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Ekstern - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - Capítulo 22: Capítulo 3 - Robo | 3.4: El Terror del Surnaturel
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Capítulo 22: Capítulo 3 – Robo | 3.4: El Terror del Surnaturel

________________ >> 15 minutos >> ________________

El silencio en la camioneta de la Detective Salieri Montenegro, antes cargado de revelaciones y dudas, ahora se ha vuelto más ligero, casi cómodo, gracias a la presencia de sus dos nuevas y peculiares compañeras.

—En fin Detective –Dice la Anticuaria Katerina Monterreal Rusein desde el asiento trasero, su tono ahora enérgico y servicial– ¿Para qué somos buenas? Diga usted ranas y nosotras saltamos.–

—Yo soy una gata, pero de igual manera, si dices que salte, también lo haré-nya–

—Deja de usar ese estúpido sufijo a cada rato, Kat, me perturbas –Regaña Arisa a Katerina, aunque sin verdadera malicia en su voz– Tu raza Misakirte ni siquiera usa en su lenguaje original el “miau”, “meow”, “nya”, ni nada que se le parezca. No tiene ningún sentido que lo uses.–

—Pero es bastante lindo y coqueto, ¿no lo crees-nya?–

—No, no lo es–

—Miauu… –Maúlla Katerina con una tristeza tan exagerada que resulta hilarante.–

La Detective Salieri, al verlas interactuar desde el espejo retrovisor, sonríe. Es una sonrisa genuina, cálida, la primera que ha sentido nacer desde el corazón en lo que parece una eternidad. La compañía de estas dos mujeres, con su extraña dinámica de reproches y afecto, es un bálsamo inesperado y bienvenido para su alma herida y confundida.

Sin embargo, justo cuando estaba a punto de decirles algo, de agradecerles por su apoyo, su teléfono de trabajo comienza a sonar con una estridencia que corta el aire. La urgencia del tono la insta a estacionarse inmediatamente a un lado de la concurrida carretera. Al detener el vehículo, y como ya parece una costumbre en situaciones críticas, presiona el botón del altavoz, un acto que, sin que ella misma se dé cuenta, solidifica la confianza y el lugar que esas dos mujeres ahora ocupan en su nuevo y caótico mundo.

—Detective Salieri Montenegro Neiruk, ¿cuál es la situación? –Pregunta con total profesionalismo, su voz firme y clara, lista para recibir un nuevo informe.–

—¡Detective, tenemos un problema muy, muy grave! –Al otro lado de la línea, el grito de una mujer, probablemente una agente novata, se escucha, su voz una mezcla de miedo y agitación que eriza la piel– ¡Esto es grave!, ¡muy grave!, ¡demasiado grave!–

—Calma, Agente, respire. Necesito que se calme –Intenta tranquilizarla Salieri, su tono convirtiéndose al instante en el de una líder en medio de una crisis, sereno y autoritario– Bien, ahora, dígame, ¿qué sucedió?–

—Su Padre… –Tan pronto como ella dice esas dos palabras, el corazón de Salieri da un vuelco doloroso, preparándose para lo peor– ¡¡El cuerpo de su Padre ha desaparecido!!–

Al instante, el interior de la camioneta se sume en un silencio glacial y absoluto. Las tres mujeres se quedan completamente atónitas, sus mentes incapaces de procesar la brutalidad y la extrañeza de esas palabras. Sus cuerpos, pegados a los asientos del auto por una fuerza invisible de puro shock, no reaccionan. El mundo exterior, con su tráfico, su bullicio y su sol de media mañana, parece desvanecerse, dejando solo el eco de esa terrible noticia suspendido en el aire.

—¿Detective? ¿Detective Montenegro, sigue usted ahí?–

La voz de la operadora, al no escuchar actividad, vuelve a sonar segundos después, y el sonido, ahora cargado de una preocupación profesional, las saca bruscamente del trance de shock en el que habían caído.

—Vamos para allá –Dice Salieri, y su voz ya no es la de la detective profesional, ni mucho menos la de la joven abrumada. Es algo completamente nuevo. Es la voz de una hija a la que le acaban de profanar el duelo, una voz fría, afilada como el filo de un bisturí y llena de una furia helada que promete una retribución terrible. Inconscientemente, su puño suelto, el que no está en el volante, se aprieta con una fuerza tal que hace crujir el cuero del asiento– Dígame dónde está el cuerpo. O dónde se supone que debería estar.–

—En el Hospital Privado San Louzen, Detective. En la morgue de sus instalaciones.–

—Entendido. Voy para allá de inmediato. Contacten de inmediato al Director, necesitaré saber todo cuando lleguen –Ordena Salieri antes de colgar de inmediato, sin esperar respuesta.–

No necesitan hablar. Las tres mujeres se miran entre sí por un instante, y en esa mirada compartida hay un entendimiento absoluto, una promesa silenciosa de apoyo incondicional en lo que sea que venga a continuación. Con un asentimiento brusco y decidido, Salieri pisa el acelerador a fondo. Los neumáticos de la camioneta negra chillan contra el asfalto mientras se lanza hacia adelante, convirtiéndose en una bala oscura y furiosa que se abre paso de manera agresiva en el tráfico de la ciudad, corriendo a toda velocidad hacia un nuevo infierno.

—Una pregunta –Dice Katerina desde el asiento trasero, su voz teñida de una genuina confusión mientras mira por la ventana el edificio del Hospital General de Melbury que se aleja rápidamente– ¿El cuerpo de tu padre no estaba en el hospital que acabamos de dejar?–

—Salieri niega con la cabeza, sus ojos rojos fijos en el camino, sin desviarse un milímetro– Lo llevaron a un hospital privado en las afueras de la ciudad después de que la C.N.I. –Responde, su tono ahora volviendo a ser neutro y profesional.– Seguramente fue una orden de la Fiscal Lafayette. Dicho hospital, el San Louzen, pertenece a su Familia, los Fontaine. A pesar de que ellos se dedican principalmente al ámbito militar y la defensa, tienen varias divisiones, incluyendo la médica. Es un lugar mucho más seguro y, sobre todo, más discreto que el hospital general.–

—¿Crees que fue ella quien ordenó el robo del cuerpo? –Pregunta la Agente Arisa Montessori, su tono extremadamente cauteloso, como si temiera pisar una mina terrestre emocional.–

—Salieri niega con la cabeza de nuevo, esta vez con más fuerza– Jamás sería eso posible –Asegura Salieri con una firmeza absoluta, sin el menor atisbo de duda en su voz– La Fiscal Collette Lafayette Fontaine era una gran amiga de mi padre y de mi madre. –Explica ella, y su voz se suaviza un poco, un eco de calidez y nostalgia colándose en su tono profesional– Eran muy unidos en la Academia. Y si bien es cierto que la Fiscal estuvo enamorada de mi padre en su juventud, también es cierto que esto solo fue hasta que se dio cuenta de que mi madre también gustaba de él, por lo que, por respeto a la amistad que tenía con ambos, ella misma dejó atrás su enamoramiento y los apoyó.–

—Interesante –Dice Katerina, su voz volviéndose cantarina de repente, sus ojos dorados brillando con la inconfundible luz de quien acaba de encontrar una veta de chisme de primera calidad– Un triángulo amoroso entre las potencias familiares de la República. ¡Y uno que incluso finalizó con una ganadora clara y un corazón noblemente roto! ¡Jo, jo, qué maravilla de historia!–

—Salieri pone los ojos en blanco, pero una casi imperceptible sonrisa tira de la comisura de sus labios. Al mismo tiempo, agradece la inoportuna pero efectiva broma de su compañera, pues su ridícula emoción ha logrado calmar un poco la gélida agitación que sentía en su interior.– Si quieres hacerlo más interesante, Kat, te diré que mi madre apareció de la nada en la Academia. No era de la Élite, no tenía un apellido de peso que la respaldara. Era una persona común, sin familia, sin amigos, sin nada. –Dice ella, avivando a propósito las llamas de su compañera Misakirte, una típica chismosa de corazón– Así que, una Lafayette de una de las Siete Familias Fundadoras perdió contra una plebeya random que apareció de la nada. Je, je.–

—¡Oh, por la Diosa, a ver, cuenta más, cuenta más! –Exclama Katerina, su entusiasmo explotando por completo. Se inclina hacia adelante desde el asiento trasero, casi saltando en su sitio.– Vamos, Sali, cuén-, ¡nya! –Entonces, un golpe seco con el dorso de la mano de Arisa en su cabeza la interrumpe a media palabra.–

—Basta ya, Katerina –Dice Arisa, retirando su mano con la exasperación de una hermana mayor que ya no puede más– No es momento para tus chismes.–

—Ush, que aguafiestas –Refunfuña Katerina, sobándose la cabeza con un puchero, aunque una sonrisa sigue en sus labios.–

___________________________________________________

Hospital Privado San Louzen, Estado de Melbury, República Central.

