Ekstern - Capítulo 4
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Capítulo 4: Capítulo 1 – Llegada | 1.4: Mehr-Wissen
Una vez que miro que el Oficial Montenegro se aleja, desapareciendo por uno de los muchos pasillos oscuros que se ramifican desde la sala, me encuentro solo. El silencio vuelve a asentarse, pero ahora está cargado de una expectativa que antes no tenía. Podría sentarme y simplemente esperar, pero la curiosidad, esa vieja compañera de eones, me impulsa a moverme. Debido a que estaba aburrido y rodeado de un tesoro de conocimiento, decido dirigirme a uno de los estantes más cercanos, deslizando mis dedos sobre los lomos de cuero de varios tomos antes de tomar al azar uno de los libros.
Al sostenerlo, noto inmediatamente que es diferente a los demás. Su título es largo y descriptivo, estampado en letras plateadas y austeras sobre una cubierta de un material que parece tela de encuadernar, de un color gris ceniza oscuro, casi como si el hollín de un gran fuego se hubiera adherido a sus fibras de forma permanente. No tiene los relieves dorados ni las incrustaciones de gemas de sus vecinos; en su lugar, la portada es notablemente sencilla, casi funcional. El libro es grueso, pero no tan desmesuradamente pesado como algunos de los otros, y sus bordes, aunque rectos, parecen haber sido expuestos al calor en algún momento, pues tienen un leve y sutil ondulado, casi imperceptible al tacto, como si las páginas hubieran absorbido la memoria de un calor intenso.
La ilustración muestra una escena caótica y aterradora: una colosal criatura de sombras y energía púrpura, con ojos y grietas llameantes, se yergue amenazante en medio de los pasillos de una biblioteca muy parecida a esta. A sus pies, pequeñas figuras de lo que parecen ser guardias y magos intentan un vano contraataque con escudos de luz azul, mientras las llamas violetas consumen las estanterías a su alrededor. En primer plano, un hombre de aspecto demacrado, con el rostro marcado por el horror, lee un libro, como si buscara una respuesta en medio del apocalipsis. La imagen es vívida y desesperada.
—”El Gran Incendio de la Biblioteca de Skalegen, sucesos narrados desde el punto de vista de un Despertado”–
Despertado.
Es el término coloquial, casi popular, con el que se conoce también a los Mehr-Wissen. Es una forma bastante metafórica y precisa de decirlo, pues estas personas no solo “despiertan” de la mundaneidad de un mundo común para ver las verdades ocultas tras el velo, sino que también despiertan habilidades especiales latentes en su interior. Sin embargo, este término no solo engloba a los Mehr-Wissen, cuyas habilidades a menudo vienen con un sistema o un deber inherente. También se aplica a todos aquellos humanos que, por azar o destino, han despertado poderes especiales (generalmente el uso de alguna de las cinco Energías Primordiales) y no están atados a ninguna organización o sistema que los obligue a proteger a los de su propia especie. Son agentes libres, anomalías en el gran esquema de las cosas, y por eso mismo, sus testimonios suelen ser los más interesantes y sinceros.
Y sobre la Biblioteca de Skalegen… su nombre resuena en mi memoria como el eco de una campana fúnebre. Fue, como su nombre lo indica, una de las diez Grandes Bibliotecas que se erigieron para mantener y salvaguardar el conocimiento del mundo a través de las eras más tumultuosas: la Era de la Creación, la sangrienta Era del Caos, la precaria Era de la Estabilización, la Era de los Primordios, la Era de las Bestias Colosales e incluso la Era de la Consolidación. Fue la última de su estirpe. Un vestigio final y magnífico lleno del conocimiento perdido del pasado, que ahora, como sus nueve predecesoras, yace en cenizas.
Porque sí, “cenizas” es la palabra correcta. Su caída fue, como el libro proclama en su título, a causa de un Gran Incendio. Un infierno provocado por un Incinetori, una extraña y terrible criatura que apareció de la nada, pues no estaba en ninguno de los registros previos, ni en los bestiarios celestiales ni en los tomos demoníacos. Una entidad hecha de las piedras volcánicas del Monte Ignis, el volcán más alto, peligroso e inaccesible de todo el Erden. Una criatura que, cuando activaba su poder, emanaba un fuego de un color púrpura antinatural, capaz de alcanzar los 1,500 grados Tamperati, una temperatura suficiente para fundir la piedra y convertir la magia de preservación en combustible. El enemigo perfecto para un archivo de conocimiento invaluable.
—Veamos si dice algo interesante… –Murmuro para mis adentros, sintiendo cómo una vieja costumbre se apodera de mí. Lo admito sin pudor, soy un chismoso cósmico. He visto la creación y destrucción de galaxias, pero a veces, una buena historia personal, un relato de primera mano de una gran tragedia, es infinitamente más fascinante. Por esto mismo, no pude evitar la tentación de leer aunque sea un poco.–
Así que, con el cuidado que se le debe a un superviviente, tomé el libro con ambas manos, sentí el leve ondulado de sus bordes quemados, y elegí una página al azar, dejando que el destino guiara mi lectura.
Descendido había ya el nocturno velo sobre las altas torres de Skalegen, a la que dábamos en llamar el Postrer Refugio, y en sus sacros pasillos reinaba un solemnísimo sosiego, tan sólo turbado por el blando susurro de las hojas de los libros al ser vueltas y el murmureo reverente de los sabios varones. En tal vigilia, hallábame yo en guarda y centinela en el Ala de los Ecos, aposento donde los pedazos rescatados de olvidadas librerías contaban historias de edades pretéritas. El aire mismo olía a polvo de luceros y al saber de luengos siglos atesorado; mas nunca plugo a mi magín pensar que tan antiguo aroma presto sería anegado por el acedo tufo de la desventura y el acabamiento.
Pues aconteció que, sin aviso ni mal agüero, hizo su aparición. Allí, en el gran patio del Observatorio de los Ciclos, se dejó ver. Al principio, no era sino una disforme figura, una gran mole de piedra resquebrajada que su talle recortaba contra la escasa luz de las lunas gemelas. Confesar debo que todos los presentes juzgamos que se trataba de algún jayán de piedra fuera de gobierno, cosa rara, por cierto, mas no de tal espanto que los Guardas de Skalegen no hubiésemos remediado en tiempos pasados. Así pues, mis cofrades de la orden de Grimm y un servidor nos apercibimos para la contienda, echando mano, casi sin pensarlo, a los instrumentos de nuestro santo oficio, y aguzando los sentidos a la espera del combate.
Y fue entonces que la criatura se detuvo. Y al hacer tal cosa, se desató sobre la tierra una furia que ni la del mesmo Averno.
