Ekstern - Capítulo 3
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Capítulo 3: Capítulo 1 – Llegada | 1.3: Base Sehwert
—Bonito lugar –Digo, mi voz sonando extrañamente alta en el silencio reinante. Me enderezo y observo nuestro entorno– Es un lugar muy pintoresco–
Alzo la vista, y el espectáculo me deja momentáneamente sin palabras. Sobre nosotros, el cielo es un tapiz de una profundidad insondable, de un terciopelo negro tan puro que parece infinito. Salpicado a través de él, el polvo de miríadas de estrellas que mis ojos perciben con una nitidez cristalina, forma un río de luz blanca y nebulosa: La majestuosa banda de la Vía Eleron, misma que se arquea sobre el pueblo como una bendición cósmica.
Frente a nosotros, descendiendo por una calle adoquinada que brilla con el reflejo húmedo de las farolas de estilo antiguo, se extiende un pueblo que parece sacado de un cuento de hadas. Las edificaciones se agrupan con una arquitectura que me resulta vagamente familiar, con sus tejados inclinados de tejas rojizas y fachadas en tonos cálidos, ocres y blancos, que recuerdan a algunos enclaves antiguos de épocas medievales que alguna vez existieron en el pasado del Erden.
O tal vez, se parecen más a las típicas y encantadoras fachadas de los pueblos y ciudades que el plano del Altern, el espacio creado para los Surnaturel, suele ofrecer a sus habitantes.
Las luces amarillentas y cálidas de las calles proyectan sombras largas y suaves, ofreciendo una sensación de quietud, casi de irrealidad, después de la persecución frenética y el caos de hace unos instantes. En la ladera de la colina que se alza sobre el pueblo, distingo las siluetas de edificaciones más grandes, incluyendo lo que parece ser una iglesia o una pequeña catedral, vigilando el valle dormido.
El silencio aquí es notable, casi sagrado. Está roto solo por el susurro del viento entre los árboles a nuestras espaldas y, si agudizo el oído, por el canto distante de algún grillo nocturno. No hay señales evidentes de alarma en la superficie, ni el bullicio que uno esperaría de una ciudad más grande, incluso a estas horas. De hecho, todo el lugar parece un remanso de paz inmaculada, un agudo y casi doloroso contraste con el horror claustrofóbico que dejamos atrás, con la furia de Lumen, la frialdad de Zakech y la amenaza latente y formidable del propio Aren.
—Lo sé, este lugar no tiene más de 5000 habitantes –Dice el Oficial Montenegro, su voz más calmada ahora, mientras su mirada recorre las calles dormidas con una familiaridad protectora– Por cierto, este lugar se llama «Poblado de Nueva Pacífica»–
—Le queda el nombre –Respondo, aspirando profundamente el aire nocturno. El contraste con el hedor del subterráneo es casi abrumador– Ciertamente, este lugar se ve muy pacífico.–
Aún así, esta tranquilidad aparente no debe engañarnos. Hemos escapado, sí, pero es una victoria pírrica, una prórroga comprada con una bala y una granada de humo. El peligro sigue latente, una bestia que hemos dejado herida y enfurecida en su jaula. Conozco a los de su calaña; su orgullo no les permitirá dejar las cosas así.
Este lugar, esta calle adoquinada en las afueras de un pueblo olvidado, es solo una parada momentánea, un respiro en la inmensidad de la noche antes de que debamos decidir nuestro siguiente y crucial movimiento. Sin embargo, por ahora, el simple hecho de estar bajo un cielo abierto y estrellado, y no en las entrañas claustrofóbicas de la tierra, es un alivio que se asienta con cautela en mi ser.
—¿No estamos en la Ciudad? –Pregunto rápidamente, tratando de orientarme en el mapa mental de este mundo.–
—No. Estamos dentro de los límites del Estado de Melbury, pero no en la Ciudad. Como te dije, esto es solo un pequeño pueblo en la periferia. Estamos a varias horas de distancia del núcleo urbano. –Responde él–
—¿Y ahora? –Pregunto, sintiendo cómo el fresco aire de la noche comienza a disipar la adrenalina, dejando paso a la fatiga y a la incertidumbre de nuestra situación.–
Entonces, con una sonrisa que es una mezcla de alivio y satisfacción astuta, el Oficial Montenegro mete una mano en el bolsillo de su pantalón y saca un manojo de llaves que tintinean suavemente en el silencio. Entre ellas, distingo claramente la forma de la llave de un vehículo, con su característico mando a distancia.
—Nos largamos de aquí –Dice él, sin borrar esa sonrisa de su rostro. Es la sonrisa de un hombre que, a pesar de estar superado en número y poder, aún tenía un plan de escape– Tengo un vehículo de seguridad estacionado no muy lejos. Es hora de desaparecer antes de que se den cuenta de que los pájaros volaron de la jaula.–
Rápidamente, y sin bajar la guardia, lo sigo. Nos movemos agachados al principio, pegados a un muro de piedra bajo que bordea la calle adoquinada, hasta que el Oficial Montenegro se detiene junto a una estructura apartada. Mis ojos se ajustan a la escena: una camioneta utilitaria policial, de un blanco impoluto que casi brilla bajo la luz de las estrellas, se encuentra estacionada junto a un pequeño edificio de piedra rústica a las afueras del pueblo. La construcción parece una antigua casa de campo o un granero, y el vehículo moderno a su lado crea un contraste anacrónico. Está a escasos metros de la salida de las alcantarillas. Literalmente, al lado de donde emergimos.
La camioneta es un modelo robusto y funcional. Las palabras “POLICÍA DE MELBURY” están escritas en letras mayúsculas de un azul oscuro y oficial en los costados, sobre una franja del mismo color que recorre el vehículo. Una placa policial con el emblema del estado adorna el capó. Sobre el techo, una barra de luces de emergencia promete un despliegue de autoridad, y un foco de búsqueda está montado junto al espejo del conductor, listo para atravesar la oscuridad. Es, en todos los sentidos, un vehículo de servicio, preparado y convenientemente ubicado.
—Oh vaya, otra conveniencia de guión –Digo, mi voz cargada de una diversión seca e irónica mientras observo la escena. La perfección del plan de escape del Oficial es tan oportuna que parece sacada de una narrativa de ficción barata.–
—Hay que ser eficientes, muchacho –Dice el Oficial Montenegro, y al mirarlo, veo que su rostro muestra la diversión de sus propias palabras. Una sonrisa cansada pero genuina se dibuja en sus labios mientras presiona un botón en el llavero, y las luces del vehículo parpadean una vez, acompañadas de un suave “clic” electrónico que rompe el silencio de la noche–
El Oficial Montenegro se dirige primero a la parte trasera del vehículo. Con un movimiento rápido y profesional, abre la puerta, coloca el seguro a la escopeta y la deposita con cuidado en el suelo del compartimiento trasero, sobre una manta. Tras cerrar la puerta con un sonido sordo y tranquilizador, se dirige hacia el lado del conductor mientras yo rodeo el vehículo hacia el del copiloto.
Me dejo caer pesadamente en el asiento, y el contraste es tan abrupto que casi me deja sin aliento. Mi cuerpo, que hace unos momentos estaba tenso y adolorido sobre el suelo de piedra y el fango, ahora se hunde en una tapicería suave y ergonómica. Son asientos de un confort inesperado, una comodidad que no muchos vehículos de servicio suelen ofrecer. Por un instante, cierro los ojos, simplemente sintiendo el alivio en mis músculos fatigados.
—La Ciudad de Melbury está a media hora de aquí –Explica él mientras se acomoda en su propio asiento, su voz ahora más relajada, la de un hombre en su elemento– Y ponte el cinturón–
—¿Qué horas son, por cierto? –Pregunto, mi propia voz sonando cansada mientras obedezco y abrocho el cinturón de seguridad, el “clic” del mecanismo sonando extrañamente definitivo en el silencio. Me acomodo, permitiéndome por primera vez una sensación de relativa seguridad.–
El sonido del motor del auto encendiéndose es suave y potente. Tan pronto como lo hace, el tablero del vehículo se ilumina con una serie de luces y una pantalla digital central, mostrando la hora en grandes números blancos.
—Las 10:25 de la noche… –Digo en voz baja al ver lo que necesitaba, más para mí que para él.–
Tras entrar en la carretera principal, dejando atrás las tenues luces del Poblado de Nueva Pacífica, un hondo suspiro, cargado con el peso de todo lo ocurrido, sale de mi boca sin que pueda evitarlo.