11:30 de la mañana.

El Hospital Privado San Louzen se alza como una fortaleza de cristal y acero pulido, un marcado y casi insultante contraste con el caos y la destrucción que las tres mujeres dejaron atrás en la Comisaría de Morian. Su fachada moderna, con sus líneas limpias y sus jardines impecablemente cuidados, habla de riqueza, una discreción casi paranoica y un orden que parece completamente impenetrable. Pero la Detective Salieri Montenegro sabe, con la amarga certeza que le han dado las últimas horas, que hasta las murallas más limpias y relucientes pueden esconder los secretos más oscuros y terribles.

Una vez que Salieri estaciona su vehículo con una precisión casi violenta en la zona designada para personal de alto rango frente a la entrada principal, las tres mujeres corren hacia el interior del edificio. Atraviesan un vestíbulo de mármol blanco y un silencio casi sepulcral, sus pasos urgentes resonando en el espacio tranquilo y atrayendo las miradas discretas pero curiosas del personal del hospital y de los pocos y elegantes visitantes que allí se encuentran. Sin detenerse ni un instante en el mostrador de recepción, se dirigen directamente hacia un ascensor privado al fondo del vestíbulo, uno que, como Salieri sabe por visitas anteriores, lleva directamente al ala administrativa del hospital. Saben que, al ser el dirigente del hospital y un hombre de confianza de la familia Lafayette, él debe tener la información que buscan.

—La voz de Salieri corta el aire al entrar sin llamar a la espaciosa y minimalista oficina.– ¡Director!–.

La puerta de la oficina del Director se abre con un suave siseo antes de que ellas lleguen siquiera a tocar. Un hombre de unos cincuenta años, alto y de complexión delgada, las espera de pie junto a su imponente escritorio. Viste un traje gris a medida, de un corte impecable, y sus ojos, agudos e inteligentes detrás de unas gafas de diseño sin montura, muestran la calma casi antinatural de un hombre acostumbrado a gestionar crisis para la élite de la República Central. Es el Director Armand Dubois.

—Oh, Detective Montenegro, finalmente ha llegado usted –Saluda el Director Dubois, su voz un barítono suave y perfectamente controlado, aunque Salieri, con sus sentidos ahora agudizados, puede detectar una leve nota de tensión subyacente en su tono.–

—¡Director! ¿Qué ha sucedido? –Pregunta Salieri sin preámbulos, su voz cortante y directa, mientras entra en la espaciosa y minimalista oficina. La Agente Arisa y la Anticuaria Katerina se posicionan a sus espaldas, un frente unido y silencioso que observa al Director con una intensidad compartida.–

—El Forense a cargo del turno, el Doctor Elian Vance, estará aquí en unos momentos para darle el informe completo –Responde el Director Dubois, esquivando la pregunta directa con una elegancia evasiva. Hace un gesto con la mano hacia las elegantes sillas de cuero frente a su escritorio de caoba–

En ese instante, la puerta de la oficina del Director Dubois se abre de golpe y otro hombre, de unos cuarenta años, entra en la habitación, claramente exaltado. Su bata de laboratorio blanca está ligeramente arrugada y su cabello castaño, normalmente pulcro y peinado hacia un lado, está completamente revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él en un gesto de frustración y pánico una y otra vez. Su rostro, sin embargo, es lo que más llama la atención de Salieri: es una máscara de profunda y profesional disculpa por el descuido que sabe perfectamente que ha ocurrido bajo su guardia.

—Forense Carton –Se presenta el hombre, su voz un poco sin aliento debido a la carrera por los pasillos. Extiende una mano que tiembla ligeramente hacia el Director y luego hacia la Detective– Jefe de Forenses del Hospital San Louzen–

—Salieri asiente y estrecha su mano con una firmeza que parece tomar por sorpresa al nervioso forense. La mirada intensa y sin rodeos de sus ojos rojos se clava en los de él.– ¿Qué ha sucedido?, ¿cómo fue qué pasó esto?–

—Alguien… alguien atacó al aprendiz al que le encargamos vigilar el cuerpo del Oficial Montenegro en la morgue –Responde de inmediato el Forense, su voz cargada de una urgencia nerviosa que lo hace tropezar con las palabras– Según lo que él dijo, estaba cumpliendo su turno, vigilando el cuerpo, y entonces, de la nada, sintió un fuerte y preciso golpe en su nuca, lo que provocó que se desmayara al instante, sin ver ni oír nada. Tras despertar, hace apenas unos minutos, vio que la puerta de la cámara frigorífica estaba abierta y que el cuerpo del Oficial Montenegro había desaparecido por completo.–

Mientras Salieri escucha, su rostro no traiciona emoción alguna, pero su mente de detective analiza cada palabra con una velocidad vertiginosa. Un solo golpe. Preciso, silencioso, profesional. Quienquiera que haya hecho esto, no es un simple ladrón de cuerpos o un oportunista. Sabían exactamente lo que hacían, cómo neutralizar al guardia sin matarlo y cómo moverse sin ser detectados. Asiente instintivamente con la cabeza, su mandíbula tensándose. Y tras escuchar la historia, su mirada se vuelve a clavar en el Forense Carton.

—¿Quién es el aprendiz? ¿Dónde está ahora? –Pregunta la Detective Salieri Montenegro, su voz cortante, sin dejar espacio para la evasión.–

—Sígame Detective –Responde el Jefe de Forenses, el Doctor Carton, haciendo un gesto de urgencia.–

Rápidamente, el Forense Carton lleva a las tres mujeres fuera de la espaciosa y minimalista oficina del Director Dubois y a través de los impecables y ahora inquietantemente silenciosos pasillos del hospital. Las tres caminan con una rapidez casi marcial, sus rostros una mezcla de preocupación, una concentración feroz y una determinación compartida. Después de todo, las tres, cada una a su manera, están inextricablemente unidas al Oficial León Montenegro. Las tres, en esencia, son sus hijas: dos adoptivas, la Agente Arisa y la Anticuaria Katerina, que encontraron en él a un padre, un mentor y un protector en un mundo que a menudo es hostil para las de su clase; y una biológica, la Detective Salieri, que apenas comienza a comprender la verdadera magnitud del mundo que su padre habitaba y del legado que ahora recae sobre sus hombros. A pesar de que la biológica aún no conoce toda la verdad sobre sus nuevas hermanas o sobre la profundidad del mundo que ahora la rodea, sus preocupaciones son genuinas y feroces, un lazo forjado en sangre, amor y ahora, en una tragedia compartida que las une a todas.

Y así, tras unos pocos minutos de caminar por pasillos que huelen a antiséptico y a una tensión palpable que parece impregnar las propias paredes, llegan al lugar de su destino: la oficina personal del Jefe de Forenses. El Doctor Carton abre la puerta sin llamar, revelando un espacio de un academicismo ligeramente desordenado, un santuario del conocimiento médico lleno de estanterías que se doblan bajo el peso de gruesos libros de patología y medicina forense, con diagramas anatómicos detallados colgando de las paredes y el suave y constante zumbido de un equipo informático de análisis.

