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Ekstern - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - Capítulo 5: Capítulo 1 - Llegada | 1.5: Lyra
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Capítulo 5: Capítulo 1 – Llegada | 1.5: Lyra

Mis ojos recorren los lomos de cuero hasta que se posan en otro tomo. Este parece diferente, menos un grimorio y más una crónica. Al tomarlo, lo primero que noto es su encuadernación, un cuero de un tono marrón oscuro y cálido, casi terroso, que se siente suave y flexible bajo mis dedos. Las letras doradas del título brillan con una luz acogedora bajo la iluminación de la sala.

El lomo es robusto, con nervaduras resaltadas que le dan una apariencia clásica y una serie de pequeños medallones dorados incrustados, cada uno con un símbolo distinto y evocador: un ojo vigilante, una espiral que sugiere un ciclo o un viaje, algo parecido a una estrella de múltiples puntas y otros patrones que me evocan un pasado antiguo, casi mítico, lleno de suaves melodías provenientes de arpas, violines y gaitas en una corte olvidada. Algo parecido sucede con los bordes de la cubierta, que están decorados con una exquisita filigrana dorada que se entrelaza en patrones complejos y fluidos, como las raíces de un árbol ancestral.

Lo más distintivo de este libro, además de los intrincados grabados dorados en la portada, son los símbolos que adornan su parte inferior: dos figuras estilizadas en oro, enfrentadas, que parecen representar criaturas de leyendas. Una se asemeja a un ciervo majestuoso o un unicornio, mientras que la otra es una bestia con cuernos igualmente fantástica. Debajo de estas, se haya otro ojo, parecido al del libro de los Grimm, sin embargo, este es más sencillo, menos severo. Las letras del título principal, esas doradas que mencioné antes, son de un estilo elegante y caprichoso, y parecen deslizarse tanto hacia arriba como hacia abajo en la cubierta, dándole un efecto casi mágico, como si estuvieran a punto de desaparecer o de cobrar vida propia. Noto también algo que los otros no tenían: una serie de pequeñas pestañas o marcadores de página ilustrados que sobresalen del costado, sugiriendo que es un bestiario o una guía de referencia, con secciones bien definidas.

El nombre mismo es una revelación. No cazan demonios ni fantasmas, sino algo mucho más esquivo: las criaturas nacidas de las historias, de los susurros, de las creencias populares que, en este mundo, a veces adquieren la fuerza suficiente para manifestarse en la realidad.

Sin duda, este es un recipiente digno para las crónicas de una estirpe tan singular como lo son los Folk Hunter. Es un libro que no grita peligro, sino que susurra misterio y aventura. Con una curiosidad renovada, me siento en uno de los cómodos sofás y abro la cubierta.

—”Cuando los Rumores Cobran Vida: Crónicas de un Cazador de Folklore” –Leo el título, y al leer esto, mi mente evoca recuerdos de un pasado, donde recogí por casualidad a una Folk Hunter herida por los propios pobladores que la consideraban una bruja– Humanos –Digo, con una sonrisa fría– Nunca cambian–

Si, los Folk Hunters, aquellos nacidos en la Era del Caos, esa misma época donde parece que todos los Mehr-Wissen nacen, hace, si mi memoria y calculos no me fallan, unos 2,115,192,025 años, y cuyo dominio no son las entidades demoníacas, espectros o incluso Surnaturel que llevan eones existiendo. No, su dominio es mucho más tangible, y a la vez, profundamente humano, pues sus objetivos nacen del poder de la creencia colectiva.

En aquella época, la propia tierra de Astel, imbuida de energías erráticas debido a las constantes guerras tanto contra los Celestiales como combates contra el Caos, adquirió la extraña capacidad de dar forma tangible a las narrativas orales colectivas que surgían de la psique humana.

Recuerdo que, durante milenios de agitación, las historias y los rumores se propagaban como la peste, varias de estas narraciones alimentadas por la imaginación febril de comunidades enteras.

Entidades y fenómenos que solo existían en cuentos de ancianas chismosas o en advertencias susurradas, repentinamente cobraban vida de una manera perturbadora.

Fue en estos tiempos cuando comenzaron a surgir los Folk Hunter, individuos con la asombrosa capacidad de percibir y gestionar estas “Manifestaciones Folclóricas”.

Algunos solían despertar a la tierna edad de 5 años, otros, un poco más tarde, y otros más, a través de una profunda inmersión en estas leyendas, canalizadas en un encuentro directo con estas, donde se catalizan sus habilidades latentes.

Su método siempre me ha parecido fascinante, no se enfrentaban tan repentinamente a estas entidades, como normalmente lo haría un Mehr-Wissen, sino que solían desentrañar la historia de estos rumores, desde sus inicios, como comenzó, las reacciones de la gente, escuchando pacientemente las historias o versiones contadas por ancianos, niños, locos, borrachos, cualquiera que pueda darles un contexto. Determinan que representa la entidad (¿culpa?, ¿venganza?, ¿abandono?, ¿traición familiar?), o si existen diferentes versiones de uno mismo. Ellos intentan entender la razón de su cambio, algunos suelen hacer mapas mentales o escribir en cuadernos las conexiones narrativas, donde trazan el origen, evolución y puntos de mayor poder de la manifestación.

Suelen usar las palabras, dialogar con estas manifestaciones en vez de simplemente sacar su espada para matar. Y hablando de eso, su forma de “matar” es diferente, no simplemente desvainan o cortan el cuello como los demás Mehr-Wissen, no, estos realizan acciones simbólicas, como hacer un funeral, o rituales, como rezos constantes en una hoguera, todo con la finalidad de hacerlos desaparecer de manera que no dañe a los demás, pues, para ellos, los Folkes, como son nombradas dichas entidades, no son monstruos, sino representaciones de los miedos y la oscuridad humana, traumas culturales o necesidades simbólicas.

Entonces, mientras mis dedos rozan el cuero antiguo del libro, repentinamente una explosión dentro de mi mente ocurre. No es una de poder ni de violencia, sino de pura sensación. Un recuerdo que no es solo una imagen, sino que trae consigo un olor particular, uno que no he percibido en milenios: un hermoso y abrumador olor a vainilla.

—Lo recuerdo… –Digo en un susurro, sobresaltado por la repentina y vívida ola de memoria que me inunda, borrando por un instante la biblioteca a mi alrededor.–

Sí, recuerdo a una Folk Hunter. Una muy especial. En el año 983,124 de la Era del Caos, rescaté a una joven llamada Lyra. La encontré al borde de la muerte, apedreada por los mismos aldeanos que la consideraban una bruja por sus extrañas percepciones. La convertí en mi aprendiz, mi protegida y, por supuesto, con el tiempo, terminó siendo mi pareja física.

Era una chica adorable, con una cabellera del color de la oscuridad.

Cuando la encontré, con apenas catorce años, estaba magullada y asustada, pero a pesar de las adversidades y del trato cruel que le habían dado desde su infancia, nunca perdió la capacidad de sonreír. Ella era una chica que yo mismo entrené en las artes del combate y el conocimiento, y que, tan pronto como cumplió la edad adulta —los diecinueve años, para ser exactos—, se echó sobre mí como una bestia devoradora de hombres, con una pasión y una honestidad que me dejaron sin aliento. Y como en ese entonces yo estaba en plena guerra fría con Astel, prácticamente separados, y además ya la había engañado con Lilian, no le vi sentido a continuar con una fidelidad que ya estaba rota y que solo me traía dolor. Por lo que no me negué. (¿Cualquiera en mi posición de soledad eterna lo haría, no?).

Y por todos los Dioses, a pesar de las complejidades, fue una de las mejores y más cálidas decisiones que he tomado en mi larga y a menudo solitaria existencia.

Y volviendo al tema de cómo hacen su trabajo estos Mehr-Wissen, bueno, recuerdo un caso en particular. En el año 983,130, cuando ella tenía veinte años, llegamos al asentamiento de Tirael. Era un pueblo ribereño, melancólico y perpetuamente húmedo, construido a orillas de donde un antiguo y poderoso río, el Kaelis, solía existir antes de que cambiara su curso, dejando tras de sí un lecho casi seco que se dividía en tres brazos y desembocaba en un gran lago neblinoso.

Los rumores allí eran claros y escalofriantes, susurrados en cada taberna y mercado. Niños que desaparecían sin dejar rastro cerca del agua. Adultos que despertaban en mitad de la noche con el cabello empapado y el sabor de la arena y el lodo en la boca. Algunos juraban, con los ojos desorbitados por el terror, haber escuchado canciones infantiles, dulces y fantasmales, flotando en la niebla nocturna. Algo sumamente curioso, pues en aquel lugar ningún niño cantaba desde hacía ya varios meses; el miedo había silenciado sus juegos.

