Ekstern - Capítulo 20
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Capítulo 20: Capítulo 3 – Robo | 3.2: Lazo Dorado
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Hospital General de Melbury, Sección Especial, República Central.
08:00 de la mañana.
Tras ingresarme en este lugar, el equipo de la Cruz Negra Internacional, con su eficiencia casi insultante y completamente desprovista de emoción, me sometió a todos los procesos típicos de los mortales. Hubo preguntas que no tenían sentido para mi verdadera naturaleza (“¿Tiene usted alergias conocidas?”, “Fecha de su última vacuna…”), formularios interminables que tuve que responder con la ayuda de un médico que parecía más un autómata que un ser humano, y el inevitable y molesto pinchazo de una aguja para colocar una vía intravenosa en mi brazo, un ritual absurdo para un cuerpo que ha sobrevivido a la ira de dioses y a la desintegración de galaxias.
Y una vez que sus avanzados escáneres confirmaron que mis heridas, aunque graves y potencialmente mortales para un humano, no requerían una intervención quirúrgica inmediata gracias a mi “constitución física robusta y una capacidad de regeneración anómala” (sus palabras, no las mías), me dejaron en esta habitación esterilizada y silenciosa. Con esto, el sueño, un producto de este cuerpo ahora vergonzosamente mortal y del trauma de una casi inminente muerte, decidió que era hora de aparecer y envolverme sin piedad en sus sábanas de olvido.
—Joder, huele bien feo –Digo tras un tiempo del que no tengo la menor idea de cuánto ha pasado. Mis propias palabras, roncas y ásperas, son lo primero que registro–
El olor aséptico y penetrante del desinfectante inunda mis fosas nasales, una agresión química tan intensa que me arranca del letargo con un enfado sordo. Es un aroma que detesto profundamente, el olor de la fragilidad mortal contenida y esterilizada.
—¿Qué pasó? –Me pregunto en voz alta, mi voz aún pastosa por el sueño mientras mis párpados se separan con la lentitud de compuertas oxidadas. La desorientación es un velo momentáneo y desagradable que me envuelve–
Mis ojos parpadean varias veces, acostumbrándose a la blancura casi cegadora de un típico cuarto de hospital. Las paredes son blancas, el techo es blanco, las sábanas que me cubren son blancas. A mi lado, el sonido constante y monótono del pitido de un monitor cardíaco marca un ritmo que, irónicamente, no es el mío, pues mi corazón permanece en silencio, como siempre. Una mentira electrónica para un ser cuya vida no depende de un simple músculo que bombea sangre. Qué patético.
—Ah, cierto, casi muero por segunda ocasión –Bromeo en un murmullo, la profunda ironía de la situación dibujando una mueca torcida en mi rostro– En menos de veinticuatro horas. Definitivamente, un nuevo récord personal. –Una imagen fugaz de Lyra viene a mi mente, y no puedo evitar una sonrisa amarga– Ella se habría reído a carcajadas de mi torpeza. “Maestro, ¿en qué líos te has metido ahora?”, me diría, antes de darme un beso para “quitarme el susto”–
Un bostezo profundo, casi doloroso para mis costillas aún en proceso de curación, se apodera de mí, una señal inequívoca de que he descansado, pero también de que mi cuerpo sigue operando bajo las tediosas reglas de los mortales.
Tras eso, decido que ya he tenido suficiente inactividad y me dispongo a levantarme. La quietud de esta habitación de hospital me irrita. Sin embargo, al intentar apoyarme en lo que creo que es la barandilla metálica de la cama para incorporarme, mi mano derecha toca algo inesperadamente suave y cálido que, definitivamente, no es metal frío.
—¿Eh?–
De inmediato, giro la cabeza y fijo mi mirada en la fuente de esa extraña y cálida sensación. Mi mano se encuentra posada directamente sobre el hombro de la Detective Montenegro.
Está profundamente dormida en una silla de plástico, de esas incómodas que suelen poblar las salas de espera, que ha arrastrado hasta el borde mismo de mi cama. Su cabeza, en una postura que seguramente le provocará un dolor de cuello terrible más tarde, está apoyada sobre el colchón, a apenas unos centímetros de mi brazo. Su cabello plateado, usualmente recogido o al menos más controlado, ahora cae desordenado sobre su rostro, algunos mechones plateados ocultando parcialmente su mejilla. Su respiración es suave y acompasada, el leve subir y bajar de sus hombros la única indicación de movimiento en la quieta habitación.
—¡Ah!–
El grito ahogado que escapa de mi garganta es completamente involuntario, un reflejo de pura y absoluta sorpresa. Retiro mi mano de su hombro como si me hubiera quemado, un movimiento brusco que, lamentablemente, la despierta.
Mi sobresalto y el contacto hacen que la Detective se mueva, levantando la cabeza con una lentitud perezosa. Ella, aún con sus ojos rojos nublados y entrecerrados por el sueño, me mira y sonríe. Es una sonrisa ladeada, genuina, somnolienta y completamente desprovista de la coraza de detective profesional o de la tensión de la heredera que suele portar. Por un instante, es simplemente… ella.
—Despertaste–
Su voz es suave, apenas un susurro todavía ronco por el sueño, pero carente de cualquier formalidad o distancia.
Tras eso, un bostezo elegante y contenido se escapa de sus labios. Se estira en la incómoda silla, arqueando la espalda, un gesto que la hace parecer increíblemente vulnerable y, por un fugaz instante, simplemente una joven cansada después de una noche infernal, no la formidable y recién Despertada Sehwert en la que sé que se está convirtiendo.
—¿Cómo te encuentras? –Su pregunta me saca de mis propias cavilaciones sobre su aspecto vulnerable. La voz de la Detective ha perdido por completo la suavidad del sueño, reemplazada ahora por una nota de genuina preocupación profesional.–
Inspecciono mi propio cuerpo bajo la delgada y almidonada sábana del hospital. Con un ligero esfuerzo, me incorporo un poco más, observando que, donde antes había cortes profundos y contusiones oscuras que habrían dejado a cualquier mortal en cuidados intensivos durante semanas, ahora solo quedan finas y casi imperceptibles marcas plateadas que, sé por experiencia, se desvanecerán por completo en unos pocos días. Mi Factor Curativo, aunque ahora es una versión patéticamente lenta y defectuosa de lo que fue en mi plenitud, al menos sigue haciendo su trabajo de forma aceptable. Excepto por una cosa, un recordatorio muy visible…
—Mucho mejor –Respondo, mi voz aún algo ronca por el desuso– Afortunadamente, como le mencioné, aún conservo un factor curativo. No es tan potente como el que tenía antes, ni de lejos, pero al menos esto ayuda a no morirme tan fácilmente. –Una sonrisa irónica tira de mis labios– Por cierto, me ha dejado usted un lindo recuerdo. –Le digo, señalando con una leve inclinación de cabeza mi hombro izquierdo, donde la tela de la bata de hospital no logra ocultar del todo una marca de mordida perfecta y ahora de un intenso color amoratado..–
Al seguir mi mirada y ver la marca, las mejillas de la Detective, antes de un pálido marmóreo, se encienden con un rubor tan intenso que por un instante podría competir con el rojo de sus propios ojos. Aparta la vista de inmediato, llevándose ambas manos a su rostro, no solo para tapar su sonrojo, sino como una forma de darse cuenta de que había hecho algo terriblemente indebido, a pesar de que, realmente, fue algo involuntario, producto de su necesidad de soportar el tan doloroso Despertar.