Allí, sentado en un viejo sofá de cuero marrón, de esos con botones embutidos y un aspecto noblemente desgastado por décadas de uso, se encuentra un joven de unos veinte años. Viste una bata médica blanca, arrugada descuidadamente sobre un pantalón negro formal y unos zapatos de vestir.

Su postura es la de un hombre completamente derrotado. Tiene la cabeza agachada, su cabello castaño claro y desordenado cayendo sobre su frente, ocultando por completo su rostro. Sus hombros están hundidos, y su mirada parece perdida en algún punto invisible del suelo, completamente ajeno al mundo que lo rodea, absorto en su propia miseria. Es la viva imagen de la culpa, el miedo y el más profundo y vergonzoso de los descuidos profesionales.

—¿Es él? –Pregunta la Detective Salieri Montenegro en voz baja al ver al chico, buscando la confirmación final.–

—El Director asiente con un gesto sombrío– Sí, Detective. Este es el aprendiz, Samuel.–

Salieri cierra la puerta detrás de ellas, y el suave clic del cerrojo parece resonar como un trueno en la quietud de la oficina. Se acerca lentamente hacia el sofá, sus pasos medidos y sin prisa, mientras la Agente Arisa Montessori y la Anticuaria Katerina Montereal permanecen junto a la entrada, observando la escena con expresiones graves y sombrías, un frente unido de apoyo silencioso.

—Samuel… –Dice el Forense Carton con una voz que intenta ser suave pero que está teñida de una firmeza profesional– La Detective Montenegro está aquí. Necesita hacerte algunas preguntas sobre lo que ocurrió.–

El Forense Carton le habla de nuevo, su voz ahora una mezcla de una gentileza casi paternal y una apenas contenida frustración por la situación. Sin embargo, el chico no reacciona en lo más mínimo; su cuerpo permanece hundido en el sofá de cuero como una marioneta a la que le han cortado todos los hilos, completamente desconectado.

Al mismo tiempo, la actitud del joven le recuerda a Salieri, con una claridad dolorosa e inmediata, el momento en que conoció a Sariel apenas unas horas antes. Lo ve de nuevo en su mente, sentado en esa banca metálica y fría de la comisaría, cubierto de la sangre de su padre, igual de abatido, igual de perdido en un abismo de trauma que ella, en ese momento, no podía ni empezar a comprender. Esa empatía recién descubierta, ese recuerdo, endurece su resolución y cambia su enfoque.

—Detective Salieri Montenegro Neiruk del Departamento de Policía de la República Central, Unidad de Homicidios –Salieri se para justo frente a él, su sombra cubriéndolo por completo. Habla con una voz suave, pero con una autoridad decidida y una extraña resonancia que finalmente logra perforar la barrera de conmoción del joven aprendiz.–

—¿Montenegro…? –Finalmente, el joven habla. Es un murmullo roto, apenas audible, y aunque permanece con la mirada clavada en el suelo, es la primera señal de que ha vuelto al mundo de los vivos.–

—Así es –Responde Salieri, su tono ahora más calmado, casi gentil, invitándolo a hablar sin presionarlo.– ¿Puedes decirme qué pasó?–

El joven aprendiz, Samuel, aún mirando al suelo, suspira. Y es un suspiro tembloroso, cargado de un pesar, una culpa y un miedo que parecen llenar por completo la académica y desordenada oficina del Jefe de Forenses.

—Yo… yo estaba vigilando el cuerpo como mi Superior, el Doctor Carton, me lo ordenó –Comienza a relatar, su voz monótona y apagada, como la de quien recita una pesadilla que ya ha memorizado a la fuerza. Las emociones de culpa y miedo son palpables en el aire a su alrededor.– Estaba atento, no me distraje. Pero entonces… de la nada, sentí un fuerte golpe en la nuca. Fue… increíblemente rápido y muy preciso. Intenté de todo para evitar desmayarme, para poder girarme, para gritar, pero al final no pude… y lo hice. Y cuando desperté, la cámara frigorífica estaba abierta y el cuerpo del Oficial León Montenegro… ya no estaba. Había desaparecido.–

—¿Pudiste ver algo antes de perder el conocimiento? ¿Un rostro, una silueta? –Pregunta la Agente Arisa Montessori, su rol de Agente de Policía activándose por completo, su voz calmada pero incisiva, buscando cualquier detalle.–

—Vi… vi a tres hombres. Todos encapuchados, altos –Responde este, cerrando los ojos con fuerza, como si intentara exprimir el recuerdo borroso de su mente– Cuando uno de ellos se volteó para mirarme, porque en un último intento de resistir me sujeté con firmeza a su brazo, vi que su rostro estaba completamente oculto bajo una máscara de cuero de color negro, como esas que usan algunos en una ópera.–

—¿Vio algo más? –Pregunta entonces la Detective Salieri Montenegro, su tono volviendo a ser completamente formal, una forma de mantener la distancia profesional necesaria para el interrogatorio. Sabe que cualquier detalle, por pequeño o insignificante que parezca, ahora es crucial.–

—Vi a tres hombres. Todos encapuchados, altos –Responde este, cerrando los ojos con fuerza, como si intentara exprimir el recuerdo de su mente.– Cuando uno de ellos se volteó para mirarme, porque me sujeté con firmeza a su brazo en un último intento de resistir, vi que su rostro estaba oculto bajo una máscara de cuero de color negro, lisa, sin rasgos.–

—¿Vio usted algo más? –Pregunta Salieri, su tono volviendo a ser formal, una forma de mantener la distancia profesional. Sabe que cualquier detalle, por pequeño que sea, es crucial.–

El chico guarda silencio durante unos largos segundos, su ceño fruncido en una profunda y dolorosa concentración, rebuscando en los fragmentos de su memoria golpeada.

—Sí… –Dice finalmente el aprendiz, su voz apenas un susurro– Vi un extraño símbolo en la parte superior derecha de la capa de uno de ellos, cerca de su cuello.–

—¿Un extraño símbolo? –Repite Salieri, inclinándose ligeramente hacia adelante, su interés ahora al máximo. Su tono vuelve a ser el de la detective profesional– ¿Sabes cómo era? ¿Puedes describirlo?–

En ese mismo momento, Arisa y Katerina, que habían estado observando en silencio desde un segundo plano, se miran entre sí. Es una mirada fugaz, casi imperceptible para un ojo no entrenado, pero cargada de un significado que Salieri, con sus instintos de detective ahora amplificados por su recién Despertada naturaleza Sehwert, capta de inmediato. Es una mirada de súbito reconocimiento. De una alarma compartida. Ellas saben algo que ella no.

—Era… era uno simple –Explica Samuel, su voz aún un murmullo hueco y traumatizado, mientras detalla lo poco que recuerda de la figura encapuchada– Como una representación típica de un fantasma. Una especie de sábana de color negro, con un ojo de pupila también negra y unas pestañas largas un poco más arriba del centro, y un pequeño rombo justo debajo de este. Su contorno era de un color blanco muy nítido.–

Al escuchar esta descripción, la expresión de la Agente Arisa se afila con una seriedad repentina y helada. Sin dudar un instante, camina con paso decidido hacia el escritorio del Forense Carton, toma un lápiz y una hoja de papel en blanco y, con trazos rápidos, seguros y practicados, comienza a dibujar. No duda, no vacila; dibuja como quien reproduce un símbolo que ha visto y memorizado innumerables veces, un símbolo que conoce íntimamente.

—¿De causalidad es algo así? –Pregunta Arisa, su voz ahora desprovista de cualquier calidez o rastro de su anterior jovialidad, mientras sostiene la hoja de papel frente al rostro del joven aprendiz.–

Al escuchar estas palabras y notar la hoja de papel cerca de él, Samuel finalmente levanta la cabeza, sus ojos desenfocados mirando hacia el dibujo. Y entonces, al instante, su cuerpo se tensa por completo tan pronto como observa la imagen. Un jadeo ahogado y tembloroso escapa de sus labios y retrocede instintivamente en el sofá de cuero, como si el simple trozo de papel pudiera hacerle daño, como si el símbolo mismo fuera una amenaza tangible.

Es exactamente la misma imagen, pero a la vez, infinitamente más.