—¿Pasa algo? –Pregunta el Oficial Montenegro, su tono notablemente más suave que antes, una genuina nota de preocupación en él, aunque no retira su mirada de la carretera oscura que se extiende ante nosotros.–
—Mucho –Respondo con un desánimo que no puedo ocultar, mi voz apenas un murmullo– No solo mi poder fue mermado hasta casi la inexistencia, sino que también… perdí a mi hermana en el proceso.–
—…–
Un pesado silencio se apodera del habitáculo. Durante varios minutos, únicamente se pueden escuchar el zumbido del motor y el sonido rítmico de los neumáticos del auto andando por la carretera, devorando la distancia en la noche. Es un silencio no de incomodidad, sino de respeto, un espacio que el Oficial me concede para mi duelo.
—Tú… –Finalmente, es él quien rompe el dichoso silencio, su voz cautelosa– ¿Tú hermana también es una Ekstern?–
—Asiento, mi mirada perdida en la oscuridad que pasa por la ventanilla– Sí. Venimos juntos a este mundo. En busca de pretendientes. Al final, nos terminamos quedando, debido a que, bueno, prácticamente estamos atados aquí con cadenas invisibles. Cadenas que no se romperán hasta que no encontremos a dichos pretendientes y nos casemos con ellos.–
—¿Pretendientes? –Pregunta el Oficial, y puedo percibir su sorpresa sin necesidad de mirarlo.–
—Tras un tiempo considerable en nuestras andanzas, nos llamaron de vuelta al Palacio en el Mundo Rama, nuestro hogar primordial. Resultó que fue para darnos una Misión de carácter irrevocable –Explico, las palabras saliendo con una monotonía cansada.–
—¿Misión?–
—Encontrar a nuestra Pareja Destinada –Respondo, la frase sintiéndose extraña en mis labios.–
—¿Y eso es…?–
—Es un nuevo Sistema que la superiora de nuestros Padres, una entidad llamada Aracne, la Administradora Suprema de todas las Dimensiones, creó. Lo hizo después de ver que había una infinidad de hijos ilegítimos de seres como nosotros, regados por incontables mundos, causando desequilibrios y caos. El Sistema, en esencia, consiste en asignar a cada Dios Dimensional una única pareja compatible en todo el multiverso. Una pareja con la que pasará el resto de la eternidad, y la única con la que podrá tener descendencia.–
El cuerpo del Oficial Montenegro se tensa repentinamente. Sus manos se aferran con más fuerza al volante, sus nudillos visibles bajo la tenue luz del tablero.
—¿Dioses Dimensionales? –Me mira de reojo, y su voz ha recuperado toda su precaución inicial, si no es que más.–
—Asiento con la cabeza, sabiendo el peso de mis palabras– Si, así es –Hago una pausa, decidiendo aclarar antes de que saque conclusiones precipitadas– Soy un Dios Dimensional. O bueno, no realmente, no todavía. Para obtener oficialmente el Título y el poder que conlleva, necesito encontrar a mi Pareja Destinada y casarme con ella. Solo así nosotros, los de mi linaje, bajo este nuevo Sistema, podemos tomar el control y la regencia de una Dimensión propia.–
—El Oficial Montenegro suelta el aire en un largo suspiro, como si hubiera estado conteniendo la respiración. Es claramente demasiada información para procesar en una noche. Relaja un poco su agarre del volante, una sonrisa incrédula y divertida formándose en su rostro.– Hija… deberás agradecerme mucho más tarde por todo esto. Vas a ser la envidia de todas tus amigas. –Murmura con diversión–
Sonrío para mis adentros, una chispa de mi habitual arrogancia brillando en la oscuridad de mis pensamientos.
Sí, cualquier persona en su sano juicio querría tener a un Dios Dimensional como tutor, protector y mentor. Definitivamente, esa chica, la hija del Oficial, obtuvo el pase dorado con este trato. (Y sí, el pase dorado soy yo. Soy narcisista, no puedo evitar echarme porras a mí mismo.)
—Y entonces, ¿encontraste a tu Pareja Destinada? –La pregunta del Oficial Montenegro me saca de mis divagaciones, su tono ahora completamente desprovisto de cautela, reemplazado por una genuina y simple curiosidad humana.–
—Mi efímera sonrisa se desvanece. Mi respuesta es un gesto complejo y contradictorio; niego y asiento con la cabeza casi al mismo tiempo, una manifestación física de mi conflicto interno. Tras eso, lanzo un hondo suspiro de pesar, uno que parece arrastrar consigo el peso de milenios.– Si… y no–
—¿Y eso?–
—Mi Pareja Destinada era Astel, la Administradora de este mundo, o como ustedes la conocen… la Diosa Creadora–
El silencio que sigue a mis palabras es absoluto. Vuelve a reinar en el vehículo, pero esta vez es diferente. Es más pesado, más denso, cargado de una conmoción tan grande que parece absorber el sonido del motor y el rumor de los neumáticos sobre el asfalto. Puedo sentir la mirada del Oficial sobre mí, una mirada de pura incredulidad.
—Lamentablemente, la perdí –Digo finalmente, mi voz un murmullo bajo y ronco– En un principio, cuando mi hermana y yo llegamos a este mundo, resultó que Astel había sido asignada como mi Pareja Destinada. Al principio, debo confesarle, me resultó muy incómodo, incluso aterrador. –Hago una pausa, recordando la extraña sensación– Los corazones de los Dioses Dimensionales de mi linaje, bajo este nuevo Sistema de Aracne, están totalmente bloqueados, en un estado de quietud perpetua. No pueden latir, ni siquiera en casos donde se sienta un miedo extremo o una alegría desbordante. Únicamente, y esta es la clave de todo, pueden hacerlo si encuentran a su Pareja Destinada. –Nuevamente hago una pausa, tras recordar un poco de esos días– En ese entonces, la incomodidad principal fue porque, al ver por primera vez a Astel, antes de que este mundo tuviera siquiera una forma definida, mi corazón, hasta entonces muerto y silencioso por eones, comenzó a agitarse violentamente dentro de mi pecho. Me causó un miedo y una incomodidad terribles. –Una risita escapa de mi boca al recordar este sucesos, pues a pesar de ser un mujeriego, una mujer random me dio un miedo real– Sin embargo, con el pasar de los siglos, mientras ayudaba a Astel en la gran tarea de la construcción de este nuevo mundo, viendo cómo daba forma a los continentes, cómo sembraba la vida… poco a poco, nos fuimos enamorando. Porque sí, el que el corazón lata no es sinónimo de que nos enamoremos en un instante. Es solo un indicador, una brújula biológica que nos permite encontrar a nuestra Pareja Destinada en la inmensidad del cosmos. El amor verdadero, como siempre, debe construirse.–
—¿Y qué pasó después? –Pregunta el Oficial, su voz ahora suave, completamente absorto en el relato.–
—Un suspiro largo y tembloroso sale de mi boca. Esta es la parte difícil– Los Administradores de Mundos, como Astel, no pueden tener relaciones sexuales. Es un tabú absoluto, una regla fundamental de su Sistema. Si pierden su castidad, el Sistema de Administración de Mundos los borra completamente de la existencia, sin dejar el más mínimo rastro, reemplazándolos por otro Administrador al instante. Y por esto mismo es que Astel y yo nunca pudimos… consumar nuestra relación. –Una sonrisa amarga y torcida se forma en mis labios al recordar la frustración, la impotencia– Esto básicamente llevó a que Astel, en un estado que solo puedo describir como una locura nacida del amor y la desesperación, intentara encontrar por todos los medios una forma de poder desvincularse del Sistema que la mantenía atada a esa regla. Tal era su estado, que poco a poco su propia vida se fue consumiendo en esa investigación obsesiva. No descansaba, no dormía, no comía, nada. Su luz se fue atenuando, su poder, debilitándose gradualmente. Por eso, en un estado de absoluta desesperación de mi parte al verla así, al ver cómo se destruía a sí misma por mí… yo…–
Una vez más, el silencio vuelve a reinar. Pero esta vez, está lleno de un dolor y un arrepentimiento tan palpables que casi se pueden tocar. Aprieto la mandíbula, incapaz de continuar, los recuerdos demasiado afilados, demasiado vivos.