Lyra… ella lo supo incluso antes de que pusiéramos un pie en la calle principal del pueblo. Lo sentí en la forma en que su energía cambió. Caminaba con pasos ligeros, casi danzando sobre los adoquines húmedos, como si ya conociera este lugar, como si estuviera leyendo una historia escrita en el aire. Su capa de un verde musgo ondeaba con el viento que subía del lecho del río, y sus ojos, de un brillante color avellana, brillaban con esa luz interior, esa fascinación que los más maravillados con los rumores y las leyendas poseen. No veía un pueblo maldito; veía un misterio por resolver, una historia que anhelaba ser escuchada.

—Así que, finalmente me toca resolver un caso por mi sola, ¿eh? –Me preguntó Lyra, su voz llena de una excitación contenida. Se giró para mirarme mientras caminábamos por la ribera del río seco, una gran sonrisa iluminando su rostro, sus ojos avellana brillando con picardía– Por fin. Ya estaba un poco cansada de estar siempre entre tus brazos en la cama, por muy cómodos que sean.–

—Al escuchar esto, no pude evitar que una sonrisa tirara de mis propios labios, pero la reprimí y le di un ligero y suave golpe en la cabeza con el dorso de mi mano– Concéntrate en el trabajo, aprendiz –Le dije, mi tono era el de un mentor severo, aunque por dentro me divertía su descaro.–

—Bie~n –Respondió, alargando la palabra mientras hacía un puchero adorable y se frotaba la cabeza– Viejo aburrido–

La tarea era sencilla en su planteamiento, o quizás no tanto en su ejecución, pues mi rol estaba estrictamente definido: no podía ayudarla.

Ese era el acuerdo que habíamos hecho. Esta era su prueba final, su graduación.

Ella debía aprender a caminar sola por los senderos tortuosos del miedo ajeno, sin mi ayuda, sin mi poder como red de seguridad. Así que la seguí, como un fantasma callado que observa desde lejos, una sombra protectora, pero con miedo a intervenir. Porque sí, por primera vez en mucho tiempo, tenía miedo. Miedo no del Folke que acechaba en este pueblo, sino de que ella, mi brillante y apasionada Lyra, siempre dependiera de mí y que, por esa misma dependencia, terminara arruinada, incapaz de valerse por sí misma en un mundo que no tendría piedad con ella si yo no estaba.

Durante días, Lyra escuchó. Se convirtió en una parte del pueblo, una presencia silenciosa y atenta. La vi sentada junto a fogatas apagadas, escuchando los cuentos temerosos de los leñadores. La vi en casas vacías, donde el eco de las familias desaparecidas aún flotaba en el aire. La vi en el cementerio cubierto de musgo, trazando los nombres de las lápidas olvidadas.

Tomaba notas sin cesar en su cuaderno, ese de piel de dragón con páginas infinitas, usando la pluma con una cubierta de plumas de grifo, cuya tinta, que podía ser de cualquier color existente, también era infinita.

Ambos objetos los diseñé y se los regalé cuando cumplió su mayoría de edad, herramientas dignas de su talento. Veía cómo en sus páginas dibujaba mapas mentales, laberintos de conexiones con líneas rojas para el peligro, azules para la tristeza y verdes para los orígenes.

Ella preguntaba a los ancianos, que desgranaban sus recuerdos con voces temblorosas. Buscaba a los enloquecidos, cuyas palabras inconexas a menudo contenían fragmentos de la verdad más pura. Incluso encontró a los mudos, y pacientemente se comunicó con ellos, pues sí, yo mismo le había enseñado el antiguo lenguaje de señas de los monjes silenciosos. Incluso, una noche sin luna, la vi llegar al borde del antiguo río, despojarse de su capa y, sin vacilar, sumergirse en las aguas negras y heladas, en ese gran cauce cuyas profundidades superaban los quinientos metros. La esperé, mi corazón inexistente latiendo con una ansiedad que no era mía, hasta que, después de una hora que pareció una eternidad, emergió, tiritando y con los labios azules, pero con una expresión de triunfo en su rostro. En su mano, apretaba un mechón de cabello largo y rubio, enredado y lleno de lodo, una prueba tangible arrancada de las fauces del misterio.

—Su nombre era Nira –Me dijo una mañana, su voz tan baja que casi fue un susurro, pero cortando el silencio de la habitación con la precisión de un cuchillo. Ella estaba sentada en una mesa, ya sin su actitud divertida y juguetona, y sin levantar la vista de un mapa de la región que ahora estaba cubierto de sus notas y líneas de colores. Su expresión era de una seriedad sombría, trazando un punto en el mapa, justo donde el lecho del río se ensanchaba antes de llegar al lago– Tenía siete años. La arrojaron al río porque decían que traía mala suerte. Porque nació durante un eclipse… y porque su madre no tenía marido.–

Yo no dije nada. No había nada que decir ante una crueldad tan simple y tan humana. Simplemente me levanté de la cama, me senté a su lado en la silla y la abracé por los hombros, atrayéndola hacia mí. Ella se apoyó en mi pecho, y sentí un leve temblor recorrer su cuerpo. La abracé con más fuerza, pues sabía perfectamente por qué esta historia en particular la había afectado tanto. Su anterior estado, antes de que yo la encontrara, era dolorosamente parecido al de esa niña.

Lyra también fue una paria. Todos en su aldea creían que era una bruja porque intentaba hablar con los seres que los mataban, porque trataba de entender la historia detrás del monstruo en lugar de simplemente huir. La despreciaban porque su madre perdió a su esposo en una de las tantas guerras sin sentido de esa era, dejándola como la hija de una viuda desamparada. Y la temían porque nació en un día de tormenta, justo después de que una horda de Wesion atacara un poblado cercano, como si su propio nacimiento hubiera sido un mal presagio.

En el alma de Nira, Lyra vio el reflejo de su propia infancia, de su propia soledad y del terror de ser juzgada por circunstancias que no podía controlar. Por eso era tan buena en su trabajo. No solo veía el Folke; veía el dolor que lo había creado, porque ella misma había sentido ese dolor.

Ella no necesitaba mis palabras en ese momento. Solo necesitaba saber que no estaba sola. Y eso, al menos, era algo que siempre podría darle.

Y así, tras unos días más de meticulosa investigación, llegó la noche final. La noche del ritual. La seguí en silencio mientras se adentraba en el bosque, sus pasos seguros sobre la tierra húmeda, guiándonos hacia un lugar donde el río Kaelis se estrechaba y la niebla parecía aferrarse a las orillas, un lugar donde el mundo de los vivos y el de los espíritus parecían inclinarse el uno hacia el otro hasta casi tocarse.

Allí, en un pequeño claro junto al agua, encendió con calma tres velas blancas, sus llamas parpadeando como estrellas solitarias en la oscuridad. Luego, con una delicadeza infinita, colocó un pequeño vestido blanco sobre una roca lisa y cubierta de musgo. No era un vestido cualquiera. Lo había tejido ella misma, con una paciencia y una devoción que me conmovieron.

Y el material… eran hilos finísimos hechos de los cabellos de un Dios menor que yo mismo había asesinado hace tiempo atrás, tras el imperdonable acto de intentar violar a Seraphina, una Serafín, buena amiga mía y de Astel. Yo había tomado esos cabellos, imbuidos de un poder divino corrupto, como un trofeo de mi justicia. Y Lyra, con su extraña sabiduría, los había purificado y transformado en un objeto de consuelo, un sudario de paz para un alma perdida.

Entonces, como si respondiera a la ofrenda, apareció. Una figura pálida, translúcida, emergió del agua oscura del río sin hacer ruido. Tenía los ojos de un vidrio sin brillo y su voz, cuando intentó emitir un sonido, fue como el gorgoteo del agua estancada: era Nira, o lo que quedaba de ella, un eco de dolor atrapado en el tiempo.

Lyra no retrocedió. No mostró ni un atisbo de miedo. Extendió las manos, no en un gesto de defensa, sino de invitación, y comenzó a hablar. No en voz alta, sino en una lengua ancestral y melódica, una de las tantas que le había enseñado, con palabras que habían sido enterradas bajo los cimientos de templos que ya no existían.