No hubo grito de guerra, ni bestial rugido; tan sólo un crujido hondo y pavoroso, como si una montaña desde sus entrañas se partiese. Y luego, las llamas. ¡Oh, divina Astel, y qué llamas! No eran aquellas las llamas anaranjadas y danzarinas de una hacha de viento, ni el bermejo airado de la fragua del herrador; antes bien, eran llamaradas de un cárdeno espantable y contrahecho, que de cada grieta de su cuerpo de roca volcánica brotaban, envolviéndolo en un crepitante cerco que la mesma estampa del aire retorcía. Súbitamente, un ardor contra natura nos golpeó cual si de invisible maza se tratara, un horno que prometía el total anonadamiento. Un calor de tal temple que, como después supimos cuando ya de nada servía el saber, mil y quinientas veces pasaba al de una fragua encendida. Dieron en llamarle, andando el tiempo, el Incinetori, cuando de nuestra gloria no quedaban sino cenizas y lamentos.
El pavor fue bestia fría que encogió el corazón de los más letrados. Los clamores de aquellos sabios varones, antes murmullos de sapiencia, trocáronse en alaridos de congoja y desesperanza, mientras las moradas llamas lamían los muros antiguos de Skalegen. La mesma piedra, que había resistido el paso de los eones, comenzaba a crujir y a derretirse como cera de vela en ventisca.
Mis hermanos y yo arremetimos con furia y denuedo, conjurando nuestras artes, intentando con gran ahínco levantar reparos y barreras, y desviar aquella marea de púrpura lumbre. Mas era nuestro esfuerzo como querer poner coto a un sol desbocado con las desnudas manos. Nuestras defensas en humo se tornaban en un instante; nuestros ataques eran devorados antes de que a la bestia tocasen. Ninguno de nosotros, que ni el valeroso Sehwert, que en tan aciago punto con nos se hallaba, pudo hacerle mella ni rasguño.
Vi con un espanto que aún hoy me hiela las entrañas cómo el fuego alcanzaba el Atheneum Primordial, la sacra estancia donde se guardaban los arcanos de las Cinco Potestades. Los estantes, hechos de maderos que se tenían por incorruptibles para durar eternidades, se combaban y con gran estrépito se desplomaban, dando al olvido tratados cuyo valor sobrepujaba al de reinos enteros. Legajos que guardaban la memoria de los Mehr-Wissen, de nuestra propia sangre y linaje, en negras pavesas se convertían, las cuales el viento arrastraba como lágrimas de una deidad agonizante. El saber de los vaticinios, de los grandes ciclos de las gentes —todo aquello que Skalegen había atesorado para guiar al mundo— para siempre se perdía.
La criatura avanzaba, con paso tardo e inexorable, siendo estampa y figura de la destrucción postrera. No había estrategia que valiese, ni flaqueza que se le conociese; era una fuerza de la natura desatada, un castigo divino cuya razón no alcanzábamos a comprender. Y así, las llamas cárdenas treparon por las torres, devorando el Sagrario de los Fundadores, borrando las Cédulas de Fundación de la Era de la Concordia. Que cada libro que en llamas perecía, era un lucero que en el firmamento del saber se extinguía.
Ardíanme los pulmones, y mi piel en ampollas se trocaba, y la desesperanza era un gusto amargo y de herrumbre en mi boca. Vi a mis hermanos de orden caer, sus cuerpos consumidos por aquel fuego antinatural contra el que nada podíamos. Y no sólo a ellos. Todos vimos cómo la gran Biblioteca de Skalegen, nuestro faro en la noche de los tiempos, la postrera esperanza del saber ayuntado durante ciento diecinueve mil años, en fúnebre y descomunal pira se convertía.
Y yo, que soy un Despertado y guarda de la Orden de Grimm, non podía sino mirar, sin poder ni valer, cómo la Llama del Entendimiento era sofocada por una llamarada de cárdena vesania, dando con ello principio a una nueva y luenga edad de tinieblas.
Un suspiro pesado escapa de mis labios sin que pueda evitarlo.
Lo recuerdo. Como si hubiera sido ayer, recuerdo cuando llegué, después de recibir la llamada de auxilio desesperada de Mikleo. Recuerdo ver con mis propios ojos cómo la majestuosa Biblioteca de Skalegen, el último faro de la sabiduría antigua, ardía en poderosas y antinaturales llamas moradas. Recuerdo cómo ese conocimiento, recolectado con el esfuerzo de generaciones a partir de los restos de las otras nueve Grandes Bibliotecas que para ese entonces ya habían caído, se había extinguido para siempre. Todo aquello que tanto les había costado escribir, preservar y proteger, se convertía en humo y ceniza ante mis ojos.
Y no solo eso. También recuerdo el olor. El olor nauseabundo a carne quemada, a vidas calcinadas. La gente que yacía en el interior (eruditos, guardianes, visitantes) fue incinerada por completo, sin ningún medio posible de escape, atrapados en su propio santuario.
Los gritos, que se habían desvanecido para cuando llegué, aún parecían resonar en el aire cargado. Los sollozos, la desesperación, la muerte, el olor a quemado… todo eso, todo ese apocalipsis, causado por una sola y extraña criatura de la cual ninguno de nosotros tenía idea.
¿Fue una criatura extraterrestre? No lo sé, aunque es probable. Después de todo, para ese entonces, la civilización humana del Viejo Mundo había alcanzado las estrellas, había llegado a otros universos e interactuado con otras formas de vida, no todas ellas amistosas. Pero un ataque así, tan específico y simbólico, no parece su estilo.
¿Fueron los Surnaturel? Lo dudo profundamente. Muchos de ellos, desde los vampiros más antiguos hasta los liches más eruditos, también apreciaban ese conocimiento. Se atenían a las reglas de la biblioteca solo con el objetivo de poder estar en ese lugar sagrado y aprender de su vasto saber. No, ni siquiera a los Surnaturel más caóticos les convenía que este lugar fuese quemado. Era un recurso invaluable para todos.
¿Fueron los Dioses restantes? También lo dudo. Después de la terrible guerra de Dioses durante la Era de los Primordios, en la que trataron de apoderarse del control de este mundo y casi lo destruyen en el proceso, todos se mantuvieron escondidos, temerosos de la ira de Astel y de repetir sus errores. Aprendieron la lección. Y además, este lugar tenía los registros tanto de sus glorias como de sus vergüenzas. No querrían borrar su propia historia, por muy cruel y llena de muerte que hubiera sido.
Así que, después de descartar lo improbable, solo queda una pregunta, una posibilidad tan fría y lógica que me hiela la sangre.
