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Ekstern - Capítulo 9

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Capítulo 9: Capítulo 1 – Llegada | 1.9: Sacrificio

_______________ >> 30 minutos >> _______________

—Hey, Chico, despierta–

Una voz grave y un suave golpeteo en mi hombro me sacan de una profunda y sorprendentemente pacífica oscuridad.

—¿Eh?, ah, ¿oh? –Mis sílabas son un balbuceo incoherente mientras mis párpados se sienten como si pesaran una tonelada.–

Sí, me fue imposible no quedarme dormido. Todo el trayecto fue bastante silencioso, el suave ronroneo del motor y el vaivén del auto patrulla en la carretera nocturna fueron la nana perfecta para mi cuerpo agotado. ¿Y pueden culparme? Tengo sueño. Esta adaptación a mi nuevo y limitado estado consume mucha más energía de la que había anticipado.

—¿Llegamos? –Pregunto con voz somnolienta, y la pregunta es seguida por un bostezo tan grande que me hace lagrimear.–

—¿Los Ekstern duermen? –Un tono divertido se escucha de parte del Oficial Montenegro.–

—Oficial, he perdido más del noventa y nueve punto nueve por ciento de mi poder, ¿lo olvida usted ya? Estoy funcionando con las reservas –Le recuerdo, mi voz llena de un mal humor matutino.–

—Ah, es verdad –Dice él, y aunque no lo miro, puedo sentir la burla divertida en su voz–

—Hmph –Refunfuño mientras abro con esfuerzo la puerta del auto, el aire frío de la madrugada golpeándome la cara y ayudando a despejar mi mente.–

Al salir del vehículo, lo primero que hago es estirarme con ganas, mis huesos crujiendo en protesta mientras sigo bostezando.

—¿Qué hora es, por cierto?–

—Las 4 de la madrugada –Dice el Oficial mientras camina con sigilo hacia la parte trasera del auto– El momento perfecto para una cacería.–

—Con razón tengo sueño –Tras un último bostezo, miro a todos lados. Estamos en el estacionamiento de lo que parece ser un gran parque o centro recreativo. En la lejanía se notan las luces dispersas de la ciudad, pero aquí, solo una solitaria farola de luz anaranjada ilumina nuestra inmediata vecindad, dejando el resto del vasto espacio en una profunda oscuridad–. Buena idea no encender las luces policiales.–

—Fue una idea tuya, ¿recuerdas? –Me dice él, su voz un susurro ahora– No queremos que se escape antes de que podamos encontrarlo–

Realmente lo dudo.

Conozco a Lumen. Nunca huye de un combate a menos que su vida se ponga en un peligro abrumador, y dudo que nos considere una amenaza de ese calibre. Al contrario, se nota que eligió este lugar con un propósito. Es un lugar grande y alejado del bullicio de la Ciudad, un escenario perfecto para una emboscada, o mejor dicho, para una lucha de grandes proporciones donde pueda desplegar sus habilidades sin contención.

Sí, al menos, a diferencia del pragmático Zakech, este conserva algo de honor. (Irónico, para ser un Demonio que en su vida mortal fue un asesino en serie). No busca llamar mucho la atención en sus batallas, prefiriendo lugares apartados para sus combates, minimizando los riesgos para los humanos. Incluso si no eres su objetivo, él te dará la oportunidad de irte. Sin embargo, si no aceptas esa única oportunidad que te ofrece, entonces ni rezándole a todos los dioses de arriba ayudará, porque tu vida se acabará en ese preciso momento.

Curioso, para ser un Demonio que en su vida fue un asesino.

—¿Qué hace? –Digo, al verlo abrir la cajuela con un cuidado sospechoso.––

Rápidamente me dirijo también hacia donde este está, y justo cuando iba a volver a preguntar lo que estaba haciendo, mi pregunta es interrumpida. Con un suave “clic”, él abre una caja metálica que ocupa todo el espacio de la cajuela, lo suficientemente larga como para abarcarla en horizontal, y lo suficientemente ancha como para ocupar casi todo el espacio.

—¿Que rayos…?–

Mis ojos se abren de par en par al mirar el contenido en su interior, que descansa sobre una espuma de alta densidad. Al mismo tiempo, una sonrisa depredadora se dibuja en mi rostro, pues dentro de la caja están tres armas de fuego de aspecto avanzado y diez granadas de fragmentación con runas grabadas.

—Están especializadas para combatir contra Surnaturel. Los Demonios técnicamente son Surnaturel, así que supongo que deben servirnos de algo –Dice él mientras me da paso para que las vea mejor– Aunque claro, siendo realistas, apenas pueden combatir contra Rangos SSS en la Escala Surnaturel. Por lo que las usaremos para debilitarlo, para molestarlo. Y una vez que esté lo suficientemente debilitado y frustrado, entonces… –Una sonrisa maliciosa, idéntica a la mía, se dibuja en su rostro mientras muestra su Anillo Almacén donde sé que guarda el Railgun– Bang, un disparo de la Railgun directo a la cabeza bastará para destruirlo–

La misma sonrisa maliciosa se dibuja también en mi rostro. La anticipación de la batalla, de la caza, es una vieja amiga.

—Eje,je,je –Río en voz baja, una risa gutural y llena de expectación. –

—Jo, jo, jo –Ríe él, con el mismo tono.–

—Jue, jue, jue–

—Ju, Ju, ju–

—Ja, ja, ja–

—Basta –Dice él, volviéndose serio.–

—De acuerdo –Asiento con la misma seriedad–

De inmediato, y con un interés renovado, dirijo mi mirada hacia una de las primeras armas que yacen en la caja. No es un arma de fuego, sino una de las diez granadas. La tomo con cuidado; su peso es denso, compacto, y su superficie, una mezcla de polímero frío y metal.

El cuerpo de la granada no es de metal sólido, sino de un polímero reforzado y translúcido que permite ver el complejo mecanismo en su interior, una intrincada red de circuitos y lo que parecen ser condensadores de energía que brillan con una luz azul cian, similar a la de las armas que hemos revisado. Su superficie está recorrida por finas ranuras y varios paneles negros que identifico como pequeños emisores o diafragmas sónicos, en lugar de una carcasa de fragmentación tradicional. La parte superior tiene un mecanismo de activación que combina una robusta anilla de seguridad con lo que parece ser un botón de presión o un temporizador digital integrado en una pequeña pantalla que ahora mismo se encuentra apagada.

Este artefacto está diseñado específicamente contra Surnaturel y Demonios, en particular aquellos cuyas estructuras sensoriales no son comunes o son su principal fortaleza. Al detonar, sé que no libera una explosión destructiva de fuego y metralla, sino un pitido agudo e insoportable, una onda sónica de frecuencia específica que puede paralizar momentáneamente a este tipo de enemigos, sobrecargando sus sentidos o desestabilizando su forma etérea.

¿Su nombre? Si mal no recuerdo, por su diseño y función, se llama “Dispositivo de Disrupción Aural ZeriX – Modelo SD7″, o “ZAD-SD7” para los entendidos. Una herramienta táctica, sin duda alguna, diseñada para incapacitar y no necesariamente para aniquilar. Es útil cuando te enfrentas a entidades cuya fisiología exótica podría resistir el daño convencional pero ser extremadamente vulnerable a ataques sensoriales directos.

—Jojo, estas serán perfectas para ese tipo… –Digo en un murmullo, una sonrisa maliciosa formándose en mis labios. Después de todo, la cabeza de Lumen es, en esencia, una lámpara, una construcción de luz y energía. Una onda sónica de esta magnitud debería causarle un dolor exquisito.–

—Desde que vi esa cosa en la prisión a través de las cámaras, estuve buscando en la Base granadas especializadas para contrarrestarlo –Dice el Oficial Montenegro, su voz llena de una satisfacción profesional. Veo cómo guarda varias en el interior de su propio Anillo Almacén con un rápido destello de luz– Tras unos minutos, encontré las ZAD-SD7 en el arsenal.–

—Perfecto –Digo, apreciando su previsión.–

—Ten –El Oficial me ofrece unas cuantas. Las tomo y, con un pensamiento, las guardo en mi propio Almacén Dimensional, sintiendo su peso desaparecer de mis manos– Úsalas cuando sea necesario–

Mi atención se desplaza al siguiente objeto en el arsenal. Dejo la granada sónica a un lado y tomo la siguiente arma, un fusil de combate de un color blanco nacarado y cerámica avanzada.

Su forma es compacta y sorprendentemente ergonómica, con líneas fluidas y una carcasa de aleaciones que le dan un aspecto pulcro, casi quirúrgico, y futurista. Varias líneas de energía y lo que parecen ser bobinas de enfoque brillan con una luz azul celeste a lo largo del cañón. No hay un cargador de munición tradicional visible; en su lugar, distingo lo que parece ser una ranura de inserción para un cartucho de material base o una célula de energía especializada, que el arma usa como materia prima. El cañón es corto y de un diseño muy particular, más parecido a un proyector de energía enfocada que a un ánima estriada convencional..

Lo fascinante de esta arma, y lo recuerdo de haber leído algunos informes de la ZWF en el pasado, es su mecanismo interno. Utiliza lo que sus creadores denominan “Balas de Poder Divino”. El arma no dispara un proyectil preformado. En su lugar, cuenta con un activador especial, una especie de mini-forja interna que “reconstruye” o materializa una bala a partir del material base justo en el instante antes del disparo, infundiéndola con una carga de Energía Divina pura y concentrada. Al salir del cañón, esta bala no busca tanto la destrucción física como la neutralización conceptual; al impactar, libera esa carga de Poder Divino, una energía que es anatema para muchas entidades sobrenaturales, diseñada para paralizar momentáneamente sus funciones clave.

Es un ingenio bastante sofisticado. Por su diseño específico y su función, diría que es una “ZeriX ‘Consecrator’ Pattern Handgun – Mark II”, o “ZCPH-II” para abreviar. Una herramienta muy especializada, ciertamente, para situaciones donde se requiere una incapacitación rápida y precisa contra entidades que son particularmente susceptibles a las energías sagradas.

—¿Paralizante? –Pregunto, levantando la vista hacia el Oficial, mi tono es de confirmación táctica.–

—Bueno, sí, pero que no te engañe su función principal –Responde él, su expresión seria– Aunque está diseñada para paralizar, eso no quiere decir que no sean letales. El impacto de esa energía en un ser Surnatural es como un rayo directo al sistema nervioso. Además, las balas están cargadas con Energía Primordial y ambiental, por lo que, una vez dentro de un cuerpo, liberan la energía en el interior–

—Asiento– Entiendo–

La siguiente arma es un subfusil compacto con un diseño claramente enfocado en la tecnología de plasma.

Su chasis es anguloso y funcional, construido con los compuestos ligeros pero resistentes que ZWF suele emplear, además, no es un arma grande, pensada para la maniobrabilidad en espacios reducidos. Lo que más llama la atención es la ausencia de un cargador de munición convencional; en su lugar, se alimenta de cartuchos especiales que, según sé por mis incursiones como probador para Lan, contienen plasma en un estado confinado. además, un generador interno en el arma se encarga de tomar este plasma y convertirlo en proyectiles cohesivos al momento del disparo.

El cañón es corto, rematado por lo que parece ser un compensador o un emisor de campo para estabilizar los disparos de plasma.

Se aprecian varias rejillas de ventilación a lo largo del cuerpo del arma, un detalle crucial, ya que recuerdo que el principal inconveniente de estos modelos es el sobrecalentamiento, ya que, si se utiliza en fuego sostenido durante demasiado tiempo, la temperatura interna se eleva críticamente, obligando al portador a dejarla reposar unos minutos para que se enfríe antes de poder volver a disparar con seguridad.

