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Ekstern - Capítulo 2

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Capítulo 2: Capítulo 1 – Llegada | 1.2: Escape

_______________ >> 30 segundos >> _______________

El aire se vuelve pesado, cargado de una electricidad estática que precede a la tormenta. Los treinta segundos se arrastran como una eternidad, cada segundo marcado por el eco creciente de las pisadas metálicas que se acercan por el pasillo. Son pasos deliberados, sin prisa, el sonido de depredadores que saben que su presa no tiene escapatoria. Finalmente, se detienen, justo frente a la penumbra de mi celda. Tres siluetas imponentes bloquean la escasa luz del pasillo, proyectando sombras largas y retorcidas que se arrastran hacia mí.

—Vaya, vaya, pero mira esto–

Entonces, una voz cantarina y burlona resuena en mis oídos, una que reconozco al instante y que personalmente detesto con cada fibra de mi ser.

—¿Estás despierto?–

La segunda voz es otra que conozco muy bien. Es una voz profunda, fría y monótona, que emana un desdén tan puro y absoluto por todo lo que le rodea que podría helar el mismo aire.

—Ey, ¿cómo te va?–

La tercera voz, es quizás la más peligrosa. Es tranquila, casi casual, pero en esa calma subyace un desprecio absoluto hacia aquellos que considera inferiores, una confianza nacida de un poder abrumador.

—… –No digo nada. Permanezco en mi posición fetal, la cabeza gacha, mi cuerpo temblando ligeramente, un acto de vulnerabilidad calculado. Simplemente dejo que se acerquen, que su exceso de confianza sea la soga con la que se ahorquen.–

Entonces, ¡CLANK! Un sonido agudo y violento resuena en el lugar, no como un golpe, sino como el de metal siendo cercenado con una facilidad insultante. Un instante después, las barras de hierro de la celda caen al suelo de piedra con un estrépito ensordecedor. Incluso sin mirar, sé exactamente lo que ha pasado: alguno de ellos, probablemente Lumen, ha cortado con suma facilidad los barrotes que nos separan, como si fueran simples ramas secas.

—Oye, ten cuidado–

Antes de entrar en la habitación, uno de ellos advierte con voz gélida, no por preocupación, sino por pura cautela profesional.

—¿Un Círculo para atrapar Demonios eh? –Se pregunta uno, su voz teñida de una diversión condescendiente al notar el diseño en el suelo– Muy astuto–

—Ni tanto –Otro responde, su tono tranquilo y analítico– Este Círculo solo funciona para Demonios de Rango SSS o inferior, no nos afecta en absoluto–

—Oh, perfecto–

Y tras verificar que no hay ningún peligro real para ellos, finalmente los tres entran a la pequeña cárcel. Sus pasos son pesados, seguros. Siento sus presencias cernirse sobre mí, una opresión abrumadora de poder y malas intenciones.

—Oye–

No digo nada. Todo mi ser está concentrado. Siento al Oficial Montenegro en su escondite, una presencia tensa y contenida, esperando la señal. Siento el peso reconfortante del “Custos Riel” contra mis costillas. Y siento el odio ardiente hacia los tres seres que me rodean.

Entonces, muy lentamente, alzo la cabeza. Dejo que mi cabello caiga hacia atrás, revelando mi rostro. Mis ojos, ya no fingiendo derrota, se clavan en los suyos. No hay miedo en mi mirada. Solo una promesa fría y silenciosa de la violencia que está a punto de desatarse.

—Lumen –Murmuro su nombre, la palabra un siseo bajo, casi inaudible. Mis ojos se fruncen, pero no de miedo ni de preocupación, sino con un tono cargado de una profunda y antigua diversión. Sí, diversión. No por la gravedad de mi situación actual, ni porque nos estén subestimando tan arrogantemente. Mi diversión nace del propio Lumen, de su esencia, de la pomposa y teatral figura que ahora se pavonea ante mí.–

Su presencia, debo admitir, está diseñada para intimidar. Para alguien normal que lo viese, o incluso para un Surnaturel de menor categoría, sería una visión abrumadora, una combinación de oscuridad impenetrable y opulencia divina que haría retroceder mentalmente a cualquiera, forzándolo a arrodillarse por puro pavor.

Su figura emerge de la penumbra del pasillo como una silueta imponente, envuelta en sombras y motas doradas que parecen danzar y orbitar alrededor de su ser como un sistema solar personal. Lo primero que llama la atención, lo que define su aterradora estética, es su cabeza. No es humana, ni siquiera demoníaca en el sentido convencional que yo conozco. Es una especie de yelmo que es a la vez una corona y una lámpara estilizada; una estructura compleja de metal oscuro y afiligranado que se retuerce hacia arriba como las puntas de una estrella negra, conteniendo en su interior una luz dorada y brillante que pulsa con un poder contenido, como si miles de estrellas diminutas hubieran sido capturadas en una jaula. Un halo de luz dorada y pura flota detrás de esta corona, un toque de santidad robada que resulta casi blasfemo. Desde esa “cabeza”, emanan destellos de luz que iluminan parcialmente su rostro, revelando rasgos duros, angulosos y marcados, con ojos que parecen dos pozos oscuros pero llenos de una intención arrogante y cruel.

Lumen lleva una armadura negra como la obsidiana, forjada con detalles intrincados que recuerdan tanto a las constelaciones como a los patrones de una telaraña cósmica. Las hombreras, especialmente, son exageradas y puntiagudas, extendiéndose hacia arriba con una ferocidad casi orgánica. Cada placa de metal oscuro refleja débilmente la luz que proviene de su cabeza, creando un efecto deslumbrante que contrasta con la oscuridad que parece adherirse a él. Su cuerpo está parcialmente cubierto por un tabardo largo y ondulante, de un color rojo oscuro, casi carmesí, tan profundo que parece absorber la luz, mientras que pequeños fragmentos y partículas de oro resaltan aquí y allá en su armadura, como si fueran estrellas fugaces que se han adherido a su forma en su viaje por el cosmos. En su mano derecha, sostiene una espada larga y elegante, un mandoble cuya hoja de metal negro también parece estar imbuida de la misma energía estelar, ya que brilla con un fulgor dorado y sutil similar al de su cabeza.