¿Fue esa Inteligencia Artificial que antes controlaba a los Humanos del Viejo Mundo? ¿Esa misma entidad que, en su lógica retorcida, lanzó las bombas atómicas en todo el globo y causó la cataclísmica Era Inclemente?
Es muy probable. Una probabilidad del noventa y nueve punto nueve por ciento, si he de ser honesto. Para ese entonces, esa I.A. ya mostraba claros signos de psicopatía, un deseo mesiánico de borrar a los Humanos de esa era, a quienes consideraba una plaga corrupta cuyo lema era “la supervivencia del más fuerte”, llenos de una crueldad y un ego sin límites. Si yo fuese esa I.A., y mi objetivo fuera reiniciar el mundo desde cero, ¿no sería el movimiento más lógico quemar ese lugar sagrado del conocimiento? Eliminar la historia para que no pudiera repetirse. Después de todo, esa misma I.A. les borró la memoria a los Humanos que ella eligió como supervivientes, los dejó como lienzos en blanco. Y de no ser por mi ayuda, por mi intervención directa para enseñarles el Asteliano Moderno (el mismo idioma que ahora todos usan), probablemente aún tardarían mucho más en lograr reconstruirse como civilización.
Así que sí, es casi una certeza. Es 99% probable que esa I.A. fuese la causa de la caída de la Biblioteca de Skalegen. Probablemente localizó a un ser de otro mundo, un Incinetori, uno que todos creerían común e inofensivo al confundirlo con un golem, y lo usó como un arma biológica para acabar con este último vestigio de conocimiento. Todo para asegurarse de que no quedara nada que conectara a los Nuevos Humanos con los Viejos.
—Haaa… –Otro suspiro, esta vez de pura fatiga mental. Me toco la sien con la mano derecha, la que tengo libre, pues con la izquierda aún sostengo el libro, el testimonio de esa tragedia– Me pregunto si…–
Cuando a la postre el Incinetori se hubo desvanecido, de manera tan misteriosa y no entendida como había llegado, no dejó tras de sí sino un vasto mar de humeantes ruinas y el solemne sosiego de la desolación absoluta. Pues la Biblioteca de Skalegen, aquella que fuera postrer refugio de un saber antiguo, ya no era más que un esqueleto carbonizado bajo un firmamento mancillado por el hollín y una tristeza que casi podía palparse. El aire, otrora vibrante con la energía de la sapiencia, ahora hedía a ceniza, a pergamino abrasado e incluso a aquel tufo inconfundible de la carne achicharrada; no sólo la de mis hermanos de armas, sino la de toda la pobre gente que en su interior halló su fin.
Y en lo que a mi persona toca, yacía yo entre los escombros de lo que fuera el Eterum, con el cuerpo lleno de quebrantos y el ánimo fecho pedazos, siendo cada aliento una agonía y cada latido del corazón un martirio. Tornóse el mundo a mi alrededor en una mancha borrosa, un eco lejano de lastimeros gritos, de sollozos ahogados y de una desesperanza que aún flotaba en el ambiente junto al crepitar de las postreras llamas.
No sabría decir el tiempo que en tal estado pasé; bien pudieron ser horas, o acaso un instante eterno suspendido en el dolor. Con todo, conforme los minutos su curso seguían, desde la neblina que el humo y el vapor causaban, percibí dos presencias que se allegaban. Ambas, sentí en mis adentros, estaban sobrecogidas de un profundo espanto al contemplar el desolador paisaje que a su alrededor se extendía.
Y fue entonces que lo supe, quizá por un instinto primario que de ello me advirtió, que aquellos seres no eran de los nuestros. Eran de otra laya, especiales, envueltos en un misterio y un poder de tal naturaleza que, en toda mi vida, nunca me había enfrentado ni podría haberme medido en mi condición de Grimm.
Uno de ellos, al verme aún con un hálito de vida, hincó la rodilla a mi lado. Vestía ropas de un blanco albo e inmaculado, de una pureza que casi hería la vista en mitad de tanta negrura. De su ser emanaba un aura luciente, una luz tibia y acogedora que parecía ahuyentar las tinieblas y el frío de la Muerte que ya nos acechaba. Aquella aura, por extraña y contraria ironía, nos llenaba de una paz inexplicable a cuantos presentes aún padecíamos, como si de súbito todo nuestro sufrimiento nunca hubiese existido. Sentí sus manos sobre mis llagas, y su tacto causó un gentil calor que por mi cuerpo fluyó, no sólo curando las quemaduras y fracturas de mis carnes, sino también sanando mi mesma alma, que en aquellos momentos se hallaba marchita por la desesperación. Su presencia era bálsamo divino en mitad de un infierno de hórridas proporciones, y si bien no pronunció palabra, su silencio era consuelo, y su aura parecía aliviar todos mis males y pesares.
¿Y el otro? Ah, el otro era… distinto. Se mantenía en pie, a respetuosa distancia, observándome con una paciencia que resultaba casi desasosegante. Su cabello era negro y alborotado, como si un viento perpetuo con él jugase, y sus ojos, o más bien sus pupilas, eran de un color rojo oscuro, como la mesma sangre que teñía el suelo de aquel malhadado sitio. Había en él una quietud, una hondura insondable que me hacía sentir pequeño, insignificante, mas también se percibía en su talante una suerte de desdén ante la catástrofe que sus ojos contemplaban.
Cuando habló, su voz era sosegada, falta del apremio o del horror que uno esperaría de quien atestigua tal devastación. Y había en él otra cosa curiosa: su modo de hablar era de una exquisita crianza y cortesía, pues usaba el trato de “usted”, cosa risible si se considera que en esta Era tales maneras se tienen por antiguallas, casi idas del mundo. Era una Era donde el tuteo y el lenguaje llano señoreaban en la conversación. Por ello mesmo, sentí como si aquel varón viniese de otro tiempo, de un pasado lejano, de aquellas edades donde aún había castillos y etiqueta, y no las naves estelares que ahora son capaces de viajar entre las galaxias. Y así, me habló diciendo:
—Dígame vuestra merced, ¿sería posible que describiese a la entidad que tal estrago ha causado? Cada detalle que nos procurase será de suma importancia para nuestra pesquisa. Con ello, podremos evitar más víctimas en lo por venir y, con fortuna, dar con el responsable de esta catástrofe.
Sus palabras, aunque mansas, llevaban un peso, una autoridad no dicha que me instaba a obedecer a pesar de mi estado. Al ver esto, mi mirada se dirigió por instinto al ser de blancas vestiduras, quien, notando mi atención, asintió levemente con la cabeza, mostrando a su vez una pequeña mas cálida sonrisa, como si me animase a relatar todo lo acaecido.