¿El nombre?

Lo reconozco al instante. Es una “ZeriX ‘Ignis’ Plasma Converter – Modelo PC-5”, o “ZIPC-PC5” para los amigos.

Es, definitivamente, un arma capaz de una alta cadencia de fuego y un daño energético considerable a corta y media distancia. Pero esa peligrosa tendencia al sobrecalentamiento exige un uso táctico y muy mesurado. Una herramienta potente, pero con sus propias y molestas exigencias para el usuario.

—Sin embargo, por muy potente que sea, ese “contra” suyo me hace desdeñarla un poco– Oficial, con todo respeto, esta cosa es un horno portátil. Menos de treinta segundos usándola en modo automático y fácilmente uno podría asar un huevo sobre la carcasa. –No miento, de verdad esta cosa se calienta feo–

—Ya, ya, tranquilo. Es solo porque no encontraba más armas adecuadas a mano –Dice él, claramente divertido por mi evidente molestia.–

—En automático frunzo el ceño, incrédulo– ¿Que no encontraba más armas? Oficial, si literalmente vi, mientras avanzabamos hacia esta sala, salas enteras llenas de todo tipo de armamento. De todo tipo. Organizadas incluso por Eras. –Digo, mi voz una mezcla de diversión y exasperación– Incluso vi armas de la Era de la Consolidación, de esas pistolas y rifles láser típicos de esos tiempos! ¡Hasta vi un jodido cañón de no sé cuántas toneladas de la Era de los Primordios, uno que con un solo disparo es capaz de bajarse a un Celestial de rango Serafín sin siquiera pestañear, y esos son equivalentes a Semidioses!–

—Esta vez, una risita genuina se escucha de parte de él– ¿Y cómo propones que mueva yo un arma de esas magnitudes, eh, genio? –Dice él, su tono claramente burlón– Además, esa cosa requiere cantidades ingentes de Maná para un solo disparo. Necesitaría a otro Mehr-Wissen de Rango Maestro solo para poder activarlo, y prácticamente consumiría el ochenta por ciento de su fuerza en el proceso.–

—Es verdad…, Recuerdo a los Usuarios Enial usar esas cosas para bajarse a los Semidioses en las Guerras de la Fe, puesto que los Sanyaku no se daban abasto.–

Usuario Enial, el nombre general que se les da a los Despertados que tienen la capacidad de usar alguna de las cinco Energías Primordiales.

Como estos querían tener su propia Categoría General, algo que los distinguiera y les diera un estatus similar al de los Surnaturel o los Mehr-Wissen, se decidió bajo un Concilio Celestial darles este nombre. También influyó mucho el hecho de que “Despertado” fuese un término demasiado amplio, que englobaba a cualquiera que estuviera fuera de lo ordinario.

—En fin, ¿cuál es la siguiente? –Pregunto, mi paciencia volviendo mientras mi interés de conocedor se reaviva. Aunque, acelero un poco la cosa.–

La siguiente arma que el Oficial Montenegro saca de la caja es, a primera vista, una contradicción. Parece un fusil de asalto por su chasis, pero todo en su diseño grita la potencia bruta de una escopeta de combate.

Y tras tomarla en mis manos, efectivamente noté que era una híbrida, pero con su corazón y propósito firmemente del lado de una escopeta. El cañón de ánima ancha, diseñado para soltar proyectiles de un poder devastador, está rematado por una bocacha imponente, pensada para mitigar un retroceso que imagino considerable. Todo el conjunto irradia una sensación de potencia contenida. El cuerpo del arma es una combinación de metales oscuros y polímeros reforzados de un color blanco hueso, con una culata fija y robusta, claramente diseñada para manejar el impacto de disparos de alto calibre en el hombro del tirador. Lo más destacable, además de su tamaño, es la sección abultada bajo el cañón principal, que identifico sin lugar a dudas como un lanzagranadas compacto e integrado, añadiendo una versatilidad táctica temible.

Pero la verdadera y más aterradora amenaza de esta arma reside en su munición. Dispara lo que la ZWF denomina “Balas de Poder Divino” de naturaleza expansiva. Al impactar, estas balas no solo penetran la armadura o la piel de sus objetivos, sino que, una vez dentro, se expanden violentamente, liberando y diseminando la Energía Divina concentrada en su interior como si fuera una bomba de metralla sagrada. Un efecto devastador, diseñado para aniquilar desde dentro, y especialmente eficaz contra Surnatural y Demonios cuya resistencia externa a las energías sagradas podría ser superada por esta dispersión interna y directa. Además, ese lanzagranadas puede disparar hasta tres granadas pequeñas pero, asumo, de una potencia considerable.

¿Cómo se llama, te preguntarás? Lo reconozco por los prototipos. Es una “ZeriX ‘Seraphim’s Call’ Eradicator – Type A”, o “ZSCE-A” para abreviar.

He probado muchos diseños de Lan en mi tiempo, algunos verdaderamente destructivos, pero la combinación de Poder Divino expansivo con un lanzagranadas en una plataforma de escopeta híbrida es, ciertamente, una solución de fuerza mayor. Realmente no es un arma de contención; es una herramienta de erradicación pura y dura.

—Bonitas armas –Digo finalmente, tras verlas todas, mi voz con un tono de sombría aprobación–

El Oficial Montenegro asiente. De inmediato, me hace entrega de la escopeta híbrida “Seraphim’s Call” y también del subfusil compacto de plasma “Ignis”. Además, saca del fondo de la caja una funda dorsal táctica, misma en la que coloco la pesada escopeta para poder transportarla y usarla más tarde. El subfusil de plasma lo sostengo en mi mano, su peso ligero y su diseño compacto sintiéndose extrañamente reconfortantes.

—Vamos –Dice él, tras cargar nuevamente el fusil “Consecrator” que ha elegido para sí mismo, el sonido del cartucho de energía encajando en su sitio resonando en la sala.–

Asiento sin decir más.

Y así, armados con la más fina y letal tecnología de Lan, ambos nos dirigimos hacia la salida de la biblioteca, de vuelta a la fría madrugada, listos para enfrentar lo que nos espera en el lugar de los hechos.

La caza ha comenzado.

_______________ >> 5 minutos >> _______________

—Vaya…–

Tras caminar en un silencio tenso durante unos minutos, desde la patrulla hasta la entrada del Centro Recreativo, me detengo unos momentos para apreciar la desoladora escena. El aire aquí es más frío, y el sonido de nuestros pasos sobre el asfalto roto es lo único que perturba la quietud de la madrugada.

Mis “Ojos Divinos”, ahora una de mis pocas herramientas confiables, se activan, permitiéndome discernir los detalles de la destrucción con una claridad que la escasa iluminación artificial restante y la pálida luz de la luna no ofrecerían a un humano común.

Este lugar, que alguna vez debió ser un espacio de esparcimiento, de risas y de tranquilidad, ahora es un crudo testimonio del paso de Lumen. Es un lienzo de violencia sin sentido. Los informes de la comisaría no exageraban; de hecho, se quedaron cortos. Los árboles robustos que flanqueaban el camino principal yacen arrancados de raíz o partidos por la mitad, sus ramas esparcidas como los huesos rotos de gigantes sobre el césped ahora pisoteado y revuelto. Las gradas de lo que parece haber sido un pequeño campo de béisbol están destrozadas, reducidas a un amasijo de metal retorcido y tablones astillados. Incluso las porterías del campo de fútbol están dobladas en ángulos imposibles, como si un titán enfurecido las hubiera usado para jugar.

Los postes de iluminación que aún quedan en pie están torcidos o rotos, sus luces parpadeando débilmente o completamente apagadas. Los que han caído han dejado cráteres en el pavimento. Las vallas perimetrales han sido derribadas como si fueran de juguete. Los bancos de parque están volcados, algunos hechos pedazos, y las fuentes de agua han sido reventadas desde dentro, con el líquido formando charcos oscuros y estancados en el suelo. Incluso las calles y los senderos pavimentados muestran grietas y hundimientos profundos, como si una fuerza brutal los hubiera golpeado repetidamente desde abajo.

El aire está cargado con el olor a tierra removida, a la savia dulce y triste de los árboles heridos, y al frío y agudo olor metálico de las estructuras dañadas. Y aunque Lumen mismo no está a la vista de inmediato, la luz amarillenta y constante que emana de su peculiar “cabeza” parece haber dejado una especie de residuo luminoso y enfermizo en el ambiente. Es un polvo dorado casi imperceptible que se adhiere a las superficies rotas, proyectando sombras largas y danzantes desde los escombros, dándole al lugar un aspecto aún más tétrico y fantasmal.

Es la firma inconfundible de su obra destructiva: cruda, arrogante y sin un solo ápice de sutileza. Es un berrinche de un niño con demasiado poder.

—Sigamos adelante –Me dice el Oficial Montenegro, su voz un susurro grave que me saca de mi análisis. Su mano descansa sobre la empuñadura de su fusil “Consecrator”–

Tras asentirle con la cabeza, ambos seguimos caminando en silencio, adentrándonos en el corazón del parque. Nos movemos hacia el lugar donde nos lleva el rastro de destrucción del Demonio. O más bien, el rastro de su energía, una estela de luz dorada y corrupta que puedo ver claramente con mis Ojos Divinos, y que, al ver cómo brillan los ojos del Oficial Montenegro, sé que él también puede verla con su Reveler de Sehwert.

_______________ >> 5 minutos >> _______________

Mientras avanzamos con cautela a través de los restos del centro recreativo, el sonido de cristales rotos y metal crujiendo bajo nuestras botas es lo único que acompaña el lejano zumbido de la alarma. Mis ojos se siguen adaptando, esta vez a un nuevo escenario dentro de la devastación general. Un escenario que mis Ojos Divinos marcan con una claridad superpuesta a la realidad, como si de un mapa GPS se tratase, señalando este lugar como el epicentro de la actividad reciente: una cancha de fútbol.

Potentes reflectores, aunque algunos parecen dañados o parpadean erráticamente como corazones moribundos, bañan la vasta extensión del campo con una luz blanca y cruda que resulta casi hiriente en la oscuridad de la noche. Las líneas reglamentarias, pintadas de un blanco nítido, resaltan sobre el césped artificial, que en algunas zonas muestra cicatrices recientes y brutales: surcos profundos, como si algo inmensamente pesado hubiera sido arrastrado con violencia, y mechones de hierba sintética arrancados, dejando ver la tierra negra debajo. Incluso una de las porterías metálicas está visiblemente doblada, inclinada en un ángulo antinatural, como si hubiera recibido el impacto de un ariete invisible. Por todo el campo, hay un desorden de escombros: fragmentos de lo que fueron bancos del parque, tablones de las gradas, y trozos de metal irreconocibles.

El contraste entre el campo intensamente iluminado y la profunda oscuridad que envuelve las gradas vacías y los límites del área recreativa es marcado, casi teatral. Es como si hubiéramos llegado a un escenario preparado para una tragedia. A pesar de la iluminación artificial, el ambiente es pesado, cargado de una quietud opresiva y antinatural. No es el silencio tranquilo de una noche ordinaria; es una calma tensa, expectante, como la que precede a un terremoto. Es como si el propio aire contuviera el eco de la violencia reciente, de la furia desatada, y la inminente y terrible posibilidad de más. Cada sombra parece demasiado larga, cada ráfaga de viento un susurro amenazante. Sabemos que no estamos solos aquí.