No le recriminó sus actos, no la amenazó con el juicio. Le contó una nueva historia. Una historia diferente a la que los aldeanos habían tejido con su miedo y su superstición. Le habló de una niña nacida bajo un eclipse que no era una maldición, sino una maravilla celestial. De una madre valiente que la amaba más que a nada en el mundo. De un pueblo que, en lugar de temerla, la habría celebrado. Y al finalizar esa nueva narrativa, esa contraleyenda, la miró a sus ojos vacíos y le dijo con una voz llena de una compasión que podría sanar mundos:

—Fuiste amada, Nira. Fuiste buscada cuando te perdiste. Tu nombre no se olvidó, se susurró con pena, no con odio. Tú no tuviste la culpa de su miedo. Fuiste dolor, sí, pero el dolor de ellos, no el tuyo. Y ahora, puedes descansar–

Y así, la niña ahogada, el Folke de Tirael, se detuvo. Sus ojos, antes vacíos y opacos, se llenaron de los reflejos de las tres velas, y por primera vez, parecieron tener luz propia.

Miró el pequeño vestido blanco, un regalo de una pureza que nunca conoció en vida.

Luego miró a Lyra, a la extraña que le había contado una historia donde ella no era un monstruo.

Y entonces, lloró.

Lágrimas pesadas, silenciosas, cargadas con los siglos de pena y soledad de un alma infantil, rodaron por sus mejillas espectrales.

Y tras eso, con esa catarsis final, se fue.

No se desvaneció con un grito ni con un destello. Simplemente se disolvió en la corriente del río, como una gota de tinta pura en el agua, su esencia finalmente libre, su historia, por fin, contada y concluida.

El último rastro de la esencia de Nira se desvaneció en la corriente del río, y el claro del bosque pareció exhalar un suspiro de alivio, la opresión que había pesado sobre él durante tanto tiempo finalmente disipada. Lyra se quedó en silencio por un momento, observando el agua fluir, su rostro aún solemne por la gravedad del ritual.

Y tras terminar, se giró hacia mí, y toda su solemnidad se desvaneció en un instante, reemplazada por una sonrisa radiante y triunfante.

—¿Y bien?, ¿qué tal estuve? –Me preguntó mientras se acercaba, sus caderas moviéndose con un contoneo juguetón. Su tono era el de una artista esperando la ovación tras una actuación magistral– ¿No merece una proeza como esta un día completo en tus brazos? ¿Solo nosotros dos, en una cama suave, bajo la luz de velas rojas, mientras saboreas mi exquisito y juvenil cuerpo?–

—El siguiente objetivo será el León de los Engaños, en las estepas del norte. Prepárate para irte a dormir, partiremos mañana en la madrugada –Respondí, mi tono deliberadamente serio y profesional, ignorando por completo su provocación, aunque por dentro estaba inmensamente divertido por su forma tan extravagante y descarada de ser. Era un cambio de aires refrescante después de tanta melancolía.–

—Vamo~s –Chilló, alargando la palabra con ese tono particular suyo, una mezcla de puchero y maullido que siempre usaba cuando quería pedirme algo. Se acercó y tiró de la manga de mi abrigo– Al menos dime cómo lo hice. No seas tan crue~l, mi querido y antiguo mentor.–

¿Mi respuesta? No le di ninguna, no con palabras. En lugar de eso, levanté mi mano y acaricié suavemente su cabeza, mis dedos revolviendo su cabello oscuro con un gesto lento y lleno de un afecto que no necesitaba ser verbalizado.

Y ella entendió. Todo lo que necesitaba saber estaba en ese simple gesto. Una enorme sonrisa, pura y genuina, se dibujó en su rostro, y sus ojos brillaron con felicidad. Se aferró a mi brazo con ambas manos, frotando su mejilla contra mi hombro, exactamente como lo haría una gatita que está feliz y contenta con su dueño. En ese momento, no era la competente Folk Hunter que había apaciguado a un espíritu vengativo, ni la seductora que me había provocado momentos antes. Era solo Lyra.

Un suspiro, esta vez no de pesar, sino de una cálida melancolía, escapa de mis labios.

Recordar esos momentos con ella es muy gratificante, un bálsamo para el espíritu después de haber transitado por las historias oscuras de los Geisterjäger y la tragedia de Skalegen.

Y sobre Lyra… bueno, debo decir que, a lo largo de los cuatro mil millones de años que he estado atrapado en este mundo, he tenido innumerables aprendices. Jóvenes con potencial a quienes he guiado, enseñado y protegido. Todas han dejado una marca en mí, en menor o mayor medida, como finas líneas en un pergamino antiguo. Pero ella… Lyra era diferente. Ella fue la que más cerca sentí de mí, la que dejó una marca tan profunda y vibrante que era imposible olvidarla, incluso al nivel de Lilian. Probablemente ambas compiten en mi memoria por ese puesto de la conexión más significativa fuera de la que estaba destinada para mí. Si el Sistema de la Pareja Destinada no controlara mi corazón y mis sentimientos con sus reglas de hierro, si mi capacidad de amar no estuviera irrevocablemente anclada a una estrella que ya no puedo alcanzar, estoy seguro de que con Lyra hubiéramos tenido una relación que trascendería lo físico. Habríamos tenido un futuro juntos. Y más aún, considerando su posterior y asombrosa decisión.

En el caso de mis aprendices, Lyra fue, sin duda, la segunda mejor de todas, solo superada por una candidata cuya historia es para otro momento. Pero fue, con una ventaja abrumadora, la que más rápido se adaptó a mis enseñanzas. Su intuición de Folk Hunter le permitía comprender conceptos que a otros les tomaban décadas. Solo requirió seis años para que pudiera estar lista para usar su poder para el bien en su mayor y más brillante potencial, a diferencia de otras aprendices que a menudo tardaban más de veinte años en alcanzar una maestría similar.

Y además, esa decisión… Su decisión final. El no conformarse solo con una vida mortal, por muy plena que fuera. Su decisión de ascender a un plano superior al humano gracias a su dominio absoluto del Mana, el Aura, el Poder Divino y la Energía Espiritual. Recuerdo haberla observado mientras se preparaba para ello, la vi superar la tribulación inimaginablemente dolorosa, tanto física como mentalmente, que llega al momento de romper el límite que separa a los mortales de los inmortales. La vi arder y renacer. Y esa hazaña, esa voluntad de hierro, la hizo destacar por encima de todas las demás.

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—Sabes Sariel, quiero ser inmortal –Dijo ella un día, su voz suave pero cargada de una determinación inquebrantable. Estábamos en un vasto campo de hierba verde, observando cómo los gigantescos molinos de viento giraban con una lentitud hipnótica contra un cielo azul y despejado. Ella tenía treinta años, una edad en la que muchos humanos comienzan a sentir el peso del tiempo, pero en sus ojos solo había una mirada hacia el futuro– Y lo demás que viene con el paquete tras dominar una Energía Primordial, ya sabes, juventud eterna, factor curativo, aumento considerable de Estadísticas…–

—¿Y eso? –Pregunté, girándome para mirarla, intrigado por la repentina seriedad en su tono habitualmente juguetón. Me acerqué un poco más a ella.–

—Simplemente creo que…, no he visto mucho de este mundo –Respondió, su mirada perdida en el horizonte. Tomó mi mano y la llevó a su cabeza, guiándola para que la acariciara, un gesto de afecto y confianza que siempre amaba– Aún tiene tanto que ofrecer, tanto que ver más allá de la guerra, la muerte y la desolación que a menudo encontramos en nuestro camino. Quiero ver los océanos de cristal de Xylos, las ciudades flotantes de Aethelgard, quiero conocer todas las historias, no solo leerlas.–

—Y yo que pensé que era porque querías estar conmigo para siempre –Bromee, aunque una parte de mí sabía que había una dolorosa verdad en esa broma.–

—Ella sonrió, una sonrisa genuina pero teñida de una leve melancolía, mientras se recostaba en mi hombro, su cabello haciéndome cosquillas en el cuello– En un principio, cuando era más joven e ingenua, sí, era así. Pero después de que me contaste sobre tu Pareja Destinada, que solo la puedes amar a ella, que solo puedes estar verdaderamente enamorado y que tu corazón solo latirá por Astel, me di por vencida. No le vi el sentido a convertirme en la tercera, en aquella que lucha tanto y da todo de sí para que, al final, nunca reciba el corazón del hombre que ama. –Sus labios se curvaron en una sonrisa amarga– Por eso cambié mi objetivo a un plano más realista. Porque al menos la inmortalidad me dará un nuevo propósito, una eternidad para seguir viviendo en este vasto y maravilloso mundo.–

—Asentí lentamente, mi corazón inexistente sintiendo una punzada de dolor por ella, pero también una inmensa oleada de admiración. Rodeé sus hombros con mi brazo, atrayéndola más cerca– ¿Cuándo quieres comenzar tu entrenamiento?–

