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¡El Alfa Rechazado! - Capítulo 121

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121: CAPÍTULO 121 121: CAPÍTULO 121 Tres días.

Llevo tres días sentada en esta habitación sin hacer nada.

Tres días sintiéndome vacía, perdida y en blanco.

Ni siquiera estaba triste ni enfadada, parecía que estaba desprovista de toda emoción.

Damon me había subido en brazos hasta aquí después de mi pequeña reunión familiar.

Me he negado a ver a nadie desde entonces.

Mavis vino con Rose y Daryl.

También me negué a verlos.

No quería que nadie me viera así ahora.

Sabía que si los veía tendría que fingir una sonrisa para tranquilizarlos y, ahora mismo, no tenía fuerzas para hacerlo.

También me negué a comer o beber nada.

Simplemente no tenía hambre.

Tenía una botella de agua aquí que para mí era más que suficiente.

Me habían preguntado innumerables veces si estaba bien.

Latifah, James, Mavis, incluso Damon.

Especialmente Damon.

Pero no di ninguna respuesta.

No necesariamente porque no quisiera.

Sino porque no sabía la respuesta a eso.

¿Estaba bien?

No tenía ni idea.

Yo solo…

estaba ahí.

Como de costumbre, Damon entró en mi habitación de nuevo (sin llamar) para preguntarme cómo estaba.

Había estado extremando las precauciones conmigo, intentando asegurarse de que yo estuviera bien.

También podía sentirlo cada noche mientras estaba de pie al otro lado de mi puerta.

Sin decir nada, solo de pie.

Se quedaba allí un par de horas antes de volver a su habitación.

Y yo me quedaba despierta todo el tiempo.

Casi siempre dormía durante el día.

Entró en la habitación y cerró la puerta tras él con un suave clic.

Se había puesto unos vaqueros y una camiseta negra de manga larga, como si fuera a salir, a diferencia de su atuendo habitual de solo bóxers y sin camiseta.

Pero en ese momento estaba demasiado ocupada en mi apatía como para fijarme.

Se acercó a mi cama y se sentó en el borde del colchón.

Miró fijamente mi cena de ayer, que no había tocado, y mi almuerzo de hoy, que ya estaba frío.

Aún no he tenido la energía para levantarme y tirarlos.

Por más que digo que no tengo hambre, me traen comida de todos modos, con la esperanza de que algo pueda resultarle apetecible a mi paladar.

Pero nada lo hizo.

Y yo no quería seguir desperdiciándolo todo.

Suspiró y se giró hacia mí.

—Adriane, tienes que parar esto.

Lo miré fijamente.

Lo miré fijamente durante un buen rato y luego aparté la vista.

Manteniendo la boca cerrada.

No estaba de humor para hablar.

—Adriane.

—Lo ignoré y miré al frente.

—Mírame.

—Y por mucho que no quisiera, lo hice.

Miré sus ojos perfectamente azules.

Y él me devolvió la mirada.

Y fue como si ambos nos hubiéramos quedado sin palabras.

Hasta que un rato después abrió la boca para decir: —Ven conmigo.

A lo que obviamente negué con la cabeza, pero este cabezota nunca escucha.

Sus labios se tensaron en una línea dura y pensé que iba a obligarme a ir a algún sitio, otra vez.

Pero en vez de eso, me tendió la mano e insistió: —Por favor.

Bajé la mirada hacia mi mano, completamente cubierta por la suya, mientras me daba un ligero apretón.

Volví a levantar la vista.

Y en ese momento, mientras lo miraba, supe que estaba cansada.

Cansada de estar aquí y cansada de estar deprimida.

Estaba cansada de afectar el día de todos porque yo no estaba a la altura.

Tenía que intentarlo, al menos.

Asentí.

Después de asearme, me puse unos pantalones de chándal grises y una camiseta blanca.

Me recogí el pelo en una coleta, ya que todavía tenía una pequeña calva en el medio, y me miré en el espejo de cuerpo entero.

Parecía algo presentable.

Y salí.

No había nadie en la casa salvo Damon y yo, eso era obvio.

Supuse que Latifah estaría en la casa de la manada o algo así.

Vi a Damon esperando junto a la barra y, cuando me vio, cogió las llaves y el teléfono y salió por la puerta.

Lo seguí.

Nos sentamos en su coche, uno que todavía no había tenido la oportunidad de destrozar, y arrancó.

Condujo un rato y se detuvo.

Salimos.

Eché un vistazo a mi alrededor.

Y me sorprendió ver que estábamos rodeados de montones y montones de…

¿matorrales?

Suspiré.

—¿Por qué aquí?

—Realmente no pude formular más palabras.

Él solo me dedicó una mirada inexpresiva.

Y yo me limité a devolverle la mirada.

Él seguía sin decir nada.

Así que cuando repetí la pregunta, finalmente dijo: —Has estado encerrada en tu habitación durante varios días, pensé que necesitabas un poco de aire fresco, un cambio de aires.

—Lo dijo mientras evitaba el contacto visual.

Como si ni siquiera estuviera muy seguro de lo que decía.

Asentí.

Desde luego, era un cambio de aires, pero seguía sin sentirme mejor.

Estaba en el bosque, rodeada de una vasta y gloriosa naturaleza.

El sol se estaba poniendo, bañando todo el lugar en bonitos tonos rojos y anaranjados.

Su brillante y colorido paisaje solo enfatizaba lo gris que me sentía por dentro en ese momento.

No me estaba ayudando.

—Creo que es suficiente por hoy —suspire—.

Volvamos —dije con decisión, y ya me había dado la vuelta para volver al coche.

Él me agarró la mano con suavidad y tiró de mí para que retrocediera.

Fruncí el ceño al notar que mi mano hormigueaba incluso más de lo habitual cuando me tocaba.

Mi loba se revolvió un poco de su improvisada hibernación.

Me giré para mirarlo.

—Transfórmate —dijo mientras me miraba directamente a los ojos.

Tenía unos ojos azules realmente bonitos…

Espera.

¿Qué?

—Oh, no, esto otra vez no —suspire, un poco más alto esta vez.

No quería transformarme ahora mismo.

Hacía bastante tiempo que no lo hacía, y no desde que me lesioné.

Físicamente, mi cuerpo ya se había curado por completo; las marcas de mi vientre habían desaparecido y la herida de mi cabeza había sanado.

Solo esperaba a que me volviera a crecer el pelo.

Pero transformarme no era algo que hubiera intentado todavía, y no quería hacerlo.

—Tienes que transformarte, tu loba lo necesita.

Ambas lo necesitáis.

No podéis permanecer inactivas tanto tiempo, no es sano —me dijo con severidad.

Me limité a negar con la cabeza.

Frunció el ceño, me miró y suspiró.

—Transfórmate.

Adriane.

Ahora.

—Estaba a punto de decirle que se metiera su orden por donde no brilla el sol cuando me doblé de dolor.

Sentí el crujido de los huesos antes de darme cuenta de lo que estaba pasando.

Me estaba transformando.

Había usado la orden del Alfa conmigo y yo estaba obedeciendo de verdad.

¡¿Qué?!

¡¿Cómo?!

¡Y cómo se atrevía!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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