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Ekstern - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - Capítulo 23: Capítulo 3 - Robo | 3.5: Fuera del Almacén Abandonado
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Capítulo 23: Capítulo 3 – Robo | 3.5: Fuera del Almacén Abandonado

___________________________________________________

Exterior del Almacén. Colonia Durán. Ciudad de Melbury. Estado de Melbury. República Central.

12:30 de la tarde.

Tras varios minutos más de manejar con una rapidez controlada pero con una cautela absoluta, obviamente respetando las leyes de tránsito en un acto de disciplina casi surrealista en medio de su urgencia, la camioneta negra de la Detective Salieri Montenegro finalmente reduce la velocidad. Abandona la carretera principal y se adentra en un camino de tierra apenas marcado. Se detiene a varios metros del almacén abandonado, oculta tras una pequeña y solitaria colina de tierra seca, un punto de observación perfecto. El viaje desde el hospital había sido un ejercicio de tensión silenciosa. Atrás quedaron las bromas y las confesiones; ahora, el aire dentro del vehículo es denso, cargado con el peso de la inminente misión.

El lugar que se extiende ante ellas es un testamento de desolación. Es un páramo de hierba seca y amarillenta que se quiebra bajo un viento constante y polvoriento que silba suavemente contra los cristales del vehículo. No hay árboles, solo unos cuantos arbustos resecos que se aferran a la tierra agrietada y, a lo lejos, se divisan unas cuantas casas destartaladas, con los techos hundidos y las ventanas rotas como cuencas vacías, mudos testigos de un éxodo olvidado hace mucho tiempo. Viejos postes de electricidad se inclinan tristemente, sus cables caídos o meciéndose lánguidamente en la brisa. Y en el centro de esta quietud y abandono, se yergue el almacén.

Es una estructura funcional, brutalista y completamente desprovista de cualquier adorno. Un enorme bloque de hormigón cuyas paredes, manchadas por el óxido que gotea desde los marcos de metal y por la intemperie de incontables estaciones, muestran las cicatrices del paso de los años y una falta de mantenimiento absoluta. Una larga fila de ventanas altas y estrechas recorre su parte superior, la mayoría de sus cristales sucios o rotos, pareciendo los ojos vacíos y sin vida de un gigante muerto, incapaces de reflejar la pálida luz del sol de la tarde. El edificio entero exuda una sensación de abandono y secretos, un lugar perfecto, casi cliché, para que las cosas que deben permanecer ocultas de la vista del mundo encuentren un santuario temporal.

—Aquí es –La voz de Salieri es un susurro tenso que apenas corta el silbido del viento. Apaga el motor, y el zumbido de la camioneta muere, dejando solo el sonido de la hierba seca meciéndose en el páramo que rodea el solitario y decrépito almacén.–

Con movimientos coordinados y sigilosos, aprendidos en academias muy diferentes pero con un propósito ahora unificado, las tres mujeres bajan del auto. Usan las puertas del vehículo como una primera cobertura, sus siluetas apenas visibles en la luz del atardecer que comienza a fallar. Miran hacia el lugar, sus sentidos agudizados por la adrenalina, el peligro y la naturaleza de su misión.

La Detective Salieri escanea el perímetro con sus ojos de investigadora, buscando huellas de vehículos, pisadas recientes, cámaras de seguridad ocultas o cualquier signo de vigilancia que pudiera delatar una trampa. La Anticuaria Monterreal, a su lado, entrecierra sus ojos dorados, su cabeza ladeada, no buscando pistas físicas, sino tratando de percibir cualquier tipo de barrera mágica, sellos de ocultamiento o el aura Surnaturel de los ocupantes del almacén. La Agente Montessori, por su parte, permanece quieta, su mirada verdiazul distante, probablemente intentando usar su Habilidad Fuchsgenheit para captar algún eco residual de los eventos recientes, para “ver” quién entró y salió de ese lugar.

—¿Ahora qué? –Pregunta Katerina en un susurro impaciente, su naturaleza felina vibrando bajo la superficie de su voz–

Antes de que Salieri pueda responder a la impaciente pregunta de Katerina sobre su próximo movimiento, un sonido profundo y gutural comienza a crecer en la distancia, cortando el silbido del viento. No es el motor de un auto común que transita por la carretera lejana; es un retumbar pesado, sísmico, uno que parece hacer vibrar la tierra seca bajo sus pies. Al instante, y con una coordinación nacida de la pura adrenalina, las tres se agachan aún más, buscando una mejor cobertura detrás de la camioneta. El ruido de unas llantas enormes rozando y aplastando el suelo polvoriento se hace más y más fuerte. Así, tras mirar con cautela por encima del capó, ven cómo se acerca por el camino de tierra un camión todoterreno, negro y fuertemente blindado.