—Detesto ser básicamente un humano –Digo en un murmullo, mientras un escalofrío genuino recorre mi espalda. Es una sensación extraña, casi olvidada. Parece que, después de tanto tiempo, puedo volver a sentir ese instinto primordial, ese sentimiento de muerte acechando. Y realmente, desde una perspectiva puramente académica, es interesante.–

—Bienvenido a nuestro mundo –Dice el Oficial Montenegro con una sonrisa irónica, mientras camina con un cuidado experto, evadiendo los obstáculos de metal y madera esparcidos por el césped–

Con cada paso que damos por el campo devastado, puedo percibir una sutil resonancia en el ambiente. Es una especie de estática o presión que a menudo acompaña la presencia de seres poderosos. Asimismo, una estela de emociones intensas impregna el aire: la desesperación y el terror de las víctimas. Estas sensaciones se arremolinan en mi espalda en forma de escalofríos y provocan que mi cerebro imite la respuesta del pánico, haciendo que un corazón simulado comience a latir con fuerza en mi pecho (pues, mi corazón real, literalmente, no late). La luz amarillenta y enfermiza que los testigos asociaron con Lumen parece persistir como un tinte sutil en las sombras más densas que rodean el campo, otorgando al lugar una cualidad aún más tétrica y fantasmal.

Definitivamente, este espacio se siente como un escenario preparado, aunque todavía no vemos al actor principal.

—Interesante lugar para venir –Menciona el Oficial Montenegro, su voz un susurro grave mientras seguimos oteando por todos lados, cuidando que nadie se nos eche encima. A pesar de saber el retorcido código de honor de Lumen, del que ya le platiqué mientras avanzábamos, la precaución es obligatoria.–

—Es más interesante que no haya gente –Digo, mi voz igualmente baja– Supongo que nadie es tan tonto como para acercarse. Nadie quiere estar en un lugar donde claramente todo grita “peligro”.–

Sin embargo, tan pronto como doy un paso más, mi nariz, aquella experta en todo tipo de olores gracias a mi entrenamiento, capta un aroma inconfundible que se abre paso entre el olor a tierra y metal. Y no, no es el olor a ozono que emana de Lumen. Es algo más… metálico, tibio… orgánico.

—¿Escuchas eso? –Pregunta el Oficial tras detenerse bruscamente cerca de la portería doblada, su cabeza ladeada.–

Agudizo el oído. Y efectivamente, no eran imaginaciones mías. Entre más nos acercábamos al centro del campo, más se podía escuchar un crujido húmedo y rítmico. Un sonido que también conocía muy bien, pues lo había escuchado en incontables ocasiones, en los callejones oscuros de ciudades antiguas, en pueblos abandonados por la Diosa, y sobre todo, en las guerras… El crujido inconfundible de la carne siendo apuñalada o desgarrada por un objeto filoso.

—Oficial, mire eso –Digo, mi voz perdiendo todo rastro de calma. Extiendo mi brazo izquierdo para detener su avance.–

Tras detener al Oficial con mi brazo, con el derecho señalo hacia un lugar en el centro del campo, cerca de nosotros. O más bien, hacia un charco que, a pesar de la noche, se nota claramente lo que es gracias al brutal resplandor de los reflectores. No es agua. Es demasiado oscuro, demasiado denso.

—¿Eso es…, sangre? –Finalmente, el Oficial capta el olor metálico que yo había detectado, y al olerlo, puedo ver cómo todo su cuerpo se tensa, su mano agarrando con más fuerza su fusil.–

—Asiento, mi rostro ahora una máscara de seriedad absoluta– Sí. Es eso –Digo, mi mirada fija en el oscuro reguero que se extiende desde los escombros– Y por el sonido… me temo que nuestro Demonio ha encontrado un nuevo juguete.–

El Oficial Montenegro, tras tensarse durante unos breves segundos, recompone su expresión, forzando una máscara de profesionalismo. Dirige su mirada hacia el frente y sigue con su caminar, con una indiferencia fingida, sin importarle que ahora las pequeñas manchas de sangre que salpicaban el césped se han convertido en gruesas líneas oscuras, uniformes y paralelas, que conducían directamente hacia el centro del campo, hacia el punto de penalti, como dos caminos terribles que llevaban al mismo infierno, Mismas que parecían que hubiesen sido arrastrado con violencia.

Sin embargo, tras analizar al Oficial, rápidamente me doy cuenta de que no era indiferente, pues sus ojos, que constantemente veían de reojo hacia las sombras, delataban su verdadero estado de alerta máxima.

Y entonces, al llegar al centro, los vemos.

—¡…!–

—¡…!–

Nuestros cuerpos se quedan rígidos al unísono, congelados en el sitio al presenciar la dantesca escena. Es una visión tan grotesca, tan fundamentalmente incorrecta, que quien la viera, sin duda pensaría que está teniendo la peor de las pesadillas, una de la que es imposible despertar.

—Oiga, Oficial… –Digo, mi voz un susurro ahogado, y esta vez siento cómo el miedo, ese sentimiento tan humano y tan olvidado por mí, se apodera de mi ser. Mi humanidad, maldita sea, me vuelve vulnerable al horror.–

Frente a nosotros, la escena es un lienzo pintado con los colores más oscuros de la depravación. Los dos cuerpos, un hombre y una mujer, los dos oficiales que enviaron a investigar, yacen desarticulados a mitad de la cancha de cemento del área de penalti. Están dispuestos como muñecos rotos desechados tras un juego macabro, sus miembros en ángulos imposibles, sus uniformes rasgados. Un charco extenso de sangre, ya oscura y coagulándose en los bordes, se extiende bajo ellos, brillando con una humedad siniestra bajo la luz cruda de los reflectores.

Pero es la figura en cuclillas junto a ellos la que congela la sangre en mis venas. Su silueta es inconfundible, incluso en la penumbra: la armadura metálica de estilo antiguo, la complexión robusta y la altura que supera los dos metros. Y sobre todo, esa grotesca lámpara de estilo antiguo que funge como su cabeza, emitiendo una luz amarillenta, constante y enfermiza que baña la escena en un resplandor de matadero. Es Lumen, sin duda alguna.

—O-Oficial –Susurro nuevamente, los escalofríos recorriendo mi espalda con una violencia helada al ver lo que ese bastardo está haciendo–

Con una delicadeza que hiela la sangre, sus garras metálicas, negras y afiladas, escarban dentro de la cavidad de algo redondo que sostiene con una mano, produciendo un sonido húmedo y rasposo, como el de una cuchara raspando el fondo de un cuenco. Mis Ojos Divinos, incluso en mi estado debilitado, no me perdonan el detalle, forzándome a ver con una claridad nauseabunda. La luz parpadeante de su cabeza-lámpara ilumina el objeto: es la cabeza de la oficial. Separada limpiamente del cuello, sostenida por el cabello como un trofeo grotesco.

Con una paciencia de artesano del horror, Lumen vacía la cavidad craneal. Con un movimiento lento y deliberado, extrae la masa encefálica, una sustancia grisácea y temblorosa que emite un levísimo fulgor fosforescente. La observa por un instante con una curiosidad casi académica antes de arrojarla a un lado, al charco de sangre, con un desdén absoluto, como si fuera un simple desecho.

Luego, de la nada, materializa en su mano libre tres velas. No son de cera, sino de una sustancia carmesí, casi como sangre coagulada, que parece retorcerse bajo la luz. Con la precisión de un decorador macabro, las coloca lentamente dentro del cráneo ahora vacío, asegurándose de que estén perfectamente espaciadas, como si estuviera preparando un altar.

Finalmente, levanta su otra mano, y con un simple chasquido de sus garras metálicas, las mechas de las velas cobran vida. No con una llama normal, sino con un fuego de un color púrpura y humeante, un fuego que parece alimentarse del dolor. La luz macabra se proyecta a través de los cuencos vacíos de los ojos y la boca abierta del cráneo, transformando la cabeza de una mujer en una linterna de pesadilla, una obra de arte para un demente.

A mi lado, escucho cómo el Oficial Montenegro contiene un jadeo ahogado, un sonido de puro horror que intenta reprimir. Su rostro, bañado en la luz púrpura y enfermiza de la cabeza-linterna, es una máscara de ira y repulsión contenida. Veo cómo el ligero temblor en sus manos, las mismas que sostienen con firmeza el fusil “Consecrator”, delata la tormenta de emociones que lo embarga. Es la reacción de un hombre de ley, de un padre, ante una depravación que desafía toda comprensión.

—Hey–

Entonces, su voz espectral resuena en el lugar. No parece venir de la lámpara, sino de todas partes a la vez, un eco que se arrastra desde las sombras, que rebota en los escombros y que parece susurrar directamente en nuestros oídos. Es una voz que, a pesar de su naturaleza etérea, está dirigida específicamente a nosotros dos.

—Finalmente llegas, Sariel–

Con una lentitud exasperante, casi teatral, el imponente sujeto comienza a girar sobre sus talones. El sonido que produce su armadura no es el de un simple metal, sino el de placas de obsidiana rozando unas con otras, un crujido grave y resonante que parece arañar el silencio de la noche. Cada grado de su giro parece calculado para maximizar la tensión, para darnos tiempo de asimilar la escena en la que nos hemos adentrado.

La luz amarillenta que emana de la lámpara que corona su ser barre la cancha, actuando como el faro de una costa infernal. Proyecta sombras danzantes y grotescas que se contorsionan con cada uno de sus movimientos, haciendo que los escombros y los árboles rotos parezcan cobrar vida y estirarse hacia nosotros como garras famélicas.

Y entonces, en su mano derecha, hace aparecer un nuevo objeto esférico. No lo saca de ningún sitio; simplemente se materializa en su palma con un murmullo de sombras y un destello de luz corrupta. Es la cabeza del oficial de policía masculino, horriblemente transformada en una compañera para la de la mujer. Sus ojos, ahora cuencas vacías y oscuras que prometen un abismo, y su boca, congelada en una mueca de terror eterno, con la mandíbula desencajada en un grito silencioso que quedará grabado en la eternidad. Desde el interior de la cavidad craneal, un resplandor rojizo y nauseabundo pulsa rítmicamente, como el latido de un corazón infernal, convirtiendo los rasgos que alguna vez fueron familiares en una burla macabra, una linterna de carne, hueso y sufrimiento.

—Lumen –Digo, y mi voz sale como un témpano de hielo, fría y cortante, un esfuerzo consciente por enmascarar el miedo que ahora se ha apoderado de gran parte de mi cuerpo.–

La profanación… es una ofensa que revuelve las entrañas.

Aunque Lumen carece de un rostro que pueda expresar emociones, la manera en que sostiene su otra “creación”, exhibiéndola casi con un orgullo de artista bajo la luz de su propia cabeza-lámpara, irradia una burla tétrica y un deleite en la profanación que resulta infinitamente más escalofriante que cualquier mueca de odio. Se regodea en el horror que ha infligido, saboreando nuestra reacción, alimentándose de nuestra repulsión.

—En mi defensa, les di la oportunidad de irse. Pero no hicieron caso. Decidieron dispararme. –La voz espectral de Lumen resuena de nuevo, esta vez con un matiz de falsa racionalidad. Su cabeza-lámpara se inclina ligeramente hacia mí– Me conoces, ¿no es verdad, Sariel? Yo solo doy una oportunidad para irse. Si la desaprovechan, entonces no deben culparme por su inevitable fin.–

—¡Bastardo! –Justo antes de que pudiera replicar con alguna ironía cortante, el grito de ira pura del Oficial Montenegro desgarra el aire.–

Veo cómo la compostura profesional del Oficial se hace añicos. Con una determinación férrea grabada en su rostro, levanta su fusil “Consecrator”. Apunta directamente al centro de la masa de Lumen, procurando no dirigir el fuego hacia la grotesca linterna que sostiene. Sus dedos, que momentos antes apenas rozaban el gatillo, ahora lo presionan con una decisión absoluta.