—Mañana –Respondió sin dudarlo– Te diría que ahora mismo, pero… –Un largo bostezo interrumpió su frase– Por cierto, sí usaremos tu Habitación Blanca para esto, ¿cierto? No hay otro lugar donde pueda aprender sin interrupciones.–

—Volví a asentir con la cabeza– Sí, por supuesto. ¿O es que quieres terminar envejeciendo y muriendo de vejez sin lograr el más mínimo avance? Esto tomará mucho, mucho tiempo, Lyra. –Le dije mientras jalaba suavemente de su mejilla con mi otra mano– No es como si de la noche a la mañana ya fueras a dominar esas cuatro de las cinco Energías Primordiales que tu cuerpo, para mi asombro, es capaz de manejar.–

—¡Qué crue~l! Eres un anciano cruel. No seas tan cruel con una pobre niña –Bromeó ella, sacándome la lengua de una forma completamente infantil.–

—Ya, ya. Para que veas que soy bueno, tú elegirás el aspecto que tendrá la Habitación Blanca durante tu entrenamiento –Le ofrecí, sabiendo ya la respuesta–

—¡Entorno nevado, entorno nevado! –Exclamó con un entusiasmo contagioso, incorporándose un poco. Siempre le encantaron los lugares fríos y silenciosos; decía que le daban paz, que el silencio de la nieve le ayudaba a pensar.–

—Sonreí, la calidez de su alegría contagiándome. Me acerqué lentamente a esos labios rojos suyos, que, a pesar de sus treinta años, aún seguían siendo tan seductores y llenos de vida como en nuestra primera vez– ¿Te encanta mucho la nieve, no?–

En ese momento, con su decisión ya tomada (una decisión que, ahora que lo pienso, probablemente llevaba tiempo gestándose en su mente), fue sellado su nuevo camino. Y yo, como su Maestro y su más cercano compañero, no podía simplemente negarme a su petición. Era mi deber ayudarla a alcanzar las estrellas que tanto anhelaba.

—¡Oigan, par de tortolos! –Resonó una voz familiar desde la distancia, perteneciente a otro cazador de nuestro gremio que se acercaba– ¡¡No comiencen a hacer sus cochinadas en pleno aire libre como siempre, y vengan a ayudarnos a cazar esa cosa! ¡Y más les vale no hacer tanto ruido esta noche en la posada, que algunos queremos dormir!–

—Pfft, parece que ya nos conocen a la perfección, ¿no es así?, an, cia, no –Me susurró Lyra al oído, deletreando la última palabra con una lentitud burlona.–

—¿Y de quién es la culpa, eh, jo, ven, ci, ta? –Le respondí, jalándole ligeramente las mejillas.–

—Ay, ay, lo siento, lo siento~ –Dijo ella con una risa cantarina, sin sentirlo en lo más mínimo–

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Al final, por supuesto, lo logró. Tardó treinta y cinco mil años, unos diez mil años más de lo que le tomó a Lilian alcanzar una maestría similar, pero al final, Lyra dominó por completo las cuatro Energías Primordiales que su cuerpo podía usar. Lo consiguió gracias a un entrenamiento riguroso y agotador que alteraba entre la temporalidad comprimida de la Habitación Blanca y las misiones en el mundo exterior. Pasábamos miles de años entrenando sin descanso en su interior, para luego salir y completar misiones que duraban sólo unos cuantos días en el tiempo real. Insistí en este método como una manera de recordarle su humanidad, para que no perdiera en el vasto océano de la inmortalidad todo eso que me encantaba de ella: su risa, su descaro, su empatía.

Y cuando terminó, a la edad biológica de treinta y cinco años, pero con el aspecto radiante de alguien de veinticinco, lo hizo con una nueva mentalidad, una sabiduría forjada en milenios de experiencia, producto de todas sus vivencias. Pero algo que siempre admiré y amé profundamente de ella, era que nunca, jamás, perdió su sonrisa característica. Esa sonrisa desafiante y llena de vida que le mostraba al mundo que, a pesar de todo lo que intentó para destruirla, ella seguía de pie.

—Haa… –Un suspiro, esta vez lleno de una cálida diversión, se escapa de mis labios mientras cierro el libro de las crónicas. La diversión invade mis sentidos al recordar que ella nunca se guardaba nada. Cuando algún noble curioso o un compañero Mehr-Wissen le preguntaban sobre nuestra relación, siempre salía con respuestas escandalosas como: “somos amigos con derecho, tenemos mucho sexo duro y desenfrenado”. Y cosas parecidas, dichas con la mayor naturalidad del mundo, dejando a todos boquiabiertos. Recuerdo con una sonrisa cómo, en más de una ocasión, los hoteles de varios lugares ya no nos querían brindar sus servicios, porque, según ellos, nunca dejábamos dormir a los demás clientes.– Esta chica… de verdad, dudo que en toda la eternidad que me queda por delante, pueda volver a conocer a alguien como ella. Única e irremplazable.–

Cierro el libro de los Folk Hunter y lo coloco suavemente sobre la mesa de piedra, el aroma a cuero viejo y papel flotando en el aire. La calidez del recuerdo de Lyra persiste, pero ahora se mezcla con la fría y punzante pregunta de su paradero.

Me pregunto dónde andará ella actualmente…

Tal vez, y esta es la versión que más me gusta imaginar, considerando que ya era inmortal, finalmente cumplió su sueño. Tomó un viaje espacial (ya que en la Era de la Consolidación los viajes entre galaxias ya eran una realidad para los humanos) y ahora mismo estará visitando otros Mundos. La imagino, con su capa verde y su sonrisa desafiante, ayudando a su manera, desentrañando los rumores de planetas lejanos. Relacionándose con otros seres, combatiendo amenazas que nacen de la imaginación, haciendo nuevos amigos o, incluso, visitando los mundos basados en sus libros y obras favoritas. Recuerdo mucho que ella amaba con locura las Novelas de Romance de Fantasía, y más específicamente, aquellas sobre las villanas transmigradas que, contra todo pronóstico, terminaban ganándole a las heroínas y forjando su propio destino.

Le tomó un gusto especial a ese género después de que le contara que mi propia Madre, Alicia, fue, en esencia, una Villana de una de esas Novelas, y que gracias a la intervención de mi Padre, Arkhan, quien rompió su destino original, terminó convirtiéndose no solo en su pareja, sino en una temida y respetada Diosa Dimensional. Lyra veía en ella un modelo a seguir.

O tal vez, y este pensamiento es más melancólico, sigue aquí, en Astel. Una observadora silenciosa e inmortal, viendo con sus propios ojos cómo las civilizaciones que conoció nacían, florecían y morían. Viendo cómo la Humanidad se corrompía lentamente, lo que finalmente llevó a la dolorosa separación del Erden en dos espacios, el Aynu para los humanos y el Altern para los Surnaturel, ambos separados por un Velo mágico que los oculta el uno del otro. Viendo cómo los Humanos, con el paso de los siglos, perdían el conocimiento de los Surnaturel, transformándolos de vecinos a meras leyendas. Viendo cómo muchos linajes de Mehr-Wissen pasaban de ser protectores tanto de Humanos como de Surnaturel a solo proteger a los Humanos, olvidando su antiguo equilibrio. Tal vez incluso vio, desde las sombras, cómo esa Inteligencia Artificial tomaba el control y destruía a los Viejos Humanos, y quizás, solo quizás, terminó ayudando a guiar a los Humanos del Nuevo Mundo, tal como hice yo en su momento.

No lo sé… pero lo que sí sé, con una certeza que me duele en el pecho, es que me gustaría volver a verla. Sería de una ayuda incalculable ahora que he perdido casi todos mis poderes. O incluso si no es por eso. Al menos, me gustaría verla otra vez. Solo para escucharla narrar con su entusiasmo contagioso todas esas maravillosas y extravagantes historias que seguramente ha de tener guardadas. Para cautivarme una vez más con esa adorable y descarada sonrisa suya. Para que me dé un golpecito en el hombro y me diga con orgullo: Maestro, tu alumna estrella ha vuelto después de lograr grandes cosas. ¿Puedes felicitarme?”