Es un bruto de metal y poder puro. Una mole de color negro mate que parece devorar la pálida luz de la tarde, con una imponente parrilla frontal adornada con una estrella de cinco puntas plateada. Su chasis está cubierto de placas de blindaje angulosas, diseñadas para desviar proyectiles de alto calibre, y sus pequeñas ventanas reforzadas y tintadas parecen los ojos oscuros de una bestia acorazada. Unas llantas masivas y con profundos surcos, más altas que una persona, le dan la capacidad de atravesar cualquier terreno, ya sea urbano o salvaje, con una facilidad insultante. Y una torreta de vigilancia y armamento fortificada se alza desde el techo, lista para la acción. A lo largo de su costado, en letras blancas y mayúsculas, austeras y sin adornos, se lee “FUERZAS ESPECIALES”, junto a dos emblemas que brillan con una autoridad innegable: uno con una corona y dos espadas cruzadas, símbolo de la autoridad de la Corona, y otro, más grande y moderno, con rifles de asalto enmarcados por laureles, el sello de la élite militar.

El imponente vehículo no se detiene en la carretera; gira con una precisión sorprendente para su tamaño y avanza directamente hacia la posición de ellas, levantando una densa nube de polvo antes de detenerse a unos respetuosos pero cercanos metros de la camioneta de Salieri, con un potente y prolongado siseo de sus frenos de aire que parece exhalar con cansancio. Por un instante, el mundo queda en un silencio casi absoluto, roto solo por el crujido del motor del coloso al enfriarse. La puerta lateral, pesada y visiblemente reforzada, comienza a abrirse con un clic metálico y sonoro, preparándose para revelar a los aliados que han venido a unirse a su desesperada causa.

Tras unos segundos de tenso silencio, la rampa trasera del camión desciende con un potente siseo hidráulico, revelando una oscuridad impenetrable en su interior.

De esa oscuridad emergen cinco figuras, dos mujeres y tres hombres, sus movimientos perfectamente sincronizados y silenciosos, una muestra de una disciplina de élite que eriza la piel. Cuatro de ellos avanzan con una rapidez calculada y forman un perímetro táctico alrededor del vehículo, sus armas cubriendo todos los ángulos posibles, mientras el quinto, de porte claramente superior, permanece un instante más en la penumbra de la rampa.

La primera en tomar posición es la Sargento Sera “Echo” Valerius, de 29 años, la francotiradora del equipo. Es una mujer de complexión atlética y esbelta, y su armadura táctica negra es ligeramente más ligera que la de sus compañeros, diseñada para la agilidad y el sigilo que su rol requiere. Sostiene un rifle de precisión de cañón largo con una familiaridad y una calma que solo miles de horas de práctica pueden forjar. Su casco, equipado con una serie de ópticas avanzadas, no deja de moverse, escaneando el horizonte, los picos de las colinas cercanas y las ventanas rotas del almacén con una calma depredadora.

A su lado se posiciona la especialista en tecnología y guerra electrónica, la Teniente Isabelle “Nyx” Renaud, de 31 años. Su armadura está visiblemente adornada con más equipo que la de los demás: pequeños dispositivos de interferencia de señales, una antena de comunicación de corto alcance en su casco y un datapad táctico asegurado en su antebrazo. Empuña una carabina de pulso compacta, pero su verdadera arma es la información que fluye constantemente a través de su visor, analizando las posibles amenazas electrónicas, las firmas de energía y las debilidades estructurales del edificio abandonado.

El especialista en armas pesadas y brecha del equipo, el Sargento Marcus “Wraith” Thorne, de 35 años, es una verdadera muralla de músculo y blindaje. De hombros anchos y una presencia que parece anclarlo firmemente al suelo, carga con una escopeta de asalto de repetición que parece más una pieza de artillería de mano que un arma personal. Las cartucheras adicionales que abultan su chaleco táctico y la determinación inquebrantable en su postura lo delatan como el hombre al que llamas cuando una puerta reforzada, o un muro de hormigón, necesita dejar de existir.