—Oye Sariel, ¿quién es ese tipo? –Pregunta Lumen, inclinando la cabeza con una curiosidad casi infantil, ignorando por completo al hombre que le apunta con un arma de alto poder– Ah, sí, ya me acuerdo. Eres ese guardián de la prisión, ¿no? Qué persistente.–

Lumen da un paso hacia nosotros, como si fuera a dar un paseo. Pero entonces…

¡RATATATATATATAT!

Un estruendo ensordecedor inunda la cancha, una ráfaga brutal y sostenida de disparos que desgarra el aire nocturno. No es el chasquido agudo de un arma convencional; cada impacto del fusil de combate del Oficial suena como un martillo neumático golpeando una plancha de metal consagrado, liberando una energía visible y abrumadora. Veo cómo múltiples proyectiles, dejando breves estelas azuladas por la Energía Divina que los impulsa, se estrellan sin piedad contra la armadura de Lumen. Chispas violentas y sagradas saltan con cada impacto, mientras el metal oscuro de su coraza parece vibrar y resonar con la fuerza de los golpes. Pequeños cráteres humeantes marcan los puntos de colisión, la energía divina chisporroteando contra la esencia demoníaca del ser.

Cualquier ser menor, incluso un Surnaturel de un rango considerablemente alto, habría sido despedazado o, como mínimo, incapacitado y paralizado por semejante descarga de poder sagrado. Pero Lumen… Lumen apenas parece afectado más allá de una ligera y visible molestia. Se detiene, baja la mirada hacia su pecho, observando los cráteres humeantes en su armadura con la misma expresión con la que uno miraría una mancha de polvo en su chaqueta. Luego, levanta de nuevo su cabeza-lámpara, el fuego en su interior pulsando con calma, y me mira, ignorando por completo al hombre que le acaba de vaciar un cargador encima.

—Ey, no interrumpas –Su voz espectral, ahora teñida con una nota de genuina irritación, resuena en el campo. No es el enfado de alguien que ha sido herido, sino la molestia de un artista cuyo momento de inspiración ha sido bruscamente fastidiado.–

Con una calma que hiela la sangre, y aún sosteniendo la cabeza-lámpara del policía asesinado, Lumen se agacha. Deposita su grotesca creación con una extraña y perturbadora suavidad sobre el ensangrentado suelo de cemento, justo al lado de la cabeza de su compañera, flanqueando los cuerpos mutilados. Las dos linternas macabras ahora proyectan una luz cruzada, púrpura y amarillenta, que baña la escena en un resplandor de pesadilla. Luego, con una lentitud insultante, se yergue de nuevo a su imponente altura y se sacude el polvo inexistente de su armadura, como si la brutal ráfaga de proyectiles divinos del Consecrator no hubieran sido más que una ligera e insignificante lluvia de verano.

—¿Es tu amigo? –Pregunta Lumen, su voz espectral rezumando una calma casi ociosa. La luz de su “cabeza” parpadea suavemente, bañando primero el rostro tenso y furioso del Oficial Montenegro y luego el mío en un brillo amarillento– No sabía que tenías amigos Sehwert. Por lo que recuerdo, no te llevas muy bien con los de su clase, sobre todo, después de lo que pasó con esa mujer–

Realmente me sorprende la perspicacia de Lumen. No solo ha identificado al Oficial como un Sehwert, sino que conoce retazos de mi historia. Pero, considerando que este tipo se ha enfrentado a los Cazden (cazadores especializados en criaturas como él) durante siglos, es normal que pueda identificar a sus enemigos por su firma de poder.

—Como sea, estaba tan aburrido de esperarte. Por suerte, ya estás aquí –Continúa Lumen, estirando los brazos de su armadura con un sonoro crujido metálico que suena a placer y una terrible anticipación. Sus movimientos son fluidos y despreocupados, desprovistos de cualquier atisbo de rigidez o daño por la reciente ráfaga de proyectiles que recibió.–

—¿Dónde están los demás? –Pregunto, mi voz esforzándose por sonar firme y desafiante, mientras con un movimiento sutil de mi mano, casi imperceptible a la altura de mi cintura, le hago una seña al Oficial Montenegro para que contenga el fuego por ahora. Veo que entiende, pues aunque su postura sigue siendo tensa, el cañón de su fusil no se mueve– Esos dos bastardos. ¿Dónde están?–

—Zakech y Aren están en otro lugar –Responde Lumen con simpleza. Gira ligeramente su torso y señala con un gesto vago y displicente hacia la oscuridad más allá de la cancha, hacia el lejano y brillante bullicio nocturno de la Ciudad de Melbury– Quisimos hacerlo más interesante. Así que, hemos puesto una regla para este juego: ellos únicamente aparecerán si logras matarme a mí primero. Por lo tanto, considérame tu primer desafío.–

Entonces, de la nada, o quizás desde las sombras que se aferran a su forma, un arma se materializa en su mano izquierda. Es su Forma Pasiva, una obra de arte tan hermosa como amenazante. Un espadón gigantesco, casi tan alto como un hombre, pero que él sostiene con una facilidad insultante. Su ancha hoja de un metal plateado y pulido contrasta de forma espectacular con una gran incrustación de color negro obsidiana que recorre todo su centro. Sobre esta negrura, hay grabadas unas intrincadas runas de un color violeta que pulsan con una luz tenue, casi latente, como el corazón durmiente de una bestia. De estas runas emanan perezosas volutas de un humo sombrío, que se enroscan alrededor de la hoja sin prisa. La guarda es una pieza de metal oscuro, barroca y demoníaca, con puntas afiladas que se curvan hacia arriba como los cuernos de una criatura infernal. El ambiente a su alrededor es frío, una quietud que absorbe el calor y la esperanza.

Pero entonces, mientras su cabeza-lámpara se inclina hacia nosotros en un gesto de inminente ataque, la espada cambia.

En un instante, la Forma Activa se desata. Las runas violetas estallan con una luz cegadora, y de ellas brota un fuego antinatural, una conflagración que arde con un corazón púrpura pero con lenguas anaranjadas y rojizas que danzan a lo largo del metal. La hoja entera, antes fría, ahora está envuelta en estas llamas vivas. Ya no es una obra de arte; es un horno de destrucción. Una ola de calor sofocante nos golpea, un calor que no solo quema la piel, sino que parece secar el alma. El aire a su alrededor silba y crepita, y la luz de las llamas parpadeantes proyecta sombras frenéticas que bailan una danza de muerte a nuestro alrededor. Ahora sí, es un espadón gigantesco forjado en la misma oscuridad de su armadura, un instrumento de aniquilación pura listo para ser blandido.

—Pero claro, eso no sucederá –Su confianza es absoluta, una burla helada que acompaña la visión de ese espadón infernal, firmemente empuñado. La promesa de nuestra aniquilación flota en el aire, tan palpable como el calor que irradia su arma.–

Con una urgencia tácita, el Oficial Montenegro y yo nos separamos, moviéndonos en sincronía sin necesidad de palabras. Rodeamos con cuidado la espantosa escena para evitar perturbar más los cuerpos de los dos oficiales caídos, un último y silencioso gesto de respeto en medio del horror. La imagen de Lumen y su macabra obra de arte se quema en mi retina, pero no hay tiempo para la náusea o la ira; la supervivencia es el único imperativo que gobierna ahora.

Así, ambos corremos. Nuestros pasos, resonando brevemente en el silencio antes de ser absorbidos por la noche, nos llevan a través del césped húmedo, dirigiéndonos hacia una cancha de baloncesto cercana que se perfila bajo la luz artificial de unos altos postes. Desde la distancia, las líneas blancas de la cancha brillan pálidamente sobre el asfalto oscuro, y las siluetas de los tableros y los aros se recortan como estructuras fantasmales contra el cielo nocturno, iluminado por una luna llena. La luz de los focos crea un área de cruda iluminación, un escenario rodeado por la penumbra de los árboles y la oscuridad más profunda del parque.

Es un escenario extrañamente expuesto, sí, pero cualquier lugar es mejor que aquel cementerio improvisado. Esperamos que Lumen nos siga; de hecho, contamos con ello.

—Hey, ¿dónde van? –La voz de Lumen, con ese eco sobrenatural y burlón, nos alcanza. No parece venir de un punto fijo, sino de las sombras que rodean la cancha iluminada, como si el propio aire se burlara de nosotros.–

Por suerte, o quizás por la desgracia de haberlo enfrentado en incontables ocasiones a lo largo de las eras y de haber estudiado a seres de su calaña, conozco bien el comportamiento de Lumen. Sé perfectamente que no deja ningún objetivo con vida si puede evitarlo. Y para él, la idea de que sus víctimas intenten escapar es la parte más divertida del juego. Es algo que retuerce su sádico sentido del entretenimiento, algo que le agrada y que lo impulsa a prolongar su cacería. Nos está dejando tomar la delantera, como un gato que permite a un ratón una breve carrera antes del zarpazo final. Está disfrutando del espectáculo.

—¡Ey!–

El rugido de Lumen, ahora completamente despojado de cualquier rastro de calma o juego, reverbera por toda la cancha. Es una onda de pura amenaza sónica que nos clava en el sitio a mitad del asfalto iluminado. La luz ígnea que arde en su yelmo-jaula y en la hoja de su espada parece intensificarse, volviéndose más brillante y violenta. Los bordes afilados de su ornamentada armadura oscura adquieren un contorno aún más amenazante bajo esta nueva y furiosa iluminación.

—Oficial, ¿listo? –Pregunto con urgencia, mi voz un siseo bajo. Mi mirada está fija en Lumen, quien ya ha comenzado a avanzar hacia nosotros, su enorme espadón envuelto en llamas describiendo un arco perezoso pero letal a su lado.–

—Adelante –Responde él, su voz grave y resuelta, un gruñido de pura determinación.–

Sin perder un solo instante, el Oficial extrae de su chaleco táctico (que solo ahora, bajo la luz de la batalla, noto que lleva bajo su traje) un pequeño cilindro metálico. Es la ZAD-SD7.

Con un movimiento rápido, fluido y certero, propio de un veterano, lo arroja con fuerza. El objeto describe una parábola perfecta en el aire nocturno y aterriza con un leve tintineo a medio camino entre nosotros y la imponente figura de Lumen.

—¡Tápate los oídos! –Advierte él con apremio–

Obedezco instintivamente, presionando con fuerza las palmas de mis manos contra mis oídos justo cuando un pitido inhumanamente agudo, una onda de sonido puro y lacerante, explota desde el artefacto. No hay explosión, solo sonido. Una frecuencia diseñada para destrozar los nervios y las mentes. Incluso con mis oídos cubiertos, siento cómo la vibración atraviesa mis huesos, una resonancia dolorosa que se clava en lo más profundo de mi cráneo.

—¡Aghhh! –El efecto en Lumen es inmediato y brutal. El grito que se desgarra desde el interior de su yelmo-linterna ya no tiene nada de su anterior burla; es un alarido de pura y animal agonía.–

La luz de su cabeza parpadea frenéticamente, casi hasta extinguirse, como una bombilla a punto de estallar. Suelta su gigantesco espadón, que cae con un estruendo metálico y sordo sobre el asfalto. Se lleva ambos guanteletes con garras a los lados de su yelmo-jaula, como si intentara desesperadamente aplastar la fuente invisible de su tormento auditivo y neurológico.