Es, sin duda, una imagen diseñada para inspirar terror y reverencia. Pero yo no soy un humano asustadizo. Yo conozco a Lumen. Conozco la vanidad que se esconde bajo esa armadura, la inseguridad que alimenta su necesidad de parecer un dios caído. Y por eso, en lugar de miedo, lo único que siento es una profunda y condescendiente diversión.

Recuerdo los registros, los ecos de su existencia mortal que flotan en las corrientes del tiempo, accesibles para alguien como yo. En vida, durante la particularmente oscura y violenta Edad de las Sombras (allá por el tercer o cuarto milenio después del evento que los mortales llaman Era del Resurgimiento), este ser que ahora se presenta como un semidiós de luz y oscuridad no era más que un asesino infame y depravado.

Operaba en las laberínticas y siempre lóbregas catacumbas-ciudades de Umbría Profunda, en el corazón de lo que entonces se conocía como la Hegemonía Nocturniana, un régimen tan brutal como la era en la que prosperó. Su especialidad, o más bien la cumbre de su depravación, era la mutilación grotesca de las cabezas de sus víctimas. No se conformaba con el simple acto de matar; él era un “artista”. Transformaba esos cráneos humanos en espantosas y macabras lámparas, utilizando algún tipo de aceite de ballena abisal o una sustancia alquímica fosforescente para iluminar las fosas comunes y los osarios clandestinos donde arrojaba los cuerpos mutilados. Era, en esencia, un farero del inframundo personal que él mismo creaba, un coleccionista de luces macabras.

Claro está, tales actos de perversidad no pasan desapercibidos para las entidades que juzgan las Almas al final de sus caminos mortales. Los Jueces Infernales, esos burócratas implacables del castigo eterno, tomaron su caso. Y en su muy particular y retorcido sentido de la justicia poética y el castigo ejemplar, lo condenaron a una eternidad que reflejara su crimen. Lo sentenciaron a llevar por siempre una lámpara en lugar de su propia cabeza. Aunque, no es una simple sustitución: esa luz dorada y brillante que ahora emana de su cuello es una fuente de tormento incesante. Es un fuego que consume y purga su alma sin fin, un dolor que, si me concentro, puedo casi sentir vibrar en el aire a su alrededor como una disonancia energética. Cada parpadeo de esa luz, cada destello que parece tan majestuoso, es para él una agonía renovada, un recordatorio eterno de su propia crueldad.

Y entonces, apareció Luciel. El Regente del Infierno se interesó en él y lo reclutó para sus filas. ¿Por qué? No por alguna habilidad estratégica sobresaliente que Lumen pudiera ofrecer, ni por una maldad que superara a la de otros billones de almas condenadas. No. Luciel lo eligió por el simple y perverso hecho de que su castigo le pareció gracioso. Encuentra absolutamente hilarante la ironía cósmica de un hombre que creaba lámparas con las cabezas de otros, ahora condenado a ser él mismo una lámpara viviente y sufriente por toda la eternidad.

Así es Luciel en su esencia más pura: su crueldad a menudo se viste con el manto de un humor negro, caprichoso y profundamente sádico. Ver a Lumen, con su imponente armadura y su cabeza-lámpara pulsando de dolor a cada instante, simplemente le hace reír. Y esa, y ninguna otra, es la única razón por la que esta desdichada y pomposa criatura sigue existiendo a su servicio: para ser el chiste personal y andante del señor del Infierno.

—Zakech –Murmuro su nombre a continuación, mis ojos moviéndose fríamente desde el ostentoso Lumen hacia el otro sujeto que se yergue detrás de él. Mi mirada se clava en esa armadura negra y afilada, y en mi mente se forma una ironía tan absoluta que es casi dolorosa. El mismo individuo que una vez fue traicionado de la forma más cruel, ahora se ha convertido en el perro faldero de otro traidor. Qué patético.–

Su figura emerge como una silueta imponente y antinatural, envuelta en sombras que parecen moverse con vida propia, adhiriéndose a su forma esquelética como si fueran tentáculos de la oscuridad misma. Es un ser diseñado para la caza y la muerte silenciosa, una encarnación de la depredación.

Zakech lleva una armadura de un negro mate, angulosa y esquelética, forjada con detalles que recuerdan a los huesos de una bestia demoníaca y al quitinoso caparazón de un insecto depredador. Cada placa de metal, afilada como una cuchilla, parece estar cubierta de símbolos oscuros y runas antiguas que, si te fijas bien, brillan con un resplandor rojizo muy tenue, como si estuvieran permanentemente impregnadas de sangre y malicia. Su yelmo, elegante y aterrador, no tiene rasgos humanos; es una máscara de hueso lisa y alargada que se curva hacia atrás en una larga cresta, como un cuerno o el aguijón de un escorpión, con una borla de tela roja ondeando desde su extremo como una bandera de guerra. A través de una visera estrecha, se pueden ver sus ojos, dos ascuas que brillan con un fuego rojo intenso e inquebrantable, las llamas de un infierno invisible y personal.

Su postura es la de un cazador paciente. En su mano derecha sostiene con ligereza una lanza de dos puntas, un arma de asta con una empuñadura central. Sus hojas gemelas, largas y de un diseño brutalmente eficiente, están teñidas de un rojo sangre tan intenso y fresco que parecen gotear, como si acabara de ser bañada en el fluido vital de cientos de almas. De hecho, puedo ver cómo un lento goteo carmesí cae desde la punta inferior del arma, formando un pequeño y creciente charco a sus pies. La lanza está conectada a su guantelete por una cadena de metal oscuro, que cuelga con un tintineo siniestro con cada mínimo movimiento, y que parece estar cubierta de salpicaduras de sangre seca. Desde su cintura cuelga lo que parece ser una capa o un taparrabos negro, hecho jirones, que ondea con un viento invisible, tan desgarrado y oscuro que sus restos parecen plumas de cuervo arrancadas, cada una de ellas impregnada de sombras y maldad.