Y al verla en este estado, tan transparente y vulnerable por una simple marca, no puedo evitar confirmar que, debajo de esa coraza de detective formidable y esa nueva y poderosa aura de Sehwert, es una mujer muy, muy adorable.
Respecto a mi propio cuerpo, afortunadamente, y a pesar de mis poderes severamente mermados, esa habilidad curativa, aunque defectuosa y lenta para mis estándares, sí hizo lo suyo. Sin ella, sin esa pequeña fracción de mi antigua resiliencia, probablemente hubiera muerto en esa explosión o por el brutal impacto contra la pared de la comisaría.
Debo recordar esta nueva fragilidad, esta limitación. Es… irritante, pero es mi realidad actual.
—¿Por qué está aquí, Detective? –Pregunto, cambiando deliberadamente de tema para ahorrarle más vergüenza, aunque, debo admitir, disfruto un poco de su reacción tan transparente.– ¿No tenía un desastre que gestionar y un sinfín de papeleo que llenar?–
—Te dije que estaría contigo cuando terminara, ¿no? –Responde ella, y su voz sale un poco más aguda de lo normal. Sigue sin mirarme, sus ojos rojos ahora fijos en un punto inexistente en la pared blanca del hospital, en un claro intento por controlar el color de su rostro.–
Pues al parecer, sí cumplió su palabra. La imponente Detective, la nueva y prometedora Sehwert, ha dejado de lado una investigación de asesinato de alto perfil, la gestión de una crisis mayúscula y la dirección de tres agencias diferentes, solo para venir aquí a hacerle de niñera a su sospechoso número uno. Muy, muy interesante.
—¿Y ya terminó? –Le pregunto, mi tono intentando ser ligero y casual. La verdad es que me sorprende verla aquí tan pronto; imaginaba que estaría ahogada en informes, reuniones y trámites por días enteros..–
La Detective Montenegro suspira, un sonido profundo y cargado de un agotamiento que va mucho más allá del simple cansancio físico. Se pasa una mano por su cabello plateado, un gesto que revela su profunda frustración y el peso del mundo que ahora recae sobre sus hombros.
—Todavía no. Los daños en la Comisaría de Morian son… extensos. Además, hay un problema. Uno muy grande.–
—¿Problema? –Pregunto, mi curiosidad picada de inmediato por el tono ominoso y grave de su voz.–
—La policía no logró controlar a los medios de comunicación –Dice, y sus ojos rojos finalmente se clavan en los míos, transmitiendo con una claridad aterradora la magnitud del nuevo desastre– Lograron romper el perímetro, entraron al edificio y grabaron los Círculos Akrani en el suelo, los libros de la armería especial que quedaron esparcidos, las armas que usamos… e incluso, Sariel, capturaron en sus cámaras a una criatura extraña parecida a una anciana muerta en el suelo.–
Me quedo completamente atónito. Un silencio helado se instala en mi mente mientras sus palabras retumban. La Hekselhalis. La Agente Sahira. El cuerpo del demonio Zakech se desvaneció al morir, es su naturaleza. Pero un Surnaturel, si muere mientras se encuentra en su verdadera forma Wesnaf, no lo hace. Su cuerpo permanece.
—Mierda –Murmuro, mi voz apenas un susurro. La realidad de mi descuido me golpea con la fuerza de un cometa– Lo olvidé por completo. Olvidé que cuando los Surnaturels mueren mientras muestran su verdadera forma, esta no desaparece.–
No esperaba que esto sucediera, la verdad. Creí que tendríamos tiempo, que podríamos movernos en las sombras de la incredulidad y la confusión inicial para manejar la situación discretamente. Pero ahora, gracias a la insaciable y estúpida sed de primicias de los medios mortales, estamos en el centro de un huracán mediático y sobrenatural que podría desestabilizar el frágil velo que separa los dos mundos, el Aynu y el Altern, para siempre.
—Por cierto, ¿ahora puedes responder las preguntas que tengo? –Antes de que pueda decir algo, la Detective me mira, y el breve momento de entendimiento y camaradería que compartimos se ha evaporado por completo. Sus ojos rojos han vuelto a adquirir esa seriedad escalofriante, la de una depredadora que ha arrinconado a su presa y no tiene intención de dejarla escapar.–
—Trago saliva, un gesto muy humano que comienzo a detestar profundamente.– Sabe, Detective, creo que sería más apropiado decirle todo esto cuando las cosas estén más calmadas. Ahora mismo hay mucho que hacer, y usted necesita descansar.–
Tan pronto como las palabras salen de mi boca, veo un cambio en ella: una chispa de furia controlada se enciende en lo profundo de sus ojos.
Se levanta de la silla en la que se había sentado con una lentitud deliberada que me pone los pelos de punta. Y antes de que pueda procesar por completo su intención, con una agilidad y una fuerza que desafían su complexión esbelta, se coloca con una rapidez asombrosa encima de mí en la cama de hospital. Sus rodillas se apoyan a cada lado de mis caderas, inmovilizándome eficazmente bajo su peso, que, aunque no es mucho, se siente como una losa debido a mi estado debilitado.
Toma el cuello de mi bata de hospital con ambas manos y me acerca bruscamente a su rostro. Sus ojos rojos, ahora a escasos centímetros de los míos, arden con una furia helada, una intensidad que me resulta casi abrumadora.
—¿Cómo se supone que te llamabas? –Pregunta, su voz un siseo bajo y sumamente amenazante. Su aliento cálido, con un leve aroma a fresas, roza mi mejilla–
—Sa, Sariel –Respondo con un nerviosismo que, para mi fastidio, no es del todo fingido. Su cercanía y la intensidad de su mirada son intimidantes en mi estado actual.–
Momento, ¿no lo sabía ya? Pensé que la Agente Montessori o los otros oficiales se lo habrían dicho, o que al menos lo habría leído en el expediente preliminar del caso antes del ataque a la Estación de Morian.
—Sariel, –Repite mi nombre lentamente, como si lo saboreara, como si probara su peso en su lengua– ¿No te parece que ya deberías de parar de evadir el tema a cada rato? –Una siniestra sonrisa se forma en sus labios, una que no llega a sus ojos.– Ahora entiendo un poco más este nuevo mundo, sí. Pero necesito información, Sariel, mucha información. Así que, si lo que dijiste sobre mi padre es verdad, sobre ser mi Maestro, entonces, espero que empieces a cumplir con tu parte del trato. Ahora.–
De nuevo trago saliva, esta vez asustado de verdad por la actitud de la Detective Montenegro. Esta ya no es la detective que he estado conociendo, ni la joven vulnerable que vi derrumbarse. Esta es la Sehwert, en su manifestación más pura y demandante, y está reclamando su derecho a saber, su derecho a las respuestas que le he estado negando. Así que, sin más opciones y sintiendo la presión de su voluntad sobre la mía, asiento lentamente con la cabeza, rindiéndome por completo.
—Está bien… –Murmuro, mi voz apenas un hilo.–
Pero, justo cuando estoy por hablar, cuando mi boca se abre para derramar los secretos que ella tanto anhela escuchar, la puerta de la habitación del hospital se abre de golpe, sin previo aviso.
—¡Buenas mañanas! –Exclama una voz suave pero inconfundiblemente alegre.–
Dos mujeres entran con una energía y una vitalidad que chocan violentamente con la tensión casi sofocante de la habitación. Reconozco a una de ellas de inmediato: es la Agente Montessori, con su cabello rubio y una sonrisa radiante, cargando una bolsa de plástico blanca que seguramente contiene comida. La otra, una mujer de cabello negro como la obsidiana y unos impactantes ojos dorados con tonalidad oscura, parecida a la que tienen los gatos negros, la sigue de cerca, observando la habitación con curiosidad. La emoción y el buen humor de ambas se ven claramente en su forma despreocupada de caminar y en sus expresiones radiantes.