—Mientras pasaba las páginas del libro, hojeando las crónicas de varios Cazadores de Folklore, llegué a una sección de separadores de página ilustrados, justo antes de un capítulo titulado “Folk Hunter Destacados– ¿Eh?, ¿y esto? –Mis dedos se detienen. La primera página de la sección es un retrato a toda página, una obra de arte exquisita. Y la mujer retratada…– Jo, jo~, pero mira a quién tenemos aquí~ –Una sonrisa amplia, genuina y llena de una nostalgia casi dolorosa se dibuja en mis labios. El aire parece llenarse de pronto con el recuerdo de un aroma a vainilla.–

No puedo evitarlo. Me quedo absorto observando la imagen. Es Lyra. Una joven mujer de ojos avellana inconfundibles, de cabello oscuro con un largo que le roza los hombros, y de un volumen que sugiere ondas suaves y naturales. Su figura es esbelta, un tipo de reloj de arena perfectamente proporcionado, y su piel, de un blanco níveo, se muestra suave y sin ningún rastro de heridas o cicatrices, a pesar de sus constantes y a menudo brutales batallas y enfrentamientos durante la época en que fue Emperatriz.

Su cabello, que recuerdo lacio como la obsidiana pulida, a menudo rebelde y con un brillo natural que se avivaba con cada uno de sus movimientos, está aquí, en esta imagen, recogido de manera elegante y compleja, dándole un toque de refinamiento y Nobleza que, lo admito, le sienta espectacularmente bien. Un estilo que aprendió y perfeccionó cuando se volvió la Emperatriz de un vasto Imperio durante cien años (antes de que finalmente se hartara de los constantes intentos de asesinato en su contra, de los conflictos internos y de las interminables luchas de poder). A pesar del peinado formal, algunos mechones sueltos enmarcan su rostro con una rebeldía deliberada. Y allí están… varias luces de color blanco y plateado, como hilos de luna, que llegan desde la parte superior hasta sus puntas, dándole ese toque juvenil y desafiante suyo que tanto le gustaba presumir, y que, a su vez, tanto me gustaba a mí.

Además de su imagen, casi puedo sentir su olor. No solo el de su cabello, sino el de todo su cuerpo. Un aroma a vainilla extremadamente reconfortante, cálido y dulce. Recuerdo cómo solía cuidar su cuerpo con tanto esmero, con una dedicación casi ritual, como si se tratara de su propio hijo.

¿Por qué? Era sencillo. “Para mostrarme hermosa para ti, mi anciano maestro”, eso me dijo un día cuando le pregunté la razón por la que siempre era sumamente limpia, bañándose dos veces al día (algo que era un lujo inaudito en esas épocas, reservado solo para los más ricos) y tomándose su tiempo en ello, usando aceites y esencias. Ella dijo que no quería que yo sintiera asco cuando comenzáramos con nuestra intimidad, dada la naturaleza de la acción constante en sus misiones, que a menudo la dejaban cubierta de sangre y lodo. (Aunque, irónicamente, al final de nuestra propia acción, siempre acabábamos gloriosamente sucios). Pero sobre todo, ella quería verse hermosa, presentable y pura para mí. Quería que, en nuestros momentos íntimos (y no me refiero necesariamente al sexo), yo pudiera usarla como mi refugio temporal.

Algo que, al final, terminé haciendo sin darme cuenta. Pues cada vez que estaba molesto, sin ganas de nada, o incluso triste por el peso de mi existencia, ella venía, se acurrucaba en mi pecho sin decir palabra, y dejaba que su simple presencia y su olor corporal me tranquilizaran. Era, básicamente, mi calmante natural.

Y sus ojos… ah, sus ojos. Unos hermosos ojos de un color avellana cálido, capaces de mostrar una alegría chispeante que contagiaba a cualquiera, o una concentración tan feroz que podía intimidar a un Demonio. Tenían distintos efectos dependiendo de la situación. Eran cautivadores y seductores si eras yo, o peligrosos y letales si eras un enemigo con el que ella necesitaba usar la fuerza física. Recuerdo cómo se curvaban en la intimidad de nuestras noches juntos, cómo se fruncían a la hora de cazar un Folke, o cómo mostraban brillos burlones y pícaros cuando me tomaba las cosas demasiado en serio. También recuerdo sus brillos celosos y tristes, especialmente cuando, por alguna razón, estaba rodeado de otras mujeres. Eran, sin duda, unas ventanas directas hacia su propia alma. Un alma pura y agradable, sin ninguna de las manchas de cinismo o malicia que afean a la mayoría de los Humanos. Y por supuesto, esas cejas bien delineadas y arqueadas, que no hacían más que resaltar la expresividad de sus ojos de manera natural.

Además de eso, su nariz, pequeña y recta, proporcionaba un equilibrio perfecto a su hermoso y, en mi opinión, perfecto rostro. Recuerdo que en muchas ocasiones esa misma nariz se convirtió en una herramienta crucial en sus propias misiones, gracias al riguroso entrenamiento al que la sometí. Consistía en desactivarle temporalmente sus demás sentidos (el tacto, el oído, la vista, el gusto), todo con el propósito de agudizar cada uno de ellos de forma individual, no solo concentrándome en uno solo, sino maximizando todos hasta sus límites sobrenaturales. O también, y esto fue un resultado inesperado y encantador, usando dicha nariz para absorber mi propio olor corporal. Un fetiche que terminó quedándose gracias a que yo solía hacer exactamente lo mismo con ella, como mencioné antes. Más adelante, ella usó este nuevo aprecio por el olfato en nuestra intimidad, absorbiendo mi olor durante la pasión con una intensidad que me desarmaba, sin importar si eran olores “buenos” o “malos”, el sudor del combate o la calma del descanso.

En serio, he tenido mucho contacto íntimo con mujeres a lo largo de mi existencia, pero ella… ella fácilmente podría superarlas a todas en la profundidad de su entrega sensorial.

Y sus labios… maldición, esos labios rojos suyos. Carnosos y muy dulces, llenos de una promesa que te inducía a mirarlos, a desearlos, a querer devorarlos sin importar las consecuencias. Mismos que sabían a gloria, a ambrosía, a un vino prohibido. Unos que solía disfrutar con avidez en aquellos tiempos, como una forma de escape a una terrible realidad, pues tan pronto como los besaba, sentía cómo todos mis problemas, el peso de mis eones, la guerra fría con Astel, todo desaparecía en un instante. Y ella, con una maestría desarrollada a lo largo de muchos años gracias a un constante y apasionado entrenamiento (porque a cada rato nos besábamos, en cada oportunidad que teníamos), ya sabía perfectamente cómo usarlos para darme el máximo placer. No solo con mi boca, sino en otras partes de mi cuerpo, tanto en las más específicas y sensibles, como en las más generales, trazando caminos de fuego sobre mi piel.

En el caso de su vestimenta en este retrato, parece que lleva un vestido de un tejido entre negro y un verde muy oscuro, que resulta brillante debido a la luz de un probable flash, puesto que el fondo sugiere que están en la noche. Un vestido que parece estar hecho de un material sintético o reflectante, típico del propio fondo que se aprecia. Además, con un escote profundo y generoso, mismo que abría la puerta a unas maravillas redondas y bien cuidadas. Recuerdo que, al principio de nuestra relación, eran más pequeñas que las de Lilian y Astel (quienes eran Copa D y Copa C respectivamente), con una modesta pero perfecta Copa B. Pero aún así, eran muy disfrutables, sobre todo en las mañanas, cuando despertaban junto conmigo y lo primero que querían era que las mimara con besos y caricias. Pero, más adelante, debido a nuestra propia y muy activa relación, y al “uso” constante, estas terminaron creciendo y alcanzando una Copa D, ligeramente más grandes incluso que las de Lilian.

Aunque, Lyra siempre solía ocultarlas con Magia de Ilusión cuando estaba en público, debido a que, como me dijo una vez con una seriedad que me conmovió, “quería que solo yo pudiera verlas, y sobre todo, tenerlas”. Eran su secreto, nuestro secreto. Un regalo de intimidad que atesoraba profundamente.

Y su figura… agh, maldita sea, esa figura que solía hechizarme y perderme cada vez que la veía.

Tenía una cintura estrecha y unos hombros definidos, pero sin ser exagerados, que fluían hacia unas caderas no tan anchas ni prominentes, dibujando la típica y perfecta silueta de un reloj de arena. Su trasero no era grande, pero tampoco plano; era firme, redondo y perfecto, uno que, tan pronto como se daba la ocasión, yo solía disfrutar como era debido, ya fuera con mis manos o con mi boca.

Recuerdo su espalda, recta y de una suavidad increíble, la misma que solía tocar y besar mientras ella se arqueaba contra mí, temblando en medio de sus olas de placer. Y sus brazos, que aunque delgados, eran capaces de destrozar cualquier forma de vida existente si se lo proponía, pero que conmigo usaba para explorar todo mi ser, toqueteando juguetonamente en todos los sitios posibles con una curiosidad traviesa hasta provocar un inevitable y deseado frenesí contra ella.

