¡El Alfa Rechazado! - Capítulo 115
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115: CAPÍTULO 115 115: CAPÍTULO 115 Me levanté antes de darme cuenta de que lo había hecho.
No podía controlarme.
Me apoyé en la pared para sostenerme hasta que pude mantenerme en pie por mí misma.
Sentía las piernas pesadas, muy pesadas, como si de repente estuviera en un sueño.
Me acerqué a él con paso tembloroso, me detuve a unos metros y me quedé mirándolo fijamente.
Mirándolo a él.
¿Está aquí?
¿De verdad es él?
Pensé…
Pensé…
¿Estoy soñando?
¿Es siquiera real?
¿O estoy alucinando?
Tenía que asegurarme de que era real.
Extendí una mano un tanto vacilante, le toqué el pecho (¡de una forma puramente inocente!) y suspiré aliviada cuando mi mano no lo atravesó.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla.
Y no dejaba de pensar: «No está muerto.
Está vivo.
Aquí, conmigo».
Luchó por mí.
Me fijé en los moratones que cubrían su cuerpo y en el profundo tajo de su abdomen, que estaba cicatrizando, pero aún muy ensangrentado.
Sus ojos todavía brillaban, pero parecía cansado.
Cansado y agotado.
Pero seguía aquí.
Luchó.
Por mí.
Con una delicadeza de la que no lo habría creído capaz, su dedo apartó mi lágrima antes de que cayera al suelo.
Vencida por el alivio, me lancé hacia él por puro impulso y hundí el rostro en su pecho al abrazarlo.
Tenía las manos cansadas, pero me aferré a su espalda con toda la fuerza que pude reunir.
Simplemente necesitaba abrazarlo.
Parecía que eso me calmaba.
Pero adivina qué, aquí viene lo verdaderamente sorprendente.
Él también me abrazó.
Sus brazos ensangrentados se deslizaron lentamente alrededor de mi cintura y apretaron con suavidad, llenándome de sangre, pero no me importó.
Me estrechó contra él y hundió el rostro en mi pelo.
Su cálido aliento me acarició el cuello al exhalar.
Su cuerpo se sentía tenso bajo mi contacto, y aun así me dio todo el consuelo que necesitaba en ese momento.
No me di cuenta de cuánto lo había echado de menos hasta ese momento.
Ni siquiera me di cuenta de que podía echarlo de menos.
—Te dije que no hicieras ninguna estupidez, Adriane, ¿por qué no escuchas nunca?
—dijo mientras me estrechaba con más fuerza.
Lo único que podía sentir eran los golpes de su corazón y las vibraciones de su pecho al hablar.
No quería que este momento terminara, nunca.
¡Abrázame!
Y lo hizo.
Nos quedamos así hasta que se me cansaron las piernas y me temblaron un poco.
Fue solo una fracción de segundo, pero se dio cuenta.
Se soltó de mi abrazo, se agachó para cogerme en brazos y yo pasé los míos por su cuello para sujetarme.
Cada vez era menos consciente de lo que me rodeaba; quizá por eso simplemente deslicé los brazos a su alrededor y hundí el rostro en el hueco de su cuello.
Estoy segura de que fue por eso.
Se dirigió a una de las sillas menos desgastadas en la esquina de la miserable cabaña y se sentó en ella, conmigo en su regazo.
Nos sentamos allí en silencio; yo me había olvidado por completo de la guerra que se estaba librando fuera y que, probablemente, era culpa mía.
Pero no me importaba.
Llámenme egoísta, pero en ese momento no podía pensar en otra cosa.
Me sentía bastante mareada.
Después de un rato, Damon se apartó un poco para mirarme a la cara, sin soltarme del todo, cosa que le agradecí.
Vi que el brillo de sus ojos había disminuido considerablemente.
Me lanzó una mirada extraña.
Como si estuviera estudiando mis rasgos con seriedad.
Luego me olfateó ligeramente, examinando mi cuerpo hasta que sus ojos se posaron en la parte inferior de mi torso.
Volvió a mirarme a los ojos mientras llevaba la mano a mi camiseta y la levantaba lentamente.
Yo también bajé la vista.
Un líquido de color muy oscuro seguía goteando lentamente de las diversas perforaciones que tenía en el vientre.
Las estudió con cautela, así como la piel de alrededor, que estaba pasando del rojo a un tono frío de púrpura.
¿O era violeta?
No tenía ni idea.
Volvió a mirarme.
Me sostuvo la mirada un momento antes de hablar.
—¿Cómo te sientes?
—me preguntó, ladeando un poco la cabeza.
Pero no le di una respuesta audible.
Estaba demasiado ocupada pensando en no pensar.
—Mmm —suspire y dejé caer la cabeza de nuevo sobre su pecho.
Tenía la vista un poco borrosa, pero no me importaba.
Me sentía a salvo.
Aquí, con él.
Simplemente me sentía así.
Él suspiró.
Entonces me abrazó durante otros dos minutos o dos días, la verdad es que no lo sé.
Había perdido toda noción del tiempo.
Estuvimos así hasta que entraron unos hombres.
Sus pies golpeaban con fuerza las tablas del suelo de madera.
Los ruidos cesaron a pocos metros de nosotros.
Mis ojos, que ya estaban entrecerrados, consiguieron ver a los hombres.
Marcus y James.
O eso creo.
—¿Cómo está el perímetro?
—preguntó Damon, girando la cabeza para mirar a los hombres.
Mmm….
Me encantaba cómo su profunda voz vibraba en su pecho.
Ay, por favor, sigue hablando.
—Asegurado.
¿Cómo está ella?
—preguntó uno de ellos.
No sabría decir quién.
Empezaba a ver a cuatro de ellos.
O a ocho.
No estaba segura.
No se quedaban quietos el tiempo suficiente para que los contara.
—Acónito…, ¿trajiste lo que te pedí?
Inquirió Damon.
¿Acónito?
Yo no he tomado acónito.
¿O sí?
¿O tal vez sí?
Quizá por eso mi cuerpo tardaba tanto en curarse.
Mmm.
Lo único que oí a partir de ese momento fueron unos pasos que se acercaban y, después, una aguja perforando mi brazo.
Abrí los ojos de golpe mientras observaba cómo introducían el líquido azul claro en mi cuerpo.
Por cortesía de Marcus.
Mantuvo el rostro impasible mientras inyectaba los últimos restos del líquido azul en mi brazo.
Cuando terminó, volvió a ponerle el capuchón a la aguja y se guardó la jeringa en el bolsillo del pantalón corto.
—Ay —me quejé mientras me frotaba el brazo en un intento de calmar el dolor sordo.
El líquido que entraba a la fuerza en mi cuerpo dolía más que la aguja que me había perforado.
Odio las inyecciones.
Y últimamente me han puesto demasiadas.
—Shh…
—susurró Damon y depositó un ligero beso en mi frente, que me calmó más de lo que mi mano jamás podría haber hecho.
Mi cabeza fue víctima de nuevo del calor y el consuelo de su pecho.
Vaya, sí que estaba mareada, ¿no?
¿Quizá él también?
Aunque no pensé demasiado en ello.
Esta vez, me permití dejarme llevar…
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