—Si no quieres decirlo, no lo digas –La voz del Oficial Montenegro es completamente suave, desprovista de toda la dureza anterior. Es el tono de un hombre que ha conocido la pérdida, como si comprendiera mi dolor a un nivel fundamental. Y después de escuchar sobre la desaparición de su esposa, entiendo que, en efecto, sí lo comprende.– No es necesario que te fuerces.–
—Niego lentamente con la cabeza, una sonrisa tranquila y amarga formándose en mis labios– Hay que sacarlo alguna vez, ¿no es así? El veneno guardado termina por consumir desde adentro. –Tomo una respiración profunda, el aire en el vehículo se siente pesado, cargado de historia no contada– Como dije, yo…, la engañé –La confesión sale finalmente, un peso de eones liberado en estas simples palabras. Me siento vacío al decirlas.– Yo puedo estar con una infinidad de mujeres, es parte de mi naturaleza exploratoria, pero una vez que entro en una relación seria, una vez que entrego mi afecto, soy completamente fiel. Es un código personal. Pero en esa ocasión, rompí ese código. Rompí mi propia fidelidad, todo con el retorcido y desesperado propósito de que ella se decepcionara tanto de mí, que el dolor fuera tan agudo, para que así nuestra conexión se rompiera. Creí que si lograba que me odiara, la liberaría de su obsesión y así ella podría seguir viviendo.–
Un suspiro cargado de pesar se me escapa.
Tuve que usar a Lilian para ello. La Primera Mujer Humana que la propia Astel creó, su más bella y orgullosa creación, e incluso su confidente y mejor amiga.
Fue un acto doloroso, tanto para Lilian como para mí, pero, como su amiga más cercana, ella también veía cómo Astel se consumía y entendía que no podía seguir así, Por esto mismo, y por lealtad a Astel, ella cooperó conmigo para armar esta farsa cruel.
Y así lo hicimos. Fue una tortura lenta. Poco a poco nos fuimos acercando, mostrándonos íntimos y cercanos frente a Astel, compartiendo sonrisas que no sentíamos, conversaciones que eran pura actuación. Cada mirada de dolor y confusión en los ojos de Astel era una daga en mi propio corazón. Hasta que llegó el punto culminante, el acto final de nuestra obra, donde Lilian y yo tuvimos una unión real, explícita. Un acto donde se llevó a cabo, o eso creí, ese punto de quiebre definitivo para nuestra relación.
—Y lo más gracioso y trágico de todo –Continúo, mi voz teñida de una ironía desoladora– es que, a pesar de que Astel tenía el corazón completamente roto, no dejó de amarme. La conexión, que yo esperaba desesperadamente que se rompiera, no se rompió. Simplemente se… dañó. Dejó de hablarme, al menos como antes. Dejó de compartir sus alegrías y tristezas conmigo, de verme con ese cariño que iluminaba mundos, de ser ella misma cuando estaba a mi lado. Básicamente, iniciamos una guerra fría, un abismo de silencio y dolor entre dos seres que se amaban profundamente. Una guerra que terminó con la ayuda de cierta adorable y fuerte mujer. Y aunque volvimos a hablar, a luchar codo con codo, nuestra relación, esa intimidad que habíamos construido, nunca fue la misma.–
—Pero… ¿aún tienes la posibilidad de volver a conectar con ella, no? –Pregunta el Oficial, su voz una hebra de esperanza en la oscuridad del coche– Dices que no dejó de amarte. Tal vez con el tiempo…–
—No –Digo, negando con la cabeza una vez más, el movimiento pesado, definitivo– Ahora ya no…–
Otro suspiro, esta vez final, resignado.
—Oficial, ¿usted sabe que fue lo que pasó con el Caos Encarnado?–
El Oficial Montenegro traga saliva de forma audible y asiente con solemnidad. Es una historia que incluso los Humanos más jóvenes de este mundo conocen, pues la Santa Iglesia de Astel, la religión predominante en este mundo, en el Erden, en el Aynu, se ha encargado de difundir su historia hasta convertirla en leyenda, en evangelio.
Es la historia de cómo la Diosa Astel, en un acto final de amor y sacrificio por su creación, entregó su cuerpo físico para convertirse en el sello viviente que contendría al Caos Encarnado por toda la eternidad. Y es la historia de cómo, en la actualidad, su Alma, su esencia divina, yace en un estado de hibernación profunda, en una habitación especial conectada directamente al Sistema de Administrador de Mundos, en lo más recóndito del Palacio Celestial. Un santuario creado para reparar a los Administradores heridos. Y allí, yace ella, mi Astel, descansando en un sueño del que quizás nunca despierte, hasta que finalmente pueda, algún día, volver a su rol como Administradora de este mundo que tanto amó. Un mundo que ahora yo recorro sin ella.
—Antes de que el Caos fuese sellado, en el momento culminante de su sacrificio, esa conexión de la que le hablé, la que por alguna razón no se cortó con mi engaño, finalmente fue desconectada por la propia Astel. Fue un acto deliberado por su parte, un último adiós. Cuando eso sucedió, mi corazón, que antes seguía latiendo con una fuerza dolorosa por ella, se detuvo en seco. Volvió a morir. Se convirtió de nuevo en un órgano silencioso, inerte, como si el amor, el dolor y la alegría de los últimos siglos nunca hubieran pasado. –Digo, mi voz apenas un susurro, mi mirada perdida en la noche infinita que se desliza por la ventanilla– Y cuando una conexión entre Parejas Destinadas se corta de esa manera, ya no hay nada más que hacer. Se ha acabado. Si un Dios Dimensional pierde a su pareja, ya sea por la muerte o por una gran decepción hacia ella, entonces es el fin de su capacidad de amar. Su corazón dejará de latir para siempre, se sentirá como una roca fría en el pecho. Nunca más podrá volver a sentir ese sentimiento que ustedes llaman “amor”, no podrá amar a nadie de esa forma, ni tampoco podrá tener hijos. Por lo que ese Dios Dimensional quedará completamente solo, emocionalmente aislado, por el resto de una eternidad que se vuelve infinitamente más larga y vacía. Y aunque pudiera tener relaciones con otros seres, estas solo serían físicas, más nunca algo enteramente serio o profundo.–
Me pregunto, a veces, lo que pasó exactamente por la cabeza de la Administradora Aracne al decidir algo tan… absoluto. Tan cruel. ¿Fue un castigo para las nuevas generaciones por los errores de sus Padres y sus antepasados? ¿Una solución drástica y sin matices para un problema complejo?
Según recuerdo de las crónicas de mi familia, el Padre de mi Padre, mi Abuelo, era un ser de un poder y una lujuria legendarios. Tenía una infinidad de hijos ilegítimos esparcidos por incontables mundos, producto de sus incontables amoríos. Por pura casualidad, o quizás por algún mérito que solo él vio, mi Abuelo lo eligió a él, a Arkhan, mi Padre, para tomar la Sucesión del Trono Dimensional.
Pero eso no significó que mi Padre la tuviese fácil. Cuando los demás hijos ilegítimos, todos ellos semidioses poderosos y ambiciosos, se enteraron, comenzaron a luchar entre sí por lo que consideraban su derecho de nacimiento. Se desató una guerra de sucesión sumamente sangrienta que abarcó sistemas solares enteros, una guerra donde Arkhan, mi Padre, tras décadas de conflicto y pérdidas terribles, finalmente salió triunfador, pero a un coste que aún hoy se siente en nuestra familia.
Probablemente fue por situaciones así, por esas guerras fratricidas y el caos generado por linajes sin control, que Aracne, tras muchas luchas internas y peticiones formales por parte de otros Dioses Dimensionales (incluyendo, irónicamente, a mi propio Abuelo, quien vio el desastre que había provocado), estableció este nuevo y restrictivo Sistema de la Pareja Destinada. Fue su forma de imponer orden, de evitar que tragedias como la de mi Padre volvieran a ocurrir, asegurando que el poder y la herencia estuvieran ligados a una unión única y predestinada.
Y ahora, aquí estoy yo. Un producto y, a la vez, una víctima de ese mismo sistema diseñado para traer la paz. Un ser condenado a la soledad eterna, todo por una solución a los problemas de una generación que vivió hace eones. La historia, al parecer, nunca deja de cobrar sus deudas.