Aprovechando esa preciosa y calculada apertura, el Oficial Montenegro vuelve a disparar una andanada continua, como si no hubiera un mañana. La ráfaga de proyectiles de su fusil “Consecrator”, ahora completamente activados (a diferencia de la vez anterior), impacta de nuevo contra la armadura de Lumen. Es una lluvia de golpes demoledores, cada bala cargada con Energía Divina, que esta vez encuentran a un objetivo desestabilizado y momentáneamente vulnerable. Los impactos resuenan como campanas de iglesia golpeadas con martillos de forja, cada uno dejando un cráter humeante y un estallido de luz sagrada sobre el metal oscuro.

—¡Bastardos! –Ruge Lumen, su voz ahora una furia pura que promete una terrible venganza mientras se tambalea, tratando de resistir el doble asalto sónico y divino.–

Por mi parte, con el subfusil de plasma, la Ignis, firme en mis manos, y sin perder un solo instante, abro fuego también contra él. Las descargas de energía de plasma sobrecalentado restallan en la noche con un silbido agudo, impactando su armadura con destellos de un azul intenso y corrosivo, añadiendo nuestro propio castigo al que ya está recibiendo. El olor a metal quemado y ozono se mezcla con el de la sangre en el aire.

—¡Apunte a su pecho! –Grito, mi voz superponiéndose al estruendo ensordecedor de los disparos. Mientras lo hago, dentro de mí rezo a todos los Dioses que esta cosa no se sobrecaliente demasiado rápido; siento el calor irradiando de la carcasa del arma.–

—Entendido –Responde el Oficial, y tan pronto como lo digo, la lluvia de proyectiles que emana de su arma se concentra con una precisión quirúrgica en el torso de Lumen.–

A pesar de mi estado debilitado, mi propia puntería sigue siendo casi sobrenatural; mis disparos energéticos impactan con fuerza en el abdomen, los brazos y las piernas de Lumen. No apunto al azar. Apunto justo en aquellos puntos donde, según antiguos conocimientos sobre su existencia mortal, fue mutilado por sus propias víctimas, y que ahora, a pesar de su formidable armadura, intuyo que conservan una vulnerabilidad conceptual, una cicatriz en su misma esencia.

Lumen ruge de nuevo, esta vez con una mezcla de furia y un dolor más profundo y desconcertado. Varios impactos de mi Ignis y del Consecrator del Oficial dan en el blanco en esas zonas específicas. Veo cómo su armadura, aunque increíblemente resistente, comienza a ceder en esos puntos, fragmentándose o mostrando finas fisuras por donde escapa la luz ígnea de su interior. Su movilidad, antes amenazadoramente fluida, se reduce drásticamente; sus movimientos se vuelven más torpes, más pesados y desesperados.

—Bien –Exclamo con una mezcla de alivio y concentración feroz al ver cómo Lumen se tambalea y casi cae de rodillas, producto de los impactos precisos que lo han dejado momentáneamente inmóvil.–

Aprovechando esta preciosa ventaja, tiro a un lado la Ignis, que ya humea peligrosamente, para que se enfríe más rápido. De mi Almacén Dimensional, extraigo con un destello de luz la escopeta híbrida ZSCE-A, la Seraphim. Tras esto, me acerco unos pasos más, acortando la distancia con el ahora parcialmente inmovilizado Lumen. Y una vez que estoy a una distancia óptima, descargo una serie de disparos ensordecedores directamente hacia su yelmo-jaula, esa infernal lámpara que le sirve de cabeza.

—¡Siga apuntando al pecho! –Le grito, mientras el retroceso de la potente escopeta sacude mis brazos. Comienzo a rodear a Lumen, buscando un flanco donde las balas del Oficial no me alcancen.–

—¡Bien! –Responde él, su voz un gruñido de esfuerzo.–

Sin un instante de vacilación y con una velocidad asombrosa, él recarga su Consecrator con un nuevo cartucho de energía y reanuda la lluvia de proyectiles contra el torso de Lumen, quien ahora está recibiendo un castigo brutal desde dos frentes.

—Como me encantaría tener una espada ahora mismo –Exclamo entre dientes, mientras continúo descargando las ráfagas de la Seraphim contra Lumen– Una espada Mágica o una hecha de Malakita preferiblemente–

Una vez agotado el gran cartucho de la escopeta, esta queda en silencio. Vuelvo a sondear mi Almacén Dimensional, palpando en la nada conceptual en busca de algo más útil. Sin embargo, mis dedos solo encuentran la fría carcasa de más granadas sónicas, completamente inservibles en este enfrentamiento directo y a esta corta distancia.

—¡Tch, nos quedamos sin balas! –Gruñe el Oficial Montenegro, su voz cargada de un profundo fastidio mientras el último proyectil de su Consecrator impacta inútilmente contra la ya maltrecha pero aún en pie armadura de Lumen.–

Finalmente, su fusil del Oficial se queda sin balas, permaneciendo en silencio.

—¿Ahora qué? –Pregunto, bajando mi propia arma, también ahora vacía.–

Ambos observamos a Lumen, su imponente figura ahora un testamento de la violencia que le hemos infligido. Está acribillada por innumerables orificios de bala y quemaduras de plasma. Fragmentos de su armadura oscura y ornamental cuelgan o han saltado por los aires, y de las profundas fisuras emana un humo negruzco y ese brillo ígneo que parece ser su esencia vital, pulsando con furia.

Aunque ha recibido un castigo tremendo, la luz en su yelmo-jaula, aunque parpadeante y errática, sigue ardiendo con una tenacidad maligna. Sigue siendo una amenaza mortal.

—Oficial, ¿de casualidad tiene Hechizos para impedir la movilidad? –Pregunto, mi voz un susurro urgente mientras una nueva y desesperada idea se forma en mi mente– Si esperamos a que salga, aunque sea una ráfaga de luz de sol, no tendremos que preocuparnos más–

—¿Le afecta la luz del sol?, ¿es una especie de vampiro? –Inquiere el Oficial, su ceño fruncido en confusión mientras mantiene su arma apuntando al Demonio.–

—No –Explico rápidamente– Pero como Lumen, en su vida mortal, solo actuaba y cometía sus crímenes en la noche, el Tribunal Infernal, en su ironía característica, decidió que esa sería su causa de eliminación fundamental. La luz del sol es un anatema para su esencia. Lo desintegrará.–

—Siempre me pregunté si los Demonios mueren –Murmura el Oficial, más para sí mismo que para mí, su mirada fija en la criatura.–

—No mueren, solo son absorbidos por el Edén, permaneciendo en un estado nada bonito por el resto de la eternidad –Aclaro–

—¿Edén?, ¿el Jardín del Edén? –Pregunta, la sorpresa tiñendo su voz por un instante.–

—Algo así –Respondo, una sonrisa en mis labios. El Jardín del Edén, una forma irónica y poética de llamarlo, pues es en realidad todo lo contrario, es un plano muy superior al infierno.– Por cierto, ¿qué horas son? –Pregunto, mirando instintivamente al cielo oscuro.–

—Las 4:40 de la madrugada –Responde el Oficial tras unos segundos, después de sacar su celular y teclear rápidamente en la pantalla– Según la previsión en internet, el amanecer en esta zona será a las 5:10 de la mañana.–

—No falta mucho –Digo, y un hilo de esperanza, frágil pero real, se enciende en mi interior– Solo media hora–

Justo en ese instante, como si hubiera escuchado nuestros planes, ambos notamos cómo la figura maltrecha de Lumen comienza a moverse de nuevo, con un crujido metálico y un gruñido bajo que promete más violencia.

—Solo tenemos que sobrevivir media hora –Declaro, mi voz firme– Eso, o destruirlo con la Railgun–

—El Oficial rápidamente saca la imponente Railgun de su Anillo Almacén, el arma apareciendo en sus manos con un destello de luz azul– Toma –Y para mi entera sorpresa, me lo entrega– No lo usaré, déjaselo a mi hija–

—¿De verdad? –Pregunto, atónito, mientras tomo el pesado fusil, pues es nuestra mejor baza, nuestra única garantía de victoria.–

—Él asiente– Ya tiene dos armas fuertes listas para que se las des, sin embargo, siempre puede tener un arma más potente–

—Suspiro y asiento, conmovido por su sacrificio paternal en medio de una batalla a muerte– Está bien, también se la daré –Digo, mientras guardo la Railgun en mi propio Almacén Dimensional– Entonces, solo nos queda sobrevivir hasta el amanecer–

Al instante, para demostrar que no estamos indefensos, saco de mi almacén varios cartuchos de munición pesada, los que tomé del coche patrulla.

—Tenga –Mientras lo digo, le lanzo dos– Sabía que los íbamos a necesitar, así que tomé todos los que había en la caja de la cajuela.–

—Fue bueno pedirte que cerraras el carro con seguro tras avanzar por mi parte –Comenta el Oficial con una media sonrisa de agradecimiento, mientras recarga con una rapidez experta su Consecrator.–

Rápidamente, el Oficial Montenegro y yo retrocedemos unos pasos más, intentando ganar algo de distancia mientras ambos recargamos nuestras armas. El asfalto de la cancha de baloncesto se siente frío y duro bajo nuestros pies. Frente a nosotros, Lumen alza su yelmo-jaula. La luz ígnea que arde en su interior nos sigue con una fijeza depredadora mientras su imponente figura acorazada se yergue de nuevo, lista para reanudar su obra de destrucción.

—¿Saben que escucho todo, no? –Pregunta de repente, y su voz espectral, con ese eco antinatural que parece filtrarse desde otra dimensión, ahora está teñida de una diversión macabra y triunfante– Es cierto, mi debilidad es la luz del sol. Un buen plan. Pero aun así…–

—¡Cuidado! –Grita el Oficial Montenegro, pero su advertencia, aunque veloz, es casi superflua ante la velocidad que se desata.–

En menos de un parpadeo, en una distorsión en el aire que mi mente apenas puede procesar, Lumen está frente a mí. Su movimiento no fue una carrera; fue una transgresión de las leyes del espacio, borrando la distancia entre nosotros en un instante. Su velocidad es aterradora y desmiente por completo su corpulencia y las heridas que le hemos infligido.

—¡Hijo de!–

Mi pensamiento es cortado por el puro instinto de supervivencia. Por un milagro y por la poca gracia que aún conservan mis debilitados reflejos, logro dar un salto desesperado hacia atrás, arrojando mi cuerpo a un lado. Siento el aire desplazado, un calor abrasador pasando a milímetros de mi rostro, por su gigantesco espadón llameante, que se estrella con una fuerza cataclísmica contra el suelo donde yo estaba hace una fracción de segundo. El impacto levanta esquirlas de asfalto y deja una marca negra y humeante en el suelo.

Y por un momento me digo que, si no hubiese reaccionado, esa hoja me habría partido en dos con absoluta y desdeñosa facilidad.

—Ufff –Resoplo, aterrizando torpemente, el corazón (metafórico, claro está) martilleándome en el pecho con una violencia que no había sentido en eras.–

Lumen gira su yelmo-jaula de izquierda a derecha, produciendo un inquietante crujido metálico, como si estuviera tronándose los huesos de un cuello inexistente. Con un movimiento que parece casi casual, llama a su espada hacia su mano. El arma, que estaba clavada en el suelo, se disuelve en una nube de oscuridad y ceniza para reaparecer instantáneamente en su mano derecha, las llamas púrpuras y anaranjadas ardiendo de nuevo con furia.

—Él te manda saludos –Dice, y la calma absoluta en su voz es infinitamente más aterradora que cualquier grito de guerra.–

Un escalofrío recorre mi ser, uno que no tiene nada que ver con el peligro inmediato, sino con un terror existencial, primordial. Mis ojos se abren de par en par, la incredulidad luchando con un pánico que comienza a arraigarse en lo más profundo de mi ser. Esa palabra… “Él”.