Cuando lo veo, inmóvil y amenazante, no puedo evitar pensar en la fragilidad de los imperios y la terrible oscuridad que puede anidar en un corazón que una vez juró honor inquebrantable. A su vez, no puedo evitar la amarga ironía de su pasado y su presente, una tragedia que he visto repetirse en innumerables mundos.

Él fue, en tiempos remotos, un Caballero de la Corona del ahora extinto y casi olvidado Imperio de Elan. Estamos hablando de la Edad del Silencio, en los primerísimos y caóticos siglos después del evento del Resurgimiento, una época de hierro y sangre donde los cimientos del nuevo mundo apenas se estaban asentando sobre las ruinas del anterior. En esa era, Zakech era la personificación misma de la lealtad ciega, la espada perfecta de su soberano. Cometió un sinfín de crímenes atroces en nombre de su Emperador: purgas de casas nobles rivales, masacres de pueblos que se atrevían a rebelarse, actos de una crueldad inimaginable para asegurar la estabilidad del trono. Todo lo hizo creyendo que servía a un bien mayor o, al menos, a la voluntad incuestionable de su Emperador. Él no preguntaba, no cuestionaba; solo obedecía, manchando sus manos y su alma una y otra vez con una eficiencia aterradora.

Pero el destino, o más bien la siempre presente vileza humana, le jugó una carta inesperada y brutal. Para su total y absoluta sorpresa, su amado Emperador, una vez que Zakech ya no fue útil o se volvió políticamente inconveniente, no solo no le mostró gratitud por sus “servicios”, sino que lo recompensó con una sentencia de muerte. Y no una muerte honorable en el campo de batalla, no, eso habría sido un regalo. En cambio, lo despojó de su honor en una ceremonia pública, lo humilló frente a la misma corte que él había ayudado a proteger, profirió insultos contra el linaje de sus ancestros (un golpe bajo y devastador para cualquier caballero de la orgullosa cultura de Elan) y condenó a toda su familia, desde sus hijos hasta sus primos lejanos, a la ejecución o al exilio.

Tan solo recordar los registros históricos de ese evento me hace casi imaginar la bilis, el veneno negro y corrosivo del odio que debió inundar el alma de Zakech en ese momento, transformando su lealtad en una sed de venganza tan pura y absoluta que debió eclipsar el mismo sol.

Fue aquí, en su momento de más profunda desesperación y odio, arrodillado en el fango de la traición, donde nuestro buen y siempre oportuno Luciel le tendió una “mano amiga”. Se le apareció a un pobre ser que finalmente había despertado a la cruda realidad del mundo y que ahora solo deseaba ver arder todo lo que una vez amó. Sí, Zakech hizo un pacto con él. Uno de esos acuerdos faustianos que siempre tienen un precio exorbitante y están escritos con letra pequeña infernal. A cambio de su servidumbre eterna, Luciel le concedió el poder y el permiso para regresar al Erden, el mundo terrenal, con un único y devastador propósito: consumar su venganza.

Y vaya si la consumió. Gracias a este trato infernal, el poder de Zakech se multiplicó exponencialmente. No solo torturó y asesinó a su antiguo Emperador de una forma que las crónicas apenas se atreven a describir, sino que se aseguró de aniquilar a toda la Familia Imperial. Se convirtió en un espectro de la muerte, buscando y exterminando a parientes cercanos, a los más lejanos, a cualquiera que llevase una sola gota de esa sangre maldita en sus venas. Fue una masacre sistemática, brutal y metódica.

El resultado directo de esta venganza personal, magnificada por el poder de Luciel, fue la caída total del Imperio de Elan. Un imperio que en sus días de gloria había sido próspero y vasto, se desmoronó hasta sus cimientos, devorado por el odio inextinguible de un solo hombre. Este, como tantos otros, es un sombrío recordatorio de cómo las pasiones de un individuo, cuando se les da el poder suficiente, pueden destruir legados de siglos.

¿Algo más sobre el Imperio de Elan? Bueno, hoy en día, si uno mira los mapas actuales del Erden, su antiguo territorio ya no existe bajo ese nombre. Ahora, sobre sus cenizas, se levantan la moderna República de Myras y la belicosa Alianza Tribal de Korasia, naciones que se construyeron sobre los huesos y las ruinas que dejó la venganza de Zakech.

¿Y él? Bueno, él sigue aquí. Un eco de la lealtad rota y la furia eterna, atado por un pacto inquebrantable a Luciel, cumpliendo sus órdenes, una herramienta perfecta forjada en el fuego de la traición.

—Aren –Finalmente, mi mirada se concentra en el tercero y, sin duda, el más peligroso del trío. Aquel que yace recostado con una displicencia insultante en el marco de la celda recién destruida, observándome. No necesito ver su rostro para percibir la ligera sonrisa burlona que sé que se esconde tras esa máscara, una mueca silenciosa que me está diciendo “patético”.–

Su figura, su silueta, es claramente elegante y sombría, envuelta en un aura de misterio y un poder inmenso y cuidadosamente oculto. A diferencia de la opulencia ruidosa de Lumen o la ferocidad evidente de Zakech, el peligro de Aren es más sutil, más refinado. Lo primero que llama mi atención es su máscara, una pieza de un negro profundo que recuerda a las máscaras grotescas y alargadas utilizadas por los doctores medievales durante las grandes plagas, pero refinada con detalles que la convierten en algo mucho más sobrenatural y siniestro.

Aren lleva lo que podría describirse como un traje formal de una era oscura, confeccionado con materiales que parecen absorber la luz, creando un efecto opresivo de negrura absoluta. La chaqueta, de corte largo y con los bordes elegantemente raídas, como si las mismas sombras la estuvieran deshilachando, está adornada con detalles dorados que brillan con una luz tenue pero persistente, como si fueran reflejos de un fuego interior, dándole un aire de refinamiento diabólico.