—¿Eh?–
Entonces, zu alegría se desvanece en un instante. Se detienen en seco en el umbral de la puerta, sus ojos abriéndose de par en par al procesar la escena que tienen ante ellas: la Detective Salieri Montenegro a horcajadas sobre mí, en una cama de hospital, sujetándome con ambas manos del cuello de mi bata, nuestros rostros a escasos milímetros de distancia, en una posición que no admite muchas interpretaciones lógicas o inocentes.
—¿Nyaa? –Escucho un maullido proveniente de una dulce voz mezclada con sorpresa–
—Oh… –Dice la chica rubia, su rostro pasando de la sorpresa absoluta a una comprensión pícara y, por supuesto, completamente errónea de la situación– Lo siento, creo que interrumpimos algo –Y con una rapidez increíble, toma a su compañera del brazo y comienza a arrastrarla hacia la salida, como si quisiera dar marcha atrás y no haber visto nada–
La Detective Montenegro, al darse cuenta de cómo se debe ver la comprometedora escena desde fuera, suelta mi bata como si esta quemara. Su rostro, que antes era una máscara de furia controlada y una seriedad intimidante, se transforma en un instante, volviéndose de un rojo tan intenso como un tomate perfectamente maduro, desde el cuello hasta las puntas de las orejas.
—¡Esperen! ¡No es lo que piensan! –Grita, extendiendo un brazo desesperadamente hacia ellas para detenerlas, su voz ahora aguda y cargada de una vergüenza y un pánico que me resultan, he de admitirlo, sumamente divertidos.–
________________ >> 5 minutos >> _________________
—Ejem–
Un carraspeo deliberado por parte de la Agente Montessori rompe la increíblemente tensa y vergonzosa atmósfera que se ha instalado en la habitación del hospital. Después de haber aclarado, con muchas explicaciones atropelladas y un rostro que sigue arrebolado, el malentendido con una sonrojada y furiosa Detective Montenegro, las tres mujeres finalmente toman asiento.
Afortunadamente, había dos sillas más apiladas en una esquina de la habitación, por lo que pude adivinar que la Agente y su compañera pelinegra habían venido a visitarme antes y esperaron un rato.
—El médico nos dijo que ya habías despertado –Menciona la Agente Montessori, su tono ahora una mezcla de alivio y un ligero reproche amistoso, usando el tuteo con una familiaridad que ya no me sorprende– Vinimos tan pronto como recibimos la llamada de la Detective, pero el médico nos dijo que, debido al shock y al trauma corporal, te habías desmayado y necesitabas descanso. –Dice, y al mismo tiempo me pregunto si eso es verdad. Que yo supiera, solo me ganó el sueño por el agotamiento, no recuerdo haberme desmayado.– Así que solo te vigilamos un poco, –Continúa– hasta que nos dio hambre y fuimos a comprar algo de comida, aprovechando que la Detective había llegado para quedarse contigo.–
Efectivamente, eso confirma lo que pensé. Ellas habían estado aquí antes, velando por mi seguridad. Un gesto que aprecio más de lo que demuestro.
—¿Ya puedes comer comida chatarra, no? –Pregunta la mujer pelinegra con una alegría despreocupada, interrumpiendo mis pensamientos mientras levanta una bolsa de plástico qué le había dado su amiga, una que desprende un aroma celestial a carne asada y especias.– Compramos tacos de barbacoa de un puesto famoso aquí a las afueras del hospital, y unos refrescos bien fríos.–
Aunque desconozco por completo a esta mujer, mis Ojos Divinos, que activo con un simple pensamiento y que afortunadamente no consumen energía del alma para esta función básica, me permiten ver más allá de su apariencia humana. Su aura es notablemente diferente a la de la Agente Montessori; es más caótica, juguetona, con una gracia felina y una energía traviesa que me recuerda a un gato doméstico que está a punto de tirar un vaso de la mesa solo por el puro placer de ver qué pasa. No hay malicia en ella, solo una curiosidad y una energía vivaz y un tanto impredecible.
Definitivamente, es una Surnaturel.
—Asiento, el penetrante y delicioso olor de la comida haciendo que mi estómago ruja de una forma que aún me resulta extraña, otra novedad de este cuerpo ahora mortal– Si, puedo –Le digo, dirigiendo mi mirada hacia la mujer de ojos dorados, manteniendo mi formalidad a pesar del ambiente que se ha relajado– ¿Y usted, Señorita, quién es? –Pregunto con la formalidad de siempre.–
—¡Ah! –Exclama ella, levantándose rápidamente de su silla como si hubiera olvidado por completo sus modales, un gesto un tanto atropellado y encantador– ¡Soy una Anticuaria y una Misakirte! Mi nombre es Katerina Monterreal Rusein–
—Extiendo mi mano para saludarla, un gesto que ya puedo realizar con cierta facilidad– Mucho gusto, Señorita Monterreal. Mi nombre es Sariel.–
Ambos nos damos la mano. Su agarre es firme, con una confianza subyacente, pero sus dedos son delgados y ágiles, los de alguien acostumbrado a manejar objetos delicados y antiguos. Tras las presentaciones, la Agente Montessori saca de la bolsa los refrescos y varios tacos envueltos en papel de estraza, cuyo aroma a barbacoa llena la habitación.
—Detective, ¿no le gustaría un poco? –Le pregunta la Agente a ella, ofreciéndole uno de los tacos– Sabíamos qué iba a estar aquí, así que compramos lo suficiente para todos–
Realmente pensé que ella, la Detective, con su porte de Heredera de una de las familias más importantes y su estatus, rechazaría la oferta con alguna excusa educada o un simple “no, gracias”. Sin embargo, para mi genuina sorpresa, asiente con un leve movimiento de cabeza.
—Bien, bien –Exclama la Anticuaria con una alegría contagiosa, comenzando a repartir la comida con un entusiasmo que disipa casi por completo la tensión anterior.–
Así, en el espacio estéril, blanco y reducido de una habitación de hospital, rodeados por el eco aún presente de una tragedia inimaginable, los cuatro comenzamos a comer. El rico y ahumado olor a barbacoa finalmente logra desplazar por completo al odioso y químico aroma a desinfectante. Es un momento de extraña y reconfortante normalidad, un pequeño oasis de paz donde una Detective Sehwert recién Despertada, un Ekstern debilitado y dos Surnaturels (una Fuchsgenheit y una Misakirte) comparten una comida sencilla, unidos, de momento, por los hilos invisibles del destino y el caos que nos ha reunido.