—¿Cómo es que…? –Mi voz se quiebra, las implicaciones de ese nombre amenazando con paralizarme.–

RATATATATATATAT!

Otra andanada del Consecrator del Oficial Montenegro vuelve a rugir en la noche. Aprovechando que Lumen se concentraba en mí, Leon ha vuelto a abrir fuego. Los proyectiles impactan a Lumen por la espalda y el costado, justo en las fisuras que habíamos creado antes.

—¡Aghhh!–

Lumen lanza otro grito de dolor, esta vez más agudo y genuino, y se tambalea visiblemente hacia adelante. Las balas anteriores, dirigidas a sus puntos débiles conceptuales, claramente lo habían afectado mucho más de lo que dejaba entrever.

—No importa –Mascullo, apartando con un esfuerzo de voluntad la ominosa implicación de las palabras de Lumen. La supervivencia es primero. El terror cósmico, después.–

Yo hago lo mismo. Con un pensamiento, desmaterializo la escopeta Seraphim, ahora vacía, en mi Almacén y vuelvo a materializarla al instante. Tras eso, la recargo con un movimiento rápido y fluido, y apunto directamente hacia él, listo para continuar la lucha.

—¡Bastardo! –Le grito, mi voz un rugido diseñado para llamar su atención, para enfocar todo su odio y su poder en mí. Y para subrayar mi desafío, descargo otra ráfaga a quemarropa de la Seraphim contra su figura maltrecha.–

Mi grito parece surtir el efecto deseado. La imponente figura de Lumen, con su yelmo-jaula llameante, gira con una lentitud que es pura rabia contenida y centra toda su atención en mí. Es un alivio momentáneo para el Oficial Montenegro, y una carga que acepto con una mezcla de aprensión y una fría y calculadora determinación. Sin embargo, incluso herido, la velocidad de este ser es prodigiosa.

De inmediato, como si se plegara el espacio mismo, vuelve a aparecer justo frente a mí en un abrir y cerrar de ojos. Su espadón infernal, ahora ardiendo con una furia renovada, silba en el aire, descendiendo para partirme en dos. Pero esta vez, sus intenciones son transparentes para mí. Anticipando su movimiento, ya tengo la escopeta Seraphim encarada y lista. Así que, tan pronto como su figura distorsionada se materializa frente a mí, la poderosa munición de Poder Divino expansivo sale de mi arma con un rugido ensordecedor e impacta directamente en el centro de su pecho blindado.

El impacto es brutal. La fuerza cinética pura, magnificada por la energía sagrada, lo hace retroceder varios pasos, sus pesadas botas de metal arañando el asfalto. Un quejido metálico y ahogado brota de su interior, un sonido de metal torturado y de una esencia demoníaca herida.

—Hijo de… –Sisea, y aunque no tiene rostro, la manera en que la luz de su yelmo-jaula se intensifica y se enfoca sobre mí es suficiente para transmitir una intención asesina pura y concentrada.–

Lumen me mira, sus ojos invisibles cargados de una promesa de dolor, sin embargo, justo cuando se iba a recuperar del golpe y lanzarse de nuevo, ¡PUM!

El sonido de una fuerte explosión, contenida pero potente, resuena en el lugar, justo a sus pies.

—¡…!–

Veo cómo el Oficial Montenegro se queda visiblemente sorprendido por la detonación. Por mi parte, no, pues tan pronto como Lumen retrocedió por el disparo de la escopeta, aproveché ese instante para activar y disparar una de las granadas que venían dentro de mi arma, desde el lanzagranadas integrado. Pequeñas, sí, pero increíblemente poderosas.

El efecto es inmediato. La armadura de Lumen, ya dañada y agrietada por nuestros disparos anteriores, ahora muestra boquetes más grandes en la parte inferior de su torso y en sus piernas. Su imponente figura se tambalea con violencia, y la luz de su cabeza parpadea erráticamente, como una vela en medio de un huracán.

—¡Oficial, ahora! ¡Dispare a su espalda, en los dorsales y después en la zona lumbar! –Le grito, señalando con el cañón de mi arma los puntos que, según mis conocimientos de estas antiguas armaduras, ahora deben estar más expuestos o ser estructuralmente vulnerables tras el desequilibrio causado por la explosión.–

—¡Bien! –Responde él sin dudar, su voz un eco de determinación. Y el Consecrator vuelve a la vida con una nueva y disciplinada ráfaga.–

El sonido de más disparos y los quejidos guturales y llenos de dolor de Lumen resuenan en el lugar, una sinfonía macabra de nuestra desesperada pero coordinada defensa.

—¡Munición! –Grita el Oficial Montenegro tras un momento, su arma silenciándose de nuevo con un “clic” vacío.–

—¡Aquí! –Respondo al instante, materializando otro de los cargadores que tomé del coche y lanzándoselo con un movimiento rápido y preciso.–

Por mi parte, sin darle un solo segundo de tregua, me acerco poco a poco, con la escopeta Seraphim firmemente aferrada, sin dejar de descargar cuántas balas puedo contra su forma ahora claramente sufriente. Busco acabar con esto de una vez por todas, antes de que pueda recuperarse o de que sus abominables compañeros decidan, de alguna manera, unirse a la “fiesta”.

—En serio, muy poderosa esta arma pero para Demonios de Alto Rango no sirve para nada –Murmuro para mis adentros con frustración, mientras la última munición de la escopeta Seraphim se agota con un chasquido seco y vacío– Hasta las espadas de la antigüedad duran más que estas malditas armas modernas.–

Sin que me diera cuenta, justo cuando Lumen, con su armadura humeante y agrietada, intentaba erguirse de nuevo tras mi última andanada, un intrincado Círculo Akrani, el clásico Atrapa-Demonios, se materializa bajo sus pies con la velocidad de un relámpago. Líneas de un blanco incandescente, como tiza líquida de pura ley, surgen del asfalto, tejiendo en una fracción de segundo complejos patrones geométricos y sellos arcanos que envuelven la base donde se encuentra Lumen, formando una jaula de luz sagrada.

Sorprendido, dirijo mi mirada hacia el Oficial Montenegro. Lo encuentro con una mano extendida, los dedos ligeramente curvados, en la típica postura de alguien que está canalizando o concluyendo un Hechizo complejo. Sus labios se mueven levemente, susurrando palabras en un dialecto antiguo que no alcanzo a oír, pero cuya resonancia de poder es innegable.

—¿También sabe hacer eso eh? –Pregunto, y un atisbo de genuina sorpresa se filtra en mi voz– ¿No que no podía usar Magia?

—Chico, he estado en este negocio desde los 25 años, sé muchos trucos que no vienen en los manuales –Responde él, bajando la mano, aunque sin relajar ni un ápice su postura de combate. Su pecho sube y baja con el esfuerzo– Y respecto a la Magia, acabo de castear un Círculo Especial, uno que no necesita de mis propias Energías para funcionar, sino que utiliza la fe, la simbología pura y por supuesto, energía de mi propia Alma. Es lento, peligroso y agotador, pero efectivo.–

—Asiento– Si, sí, sí –Digo, mi tono volviéndose típicamente sarcástico para ocultar mi asombro– Usted lo sabe todo, por lo que veo. Espero que me lo enseñe después.–

Lumen, ahora atrapado dentro del círculo brillante, vuelve a levantar su cabeza-lámpara. La luz en su interior se intensifica, y su cuerpo comienza a brillar con una energía oscura y pulsante. Es un claro signo de que intenta activar su formidable capacidad de regeneración para reparar el daño masivo que le hemos infligido.

Sin embargo…

—¿Qué? –Murmura, y esta vez el desconcierto en su voz espectral es absoluto e innegable.–

Su intento falla estrepitosamente.

El Círculo Akrani no solo los atrapa físicamente, sino que su función más célebre es la de bloquear todas las Habilidades sobrenaturales de la entidad contenida, incluyendo su regeneración acelerada.

Así, la energía oscura que comenzaba a acumularse en él se disipa con un siseo frustrado, como vapor escapando de una caldera rota, repelida por la luz blanca del sello. Está atrapado. Herido. Y sin poderes.

—¡Jajaja!–

Entonces, una carcajada escalofriante, completamente desquiciada, brota desde el interior del yelmo-lámpara de Lumen. Es un sonido que no tiene nada de humano ni de divertido. Es el eco de una mente rota, de una furia tan impotente que se manifiesta como una risa que hiela los huesos, una risa que promete que, incluso sin sus poderes, el horror apenas ha comenzado.

—¿Se volvió loco este? –Pregunta el Oficial Montenegro en un susurro tenso, su ceño fruncido mientras mantiene su Consecrator firmemente apuntado, listo para disparar ante cualquier movimiento sospechoso por parte de la criatura atrapada, a pesar de que no tiene balas–

—Probablemente se dio cuenta de que su fuerza bajó tanto que un simple Círculo Akrani es capaz de detenerlo –Respondo en voz baja, observando a Lumen con una mezcla de cautela y un frío análisis clínico–

Muchos Demonios, independientemente de su Rango inicial, pueden ser capturados o derrotados si su poder disminuye considerablemente. Por eso mismo es que la mayoría, incluso los más poderosos, prefieren los ataques sorpresa y se retiran en cuanto detectan un peligro inminente o una desventaja táctica clara. Sin embargo, los únicos que suelen ignorar esta prudencia son los de más Alto Rango, aquellos por encima del Rango Conde en la jerarquía infernal. Su inmenso poder a menudo los vuelve demasiado confiados, arrogantes hasta el punto de la ceguera, incapaces de reconocer su propia vulnerabilidad cuando las tornas cambian.

—Bueno, Lumen siempre ha sido bastante narcisista, confía demasiado en sí mismo y en el terror que inspira –Añado, compartiendo mi conocimiento con el Oficial–

Dejo escapar un suspiro, una mezcla de cansancio y la sombría satisfacción de ver a un enemigo tan formidable como él atrapado, aunque sea temporalmente, por el ingenio y la preparación del Oficial Montenegro.

Sin embargo, tan pronto como el eco de mi suspiro se desvanece, la risa desquiciada de Lumen cesa abruptamente. El silencio que deja es pesado y amenazante. El brillo ígneo de su yelmo-jaula se enfoca en mí con una intensidad renovada.

—Eres un hueso duro de roer, Sariel –Dice Lumen. Su voz espectral ha perdido la histeria, reemplazada por una calma depredadora. Inclina su cabeza, y a pesar de la ausencia de ojos, siento una mirada penetrante, analítica, clavándose en mí– Pero, ¿de verdad crees que es tan simple matarme? –Pregunta, y un atisbo de su antigua y petulante arrogancia vuelve a su tono– Fui escogido por el Amo Luciel, yo llamé su atención, yo soy especial para él–

—Una sonrisa irónica, cruel y afilada se dibuja en mi rostro– ¿Si sabes que Luciel solo te escogió porque le hacías reír debido a tu cabeza, no?–

—¿Qué? –El titubeo en su voz es mínimo, pero perceptible.–

—¿Nunca te lo dijo? –Presiono, disfrutando momentáneamente de su desconcierto, clavando la daga verbal un poco más profundo– Siempre que te ve, no puede evitar carcajearse por dentro. ¿O es que acaso no has notado el esfuerzo que hace para mantener la compostura? Tu existencia es su chiste privado favorito.–

La ilusión de su importancia se rompe. Un suspiro de cansancio, esta vez uno genuino y cargado de una amargura de siglos, se escucha desde el interior del yelmo.