Lo que la Agente Arisa ha dibujado, y lo que Samuel ahora mira con un terror renovado y absoluto, no es un simple fantasma de caricatura. Es un emblema, un sigilo. La silueta es, en efecto, la de una figura cubierta por una tela, pero los pliegues y el drapeado, delineados con una precisión elegante y artística en blanco sobre el fondo negro, le confieren un peso y una presencia que la simple y asustada descripción de Samuel no podía capturar. En el centro, donde debería estar el rostro, flota un ojo estilizado, casi hipnótico en su perfecta simetría. Sus pestañas no son meras líneas, sino rayos afilados que emanan del párpado, dándole un aire de una vigilancia arcana, casi divina en su omnisciencia. Y justo debajo, un rombo perfecto, como una estrella de cuatro puntas que señala hacia el abismo, completa el ominoso diseño. No es el dibujo de un fantasma; es el símbolo de una organización, uno diseñado para ser a la vez simple, memorable e inconfundiblemente siniestro.

—S-si –Dice Samuel, su voz ahora un tartamudeo repentino e incontrolable. Su fachada de tristeza y trauma se resquebraja por un instante, reemplazada por un nerviosismo tan evidente que es casi una confesión. El dibujo es demasiado perfecto, demasiado real.–

La Agente mira a la Detective Salieri, y una ceja rubia se arquea en una señal de clara confirmación. Al mismo tiempo, los ojos dorados de la Anticuaria se oscurecen, su habitual expresión juguetona y caótica se desvanece por completo, siendo sustituida por la de un depredador que acaba de detectar una debilidad, una mentira, en su presa. Ella, como una Misakirte, una raza experta en ver no solo los detalles más pequeños y físicos, sino también las corrientes emocionales y áuricas subyacentes, ha sentido algo. Ha sentido el sutil pero inconfundible cambio en el aura del joven aprendiz, una vibración discordante, el inconfundible hedor de la mentira y el miedo oculto.

—Detective, ¿puede usted pedirle al Médico Forense en Jefe que salga un momento, por favor? –Pregunta Katerina de inmediato. Su tono, ahora sorprendentemente formal y completamente desprovisto de cualquier atisbo de broma o excentricidad, resuena con una seriedad y una autoridad que captan la atención de todos en la sala.–

Salieri se encuentra confundida al ver a Katerina tan seria, con una frialdad calculadora en su mirada que nunca antes le había visto. Sin embargo, su instinto recién Despertado le dice que confíe en la extraña anticuaria. Rápidamente comprende que si ella, la normalmente caótica y despreocupada Katerina, está actuando de esta manera, es por algo sumamente importante.

—Doctor Carton, ¿puede darnos un momento, por favor? –Le pregunta Salieri al Forense, su voz calmada pero con un filo de autoridad heredado de su padre que no admite réplica alguna.–

El Forense, al sentir cómo la tensión en el aire de su propia oficina se concentra y se vuelve casi palpable, bajando levemente la temperatura del lugar, y al ser una petición directa de la Heredera Montenegro, además de la hija de su difunto y respetado amigo, acepta con una rapidez casi desesperada, sin rechistar ni por un segundo.

Así, tras una breve y nerviosa inclinación de cabeza, el Doctor Carton sale de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. El suave clic del cerrojo parece sellar el destino del joven aprendiz. En el lugar ahora solo quedan Katerina, Arisa, Salieri y él, el chico que ahora sabe, con una certeza aterradora, que está completamente atrapado.

—¿Qué pa-…?–

¡PLAF!

La pregunta del joven se ahoga en un gemido de dolor. El sonido agudo y restallante de la mano de Katerina contra la mejilla del aprendiz reverbera en la quietud de la oficina. La cabeza del joven se sacude violentamente hacia un lado, y una marca roja y furiosa florece al instante sobre su piel pálida, un testimonio de la fuerza sorprendente detrás del golpe.

—¡Maldito perro bastardo, dinos ahora mismo dónde se llevaron el cuerpo del Oficial Montenegro! –Exclama Katerina, y su voz ya no es la de la anticuaria excéntrica o la de la erudita apasionada. Ahora es un gruñido bajo, gutural y feroz, el de una depredadora que ha arrinconado a su presa. Al mismo tiempo, una esencia oscura y pesada, como un humo denso y frío, comienza a arremolinarse a su alrededor, haciendo que la temperatura de la habitación descienda en picado, un cambio ambiental que la Detective Salieri Montenegro siente como un escalofrío en su propia piel.–

Rápidamente, la Detective Salieri reacciona, sosteniendo a su nueva y ahora aterradora compañera por el brazo cuando ve que su intención es volver a golpear al joven aprendiz. La fuerza que siente en el agarre de la delgada Misakirte la sorprende; es como tratar de detener una barra de acero.

—¡Kat basta!–

El joven, Samuel, temblando y sin comprender qué ha hecho para merecer tal violencia, se toca la mejilla, que ahora arde con un dolor punzante y humillante. Asustado, intenta retroceder, solo para darse cuenta de que yace hundido en el mueble, sin ninguna escapatoria posible. Solo puede recargarse con más fuerza contra el respaldo de cuero del sofá, como si intentara desesperadamente fundirse con él para desaparecer.

—¿Qué sucede? –Pregunta, su mirada, ahora tallada en puro y abyecto miedo, saltando de una mujer a otra.–

—¿Vas a seguir haciéndote el idiota? –Pregunta Katerina, su rostro ahora una máscara de fría y calculadora malicia. Sus manos se transforman ante los ojos de un atónito Samuel; sus uñas, antes perfectamente cuidadas, se alargan y se endurecen con un sonido como el de un crujido de hueso, convirtiéndose en garras metálicas y negras que amenazan con desgarrar al hombre frente a ella si sigue comportándose de esa manera.–

Mientras Salieri lucha por contener a una furiosa y ahora visiblemente Surnaturel Katerina, la Agente Arisa, que había permanecido en silencio observando la escena, camina con una calma aterradora hacia el chico. Al comprender de inmediato el estado de su hermana adoptiva y la necesidad de una táctica diferente, menos caótica pero no menos intimidante, se detiene frente a él. Y entonces, con una naturalidad que sorprendería a cualquiera, partículas de luz de un azul brillante se materializan en su mano derecha, arremolinándose y solidificándose en una pistola de aspecto futurista y letal, una que apunta directamente a la cara de Samuel.

—Si no nos dices en este mismo instante dónde está el cuerpo del Oficial Montenegro, ten por seguro que te mataré aquí y ahora –Dice ella, su voz un susurro helado, completamente seria, carente de cualquier atisbo de humor o compasión. No es una amenaza; es una fría y certera confirmación de que, si es necesario, lo hará sin dudarlo.–

La Detective Montenegro mira, completamente sorprendida, a esas dos mujeres. Aquellas que, minutos antes, se comportaban de manera infantil, juguetona y hasta ridícula en su coche, ahora se han transformado por completo en depredadoras implacables, irradiando un aura de autoridad, poder y peligro muy superior, incluso, a la suya propia.

—Ustedes dos, deten-…–

Pero entonces, cuando nuevamente Salieri estaba a punto de abogar por el joven, de mediar por este chico que ella considera inocente y abrumado, él cambia por completo. El temblor que sacudía su cuerpo cesa de forma abrupta. Su postura, antes encorvada por el miedo y la culpa, se yergue con una confianza perezosa y desafiante. Levanta la cabeza lentamente, y la expresión débil y temerosa que había mantenido hasta ahora ha desaparecido por completo. En su lugar, se forma una gran sonrisa irónica, casi de suficiencia, seguida de una fuerte y sonora carcajada que llena la tensa habitación, un sonido que no tiene nada de la víctima que pretendía ser.

—¿En serio? –Pregunta entre risas, su voz ahora desprovista de cualquier temblor, reemplazada por un tono de barítono, burlón y profundo que no le corresponde a su apariencia juvenil.– Una Misakirte de bajo linaje piensa matarme? Puede que su Diosa Lyra las haya hecho fuertes, astutas y desinhibidas, pero no son absolutamente nada en comparación con nosotros.–

Tras eso, la mirada del joven, ahora afilada, calculadora y analítica, se posa en la Agente Arisa. Después de esbozar otra sonrisa burlona, sus ojos se intercalan entre las dos Surnaturel.