________________ >> 45 minutos >> _________________
—Que rico~ –Exclama la Anticuaria, sobándose el estómago con una satisfacción que es casi palpable. Se recuesta en su silla con una sonrisa de pura y felina felicidad, como un gato después de un festín de crema.–
—Espero que no nos regañen por meter comida en una habitación de hospital –Dice la Agente Montessori, mientras con una diligencia casi maternal comienza a recoger los envoltorios de papel de estraza y las botellas de refresco vacías, guardándolas de nuevo en la bolsa de papel.–
—Descuiden, yo asumiré toda la culpa –Responde la Detective Montenegro mientras saca un pequeño y elegante frasco del bolsillo interior de su saco y bebe un sorbo de enjuague bucal, un gesto de un profesionalismo casi cómico en estas circunstancias..–
—¡Esa es nuestra Detective! –Exclama la Agente con una alegría genuina, dándole una palmada amistosa y sonora en el hombro.–
—¡Por eso la queremos mucho! –Añade la Anticuaria, levantando el último trago de su refresco como si estuviera brindando en una gran celebración.–
—Oigan… –Murmura la Detective, y un leve pero inconfundible rubor tiñe sus mejillas pálidas. Está claramente avergonzada por los inesperados elogios, aunque una pequeña sonrisa delata que también se siente complacida.–
Verlas a las tres charlando y riendo tan animadamente, como si no estuvieran en la antesala de una guerra, como si no estuviéramos en una habitación de hospital después de una masacre, dibuja una sonrisa genuina en mi propio rostro. Me alegra pensar que esta camaradería, esta pequeña y absurda burbuja de normalidad, puede disminuir, aunque sea un poco, el inmenso y abrumador dolor por el que la Detective Montenegro debe estar pasando en estos momentos. Después de todo, en un solo día ha presenciado más muertes y horrores con sus propios ojos de los que probablemente haya visto en todos los casos de su carrera hasta ahora.
—Por cierto Agente –Digo, tosiendo levemente para llamar su atención y unirme a la conversación.– Es una suerte que usted no estuviera en la Comisaría, afortunadamente no la terminamos perdiendo–
—La Agente Montessori esboza una sonrisa agridulce ante mis palabras, su mirada verdiazul perdiéndose por un instante en el recuerdo.– El Oficial Montenegro prácticamente me obligó a tomar vacaciones, insistió en que debía comenzar desde ayer a las 5 de la tarde –Dice ella, y una profunda añoranza y una gratitud infinita hacia su padre adoptivo se dibujan en su rostro.–
Asiento lentamente, y en mi mente, las piezas del rompecabezas que es el Oficial Montenegro y sus últimas acciones encajan con una claridad dolorosa y a la vez brillante. (Por supuesto. Previsión).
Él vio lo que iba a pasar. Sabía que su hija iba a Despertar y que necesitaría una guía, un puente hacia este nuevo y peligroso mundo. Así que la salvó. Salvó a la Agente Montessori para que ella pudiera, a su vez, ayudar a su hija. No por casualidad, sino con un propósito deliberado.
El Oficial León Montenegro no solo era un soldado valiente y un padre devoto; era un estratega que jugó su última y trágica partida contra el destino para proteger a su tesoro más preciado.
Definitivamente, un hombre muy increíble.
—Lo entiendo –Digo finalmente, mi voz cargada de un respeto y una admiración que no intento ocultar.–
—Además, incluso si no insistía… –Rápidamente ella le lanza una mirada de profundo disgusto a su compañera pelinegra.– …esta tipa de aquí probablemente me obligaría a ir con ella –Un “hmph” de indignación fingida sale de su boca.– De hecho, estoy segura de que ya tenía un trapo con cloroformo modificado, listo para usarlo por si me negaba a ir a su casa–
—La Anticuaria, en vez de negarlo, simplemente asiente con una firmeza y un orgullo que rozan lo descarado, su expresión volviéndose increíblemente pícara– Esos juguetes nuevos, los lazos de seda y el arnés de cuero que compré no se iban a usar solos en mi cama, mi amor. Alguien tenía que estrenarlos conmigo.–
Al escucharla decir esto, su réplica a la Agente Montessori sobre los juguetes y arneses con tal descaro y una sonrisa pícara, no puedo evitar que se me escape una ligera y genuina risita, un sonido que se siente extraño en la quietud de la habitación del hospital.
Mi mirada se posa en ella, en la mujer de ojos dorados, y por un instante no veo a la excéntrica amiga de la Agente, sino un eco viviente de un pasado lejano, el testamento del legado de mi Lyra.
Considerando que ella es una Misakirte, es perfectamente normal que sea tan desinhibida, después de todo, fue Lyra, mi Lyra, quien básicamente formó la actitud y el carácter de toda su raza moderna.
Quién diría que su legado sería tan… interesante y entretenido de presenciar.
Y sí, lo recuerdo perfectamente.
Antes de la intervención de Lyra, los Misakirte eran una raza completamente diferente, casi irreconocible en comparación con la mujer que tengo delante. Eran criaturas nocturnas, increíblemente tímidas y huidizas, que solían esconderse en las grietas más oscuras y olvidadas del mundo, temerosos de tan siquiera entablar comunicación con cualquier otra criatura.
Su ingenuidad era tal que eran timados hasta por los niños humanos más astutos, lo que los convirtió en presas fáciles en un mundo que nunca ha perdonado la debilidad.
Por esto mismo, su tasa de natalidad fue disminuyendo rápidamente, generación tras generación, llegando a un punto crítico, al borde de la extinción total.
Para cuando Lyra y yo nos encontramos con ellos, apenas y eran seis sobrevivientes de su especie, los últimos seis según los registros, mismos que encontramos en las ruinas de una biblioteca olvidada, en las tierras baldías de un imperio olvidado llamado Imperio de Minerva, acurrucados juntos en un rincón oscuro, temblando de un miedo ancestral y profundo.
Sólo tres varones y tres féminas.
Y Lyra, al ver su estado lamentable y escuchar la triste historia de su casi extinción, decidió, con esa feroz y abrumadora compasión que tanto la caracterizaba, que ella iba a ayudarles a sobrevivir. Ella permitiría que otra raza desapareciera en el olvido.
Así, no solo les otorgó la pasión por el conocimiento, enseñándoles pacientemente a leer textos arcanos y contemporáneos (según esa época), y a cuestionar el mundo que los rodeaba, para que así no fueran engañados de nuevo. Además, también moldeó sus cuerpos a base de un entrenamiento físico riguroso, con la finalidad de que pudieran defenderse.
Y también, de forma tanto voluntaria como involuntaria, simplemente por la influencia de su arrolladora personalidad, moldeó su carácter.
Así, los Misakirte pasaron de ser seres tímidos, antisociales e incluso, hay que decirlo, bastante idiotas, a tener una gran inteligencia, un fuerte carácter y, por la innegable e indeleble influencia de la propia Lyra, a comportarse de manera liberal, desinhibida y sin miedo a expresar sus deseos y su propia valía.
Actualmente, Lyra es considerada una de las Diosas menores en la religión de los Misakirte, reverenciada y amada como “La Salvadora que Trajo la Luz”.
Su Diosa principal, por supuesto, sigue siendo Erste, la amada de Luciel, a quien muchos Surnaturels ven como el arquetipo de la conciencia, la libertad y la autoafirmación. Pero Lyra ocupa un lugar muy especial y querido en sus corazones, pues fue ella quien los salvó de una desaparición completa y segura.
Y esta mujer que tengo delante, la Anticuaria Monterreal, con su descaro, su inteligencia y su innegable vitalidad, es la prueba viviente del éxito de mi antigua aprendiz.
—Por cierto Sariel… –Pregunta la Agente Montessori. Noto que su tono es ahora un poco más tímido– ¿Puedo llamarte por tu nombre? Siento que seguir llamándote “señor” o “detenido” es un poco… extraño, dadas las circunstancias.–
—Bueno, usted ya me ha estado tuteando desde que la conocí, así que sería bastante raro que no me llamara por mi nombre a estas alturas, ¿no cree usted, Agente? –Bromeo, disfrutando de la ligera vergüenza que colorea sus mejillas.–
—Perfecto –Responde ella, y su sonrisa es una mezcla divertida de alivio y un leve sonrojo que no logra ocultar.– Bueno, Sariel, como iba diciendo, ¿sabes quiénes eran los que atacaron la Comisaría?, la Detective solo dijo que los atacantes eran Demonios, además de que estabas en el hospital, pero hasta ahora no ha dicho nada más–
—Ah, fueron los subordinados de Luciel –Respondo con una calma que sé que contrasta violentamente con la gravedad del nombre qué acabo de soltar.–
Al instante, tanto la Anticuaria como la Agente Montessori muestran miradas de pura y absoluta incredulidad. La pelinegra, que estaba dando el último sorbo a su refresco, casi se atraganta, tosiendo un poco antes de poder hablar.