Sus muslos, firmes y regordetes, que me invitaban a pellizcarlos y morderlos suavemente, y sus piernas… ufff, esas piernas. Largas, tersas y bien cuidadas, mismas que ella usaba como armas de seducción y control. Las usaba para enredarse en mí y controlarme cuando se enojaba, para atraerme con ellas hacia sí misma cuando quería cariño, o las mismas que usaba para “humillarme” en la intimidad, en nuestros juegos privados donde ella, con una sonrisa triunfante, tomaba el control absoluto del contacto físico.

Realmente no recuerdo cuántas veces disfruté de esa belleza y de ese cuerpo suyo, pues fueron tantas a lo largo de los milenios que es imposible saberlo. Pero lo que sí recuerdo con una claridad cristalina son las noches apasionadas, explorando ese sensual cuerpo suyo por completo, escuchando su hermosa, melodiosa y seductora voz transformada en susurros de placer que erizaban mi piel, o en gritos de éxtasis tan puros que, sin duda, inducían al interés y la envidia de quienes los escucharan.

Recuerdo su voz usándola para implorarme que parara cuando ella ya estaba en su límite, y sus intentos de detenerme con sus manos, a pesar de que su cuerpo, sus caderas, sus espasmos, decían todo lo contrario. Ese mismo cuerpo que solía disfrutar tanto, en todo tipo de lugares (desde camas de seda en palacios hasta lechos de musgo en bosques encantados) e incluso a cualquier hora, siempre y cuando no tuviéramos ninguna misión o deber que atender.

Y no, no es como que solo pensáramos en el sexo. También había moderación, por supuesto. Había ocasiones, normalmente durante sus misiones como Folk Hunter, que a veces tardaban días o incluso semanas, donde no hacíamos absolutamente nada debido a que ella estaba completamente ocupada y concentrada en su trabajo.

Aunque, irónicamente, eso solo provocaba que, al terminar su labor y reunirse de nuevo conmigo, la pasión acumulada fuese aún más potente, más explosiva, debido a la propia autorrepresión de ella.

Era como descorchar una botella de champán que había sido agitada durante semanas. Una celebración gloriosa.

—En serio, ¿cómo demonios alguien pudo ser tan estúpido como para mandar al bosque a morir a semejante mujerón? –La pregunta resuena en mi mente, una mezcla de rabia e incredulidad.–

Si mal no recuerdo, según lo que la propia Lyra me contó en noches de confianza y susurros, se supone que ella antes tenía un Prometido. Un tipo de origen Noble, un matrimonio arreglado y asignado por la jerarquía del Imperio como una recompensa a la contribución heroica de su Padre en la guerra. Y por lo que ella me dijo, al principio él era bueno. Era el tipo de hombre que, incluso en muchas ocasiones, cuando las personas la humillaban por su origen o sus “excentricidades”, él la defendía, la protegía con su espada y su estatus, y hacía todo lo posible para hacerla sonreír.

Sin embargo, tan pronto como la Iglesia local, en su infinita ignorancia y temor, la catalogó oficialmente como una Bruja, este valiente prometido se acobardó. Se alejó lentamente de ella, el calor de su afecto reemplazado por el frío del desprecio público. Y finalmente, rompió el matrimonio concertado, cambiándola por otra mujer. Una tipa que, por lo que vi, realmente no le llegaba ni a los talones a Lyra. No tenía ni su gracia, ni su seducción, ni su belleza, ni mucho menos sus valores (extraños y preciosos en una época donde el Caos reinaba). Lo único que esa tipa tenía era su dinero y su influencia en la corrupta Nobleza de ese Imperio. Una influencia que, al final, no le sirvió de mucho cuando las hordas de Wesion, enviadas secretamente por mí, atacaron todos los palacios y fincas de los Nobles de ese país.

Puede que yo, por lo general, sea alguien tranquilo, un observador, pero también soy vengativo. Profundamente vengativo cuando tocan a los míos. Y, sinceramente, esos Nobles no merecían vivir. El incesto, la corrupción, la crueldad desmedida, los asesinatos por poder y placer eran su pan de cada día. Así que sus muertes, irónicamente, hicieron que el país prosperara durante un tiempo, liberado de sus parásitos. Eso, claro está, hasta que el Imperio cayó por completo, aunque eso fue décadas más tarde y por razones desconocidas y ajenas a mi intervención.

Afortunadamente, Lyra nunca se enteró de esto. Nunca supo que yo fui el arquitecto de la aniquilación de aquellos que la despreciaron. Ella simplemente creyó que fue obra de los Ethenit, criaturas impredecibles creadas por el propio Caos Encarnado, diferentes de las Corrupciones Involuntarias como los Wesion. Y nunca preguntó más. A veces, la ignorancia es una bendición que incluso yo puedo conceder.

Y cuando pienso en ella, en la mujer que era, me viene a la mente la palabra “extraña”, pero no en un sentido negativo. Sus valores eran extraños porque eran como flores exóticas y brillantes creciendo en la tierra árida y violenta de su tiempo.

¿A qué me refiero con lo de valores extraños?

Bueno, para empezar, ella era bondadosa.

Algo increíblemente raro en esas eras, pues debido a la constante falta de alimento, las guerras incesantes y la desconfianza generalizada, rara vez alguien mostraba la más mínima muestra de bondad desinteresada. Lyra, en cambio, podía compartir su ración con un niño hambriento o defender a un anciano de unos matones, incluso si eso la ponía en desventaja.

Tenía piedad.

A diferencia de muchos otros Mehr-Wissen que he conocido, que a menudo mataban por deber, por deporte o por simple conveniencia, ella hacía todo lo posible para mitigar la muerte. Veía la vida como algo precioso, incluso la de sus enemigos. Incluso cuando alguien intentaba matarla, su primer instinto era siempre hablar, entender, buscar una salida pacífica. Matar era siempre, para ella, el último y más lamentable de los recursos.

Su fidelidad era absoluta.

Era completamente fiel a los pactos que hacía y, sobre todo, a mí. Recuerdo incontables ocasiones en que otros hombres (reyes, hechiceros, nobles de gran poder) le ofrecieron todo tipo de deseos y riquezas a cambio de su compañía. Lyra nunca los aceptó. Siempre decía, con una firmeza que desarmaba al más insistente de los pretendientes, que mientras estuviera conmigo, nada ni nadie en este o en cualquier otro mundo la haría traicionarme.

Mostraba un profundo respeto por los débiles.

En una época donde la supervivencia del más fuerte era la única ley que importaba, ella, a pesar de ser una eminencia sumamente poderosa, sobre todo después de su ascensión, jamás se aprovechó de los desamparados. Al contrario, solía enseñarles a cómo ser fuertes, no solo físicamente, sino también a luchar contra sus propias inseguridades y miedos. Se convertía en su maestra y protectora.

Creía en la igualdad entre sexos.

Trataba a hombres y mujeres por igual, sin prejuicios.

Durante su época de Emperatriz, o cuando necesitaba ayuda en alguna de sus misiones, no se limitaba a un solo sexo para sus consejeros o guerreros. Era igualitaria, consideraba que ambos tenían los mismos derechos y que nadie estaba por encima del otro por el simple hecho de su género.

Era de una honestidad brutal y a menudo inconveniente.

Excepto conmigo, donde le gustaba mentir, pero más de una manera juguetona, para provocarme, que mentir de verdad. Su sinceridad en muchas ocasiones le provocaba problemas, como cuando anunciaba al público sin ningún pudor nuestro tipo de relación, lo que provocaba miradas extrañas y escandalizadas en ella por tal desinhibición, o cuando decía en las cortes las duras verdades que ningún noble o rey quería escuchar.

Tenía un profundo rechazo a la jerarquía injusta.

Rechazaba a los Nobles corruptos, a la autoridad tiránica, incluso a la propia Iglesia cuando esta se desviaba de sus principios. Nadie podía detenerla. Incluso cuando usaban la fuerza, si las peticiones de los poderosos incluían crueldad o injusticia, nunca las aceptaba, a menudo enfrentándose a ellos directamente.

Y finalmente, practicaba una reciprocidad perfecta. Lyra era mayormente bondadosa, tenía respeto por los débiles y era igualitaria, sí. Pero todos, incluso los seres más puros, siempre tienen un límite, y esto también pasaba con ella. Ella solía pagar según lo que otros le daban.

¿Eran buenos con ella? Entonces ella devolvía esa bondad multiplicada por diez.

¿Eran malos con ella? Entonces Lyra no dudaba en pagarles con la misma moneda.