Sobre su cabeza descansa un sombrero negro de ala ancha, que le otorga un aspecto a la vez aristocrático y fúnebre. La máscara que cubre su rostro es larga y puntiaguda, como el pico de un ave de mal agüero, con orificios pequeños y oscuros para los ojos, unos que parecen vacíos, pero sé por experiencia que tras ellos arden destellos carmesí, llamas encerradas en un vacío existencial. Y aunque no puedo ver sus labios, casi puedo sentir cómo su respiración, lenta y mesurada, parece estar cargada de veneno y una maldad paciente.

En su mano derecha sostiene una espada qué, a simple vista, parecería un elegante bastón largo y negro, probablemente apoyada a su lado o guardada mediante algún arte dimensional. Su punta, sé por los registros, está hecha de un metal oscuro que absorbe el alma, y su cuerpo está adornado con símbolos antiguos y runas que parecen moverse ligeramente, como si estuvieran vivas y hambrientas.

Su otra mano descansa con calma sobre su cadera, cubierta por guantes de cuero negro que tienen detalles metálicos en los nudillos y de los que cuelgan finas cadenas que tintinean suavemente con cada mínimo movimiento. Por último, alrededor de su cuello, sobre el cuello almidonado de su camisa, cuelga una prominente y pesada cadena dorada con un colgante en forma de cruz invertida, otro símbolo vulgar y evidente que busca resaltar su naturaleza caída y su lealtad a su nuevo señor.

Él… él es un capítulo oscuro, una nota a pie de página trágica en la gran epopeya de la Gran Guerra Celestial, ocurrida hace ya unos 3.07 mil millones de años. Es el testamento viviente de una lealtad ciega forjada en el fuego de la rebelión.

Lo recuerdo bien, no como este espectro gótico que se apoya con displicencia en el marco de mi celda, sino su figura entre las huestes celestiales de aquellos tiempos remotos. Recuerdo el brillo de su armadura, la luz que emanaba de su ser. Un Ángel, o más bien, un Serafín; ese era el Título que ostentaba con honor en aquellos años, antes de que su luz se corrompiera y su título cambiara al de Malakhel, tras su caída en desgracia del Cielo.

Se unió a la causa de Luciel con una convicción ardiente. Aquella defensa encarnizada y, para muchos, herética, de las “Corrupciones Conscientes”. Esos eran los seres que, eones después, el resto del universo conocería como los Surnaturel. Se unió a esa causa cuando la Diosa Astel, en su antigua y terrible severidad, en una época en la que su juicio era absoluto y su poder, implacable, había ordenado el exterminio total de toda forma de Corrupción. No le importó en su decreto que estos seres conscientes fueran diferentes de las Corrupciones comunes, esas bestias sin mente que solo existían para destruir y consumir. Para la Astel de aquel entonces, la corrupción era una plaga, y toda plaga debía ser purgada sin excepción.

Sí, Aren formaba parte de ese bando rebelde. Un bando que, en su mayoría, creyó en la visión de Luciel, o quizás, simplemente, creyó en la justicia fundamental de proteger a quienes, contra todo pronóstico, habían alcanzado la consciencia dentro del caos. Su causa era proteger a aquellos que eran diferentes del típico arquetipo de destrucción, aquellos que demostraban tener la capacidad de sentir, de razonar, de amar.

Sin embargo, la guerra, como todas las grandes conflagraciones ideológicas, tuvo un desenlace tan complejo y agridulce como la causa que la originó. En cierto modo, Luciel logró su objetivo primordial: las Corrupciones Conscientes sobrevivieron. Su existencia forzó a la misma Astel, tras presenciar su capacidad para el sacrificio y el amor, a reconocer el error de su juicio absolutista, una admisión que cambiaría el curso de la historia cósmica. Sin embargo, el precio a pagar por esa victoria fue terrible, una herida que aún hoy supura. El primer y más devastador coste fue la pérdida de la amada esposa de Luciel, Erste. Ella, una Corrupción Consciente y la primera de su especie en desligarse por completo del Caos primordial, fue aniquilada, su Alma enviada al Vacío eterno e irrecuperable por un despliegue del Poder Origen de Astel durante el clímax de la batalla. El segundo precio, para muchos de los que siguieron a Luciel, como Aren, fue el exilio. Un exilio que su propio Líder eligió, consumido por el dolor de su pérdida, decidiendo abandonar los cielos que ya no podía considerar su hogar.

Así, Aren, junto a los incontables miembros de su misma facción, fueron expulsados de las alturas celestiales. Despojados de su antigua Celestialidad, de su luz y de su hogar, fueron desterrados al Erden, este mundo terrenal que ahora todos compartimos, un lugar ajeno y a menudo hostil para seres de su naturaleza.

Pero, eso no fue todo. Su historia no terminó en un exilio miserable. Más tarde, encontrarían en el Gehena un nuevo pero gratificante hogar para vivir. Un hogar que, irónicamente, mi hermana y yo construimos para ellos y para otros como ellos. Yo, siendo el constructor de este Espacio dimensional, el arquitecto de sus leyes físicas y su conexión con el flujo del tiempo, lo anclé a la existencia de este mundo, vinculándolo a la Administradora Astel. (Y sí, por si se lo preguntaba, este mundo lleva el mismo nombre que su Administradora, pero no es por un acto de narcisismo divino. Es debido a una ley inquebrantable y fundamental del Sistema de Administradores de Mundos: el creador y la creación son, en esencia, uno). Y ella, Elaine mi amada hermanita, fue la diseñadora. Fue la artista que pintó ese lienzo vacío que yo había preparado, haciendo una recreación de los paisajes más hermosos de distintos mundos que ella misma visitó en sus viajes, fusionando sus lugares favoritos en un solo paraíso.

¿O qué? ¿De verdad creía usted, o quienquiera que escuche estas historias, que el Gehena era solo rojo, fuego, calor insoportable y sufrimiento eterno? No, no, no. Ese lugar que describen es el Infierno, un subespacio deliberadamente sombrío y punitivo ligado al Gehena, un reino que el propio Luciel y sus Malakhel más leales dirigen para sus propios y oscuros propósitos.