—¿De verdad? –Preguntan casi al unísono, sus voces una mezcla de shock y asombro.–
—Asiento, mi rostro completamente impasible.– Estaban aquí para matarme. Aren, Lumen y Zakech–
—¡¿Aren?! –La Anticuaria se levanta de golpe de su silla, misma que chirría contra el suelo del hospital. Sus ojos dorados ahora se muestran abiertos por un shock que roza el pavor. Claramente, reconoce ese nombre, pues es uno que no se menciona a la ligera en ningún círculo Surnaturel, por más ignorante qué este sra. – ¿Por qué Aren querría matarte?, no, más bien, ¿por qué Luciel querría matarte?–
Por supuesto, sabia que conocían a Aren, pues este no es un simple esbirro de tres al cuarto. Es el más leal, la mano derecha de Luciel, un Malakhel, un Serafín Caído cuyo poder, según los registros y mis propios encuentros pasados, rivaliza directamente con el de los Serafines más poderosos del Araboth. Su participación personal en algo como esto, en una misión de asesinato, significa que el objetivo (o sea, yo) es de una importancia monumental y, al parecer, una amenaza considerable para los planes de quienquiera que esté moviendo los hilos.
Pero claro, eso es lo que pensé al inicio.
Después de todo, dicen por allí qué “el león no es como lo pintan”, y yo caí en esto. Hasta incluso, ingenuamente, pensé que Aren de verdad iba a matarme. ¿Por qué? Como una manera de vengarse por la vez en que casi destruí su núcleo.
—Bueno, en un inicio creí que Luciel quería matarme para obtener mi poder, sin embargo, al final eso fue un malentendido. Solo Lumen y Zakech querían mi muerte –Aclaro, viendo cómo la tensión en los hombros de ambas mujeres no disminuye en lo más mínimo, sino que se transforma en una confusión palpable.–
—¿Tú poder? ¿Para qué lo querría? –Pregunta la Detective Montenegro, quien ha estado escuchando atentamente toda la conversación, intuyendo por mi anterior intercambio con Aren que había algo más profundo, un titiritero en las sombras.–
—Mi mirada se vuelve sombría. El ambiente ligero de la comida y las risas se ha evaporado por completo, dejando un vacío helado.– Probablemente para dárselos a Él–
La sala se inunda de un silencio tan denso que es casi sofocante. A pesar del calor remanente de la barbacoa, un frío antinatural parece filtrarse desde las paredes, erizando el vello de mis brazos.
—¿Eh?, ¿Y esas caras? –Pregunta la Detective Montenegro, que no sabe de estas cosas.–
Ella me mira con pura y absoluta confusión, a punto de preguntar de nuevo a qué me refiero, por lo que su reacción no me sorprende demasiado. Sin embargo, lo que realmente me deja perplejo es el horror puro, abyecto y primordial grabado en los rostros de la Agente Montessori y la Anticuaria. Sus pieles han palidecido varios tonos, y sus ojos, el verdiazul de una y el dorado de la otra, están desorbitados por un terror incluso mayor al qué un Surnaturel veía cuando la Marca del Caos se activaba.
—¿Él? –Pregunta la Anticuaria, su voz un susurro ahogado, casi inaudible, la incredulidad y un terror ancestral y profundo tallados en cada una de sus facciones.–
—Así que, ¿ustedes también saben de Él, eh? –Pregunto, soltando una ligera y nerviosa risita que suena completamente fuera de lugar en la atmósfera ahora gélida y opresiva de la habitación.–
—¡¿Cómo no podría saberlo?! –Exclama la pelinegra, levantándose de golpe de la silla, sus movimientos felinos ahora llenos de una agitación frenética y temerosa.– ¡Él es básicamente nuestro Padre!–
—¡¿Qué cosa?! –Pregunta la Detective Montenegro, su cabeza girando bruscamente de la Anticuaria hacia mí, su rostro ahora una máscara de absoluta y total confusión.–
Efectivamente. La Anticuaria no miente, aunque su afirmación sea conceptual y no literal.
El Caos, en su estado más puro, no crea vida consciente, solo corrompe, deforma y destruye lo ya existente. Pero cuando su Heraldo, ese pobre Ekstern caído del que hablaba Aren, impregnó este mundo con su esencia durante su llegada o su caída, una parte de esa energía caótica primordial interactuó con el plano de una forma única, dando origen espontáneo a seres conscientes a partir de las Corrupciones Inconscientes. Así nacieron los Surnaturels, los Hijos del Caos, en el sentido más cósmico y terrible de la palabra. Él es su origen, su génesis.
—Nosotros, los Surnaturel, nacimos del Caos puro. –Comienza a explicar la Anticuaria con una pasión febril, sus ojos dorados brillando con la intensidad de quien revela una verdad fundamental y prohibida– Él, de quien hablamos antes, fue, en un principio, un Ekstern. Sin embargo, su cuerpo fue consumido por el Caos Superior, convirtiéndolo en su Heraldo, en la encarnación del Caos dentro de este mundo, en el Caos Encarnado que la Diosa tuvo que enfrentar. Este mismo Caos Encarnado fue transmitiendo su corrupción por cada sitio que pisaba, que tocaba, incluso que veía… –Su voz, que había comenzado con la fuerza de una revelación, se apaga de repente. Se da cuenta de la enormidad de lo que acaba de decir, por lo que rápidamente se tapa la boca con ambas manos, mientras sus ojos dorados se llenan de un pánico genuino.–
—¿Qué pasa? –Pregunta la Detective, notando el repentino cambio en la Anticuaria.–
—En la actualidad, no muchos Surnaturels conocen en detalle nuestros orígenes, y quienes sí lo saben, no hablan de ello, pues, es un tabú, Detective –Explica la Agente Montessori con calma, su voz grave y seria tomando el relevo de su ahora aterrada amiga.– Nuestra Iglesia, la Catedral de la Santa Patrona y el Santo Defensor, lo prohíbe explícitamente y castiga con suma dureza a quienes transmitan estos orígenes.–
—¿Por qué? ¿Por qué sería un tabú conocer de donde vienen? –Pregunta la Detective, su mente lógica luchando por encontrarle sentido.–
—Porque el Caos es un ser maligno e imparable –Intervengo, mi tono ahora desprovisto de cualquier atisbo de broma o ligereza. Siento la imperiosa necesidad de que ella entienda la verdadera escala de esto, la naturaleza de la amenaza– Corrompe absolutamente cualquier cosa que toca. Obliga a la vida a destruirse entre sí o a los demás. No razona, no negocia, solo consume y pervierte. Además, el Caos es una fuerza universal; hasta ahora, en todos mis viajes y mi larga existencia, no he sabido de ningún mundo que esté completamente exento de su presencia o su influencia.–
—¿Tan peligroso es? –Pregunta la Detective, y puedo ver en sus ojos rojos cómo su escepticismo libra una batalla ya perdida contra la seriedad unánime que ahora reina en la habitación.–
—Por supuesto –Afirma la Anticuaria, quien parece haber recuperado un poco de su compostura, su voz ahora la de una historiadora relatando el fin de los tiempos– Es imposible matar al Caos como tal, pues es un ser Primordial, un concepto fundamental del universo, como lo son la Vida, la Muerte o la propia Entropía. Sin embargo, a sus Encarnaciones, a sus avatares, sí se les puede detener. –La Anticuaria se aclara la garganta y baja su tono, como si no quisiera que los demás, excepto nosotros cuatro, escucharan esta historia, a pesar de que estamos en el Bloque Especial– Hace millones de años, en este mismo mundo, hubo una gran guerra, una alianza desesperada donde los Celestiales, los Demonios, los Infernales, los Dioses Internos y Externos, los Humanos y las Corrupciones Conscientes, como se les conocía a los Surnaturel, se unieron bajo un solo estandarte para detener a la Encarnación del Caos que continuaba corrompiendo el mundo sin control. –Explica, sus ojos reflejando la enormidad de lo que narra– Pero, como le dije, al Caos no se le puede matar, solo detener. Por eso es que la Diosa Creadora, a cambio de la destrucción completa de su cuerpo físico, de su propia existencia tangible, logró sellar al Caos en un Espacio Dimensional especialmente creado para ello, ubicado en el núcleo mismo de este mundo. Y hasta ahora, ha permanecido allí, sellado y contenido gracias al poder del sacrificio de la Diosa.–
Nuevamente, la habitación se queda en un silencio absoluto. Pero esta vez es diferente. No es un silencio de incomodidad o de espera. Es un silencio pesado, denso, cargado con el peso de la historia, del sacrificio de una diosa y, sobre todo, de la terrible y ahora palpable comprensión de que ese sello sagrado, el que ha mantenido al mundo a salvo durante eones, ahora, de alguna manera, por alguna razón que aún no comprendemos, corre el riesgo de romperse.