—Una Misakirte y una Fuchsgenheit…, pero qué dúo más interesante y contradictorio –Dice este, su voz ahora cargada de un desdén que eriza la piel y hiela la sangre– ¿No se supone que sus Familias, sus clanes, son enemigos mortales desde hace eones? ¿Qué hace una gata que domina la Magia Negra trabajando tan íntimamente con una zorra que domina la Magia Blanca?–

Con las palabras del joven, cargadas de un conocimiento profundo y específico que se supone no debería poseer, finalmente la Detective Salieri Montenegro comprende lo que está pasando. Las piezas de este extraño y confuso rompecabezas encajan en su mente con un clic doloroso y profundamente humillante: la fachada de debilidad, el desmayo oportuno y conveniente, la memoria fragmentada, el nerviosismo en su fachada, el terror ante el emblema… todo, absolutamente todo, era falso.

Así, ella se da cuenta de que el chico que ella pensó que era una víctima inocente y débil, un pobre aprendiz atrapado en medio de un conflicto sobrenatural, resultó que no lo era en absoluto. Era un actor consumado en un papel asignado por alguien. Y su máscara de pesar y trauma, que ella había creído tan genuina, solo guardaba a alguien infinitamente más calculador, peligroso e intrigante.

—Bueno, no son rivales para mi –Dice Samuel, o quienquiera que se oculte tras esa apariencia, mientras truena los huesos de su cuello con un chasquido seco y se levanta lentamente del sofá con una arrogancia que llena la habitación por completo. Sus ojos, antes llenos de un miedo completamente fingido, ahora brillan en un tono rojizo oscuro con una confianza fría, depredadora y calculadora– Pero no se preocupen, primero me encargaré de esa Humana común y corriente de ahí.–

Justo cuando un aura rojiza, oscura y visiblemente maligna, comenzaba a arremolinarse alrededor del joven y sus uñas se alargaban con un crujido antinatural, endureciéndose hasta convertirse en garras afiladas y negras, indicando que estaba a punto de atacar a la “humana común y corriente”, una risita por parte de la Agente Arisa Montessori lo detiene en seco. No es una risa de alegría, ni de simple diversión, sino una cargada de una oscura y casi piadosa diversión, como la de quien está a punto de ver a un tonto arrogante recibir una lección inolvidable.

—¿Humana común y corriente, dices? –Pregunta Arisa, su voz tranquila pero cortante–

Al instante, con una sincronía perfecta que habla de años de complicidad y entendimiento, tanto la Agente Arisa como la Anticuaria Katerina retroceden unos pasos. No es una retirada por miedo, sino un movimiento deliberado, un ceder el escenario con una elegancia casi teatral. Le están dando paso a la Detective para que ella misma muestre su verdadera naturaleza, para que responda al desafío.

—Ya entiendo qué está pasando –Dice Salieri, y su voz, ahora desprovista de toda la confusión y el miedo anteriores, resuena con una calma y una conciencia nuevas y aterradoras. En un solo movimiento fluido, casi antinaturalmente rápido para un ser humano, desenfunda su arma de servicio, pero sin mirar aún al chico, su atención fija en un punto invisible frente a ella– Tú debes ser una de esas “cosas” de las que hablaban mis compañeras, ¿no es así? –Pregunta, aunque por dentro se disculpa con sus dos compañeras por usar una palabra tan despectiva– ¿Cómo decían ustedes que se llamaban?–

Una vez que su pistola está firmemente en su mano, finalmente levanta la vista y lo mira directamente a los ojos. La frialdad de su mirada ya no es la de una detective analizando a un sospechoso, sino la de un depredador evaluando a su presa.

—Ah, si, Surnaturel–

Y con esa última palabra, pronunciada con una calma glacial, algo en ella cambia de forma visible y fundamental. Un halo de un oro puro y brillante se forma alrededor de sus pupilas rojas, un anillo de poder incandescente que muestra en la actualidad los rastros de un antiguo y formidable poder. Inmediatamente después, ese brillo dorado se expande con una velocidad asombrosa, cubriendo por completo sus dos ojos con un manto de energía dorada y sólida, como si un domo de esencia divina ahora mirara al mundo desde sus cuencas.

Es una transformación sutil, casi imperceptible para un ojo no entrenado, pero, para el joven Surnaturel que está frente a ella, es la visión más aterradora y primordial de toda su vida.

—¡…!–

Inmediatamente, los ojos del joven, antes llenos de arrogancia y malicia, se abren de par en par. Su confianza, su aire de superioridad, todo se hace añicos en un instante al ver a Salieri, o, más específicamente, al ver esos ojos tan característicos. El manto dorado que cubre ambos ojos de la Detective lo transporta, por un instante, a una visión del pasado, un terror genético y ancestral grabado en lo más profundo del alma de su raza. Ve la lejana Era de la Creación, donde los suyos, las Corrupciones Conscientes, eran cazados por estos mismos seres de ojos dorados con una eficacia absoluta pero terrible. Ve aldeas enteras de los suyos consumidas por un fuego sagrado que no dejaba nada a su paso; escucha los gritos de sus parientes siendo asesinados sin la menor piedad; y presencia con un horror que trasciende el tiempo cómo las mujeres de su pueblo son usadas para un placer perverso y cruel, todo bajo la guía y la mirada sonriente de la propia Diosa de este mundo, Astel.

—¡Sehwert! –Grita el joven, la palabra arrancada de sus pulmones no como una acusación, sino como un alarido de puro y abyecto pavor tras salir bruscamente de la visión.–

Rápidamente, su expresión cambia de la perplejidad y el asombro a un profundo y abyecto horror. Su confianza se evapora por completo en ese preciso momento, dejando solo el miedo desnudo de una presa ante su depredador natural.

—¡No! ¡Se supone que solo había un Sehwert en esta ciudad! ¡Solo uno! –Exclama, sus ojos, antes rojizos y arrogantes, ahora desorbitados por un terror que parece consumir todo su ser. Intenta dar un paso atrás, alejarse de esos ojos dorados que lo miran con una autoridad ancestral, solo para que sus piernas fallen por completo y caiga pesadamente sobre el sofá de cuero, su anterior confianza hecha añicos.–

La mirada desesperada del joven se posa en la Agente Arisa, buscando quizás una escapatoria, una explicación, pero lo único que encuentra es una sonrisa que solo puede describirse como diabólica.

—Te la presento, ya que pareces tan interesado –Le dice ella, la Agente, usando sus manos para hacer un gesto de elegante y burlona presentación hacia Salieri, como si fuera una maestra de ceremonias revelando el acto principal y más terrible de la función– Es la hija del Oficial Montenegro, Salieri Montenegro Neiruk. ¿Sorprendido?–

—¡Imposible!, ¡me dijeron que sus poderes no serían hereditarios! ¡La información era clara! –Grita el chico, su voz quebrada por el pánico, ahora completamente horrorizado al darse cuenta de que su inteligencia, su misión, todo se basaba en una premisa fundamentalmente errónea.–

—¿En serio? Si era algo bastante obvio –Menciona la Anticuaria Monterreal, añadiéndose a la burla con un tono de inconfundible superioridad académica. Se cruza de brazos, su mirada de ojos dorados analizándolo ahora con un desdén frío– Solo mírala. Es una Oficial de Policía, una mujer fuerte que, incluso sin una Herencia Familiar durante veinte años, logró sobresalir en este mundo por mérito propio. Además, es la propia hija de su padre, el Oficial León Montenegro, quien era una persona sumamente respetada y temida en todo el Altern, incluso entre los nuestros. –Habla Katerina, y el orgullo que siente por su nueva compañera y la hija de su padre adoptivo es palpable en toda su expresión– Así que, ¿de verdad creíste que el legado no la reconocería? ¿Pensaste que el poder no se manifestaría en una sucesora tan evidentemente capacitada?–

—¡Maldición!–

Aterrado, completamente superado por la situación, el joven se levanta del sofá en un movimiento torpe y desesperado e intenta largarse del lugar, correr hacia la puerta, hacia cualquier posible salida que lo aleje de estas tres mujeres. Pero, para su mala suerte, su huida es detenida en seco antes de que pueda dar más de dos pasos. Se congela al sentir el frío cañón de la pistola de energía de Arisa presionado firmemente contra su sien. Al mismo tiempo, ve por el rabillo del ojo a la Detective Salieri, quien ahora le apunta con una calma glacial con su propia arma de servicio. Y para terminar, bloqueando completamente su camino, con una sonrisa felina y sus garras metálicas de un negro brillante completamente extendidas y listas para desgarrar, se encuentra Katerina.