El hombre de punta del escuadrón, el Teniente Leo “Spectre” Cervantes, de 32 años, es, por su especialidad, normalmente el primero en entrar y el último en salir de cualquier zona de combate. Su armadura es el estándar de asalto del equipo, perfectamente equilibrada para ofrecer la máxima protección sin sacrificar la movilidad. Su rifle de asalto, aunque de diseño reglamentario para las Fuerzas Especiales, está visiblemente modificado con una serie de accesorios tácticos que se adaptan a su estilo de combate. Se mueve con una fluidez y una confianza absolutas, su arma siempre en posición baja y lista, sus ojos detrás del visor verde analizando cada sombra, cada ventana rota, cada posible punto de emboscada. Es la punta de la lanza, el primero en enfrentar el peligro de cara.

Finalmente, una vez que los cuatro soldados han asegurado el perímetro inmediato alrededor del vehículo blindado, el quinto soldado, quien es sin duda el que está al mando, desciende de la rampa. Se trata del Comandante del equipo, Julian Donovan, un joven que, a pesar de su autoridad, no aparenta más de veintiséis años.

Su cabello, de un rubio corto y de un impecable corte militar, contrasta con la severidad y la concentración de sus facciones afiladas. Su piel es blanca y, a diferencia del caótico entorno, su rostro está limpio, sin un solo rastro de hollín o suciedad, como si la propia devastación no se atreviera a tocarlo. Sus ojos verdes poseen una intensidad penetrante y una calma que parece fuera de lugar en alguien tan joven; es la mirada de un hombre que ha visto demasiado pero que se niega a ser quebrado o superado por ello.

Viste un uniforme militar táctico de un negro profundo, con algunos toques de un blanco nítido en las insignias de su rango y unidad que brillan discretamente en sus hombros y en el parche de su brazo. El chaleco balístico se ajusta perfectamente a su torso atlético, y aunque no porta un arma tan pesada como la de sus subordinados, una pistola de gran calibre descansa en una funda táctica en su muslo, y una carabina de pulso cuelga de su espalda, accesible en todo momento. Su presencia es magnética, una mezcla de juventud, una competencia letal y una autoridad innegable.

Julian Donovan no nació en la opulencia de la República Central ni bajo el ala protectora de una familia poderosa. Su historia comenzó en un rincón olvidado del mundo, como hijo de campesinos, en la polvorienta Colonia Cooperativa de Eiterburg, un pequeño y sufrido asentamiento dentro del Distrito Popular de Erza. Este lugar, a su vez, estaba enclavado en el desolador y empobrecido país conocido como la Comuna de Sharia.

La Comuna de Sharia es, y siempre ha sido, el país más empobrecido dentro del Aynu, el mundo humano. Es una tierra sin ley, olvidada por los grandes poderes, donde las pandillas locales y los señores de la guerra imponen su propia y brutal justicia con puño de hierro y cañones oxidados. En este lugar de desesperanza, la Colonia Cooperativa de Eiterburg, un asentamiento conocido únicamente por su escasa y sufrida producción agrícola, fue donde nació Julian.

Desde que tuvo uso de razón, su vida fue una lucha constante e implacable. El concepto de una educación formal era un lujo tan lejano como las estrellas. En su lugar, sus lecciones las aprendió en las calles de tierra y en los callejones sin salida, donde tuvo que pelear con uñas y dientes para sobrevivir, para defender un trozo de pan o simplemente para mantener su lugar en la brutal jerarquía de los desposeídos. Conoció el hambre no como una ausencia, sino como una compañera constante y dolorosa que roía sus entrañas. Estas y otras terribles situaciones, que ningún niño debería experimentar, forjaron en él una coraza de acero, una resiliencia y una dureza que ocultaban un núcleo de honor aún no corrompido.

Sin embargo, su destino, que parecía sellado en el polvo y la miseria, cambió radicalmente con la inesperada llegada de la familia Lafayette a la región. En una de sus arriesgadas y, para muchos, insensatas visitas diplomáticas y humanitarias a la Comuna de Sharia, la propia Collette Lafayette, la Matriarca y Heredera de la Familia, quien en ese entonces tenía 30 años, tuvo la mala suerte de ser emboscada por una de las facciones de señores de la guerra más poderosas. Afortunadamente para ella, sus guardaespaldas, en un último y desesperado esfuerzo por proteger a su objetivo, lograron crear una brecha en el ataque para que ella pudiera escapar.