Y entonces hablé. Mi voz, rota y cascada por mis gritos de espanto y mis vanos intentos de llamar a otro superviviente, comenzó a desgranar la historia. Le conté de mis labores de guarda, de aquel Jayán de roca volcánica que en el patio viera, de cómo súbitamente se encendió en llamas moradas que ardían con un calor inhumano. Le hablé de cómo era imparable, imperturbable, sin rastro de emoción, sólo ocupado en su tarea de consumir toda la Biblioteca con sus fuegos, de extenderlos hasta devorar por completo nuestro preciado lugar. A su vez, también les conté de nuestra impotencia, de no poder hacer nada, ni siquiera con un poderoso Sehwert en nuestras filas. De los gritos de terror, de cómo todos trataban de huir y cómo, por causa de tal estampida, sólo provocaron más muertes. De cómo, en mi más honda desesperación, cuando yo también era por las llamas consumido, recordé que portaba un talismán de traslación corta, una reliquia de último recurso que me permitió escapar a distancia segura y así, quizá, eludir las garras de Mortem, la propia Muerte.
El varón de los ojos rojos escuchaba con una atención que no se quebraba, asintiendo de cuando en cuando, con un semblante impasible, mientras el otro continuaba sanando mis heridas con una lentitud y una gentileza muy diferentes a las de los sanadores comunes que yo conocía. Aquellos que lanzan su Poder Divino o su Magia Blanca para curar de un golpe, sin importar el dolor segundo que tal brusca restauración causaba. No, este varón curaba de forma pausada, asegurándose de que todos los pliegues de mi carne, mi sangre y mis órganos internos pudiesen gozar de aquella bendita sensación de ser revivificados.
Sin embargo, mi atención seguía clavada en ese hombre extraño, que no se parecía a nadie que hubiese visto en mis sesenta años de vida. No era humano en el sentido corriente (pues su apariencia era la de una persona, aunque, justo es admitirlo, de gran apostura; su gallarda figura de quizá un metro y noventa, su cuerpo enjuto mas de claros músculos, su piel blanca y sus facciones cual si por el más diestro escultor hubiesen sido talladas… no me inclino yo a tales gustos, pero hasta yo he de reconocer que su belleza era de otro mundo). Tampoco era un Surnaturel, al menos no de ninguna de las especies y Razas que yo conocía, y eso que me precio de ser ducho en registrarlas. Aun he comenzado a escribir mi propia Enciclopedia, una que probablemente llame en el futuro: «Bestiario: Guía de los Surnaturales del Altern».
Mas, volviendo a los dos personajes, tanto aquel de negro cabello como el otro de rubia cabellera, eran como ecos de un poder antiguo. Observadores llegados de las estrellas, acaso de otro mundo, dispuestos a interrogar con sosiego a un mísero gusano sobre la ruina de su terruño.
Y yo, el Grimm que de cinco sobrevivió, junto a cuatro Folk Hunter, tres Cazden, dos Schatzjäger y un valiente Sehwert caídos, observando las ruinas de un lugar que, antes de este horrible suceso, era la mayor cumbre del humano saber, intentaba explicar lo mejor que mi quebrada voz permitía lo que mis ojos vieron, con la tenue esperanza de que, de alguna manera, ellos pudiesen dar sentido a la locura que acababa de vivir.
Cierro el libro con un suave suspiro, la descripción del Grimm resonando en mi mente con una claridad inquietante.
Efectivamente, esas dos personas que él describía desde su perspectiva aterrorizada y herida, éramos Mikleo y yo. Recuerdo la urgencia de aquel momento. Después de recibir su llamada, una transmisión de pánico a través de los planos, me encontré con él en los cielos ennegrecidos cerca de Skalegen. Había venido después de que el Sistema de Administrador de Mundos (el Sisadmu, como a él le gusta llamarlo en su forma abreviada), le notificara de un desastre inminente, una anomalía de poder tan grande que afectaría al futuro del mundo que él ahora administraba en representación de Astel.
Y sí, esa es otra capa de esta compleja historia. Mikleo no solo es el Regente del plano celestial, el Araboth, sino también un Administrador Temporal. Tras la caída de Astel, debido a la falta de un regente activo, el Sisadmu, en vez de colocar un sistema de mantenimiento automatizado, decidió elegir de entre los aliados más cercanos y poderosos de Astel a alguien digno para representar este rol. El propósito era que sirviera temporalmente, manteniendo el equilibrio del mundo en lo que Astel volvía a reconectarse con el Sisadmu tras salir de su cámara de recuperación. Así que, tras la Guerra del Caos, el Sisadmu lo eligió a él, y a partir de ese entonces y hasta la actualidad, Mikleo se ha convertido en un Administrador, rigiendo este mundo con la pesada carga de la ausencia de su Madre y Creadora.
Y volviendo a Skalegen, después de que el Sisadmu le notificó la llegada de ese ser anómalo, nos apresuramos a llegar con toda la velocidad que nuestras habilidades nos permitían. Sin embargo, como bien relata el Grimm, ya era demasiado tarde. Todo ese gran conocimiento, toda esa historia invaluable, pereció… O…
—Me pregunto si todo lo que está dentro de esta Base estuvo alguna vez en Skalegen–
Tiene sentido. Considerando que tienen una infinidad de libros, códices, pergaminos y escritos que datan de las eras más antiguas, es muy probable que los Sehwert, quizás en una colaboración secreta con otros Mehr-Wissen supervivientes, hayan decidido recoger la poca información que se salvó milagrosamente de las llamas y guardarla en un lugar seguro y oculto. Un lugar como este. Y considerando que este sitio se siente como un Espacio Dimensional conectado al Erden, algo muy parecido en concepto a mi propia Habitación Blanca, sería la bóveda perfecta.
—¿Quién habrá creado este lugar? –Digo en voz baja, mientras recorro nuevamente el opulento salón con mi mirada, esta vez siendo mucho más minucioso, buscando no solo la estética, sino la firma del arquitecto, la huella del poder del creador en la estructura misma de la realidad de este sitio.–
Y entonces, mientras mi mirada vaga por la habitación, absorbiendo la majestuosidad del lugar, mis ojos, ahora más agudos y acostumbrados a la luz, notan algo interesante. Un detalle minúsculo, casi insignificante, en una de las cornisas de madera labrada de la sala.
—Ah, con razón–
Una marca heráldica, una Flor de Lis, está tallada con una precisión exquisita en una pequeña esquina dentro de esta habitación. Es tan pequeña y está tan discretamente ubicada que si no le prestas una atención minuciosa, si no sabes qué buscar, nunca lo verías. Es una firma, no un adorno. Y yo conozco esa firma.