En cambio, el Gehena que mi hermana y yo creamos es un mundo de paz y vida. Es un reino de un verde vibrante, de naturaleza salvaje y majestuosa, de cielos despejados de un azul que avergonzaría a los de muchos mundos. Posee cuatro estaciones bien definidas, cuyos ciclos marcan la vida y la muerte en una danza eterna: Arc, la primavera del renacimiento; Vesavi, el verano de plenitud; Esen, el otoño de la melancolía dorada; y Hivern, el invierno del silencio y la introspección. Sus climas son idénticos a los del Erden, y como este, también tiene sus lugares peligrosos, sus bosques oscuros y encantados, sus desiertos de arena cristalina, y una fauna de todo tipo, desde la más dócil hasta la más letal.

Sí, es básicamente un Erden en miniatura. Un santuario. Un lugar donde los Malakhel, como Aren, pudieron encontrar un refugio, un lugar para disfrutar de una existencia con propósito, un hogar que fue ganado gracias a su propio esfuerzo y sacrificio en la Gran Guerra.

Y siguiendo con Aren, la lealtad de este hacia Luciel es de una naturaleza tan absoluta que incluso yo, después de incontables eones observando alianzas y traiciones, debo reconocerla como inquebrantable. Es uno de sus seguidores más cercanos, más devotos; podría decirse sin exagerar que es su propia mano derecha, un ejecutor de su voluntad tan fiable como la misma ley de la gravedad.

Tanto es así que, durante los momentos más críticos y desesperados de la Gran Guerra Celestial, él personalmente se enfrentó en combate singular a Mikleo, el propio hermano de Luciel, el actual Regente del Cielo, mano derecha de la Diosa Astel y, al igual que Luciel, otro Azelvi (Y por cierto, los Azelvi son una clase de ser celestial de un poder tan formidable que están por encima de los Serafines y solo por debajo de la propia Astel). Aren se interpuso en el camino de Mikleo en un intento desesperado y casi suicida por ganar tiempo, por permitir que su Amo, Luciel, formulara alguna estrategia de último momento que revirtiera el curso de una batalla que se estaba perdiendo catastróficamente. Fue un combate feroz, un choque de voluntades y poder celestial que, según entiendo, aún debe recordarse con asombro en los anales del Palacio Celestial y cuyas leyendas se describen con temor en los textos sagrados de las Iglesias del Altern.

Lamentablemente para su causa, y a pesar de su valiente sacrificio, la balanza se inclinó con demasiada rapidez. La derrota, o al menos la conclusión desfavorable de la guerra para su bando, llegó sin demasiada tardanza. No obstante, incluso en la adversidad más aplastante, incluso desterrado de su hogar y con un futuro incierto y sombrío, Aren continuó siendo un pilar de lealtad inquebrantable para un Luciel devastado por el dolor. Lo siguió a través de los vastos y a menudo hostiles territorios del Erden, protegiéndolo de las amenazas que los acechaban. Finalmente, se estableció en Gehena, donde fue instrumental, una pieza clave en la ardua y monumental tarea de ayudar a Luciel a gobernar este nuevo lugar, tanto el propio y pacífico Gehena como, después, el lúgubre Infierno que construyeron en sus entrañas.

Y eso, lamentablemente, nos trae al presente.

De los tres individuos que hemos estado considerando, Aren es, sin la menor duda, el más peligroso en este momento. El hecho de que ostente, según los informes de inteligencia más fiables y mis propios conocimientos al tener enfrentamientos físicos contra él, cerca de un ochenta por ciento del poder de Luciel, es una afirmación que hiela la sangre. Luciel, como dije antes, es un Azelvi, una entidad de un poder formidable, capaz de rivalizar con deidades. Y un ochenta por ciento de esa magnitud es una fuerza que supera con creces, de forma casi insultante, nuestras capacidades actuales combinadas.

Así que sí, la conclusión es tan simple como aterradora: nosotros, el Oficial Montenegro y yo, no somos rivales para él en un enfrentamiento directo, no tal como estamos ahora.

Si yo fuera mi antiguo yo, en la plenitud de mi poder, lo habría derrotado sin mayores problemas, probablemente lo habría desintegrado con un pensamiento. Pero actualmente, con el noventa y nueve punto nueve por ciento de mi ser bloqueado, no soy más que un vestigio, un eco de lo que fui. Por lo tanto, subestimarlo, dejarme llevar por mi antigua confianza, sería un error estúpido con consecuencias inmediata y absolutamente fatales.

—Mierda –Pienso, mi mente corriendo a una velocidad vertiginosa, formulando y descartando docenas de posibles escenarios en un instante. La presencia de Aren lo cambia todo; es el verdadero eje del poder aquí, y mi única esperanza es encontrar una manera de escapar de él, no de enfrentarlo.–

La parte buena de esto, si es que se le puede llamar así, es que al menos Aren es de los que primero dialogan y luego actúan. A pesar de su inmenso poder, posee el típico arquetipo de un villano supremo que disfruta saboreando su victoria, que goza viendo la desesperación en los ojos de sus víctimas antes de finalmente cazarlas. Además, su arrogancia le hace ser un observador, no un actor impulsivo. No suele hablar mucho (una ironía, considerando el poder de su antigua voz celestial), se concentra únicamente en el análisis de la situación y no ataca a menos que realmente se sienta en peligro o se lo ordenen directamente. Probablemente sea un vestigio de su antigua naturaleza; no es un Demonio movido por el caos, sino un Serafín caído, un ser de orden y propósito, incluso si ese propósito ahora es oscuro. Fue un elegido por un Azelvi para ser su mano derecha, un puesto por el que otros Serafines se peleaban en ese entonces, y esa disciplina, esa paciencia, aún persiste bajo capas de maldad.