—Lumen y Zakech traicionaron a Luciel para unirse a Él –Digo, y mis palabras, pronunciadas en la quietud de la habitación, caen con el peso del granito. Soy yo, como casi siempre, quien rompe el silencio para anunciar la llegada de una nueva y terrible tormenta. – Lo que quiere decir que…–
—El Sello qué mantenía a Él a raya ha sido removido –Susurra la Señorita Monterreal, añadiendo lo que yo quería decir. A su vez, sus ojos dorados se dilatan por el terror, mientras conecta los puntos con la rapidez de una erudita que ve cómo las peores y más oscuras leyendas de sus libros cobran vida frente a ella– O al menos, una mínima parte de este ha sido rota… lo suficiente como para liberar un poco de su poder, lo suficiente como para que pueda comunicarse con sus posibles aliados en el exterior.–
—Asiento, mi rostro sombrío.– Probablemente Él quería mis poderes para poder liberarse por completo de ese sello y así retomar su tarea designada por el Caos.–
Las tres mujeres me miran fijamente, sus expresiones una mezcla de una intensa curiosidad y una creciente y palpable alarma.
—¿Por qué? –Pregunta la Detective Montenegro finalmente, su voz cortando la tensión. Es la pregunta lógica, la de la investigadora que busca un motivo detrás de todo este caos.–
—O más específicamente, ¿por qué tu poder? –Añade la Anticuaria, y su pregunta es más profunda, más personal, buscando la conexión que aún se les escapa–
Hago una pausa, el aire en mis pulmones se siente de repente pesado, denso. Mi mirada, que había estado fija en la pared del fondo, cae hacia mis manos vendadas, y una tristeza tan antigua y profunda que casi había olvidado cómo se sentía, se cierne sobre mí como un sudario frío y pesado.
—Porqué Él… es mi hermano –Digo, y mi voz se quiebra ligeramente al pronunciar la terrible verdad. Un suspiro, cargado con el peso de eones de conflicto, fracaso y dolor, escapa de mis labios.– Lucian, es su nombre–
Y una vez más, la habitación se sume en un profundo y frío silencio. Un silencio absoluto, pesado, donde el único sonido es el pitido monótono del monitor cardíaco que mide un ritmo que no es el mío. Es el silencio que precede al fin de un mundo, el que sigue a la revelación de una verdad tan monstruosa que rompe los cimientos de la realidad que ellas conocían.
—¡¿QUÉEEEEE?!–
El grito es uno solo, una explosión de pura e incrédula conmoción que brota al unísono de las gargantas de la Detective Montenegro, la Agente Montessori y la Anticuaria, rompiendo el silencio y haciendo temblar el mismísimo aire de la habitación.
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En un lugar apartado de otro plano, donde las afiladas cumbres de las montañas arañan un cielo perpetuamente nocturno, se alza un palacio ciclópeo, un solitario y formidable centinela de piedra y sombra.
Sus incontables agujas góticas perforan las nubes bajas que se aferran a la ladera de la montaña, y sus muros, de una oscuridad insondable, parecen haber bebido la esencia de la propia noche a lo largo de eones. Un puente de piedra arqueado, antiguo y robusto, cruza un abismo sin fondo, conectando el mundo exterior con un sinuoso camino ascendente, marcado por faroles parpadeantes que serpentean como una promesa de luz en la inmensa oscuridad, guiando hacia la fortaleza.
Sobre este imponente palacio, una gran luna de sangre, casi antinaturalmente cercana, proyecta un resplandor carmesí, bañando los picos nevados de las montañas circundantes y las almenas del castillo en una luz ominosa que no ofrece calor, solo una profunda y escalofriante sensación de una vigilia antigua y terrible.
Dentro de sus vastos y fríos salones, el silencio es un ente tangible, una presión que se siente en los oídos y en el alma. En una monumental sala del trono, donde las bóvedas de piedra se pierden en la negrura de las alturas y tres ventanales ciclópeos y arqueados revelan un desolado paisaje exterior de riscos escarpados y una niebla arremolinada, una figura yace sentada, inmutable. La luz pálida y sin vida que se filtra a través de los intrincados rosetones de los ventanales crea una silueta imponente, un contraluz que acentúa la majestuosidad y el terror de la escena.
El trono mismo es un nido de pesadillas forjado en un metal que parece obsidiana y en lo que solo puede ser hueso petrificado. Su respaldo se eleva con una complejidad grotesca, adornado con calaveras mudas, rostros atormentados y agujas afiladas que se alzan como una corona de pura desolación y poder oscuro.
La figura que ocupa este asiento de poder está completamente envuelta en túnicas negras y pesadas que ocultan cualquier rasgo de su cuerpo. Una capucha profunda proyecta una sombra absoluta sobre su rostro, no revelando nada, ni siquiera un atisbo de piel o el brillo de unos ojos. Sus manos enguantadas descansan sobre los brazos del trono, y las túnicas caen en cascada, cubriendo los escalones de la plataforma sobre la que se asienta, como un charco de oscuridad líquida. Su quietud es absoluta, pero de ella emana una autoridad y un poder latente tan inmenso que parece distorsionar el propio aire a su alrededor.
—Su Majestad, he vuelto–
La voz de Aren, el Malakhel, resuena con un respeto absoluto pero sin un ápice de temor, cortando el silencio sepulcral de la monumental sala del trono. Emerge de las sombras de un portal que se cierra tras él, sus pasos elegantes y completamente inaudibles sobre las losas de piedra pulida, hasta que finalmente se arrodilla con una fluidez practicada a una distancia prudente del estrado donde se alza el trono.
