a los servicios de emergencia que no pertenecen a su contingente.

Mientras tanto, los drones continúan monitoreando el área desde el aire, sus sensores detectando puntos calientes de calor residual, fugas de gas y estructuras en riesgo inminente de colapso, enviando toda esa información directamente a los visores holográficos de los soldados en tierra.

Salieri observa todo esto con una mezcla de un profundo alivio y una creciente aprensión. Ahora tiene a tres organizaciones distintas trabajando simultáneamente en la escena de la muerte de su padre. Están los servicios de emergencia locales, el corazón valiente pero claramente superado por la situación; la poderosa División Especial de la C.N.I., los cirujanos para los heridos especiales y las amenazas biológicas o etéreas; y ahora, la implacable A.M.P., el martillo de un Emperador para una amenaza de una escala que va más allá de lo meramente humano.

Todos hacen lo posible por controlar la situación, por imponer orden sobre el caos. Pero ella sabe, con la certeza de su nueva percepción Sehwert, que detrás de las escenas de esta batalla, hay algo mucho más oscuro que aún no han enfrentado del todo. Y mientras ve a los soldados de la A.M.P. moverse con una eficiencia casi inhumana, una pregunta persistente, una duda que late en su mente como una alarma silenciosa, se niega a desaparecer: ¿cómo sabían que debían venir? ¿Quién les alertó con tanta rapidez?

En la esquina del devastado vestíbulo, mientras la caótica pero organizada respuesta de emergencia se despliega a su alrededor, Sariel observa y reflexiona. Desde su camilla, mientras un médico de la Cruz Negra Internacional le aplica con pericia un gel cristalino y frío que neutraliza la energía demoníaca residual de sus graves heridas, él observa todo con una mezcla de satisfacción y una profunda y creciente preocupación.

Sabe, con la certeza de sus eones de existencia, que estas dos organizaciones de élite, la C.N.I. y la A.M.P., no están aquí por una simple coincidencia o por un protocolo de emergencia estándar.

Ambas conocen el mundo sobrenatural a la perfección, pues fueron creadas para lidiar con sus aspectos más extremos. La C.N.I. para sanar las heridas que este inflige, para curar lo que la ciencia mundana no puede. La A.M.P. para erradicar las amenazas que lo habitan, para ser el martillo implacable contra los horrores que surgen de las sombras. Su llegada simultánea y perfectamente coordinada a este distrito alejado solo puede significar una cosa: el juego ha cambiado drásticamente. La batalla que se ha librado esta noche ha dejado de ser un simple enfrentamiento o una cacería personal para convertirse en un asunto de seguridad planetaria, un incidente que ha llamado la atención de los poderes más grandes de este mundo.

Y en el centro de todo, ahora, lo sabe con una claridad absoluta, está ella. La joven Detective Salieri Montenegro, quien, en medio del fuego y la sangre, acaba de Despertar a su verdadero y peligroso legado Sehwert, convirtiéndose, sin saberlo, en una pieza clave en un tablero de juego mucho más grande y letal de lo que jamás podría haber imaginado.

—Detective Montenegro, necesitamos que presente la declaración de todo lo sucedido –Dice uno de los uniformados que acaba de llegar. Es un hombre mayor, de unos cincuenta y tantos años, con un rostro severo y curtido por décadas de servicio, y las insignias de Capitán brillando en el hombro de su impecable uniforme. Claramente, el alto mando ha enviado a alguien de un rango superior para comandar este nuevo y desastroso caso– Asimismo, necesitaremos de su ayuda para coordinarnos mejor con los equipos presentes. Usted es la oficial de más alto rango en esta estación ahora mismo.–

Salieri, quien hasta ese momento había fijado su mirada de intensa preocupación en Sariel mientras los médicos de la C.N.I. lo atendían, ni siquiera se gira para mirar al recién llegado. Su atención está completamente centrada en el joven herido.

—Lo siento, Capitán, pero ahora mismo no tengo tiempo para declaraciones, coordinaciones, papeleo y demás cosas mundanas. Hace poco uno de mis compañeros más cercanos fue gravemente herido en el ataque, y necesito hacerle compañía. –Responde ella, su voz firme y desprovista de cualquier vacilación. Su mirada no se aparta de Sariel, quien está siendo preparado para el traslado por el equipo de la Cruz Negra Internacional.–

El Capitán frunce el ceño, su paciencia, ya de por sí limitada por la magnitud del desastre que lo rodea, comienza a agotarse.