—Oh, finalmente nos ves. Creí que te quedarías acurrucado como un insecto asustado para siempre. –La voz castrosa y petulante de Lumen suena en mis oídos, su particular tono burlesco, que siempre me ha parecido insufrible, hace que apriete los dientes con fuerza. Al mismo tiempo, lo veo agacharse con una fluidez teatral para ponerse a mi altura, su rostro-lámpara a escasos centímetros del mío. Es un movimiento típico de él; le encanta estar cerca de sus víctimas para jugar con ellas, para ver el terror reflejado en el brillo de su propia y eterna tortura.–

—Hola, lamparita –Me burlo de él sin la más mínima vacilación, mi voz cargada de un desdén deliberado tan pronto como lo veo en cuclillas frente a mí.–

El efecto es inmediato. El cuerpo de Lumen se pone rígido al instante, la luz dorada que emana de su “cabeza” parpadeando con una intensidad errática que delata su furia. Si hay algo que este tipo odia con toda su alma, es que se burlen de la lámpara que lleva como yelmo; ese castigo irónico y humillante que le recuerda a cada segundo su patético pasado como asesino mortal.

—¡Tch! –Exclama con un siseo de enfado contenido– Como sea. Búrlate todo lo que quieras, te lo concedo. Después de todo, no te queda mucho tiempo para seguir haciéndolo.–

—Si claro, lo que tu digas, mi pequeña lámpara de mesa –Le respondo, dejando escapar una risa ligera y condescendiente, avivando el fuego de su ira.–

En menos de un parpadeo, la diversión se acaba. La espada larga y elegante de Lumen se materializa en su mano y su punta se cierne a un centímetro escaso de mi cuello, lista para cortarlo de lado a lado. El aire se enfría por la proximidad del metal imbuido, y puedo sentir la energía crepitante que emana de la hoja. Es un movimiento que, en estos momentos, sería sumamente sencillo de completar; la falta de escudos protectores en mi cuerpo debilitado me convierte en un blanco fácil.

Sin embargo, antes de que él pudiera llevar a cabo la decapitación que todos en esta habitación, incluido yo, pensamos que haría, una mano enguantada en metal negro se posa firmemente sobre su hombro, deteniendo su avance en seco. Es Zakech.

—Todavía no –La voz de Zakech, fría y desprovista de emoción, corta el aire tenso. Su mano enguantada en metal negro se posa sobre el hombro de Lumen, y su agarre, aunque no parece violento, es de una firmeza absoluta que detiene en seco al enfurecido ilusionista.–

—Si, si, lo que digas –Masculla Lumen a regañadientes, retirando su arma con un movimiento brusco y frustrado. La energía crepitante de la hoja se disipa, pero la furia en la luz parpadeante de su cabeza-lámpara sigue ardiendo.–

—Zakech ignora la pataleta de su compañero y da un paso hacia mí. El sonido metálico y agudo de su armadura esquelética hace eco en toda la habitación con cada movimiento, un recordatorio constante de su naturaleza depredadora. Finalmente, se detiene, su imponente figura cerniéndose sobre mí, a escasos centímetros de mi rostro.– Su Majestad desea saber dónde está –Comienza, su aliento invisible se siente frío y estancado–

—¿Qué? –Pregunto, la duda genuina dibujándose en mi expresión. ¿A qué se refiere? ¿A algún objeto? ¿A una persona?–

—¿Dónde está? –Vuelve a preguntar, su voz bajando a un siseo más intenso, su paciencia claramente limitada– El alma de Ella, la qué Él busca–

Nuevamente, quedo atónito. Un frío que no tiene nada que ver con la temperatura de este lugar se apodera de mí. No solo por la mención de “el alma de Ella”, sino también, y sobre todo, por ese pronombre ominoso: “Él”.

¿Acaso “Él” será…? No, es imposible. Absolutamente imposible. Él está sellado más allá de toda comprensión, en una prisión que ni el tiempo puede erosionar. Ninguna herramienta o manipulación externa conocida puede destruir ese sello o incluso hacerle un rasguño, no sin los instrumentos y medios primordiales que se perdieron hace eones.

—¿Él? –Pregunto en voz alta, la incredulidad tallada en cada rasgo de mi rostro, mi voz apenas un hilo.–

—Una ligera y seca risita, desprovista de cualquier humor, escapa de detrás de la máscara de Zakech.– Parece que de verdad no lo sabes. ¿Acaso tu querido Mikleo no te lo contó? Qué gracioso. Y yo que pensé que él era tu gran amigo, tu confidente en los altos cielos –Responde, su tono cargado de una burla venenosa y certera.–

En ese instante, sus palabras actúan como una llave. Un recuerdo fragmentado se viene a mi mente con la fuerza de un relámpago: una visión fugaz de una carta dorada, sellada con un poder inconfundible, traída por un Trono (un Ángel de la más alta jerarquía, cuya forma real es una rueda de ojos y fuego) horas antes de mi fatídico encuentro con Luciel. Sin embargo, debido a que alguien me interrumpió, no pude leerla.

¿Acaso advertía sobre esto?

—¿Entonces Él-…?–

—No importa –Interrumpe Zakech bruscamente, cortando mi naciente horror. Su paciencia se ha agotado– Luciel nos dio la orden de eliminarte para que no puedas interferir en sus planes, así que…–

Una lanza de dos puntas, su arma personal, se materializa en su mano derecha en un destello de sombras y luz carmesí. Esa misma lanza que, en el pasado, ha segado incontables vidas, tanto de inocentes como de culpables, un instrumento de una eficacia letal.

—Aren, ¿tienes algo que decir? –Zakech, a pesar de su clara intención, dirige su mirada hacia el tercer miembro del grupo, deferente a su autoridad.–

No solo él, Lumen y yo también lo miramos. Sin embargo, Aren no suelta palabra alguna. Sigue en su misma posición, ahora recargándose con una calma insultante en la pared al lado de los barrotes rotos, imperturbable, sin rastro de emoción alguna en su postura. Simplemente nos observa desde su máscara de plaga, un espectador silencioso de nuestro pequeño “teatro”.