Está completamente atrapado.

—Es mejor que hables ahora mismo –Arisa, dando un paso al frente, se convierte en la mediadora y principal interrogadora, pero sin dejar de apuntar su pistola de energía materializada hacia él. Su tono ya no es el de una amiga preocupada o una agente juguetona, sino el de una interrogadora experimentada y peligrosa– Es probable que las armas de mis compañeras y las mías no te afecten mucho si eres quien creo que eres. Eres resistente. Pero, sé honesto contigo mismo, ¿podrás realmente enfrentarte a una Sehwert llena de una furia justificada? –Pregunta, y una sonrisa casi imperceptible, fría y calculadora, se muestra jugando en sus labios. Su mirada se desvía un instante hacia la Detective Salieri Montenegro, cuyos ojos ahora brillan con un poder dorado y ominoso– Es más, me pregunto qué es lo que te harán tus propios compañeros si se enteran de que tuviste un enfrentamiento en un hospital público, a plena luz del día, con decenas de Humanos viendo tu verdadera forma y la de tus asociados. –Una expresión de abierta y cruel burla se forma en el hermoso rostro de la mujer pelirrubia. Sus ojos verdiazules, por primera vez, brillan con una luz intimidante.– ¿Podrás sobrevivir al Castigo de la Orden por una brecha de seguridad tan masiva?–

La agitación de Samuel es palpable. Su pecho sube y baja constantemente, su respiración se vuelve errática y su corazón, que antes latía con arrogancia, ahora lo hace frenéticamente tras escuchar tales palabras. Sabe que la Agente tiene razón. Está completamente atrapado entre la espada de una Sehwert recién nacida y la pared de su propia y despiadada organización. Ambas opciones son un suicidio.

—¿Qué… qué quieren ustedes? –Dice finalmente, su arrogancia completamente destrozada, su voz un murmullo de derrota. Se deja caer de nuevo en el sofá de cuero, completamente resignado. Ahora ya no queda rastro de ese Surnaturel arrogante y calculador, solo un hombre que ha perdido la partida de forma definitiva.–

—¿Dónde llevaron el cuerpo del Oficial Montenegro? –Pregunta la Detective Salieri, su voz, fría como el hielo de una tumba, y su mirada seria, ahora completamente dorada, parecen helar el aire de la habitación– ¿Dónde llevaron el cuerpo de mi Padre?–

El joven, viendo que se encuentra acorralado, sin escapatoria y sin ninguna carta que jugar, finalmente se rinde por completo. Suelta un suspiro tembloroso y mira al suelo con los ojos vacíos, su voluntad quebrada.

—Calle Maple, en la Colonia Durán, ubicado en el extremo Noreste del Centro de la ciudad, a las afueras de Melbury. En ese lugar encontrarán un almacén abandonado –Responde él, su voz monótona y completamente desprovista de toda emoción, como la de un autómata recitando datos.– Allí llevaron el cuerpo–

Tan pronto como la última palabra sale de su boca, el ambiente en la oficina cambia en un instante. Rápidamente, la Agente Arisa y la Detective Salieri bajan sus armas y las enfundan con una eficiencia sincronizada y casi ensayada. Al mismo tiempo, las garras metálicas de la Anticuaria Katerina Monterreal Rusein se retraen con un suave chasquido, volviéndo a ser una mano de dedos largos y elegantes. La amenaza directa sobre Samuel se ha evaporado.

Ahora que han obtenido la dirección, su único y vital objetivo, no hay un segundo más que perder. Inmediatamente, las tres mujeres se dan media vuelta y corren hacia la salida de la oficina y, posteriormente, del hospital. Dejan atrás a un confundido Forense Carton, quien justo pasaba por el pasillo para verificar si no había ningún problema con el interrogatorio, solo para ver a la Detective y a sus dos extrañas compañeras salir disparadas de su oficina como si el mismo infierno las persiguiera, dejándolo solo con un testigo ahora catatónico y la promesa de una enorme cantidad de papeleo por delante.

___________________________________________________

—Calle Maple, Colonia Duran –Se repite Salieri a sí misma, su voz un murmullo concentrado mientras sus dedos vuelan con pericia sobre la pantalla del GPS del vehículo, introduciendo la dirección que el falso aprendiz les había dado– Veamos, veamos…–

—¿No conoces la Ciudad? –Pregunta Katerina, inclinándose con curiosidad hacia adelante desde el asiento trasero.– Pensé que, como tu Padre vivía aquí, debías conocerla–

—Nací y crecí en Centralia –Responde Salieri sin apartar la vista de la ruta que ahora se traza en el mapa digital– Después de mi graduación en la Academia Imperial, mi padre fue trasladado a esta ciudad para dirigir la Estación de Morian, mientras que yo me quedé en la Capital y me uní al Departamento de Policía de Centralia. –Tras confirmar la ruta, pisa el acelerador para incorporarse a una vía principal– Suelo venir cuando estoy de vacaciones, mayormente para visitarlo a él, por lo que, naturalmente, solo conozco los lugares más turísticos y el camino a su casa.–

—Ah, eso explica muchas cosas –Responde Katerina, asintiendo con la cabeza mientras se recuesta de nuevo en su asiento con una sonrisa comprensiva.–

—Por cierto –Dice Salieri de repente, su mirada encontrándose por un instante con la de sus dos compañeras a través del espejo retrovisor– Esa persona en el hospital, el aprendiz… Samuel. ¿Era uno de los de su mundo? –La pregunta es más una confirmación que una duda, pues su instinto, ahora más agudo, ya le grita la respuesta.–

—Efectivamente, Salieri –Arisa asiente, su rostro serio.– Uno de los miembros de los Custodios del Velo, sin duda, infiltrado en el hospital.–

—¿Saben ustedes qué era? ¿Qué tipo de Surnaturel?–

—Por su asqueroso y particular olor que recuerdo bien. Seguramente sea de la familia de los Cánidos –Responde Katerina, arrugando la nariz con un genuino disgusto felino.– Si tengo que adivinar, y rara vez me equivoco en estas cosas, diría que es un Canvarnirén.–

—¿Canvarnirén? –Pregunta Salieri, el nombre sonándole completamente ajeno y vagamente amenazante.–

—¿¿Ha escuchado usted en su infancia esos cuentos clásicos que hablan sobre un lobo feroz, uno que se disfraza y engaña? –Pregunta Arisa, su tono volviéndose el de una instructora– Bueno, los Canvarnirén son la versión real y mucho, mucho más peligrosa de ese lobo. Sus formas Wesnaf son humanoides imponentes de más de tres metros de altura, con garras filosas como cuchillas, un rostro de lobo salvaje, un pelaje denso y oscuro, pectorales formados, y dientes y colmillos capaces de desgarrar acero. Poseen una fuerza física base equivalente a la de cincuenta humanos comunes, lo que los convierte en atacantes y defensores físicos formidables. Además, suelen andar en manadas y, por si se lo pregunta, sí, les gusta aullar cuando hay luna llena. –Ella hace una pausa, su tono volviéndose más grave.– También, y esto es lo más peligroso de ellos, cuando están en una situación de vida o muerte, o simplemente si se concentran lo suficiente en el fragor del combate, pueden entrar en un estado de furia llamado Modo Berserker. Esto aumenta exponencialmente todas sus estadísticas a un nivel de doscientos cincuenta humanos comunes y les permite el acceso al uso de Magia, tanto básica como avanzada. Sin embargo, este poder tiene un precio terrible: les impide por completo reconocer a sus aliados de sus enemigos. Atacan a cualquiera que tengan cerca, sin distinción, y no paran hasta morir o hasta que cualquier forma de vida en un radio de cien metros a su alrededor desaparezca por completo después de cinco minutos de furia incontrolable.–