Así, herida, sola y desorientada, fue a dar hacia el territorio donde vivía Julian. Pero su calvario no había terminado. Las pandillas locales, al ver a una mujer con ropas finas, aunque ahora desgarradas y manchadas de sangre, y con el inconfundible aire de la nobleza de la capital, la asediaron, viendo en ella la oportunidad de un secuestro y un dinero fácil que les cambiaría la vida. Pero, para la inmensa suerte de la Heredera Lafayette y la muy mala suerte de los rufianes, Julian, quien a sus catorce años aún no se había corrompido por completo en ese entorno salvaje y conservaba un núcleo de justicia propio, la encontró primero. Y la salvó, tras un encarnizado y brutal combate cuerpo a cuerpo donde su astucia callejera y su furia desesperada superaron la ventaja numérica de sus oponentes.

Tras llevar a la exhausta y herida Collette a un lugar seguro y curar sus heridas con los pocos y rudimentarios conocimientos que poseía, ella pudo finalmente, tras varios intentos, ponerse en contacto con la A.M.P., quienes la rescataron con una eficiencia militar. Pero no se fue sin antes ofrecerle a Julian Donovan, el niño que la había salvado arriesgando su propia vida, la única oportunidad que probablemente tendría jamás: la oportunidad de poder salir de ese lugar, de dejar atrás el polvo y la miseria, y de tener un verdadero futuro. Una oportunidad que, por supuesto, él aceptó sin la menor vacilación, dejando atrás el único y terrible mundo que había conocido.

Así, la Familia Lafayette se convirtió en la patrocinadora oficial de Julian Donovan, y, por supuesto, Julian no los decepcionó. Con una oportunidad que jamás había soñado, se aferró a ella con una tenacidad forjada en el hambre y la violencia. Rápidamente ascendió en el escalón militar de su nuevo país, la República Central, gracias a una fuerza física innata y a una inteligencia estratégica y pragmática que había sido afilada en las brutales calles de la Comuna de Sharia. Y, por supuesto, su ascenso también se vio catapultado por cierta conexión inesperada que un día obtuvo durante una misión de entrenamiento que salió terriblemente mal: El poder de un Lièrion.

¿Qué es eso? Bueno, los Lièrion son una clase de élite de Mehr-Wissen con una marcada orientación al combate y una especialización crucial en la caza y erradicación de los Wesion, las irracionales y destructivas Corrupciones Inconscientes nacidas directamente del Caos. Su origen se remonta a mediados de la Era de la Creación, siendo una respuesta directa a la amenaza existencial que los Wesion representaban para el incipiente orden del mundo, lo que los convierte en uno de los tipos de Mehr-Wissen más antiguos y fundamentales.

El despertar de sus poderes típicamente ocurre a los 10 años, pero también puede ser precipitado por un encuentro directo y traumático con un Wesion. Este fue el caso de Julian: Durante un ejercicio de entrenamiento de rutina a sus 20 años, en una zona de contención supuestamente asegurada, su escuadrón de la A.M.P. fue emboscado por un enjambre masivo de Wesion que brotó de la tierra sin previo aviso. Vio con horror cómo sus compañeros, soldados entrenados y veteranos, eran desgarrados y consumidos por esas criaturas de pesadilla. Sin embargo, cuando estaba a punto de correr la misma suerte, acorralado y con su rifle de pulso vacío, algo en su interior, un instinto de supervivencia primordial, explotó. Una luz dorada y purificadora emanó de su cuerpo, y sus sentidos se agudizaron a un nivel sobrehumano. Con esta nueva percepción, con su Reveler activándose por primera vez, pudo ver las debilidades, las “costuras” en las formas caóticas de los Wesion. Así, con una fuerza que no sabía que poseía, luchó con sus propias manos, cada golpe imbuido de una nueva y pura energía ordenadora que desintegraba a sus enemigos al contacto.

Desde ese día, se convirtió en un verdadero Lièrion. Su entrenamiento militar de élite en la A.M.P. se fusionó con su nuevo conocimiento innato en tácticas anti-Wesion, y su voluntad, ya de por sí férrea, se vio reforzada por una resistencia superior a la corrupción del Caos. Ahora, es capaz de manejar hasta dos Energías Primordiales, generalmente aquellas opuestas al Caos como el Poder Divino o el Maná enfocado en el orden y la luz.

Y ahora, este mismo valiente hombre, heredero de un legado ancestral de guardianes forjados para combatir la anarquía del Caos, es quien se apresura a encontrarse con las tres mujeres que lo esperan junto a la camioneta negra, listo para tomar el control de la situación.