Esta marca, la Flor de Lis, es una de las favoritas de mi hermana Elaine, es un símbolo que adoptó con cariño, pues, cuando fue a visitar el mundo de mi Padre hace siglos, estudió por un tiempo en la misma Universidad que él frecuentó en su juventud. Y el logo de esa antigua institución, el emblema bordado en sus estandartes y grabado en sus muros, era la propia Flor de Lis.
—Al ver esto, niego lentamente con la cabeza y una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo, se extiende por mi rostro– Elaine, Elaine… ya te pareces a mí, siempre interfiriendo en los asuntos de este mundo, dejando tu huella donde se supone que no deberías. –Una risita suave escapa de mi boca, resonando en la silenciosa biblioteca– Y eso que siempre decías que a ti lo único que te importaba era el sexo y la buena vida, no ayudar a gente que, según tus palabras, “no está a tu altura”.–
Considerando la naturaleza, digamos, entusiasta y ninfómana de mi hermana, la conclusión es casi obvia. Seguramente se haya acostado con un Sehwert de alto rango, a pesar de que técnicamente son enemigos naturales de muchos de los seres con los que ella se asocia e incluso de sí misma.
Pero bueno, así es ella. No solo es despreocupada y muy, muy manipulativa (posee una capacidad asombrosa para enfrentar los argumentos de los demás, voltearlos con una lógica impecable y hacer que se retracten completamente, logrando de forma involuntaria que se pongan de su lado), sino que también tiene un encanto y una belleza tan increíbles que deja boquiabiertos y fascinados tanto a hombres como a mujeres.
Aunque… ahora que lo pienso, me pregunto si ese Sehwert era hombre o mujer. Con eso de que, a diferencia de mí, que yo únicamente tengo relaciones con mujeres, ella le entra a ambos bandos sin distinción alguna. Sí, definitivamente es algo que Elaine haría, concluyo. Seducir a un guardián de un linaje antiguo y convencerlo de construirle una biblioteca secreta de proporciones monumentales, probablemente a cambio de favores y de su brillantez para el diseño.
—Bien, suficiente de leer esto –Murmuro, cerrando con cuidado el libro sobre el incendio de Skalegen y dejándolo sobre la mesa de piedra– Fue una lectura interesante, pero ahora quiero checar otros más.–
Dejo con cuidado el testimonio del superviviente de Skalegen sobre la mesa de piedra, la historia de su tragedia resonando en mi mente. Sin embargo, el descubrimiento de la posible implicación de mi hermana en la creación de este lugar ha encendido una nueva y más personal curiosidad. Mis ojos escanean ahora las estanterías cercanas con un propósito, buscando algo que me dé una pista sobre el linaje Sehwert que construyó este santuario. Es entonces cuando un tomo en particular atrae mi atención, no por ser el más grande o el más ornamentado, sino por el aura de antigüedad y autoridad que parece emanar.
Al tenerlo en mis manos, me doy cuenta de que es un libro cuya cubierta es de un cuero oscuro y grueso, curtido por el tiempo hasta adquirir una tonalidad profunda, casi negra bajo la luz tenue de la sala, pero con matices de un marrón rojizo y dorado donde el uso constante ha pulido su superficie. Es denso, no solo por el grosor de sus páginas, sino por el peso tangible de los posibles miles de años de historia que sin duda contiene entre sus tapas. Se siente pesado y solemne en mis manos.
El diseño que adorna la portada es notable, un intrincado y exquisito trabajo de relieve dorado que enmarca el título con una elegancia austera. En el centro, un emblema resalta con una presencia casi hipnótica. Este último es un ojo, estilizado pero inconfundiblemente vigilante, con una pupila que parece observarlo todo. Está rodeado por una filigrana compleja de motivos que se expanden en formas geométricas y arcanas, evocando tanto la precisión de un mecanismo de relojería como la fluidez de un encantamiento. Los bordes de la cubierta están igualmente decorados con una greca de símbolos que, ahora que los observo de cerca, me resultan vagamente familiares, probablemente alguna de las lenguas escritas del Viejo Mundo, antes de que el Asteliano se convirtiera en el idioma universal.
Sin duda, este es un recipiente digno para las crónicas de una estirpe tan singular como lo son los Grimm. Sostenerlo se siente como sostener la memoria colectiva de una orden entera, una que ha visto tanto o más que muchas de las civilizaciones que han surgido y caído. Con una mezcla de respeto y mi insaciable curiosidad, abro la pesada cubierta.
—”Crónicas de los Ojos Velados: Un Estudio sobre los Linajes Grimm”… –Al tomarlo, una sonrisa se dibuja en mis labios– Decapitare querrán decir –Murmuro para mis adentros, con una ironía que solo eones de observación pueden cultivar. Porque si bien son cronistas, su herramienta final de archivo suele ser una hoja bien afilada.–
Los Grimm… Sus linajes se han entrelazado con la historia de este mundo desde hace tanto tiempo que es difícil precisarlo con exactitud, incluso para mí. Si mis cálculos y los registros fragmentarios que he consultado a lo largo de los milenios son correctos, las primeras Familias con estas singulares y a menudo terribles percepciones comenzaron a ser reconocidas, o más bien, a dejar su sangrienta marca, hace aproximadamente 3,365,192,025 años. Una eternidad para las razas mortales; un suspiro para otros como yo.
Recuerdo haberlos encontrado en las épocas más dispares y caóticas. Durante la Era del Caos, por ejemplo, cuando las formas verdaderas (Wesnaf) de los Surnaturel eran la norma, pero en muchas ocasiones, estas criaturas disfrutaban usando formas humanas (Seige) para infiltrarse y causar desastres entre las frágiles civilizaciones humanas. Para suerte de esos humanos, los Grimm veían a través del engaño. Veían a través de sus ilusiones, del velo que los protegía tras una identidad que los Surnaturel creían perfecta e impenetrable. Sus ojos, esa negrura distintiva y absoluta que los cubre por completo cuando su percepción se agudiza, eran faros en la tormenta de la mentira. Aunque a menudo, para su propio pesar.
Pues es una habilidad que no pueden desconectar, una ventana perpetua a la esencia verdadera de lo sobrenatural que les rodea. Por eso, a diferencia de antes, donde los Wesnaf eran comunes de ver entre los humanos, ahora, en esta era donde los Surnaturel sí o sí deben usar sus formas Seige para mezclarse, los Grimm se ven obligados a usar lentes de sol oscuros. Es casi como si fuera un castigo autoimpuesto para mitigar la constante y abrumadora avalancha de información visual, para no ver los rostros monstruosos ocultos en cada multitud. Y también, por supuesto, para evitar la condena pública de ser vistos como parias o locos.