—Son muy, muy peligrosos cuando se enojan –Añade Katerina a las palabras de Arisa– Por eso es que la mayoría de los Mehr-Wissen prefieren cazarlos desde una gran distancia, con un tiro directo y certero a la cabeza. Un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con uno es manejable si se es hábil, pero una vez que entran en su Modo Berserker, la tarea se vuelve monumental, casi un suicidio. Inmediatamente suben a un Rango S de peligrosidad, siempre y cuando estuvieran por debajo de este. Incluso he leído informes sobre Mehr-Wissen muy experimentados que han sido derrotados y asesinados cuando luchan contra un Canvarnirén en ese estado. Y eso que apenas es un Berserker en su forma Surnaturel Wesnaf. Si fuese un Wesion, cuya poder es prácticamente el triple que el nuestro en estado Wesnaf, entonces ahí sí sería una tarea mortal. –En ese instante, unos escalofríos visibles recorren la espalda de Katerina al recordar ella misma, con una claridad aterradora, cómo presenció un evento parecido hace mucho tiempo, uno donde un único Canvarnirén Wesion masacró a todo un Clan de Golems de piedra, esto justo antes de que ella fuese secuestrada y llevada al Aynu, un evento traumático de su pasado– Por suerte para nosotros, parece que ese chico, Samuel, era apenas un novato, un iniciado en su organización. Seguramente por eso lo pusieron de simple vigilante y no en el frente de batalla. De lo contrario…–

—Tuvimos suerte –Menciona Arisa, mientras suelta un suspiro de alivio.– Ni siquiera nuestras armas habrían servido de mucho si hubiéramos tenido que luchar contra él con su Modo Berserker activo.–

Un escalofrío recorre también la espalda de la Detective Salieri mientras se adentra a toda velocidad en la carretera. Al escuchar tales palabras, y al comprender el nivel de peligro que sin saberlo habían enfrentado en esa pequeña oficina, en su cabeza agradece en silencio que la situación no haya pasado a mayores, que Samuel haya decidido rendirse sin luchar.

—Por cierto, Salieri, ¿qué planeas hacer cuando lleguemos? –Pregunta la Anticuaria Katerina Monterreal Rusein desde el asiento trasero, interrumpiendo los pensamientos de la Detective mientras, al mismo tiempo, le hace un gesto amenazante y le enseña el dedo medio a un conductor que intentó cerrarle el paso a su amiga.–

—¿A qué te refieres, Kat? –Pregunta Salieri, ignorando por completo la pequeña y predecible muestra de ira vial de la Misakirte a su lado.–

—Arisa Montessori hace una pausa durante unos segundos, buscando las palabras adecuadas, y después continúa la deducción de su amiga– No creo que vayas a lanzarte de lleno a la acción sin un plan, ¿cierto? –Su tono ahora no es el de una simple agente, sino el de una hermana mayor genuinamente preocupada, tanto en el sentido figurativo como en el literal, dado su pasado compartido con el Oficial León Montenegro– Ahí, en ese almacén, seguramente habrá decenas de Surnaturels de todo tipo, miembros de los Custodios del Velo, que podrían matarte con un pequeño movimiento. Y tú, Sali, con todo respeto, apenas has Despertado. Y si nosotras, que somos tus aliadas, tuviéramos que enfrentarte ahora mismo, por más entrenamiento militar que tengas, te haríamos papilla en segundos.–

—Si fuese el Oficial León Montenegro en su mejor momento, ninguno de ellos sería un verdadero rival para él. Pero tú, querida, eres apenas una novata en este mundo –Añade Katerina con una honestidad tan brutal que duele– Como dijo Ari, no ha pasado ni un solo día completo desde que te convertiste en una Sehwert. Ir ahí, sin ningún plan, sin estrategia, sería prácticamente como pararte en la puerta del almacén y gritarles: “¡Ey, no tengo ganas de seguir viviendo, así que vine hasta aquí para que me hagan el favor! ¡Por favor, les suplico que me maten de la peor manera posible!”. Aparte de eso, no lo olvides, ese tal Samuel ya debe haber dado el aviso a los Custodios sobre nosotras, así que seguramente ya deben estar preparados para nuestra llegada.–

La Detective Salieri Montenegro no puede negar la lógica aplastante y fría de sus palabras. La adrenalina de su Despertar, el dolor por la pérdida de su padre y el deseo visceral de venganza la habían estado impulsando a actuar, a ignorar cualquier lógica o precaución. Pero ahora, un poco más calmada y enfrentada a la dura realidad que sus dos compañeras le presentan, supo en el fondo de su ser que ellas tenían toda la razón. Estaba siendo imprudente, una tonta llevada por el impulso.

—Una sonrisa de autorreproche se dibuja en su rostro– Auch, eso dolió. –Se dice en su mente, una mezcla de vergüenza y una extraña diversión por su propia y desesperada estupidez– Pero, tiene razón–

Salieri suspira, una exhalación larga y cargada de una frustración que ahora se convierte en una fría y calculada determinación. Una vez más, se estaciona a un lado de la carretera, y el motor de la camioneta zumba en un tenso ralentí. Tras esto, saca su teléfono y, navegando rápidamente por sus contactos, marca un número de su lista de emergencias. Uno que no suele usar con mucha frecuencia, reservado para situaciones de una gravedad extrema.

—Fuerzas Especiales –Responde una voz masculina al otro lado de la línea, nítida, profesional y completamente desprovista de emoción. El sonido es tan claro que parece estar en el propio vehículo– Clave de acceso requerida–

—MontenegroSal-0002 –Responde Salieri de inmediato, su voz firme y sin la menor vacilación.–

—Clave de acceso confirmada, reconocimiento de voz confirmado –Responde la voz al otro lado, con una eficiencia robótica y automática– Detective Montenegro, hace tiempo que no nos llama. ¿Puedo preguntar cuál es la situación?–

—Actualmente estoy investigando el caso del asesinato de mi padre, el Oficial León Montenegro, en la Ciudad de Melbury. Sin embargo… –Salieri hace una pausa, eligiendo sus palabras con un cuidado meticuloso para transmitir la urgencia sin revelar detalles que no serían comprendidos– ocurrieron una serie de eventos posteriores, mismos que han llevado al secuestro del cuerpo de mi padre de la morgue del Hospital Privado San Louzen.–

—¿Qué demonios?–

La sorpresa, genuina y sin filtros, es evidente en el tono usado por la persona al otro lado de la línea. Su profesionalismo se quiebra por un instante, un hecho que incluso hace que la propia Salieri suspire, confirmando la anormalidad de la situación.

—Tengo la localización del cuerpo de mi Padre –Menciona ella, su voz recuperando toda su autoridad– Sin embargo, es muy probable que quienes lo tienen puedan ser una especie de célula terrorista con capacidades avanzadas, así que es seguro de que están fuertemente armados. –Traduce la amenaza sobrenatural de los Custodios del Velo a un lenguaje que las Fuerzas Especiales entenderán sin cuestionar de inmediato– Solicito la ayuda de las Fuerzas Especiales aquí en Melbury para una operación de rescate del cuerpo de mi padre.–

Entonces, la Detective Montenegro activa el altavoz de su teléfono para que sus dos compañeras en el asiento trasero puedan escuchar la conversación, haciéndolas partícipes de la operación que está a punto de desatarse. La Agente Montessori y la Anticuaria Monterreal la miran, sus expresiones ahora serias, concentradas, comprendiendo la magnitud del paso que la joven Detective está dando.