—Y volviendo al tema de mi hermana… bueno –Digo, y a pesar del agotamiento, una sonrisa genuinamente nostálgica se dibuja en mis labios al recordarla. El dolor de su sacrificio se mezcla con el calor de incontables recuerdos compartidos– Ella y yo tomamos caminos separados tras la Guerra contra el Caos. Cada uno se dedicó a disfrutar del libertinaje y la libertad que este vasto mundo podría ofrecernos, explorando todo tipo de lugares, disfrutando todo tipo de placeres, aprendiendo todo tipo de conocimientos, incluso observando el peso de las decisiones mortales, desde nuevos países hasta sus respectivas caídas, desde guerras, hasta momentos de paz. Sin embargo, a pesar de la distancia, aún seguíamos en contacto regular. Nos reuníamos cada cierto tiempo en algún punto neutral de este mundo para contar todo lo que habíamos vivido, las maravillas que habíamos visto, los problemas de este mundo y los problemas en los que nos habíamos metido durante el tiempo en que estábamos separados.
Al ver el cambio en mi expresión, esa nostalgia reemplazando la amargura anterior, el Oficial Montenegro no puede evitar preguntar algo. Por un momento pienso que será sobre mis experiencias pasadas, pero su mirada es más aguda, más directa.
—No te ves tan afectado por la muerte de tu hermana –Para mi sorpresa, se trata de esa pregunta.–
—Sonrío, una sonrisa más segura esta vez– Es porque guardo una pequeña pero tenaz esperanza de que ella no haya muerto realmente –Explico, aferrándome a esa posibilidad con todas mis fuerzas– Siento, o quiero creer, que fue enviada al Purgatorio o a algún plano de contención similar. Después de todo, nosotros fuimos diseñados con múltiples Sistemas de protección contra la muerte real, protocolos de emergencia para preservar el alma ante un daño físico catastrófico. Así que, tal vez, y solo tal vez, el Protocolo de Protección Mortal aún siga activado en nosotros, a pesar de la severa pérdida en ambos de nuestros poderes. –Hago una pausa, un pensamiento más ligero cruzando mi mente– Además, no es por ser narcisista, pero Elaine y yo siempre hemos sido los favoritos de nuestros Padres. A diferencia de nuestro hermano, Lucian, quien los ha decepcionado profundamente con su actitud y sus decisiones.–
—¿Lucian? –Pregunta el Oficial, la curiosidad nuevamente en su voz.–
Guardo silencio al instante. El solo nombre de Lucian es como una llave que abre una caja de Pandora en mi interior, una caja llena de emociones venenosas y contradictorias. Es un tema… complicado, muy complicado. Hablar de él provoca no solo un agudo sentido de pérdida y una profunda decepción por no haber podido actuar como un hermano mayor, por no haberme dado cuenta de la magnitud de su sufrimiento a tiempo; sino también, un sentido de odio puro e inextinguible por sus acciones. Por el daño que le causó a mi antigua amada, Astel, y a este mundo que ella tanto cuidaba.
La atmósfera dentro del vehículo se vuelve pesada de nuevo. Cierro los ojos por un momento, sintiendo el peso de la noche, de las revelaciones y de la huida aplastándome.
—Oficial –Digo, mi voz teñida de un cansancio que ya no puedo disimular– He pasado por mucho en muy poco tiempo. Me gustaría descansar, aunque sea solo unos minutos. El cuerpo y la mente necesitan un respiro. –Abro los ojos y lo miro, mi expresión una súplica silenciosa– Por favor, despiérteme cuando lleguemos a la Ciudad–
Con eso, me hundo en la inesperada comodidad del asiento, permitiendo que la tensión abandone mis músculos por primera vez. Cierro los ojos y siento cómo el sueño, un escape bienvenido, comienza a invadir los bordes de mi consciencia, arrastrándome hacia un bien merecido olvido temporal.
—De acuerdo chico. Descansa. –Lo escucho decir, y su tono de voz es calmante, casi paternal. Es la última cosa que registro antes de que la oscuridad me reclame por completo.–
_______________ >> 30 minutos >> _______________
Tras dormir un poco, caí en un sueño profundo y sin sobresaltos. Curiosamente, esta vez no soñé nada interesante o caótico, solo una escena de una calma casi dolorosa: yo, sentado en un cómodo sillón de cuero, viendo una televisión que mostraba programas basura típicos de finales de la Era de la Consolidación, dentro de mi Habitación Blanca, con la apariencia de una combinación típica de mi gusto.: El interior de una cabaña rústica y acogedora, con el crepitar de una chimenea y su respectivo calor, mientras que a través de sus ventanas se veía un exterior perpetuamente nevado, un paisaje de un blanco infinito y silencioso, con una nevada que se podía ver claramente desde estas mismas ventanas de cristal. La escena, curiosamente… me recordaba a alguien, a un tiempo de paz y construcción que ahora se sentía a millones de años de distancia. Definitivamente, fue un sueño, aunque extraño, muy agradable. Sobre todo porque esa cabaña olía a vainilla, un olor típico de cierta mujer que cambió mi vida.
Sin embargo, repentinamente este sueño se vio interrumpido al sentir unos suaves pero insistentes golpeteos en mi hombro, mismos que terminan sacándome de la neblina del sueño.
—Ey, chico, llegamos –Una voz grave se escucha a mi lado izquierdo.–
—¿Eh?, ¿qué? –Murmuro, completamente desorientado, mi mente aún a medio camino entre ese refugio nevado y la realidad.–
Al escuchar la voz de nuevo, abro los ojos lentamente, parpadeando para enfocarme. Miro hacia el frente, a través del parabrisas del vehículo, y lo único que veo es una calle oscura, casi sin vida, tenuemente iluminada por la luz solitaria de una lámpara lejana.
—Bostezo, un bostezo largo y profundo que me hace estirar los músculos doloridos– ¿Llegamos? –Pregunto, estirándome, mi voz aún ronca por el sueño.–
—Si –Dice él, su tono práctico como siempre, mientras se desabrocha el cinturón de seguridad y abre su puerta–
Una vez que ambos bajamos del auto, me doy cuenta de que la camioneta se ha detenido frente a la boca de un callejón estrecho. A pesar de la oscuridad que lo envuelve, se puede notar claramente que no tiene salida, terminando en un muro de piedra.
—Oiga Oficial… –Digo, una punzada de la antigua desconfianza asomando en mi voz. El lugar es extrañamente sospechoso.–
—Sígueme –Dice él, y al mirarlo, su rostro muestra una sonrisa enigmática, una que básicamente dice “ya lo verás, solo ten un poco de fe”.–
—Bien… –Respondo, un ligero escalofrío recorriendo mi espalda mientras lo sigo hacia la oscuridad del callejón. El aire aquí es más frío, huele a piedra húmeda y a noche.–
Sí, lo admito sin reparos, este lugar me parece muy sospechoso. Pero, ¿pueden culparme? O sea, es un jodido callejón oscuro, estrecho y sin aparente salida en mitad de la noche. Menos mal que, tras los eventos recientes, ya confío en el Oficial Montenegro, de lo contrario, probablemente estaría preparando el revólver, pensando que va a secuestrarme y enviarme a algún laboratorio clandestino para que experimenten conmigo.
—Tras llegar al final del callejón, nuestro camino finalmente iluminado por una única farola de hierro forjado (una mezcla entre antigua por su diseño y moderna porque su luz es eléctrica), nos detenemos– ¿Y ahora qué? –Digo, mirando el muro de ladrillos que bloquea nuestro paso.–
De su bolsillo, el Oficial Montenegro saca una llave. No es una llave común, de esas que abren puertas mundanas de madera o metal. Esta parece forjada en una época distinta, hecha de un metal oscuro y opaco que parece engullir la escasa luz de la farola. Sus dientes son una serie de engranajes y símbolos complejos, y su cabeza, más que para girar, parece un emblema, un sello de alguna orden olvidada.
Observo con fascinación cómo se acerca a la pared del fondo del callejón, a esa superficie de ladrillos viejos y desgastados, manchados por la humedad y el paso de incontables estaciones.
Y entonces, con una naturalidad que me desconcierta por completo, inserta la llave directamente en la pared.
Pero, para mi completa y absoluta sorpresa, la llave no choca contra la mampostería, no raspa buscando una cerradura invisible. Simplemente atraviesa los ladrillos como si estos fueran una ilusión, como un cuchillo caliente cortando mantequilla. La hoja de la llave se hunde sin esfuerzo hasta que solo la cabeza labrada queda visible, sostenida con firmeza por la mano del Oficial.