¿Qué más? Bueno, ahora hablemos sobre su poder. Según dicen los textos más antiguos, y lo que he observado yo mismo, este poder es sumamente “quisquilloso”. Se salta generaciones enteras, a veces durmiendo durante siglos en un linaje, para luego elegir a quienes considera aptos, a menudo sin rima ni razón aparente. Y una vez Despierto, el individuo no solo debe lidiar con esa visión constante y enloquecedora, sino también con el potencial físico que se les impone: una fuerza y resistencia considerables, equivalentes a las de cien hombres comunes en su plenitud física, así como una afinidad innata, aunque aleatoria, con una de las cinco Energías Primordiales.
¿Algo más? Claro, su talento más notorio y, a la vez, más peligroso para otros: su habilidad para el dibujo. Un talento innato, como dicen. Los Grimm no solo destacan por su fiereza en el combate, luchando con una tenacidad casi suicida incluso cuando no es necesario, sino también por su capacidad sobrenatural para el dibujo. Ellos han sido los ojos y las manos de los Mehr-Wissen durante eras, sus cronistas visuales en este mar de seres sobrenaturales.
Y gracias a esta misma capacidad, que parece imbuir sus dibujos con una porción de la verdad que sus ojos perciben, hoy en día pueden obligar a los Surnaturel disfrazados a revelar su verdadera identidad, a menudo con solo mostrarles su propio retrato. Esta habilidad, como es de esperar, les ha acarreado mucha animosidad. Ha llegado a tal punto que ellos tienen que cargar constantemente con amuletos y artefactos que evitan los ataques psíquicos, ya que sus enemigos saben que su punto más vulnerable es esa misma conexión sagrada entre sus ojos y su cerebro. Un ataque psíquico exitoso podría cortarla completamente, y así, este dejaría de verlos para siempre. Pero con ello, este Grimm se terminaría convirtiendo en un lisiado, un ciego en un mundo cuyas sombras antes podía ver con total claridad, pero que ahora, tras dicho ataque, esas mismas sombras se esconden sin que él pudiera hacer algo para evitarlo. La mayor de las ironías para este tipo de Humanos seleccionados por la Diosa, si me preguntan.
—Me dan un poco de lástima estos tipos –No puedo evitar decirlo en un murmullo, el pesado libro aún abierto en mis manos. La ironía de su existencia es, sinceramente, profundamente trágica– Si fuese antes, en las eras de antaño, su Reveler (como se llama dicha Habilidad innata de todo Mehr-Wissen) no sería un problema tan grande, no esta maldición social que es hoy. Después de todo, hubo un tiempo en que los Surnaturel y los Humanos coexistían abiertamente, para bien o para mal. Un poco como ocurre en la actualidad en el Territorio/Imperio de Xian y en los Reinos Unidos Santificados, donde el Velo que oculta lo sobrenatural del mundo mundano no existe, siendo considerado un vestigio de un pasado temeroso. –Y por eso mismo es que esos lugares son tan cerrados y desconfiados del resto del mundo, sobre todo las facciones Rus dentro de los Reinos, quienes protegen sus fronteras con una paranoia casi impenetrable–
Ah, y el apodo… “Decapitare”. Sí, lo he escuchado. Muchas veces en el pasado, susurrado con terror en las cortes sombrías y gritado en los campos de batalla. Incluso hoy en día, aunque ya casi nadie lo usa, solo los Surnaturel más gustosos de la historia, o aquellos desdichados que lo evocan con su último aliento mientras son cazados por estos guardianes de ojos velados.
¿Y por qué Decapitare? Bueno, las leyendas populares y algunos textos más oscuros y censurados cuentan la verdad. En aquellos tiempos brutales, muchos linajes Grimm gustaban de usar hachas de combate, pesadas y forjadas para la carnicería. No usaban la espada con la elegancia de un caballero, ni el arco con la precisión de un cazador. No, ellos blandían sus hachas directamente a la yugular de sus enemigos, cortando sus cabezas de cuajo con una eficiencia aterradora. Y debido a esa firma, a esa terrible reputación, es que estos tipos se volvieron infames.
Recuerdo haber visto, hace ya incontables siglos, familias enteras de Surnaturel, seres que se creían intocables, correr despavoridos por los campos mientras gemían el nombre “¡Decapitare! ¡Decapitare!”. Lo gritaban justo antes de que el silbido de un hacha hendiera el aire y sus cabezas salieran volando, a la misma velocidad que el caballo de guerra que estos tipos usaban para no dejarlos escapar. Y no solo Surnaturel. Bestias corrompidas, corrupciones rebeldes que escapaban del control de sus amos, animales mutados por energías salvajes, incluso humanos que habían traicionado a su propia especie o se habían entregado a cultos oscuros… nadie se salvaba de sus hachas imbuidas en distintos tipos de Energía Primordial. Y gracias a esta brutalidad sin miramientos, se ganaron este infame nombre que, aunque ya casi no usado, sigue persistiendo en los rincones más oscuros de la memoria colectiva.
Después de todo, los tiempos cambian, y las herramientas para matar también. Supongo que hoy en día son más sutiles, pero el legado de la hacha nunca se borra del todo.
—Hmm –Dejo con cuidado el libro sobre los linajes Grimm sobre la mesa, su sombría historia resonando en mi mente. Mis ojos, sin embargo, ya están escaneando las estanterías de nuevo, atraídos por otro tomo que destaca no por su brillo, sino por su aparente y ominosa contención– Veamos este…–
Este es diferente a los dos anteriores. Su cubierta es de un cuero grueso, teñido de un color marrón profundo, y está asegurado por pesados herrajes de un metal plateado y opaco, quizás peltre o plata ennegrecida por el tiempo. Las esquineras están profusamente labradas con símbolos que parecen ser a la vez proyectores de energía y sellos restrictivos. Un robusto broche metálico en su costado, con una cerradura compleja, sugiere que su contenido no es para una consulta casual, sino algo que debe ser protegido o mantenido bajo llave.
La superficie de la portada presenta una curiosa textura agrietada, como si la tierra se hubiera secado tras un milenio sin lluvia, y de estas finas grietas emana un levísimo y casi imperceptible fulgor azulado, una señal inequívoca del poder que contiene y que pugna por liberarse. O quizás, es la cicatriz de haber resistido incontables milenios de tensión mágica. En el lomo, grabado con una pulcritud que contrasta con el aspecto antiguo del libro, distingo un sello inconfundible: la marca de los Sehwert. Curioso, pienso, un tomo tan evidentemente peligroso bajo el sello de los guardianes.
Definitivamente, este libro es un recipiente digno para detallar sus secretos. No es una simple crónica; su propia construcción grita que es un grimorio, un manual de campo peligroso. La sensación que transmite no es la de un tesoro, sino la de una herramienta arcana, un arma en sí misma. Con una mezcla de cautela y una curiosidad irrefrenable, coloco mis dedos sobre el pesado broche metálico, preparándome para desvelar los misterios que tan celosamente guarda.