—Como sea, puede que Luciel me haya escogido por eso –Concede, y su voz recupera un matiz peligroso, el de una bestia que ha sido herida en su orgullo y ahora es doblemente letal– Pero, ¿es lo mismo con Él?–

Él.

Nuevamente ese pronombre. Cargado de un significado que se me escapa, pero que resuena con una alarma creciente en lo más profundo de mi ser.

—Van varias veces que escucho de Él, ¿acaso-?–

—¡Ja, ja, ja! –Antes de que pueda continuar mi pregunta, una nueva carcajada de Lumen, esta vez llena de una burla triunfante y condescendiente, me interrumpe– ¿Pero qué has estado haciendo todos estos años, Sariel? ¿En qué cueva te has metido que no te has enterado de nada de lo que pasa en este mundo? –Pregunta, su tono cargado de un desprecio absoluto– ¿Acaso decidiste sumergirte por completo en los placeres carnales, tal y como lo hacía tu hermana? ¿Tan ocupado estabas que te perdiste de las noticias más importantes?–

—…–

Guardo silencio ante su último dardo, porque es uno que da dolorosamente en el blanco.

Lo admito, para mis adentros. Tiene razón. Prácticamente antes de la pérdida de mis poderes, y sobre todo después del inmenso dolor por la pérdida de Astel, me sumergí en los placeres carnales con una dedicación desmedida. Fue una torpe y patética forma de intentar superar su pérdida, o quizás, simplemente para intentar sentir algo que no fuera ese vacío gélido y eterno que se había instalado en mi pecho.

Así que sí, tiene razón. Esta desconexión del mundo que me rodeaba era palpable. Y si bien mi sistema integrado me proporcionaba informes y resúmenes de noticias, no era lo mismo que presenciar los acontecimientos con mis propios ojos, que sentir el pulso y las corrientes subterráneas de poder en el mundo Inmortal. He estado ciego. Y esa ceguera, ahora me doy cuenta, puede costarme muy caro.

—Sariel –Lumen me habla, y su voz espectral, despojada de toda burla, recupera una seriedad que pone todos mis nervios en alerta máxima– Te daré un buen consejo por los viejos tiempos –Dice, y la luz de su yelmo-jaula parece estabilizarse, enfocándose en mí con una fijeza casi hipnótica, un silencio premonitorio cayendo sobre la cancha– Prepárate para más adelante. Tú, y esa chica–

—¿Qué cosa? –Alcanzo a preguntar, y una nueva ola de aprensión, fría y pesada, me recorre por completo.–

Y justo cuando estaba a punto de insistir para que aclarara su ominosa advertencia, el suelo bajo nuestros pies comienza a temblar con una violencia sorda.

—¡…!–

El asfalto de la cancha se agrieta, y de la espalda de Lumen, de las sombras que se aferran a su armadura, una serie de apéndices sombríos, zarcillos de una oscuridad tangible y palpitante, surgen con una velocidad explosiva. Se disparan directamente hacia mí, no como brazos, sino como serpientes infernales, a una velocidad tan irreal que el tiempo mismo parece ralentizarse.

Sin embargo, antes de que esas garras espectrales puedan siquiera rozarme, el Oficial Montenegro, con un grito ahogado y gutural, me empuja con una fuerza sorprendente a un lado, interponiéndose él mismo en la trayectoria de la horrenda acometida.

—¡Oficial! –Exclamo, mi voz cargada de un shock y una repentina angustia al verlo sacrificarse por mí.–

Los brazos etéreos, como si tuvieran mente propia, se cierran sobre él como grilletes de pesadilla, enredándose en sus extremidades y su torso. Lo arrastran sin piedad por el suelo roto hacia la imponente figura de Lumen. Este, al ver que su presa no soy yo sino el Oficial, hace una mueca de puro y absoluto disgusto, si es que tal cosa es posible para alguien con una lámpara por cabeza. La luz de su yelmo parpadea con una irritación violenta.

—¡Maldita sea! –Chasquea la lengua, o al menos eso simula el sonido metálico que emite– Esa era toda la fuerza qué tenía. Que Habilidad más desperdiciada–

Antes de que pueda siquiera pensar en tomar un arma para ayudar al Oficial, que yace atrapado pero vivo a los pies de Lumen, una luz diferente, pura y dorada, comienza a bañar el borde oriental del cielo. Los primeros rayos del sol, incipientes pero inconfundibles, cortan la oscuridad de la madrugada. Y como si parecieran comprender la desesperada situación, llegan antes de su tiempo calculado, dispuestos a ofrecer una salvación inesperada.

—¡NOO!–

Lumen, aterrado, alza su yelmo-jaula hacia el cielo. Para su horror, y para nuestro increíble alivio, se da cuenta de que ya está amaneciendo. El terror en su grito es genuino, visceral; es el pánico de una criatura de la noche enfrentada a su aniquilación fundamental.

—¡Ja, ja, ja!–

Sin embargo, tras unos segundos de aparente pánico, una carcajada gutural y áspera brota de nuevo del yelmo-jaula de Lumen. Es una risa que ya no tiene la locura de antes, sino un matiz de amarga y total aceptación.

—Está bien, ganaste –Dice, y su voz espectral, aunque aún cargada de una resonancia antinatural, lleva un tono de resignación casi pasmosa–

Una de las pocas, y quizás más peligrosas, cualidades de Lumen es que sabe cuándo ha sido derrotado. Recuerdo los informes de su captura original, antes de su transformación infernal; una vez superado y sin escapatoria, simplemente aceptó sus crímenes y el veredicto de sus jueces con una extraña e inquietante impasibilidad. No lucha batallas que ya ha perdido. Y esta, por ahora, la ha perdido.

—Pero, que hayas ganado no significa que me vaya a conformar –Sisea Lumen, y la luz dentro de su yelmo-linterna parpadea con una nueva y malévola intención, un pulso de puro odio.–

Un escalofrío helado, nacido no del miedo sino de una premonición terrible, me recorre la espalda. Instintivamente, alzo la pesada escopeta Seraphim que aún empuño, apunto al centro de su ser, pero al presionar el gatillo solo se oye un chasquido metálico, seco y vacío.

—¡Mierda! –Exclamo con una frustración que me quema la garganta–

De inmediato, trato de buscar más munición en mi Almacén Dimensional, mis manos palpando frenéticamente en la nada conceptual, buscando otro cargador, cualquier cosa. No obstante, no encuentro nada. Solo las frías granadas sónicas, inútiles debido a que tiene de rehén al Oficial Montenegro.

—¿Se agotó todo? –Pregunto en voz alta, la incredulidad tiñendo mi voz mientras miro mis manos vacías, sintiéndome repentinamente indefenso.–

Fwoosh

El sonido crepitante de algo quemándose se escucha de repente, agudo y distintivo, como papel de seda en una hoguera. Casi al mismo tiempo, un olor acre a ozono y a esencia corrupta consumiéndose llena mis fosas nasales.

Rápidamente dirijo mi mirada de vuelta hacia Lumen. Observo cómo los apéndices etéreos y oscuros que aún aprisionaban al Oficial Montenegro comienzan a chisporrotear y a deshacerse. Como si una llama invisible y sagrada los estuviera devorando desde dentro hacia fuera bajo la creciente e implacable luz del alba.

Un suspiro de alivio puro escapa de mis labios. Por un instante temí que Lumen, en su último acto, intentara arrastrar al Oficial consigo a cualquier destino infernal que le aguardara. Lo que pensé que iba a suceder, su amenaza directa contra su rehén, no pasó como temía. Leon estaba siendo liberado.

—¡SARIEL, TE VERÉ MUY PRONTO EN EL JARDÍN DEL EDÉN!–

La voz furiosa de Lumen, ahora un alarido de puro rabia y un desafío eterno, resuena en mis oídos. El fuego que consume sus extensiones etéreas parece contagiarse a su propia armadura; pequeñas llamas azuladas y negruzcas comienzan a brotar de las fisuras de su coraza. El brillo de su yelmo-jaula se vuelve errático y violento. A su vez, los rayos del sol, ahora más directos y potentes, comienzan a bañar la cancha con una luz dorada e implacable, impactando de lleno su figura. Con cada segundo que pasa, Lumen se desespera más y más, su forma comenzando a humear visiblemente bajo la luz purificadora del amanecer.

—¡Ya muérete maldita sea! –Grito, la tensión acumulada durante toda la noche y la visión del amanecer haciéndome perder la poca compostura que me quedaba.–

Pero entonces, justo cuando pienso que Lumen está a punto de ser completamente consumido por las llamas sagradas del sol, cuando su esencia oscura parecía disolverse en volutas de humo y ceniza, algo sucede con una velocidad aterradora e imprevista.

—¡Aghhh!–

Un grito desgarrador, gutural y lleno de un dolor insoportable, rasga el aire de la madrugada.

Pero esta vez no es la voz de Lumen.

—¡LEON!–

Mi grito es un eco de pura incredulidad y horror. Atónito, lo único que puedo hacer es observar, paralizado por un instante helado, cómo el último de los brazos etéreos de Lumen, uno que pensé que ya se había consumido, se tensa y se solidifica en un instante. Se retuerce sobre sí mismo, transformándose en una lanza de sombras afilada y letal. Y con una precisión maligna, esa extensión de su ser moribundo se dispara hacia adelante, atravesando limpiamente el pecho del Oficial Montenegro, justo en el área donde el corazón de un hombre debería latir.

—¡JA, JA, JA!–

La carcajada de Lumen, ahora triunfante, demencial y llena de un odio helado y satisfecho, es lo último que resuena en la cancha. Su figura es finalmente devorada por completo por los rayos del sol, desintegrándose en una explosión final de ceniza negra y luz corrupta que el primer viento de la mañana comienza a dispersar, como si nunca hubiera estado allí.

—¡Hijo de perra! –Exclamo, y la palabra es un desgarro en mi garganta, la furia y una desesperación cruda y absoluta rompiendo cualquier barrera de mi antiguo autocontrol.–

Rápidamente, salgo del trance de horror que me había aprisionado y corro hacia el Oficial Montenegro. Mis pies golpean el asfalto roto, ignorando los escombros, mi mundo entero reducido a su figura, que ahora yace tendida e inmóvil sobre el frío suelo de la cancha. La lanza de sombras que lo atravesó se disuelve en el aire al mismo tiempo que los últimos vestigios de Lumen, dejando tras de sí una herida horrible, limpia y perfecta en su letalidad.

Un charco de sangre oscura comienza a extenderse rápidamente bajo su cuerpo, tiñendo de un carmesí espantoso el amanecer que despunta.

—¡Funciona puta madre, funciona! –Grito, y mi voz es casi un sollozo de pura angustia mientras me arrodillo junto al cuerpo caído del Oficial Montenegro, evoco palabras antiguas, palabras de poder curativo que no he necesitado usar en milenios.–

De inmediato, tomo su cuerpo entre mis brazos, mis manos temblando mientras las coloco sobre la herida espantosa en su pecho, de donde la sangre brota con una profusión alarmante. Intento desesperadamente canalizar la más básica Magia de Sanación, una que he usado incontables veces a lo largo de los eones para curar desde rasguños triviales hasta heridas que habrían sido mortales para cualquier ser inferior. Sin embargo, es inútil. La maldita magia no reacciona para anda.

—¡Puta mierda!–

Lamentablemente, todos mis intentos son en vano.

El bloqueo de mis poderes, esa maldita y casi total reducción, también había afectado hasta la más fundamental de mis capacidades curativas. La impotencia es un veneno amargo que me quema por dentro, un ácido que corroe mi alma.

