El Advenimiento de las Tres Calamidades - Capítulo 523
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Capítulo 523: La Ciudadela [2]
Pip, pip—
Los familiares pitidos.
…Los familiares destellos de verde, amarillo y rojo.
Di, di.
Y la cuenta atrás que vino poco después.
—…
Miré la escena que se presentaba ante mí, sin aliento. No tenía palabras. Al mismo tiempo, el mundo que me rodeaba me resultaba muy familiar.
Desde los altos pilares que se extendían hasta el cielo, como si intentaran tocar el sol, hasta la gente que caminaba por la acera con los ojos pegados a sus teléfonos.
Espera, ¿teléfonos…?
—Ah, sí. Esos aparatos de ahí se llaman teléfonos. Solo puedes usarlos aquí y son bastante prácticos. ¿Quieres uno?
Cuando levanté la cabeza, el joven de antes habló, con las manos en los bolsillos.
Siguió a los demás, cruzando la calle.
Saliendo de mi ensimismamiento, lo seguí.
—¿Teléfonos? ¿Para qué los necesitaría uno?
El hombre solo me sonrió.
Su forma de mirarme me hizo sentir como un paleto de pueblo ingenuo.
Maldito…
Solo estoy actuando. ¿Crees que de verdad no lo sé?
—En lugar de decírtelo, es mejor que lo experimentes por ti mismo.
—Espera, ¿voy a tener uno?
—Por supuesto que sí. No podrías vivir sin uno en este lugar o en las otras estaciones.
—…Oh.
Supongo que no ha cambiado mucho desde aquella época en mis recuerdos.
Los teléfonos eran prácticamente una adicción.
—Hemos llegado.
Nos detuvimos frente a uno de los muchos rascacielos que se esparcían por el espacio. Podía contar quince desde donde estaba, y a lo lejos, podía ver aún más. ¿Cuántos había?
Ssshhh—
Mientras las puertas se abrían automáticamente, levanté una ceja, fingiendo sorpresa.
—Je.
Eso le arrancó una risita al maldito.
Sí, su nombre era Maldito.
—Bastante ingenioso, ¿verdad?
Señaló una pequeña caja sobre las puertas.
—… Arriba hay un sensor que detecta tus movimientos y activa el mecanismo que te abre las puertas. Lo mejor de todo es que no utiliza nada de maná. Todo funciona con electricidad.
—¿Electricidad?
Me tapé la boca para mostrar mi asombro.
Un asombro digno de un premio.
—Es muy impresionante.
—¿Verdad?
El maldito se rio de nuevo y entró en el edificio. Al mismo tiempo, mientras me daba la espalda, oí su leve murmullo: «¿Que tu cara no cambia mucho? Pfff… Deberías haber visto las caras que ponías al mirar las puertas».
Me rasqué el interior de la oreja.
«¿Me he pasado?».
—Hola, ¿vienes a registrarte?
Cerca de la entrada del edificio, una joven de pie detrás de un elegante escritorio rectangular de mármol me saludó con una sonrisa radiante. Con solo una mirada en mi dirección, pareció comprender al instante el propósito de mi visita.
—Sí, es nuevo aquí. Hemos venido para que se registre y ayudarle a conseguir un teléfono.
—Entiendo, muy bien.
Con una sonrisa radiante, extendió la mano en mi dirección.
Ladeé la cabeza en respuesta a su acción. ¿Qué quería que hiciera? ¿Estrecharle la mano?
—Tu mano.
Afortunadamente, el maldito intervino para aclarar, señalando mi brazo derecho mientras se bajaba la manga para revelar su propio símbolo. Era diferente al mío, parecía un panal de cuatro partes.
Entonces lo entendí y me quité todo del brazo, revelando un trébol de cuatro hojas.
—¿Cielo Invertido? ¿Imperio Nurs Ancifa?
—Correcto.
—Un invitado poco común.