—Detective Salieri –Saluda el hombre, su voz firme y resonando con una autoridad natural. Extiende su brazo enguantado con un gesto de respeto militar– Comandante Julian Donovan del Escuadrón Nocturno, de las Fuerzas Especiales de la República Central, estacionados en el Estado de Melbury–

—Salieri Montenegro Neiruk, Detective de la Unidad de Homicidios de la Policía de Centralia –Responde Salieri, su propia voz un eco de firmeza que iguala a la del Comandante. Hace lo mismo que él, extendiendo también su brazo– Comandante, le agradezco mucho su ayuda y la de su equipo.–

Ambos estrechan sus manos con fuerza. Es un apretón firme, breve, un pacto silencioso sellado entre dos líderes que ahora, por las circunstancias, comparten una misión. Asienten el uno al otro, y el acuerdo queda sellado sin necesidad de más palabras.

—No hay problema –Responde Julian. Y en un instante, su rostro de soldado, antes una máscara de concentración y severidad, se suaviza, cambiando a uno de sincera y profunda tristeza. Tras recibir la noticia, todo el Escuadrón Nocturno fue el primero en presentar sus respetos en la Central de la Policía de Melbury.– El Oficial León Montenegro fue una gran persona y un gran ejemplo a seguir para muchos de nosotros. Simplemente no podíamos quedarnos sin hacer nada cuando nos enteramos del robo de su cuerpo.–

—Una calidez inesperada atraviesa el pecho de Salieri al escuchar el genuino respeto y la pena en la voz del joven Comandante– Gracias nuevamente, Comandante. Significa mucho para mí.–

Detrás de ella, Katerina y la Arisa también se aproximan, sintiendo que la tensión inicial de la llegada de las Fuerzas Especiales ha disminuido un poco.

—Hola –Saluda Arisa con su típica y serena seriedad, asintiendo respetuosamente al Comandante.–

—¡Holis! –Saluda Katerina al joven, su voz alegre y su sonrisa extendiéndose también a los cuatro imponentes soldados que están posicionados detrás de este, sin dejarse intimidar por su apariencia.–

Aunque las dos saludan al joven Comandante, este no les presta la más mínima atención. Su mirada, de un verde intenso y penetrante, continúa fija en la Detective Salieri, estudiándola con una concentración tan profunda que parece aislarla a ella del resto del mundo, como si solo ellos dos existieran en ese momento. Salieri, por su parte, ajena a esta intensa fijación, permanece absorta en su propio análisis, su mirada ya clavada en el edificio del almacén abandonado, planeando su siguiente movimiento, evaluando las posibles entradas y los riesgos.

En cambio, quienes sí notan el extraño comportamiento del Comandante son los cuatro soldados de su escuadrón, así como Arisa y Katerina. Los miembros del Escuadrón Nocturno intercambian miradas casi imperceptibles entre sí, un sutil lenguaje no verbal que denota su sorpresa y confusión ante el comportamiento inusual de su normalmente estoico y enfocado líder. Arisa, por su parte, alza una ceja, su mente analítica archivando esta extraña y casi magnética fijación del Comandante hacia la Detective para una futura investigación.

Pero es Katerina, la Misakirte, la eterna y más chismosa de las tres, quien procesa la escena con una velocidad y un deleite completamente distintos. Sus ojos dorados brillan con la luz de una narrativa recién inventada, un chisme jugoso y perfecto formándose en su mente, su monólogo interno básicamente diciendo: «Oh, por la bendita Diosa Lyra. ¡Miren esto! El comandante apuesto, joven y atormentado por su pasado, y la heredera hermosa, poderosa y trágica, unidos por el dolor y un deseo de venganza… ¡Esto es mil veces mejor que cualquiera de mis novelas de romance y fantasía!»

_______________ >> 1 minuto >> _______________

El imponente Comandante Julian Donovan, tras su breve pero intensa presentación, se reintegra con su escuadrón, comenzando a coordinar el despliegue táctico con una eficiencia silenciosa. La Detective Montenegro, junto a la Agente Montessori y la Anticuaria Monterreal, permanece detrás de la cobertura de su camioneta, observando el objetivo.

—Se ve desde aquí qué no hay nadie –Dice Salieri, su voz un susurro cargado de duda. Parpadea varias veces, y sus ojos de detective, entrenados para captar el más mínimo detalle, escrutan el decrépito edificio de hormigón. No hay movimiento, no hay luces, no hay el más mínimo indicio de vida o actividad reciente.– ¿Realmente estarán aquí? Parece completamente abandonado.–

—Lo están –Tras burlarse mentalmente de la confianza del Comandante Julian y de la propia Salieri, Katerina interviene de inmediato, su tono ahora completamente serio y desprovisto de cualquier atisbo de broma. Después de ver que Julian vuelve con sus compañeros, se coloca al lado izquierdo de Salieri, su mirada dorada fija en el almacén– Están usando el Velo para ocultarse–