—”Susurros Entre Mundos: El Sendero del Geisterjäger | Cazador de Fantasmas” –Murmuro el título para mí mismo, y tras leer la última parte, otra sonrisa, esta vez de pura diversión, se dibuja en mi rostro. No puedo evitar recordar esas viejas series de televisión de los años 80 del siglo pasado, que vi una vez en una de mis visitas al Erden. Programas sobre Cazadores de Fantasmas que eran más comedia y espectáculo que otra cosa, con sus artilugios torpes y sus reacciones exageradas. Recuerdo que su popularidad hizo enojar a más de un Geisterjäger real, ofendidos de que su peligrosa y solemne labor fuera reducida a una farsa para el entretenimiento de las masas.–
Los Geisterjäger… Su existencia es un eco directo de las conflagraciones más determinantes de la historia de este mundo. Si la memoria no me falla, y estos textos antiguos que sostengo seguramente lo confirman, fueron concebidos durante la Gran Guerra Celestial, en plena Era de la Creación. Esto los sitúa con una antigüedad parecida a la de los linajes Grimm, unos tres mil trescientos sesenta y cinco millones de años, más o menos.
Surgieron por una necesidad terrible y urgente. Cuando las innumerables muertes en aquella guerra de proporciones bíblicas (literalmente hablando) dejaron un rastro de Almas ancladas a este Espacio, al Erden: Geister, como se les denomina en las lenguas antiguas, que no encontraban su camino al más allá o se negaban a seguirlo, aferrándose al plano de los vivos con desesperación, ira o confusión, causando un desorden considerable y un sufrimiento inenarrable.
Recuerdo haberlos observado en aquellos terribles tiempos. Eran, en verdad, una visión peculiar. En su estado normal, sin la presencia de energía fantasmal cerca, un Geisterjäger apenas se distinguía de un humano común en cuanto a capacidades físicas. A su vez, un protocolo especial en su esencia velaba su propia energía para no atraer intenciones indeseadas de otros Surnaturel. Sin embargo, todo cambiaba cuando activaban sus poderes, ufff, su potencial combativo solo florecía de verdad al detectar o interactuar directamente con un Geister.
Y he aquí una ingeniosa, aunque para algunos, paradójica solución que desarrollaron para mantenerse preparados. Dado que sus poderes únicamente funcionaban al estar cerca de fuentes fantasmales, y fuera de estas, cualquiera con un mínimo de fuerza podría matarlos, ¿qué hicieron? Bueno, muchos se hicieron amigos de entidades espectrales benévolas, diferentes a un Espíritu elemental, que es la entidad necesaria para el uso de la Energía Espiritual. Estos compañeros etéreos, al estar siempre a su lado, mantenían sus habilidades despiertas en todo momento. Sin embargo, dado que con esto perdían su ocultamiento natural, muchos preferían encapsular a sus compañeros en pequeñas cápsulas de cristal o plata especialmente diseñadas para ellos, mismas que, según dicen, ofrecían un confort sorprendente a estos aliados del más allá. Una simbiosis fascinante e irónica: fantasmas que ayudaban a los Geisterjäger a cazar otros fantasmas que, de otro modo, podrían cazarlos a ellos.
En la actualidad, su labor no ha disminuido en lo más mínimo. Después de todo, mientras haya personas y haya muerte, siempre habrá Geister dispuestos a recibir una lección por parte de su enemigo natural. Los Geisterjäger, quienes “amablemente” les ayudarán a elegir un camino: desaparecer por completo, o entrar en el Juicio Divino, que los llevará al Infierno, al Paraíso, al Limbo (si son las almas de bebés, porque sí, existen Geister bebés), al Purgatorio o a la Reencarnación. Todo depende de cómo hayan sido en su vida pasada y, más importante aún, de cómo han actuado en su forma de Geister.
Aunque, no solo usan la fuerza. No todos los Geister son malvados o violentos, y por esto mismo es que no todos los Geisterjäger son meros exorcistas. Debido a su habilidad innata para percibir el mundo espectral, la cual despiertan a la curiosa edad de trece años (otra ironía del destino, si lo piensas bien, pues el trece siempre ha sido considerado un número maldito o de mal agüero en muchas civilizaciones, incluso han existido Cultos y civilizaciones enteras que giran alrededor de este número que, aunque simple, es muy poderoso), o, alternativamente, si tienen un contacto directo y significativo con una entidad etérea antes de esa edad.
Gracias a esta habilidad, propia de su Reveler, ellos pueden verlos. Y gracias también a su constitución especial, dirigida a las frecuencias del plano fantasmal, pueden escucharlos. Así que, combinando estos dos dones, hacen que el Geisterjäger vea y escuche fantasmas. ¿Y qué pasa cuando esto sucede? Fácil, tienes la posibilidad de hacer caridad. De inclinar un poquito tu Balanza Divina a tu favor para la hora de tu propio Juicio Divino en el Tribunal, ayudando a estas entidades pérdidas a resolver sus problemas terrenales para que, finalmente, puedan irse en paz al más allá.
¿Y si no quieren irse en paz? Fácil. ¡Los golpeas hasta que entiendan!
—Ejem…, creo que exageré un poco –Me digo a mí mismo, carraspeando en el silencio. Lo siento, los Geisterjäger son un tema muy divertido, sobre todo cuando se enojan, y las mujeres de esa orden, en particular, tienen un temperamento tan fascinante como peligroso… Ejem– ¿Qué otra cosa recuerdo?… Ah sí–
¿Qué tipo de Geister existen?, bueno, el libro parece confirmarlo y clasificarlo de una forma muy metódica. Primero están los que podrían denominarse simplemente “Fantasmas”. Estos son, normalmente, benignos. Ecos de almas que, por confusión o un asunto pendiente, permanecen anclados a este plano. Solo están allí, esperando a que alguien les ayude a conectar una última vez con sus familias, o a que se cumpla una promesa. Son los que, a veces, simplemente llegaron a un acuerdo y le pidieron a Mortem, o más bien, a sus Segadores, un breve momento de relajación y contemplación antes de ser llevados al Juicio Divino. Aunque claro, como todo ser sobrenatural, se manejan en Rangos de poder, que van desde la Clase F, apenas una presencia fría, hasta la Clase A. Estas últimas son entidades que, tras mucho tiempo, han perdido la esperanza, y por lo tanto, están a un paso de corromperse y convertirse en seres peligrosos.
Tras esto, en la escala de la decadencia espiritual, están los “Entes”.