Inmediatamente después, un efecto de onda se observa en la pared, originándose desde el punto donde la llave ha desaparecido. Es como si la superficie sólida se hubiera vuelto líquida por un instante, una perturbación visible que se expande en círculos concéntricos, distorsionando la textura de los ladrillos, haciéndolos vibrar con una luz muy tenue que parece emanar desde dentro.
Y segundos después, de la nada, una puerta comienza a tomar forma donde antes solo había pared. No se desliza desde un lado, no gira sobre bisagras; simplemente aparece. Primero es un contorno oscuro, una sombra más densa que el resto del callejón. Luego, esa forma se solidifica, revelando una puerta alta y majestuosamente arqueada, hecha de una madera oscura, casi negra, y tachonada con gruesos remaches de hierro que le dan un aspecto antiguo y formidable. Finalmente, justo en el centro de la puerta, un círculo perfecto comienza a brillar con una luz azulada, fría e intensa, como un ojo acuoso o una luna cautiva, observándonos desde el otro lado.
El resplandor azul tiñe el rostro ahora abiertamente sonriente del Oficial Montenegro y proyecta nuestras largas y danzantes sombras por el estrecho callejón, transformando por completo la atmósfera del lugar, que pasa de ser simplemente sospechoso a abiertamente, y poderosamente, arcano.
—¿Qué carajos? –Exclamo, la palabra escapando de mis labios antes de que mi compostura habitual pueda detenerla. Mis ojos, ahora mortales (o eso creo, más adelante tendré que consultar al Sistema sobre el estado de mis capacidades perceptivas), acaban de presenciar un tipo de magia que desafía la física de una manera sutil y elegante que no había visto en mucho tiempo. No es una explosión de poder, sino un tejido de la realidad, una costura invisible deshecha y vuelta a coser.–
—Ven, vamos–
El Oficial Montenegro, sin inmutarse en lo más mínimo por el milagro que acaba de obrar, me mira con una clara diversión en sus ojos. Es la mirada de un hombre que finalmente ha logrado sorprender a una entidad que presume de haberlo visto todo. Disfruta de mi desconcierto. Con una inclinación de cabeza, abre la pesada puerta, que se mueve sin el menor ruido, y entra, haciéndome una seña para que lo siga hacia el resplandor azul.
Dudo solo un instante, y luego, con la curiosidad superando mi cautela, lo sigo.
El ligero zumbido que acompañó antes la aparición de la puerta se desvanece por completo, o quizás, es absorbido por el silencio profundo y reverente que ahora nos envuelve. No es un silencio vacío, sino uno lleno de peso y de historia. Miro hacia atrás por instinto y veo cómo la puerta se cierra sola, el círculo azul pulsando una última vez antes de apagarse. Por un segundo, la imagen del callejón es visible a través de un umbral que se desvanece, y luego, la puerta misma se disuelve en la nada, dejando tras de nosotros una pared sólida y sin adornos, como si nunca hubiera existido. Estamos, inequívocamente, en otro lugar.
Lo primero que mis ojos notan, una vez que se han ajustado, es la inmensidad del lugar. Una sala circular de proporciones colosales se extiende ante nosotros, tan alta que el techo se pierde en una cúpula lejana donde un gran óculo, como un sol interior, derrama una luz pálida, serena y plateada sobre todo el recinto. A su vez, varias ventanas altas y arqueadas, de estilo gótico y situadas en lo que parecen ser múltiples niveles superiores, también contribuyen a esta iluminación casi etérea, permitiendo que la luz estelar del exterior se filtre y se mezcle con el brillo del óculo.
Y luego, los libros. Por dondequiera que miro, hay libros. Las estanterías de madera oscura, de un tono caoba profundo y ricamente labradas con detalles que no logro distinguir del todo desde mi posición, se elevan desde el suelo pulido hasta perderse en las alturas, siguiendo la curvatura perfecta de las paredes. No son un solo nivel de estantes, sino varios pisos, cada uno con su propia barandilla y pasarela, creando una colmena de conocimiento que se eleva hacia la cúpula. Son cientos de miles, no, quizás millones de volúmenes, apretados unos contra otros, sus lomos de cuero y tela formando un mosaico infinito de colores sobrios: marrones, negros, granates y dorados. El aire mismo parece impregnado del aroma de papel antiguo, de pergamino, de encuadernaciones centenarias y del leve toque a cera para muebles. Es un olor que evoca conocimiento, historia y secretos guardados a través de los siglos. Es un aroma que, para un ser como yo, resulta embriagador.
El suelo bajo mis pies es de una madera noble y pulida, dispuesto en un patrón de espiga que refleja la luz del óculo y de las ventanas como un espejo oscuro y profundo. Hacia un lado, no muy lejos de donde hemos entrado, descansa sobre otro pedestal de piedra una esfera de un azul brillante, muy similar al resplandor que adornaba la puerta exterior. Pulsa con una luz interna, suave pero constante, proyectando reflejos danzantes sobre las estanterías cercanas y el suelo. Puedo sentir su energía desde aquí; no es simplemente decorativa, es una fuente de poder, o quizás un faro en este mar de conocimiento, un nexo mágico que estabiliza este lugar.
Noto también que el aire no está quieto; diminutas motas de polvo, o quizás algo más… partículas luminosas, casi como esporas de luz, flotan y giran lentamente en los haces que descienden desde lo alto, como estrellas en miniatura danzando en una brisa invisible. Todo ello crea una atmósfera casi onírica, de una quietud reverente y mágica. A pesar de su tamaño, el lugar no se siente vacío ni desolado, sino lleno, cargado de la sabiduría y las historias contenidas en cada uno de sus rincones, como si las voces de incontables autores y eruditos susurraran desde las páginas cerradas.
El Oficial Montenegro, que había esperado a que yo entrara primero, cruza ahora el umbral invisible donde antes estaba la puerta.
Él, a diferencia de mí, que observo todo con un asombro que no sentía en milenios, parece completamente familiarizado con este entorno monumental. Su postura se relaja, la tensión de la huida abandona sus hombros, y una expresión de serena compostura se asienta en su rostro. Se mueve con una confianza tranquila, casi como si estuviera volviendo a casa. Este lugar, esta biblioteca secreta y magnífica, es su santuario. Y esa revelación, quizás, es tan sorprendente como la propia existencia de este sitio.
—Increíble… –Exclamo, mi voz un susurro lleno de un asombro que no he sentido en siglos. Doy un paso hacia el centro de la sala, girando lentamente sobre mis talones, tratando de absorber la escala, la historia y la magia del lugar– Definitivamente debo agregar esto a la Habitación Blanca–
—¿Habitación Blanca? –Pregunta el Oficial Montenegro desde la entrada, su tono confundido, sacándome de mi ensimismamiento–
—Es un espacio dimensional personal que todos los Dioses Dimensionales, así como sus hijos legítimos o los Herederos designados de futuras Dimensiones, poseemos desde nuestro nacimiento –Respondo, volviéndome hacia él. Siento la necesidad de explicar, quizás para reafirmar mi propia identidad en este momento de debilidad– El tiempo en su interior es configurable. Por ejemplo, dentro de la Habitación Blanca pueden transcurrir mil años de estudio o entrenamiento, mientras que en el exterior apenas habrán pasado unos cuantos minutos. Además, su diseño interior no solo es casi infinito, pues abarca millones y millones de kilómetros dispuestos para nuestro uso, sino que también es completamente modificable. Se puede colocar cualquier escenario que nuestro cerebro recuerde, y como nosotros hemos viajado por innumerables mundos a lo largo de eones, pues tenemos a nuestra disposición una infinidad de escenarios para recrear.–
Curiosamente, pienso con una sonrisa interna, la Habitación Blanca de mi Padre, Arkhan, fue donde él entrenó personalmente a mi Madre, Alicia, cuando ella aún era la “Villana” en una Novela de Romance típica de fantasía, una historia en un mundo al que mi padre accedió por capricho y al final terminó reescatandola de los miles de bucles, a su vez, eliminando su destino original.
Ahí es donde, no solo la entrenó en el combate y la magia, sino que también la moldeó, la reconstruyó. Prácticamente la corrompió, transformándola de una antagonista de manual a una eminencia tiránica, un poder de la naturaleza cuya voluntad es ley. Ahora, mi Padre es el único ser en toda la existencia que puede controlarla o calmar su furia.