—¿El Velo? –Pregunta Salieri, girándose hacia la anticuaria. Ha escuchado esa palabra varias veces en las últimas horas, de boca de Sariel y de sus dos compañeras, pero sigue siendo un concepto abstracto y ajeno para ella.–

—Como te dijimos antes en el hospital, Salieri, el Aynu, el mundo humano, y el Altern, el nuestro, coexisten en un mismo plano, en el Erden. Pero para evitar futuras tragedias como la Gran Guerra entre nuestras especies, se colocó un Velo que es prácticamente invisible e indetectable para los humanos –Explica Arisa con la paciencia de una instructora, colocándose al otro lado, a la derecha de la Detective– Normalmente, este Velo está colocado a la mitad del Aynu y el Altern, como una frontera conceptual. Sin embargo, existen aquellos con el poder y el conocimiento para manipular el Velo para su propio beneficio, como es este el caso. –Su mirada verdiazul se posa en Salieri– Para los humanos, este lugar puede parecer abandonado y sin rastro de actividad o vida. Pero, solo aquellos que tienen la capacidad innata o entrenada pueden ver a través de esa mentira. Y con aquellos me refiero a los Surnaturels, a los Usuarios Enial, o… –Arisa mira fijamente a Salieri, directamente a sus ojos rojos– a los Mehr-Wissen, como tú. —Entonces, vuelve a mirar el edificio—. Si concentras tu mirada en el lugar durante unos quince segundos, sin parpadear, activarás tu Reveler de forma inconsciente. Y con esto, podrás ver claramente la verdad que se oculta detrás de esa fachada de abandono.–

Salieri asiente, y aunque una parte de su mente lógica y entrenada grita que todo eso es absurdo, obedece sin dudar. Su confianza en estas dos mujeres y en la nueva realidad que se le ha impuesto es ahora más fuerte que su escepticismo. Fija su vista en el decrépito almacén, forzándose a no parpadear, a concentrarse, a intentar “ver” de esa forma que Arisa le ha indicado.

—¡Woh! –Exclama tras pasar exactamente quince segundos, un jadeo de pura e incrédula conmoción escapando de sus labios.–

Para ella, es como si una capa invisible de la realidad se hubiera desprendido frente a sus ojos. La imagen del edificio decrépito parpadea y se disuelve como un espejismo de calor, revelando lo que hay realmente detrás.

Y, efectivamente, el lugar ahora está repleto de una actividad frenética y organizada. Hombres fuertemente armados, vistiendo uniformes tácticos de un negro funcional, vigilan la entrada principal y todo el perímetro con una alerta profesional. Varios vehículos blindados, idénticos a los que ella vio en los vídeos del ataque a la comisaría, y con el mismo logo de un fantasma con un ojo que la Agente Arisa dibujó (el símbolo de los Custodios del Velo), se encuentran estacionados en lugares estratégicos alrededor del edificio. Hay cajas de suministros y armamento apiladas cerca de una de las entradas laterales y, en el techo del almacén, un helicóptero de transporte de color negro espera en silencio, sus rotores inmóviles pero listo para despegar en cualquier momento. A su vez, tras parpadear, su Reveler le concede un pulso de visión penetrante, permitiéndole ver momentáneamente a través de los muros de hormigón del edificio. Y si bien son apenas unos cuantos metros de profundidad, eso no le impide distinguir con claridad las siluetas de más personas armadas moviéndose en el interior.

—Oye Kat –Susurra Salieri a Katerina, su voz apenas audible, señalando con un gesto sutil de la cabeza a los soldados del Escuadrón Nocturno que esperan en silencio– ¿Ellos lo pueden ver? ¿Pueden ver a través de esta… cosa?–

—Veamos… –Katerina entrecierra los ojos, y por un instante, sus pupilas doradas parecen brillar con una luz interna. Su percepción de Misakirte, aguda y sensible a las auras, recorre a los soldados uno por uno, analizando sus esencias. Su mirada pasa rápidamente sobre el Comandante Julian, se detiene, y luego se desvía con una rapidez casi imperceptible, como si hubiera tocado algo que la incomoda– Ella –Dice finalmente, señalando discretamente a la mujer del equipo que se ha posicionado como francotiradora, la de cabello semi corto, ondulado y café, Sera “Echo” Valerius.–

Si bien, desde el primer momento, Katerina supo que el Comandante Julian también tenía la capacidad de ver a través del Velo, decidió no elegirlo, no por considerarlo débil, en absoluto, sino porque a ella realmente le daba un poco de miedo. Esa aura de un dorado oscuro que emana de él por momentos, una energía controlada pero inmensamente poderosa y con un matiz que no logra identificar, le dio escalofríos.