—Entiendo la situación, Detective. Sin embargo, según nuestros registros actuales, la Fiscal Collette Lafayette está oficialmente encargada de la seguridad del cuerpo de su padre, por lo que no podremos desplegar a las Fuerzas Especiales hasta que no podamos hablar directamente con ella y obtener su permiso explícito para intervenir –Responde la otra voz, su tono profesional volviendo a la normalidad mientras el sonido de un teclado rápido se escucha de fondo, indicando que ya está trabajando en ello– Le devolveré la llamada una vez que establezcamos contacto con la Fiscal. Si el resultado es positivo o negativo, se lo diré de inmediato.–

—Muy bien, entendido –Asiente Salieri con la cabeza, a pesar de que la persona al otro lado de la línea no puede verla– Pero, por favor, no tarden mucho, porque entre más se tarden, más correrá peligro la integridad del cuerpo de mi padre.–

Tras esto, ella termina la llamada, y un silencio tenso, cargado de una nueva y ansiosa espera, vuelve a llenar el vehículo detenido a un lado de la carretera

—Y dale de nuevo con la Fiscal Lafayette –Katerina refunfuña desde el asiento trasero, rodando sus ojos dorados con una exasperación dramática y cruzándose de brazos como una niña a la que le han negado un dulce por segunda vez en el mismo día.–

—Arisa, al ver a su amiga frustrada, no puede evitar que una risita burlona se le escape– Bueno, Kat, es lógico. Los Lafayette están muy entrados en la Milicia y en la defensa de la República, además, trabajan directamente en conjunto con la Corona para asegurar la defensa de todo el país. –Dice ella, inclinándose para revolverle un poco el cabello negro a su amiga, un gesto que sabe que la irrita y la calma a partes iguales– Así que es completamente normal que las Fuerzas Especiales tengan que pedirle permiso a ella para una operación de este calibre. Y más considerando que, legalmente, la Fiscal es ahora la guardiana del cuerpo del Oficial Montenegro hasta que se resuelva el caso.–

—Salieri, en el frente, asiente– Efectivamente, Arisa tiene razón. Pero, por ahora, solo nos queda esperar a la confirmación… o a la negativa. –Dice, mientras se recuesta un poco más en el confortable asiento de su camioneta– Si la respuesta es positiva, entonces no habrá problema. Si es negativa, entonces tendré que usar mi poder como la Heredera de los Montenegro. –Entonces, ella niega rápidamente con la cabeza, un gesto de autodisciplina y un claro disgusto ante esa posibilidad– No, no, mejor no. Realmente no me gusta usar eso.–

Efectivamente, para la Detective Salieri Montenegro, usar su poder e influencia como la Heredera de una de las familias más prestigiosas, adineradas y poderosas de toda la República Central, no es algo que a ella le agrade en lo más mínimo. Para ella, es un atajo, una admisión de fracaso en sus propias capacidades. Durante veinte años, desde que entró en la Academia Imperial Central hasta que se convirtió en una respetada Detective en la capital, tuvo que luchar sin la ayuda de su ilustre apellido, demostrando su valía únicamente por sus propios méritos, por su inteligencia, su astucia y su inquebrantable tenacidad. Ya está más que acostumbrada a hacer las cosas a su manera, y recurrir al nombre “Montenegro” para solucionar un problema se siente como una traición a todo lo que ha construido por sí misma.

—Mejor haré una solicitud a la Agencia Militar Privada –Dice finalmente Salieri, su voz firme, tras haber sopesado sus opciones en un rápido análisis. Ha encontrado una tercera vía, una que no depende ni de la lenta burocracia de las fuerzas regulares ni tanto del privilegio de su apellido.– Para este tipo de situaciones tan… irregulares, la A.M.P. es la mejor ayuda que se puede conseguir–

La Agencia Militar Privada del Emperador Lan no solo sirve como la orden militar de élite que protege a la República Central de todo tipo de amenazas, tanto externas como internas. Su Rama Interna, una división casi legendaria y a menudo temida llamada la “División Comercial”, permite a cualquiera que pueda pagarlo hacer “pedidos” directos a dicha Agencia, sin importar si la naturaleza de la solicitud es legal o… ilegal.

Aunque claro, este último y más controvertido punto tiene que ser sopesado por la inteligencia artificial que la dirige, la actual Comandante en Jefe de dicha Rama, una I.A. conocida como Ivris Axioma. Esta I.A., famosa en los círculos de poder por su lógica fría y sus cálculos de viabilidad casi infalibles, analiza cada solicitud que llega. Si el pedido es factible y, lo más importante, no entra en conflicto directo con los intereses primordiales y a menudo inescrutables del Emperador Lan, lo acepta sin más. Si no, lo rechaza sin posibilidad de apelación alguna. Es el máximo exponente del pragmatismo mercenario al servicio del poder, y ahora, la mejor y más rápida esperanza de Salieri.

_______________ >> 5 minutos >> _______________

El interior de la camioneta negra es un nido de tensión silenciosa. La Detective Montenegro, la Agente Montessori y la Anticuaria Monterreal esperan, cada segundo estirándose como una eternidad, la llamada que decidirá su próximo movimiento.

—¿Detective Montenegro?–

Finalmente, tras cinco minutos que se sintieron como una hora de tensa espera, el teléfono de Salieri vuelve a sonar, y la voz profesional del operador de las Fuerzas Especiales resuena en la cabina. El sonido agudo rompe el silencio, y Salieri contesta al instante, su corazón latiendo con anticipación.

—Soy yo –Dice mientras activa el altavoz, su voz firme y expectante.–

—La Fiscal Collette Lafayette ha aprobado su solicitud, Detective –Responde la voz profesional al otro lado de la línea, y un suspiro colectivo de alivio se escapa de las tres mujeres– El Escuadrón Nocturno, que se encuentra estacionado en Melbury, será asignado a su caso. Estará en camino pronto, pero primero, ¿puede usted proporcionarme la dirección exacta del objetivo?–

—Calle Maple, Colonia Duran –Dice Salieri de inmediato, sin la menor vacilación, la dirección grabada a fuego en su mente. Al mismo tiempo, con una nueva oleada de determinación, gira la llave y el motor de la camioneta ruge, listo para la acción– En ese lugar hay un almacén que, a simple vista, puede parecer abandonado, pero estoy segura de que debe haber actividad hostil en su interior.–

—Perfecto, Detective. Información recibida –Dice el operador– El Comandante Julian del Escuadrón Nocturno se encontrará con usted en las afueras de dicho almacén para coordinar la operación. Sin embargo, y esto es muy importante, por protocolo, necesitaremos que llegue usted lo más silenciosa posible y no se acerque demasiado al perímetro hasta que se establezca contacto directo con nuestro equipo. No sabemos a qué nos enfrentamos.–

—Muy bien, entiendo, gracias –Asiente Salieri con la cabeza, a pesar de que la persona al otro lado no puede verla–

Tras esto, ella termina la llamada, y un nuevo tipo de silencio, uno cargado de un propósito compartido y una peligrosa anticipación, llena el vehículo. Salieri mira a las dos mujeres a través del espejo retrovisor, y ahora no las ve como una agente Surnaturel y una anticuaria excéntrica, sino como la líder de un pequeño y muy heterogéneo equipo de asalto. Por su parte, ellas le devuelven la mirada a través del espejo: Arisa con una calma resuelta y profesional, y Katerina con un brillo peligroso y expectante en sus ojos dorados. Las tres asienten casi al unísono, una confirmación silenciosa, un pacto forjado en el caos, la tragedia y ahora, en una misión conjunta.

—Vamos –Dicen, y sus tres voces, tan diferentes entre sí, se unen en una sola palabra, un susurro cargado de la promesa de una furia justiciera.–

Y con eso, la Detective Salieri Montenegro pisa el acelerador a fondo. La camioneta negra sale disparada hacia la carretera, convirtiéndose en una sombra veloz que se pierde en el tráfico de la tarde, llevando consigo a tres mujeres muy diferentes, ahora unidas por una única y desesperada misión: recuperar lo que les fue robado y enfrentarse a la oscuridad que se atrevió a desafiarlas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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