—Bueno, parece que eso es un no –Concluye Zakech al ver que su líder no interviene. Al no recibir una contraorden, se gira hacia Lumen– Ve tu primero, considéralo como saldada la deuda qué tengo contigo–

—Una sonrisa torcida y cruel se extiende por los labios invisibles de Lumen. Se ríe un poco, un sonido desagradable y lleno de anticipación.– De acuerdo–

Esta vez, con el permiso explícito de alguien de mayor autoridad, Lumen ya no tiene motivos para detenerse. Toma con firmeza el pomo de su espada estelar, el poder dorado de la hoja intensificándose. Tras esto, se vuelve a poner en cuclillas frente a mí, moviendo lentamente su arma de un lado a otro, permitiéndome ver con claridad ese poderoso filo, uno que también, en el pasado, ha puesto fin a incontables existencias. Su luz dorada se refleja en mis ojos, y en ella, veo la promesa de una muerte inminente.

—¿Últimas palabras? –Dice Lumen, su voz un ronroneo sádico, la punta de su espada dorada a un suspiro de mi garganta. Su cabeza-lámpara pulsa con una luz triunfante, convencido de su victoria.–

Mientras su atención y la de Zakech están completamente fijadas en mí, en el lugar exacto de mi cuerpo donde quieren atacar, mi mirada se desvía, solo por una fracción de segundo, hacia un punto en la penumbra detrás de ellos. Ninguno de los dos, absortos en su juego de poder, nota al Oficial Montenegro saliendo con la lentitud de un espectro de su escondite, el cañón de la “Grabenbrecher” elevándose sin un solo sonido hasta apuntar directamente a la espalda de Zakech. A su vez, tampoco notan, cegados por la arrogancia y la proximidad, cómo mi mano, que supuestamente se aferraba a una herida en mi costado, se desliza con una delicadeza fantasmal hacia el interior de mi saco. Mis dedos se cierran alrededor de la fría empuñadura de madera del “Custos Riel”. Con la precisión que me otorgan eones de práctica, muevo el pequeño revólver hasta que su cañón apunta directamente al pecho de Lumen, exactamente hacia la zona donde latiría un corazón.

—Levanto la vista, mis ojos encontrando la luz pulsante de mi verdugo– No tengo ninguna, lamparita–

¡Bang!

El sonido de un poderoso disparo, una detonación atronadora que se supone que no debería provenir de un pequeño revólver de diseño antiguo, estalla en la habitación confinada. El retroceso golpea mi mano con una fuerza inesperada, pero mi agarre es firme. La bala, imbuida con la energía oculta de la ZWF, impacta a Lumen a quemarropa.

—¿Q-qué…? –Su pregunta es un graznido de incredulidad, sus ojos orgánicos inexistentes seguramente abiertos de par en par. La luz de su cabeza parpadea violentamente, como una bombilla a punto de estallar–

Antes de que Zakech o el imperturbable Aren puedan reaccionar a esta súbita traición de las expectativas, empujo a Lumen con una fuerza explosiva nacida de la pura desesperación. Su cuerpo se desploma hacia un lado con un estrépito de metal y tela. Al ver su oportunidad, el Oficial Montenegro no duda. Aprieta el gatillo y la escopeta ruge, escupiendo una llamarada que impacta a Zakech en la espalda. No es una perdigonada común; es el pulso de choque sónico-etéreo. El cuerpo de Zakech se convulsiona y se paraliza por un instante, completamente aturdido. El Oficial, sin perder un segundo, sigue disparando, el estruendo de los siguientes cartuchos llenando el aire, no para herir, sino para mantener la confusión y la presión.

Cuando el último cartucho es expulsado con un “clic” vacío, saca de su bolsillo una pequeña granada de mano, le quita el seguro y la arroja al centro de la celda.

Tras un siseo agudo, el artefacto estalla, no con fuego, sino con una detonación ahogada que revela una fuerte y espesa cortina de humo negro y acre que inunda el espacio en segundos, ahogando la luz y el sonido.

—¡Corre hijo, corre! –Escucho el grito gutural y apremiante del Oficial Montenegro emergiendo de entre el humo denso.–

En un instante, tras taparme la boca con el antebrazo para no ahogarme, reúno todas las fuerzas que me quedan. Cada músculo protesta, pero el instinto de supervivencia es más fuerte. Salgo disparado a la velocidad de la luz (metafóricamente, pues no me queda poder para tal hazaña) de la celda ahora abierta. Atravieso la nube de humo, siguiendo el sonido de los pasos del Oficial, quien me indica con un gesto brusco que lo siga. Juntos, como dos sombras huyendo de un infierno desatado, salimos a la carrera del bloque de celdas donde, hace apenas unos minutos, él me mantenía cautivo, dejando atrás a tres de los seres más peligrosos del mundo, momentáneamente sumidos en el caos y la sorpresa.

—¡ALERTA! ¡ALERTA! ¡ALERTA! DEMONIOS DE ALTO RANGO DETECTADOS EN EL SECTOR GAMMA. ¡INICIANDO PROTOCOLOS DE CONTENCIÓN DE EMERGENCIA! ¡CIERRE DE COMPUERTAS ACTIVADO!–

Apenas salimos del bloque de celdas y nos adentramos en un pasillo principal, una voz robótica femenina, fría e impersonal, resuena con una estridencia ensordecedora desde altavoces oxidados en el techo. Inmediatamente, las luces blancas que iluminaban débilmente el corredor se apagan, sumiéndonos en una oscuridad casi total por un segundo, solo para ser reemplazadas por el parpadeo rítmico e infernal de luces rojas de emergencia. El pasillo entero se inunda en un pulso carmesí que pinta las paredes húmedas y los charcos del suelo con un brillo sangriento, transformando nuestro camino de huida en una pesadilla claustrofóbica.

—Si lo que dijiste es cierto, las defensas de este lugar no servirán de mucho contra ellos. Son protocolos para Demonios estándar, no para… eso –Me dice el Oficial Montenegro, su voz un grito ahogado para superar el estruendo de la alarma. Su rostro, bañado en la luz roja intermitente, muestra una expresión de extrema urgencia– ¡Tenemos que salir de aquí, ahora!–

Corremos. El aire es espeso, cargado con el olor a ozono de la explosión, a pólvora y a la humedad rancia del subterráneo. Pasamos a toda velocidad por varios pasillos más, cada uno un laberinto de tuberías y paredes de bloques de hormigón.