Y cuando llegaba a su límite, cuando su paciencia se agotaba, este pago se transformaba en algo verdaderamente aterrador. No era una simple muerte, pues ella consideraba que eso era un castigo demasiado fácil, casi un regalo para los malvados. Así que, antes de su inminente final, se aseguraba de hacerles pagar por todos y cada uno de los pecados que habían cometido, tanto contra ella como contra otros inocentes, forzándolos a enfrentar el horror de sus propias acciones antes de permitirles morir. Era una jueza terrible y justa a su propia y única manera.

Realmente, Lyra era una increíble mujer. Una que, al final, aprendió bastante bien de mí, pues yo soy igual en muchos de esos aspectos (Sí, ahí va mi narcisismo de nuevo, pero es la verdad).

Y aunque intenté enseñarle otros valores más… pragmáticos, parece que aprendió los mismos que le mostré de forma involuntaria durante nuestro largo viaje juntos. Supongo que para algo debían servir todos esos años. Si no aprendía nada de mi esencia, me hubiera decepcionado mucho.

Aunque, en el caso de la fidelidad, bueno… digamos que mi propio ejemplo fue una lección complicada. Lo que hice fue por un bien mayor, o eso me repito a mí mismo.

Sí, destruí emocionalmente a Astel, pero prefería mil veces que me odiara con cada fibra de su ser (aunque esa idea me disgustara hasta lo más profundo de mi alma) a tener que verla morir con mis propios ojos, a ser borrada por completo por el Sisadmu, con la imposibilidad absoluta de volverla a ver. Y en el caso de la venganza… bueno, rara vez le mostré mi lado más vengativo y despiadado. Aunque, seguramente, esa astuta mujer lo percibió y lo incluyó en su propio principio de reciprocidad, a pesar de mis intentos de ocultarlo para que no fuese como yo en ese oscuro aspecto.

—Un pensamiento amargo se cruza en mi mente, dirigido a ese noble que la abandonó.– En serio que eres estúpido –No puedo evitar decir en un susurro para mí mismo, soltando involuntariamente una ligera risita, fría y sin humor– Por la simple presión social y tu propia y patética ignorancia, terminaste cambiando un diamante dorado por un trozo de excremento.–

Cierro los ojos, y la imagen de su arrepentimiento es casi una visión.

—Seguro que te arrepentiste por mucho, mucho tiempo, ¿verdad? Sobre todo cuando viste el cambio en ella. Cuando notaste cómo florecía, cómo su seducción innata, esa que en ocasiones solía soltar de forma inconsciente, atraía las miradas de reyes y dioses. –Me digo para mi mismo, recordando como vi todas estas facetas– Pero, qué lástima, ya era demasiado tarde para ti. Ella era mía. Y ni aunque le ofrecieras todo el oro del mundo, ni aunque te arrastraras por mil leguas, yo la habría dejado ir. Jue, juee…–

Una sonrisa malvada, llena de una satisfacción posesiva y cruel, se dibuja en mi rostro.

—Oh, espera, eso no está bien. –Sacudo la cabeza, forzándome a salir de ese oscuro tren de pensamiento. Rápidamente me recompongo de mis sentimientos, que bordean una territorialidad que no sentía desde hace mucho. No es bueno regodearse en viejas venganzas, por muy dulces que sean.– Ejem… –Carraspeo, devolviendo mi atención a la vasta y silenciosa biblioteca– Veamos qué más hay por aquí…–

Sí, aquí, en esta imagen, hay algo muy interesante. Dejando a un lado por un momento la figura de Lyra, que ya de por sí captura toda la atención, el fondo es una cápsula del tiempo, una ventana a una era que recuerdo con una claridad asombrosa.

Básicamente, el paisaje urbano que se extiende tras ella muestra la época exacta en la que esta imagen fue tomada. (Y sí, es una imagen sumamente clara y a todo color, probablemente una captura de memoria o una fotografía de alta fidelidad, no un mero retrato pintado). Considerando que nosotros nos separamos cuando aún no terminaba la Era del Caos, el fondo de esta imagen muestra una Era mucho más adelantada, una donde la tecnología, y no la magia o la supervivencia, gobernaba. En otras palabras: la Era de la Consolidación.

Recuerdo bien su comienzo. Tras la dolorosa separación del Erden en Aynu y Altern, y la creación del Velo, los Humanos, en su arrogancia, y tal vez sintiéndose abandonados por la magia y los Surnaturel, decidieron superarlos por otros medios. Querían demostrarles, y a sí mismos, que sin la ayuda de seres sobrenaturales no eran nada, sino que podían ser mucho más. Y, a diferencia de otras situaciones en la historia universal donde un orgullo desmedido precede a una caída catastrófica, aquí, para sorpresa de muchos, realmente lo lograron.

Fue una fiebre de progreso sin precedentes. Para el año 1,000 de esa nueva era, ya tenían una tecnología post-industrial robusta. Para el 10,000, sus primeras y torpes naves espaciales ya habían comenzado sus viajes hacia sus lunas. Para el 50,000, ya habían tecnologizado casi todo el planeta, envolviéndolo en una red de cromo y luz. Para el año 80,000, ya habían zarpado a otros planetas, colonizado otros Sistemas Solares, e incluso dado sus primeros y audaces pasos hacia otros Universos. Y para el año 100,000, como se ve aquí, su mundo natal ya se había convertido en una gigantesca y deslumbrante urbe, un nexo galáctico donde se concentraban todo tipo de Razas de otros planetas.

Estoy seguro de que, si esa bendita y maldita I.A. no los hubiese detenido en su momento, con el tiempo hubieran sido capaces de desarrollar la tecnología necesaria para atravesar las barreras entre Dimensiones.

Pero, volviendo al tema del fondo, aquí puedo deducir con certeza que es el año 100,000 de la Era de la Consolidación.

¿Cómo lo sé? Es fácil para quien sabe qué buscar. Esas torres altísimas, agujas de metal y cristal que se alzan hasta perforar el cielo oscuro (un cielo claramente contaminado por la luz artificial, pues no se ven estrellas naturales), son la primera pista. El ballet incesante de vehículos que se alzan a cientos de metros de la tierra, tejiendo ríos de luz blanca y roja que fluyen de un lado a otro sin parar. Las gigantescas pantallas holográficas flotantes, pegadas tanto en los costados de los edificios como suspendidas en los cielos, mostrando anuncios de productos de otros mundos o noticias intergalácticas. Y, por supuesto, esas típicas y clichés luces de neón de colores chillones (rosas, cianes, violetas) que bañan las estructuras inferiores y lo demuestran todo.

Incluso estoy seguro de que puedo ver unas cuantas naves espaciales más grandes en la parte superior de la imagen, con sus luces de navegación parpadeando. Probablemente cargueros o naves diplomáticas, trayendo seres de otros mundos dispuestos a invertir o a comerciar en este lugar. Después de todo, como dije antes, para este año, el mundo humano ya se había convertido en una urbe cosmopolita, el centro neurálgico del comercio y la cultura de este sector del universo. Una era dorada, justo antes de que todo volviera a cambiar.

El fondo de esa imagen, de ese retrato de una mujer poderosa y segura de sí misma, contrasta maravillosamente con la época en donde nació Lyra. Ella fue una hija de la desolación, nacida en un mundo sumamente atrasado, un lodazal de ignorancia, hambre, miedo, enfermedades, peligros constantes y muertes sin sentido. Un mundo donde cualquier paso en falso, cualquier palabra malinterpretada, podría acabar con tu vida de una manera miserable. Una era donde la confianza y la lealtad eran lujos reservados para unos cuantos, siendo la traición y el egoísmo la moneda de cambio predominante. Todo esto, en un mundo que ya estaba plagado por los constantes ataques de un ser que, motivado por una estúpida venganza y un retorcido intento de superación, llevó a cabo la corrupción de la tierra que gobernaba la mujer que nunca podría tener.

Estoy seguro de que la Lyra de catorce años, la niña que yo encontré, jamás imaginó poder ver algo así, un mundo de torres de cristal y luces de neón, antes de conocerme. Antes de que su Madre fuese asesinada por un Rumor nacido del miedo. Antes de ser catalogada como una Bruja por la Iglesia local debido a su desesperado intento de dialogar con el mismo Folke que mató a su madre. Antes de la cobarde traición de su Prometido y de la misma Nobleza por la cual su Padre luchó y murió con honor. Antes de ser enviada a morir a un bosque conocido por estar lleno de terribles criaturas, el mismo del que tuvo que escapar, luchando contra Wesion con uñas y dientes hasta casi sucumbir a la muerte.