Agarrándome el brazo, la mujer sacó un extraño dispositivo de escaneo y lo pasó por encima de mi brazo. Poco después apareció una línea holográfica roja y, tras unos segundos de tensión, me soltó y se sentó mientras clavaba la vista en el ordenador que tenía delante.
—Todo está en orden, ¿me dices tu nombre?
—…Julián.
—¿Apellido?
—Evenus.
—Déjame ver si te tenemos en nuestra base de dat…
Su rostro se congeló a mitad de la frase; el repentino cambio en su expresión fue imposible de pasar por alto. Incluso el maldito se dio cuenta.
—¿Qué pasa?
Sintió tanta curiosidad que se inclinó detrás del escritorio para echar un vistazo a la pantalla y fue entonces cuando él también se percató de lo que fuera que había en el ordenador, pues sus ojos se abrieron de par en par.
—Esto…
Levantó la cabeza para mirarme.
En ese momento, sentí un cambio en el ambiente y empecé a ponerme tenso.
«¿Qué está pasando? ¿Por qué reaccionan así de repente?».
Siendo realistas, sí que formaba parte de la organización. Sin embargo, nunca había estado aquí. ¿Me perdí algo? ¿Acaso yo…?
Fue entonces cuando ocurrió.
Fss, fss—
Ambos bajaron la cabeza apresuradamente ante mi presencia. Sus acciones estaban sincronizadas, casi como si las hubieran ensayado al mismo tiempo.
Todo empezó a encajar entonces, pero sus siguientes palabras me hicieron comprender del todo lo que estaba pasando.
—Saludamos a aquel bajo el Amanecer, el soberano de la luz.
Ah.
El mundo a mi alrededor pareció detenerse de repente ante el anuncio. Cuando miré a mi alrededor, vi que todo el mundo se había parado y me miraba con todo tipo de expresiones.
Sin embargo…
—Saludamos a aquel bajo el Amanecer, el soberano de la luz.
—Saludamos a aquel bajo el Amanecer, el soberano de la luz.
—Saludamos a aquel bajo el Amanecer, el soberano de la luz.
Su reacción no fue diferente.
Todos se inclinaron en mi dirección mientras me saludaban.
Solo pude maldecir mi situación en silencio.
«Ahora, no hay forma de que pueda salir de este lugar tan fácilmente».
*
La Ciudadela.
Con una población de casi trescientos mil habitantes, era una ciudad bastante grande. La urbe estaba dividida en siete zonas urbanas, cada una gobernada por su propio administrador. Cada zona contenía diferentes reglas y normas.
Por encima de los siete administradores, y el verdadero gobernante de la Ciudadela, estaba el Gobernador.
En este caso, el Gobernador Dreamist.
No se sabía mucho de él, aparte de que era muy poderoso. Ya fuera su edad o su apariencia, nadie lo sabía; sin embargo, tenía ojos por todas partes.
Nada escapaba a su control.
Su control sobre la Ciudadela era tan absoluto que parecía como si tuviera todo el lugar en la palma de su mano.
Nadie podía entender muy bien cómo lo conseguía, pero su mera presencia bastaba para disuadir a cualquiera de pensar siquiera en infringir la ley. A cualquiera que se negara a seguir las reglas, él sería capaz de saberlo.
Dependiendo del delito, algunos podían incluso aparecer muertos mientras dormían.
—Gobernador Dreamist, ¿eh?
Saliendo a toda prisa del edificio de registro, apenas conseguí disculparme y librarme de todas las miradas.
Sabía que en cualquier momento la noticia de mi aparición empezaría a circular, y mientras tanto quería encontrar una forma de cambiar mi aspecto. Por suerte, todavía tenía la máscara de antes y podía hacerlo en cualquier momento.
El único problema era si estaba permitido o no.
…Fue por esta razón que pensé en el Gobernador.
El hecho de que se supiera tan poco de él me ponía bastante aprensivo.
A quienquiera que le preguntaba, me daba la misma respuesta: «No lo sé», «Él es quien gobierna este lugar. Eso es todo lo que necesitas saber», «¿Quién eres tú?».