—¿Es una Surnaturel como ustedes? –Pregunta Salieri, sin apartar la vista del almacén.–

—Sip –Responde Katerina– Es una Aquiloth, una Raza Surnaturel basada en un águila. Tienen una vista legendaria.–

—Entiendo –Asiente Salieri, y justo en ese momento, la imagen superpuesta en su visión parpadea y se desvanece, sus sentidos volviendo a la normalidad. El Velo vuelve a ocultar la verdad, y frente a ella solo queda el edificio abandonado y decrépito. El esfuerzo de mantener el Reveler, aunque inconsciente, la ha dejado con un ligero dolor de cabeza– Pero, ¿y ahora qué haremos con los demás? –Pregunta, echando un vistazo a los otros tres soldados que, por lo que ella puede percibir ahora, permanecen ajenos a la verdadera naturaleza de la escena.–

—No te preocupes, Sali. Si se tienen que enterar y convertirse en Kehrseite, que así sea. –Responde Katerina con una sonrisa traviesa y una despreocupación que alarma a Arisa– No está de más tener nuevos Kehrseite–

Tras decir esto, y antes de que Salieri o Arisa puedan reaccionar o intentar detenerla, Katerina se aproxima con una gracia felina y un propósito decidido a la soldado que había identificado, Sera Valerius. Al llegar a su lado, rodea su cuello con un brazo de forma amistosa pero firme y la lleva unos metros lejos de los demás, hacia la parte trasera del camión blindado, para hablar con ella en privado.

___________________________________________________

—¿Pasa algo?–

La Agente del Escuadrón Nocturno, Sera “Echo” Valerius, se asusta visiblemente ante el repentino y familiar agarre de Katerina, quien la ha apartado del grupo con una gracia felina. Intenta liberarse con un movimiento sutil pero firme, tratando de mantener su compostura profesional y no ser abiertamente cruel con esta extraña mujer que parece no entender los límites del espacio personal, especialmente en medio de una operación táctica.

—¿Eres una Aquiloth, no? –Pregunta la Misakirte, su voz aún un susurro conspirador, sus ojos dorados brillando con la certeza de quien ha reconocido a uno de los suyos.–

Aquiloth. Su nombre evoca nobleza y una visión aguda, con el prefijo “Aquila” ligado al águila, pero la terminación “-loth” sugiere algo más antiguo, casi primordial, un eco de su verdadero origen. No son simples cambiaformas; son Surnaturels nacidos directamente del Caos, manifestados en sus inicios como aves gigantescas de energía oscura y plumaje cambiante. Su rasgo más definitorio y temido es su visión multidimensional, una capacidad innata que les permite percibir no solo el plano físico, sino también fragmentos de posibles futuros y realidades alternativas. Por ello, a menudo actúan como guardianes, observadores, profetas… y, cuando el destino lo exige, como verdugos implacables. Su fuerte conexión con los cielos y el conocimiento oculto hace que su presencia en el Altern sea siempre respetada, pues la palabra de un Aquiloth puede, literalmente, cambiar el curso de la historia.

Su naturaleza se manifiesta en un espectro de formas. En su forma Seige o humana, como la que presenta el especialista en armas pesadas Marcus “Wraith” Thorne, suelen tener rasgos afilados y una mirada intensa. A menudo poseen ojos penetrantes que delatan una sabiduría ancestral y una intuición que roza la precognición. Una marca sutil, como un pequeño tatuaje dorado bajo el párpado inferior, a veces es el único indicio visible de su herencia para un ojo entrenado.

Al adoptar su forma Wesen, su herencia se hace evidente en un híbrido de ser humano y ave de presa. Un cuerpo humanoide, de piel pálida, se adorna con patrones de plumas de tonos pardos y blancos que se extienden por los brazos, el pecho y alrededor de los ojos. Sus manos terminan en largas y afiladas garras negras, y de su espalda brotan pequeñas alas emplumadas, funcionales para planear o para maniobras rápidas. Sus ojos se vuelven completamente blancos y brillantes, perdiendo la pupila visible, otorgándoles una mirada aviar e inquietante.

Cuando necesitan el sigilo absoluto o un descanso mental de las complejidades de sus otras formas, prefieren su forma Lohen: la de un águila majestuosa, comúnmente un águila calva, indistinguible de un animal mundano salvo por el brillo de una inteligencia profunda y ancestral en sus ojos, que a menudo refulgen con una luz blanca antinatural. En esta forma, su capacidad para escuchar conversaciones a kilómetros de distancia con un viento favorable es legendaria.