—¡Mierda, mierda! –Exclamo, golpeando el suelo con el puño cerrado, la desesperación arañándome la garganta y amenazando con ahogarme.–

Con una urgencia febril, suelto a Leon por un momento y busco frenéticamente en los bolsillos de su traje hasta encontrar su teléfono móvil. Mis dedos, torpes y manchados de su sangre luchan con la pantalla lisa, intentando marcar el número de emergencias.

—911, ¿Cuál es su emergencia? –Responde una voz femenina al otro lado de la línea, tranquila, profesional, un contraste tan discordante y surrealista con el horror de la situación que casi me hace gritar de pura frustración.–

—¡Oficial herido, envíen una ambulancia al Centro Recreativo Lanel, a las afueras de la Ciudad! ¡Rápido, se está desangrando! –Exclamo, el pánico y la desesperación tiñendo cada una de mis palabras, mi voz probablemente irreconocible, rota.–

—¿Oficial herido? –Pregunta la operadora, y puedo percibir un cambio inmediato en su tono, ahora con una nota de sorpresa y alerta máxima..–

—¡Maldita sea, el Oficial Leon Montenegro Solís, comandante de la Estación del Distrito de Morian! ¡Ha sido gravemente herido! ¡Envíen una puta ambulancia ya! –Bramo, perdiendo por completo el control, mi grito un eco desesperado en la quietud del nuevo día.–

Justo cuando mi enojo y mi angustia amenazan con desbordarse por completo, siento una mano ensangrentada, débil pero con una firmeza sorprendente, tomar el teléfono de mi agarre.

Es el Oficial Montenegro. Con un esfuerzo visible que hace que su rostro se contraiga de dolor, aparta el aparato de mi oreja y, con un movimiento lento y deliberado de su pulgar ensangrentado, cuelga la llamada, sumiéndonos de nuevo en un silencio solo roto por su respiración dificultosa y mis propios jadeos de pánico.

—¡¿Qué mierda haces?! –Exclamo, mi voz una mezcla de incredulidad y un enfado que nace de la pura y absoluta desesperación al verlo colgar la llamada de emergencia. Es una reacción tan visceral que rompe mi formalidad habitual. Pero, para mi sorpresa, su rostro, a pesar de estar pálido como la cera, con una mueca de dolor que contrae sus facciones, también muestra una extraña y escalofriante calma.–

—Niño, no importa –Responde con una dificultad terrible, cada palabra un esfuerzo visible, su respiración entrecortada y húmeda– Esto… ya estaba planeado que sucediera–

—¿Qué? –La confusión se arremolina en mi mente, desplazando momentáneamente el pánico, dejándome sin palabras.–

—¿Recuerdas porque te pedí que cuidaras de mi hija? –Pregunta, y una gota de sangre escapa de la comisura de sus labios, trazando un camino carmesí por su barbilla– Ya sabía que esto era… inevitable–

—¿Qué? –Vuelvo a preguntar, mi voz apenas un susurro, la incredulidad marcada a fuego en mi rostro mientras lo observo, tratando de encontrarle sentido a su delirio.–

Y entonces, como un relámpago en la oscuridad de mi mente agitada, un recuerdo ancestral emerge, una pieza de lore Sehwert casi olvidada, un secreto a voces susurrado en los textos más antiguos y en los pasillos de sus bases ocultas. Una habilidad única, legendaria, nacida de una confluencia de poder y un destino ineludible.

—¿Previsión? –Musito, la palabra apenas audible, pero cargada de un peso inmenso al comprender su implicación.–

Hace eones, durante la Era de la Creación, antes de que Astel y yo confirmáramos nuestra relación, a una ambiciosa y pragmática Sehwert se le ocurrió que la mejor manera para combatir a una Entidad de poder superior al de la propia Diosa Astel, era acostándose con esta para comprender su esencia. Debido al contacto íntimo con esta Entidad, esa Sehwert, y por extensión su linaje, desarrolló una habilidad sumamente poderosa: la Previsión una habilidad que permite ver los hilos del pasado y las sendas ramificadas del futuro.

Aunque, la claridad y el alcance de estas visiones siempre han dependido de la fuerza inherente y de la conexión del Sehwert con esta fuente de poder.

Y, parece que, después de todo, este poder se terminó convirtiendo en su insignia, su secreto mejor guardado, tal vez transferida a través de su repertorio de habilidades obtenidas mediante «Copia» o transmitida de generación en generación.

Y por si se lo preguntan, sí. Esa Entidad, la fuente de su Habilidad más poderosa y secreta, era yo.

Fue una Sehwert bastante ingenua y calculadora quien terminó haciendo eso, una que no se comparaba en nada a la segunda Sehwert con la que traté milenios después

—Si –La respuesta del Oficial Montenegro, aunque débil, es firme y confirma mis peores sospechas. Sus ojos, llenos de dolor pero también de una extraña paz, se clavan en los míos– Cuando me dijiste que eras un Ekstern, allí, en esa Prisión… la visión del futuro vino a mí. Vi esto. Vi este momento.–

Las palabras del Oficial Montenegro me dejan completamente atónito. Un torbellino de confusión y una amarga y terrible comprensión se arremolina en mi interior, mientras veo cómo la lanza de sombras, ahora desvanecida, ha dejado un agujero limpio en su pecho, haciendo que cada una de sus respiraciones se torne en un esfuerzo agónico.

—¿Entonces por qué no me lo dijiste? –Mi voz quebrada por una desesperación que nunca antes había experimentado con tanta crudeza.– Pudimos haber hecho algo! ¡Pudimos haber encontrado una forma de evitar esto!–

—Niño, el Destino es inevitable –Responde el Oficial Montenegro, y una leve y triste sonrisa se dibuja en sus labios ensangrentados. Su tono, a pesar del dolor evidente que lo consume, está lleno de una calma desoladora y absoluta– Si hubiera intentado evitar esto… solo vendría algo peor.–

—… –Guardo silencio, incapaz de replicar, un peso helado oprimiéndome el pecho y ahogando cualquier argumento.–

Lamentablemente, no puedo evitar estar de acuerdo con sus palabras. Los registros ancestrales de aquellos pocos Sehwert bendecidos, o maldecidos, con la Previsión son claros y unánimes en su tragedia. Los incontables intentos de evitar un destino de muerte visualizado sólo han conducido a calamidades mayores, a sufrimientos más extendidos, a destinos peores que la propia muerte.

Por eso, al final, se forjó un acuerdo tácito entre ellos, una sombría y valiente aceptación de su sino, comprometiéndose a enfrentar su destino original sin intentar alterarlo, para proteger a los demás del horrible coste de su supervivencia.

—Chico… –Una tos dolorosa y húmeda sacude su cuerpo, y más sangre brota de sus labios, manchando su traje– Te encargo a mi niña… –Otra tos, más débil– Cuídala… –Y otra más, su cuerpo temblando– Protegela… –Y otra, su voz ahora un susurro apenas audible– Enséñale… –Sus ojos se clavan en los míos, suplicantes– Guíala, y sobre todo… –Y una última y superficial tos– Hazla… Feliz–

Impotente, con un nudo en la garganta tan apretado que me impide hablar, solo puedo asentir vigorosamente una y otra vez, mis ojos ardiendo con lágrimas que me niego a derramar. Le aprieto el hombro, esperando que el gesto pueda transmitir la solemnidad del juramento que estoy haciendo en silencio.

—Te dejo a mi más preciado tesoro… en tus manos… –Murmura, y su mirada, fija en la mía, está llena de una confianza tan absoluta, tan pura, que me desgarra el alma.–

Vuelvo a asentir, incapaz de articular palabra, mi rostro una máscara de dolor. Y entonces, siento cómo la vida se desvanece de él. La luz en sus ojos se apaga, su mano, que se había aferrado a mi brazo, cae lánguidamente, y su último aliento escapa en un suspiro silencioso.

A pesar de haberlo conocido hace apenas unas pocas y caóticas horas, le había guardado un respeto y un cariño inesperados. Incluso llegué a pensar, después de haber pasado por todo esto juntos, que en el futuro podría haberse convertido en un gran amigo, un aliado improbable en este mundo extraño. Sin embargo, la realidad, siempre cruel e implacable, ha resultado ser brutalmente diferente.

Así que, con la solemnidad que el momento y mi juramento exigen, me inclino sobre él, mi voz un susurro firme para que no tenga dudas.

—Oficial, le prometo que cumpliré con el trato que hicimos. Incluso si me cuesta la vida, haré todo lo que usted me pidió. –Le digo, y mi propia voz, que ha comandado a seres de inmenso poder, ahora está casi ahogada por la emoción, pero trato de forzar una sonrisa tranquilizadora– La cuidaré como si fuera mía–

—Una leve sonrisa, casi imperceptible, se esboza en su boca ensangrentada, un último destello de su carácter irónico y tenaz– Eso espero. –Responde, y su voz es apenas un aliento, un susurro que se mezcla con el viento del amanecer– Si no lo haces…, haré todo lo posible…., para revivir…, y darte una lección…–

—A pesar del dolor y la inminente tragedia que nos envuelve, mi propia sonrisa forzada permanece, un intento patético de transmitir una tranquilidad que no siento– Si lo creo capaz… –Respondo, y la tristeza que se había estado acumulando finalmente se desborda en mis palabras, pesada e incontenible.–

Lentamente, con una finalidad cruel, siento cómo el calor del cuerpo del Oficial Montenegro comienza a disiparse entre mis brazos. Su respiración, antes entrecortada y dolorosa, se vuelve más superficial, más espaciada, cada inhalación un triunfo frágil, cada exhalación un paso más cerca del silencio.

Su vida se extingue poco a poco frente a mí, y yo, Sariel, un ser de eones, el creador de prácticamente la mayoría de lo que constituye este mundo, el que ha visto nacer y morir estrellas, soy completamente incapaz de hacer algo para evitarlo.

Es una impotencia que me consume, que me quema por dentro más que cualquier fuego.

—Buena suerte… a ambos… ––Susurra, y sus ojos, que habían estado fijos en los míos con una mezcla de dolor, confianza y una extraña serenidad, comienzan a perder su enfoque. Son sus últimas palabras, un deseo final, una bendición lanzada al viento frío de la madrugada que ya se tiñe con los primeros y hermosos colores del alba.–

Su mano, que aún aferraba débilmente la mía, se afloja y cae inerte a un costado, golpeando suavemente el asfalto. El último y suave aliento escapa de sus labios entreabiertos como una voluta de vapor en el aire frío. Y la luz, la inteligencia y la voluntad de hierro en sus ojos, se apagan por completo.

Ahora, el Oficial León Montenegro Solís, el hombre que conoció su destino y lo enfrentó con una valentía estoica para salvarme, yace sin vida. Mi primer y único amigo en este nuevo y solitario capítulo de mi existencia.

Y es en medio de esa quietud sepulcral que lo escucho. Primero, es un gemido casi imperceptible en el horizonte, un sonido tan débil que podría ser una jugarreta de mis oídos. Pero luego crece. El lamento se vuelve un aullido, un ulular penetrante que comienza a desgarrar el aire del amanecer, acercándose con una velocidad implacable. Luego vienen las luces. Destellos de rojo y azul que parpadean en la lejanía, barriendo las copas de los árboles, pintando los escombros y el césped destrozado con pinceladas intermitentes de pánico y urgencia.

La realidad se estrella contra mí, rompiendo el velo de mi estupor. Las agudas y penetrantes sirenas de vehículos de emergencia, probablemente la ambulancia que logré solicitar y las patrullas de policía alertadas por los disturbios, se dirigen directamente hacia nuestra posición en esta ensangrentada y ahora ruidosa cancha de baloncesto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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