Es gracioso si lo pensamos bien. Antes mi Madre era alguien que se asustaba por todo y soportaba todo tipo de humillaciones a manos de la protagonista y sus intereses amorosos, así como de su desagradable familia original. Pero ahora… ahora es alguien que, tan pronto como llega a un lugar, impone un miedo y un respeto absolutos, incluso entre los orgullosos Dioses Dimensionales de las otras nueve Ramas existentes. Su influencia ya no abarca solo nuestra propia Rama Dimensional (y nuestros respectivos Nodos Dimensionales, y por consiguiente, las Dimensiones, Universos, Sistemas Solares y Mundos debajo de nosotros), sino que se extiende a otras Ramas, donde se supone que no tiene jurisdicción alguna. Todo gracias al “entrenamiento” de mi Padre.
—Lástima que no puedo acceder a ella en mi estado actual debido a la pérdida de mis poderes –Digo, mi voz teñida de una profunda frustración al volver a la realidad– De lo contrario, Aren, Lumen y Zakech no podrían encontrarme ni aunque usaran todo su poder combinado durante un millón de años. La Habitación Blanca es impenetrable e inviolable. Además, no está ubicada en este Plano, sino en un lugar seguro, un nexo interdimensional ubicado entre la Dimensión Origen, donde reside la Administradora Suprema, Aracne, y el Mundo Rama, donde viven mis Padres. –Me detengo, dándome cuenta de que he divagado demasiado. Seguramente el Oficial ya ha tenido suficiente información cósmica por una noche– En fin, ¿qué es este lugar–
—El Oficial Montenegro suspira y niega con la cabeza con una sonrisa cansada pero genuina. Claramente, su mente está tratando de procesar la avalancha de información.– Bueno… aunque tú hayas estado en muchos lugares, tienes la suerte de ser de los pocos Surnaturel, o la categoría en la que entres, en acceder a una Base Sehwert –Responde finalmente el Oficial, su tono con un matiz de orgullo– Este lugar pertenece a la Línea Sehwert, transmitido de generación en generación. Según nuestros registros, su diseño original se inspiró en la legendaria Biblioteca Lyber de los primeros tiempos.–
—Con razón el estilo se me hacía familiar –Reflexiono en voz alta– No es que haya entrado a la original, sino que la he visto representada en antiguos libros Sehwert que narran la historia de su orden, siempre describiendo un aspecto muy parecido –Nunca he tenido un amigo Sehwert (o al menos uno que no intentara matarme porque me negué a aceptar sus sentimientos), mucho menos uno que me haya permitido entrar a un lugar tan íntimo, tan poderoso y que básicamente define lo que son.–
Al terminar de hablar, el Oficial Montenegro me señala con la cabeza que lo siga hacia el centro de la gran sala. No sé la razón, pero supongo que mi visita a este lugar tiene un propósito más allá de simplemente ser un refugio. Y con una mezcla de curiosidad y cautela, lo sigo.
Sin embargo, tan pronto como doy unos cinco pasos hacia el interior de la magnífica sala, adentrándome en el haz de luz que desciende del óculo, algo repentino sucede. Un cambio sutil en la energía del aire, un zumbido casi inaudible que eriza la piel.
—¡ALERTA, ALERTA, ALERTA!–
En un instante, la atmósfera de paz reverente se hace añicos. Una voz femenina, fría y robótica, resuena desde todas las direcciones a la vez, como si las propias paredes de la biblioteca hablaran. Su tono, aunque completamente mecánico, es cauteloso pero atento, el de un guardián infatigable que anuncia que se ha detectado algo peligroso.
—SURNATUREL NO IDENTIFICADO DETECTADO EN EL VESTÍBULO PRINCIPAL. DESPLEGANDO MEDIDAS DE CONTENCIÓN PRIMARIAS.–
Tras esto, todo el lugar, antes un santuario místico de luz plateada y calma, se transforma en un frenesí de caos tecnológico y arcano. La luz serena del óculo es eclipsada por un intenso y parpadeante torrente de luces rojas de emergencia que relampaguean por todo el lugar, cubriéndolo por completo. Cada rincón, cada estantería, cada tomo antiguo se tiñe de un carmesí alarmante. A su vez, las sirenas de contingencia irrumpen con un estruendo visceral y penetrante, un aullido agudo que hace vibrar el aire e incluso los pequeños objetos cercanos sobre las mesas y pedestales.
—¡Mierda, los Sistemas de Seguridad se han desplegado! –Grita el Oficial Montenegro, y el pánico en su voz es inconfundible. Su rostro, bañado en la luz roja, es una máscara de shock y apremio. Claramente, no esperaba que algo así ocurriera.–
De inmediato, este corre hacia el interior, dirigiéndose con una velocidad sorprendente hacia la esfera de cristal azul que yo había estado observando. Aquello que creí que era una simple fuente de luz o un adorno, finalmente revela su verdadero propósito. Al verlo tocarla con la palma de la mano, veo que se trata del panel de control central de toda la base.
—ALERTA. SE PROCEDERÁ A ANALIZAR EL RANGO DEL SURNATUREL. EN BASE A LOS RESULTADOS, SE DESPLEGARÁN LAS MEDIDAS INTEGRADAS DE CONTENCIÓN ESPECIALIZADAS.–
—Mierda, mierda, rápido… ¡muéstrame el panel de apagado de emergencia, date prisa, ya! –Exclama el Oficial para sí mismo, mientras manipula con dedos frenéticos la repentina Interfaz virtual holográfica que se despliega desde la superficie de la esfera, mostrando diagramas y líneas de código en rápido movimiento.–
Al intentar dar un paso para ayudarle (o al menos para ser útil en algo y no quedarme parado como un blanco fácil), me doy cuenta de que me es imposible. Algo, una fuerza invisible pero inmensamente poderosa, me sujeta. Tal vez sea una barrera de energía, o un sello de contención similar al Akrani, pero mucho más potente. Me impide moverme por completo, ni siquiera un milímetro. Mi cuerpo, o más bien mis pies, quedan fijamente pegados al suelo de madera, como si hubieran echado raíces.
—¡Ah!, ¡finalmente lo encontré! –Grita el Oficial, su dedo trazando un patrón en la interfaz.–
—ALERTA. RANGO DE LA ENTIDAD INDETECTABLE. FIRMA ENERGÉTICA NO CATALOGADA. POSIBLE AMENAZA DE NIVEL OMEGA. IMPOSIBLE REALIZAR LA CONTENCIÓN. DESPLEGANDO MEDIDAS DE ELIMINACIÓN DIRECTA. INICIANDO PROTOCOLO “PURGA” EN TRES… DOS…–
—¡Si, sí, ya cállate! –Exclama el Oficial Montenegro antes de prácticamente golpear con la palma de la mano la Interfaz virtual. Por suerte, no es un objeto físico, de lo contrario ya la hubiese hecho pedazos.–
Entonces, justo cuando una serie de pequeños cañones de aspecto letal, una mezcla de tecnología avanzada y diseño rúnico, sobresalían de paneles ocultos en el techo y las paredes, apuntando todos directamente hacia mí, justo cuando sentía el zumbido de sus sistemas de carga de energía, indicando que esa voz estaba a punto de hacer algo que, hasta a mí me provocó un escalofrío de genuino pavor, repentinamente se detienen. Con un suave gemido mecánico, vuelven por donde vinieron, escondiéndose de nuevo en sus respectivos lugares. A su vez, como si fueran fichas de dominó cayendo en orden inverso, las luces rojas de emergencia se apagan, la voz robótica enmudece y las estridentes sirenas se desvanecen en la nada, devolviendo la biblioteca a su silencio solemne y a su luz plateada.
—Ufff –El sonido es simultáneo. Un suspiro de profundo y absoluto alivio que escapa tanto de la boca del Oficial Montenegro como de la mía, el eco de nuestra tensión compartida desvaneciéndose en el aire ahora tranquilo.–
Segundos después de que el último eco de la sirena se desvaneciera, finalmente siento cómo esa opresión invisible, esa directriz mágica que me impedía moverme, también desaparece. Es como si un peso de mil toneladas se levantara de mis hombros. Tras esto, una sensación de ligereza inunda mis extremidades y un gran alivio crece en mi pecho, esto al poder dar un paso y comprobar que esa cosa extraña finalmente me ha dejado andar a mis anchas por este lugar.