—Entiendo su situación, Detective, de verdad que sí. Pero la muerte de tres oficiales, incluido su padre, y la destrucción casi total de una estación de policía, requiere su testimonio de inmediato, no solo eso, también requerimos su participación I medias para ayudarnos en la coordinación, pues nos enfrentamos a 2 Entidades de Alto Nivel, la A.M.P y la C.N.I, que no solo operan a nivel Nacional sino también Internacional, y usted, como Oficial al Mando Temporal, necesita estar presente, activa y despejada para asumir su rol. Esto es de suma importancia para la investigación y la seguridad del estado. Además, considerando la aparición de la A.M.P, seguramente esto termine convirtiéndose en un asunto de Seguridad Nacional, lo que significa que nos enfrentaremos a las preguntas de Su Majestad Imperial.–

Ella finalmente se gira.

Y sus ojos rojos, ahora sin el más mínimo rastro del miedo o la duda que la embargaban antes, se clavan en los del Capitán con una intensidad tan penetrante y cargada de una autoridad primordial que lo hace retroceder un paso instintivamente. Una nueva y volátil energía, un aura rojiza casi imperceptible pero que eriza la piel de quienes están cerca, comienza a arremolinarse sutilmente a su alrededor, una manifestación de su poder Sehwert recién Despertado y de su creciente enfado.

___________________________________________________

—¡No hay problema Detective!–

Al ver que la furia de una Sehwert recién Despertada está a punto de desatarse sobre ese pobre y burocrático Capitán, y sabiendo perfectamente que la razón indirecta de su enojo por ser interrumpida soy yo, intervengo rápidamente para evitar una catástrofe completamente innecesaria.

Solo espero que el esfuerzo de alzar la voz no termine haciéndome escupir más de mi preciada sangre.

—¡Ya soy un niño grande! –Exclamo, mi tono deliberadamente bromista y un poco más alto de lo necesario, atrayendo la atención de ambos– ¡Ya puedo cuidarme solo!

Mi grito tiene el efecto deseado. La ira en el rostro de la Detective se disipa al instante, reemplazada por una sorpresa que la hace mirarme de inmediato. Un destello de genuina y casi incrédula diversión atraviesa sus ojos rojos, borrando por completo la dureza de su expresión. Aun así, asiente al Capitán con un gesto final de autoridad, cediéndole el control de la escena, y luego se acerca con rapidez a mi camilla.

—Tan pronto como termine aquí iré contigo, ¿de acuerdo? –Me dice, su voz ahora sorprendentemente suave, casi un murmullo. Y entonces, hace algo que me deja completamente estupefacto: con una delicadeza que no esperaba, me acaricia la cabeza como si yo fuera un niño pequeño que necesita consuelo.– Antes me dijiste que debías estar cerca de mí para enseñarme todo lo que sabes, así que, acepto, por lo tanto, ni pienses en escapar de mí, ¿entendido?–

—Oiga, Detective Montenegro, con todo respeto, eso es lo que yo debería decirle a usted –Respondo, mi voz una mezcla de queja fingida y una diversión que no puedo ocultar.– Además, ¿por qué suena como si yo debiera ser el protegido en esta situación? Se supone que yo seré quien la cuide, proteja y guíe a usted, no al revés.–

—Una sonrisa completa, la primera que le veo desde que nos conocimos, ilumina su rostro. Es una visión que, incluso en mi estado actual, me roba el aliento por un segundo. La hace ver increíblemente hermosa y vibrante, a pesar del hollín y la sangre que manchan su rostro– Sí, sí, lo sé, pero primero necesito que te recuperes por completo, así que será mejor que sigas todas las indicaciones qué te den, ¿de acuerdo?–

—Asiento, completamente derrotado por su lógica y, más aún, por esa sonrisa.– Lo haré Detective, ya verá cómo me recupero –Intento alzar mi mano derecha para hacer un gesto de pulgar arriba, un “like” para sellar mi promesa. Sin embargo, el paramédico de la C.N.I. que me atiende me detiene la mano con una firmeza gentil, negando con la cabeza como si le estuviera diciendo a un niño que no toque algo frágil y que debe permanecer quieto..–

Al terminar nuestra conversación, los paramédicos de la Cruz Negra Internacional, con una eficiencia asombrosa, comienzan a mover mi camilla, llevándome con cuidado a través de los escombros hacia uno de sus vehículos blindados y blancos, separándonos a la Detective y a mí, al menos por el momento.

Mientras me alejan, giro la cabeza y mi última visión de ella es una que se grabará en mi memoria. La veo de pie, firme y erguida en medio de la destrucción de su mundo, con su cabello plateado ondeando suavemente por las corrientes de aire que se cuelan por los boquetes del edificio, y sus ojos rojos fijos en mí, conteniendo una promesa silenciosa en su mirada.

Ya no es solo la hija del Oficial Montenegro; es una líder, una superviviente. Una Sehwert en todo su derecho.

Y, para bien o para mal, es ahora mi nueva y muy, muy complicada misión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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