Solo su nombre parecía hacer que algunas personas temieran visiblemente.
—Qué fastidio.
Por otro lado, su nombre también podría ser una pista.
Soñador…
«¿Quizá puede hacer que la gente sueñe sin parar?».
Eso sería bastante espeluznante.
—Dicho esto…
Tapándome la boca, bostecé.
—Aaah.
Después de eso, bajé la vista a mis manos y saqué el teléfono que me habían dado. Elegante y negro, se sentía sorprendentemente ligero. Era delgado, con toda la superficie dominada por la pantalla sin bordes. Teniendo en cuenta la tecnología holográfica de los Imperios, me sorprendió que no hubieran añadido esa tecnología a los aparatos.
Por otro lado, podría hacer que los teléfonos parecieran demasiado complicados.
—Veamos.
Navegué por el dispositivo, revisándolo todo.
—Aaah.
Bostecé de nuevo.
En general, no había nada nuevo. Era lo que se esperaría de un teléfono. Tenía una cámara, una aplicación de mensajería, una de navegación, una para pagar, y así sucesivamente…
No había nada en él que pareciera diferente de los teléfonos que yo conocía.
Había incluso un libro de reglas dentro del teléfono, y cuando pulsé la aplicación, vi una interminable sarta de reglas que me mareó.
Cerrando esa pestaña, pulsé el mapa de navegación.
Fue ahí donde se me mostró el mapa completo de la Ciudadela, con todas las etiquetas y calles.
—¿Incluso hay un metro?
Qué lugar más loco.
Desde cafeterías a tiendas, y todo tipo de lugares que me resultaban familiares. Este lugar lo tenía todo. Sin embargo, lo que realmente atrajo mi atención fue un sitio en concreto.
[Museo de la Ciudadela]
Había algo en él que resultaba extremadamente tentador.
«Para construir un lugar tan grande, seguro que no fue fácil. Quizá pueda encontrar algunas pistas sobre Sithrus y tal vez incluso…».
Me detuve ahí.
Fuera como fuese, ya que estaba aquí, pensaba explorar un poco el lugar.
—Aaah.
Bostezando por lo que pareció la décima vez, di un paso adelante y seguí la dirección del dispositivo de navegación.
[Gire a la derecha por la calle Santa María]
Ciertos lugares estaban más concurridos que otros.
Cuanto más me alejaba de la zona en la que había estado antes, menos gente había, hasta que, finalmente, apenas había nadie a mi alrededor.
Mirando el mapa y viendo que seguía por el buen camino, doblé otra esquina y me metí en un callejón pequeño y estrecho. El callejón estaba oscuro, pero al no sentir ningún peligro, entré.
—Aaah, me siento algo cansado.
Quizá no dormí lo suficiente cuando estaba con Búho-Poderoso.
Me hice una nota mental para dormir más.
—Aaah.
Pero cuanto más caminaba, más cansado me sentía.
…Era casi inquietante.
Y…, antes de darme cuenta, la somnolencia empezaba a apoderarse de mi mente.
—Aaaah…
El mundo a mi alrededor empezó a tambalearse, moviéndose de izquierda a derecha, mientras una sensación de mareo se apoderaba de mí. Apoyado en la pared, tragué saliva con fuerza e intenté obligarme a despertar, pero por mucho que lo intentara, parecía casi imposible, y…
—¿Uh…?
Antes de darme cuenta, me estaba cayendo hacia delante.
¡Pum!
Mi visión se oscureció poco después.
Pero solo por un breve instante, ya que el mundo a mi alrededor cambió y de repente me encontré dentro de una pequeña oficina. Unos grandes ventanales se extendían ante mí, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad a sus pies.
Frente a los ventanales había un gran escritorio de madera, abarrotado de papeles, pero mi mirada se detuvo en la silla negra que me daba la espalda.
Ahí, pude sentir la presencia de alguien.
Criic—
Mientras la silla giraba lentamente, sentí que algo me oprimía la garganta.
—… Que un huésped tan estimado venga a mi ciudad, qué honor.
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