—Lo siento –El Oficial Montenegro se acerca a mí a paso rápido, su rostro una mezcla de preocupación genuina y una profunda vergüenza por la situación inesperada. Se pasa una mano por el pelo, visiblemente estresado por el fiasco.– ¿Estás bien?, ¿no estás herido? –Pregunta, sus ojos examinándome en busca de cualquier herida.–
—Primero asiento con la cabeza, un gesto corto y tranquilizador, y después la niego, respondiendo sin palabras a sus dos preguntas. Le dedico una pequeña sonrisa para reforzar la idea– Estoy bien, solo no pude moverme–
—Menos mal… –El Oficial Montenegro suspira, el alivio inundando sus facciones. Se apoya en un pedestal cercano, como si la tensión lo hubiera agotado– No quiero ni imaginar lo que pasaría si mis superiores se enteran de que casi asesiné a un Ekstern en mi propia base. –Bromea con un humor sombrío, aunque ambos sabemos que hay una verdad aterradora en sus palabras.–
Es verdad. Considerando el favoritismo que mis Padres sienten por mí, si se enteran de que alguien me mató, seguramente hagan acto de presencia en este universo. Y si eso pasa, si Arkhan y Alicia descienden con toda su furia, definitivamente este mundo, y probablemente todo el sistema solar que lo alberga, llegará a su fin. Ellos, con un simple chasquido de dedos, simplemente lo harán estallar, borrándolo de la existencia como si nunca hubiera sido más que un mal pensamiento.
Por otro lado, es probable que no pase nada. Como dije antes, somos los favoritos, al menos los actuales, con eso de que somos la centésima generación. Se supone que Elaine fue asesinada por los secuaces de Luciel, que ella ha desaparecido de este mundo. Por lo tanto, si realmente ha muerto de manera real y definitiva, ¿dónde están mis Padres?
Considerando que mi Madre es ultra super protectora, tan pronto como hubiese detectado que alguno de nosotros, sus “tesoros”, abandonó este mundo debido a una muerte permanente, seguramente hubiese venido en un instante, rasgando el tejido de las dimensiones en su dolor y su ira. Pero… no lo hizo. No ha venido.
Y esto… esto es un suspiro de alivio tan profundo que casi me dobla. Porque significa que mi esperanza no es solo un deseo. El Protocolo de Protección Mortal está activo. ¡Sigue activo incluso con un noventa y nueve punto nueve por ciento de nuestros poderes bloqueados! Lo que nos impide morir realmente. Si yo muero, si mi cuerpo es destruido, es casi seguro que seré enviado al Purgatorio de este mundo. El mismo lugar donde, ahora estoy convencido, Elaine ha de estar, esperando.
La esperanza, por primera vez desde que todo esto comenzó, se siente real.
—En fin Oficial Montenegro –Digo, mi voz más firme, mi ánimo renovado por este descubrimiento interno– ¿Por qué me trajo aquí? –Tras la tormenta, viene la calma, y con la calma, vienen las dudas, y con las dudas, la necesidad de respuestas–
El Oficial, sin responder verbalmente, solo me indica con la mirada que lo siga hacia el centro de la biblioteca. Nuevamente, no sé para qué, pero después de lo que acaba de pasar, después de su pánico y su esfuerzo por salvarme de sus propias defensas, seguro que no será algo parecido a una trampa. Así que, tras asentirle con la cabeza en un gesto de confianza, lo sigo a través del silencioso mar de conocimiento.
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—Interesante…–
De verdad que este lugar es cada vez más interesante. Resulta que esa sala circular de proporciones colosales que vimos al entrar apenas era el vestíbulo, una magnífica antesala para recibir a los invitados. En cambio, este lugar, tras caminar por algunos minutos siguiendo al Oficial Montenegro por pasillos que se ramifican desde la sala principal, se revela como un complejo mucho más vasto. Puedo ver que tiene un montón de pasillos y habitaciones laterales, cada una protegida por puertas de madera reforzada con sellos rúnicos. A través de algunas que están entreabiertas, vislumbro salas donde se guardan todo tipo de reliquias y objetos: armaduras antiguas sobre maniquíes, armas legendarias en vitrinas de cristal encantado, artefactos que pulsan con una luz contenida. Muchos de estos probablemente son herramientas para uso exclusivo de los Sehwert, o tal vez no solo para ellos, sino para los Mehr-Wissen en general.
Tal vez este lugar sea como una pequeña y muy especializada versión de la Bóveda Celestial, la Himmelkamer, donde se guardan y catalogan Artefactos de poder de todo el multiverso, ya sean benignos, neutrales o de una malignidad que debe ser contenida. Aquí hay infinidad de habitaciones con todo tipo de cosas, muy parecidas a los Núcleos de Contención en la Bóveda.
—Definitivamente un lugar interesante –Digo en voz alta, mi voz resonando suavemente en el silencioso pasillo.–
No solo había habitaciones con artefactos. También estaban los interminables y altísimos estantes de libros, que aquí forman verdaderos cañones de conocimiento. Seguramente en ellos estaría recopilada la historia de este mundo desde la perspectiva de los Sehwert: eventos importantes, anotaciones de batalla, descripciones de bestias, narraciones personales, incluso cuentos y leyendas. Todo tipo de escritos por y para los Sehwert, que datan desde la misma Era de la Creación hasta la actualidad, pues, como sé, estos fueron los primeros Mehr-Wissen creados por Astel tras ver que los humanos por sí solos no siempre podían proteger sus asentamientos de los feroces y constantes ataques de las Corrupciones Inconscientes (esos seres que, en la actualidad, se les conoce comúnmente como Wesion).
De reojo, puedo ver la increíble diversidad en los propios libros. Hay volúmenes antiguos, con páginas de papiro tan gastadas que parecen a punto de deshacerse, protegidos por un tenue brillo mágico. Otros tienen páginas de pergamino que aún se conservan flexibles y claras a pesar del pasar de los milenios, imbuidos en, probablemente, Magia de preservación. Y también hay libros nuevos, con cubiertas de diseños fantasiosos y artísticos que evocan un deseo inmediato de leerlos, e incluso tomos modernos y minimalistas cuya portada no es otra que un título escrito en una letra estilizada y grande, sin ningún otro aditivo más que solo esas letras en un color negro intenso.
No solo eso. Estoy seguro de que muchos de estos textos están escritos en idiomas que, en la actualidad, se consideran extintos o mitológicos. Puedo reconocer desde aquí algunos de los cinco tipos de sistemas de lenguaje existentes a lo largo del tiempo: el ornamentado Lenguaje Primordial, reservado para los Dioses; el angular y eficiente Lenguaje Wexxe, creado por la Diosa de los Surnaturel y el primer Sistema de Lenguaje creado por los habitantes de este mundo; el fluido y complejo Lenguaje Arcano, creado por los Surnaturel después de que el anterior se convirtió en el lenguaje favorito del Caos Encarnado; el opresivo y ya en desuso Asteliano Antiguo, creado por los Humanos tras la Guerra de la División, y, por supuesto, el Asteliano Moderno que se habla hoy en día. A excepción del Asteliano Moderno, estos lenguajes, en su tiempo, fueron usados tanto por Humanos como por Surnaturel.
—Todos esos libros fueron escritos por mis antepasados –Al ver mi evidente interés, el Oficial Montenegro comienza a explicar, su voz teñida de un orgullo reverente– Los Sehwert datamos desde el inicio de los tiempos. Al ser de los primeros Mehr-Wissen, como bien sabrás, naturalmente tenemos una cantidad inmensa de información que guardamos en nuestra propia gran biblioteca –Dice él, señalando con un gesto amplio de un lado a otro las grandes y altas estanterías que nos flanquean– Aquí está recopilado todo tipo de saber que cada Sehwert de nuestro linaje ha proporcionado a lo largo de las eras. Está escrito en todo tipo de superficie imaginable, desde los clásicos papiros y pergaminos hasta las hojas de papel actuales. Incluso también tenemos registros en tablillas de madera, piedra o en hojas de plantas mágicas preservadas.–
—Oh~ –Murmuro, mi interés alcanzando un nuevo pico. Definitivamente es demasiado interesante.–
—Pero no solo eso –Continúa él, claramente disfrutando de mi asombro– También guardamos conocimiento antiguo que otros seres han desechado o perdido con el tiempo. Incluso tenemos secciones específicas dedicadas a cada tipo de Mehr-Wissen, exceptuando a los Sehwert, claro está, pues el ochenta por ciento de este lugar abarca todo el contenido sobre nosotros, nuestra historia, nuestras técnicas y nuestros deberes.–
Yo ya sabía, por supuesto, que las grandes líneas de Mehr-Wissen tenían sus propios lugares secretos donde toda su información recopilada yacía, sus propias ciudadelas del saber. Sin embargo, rara vez, o más bien nunca, había tenido la oportunidad de ver uno de estos lugares con mis propios ojos, mucho menos ser invitado a entrar. Por lo que, naturalmente, mi interés era completamente genuino.