—Aren–
La respuesta es un murmullo profundo, una vibración que parece emanar no de una garganta, sino del propio trono y de las sombras que lo envuelven. Dentro del gigantesco palacio medieval gótico, iluminado únicamente por la luz antinatural de esa gran luna roja que tiñe de sangre los picos montañosos visibles a través de los ventanales, la figura masculina sentada en el trono permanece inmóvil. Está completamente envuelta en una oscuridad tan densa y tangible que impide discernir sus rasgos físicos, su silueta, o incluso la forma de su cuerpo; es un vacío encapuchado que parece absorber la escasa luz carmesí de la luna y la pálida claridad que se filtra desde el desolado paisaje exterior. Lo único visible, lo único que parece real en esa negrura, son sus ojos dorados. Poseen un matiz oscuro, como el oro antiguo, pero brillan con una calma aterradora y absoluta, la de una entidad que ha contemplado la creación y la destrucción de estrellas y no ha sentido absolutamente nada en el proceso.
La figura se inclina hacia adelante, un movimiento casi imperceptible, mínimo, que sin embargo, parece hacer que todas las sombras de la vasta sala del trono se contraigan a su alrededor, como si respondieran a la voluntad de su amo.
—Entonces, dime, ¿qué pasó? –Pronuncia la figura en el trono. Su voz grave, desprovista de cualquier emoción discernible, resuena en la vasta habitación, cada sílaba un eco de una autoridad ancestral e inquebrantable.–
—La eliminación de Lumen y Zakech fue exitosa, Su Majestad. Sus Núcleos fueron obtenidos y destruidos para evitar cualquier posibilidad de regeneración o resurrección. –Informa Aren, su cabeza con la máscara de cuervo aún inclinada en una profunda y respetuosa reverencia.–
—Perfecto, no tolero a los traidores en mis filas –La figura deja caer su cabeza encapuchada sobre el puño de su mano, un gesto de lánguido y absoluto desdén. Las sombras que lo envuelven parecen arremolinarse con una energía complacida. Tras un instante, junta ambas piernas bajo sus túnicas, y su postura, antes relajada, se vuelve ligeramente más atenta.– ¿Qué ha pasado con Sariel?–
—Escapó, Su Majestad. Gracias a la ayuda de su hermana, Elaine –Responde Aren, su tono neutro y preciso, limitándose a los hechos.–
—Excelente, nos ahorró el trabajo de inventarnos una excusa –Dice la figura, sus dedos enguantados de negro repiqueteando suavemente sobre el brazo de obsidiana del trono, un sonido rítmico, seco y calculador en el silencio casi absoluto.–
—Sin embargo… –Aren traga saliva, el sonido apenas audible en el silencio del inmenso salón. Sabe, con una certeza helada, que lo que dirá a continuación borrará por completo cualquier atisbo de satisfacción de su Señor.–
—¿Sin embargo? –La sombra se inclina unos centímetros hacia adelante, un movimiento mínimo pero cargado de una amenaza infinita. Sus ojos dorados, antes de una calma aterradora, se entrecierran lentamente, y la temperatura de la sala del trono parece descender varios grados, el frío volviéndose penetrante y doloroso.–
—Accidentalmente… ella murió –Confiesa Aren, su voz ahora un susurro.–
Al instante, una fuerza invisible, aplastante y de una malevolencia pura, se desata desde el trono. Una presión oscura se abate sobre Aren, haciéndolo caer de bruces y clavando sus rodillas contra el suelo con una violencia brutal. El impacto contra las losas de piedra resuena como el crujido de un hueso, un sonido sordo y terrible que vibra por toda la habitación.
—¿Acaso te pedí que la mataras, Aren? –Pregunta la figura. Su tono sigue siendo peligrosamente calmado, un murmullo que es mucho más aterrador que cualquier grito. Pero la presión que mantiene a su mano derecha clavado en el suelo se intensifica con cada palabra, amenazando con pulverizar su misma esencia.–
—¡Lo lamento Mi Señor, fue todo tan rápido! –Exclama Aren, el terror finalmente filtrándose en su voz electrónicamente modulada mientras coloca su frente con la máscara contra el frío suelo en un acto de sumisión absoluta y desesperada.– Tenía planeado revelarle a ella la situación después de mermar sus poderes, para que no interfiriera. Pero no tomé en cuenta ese escenario, su reacción…–
—¿De verdad? –Una risita fría, carente de cualquier atisbo de humor, escapa de entre las sombras de la capucha.– Tú, mi más leal y antiguo compañero. ¿Realmente no sabías que esos dos hermanos, son muy unidos? . ¿Realmente no se te ocurrió que ella enloquecería y haría todo lo posible para proteger a su amado hermano si alguien, quien fuera, intentaba hacerle daño, incluso si eso le costaba su propia vida?–
Aren traga saliva de nuevo, el sonido seco y rasposo en el silencio. El sudor frío perla su nuca bajo la capucha de su traje, sintiendo el peso de un error de cálculo de proporciones cósmicas.
—Lo lamento –Se disculpa, su cuerpo tembloroso delatando el miedo visceral que siente ante la ira de su amo.–
—¿Dónde está? –La voz de la figura en el trono es un murmullo profundo, desprovisto de la furia anterior pero cargado con un peso gélido.–
—Su Alma… su Alma ha sido enviada al Purgatorio de este plano. Pero su cuerpo físico, Mi Señor, está resguardado. Lo recuperé y lo llevé yo mismo al Palacio de Cristal, en las Tierras Glaciares al norte del Gehena. Ahora mismo descansa allí, junto a Su Majestad, Madame Erste.–
—Bien –Asiente la figura encapuchada, y la presión aplastante sobre Aren disminuye ligeramente, permitiéndole respirar con un jadeo contenido.– Más te vale traerla de regreso, y pronto. Tráela antes de que Sariel recupere su fuerza. Sabes bien lo loco que se pone si le tocan un solo pelo a su hermana.–
—Lo sé Mi Señor… –Responde Aren, e instintivamente, se lleva una mano enguantada al pecho. Donde antes había un Núcleo de poder completo y estable, ahora, bajo la tela de su traje, solo yacen fragmentos de energía que intentan débilmente formar una esfera completa, las claras grietas en esta esfera conceptual brillando con una luz mortecina, un recordatorio permanente del daño real que sufrió la última vez que subestimó la furia protectora de Sariel.– No tiene que recordármelo–
—Bien –Entonces, con un movimiento fluido y silencioso como el de un espectro que se desliza, la sombra envuelta en túnicas se levanta de su trono de pesadillas. El movimiento es mínimo, pero la autoridad que proyecta es absoluta.– ¿Qué pasó con Sariel?, ¿está a salvo?–
—Si, por ahora lo está. –Responde Aren, suspirando con un alivio apenas disimulado al sentir que la ira de su Señor finalmente ha sido contenida, o al menos, redirigida– De hecho, si no estoy mal, y según lo que pude percibir antes de mi partida, ahora mismo está bajo la protección de una Sehwert.–
En un instante, el silencio opresivo de la sala del trono se rompe. Una carcajada profunda y resonante llena la vasta y silenciosa habitación. No es una risa de alegría, ni de simple diversión. Es la risa de una ironía cósmica, una risa oscura y profunda. Es la carcajada de un ser que ha visto el universo jugar sus cartas más extrañas y retorcidas, y que encuentra en la absurdidad de la situación un deleite perverso y absoluto.
