¡El Alfa Rechazado! - Capítulo 119
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119: CAPÍTULO 119 119: CAPÍTULO 119 Me giré y vi que me dedicaba una expresión ligeramente perpleja.
Me expliqué mejor.
—¿Por qué viniste a por mí?
—Mi voz sonó baja mientras volvía a mirar por la ventanilla.
De repente, el coche me pareció demasiado pequeño.
Por su parte, hubo más silencio.
Me conformé con observar el lago que había justo al lado de la carretera por la que íbamos, reluciendo bajo el sol.
—Sinceramente, no lo sé —dijo su fría voz al cabo de un rato.
Le eché un vistazo.
Miraba al frente, pero esta vez parecía sumido en sus pensamientos.
—¿No lo sabes?
—Enarqué una ceja—.
¿Cómo puedes no saber por qué volaste al extranjero por mí?
—pregunté, desconcertada.
Quería saber su razón.
Solo necesitaba oírselo decir.
Cualquier cosa, pero tenía que decir algo.
Él se encogió de hombros con una mirada perdida en el rostro.
—Supongo que simplemente tenía que hacerlo.
Yo…, no quería que te fueras —dijo en voz baja.
No: negativo.
Me quería: positivo.
Que me fuera: negativo.
Y como esto es lengua y no física, los dos negativos se anulan para significar simplemente que me quiere.
No me importaba si lo había dicho directamente o no.
No había dicho que fuera su obligación porque ahora yo era la Luna.
Solo habló de sus deseos.
No lo hizo por deber, o al menos no del todo.
Esto era suficiente para mí.
Por ahora.
No hice más preguntas.
Él tampoco.
Nos quedamos sentados en silencio.
Ambos parecíamos perdidos en el complicado lío de nuestras mentes.
Llegamos un par de horas más tarde.
Incluso me quedé dormida en algún momento y me desperté, y ahora por fin estábamos de vuelta en casa.
Salí del coche y me estiré un poco, después de haber estado sentada en la misma posición durante tanto tiempo.
Me dirigí a la puerta principal a toda prisa para darme un buen baño caliente y largo y volver a meterme en la cama.
Quizá después de comer algo también.
Damon estaba a mi lado cuando Marcus se le acercó para decirle algo.
No esperé, sin embargo; sus asuntos probablemente no me concernían.
Aunque, ahora que soy la Luna, ¿quizá sí?
Ya pensaré en eso cuando esté alimentada y bien descansada.
Acababa de girar el pomo de la puerta cuando Damon habló a mis espaldas.
—Adriane, espera, hay unas perso…
—eso fue todo lo que oí antes de abrir la puerta de par en par y verlos.
Sentados allí.
En el sofá.
Mamá, Papá y Gabriella.
Hay muchas emociones que una persona debería sentir cuando por fin ve a su familia perdida hace tanto tiempo.
Quiero decir, después de unos dos años sin ver a mi familia, se supone que debería estar eufórica, ¿verdad?
¿Embargada por un sentimiento de alegría que sobrepasa todo entendimiento humano, pero que está directamente conectado con el mero vínculo que existe entre la familia?
Error.
Me quedé allí paralizada, mirándolos fijamente.
Por un momento me olvidé de mí misma y casi sonreí al verlos.
Casi.
El dolor, el rechazo y la decepción me inundaron de golpe.
Tuve que contenerme para no tener varios flashbacks.
Porque solo conseguirían que me doliera más.
Pero decidí enmascarar todos estos sentimientos con una mirada fría.
No podía dejar que me afectaran.
No lo haría.
Tenían mucho mejor aspecto que la última vez que los vi.
Bien arreglados y alimentados, ni un solo rasguño en sus rostros.
Impecable, la pequeña familia perfecta.
Mientras que yo tuve que curar mis heridas tanto externas como internas.
Las que me hice en busca de su libertad.
De todas formas, ¿qué hacían aquí?
¿No deberían estar ya en su casa?
¿Lejos de mí?
Suspiré.
E intenté estabilizar la voz.
—¿Qué quieren?
—Mi voz salió ronca por culpa de las lágrimas no derramadas que tenía atascadas en la garganta.
Me aseguré de no hacer contacto visual con ellos.
Miré a lo lejos, admirando un bonito jarrón blanco como la nieve en un rincón en el que no me había fijado hasta ahora.
—Desde luego, esa no es forma de hablarle a la gente que te crio —dijo mi padre…, el señor Clark.
Él, junto con los demás, estaba sentado cómodamente en el sofá con expresiones recelosas en sus rostros.
Damon ya había entrado del todo en la casa y había cerrado la puerta tras de sí.
De repente, todos se irguieron y parecieron más alerta.
Me pregunto si sabían que él también era un lobo.
—Ah, ¿de verdad te acuerdas de eso ahora, no?
—le espeté.
Él se estremeció un poco.
Hay que tener agallas para decirme eso.
Así que ahora sí saben que me criaron, ¿eh?
—Escucha, cariño, tienes que entender por qué hicimos lo que hicimos.
Teníamos miedo.
El señor Clark intentó explicar mientras gesticulaba hacia su esposa y hacia Gabriella, a quien su madre sostenía con fuerza en brazos.
Todos parecían asustados.
¿De mí?
Resoplé.
Me conocíais desde hacía dieciséis años, y ni una sola vez había hecho nada para que me tuvierais miedo.
Bastó una noche para cambiar eso, drásticamente.
—¿Que teníais miedo?
—Podía sentir las lágrimas escociéndome en los ojos mientras las contenía—.
Eso justifica que me echarais de vuestra casa cuando sabíais que no tenía adónde ir.
¿Os parasteis a pensar alguna vez en el miedo que tenía yo?
Y no vuelvas a llamarme así nunca más —dije, refiriéndome al «cariño» con que me había llamado.
No aprecio ninguna forma de cariño por su parte.
Perdieron el derecho a hacerlo hace mucho tiempo.
Cómo se atreve.
Cómo se atreven.
Intentando victimizarse.
Nunca intentaron entender las cosas desde mi punto de vista.
Nunca intentaron imaginar cómo debí de sentirme en ese momento.
¿Pero yo sí debería entenderlos a ellos?
Mi genio iba en aumento.
Las manos me empezaban a temblar.
—Me echasteis.
Luego os mudasteis de nuestra casa.
¿Os acordáis?
¿Nuestro hogar?
¿De verdad no significaba nada para vosotros?
Erais todo lo que había conocido en mi vida.
Y me echasteis sin una pizca de remordimiento.
Al principio, pensé que esa noche simplemente estaban en shock, que lo superarían.
Fue algo que nos sorprendió a todos, eso lo entendía.
Estaba bien estar conmocionado y asustado por un tiempo.
Eso lo entendía.
Pero después de volver a casa y ver que ponían la casa en venta, sin la menor intención de buscarme, siguiendo con sus vidas como si yo nunca hubiera existido, me di por vencida.
Durante un tiempo, me encontré preguntándome si me había imaginado toda mi vida con ellos, que quizá nunca había sucedido.
Quizá nunca existí para ellos.
Porque así es exactamente como siguieron con sus vidas.
Nadie podría olvidar a un hijo de esa manera.
Seguramente.
Pero no me mentí a mí misma durante mucho tiempo y simplemente acepté el hecho de que, en efecto, me habían descartado.
Y después de mi tercera visita, decidí que no tenía sentido seguir viniendo aquí y torturarme.
Eso y que se habían mudado.
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