—¿Este lugar es compartido? –Pregunto, mi curiosidad superando mi asombro inicial.–
—Si –Asiente el Oficial Montenegro, reanudando su paso lento y guiado– Cualquier Sehwert que porte una Llave de Linaje, como la mía, puede acceder a este lugar. Es nuestro archivo central, nuestro santuario. Aquí se puede consultar todo lo que se necesite. Y como este lugar es casi del tamaño de una ciudad de un millón de habitantes, pues rara vez nos encontramos unos con otros, ya que, bueno, cada uno tiene acceso a su propia Interfaz Central al llegar. Desde esa interfaz, uno puede buscar lo que necesite y el conocimiento o el objeto se le será entregado en cuestión de segundos, sin necesidad de recorrer kilómetros de pasillos.–
—Oh, entonces si es parecido a la Himmelkamer –Afirmo, reconociendo el patrón– Su funcionamiento es similar, solo que allá es una vasta computadora de cristal y luz, y esta misma es la que mueve físicamente los pasillos y las habitaciones como un rompecabezas mecánico gigante, para así otorgar acceso al Núcleo de Contención buscado, o a las habitaciones personales de los empleados, sus oficinas y las áreas de recreación.–
—Ah, entonces conoces a los Schatzjäger –Me pregunta el Oficial, una nota de sorpresa en su voz.–
—Claro, yo cree la Himmelkamer –Digo, como si estuviera hablando del clima– Por consiguiente, también creé a los Schatzjäger–
El Oficial Montenegro se detiene abruptamente, su cuerpo girando de forma casi mecánica para enfrentarme. Su movimiento es tan brusco que me obliga a detenerme también.
—¿Qué? –Pregunta, y en su rostro se dibuja una sonrisa, pero no es una de alegría, sino una que marca una incredulidad absoluta, la expresión de alguien que cree haber escuchado mal o estar siendo objeto de una broma de proporciones cósmicas.–
—Ah… –Digo, y siento un calor subir por mi cuello, una sensación de vergüenza por mi revelación no intencionada. Aparto la vista por un instante– Bueno, verá… debido a la Gran Guerra Celestial, y posteriormente a la Guerra contra el Caos, la tierra que todos pisamos, el propio Erden, adquirió propiedades anómalas. Fue el producto de las constantes y masivas explosiones de las cinco Energías Primordiales. Esto dotó al planeta de la capacidad de absorber dichas Energías y, con el tiempo, de influir en alguna que otra cosa dentro de sus límites. –Añado, considerando que él necesita contexto– En el caso de los Schatzjäger, su origen se debe a un efecto secundario de este fenómeno. La tierra pudo identificar objetos que pertenecieron en vida a personas que la propia consciencia del planeta consideró “importantes” o “heroicas”. Por eso, justo antes de la muerte de estas personas, la tierra suele cargar un poco de su poder residual en esos artículos personales, haciendo que obtuvieran propiedades sobrenaturales. Esto los terminó convirtiendo en lo que hoy conocemos como un Artefacto. Y como estos Artefactos a menudo eran peligrosos y dañaban seriamente tanto a los Humanos como a los Surnaturel y al propio equilibrio del Erden, pues diversas facciones me pidieron crear una solución para contenerlos y estudiarlos. Así es como se me ocurrió, tras recordar una de mis series de ciencia ficción favoritas del mundo de mi Padre, crear a la Himmelkamer, la Bóveda Celestial. Los Schatzjäger fueron la orden que fundé para que la administraran y recuperaran los Artefactos.–
El Oficial Montenegro deja escapar un largo suspiro, esta vez no de alivio, sino uno cargado con el peso de la comprensión, como si el universo se hubiera vuelto repentinamente mucho más grande y extraño. Y yo, por mi parte, lo único que puedo hacer es sonreír con una genuina vergüenza, rascándome la nuca.
Aunque a veces diga que soy narcisista, lo digo más en tono bromista. Realmente no me gusta mucho que todos me alaben o me traten como alguien increíble o un dios todopoderoso. Me resulta incómodo. Y por eso mismo suelo disfrazar mi apariencia y mi energía cuando interactúo en el Erden. A su vez, es por eso que no muchos conocen mi existencia real. En los escritos antiguos, a lo mucho, se me menciona vagamente como “un joven hombre, alto, delgado pero con musculos marcados, de cabello negro alborotado y ojos rojos”, una descripción tan genérica que podría ser cualquiera. Por eso mismo, prefiero el anonimato.
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—Llegamos–
La voz del Oficial Montenegro es tranquila, casi suave, cortando el silencio de nuestra caminata por los interminables pasillos. Tras unos pocos minutos más de recorrido, ambos nos detuvimos en el umbral de lo que parecía ser una sala de estar, o quizás, el corazón de esta vasta biblioteca.
La habitación es amplia, de planta octogonal, y aunque las paredes siguen revestidas de arriba abajo con la misma madera oscura y la innumerable cantidad de libros que caracterizan este lugar, el ambiente aquí es decididamente más cálido, más íntimo. Es un cambio palpable con respecto a la grandiosidad fría y monumental de la sala de recepción.
Además, tres enormes ventanales arqueados, con intrincados diseños en sus marcos de madera que parecen sostener el vidrio, dominan una sección de la pared. A través de ellos, una luz clara y brillante, similar a la del gran óculo del vestíbulo, inunda el espacio, pero se siente más suave, menos etérea. Esta luz se mezcla armoniosamente con el resplandor dorado y acogedor de varias lámparas de mesa con pantallas de tela color crema, dispuestas estratégicamente sobre pequeñas mesas auxiliares y junto a los cómodos sofás, creando un ambiente de serena erudición.
Estos sofás, cuatro en total, tapizados con una tela de patrón complejo y elegante en tonos rojizos y dorados, están dispuestos en una configuración que invita a la conversación, rodeando una gran mesa central baja. Dicha mesa no es de madera, sino de una piedra clara, maciza y de aspecto antiguo, con su superficie pulida pero ligeramente irregular por el paso de los eones, y sus bordes tallados con motivos que no logro identificar. En su centro, un jarrón de flores frescas añade un toque de vida y color que contrasta con la antigüedad del resto del lugar. Todo sugiere que este espacio es utilizado con regularidad; que no es solo un depósito de conocimiento, sino un lugar de trabajo y, quizás, de reposo para los Sehwert que tienen el privilegio de acceder a él.
Incluso aquí, en este ambiente más recogido y confortable, persiste el maravilloso aroma a papel viejo y sabiduría acumulada, pero aquí se matiza con algo más, quizás el leve perfume de las flores sobre la mesa, o la calidez que emana de la madera bien cuidada y las telas.
Es evidente que este es un espacio de suma importancia dentro de esta Base Sehwert. Un lugar donde no solo se almacenan los registros de eras pasadas, como bien había pensado antes al ver los estantes que se remontan hasta la Era de la Creación, sino donde probablemente se discuten asuntos cruciales, se estudian los textos más importantes y se toman decisiones que podrían afectar el destino del mundo. Casi puedo sentir el peso de esas deliberaciones pasadas en la quietud del aire.
El Oficial Montenegro entra en la sala, su postura visiblemente más relajada, y me hace un gesto para que lo siga. Mientras entro, él se queda atrás por un momento. No hay puertas que cerrar, simplemente el pasillo del que venimos.
—Oficial, ¿exactamente por qué estamos aquí? –Pregunto finalmente, rompiendo el silencio reverente. Mi mirada recorre la opulenta pero acogedora sala, y aunque aprecio la belleza y la calma, no tengo ni la más remota idea de la razón de nuestra visita a este lugar tan específico.–
—Espera aquí –Indica él, su tono volviéndose práctico de nuevo– Iré a buscar algo a los archivos. Algo que creo que necesitarás más adelante, dadas las circunstancias. –Hace una pausa y, con un gesto de la mano, abarca toda la habitación– Si quieres, mientras tanto, eres libre de leer lo que hay aquí. Dudo que encuentres algo que no sepas ya, pero siéntete como en casa.–
—Alzo los hombros en un gesto de aceptación y le asiento con la cabeza– Está bien–
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