—¿Sariel y una Sehwert?, ¿bromeas? –Pregunta la figura, una nueva risa, esta vez seca y completamente carente de humor, escapando de las sombras de su capucha. Su cabeza encapuchada se inclina, y sus ojos dorados, visibles como dos puntos de luz antigua en la negrura, brillan con un cinismo forjado en eones de dolorosa observación– La última vez que algo remotamente parecido pasó, no terminó nada bien para ninguna de las partes. Recuerdo a esa otra pobre chica, una Sehwert de gran poder que cometió el error de enamorarse de él. Tras declararle su amor y que este, como era de esperar por su situación con Astel, la negara, ella intentó matarlo en un arrebato de pasión y despecho. Luego, al darse cuenta de su fracaso y de que nunca podría obtener nada de su parte, se suicidó de la forma más trágica posible.–
—No, Su Majestad, no bromeo –Aren, aún con la mirada clavada respetuosamente en el suelo de piedra, niega con una firmeza que sorprende a su amo– Si bien es cierto que esa Detective de Policía era una Sehwert, y entiendo su escepticismo, yo noté algo extraño en ambos, algo que no debería ser posible… Vi una especie de lazo dorado que unía sus corazones.–
Al instante, las sombras que conforman la capucha de la figura en el trono parecen retroceder, como si una fuerza invisible las hubiera repelido. Sus ojos dorados se abren de par en par, su calma milenaria rota por un aturdimiento visible y profundo.
—¿Qué? –Pregunta la figura, su voz perdiendo por completo su compostura, su tono ahora impactado por la revelación.– Eso es imposible–
Mientras el espectro procesa las palabras de su más leal servidor, un recuerdo prohibido, una herida cósmica que creía cerrada para siempre, resurge en su mente. Él vio ese lazo romperse con sus propios ojos, hace una eternidad, durante la caída de Astel. Vio a su madre, la propia Diosa Astel, llorar en un silencio desgarrador cuando la conexión dorada que la unía a él, a ese hombre de ojos rojos y cabello negro alborotado llamado Sariel, se desvaneció para siempre con su sacrificio.
Aracne, la Administradora de las Dimensiones y creadora de ese Sistema, había cerrado esa puerta. ¿Acaso ella misma la ha vuelto a abrir? ¿Con qué propósito? ¿O es esto obra de otra entidad?
— Yo también lo creí imposible, Mi Señor –Continúa Aren, su voz sacándolo de sus tumultuosos pensamientos.–, Pero era real. Indiscutible. Ese lazo existía entre ellos… Al principio, cuando la vi a ella por primera vez, era apenas un reflejo, inestable, casi “glicheado”, como una imagen fantasma que amenazaba con romperse si tan solo se la tocaba. Pero después, a medida que ellos interactuaban, que él la protegía y ella comenzaba a confiar en él, el lazo se fue materializando poco a poco, ganando sustancia, y, finalmente, tras la muerte de Zakech, adquirió una ligera pero notable firmeza, lo suficiente como para mantenerse estable y visible para mis sentidos.–
La figura en el trono se recuesta lentamente, procesando esta nueva y alucinante variable. Esboza una sonrisa irónica, una mueca de puro y absoluto asombro ante los caprichos del destino y las maquinaciones del cosmos. Ha visto muchas cosas desde que nació, ha sido testigo de la caída de dioses y el nacimiento de estrellas, pero nunca, jamás, imaginó poder volver a ver algo así. El corazón de Sariel, que creía muerto para siempre, ha vuelto a latir por alguien.
—Y respecto a la Sehwert, hay algo más, Su Majestad. Es apenas una novata, una recién Despertada. –Añade Aren, su voz aún respetuosa desde el suelo– Mientras Zakech atacaba la Estación de Policía, ella tuvo su Despertar en una habitación contigua. Y fue un despertar que noté como más violento y caótico que los típicos de otros Sehwert que he presenciado. Era como si un poder inmenso y antiguo estuviera volviendo a ella después de mucho tiempo, pero al no encontrar un recipiente del todo adecuado o preparado, decidiera remodelarlo por sí mismo, a la fuerza. –Aren hace una breve pausa– Afortunadamente, Zakech no lo notó, gracias a que coloqué una barrera de ocultamiento para impedirlo.–
—Bien, entiendo… –Murmura la figura oscura–
La figura oscura se levanta de su trono y se dirige hacia uno de los grandes ventanales, observando la luna de sangre que tiñe de carmesí las desoladas montañas. Las piezas del rompecabezas encajan en su mente con una claridad terrible: una nueva Pareja Destinada para Sariel, manifestada en el cuerpo de una Sehwert, con un poder que parecía predestinado a regresar de una forma violenta y abrumadora. Definitivamente, esto no es una coincidencia. Es una jugada de algún poder superior.
—¿Le comentaste acerca de Él? –Pregunta el Amo de Aren, su voz grave resonando suavemente contra el cristal del ventanal.–
—Aren asiente desde su posición en el suelo– Solo un poco, Mi Señor. Para darle un contexto a la traición de Zakech y a la urgencia de la situación. Le dije que Usted, Lord Mikleo y el Emperador Lan le darían más información después.–
—Bien. Por el momento, comunícate con Lan para que prepare a su A.M.P., específicamente a su división de biotecnología, para la creación de un antídoto para ese veneno que les fue inyectado a Sariel y a Elaine. –Ordena el sujeto, usando una fracción de su poder para elevar suavemente la mirada de Aren hacia él.– No podemos permitir que Sariel permanezca debilitado por mucho tiempo.–
—De acuerdo Mi Señor –Dice Aren, su rostro mostrando una firmeza absoluta ante las órdenes de su amo.–
—También prepara una reunión con Mikleo –Ordena de nuevo, haciéndole una seña con la mirada a Aren para que se levante del suelo– Ahora que los secuaces de Él se han revelado abiertamente, no podemos permitir que sus planes de liberarlo por completo se lleven a cabo. Así que, aprovechemos que Sariel ahora está al lado de una Detective de Policía de alto perfil para hacer que nuestras propias operaciones sean menos llamativas para el mundo de los Humanos.–
—Si mi Señor–
—Y también, ordena a alguien de nuestra red de inteligencia que vigile de cerca a los Reinos Unidos Santificados. Tengo el fuerte presentimiento de que, en su hipocresía y su sed de poder, podrían volverse aliados de Él.–
—¿De verdad lo cree usted, Mi Señor? –Pregunta Aren, la incredulidad tiñendo su voz–
—Aquellos que más presumen de hacer el bien, Aren, son siempre los que tienen más posibilidades de corromperse desde dentro –Dice, mostrando un claro y profundo desdén hacia ese país teocrático– Seguramente Él ya debe estar susurrando en los oídos del Sumo Sacerdote, corrompiendo su fe con promesas de poder, a pesar de que ni siquiera está completamente libre de su sello.–
—Entiendo Mi Señor, lo haré lo más pronto posible –Responde Aren, levantándose finalmente del suelo, su postura de nuevo impecable.–
—Bien. Ahora puedes retirarte. Y, Aren, no olvides sacar de ese mugre lugar a Elaine. Es tu máxima prioridad.–
—Lo sé Su Majestad. No le fallaré de nuevo.–
—Bien, vete–
—Su Sirviente Aren se despide de usted, Su Majestad, Luciel–
Tras hacer una última y profunda reverencia, Aren se desvanece en las sombras del salón, dejando la sala del trono nuevamente en un silencio absoluto y pesado.
—Haa…, que fastidio –Suspira la figura oscura, ahora revelada como el propio Luciel, Regente del Gehena. Se pasa una mano por el rostro, bajo la capucha, un gesto de un cansancio que trasciende el tiempo y las eras.– De no ser porque le prometí a mi chica que cuidaría de este mundo en su ausencia, realmente no me interesaría ni en lo más mínimo lo que pasara aquí después de la desaparición de nuestra Creadora… Pero, una promesa es una promesa. Y yo siempre cumplo las mías.–
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