Aquí, los Geister ya han perdido una porción considerable de su moralidad, de su humanidad. Por lo mismo, han comenzado a estar activos, llegando incluso a verse reflejados en el mundo de los vivos. ¿Han visto ustedes luces apagarse y encenderse solas, objetos moverse de la nada o incluso recibir mensajes crípticos escritos en el vaho de los espejos? Bueno, esto es a causa de los Entes. ¿Y su Rango? Va desde el F hasta el S. Los de Rango F lo hacen más por una diversión inocente, casi infantil, que por otra cosa. Pero los de Rango S… ellos ya han descubierto el placer sádico que les produce el miedo ajeno.
Después le siguen los Espectros. En esta etapa, los Geister ya han acumulado suficiente energía negativa como para comenzar a manifestarse físicamente, atravesando ese Velo que les impide interactuar directamente con los vivos. Incluso logran adquirir capacidades físicas limitadas, con el único propósito de hacerle la vida imposible a otros.
¿Los Rangos? Desde el C hasta el S. Un Rango C se aparecerá solo para asustar, para alimentarse del terror. Pero un Rango S, ese ya tiene la intención y la capacidad de matarte. Lo gracioso, o más bien, lo trágico, es que en esta Categoría, aún puedes establecer un Diálogo con el Geister. Un Geisterjäger habilidoso aún puede “evangelizarlos” con sus palabras, razonar con el fragmento de humanidad que les queda y devolverlos a un estado menos violento. Es su última oportunidad.
Posteriormente, le siguen los Demonios Etéreos.
¿Qué pasa aquí? Bueno, la recomendación de este libro es simple: si te encuentras con uno, corre. No habrá escapatoria, no habrá diálogo. Te convertirás en uno de ellos; no en un Demonio Etéreo, por supuesto, sino en un Geister recién creado tras tu muerte. Los Demonios Etéreos usualmente se les ve cazando activamente a Geister de menor rango, usando la propia esencia del Alma de sus víctimas para alimentarse e incrementar su poder. Logran así no solo manifestarse con una fuerza aterradora, sino también invadir espacios completos, como una zona residencial entera, o incluso un pueblo pequeño, convirtiéndolo en su coto de caza personal. Adquieren también la capacidad de maldecir, de lanzar todo tipo de gritos sónicos que te destrozan los tímpanos y el espíritu. A su vez, otra ironía de su existencia, es que mantienen cerca de sí a otros Geister, no solo con el objetivo de usarlos como soldados de primera línea, sino también como una despensa de comida de emergencia. Tal vez te preguntes, ¿por qué los siguen? Bueno, mi Estimado lector del futuro, eso se debe a que los Demonios Etéreos poseen la capacidad de dominar psíquicamente a los Geister de Rangos más bajos que los suyos. Y una vez controlado, tú, como Geister, estás completamente a su merced.
¿Los Rangos? S, SS y SSS. Siendo el S el más sencillo de combatir, pues aún no ha comenzado a consumir muchas Almas. El SSS, por otro lado, es el más difícil, pues ya controla un área considerable y, por consiguiente, tiene sus propios y abundantes refuerzos.
¿Existe otro más? Por supuesto que sí. Siempre hay algo peor. Y este es: la Corrupción Etérea.
¿Qué es eso?, te estarás preguntando. Bueno, es la máxima exponencia de un Geister. La apoteosis de la desesperación y el odio. Un ser de poder incalculable que es capaz de tomar ciudades enteras de hasta un millón de habitantes, sumergiéndolas en una pesadilla colectiva, en fantasías terroríficas y personalizadas para cada habitante, y así alimentarse lentamente de su energía corporal y escalar su propio poder. E incluso, una vez que tu energía corporal se agota, bueno, mueres. Y una vez muerto, convertido en un Fantasma recién nacido en medio de su dominio, tu única opción, dado que no tuviste la suerte de morir lejos de esta cosa, es convertirte en su cena.
¿Rangos? SSS y Clase Desastre. La Clase SSS es cuando la Corrupción comienza su expansión. Y la Clase Desastre… bueno, supongo que no tengo que decirte qué significa. Pero si quieres saberlo, te lo diré: significa muerte. Perdición total. Extinción a nivel de alma.
Porque sí, y esta es la parte más aterradora de todo este bestiario. Una vez que tu Alma es consumida por una de estas entidades, desapareces por completo. No hay Limbo para los inocentes, no hay Paraíso para los justos, no hay Purgatorio para los penitentes, ni Infierno para los malvados, mucho menos existe la posibilidad de la Reencarnación, ni siquiera te espera el frío abrazo del Vacío. No, nada de eso. Tu destino es, simplemente, desaparecer. Como si jamás hubieses existido. Un final absoluto.
—Por suerte, las Corrupciones Etéreas son contadas, anomalías de un poder tan inmenso que su misma existencia deforma la realidad a su alrededor. La gran mayoría de las que se conocen datan de la tumultuosa y primordial Era del Caos –Pienso, tratando de tranquilizarme a mí mismo– Así que, en teoría, estamos a salvo. Por ahora. Mientras Él, el origen de gran parte de esa corrupción, esté sellado, nosotros estaremos relativamente bien. No tendremos que enfrentarnos a estas malditas y abominables cosas.–
Y aunque me gusta burlarme de los Cazafantasmas y su folclore moderno, no quiere decir que los desprecie. Muy al contrario. Su labor, a menudo solitaria e ingrata, es digna de un profundo elogio. Sobre todo al recordar las veces en que, a lo largo de la historia, tuvieron que luchar contra estas Corrupciones. Esos bellos y terribles tiempos en que los Geisterjäger, a menudo un simple puñado de ellos, se erigían como la última línea de defensa, mostrando realmente de lo que estaban hechos al enfrentar a un horror que consumía ciudades enteras.
—Haa… –Un suspiro largo y pesado escapa de mis labios, y cierro el libro con un suave “thump” que resuena en la silenciosa habitación.–
Recordar los estragos causados por las Corrupciones Etéreas, revisitar esas épocas de terror absoluto y extinción de almas, definitivamente no deja nada bueno a mi psique. Incluso para alguien que ha vivido tanto como yo, hay horrores que nunca pierden su filo, memorias que pesan como cadenas en el espíritu. Siento una fatiga que no es física, sino del alma, un cansancio nacido de recordar demasiadas guerras, demasiadas tragedias, demasiados finales.
—Será mejor leer otra cosa –Me digo a mí mismo en un murmullo, cerrando con cuidado el ominoso libro de los Geisterjäger y devolviéndolo a su lugar en la estantería. La mente necesita un respiro de tanta oscuridad. La historia de los Grimm fue brutal, la de los Geisterjäger, inquietante. Quizás algo menos… intenso.–
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