—¡Por aquí! –Grita el Oficial, señalando hacia un pasillo particularmente oscuro y estrecho.–

Al no saber a dónde ir, pues nunca he estado en este sitio y cada corredor me parece idéntico al anterior, me limito a asentir con la cabeza, una sensación extraña y desagradable de dependencia instalándose en mi interior. Por primera vez en incontables milenios, mi supervivencia depende enteramente de la guía de otro ser. Decidido, me concentro en seguirlo, pisando donde él pisa, esquivando los mismos obstáculos.

—Vaya…–

Me detengo por un instante, recuperando el aliento, y al mirar a los lados, me doy cuenta de que el Oficial Montenegro realmente no mentía cuando dijo que estábamos en el desagüe. La palabra no le hace justicia.

El pasillo que se extiende ante nosotros es una visión de decadencia industrial. Es un túnel largo y opresivo, cuyas paredes de grandes bloques de hormigón sudan una humedad perpetua, el agua sucia trazando caminos oscuros sobre la superficie gris y agrietada. Una red de tuberías gruesas y oxidadas recorre las paredes y el techo bajo, como las venas y arterias de una bestia metálica muerta hace mucho tiempo. El suelo es un desastre traicionero; un manto de agua estancada y fétida cubre la mayor parte de la superficie, reflejando macabramente las luces rojas de emergencia que parpadean desde los apliques rectangulares del techo. Sobre el agua, baldosas de piedra sueltas y rotas forman un camino precario, una senda irregular que amenaza con hacerte perder el equilibrio a cada paso. Hacia el fondo, el pasillo se pierde en una oscuridad tan profunda que parece sólida, un abismo que promete devorar toda la luz y la esperanza. El aire aquí es aún más denso, cargado con el hedor a moho, a podredumbre y a metal oxidado.

Este no es solo un desagüe. Es una catacumba, una herida supurante bajo la piel de la ciudad. Y ahora, es nuestra única ruta de escape.

Sin embargo, a medida que avanzamos, se notaba con una claridad cada vez mayor que este no era un simple desagüe. Sus pasillos eran deliberadamente intrincados y laberínticos, dispuestos de este modo no solo para el flujo de agua, sino para confundir a cualquier intruso o, en este caso, evitar que los Demonios capturados pudieran escapar. Y ahora, por todo el lugar, en las paredes, los pisos e incluso los techos, los Círculos Akrani que antes eran meros dibujos de tiza, ahora brillaban con una tenue pero ominosa luz rojiza, activados por la alarma general debido a la amenaza potencial de esos tres tipos, pulsando al unísono con las luces de emergencia, creando una red de contención mágica a lo largo de todo el complejo.

Sí, se nota que este lugar está preparado, o al menos lo estuvo en su momento, para aceptar casos potencialmente peligrosos. Aunque dudo que sus diseñadores originales contemplaran a alguien del calibre de Aren.

—¡¿A dónde vamos?! –Pregunto, mi voz un jadeo entrecortado mientras corro a toda la velocidad que mi mermado cuerpo puede alcanzar. Mis pulmones arden, y cada chapoteo en el agua sucia parece robarme un poco más de energía.–

—¡Solo sígueme y no te detengas! –Exclama él, sin voltear a verme, con la vista siempre al frente. Corre con una agilidad sorprendente para su edad, analizando rápidamente cada bifurcación del túnel, cada esquina, tomando decisiones en una fracción de segundo.–

Así, tras correr durante lo que parecieron ser varios minutos interminables, con el sonido de la alarma taladrando nuestros oídos y el eco de nuestros pasos persiguiéndonos como fantasmas, finalmente llegamos a un pasillo que termina en una pared de hormigón. Básicamente, un callejón sin salida. Mi corazón inexistente se habría detenido de haber tenido uno, pero no era totalmente cierto que no había escapatoria. Empotrada en la pared lateral, una escalera de hierro oxidado ascendía hacia la oscuridad del techo.

—Sube –Me indica el Oficial Montenegro, deteniéndose apenas un instante para recuperar el aliento y señalar hacia arriba con la escopeta.–

Rápidamente, asiento sin dudar. Me aferro a los barrotes fríos y resbaladizos y subo las escaleras sin rechistar, lo más rápido que mis fatigados músculos me permiten. Cada peldaño es un esfuerzo, y el sonido de la alarma y el caos que dejamos atrás parece querer tirar de mí hacia abajo.

—Veamos… –Una vez que alcanzo el techo del túnel, o más bien, la base de la pesada tapa de la alcantarilla, me apoyo con los hombros y, con un esfuerzo considerable, la empujo hacia arriba. El metal rechina contra el hormigón, un sonido horrible que me crispa los nervios. Tras unos segundos de forcejeo, cede lo suficiente como para que pueda deslizarla hacia un lado con un último y resonante estruendo metálico. Una ráfaga de aire nocturno, fresco y con olor a tierra mojada, desciende como una bendición, junto con los sonidos apagados de una ciudad dormida– ¡Listo! –Exclamo con alivio, mientras me impulso con los brazos para subir a la superficie.–

Aquí afuera, la noche nos recibe con un aliento fresco, casi prístino. El aire se desliza sobre mi piel, aún húmeda por el sudor frío de nuestros esfuerzos, secando la inmundicia del desagüe y llevando consigo el aroma limpio y terroso de la vegetación cercana y la piedra fría de la calle. Es un bálsamo después del hedor opresivo de las profundidades.

—Ufff –Un suspiro de puro alivio físico se me escapa, mientras me doy la vuelta y extiendo una mano para ayudar al Oficial Montenegro a salir de la alcantarilla.–

El Oficial Montenegro emerge a mi lado, su respiración también agitada. Ambos nos quedamos inmóviles por un instante, apoyándonos en nuestras rodillas, simplemente asimilando este cambio abrupto de escenario. El eco de la alarma y el rugido de la escopeta todavía resuenan en mis oídos, pero aquí, en la quietud de la noche, parecen un recuerdo de otra vida, lejos del eco inminente de la amenaza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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