No quiero sonar narcisista (otra vez), pero, al verla allí, en esa imagen, disfrutando de las vistas de una ciudad del futuro, más viva y radiante que nunca, no puedo evitar sentirme inmensamente afortunado de haberla encontrado y salvado. Porque sin mí, sin mi guía, sin los recursos que le ofrecí, jamás hubiese logrado todo eso. Sin mí, quien la ayudó a obtener esa anhelada inmortalidad que todos desean pero que muy pocos pueden conseguir.

Pero, a su vez, y esto es lo más importante, también estoy sumamente orgulloso de ella. Tanto que, si pudiera volver a verla ahora mismo, creo que finalmente se lo diría con palabras. (Siempre me ha dado una extraña vergüenza hacerlo; para mí, siempre fue mejor expresar mi orgullo con acciones, como crear sus herramientas o simplemente estar ahí, ya que no soy muy bueno al expresarme con estas). Ella es la prueba viviente de que mis aprendices siempre han sido excepcionales, y de que vale la pena invertir en la nutrición de talentos cada vez que no tengo nada que hacer o simplemente estoy aburrido.

Porque sí, si he de ser completamente honesto, la razón por la cual Lyra terminó siendo mi aprendiz fue, en su origen, porque yo estaba aburrido. Aburrido, cansado y profundamente harto de las constantes miradas frías y de desdén de Astel en el Palacio Celestial después de nuestra “ruptura”. Y, por si fuera poco, de las burlas constantes y nada sutiles de Mikleo por esto mismo.

Así que un día, después de recibir otra mirada de absoluto desprecio de ella durante una asamblea y de que la Corte Celestial soltara otra risita a mi costa, mi paciencia se agotó. Tomé mi chaqueta, abrí un Portal interdimensional justo en sus caras con un estruendo desafiante, y me dirigí al Erden, dispuesto a distraerme un rato, a perderme en el caos del mundo mortal para olvidar el frío del celestial.

Y bueno, esa rabieta, ese acto de escapismo, terminó en encontrar a Lyra, temblando pero desafiante, en aquel bosque oscuro. Y de ese simple “distraerme un rato” nació una de las experiencias más maravillosas, apasionadas y gratificantes que jamás, ni en toda una eternidad, podré olvidar.

Además, y esta es la mayor de las ironías, esta increíble experiencia con Lyra terminó siendo una ayuda inesperada en mi posterior y estancada relación con Astel. Pues, al volver al Palacio Celestial, obviamente, y con una malicia deliberada, le restregué en la cara mi experiencia.

Recuerdo perfectamente el día. Tan pronto como ella me llamó de vuelta, tras decenas de miles de años de silencio de su parte, llegué a su sala de juntas privada. Y en lugar de mostrarme arrepentido o sumiso como solía ser antes, actué como el típico marido infiel que llega después de una larga noche de juerga y desenfreno. Entré con una sonrisa despreocupada, me senté en un diván a su lado sin que me invitara, puse los pies sobre la mesita de centro hecha de cristal estelar, y coloqué mis manos detrás de mi cabeza, acomodándome en una posición de máximo confort. Bostecé ruidosamente y, sin tapujos, con toda la corte celestial mirándonos en un silencio sepulcral, comencé a narrarle lo que hice durante ese tiempo que estuve fuera.

No me guardé absolutamente nada. Le conté de la aldea, del Folke, y por supuesto, de Lyra. Le describí su belleza, su espíritu, su risa. Y con un placer casi cruel, comencé a enumerar todas las veces que Lyra y yo tuvimos relaciones, describiendo la pasión, la calidez, la conexión.

Aún recuerdo con una claridad perfecta cómo el rostro y los ojos de Astel se oscurecían con cada palabra que yo decía. Su máscara de fría indiferencia comenzó a agrietarse. Su calma divina se vio perturbada por cada detalle de mi experiencia, y sobre todo, con cada recuento de un encuentro sexual entre Lyra y yo. Fue bastante divertido, la verdad. Siempre me había gustado hacerla enojar; me parecía increíblemente tierna y adorable cuando su fachada de Diosa impasible se rompía, a pesar de que su crueldad cuando esto sucedía podía ser legendaria. Pero valió la pena.

Irónicamente, mi relato de “infidelidad” hizo que la guerra fría que nos había separado durante tanto tiempo comenzara a disminuir lentamente. Las miradas frías y de desdén que me dedicaba se convirtieron en miradas flagrantemente celosas. Los silencios glaciales se transformaron en reproches, en discusiones cargadas de una pasión que creí perdida. Y posteriormente, sus expresiones enojadas pasaron a convertirse en adorables pucheros cuando creía que no la estaba mirando. Su actitud pasó de activamente alejarse de mí o de prohibirme estar cerca de ella, a buscar intentos torpes de acercamiento y reconexión. Y si bien nuestra relación ya no fue la misma que antes de mi farsa con Lilian (esa herida nunca sanó por completo), al menos pudimos volver a tener un poco de lo que solíamos ser después de ese incidente. Mi aventura con Lyra, paradójicamente, nos salvó a Astel y a mí de un silencio eterno.

Afortunadamente, y para mi eterno alivio, Astel, a pesar de su típica y a menudo aterradora crueldad (una crueldad conocida y temida por todo el Palacio Celestial, que causaba verdaderas olas de terror con solo un cambio en su humor), nunca le hizo nada a Lyra. Y tampoco le hizo nada a Lilian cuando ambos, a nuestra manera, la traicionamos.

Astel no mandó a sus huestes de serafines a cazarla; ni la prohibió del mundo, (un edicto que básicamente la habría expulsado del planeta para siempre); ni tampoco la invisibilizó, (un castigo sutil y terrible que haría que, a pesar de seguir viva, nadie en la existencia pudiera verla ni escucharla, condenándola a una soledad absoluta). Tampoco fue a visitarla para encargarse de ella con sus propias y divinas manos, ni la encerró en la Prisión Celestial por un milenio, ni mucho menos la envió al Nyxaroth, el espacio de pesadilla donde el Caos Encarnado vivía…

Sí, ella tenía a su disposición muchas y muy crueles maneras de encargarse de quienes no le gustaban.

A menudo me pregunto por sus razones detrás de esa inesperada misericordia. ¿Tal vez ella, en su infinita sabiduría, sabía que ambas eran mujeres profundamente significativas en mi vida? Probablemente. Seguramente ella sabía que, si les llegaba a hacer el más mínimo daño, yo jamás, en toda la eternidad, se lo iba a perdonar. Y esa conexión, por rota y retorcida que estuviera, era algo que ni siquiera ella estaba dispuesta a destruir por completo.

Pero bueno, afortunadamente, gracias a la Diosa (je, je), nada malo pasó. Lyra continuó con su vida, ascendió, y yo reconstruí lentamente mi relación con Astel. Pasamos nuevamente de ser desconocidos que compartían un Palacio, a ser amigos que podían bromear con naturalidad, que podían compartir un silencio cómodo. Fue, en su momento, un ganar-ganar para todos. Hasta para la pobre Corte Celestial, que por fin pudo relajarse un poco, pues todos siempre tenían que hacer su trabajo con una precaución extrema, de lo contrario, podían provocar la ira de Astel y, con eso, su propia y muy posible destrucción.

Eso… antes de que el Caos Encarnado, esa entidad primordial de pura aniquilación, no pudiera soportar más el resurgimiento de nuestra relación y atacara con todas sus fuerzas, forzando al mundo al borde del colapso. Lo que llevó a que ella, mi Astel, tuviera que sacrificarse. Lo que llevó a que la terminara perdiendo, esta vez, y muy probablemente, para siempre…

—Haa… –Un suspiro, cargado con el peso de esa pérdida final, se me escapa. Me paso una mano por la cara, sintiéndome repentinamente agotado– Será mejor leer algo más que pensar en cosas tristes, ya estaba bien, pero claro, tenía que volver a pensar en eso –Vuelvo a suspirar, esta vez enojado conmigo mismo por mi propia melancolía.– Veamos, ¿qué más hay?…–

Mis ojos vuelven a las estanterías, buscando una distracción, cualquier cosa que no esté teñida de tragedia.

—Veamos, ¿qué más hay por aquí?… –Digo para mis adentros, tratando de eliminar esos malos recuerdos de mi mente– Uy, un libro sobre los Sanyaku. Interesante. Ojalá encuentre alguna información sobre Minerva. Esa niña llorona que se transformaba en una fiera implacable cuando luchaba contra Dioses Corruptos, y que, tras su épica lucha, volvía a mis brazos solo para llorar de nuevo por el horror que había presenciado, ja, ja…–

Una sonrisa genuina, la primera en un rato, se forma en mi rostro al recordar a otra de mis notables aprendices. Sí. Esa es una historia mucho mejor en la que pensar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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