Sin embargo, para el combate y la manifestación de su verdadero poder, utilizan su forma Wesnaf. En este estado, se convierten en imponentes águilas humanoides de casi tres metros de altura, una visión de poder y nobleza guerrera. Su cuerpo está cubierto por un denso plumaje de reflejos metálicos, plateados o grises, que actúa como una armadura natural. Su cabeza es la de un águila poderosa, con un pico afilado y curvo y unos ojos penetrantes de un naranja o amarillo intenso que denotan una inteligencia completamente lúcida y estratégica. Suelen complementar su forma natural con piezas de armadura ornamentada, como petos y brazales, que a menudo llevan gemas de poder engastadas.

Como todos los hijos del Caos, corren el riesgo de la corrupción si su voluntad flaquea. Un Aquiloth que sucumbe a su naturaleza primordial y caótica se convierte en un Wesion: una versión monstruosa y retorcida de sí mismo. En este estado, su cuerpo crece de forma desproporcionada, con plumas chamuscadas que se mezclan con una piel oscura y correosa. Sus alas se vuelven enormes y deformes, y a menudo les brotan extremidades adicionales, terminadas en garras gigantescas. Su rostro se convierte en el de una bestia dracónica y enfurecida, con ojos que arden con un fuego rojo de pura destrucción. Estas criaturas pierden todo recuerdo de quiénes fueron y se convierten en avatares del caos, capaces de corromper lugares sagrados con su sola y terrible presencia. Su redención es casi imposible, requiriendo una intervención externa extremadamente poderosa que les recuerde la nobleza que han perdido.

Toda la existencia de un Aquiloth está gobernada por su don único y a la vez su maldición: la “Vista de los Mil Ojos”. Esta habilidad les permite ver constantemente fragmentos confusos de múltiples futuros posibles, una avalancha caótica de información que, si se usa en exceso o sin el debido entrenamiento mental, puede llevarlos irremediablemente a la locura. Es por esta razón que los líderes entre los clanes Aquiloth no son elegidos por su fuerza física o su poder en combate, sino por la claridad, la entereza y la sabiduría con la que pueden interpretar las caóticas y a menudo contradictorias visiones que su don les impone sin perder su propia cordura.

—¿Tienes un Neutralizador? –Le pregunta Katerina, susurrándole directamente al oído, su voz ahora desprovista de cualquier broma, reemplazada por una seriedad precisa y conocedora– Ya sabes, ese aparatito bonito que se usa para este tipo de casos–

Sera, la especialista en armas de largo alcance, que hasta ese momento trataba con una intensidad contenida de zafarse del inesperado y familiar agarre de la civil, se detiene al instante al escuchar cómo esta desconocida no solo parece revelar su verdadera naturaleza Surnaturel con una facilidad pasmosa, sino que también le hace otra pregunta de una magnitud y un nivel de clasificación que la deja completamente helada. Su lucha por liberarse se desvanece por completo, su cuerpo se pone rígido y su mirada, antes de pura sorpresa y una creciente molestia, ahora es de una incredulidad absoluta y una cautela extrema. Y, al sentir que toda la resistencia ha cesado, Katerina finalmente la suelta, su misión cumplida.

—Si –Dice Sera, su voz apenas un hilo, casi inaudible por encima del viento. Su respuesta, aunque breve, es una confirmación a todas las preguntas implícitas que Katerina le ha lanzado.–

La soldado de élite la mira fijamente por un instante, y con una seriedad que denota la gravedad de la situación y la comprensión de lo que se le pide, asiente una sola vez, un movimiento corto y preciso. Tras eso, sin decir una palabra más, se da media vuelta y se dirige con paso decidido y rápido hacia la rampa del camión blindado, lista para buscar algo que sabe que ahora es crucial para la tarea que tienen entre manos.

Por su parte, Katerina vuelve hacia donde la Detective Salieri Montenegro y la Agente Arisa Montessori Romanov la observan, aún un poco confundidas por su repentina iniciativa. La anticuaria regresa mostrando una sonrisa juguetona y una actitud completamente triunfante, como si esperara una recompensa o un elogio por el trabajo bien hecho. Mueve las cejas de arriba abajo hacia Arisa, y su rostro es una clara y descarada expresión de: “He hecho mi parte, ahora dame una recompensa. Y ya sabes cuál quiero”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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