¡El Alfa Rechazado! - Capítulo 148
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Capítulo 148: CAPÍTULO 148
Todos asentimos ligeramente y no ahondamos más en el tema.
—¿Y cómo piensas encontrar a tu manada cuando te vayas de aquí? —volvió a preguntar Mavis y me di cuenta de que su conversación me interesaba más que mi comida. Ya se había enfriado.
—Oh, querida, no tengo manada. No he tenido una en los últimos catorce años. Somos un grupo de rogues. Cuando me vaya, espero volver a encontrármelos a ellos o a otro grupo.
¿Y si no?
¿A dónde iría? ¿No es demasiado mayor para este tipo de vida de todas formas?
—Adriane, de verdad, no pasa nada. Estoy contenta porque he podido volver a verte. Estaré bien.
¿Lo he dicho en voz alta?
—Veo que estás preocupada. No lo estés.
Se inclinó hacia delante y me tomó la mano.
—Solo desearía que toda nuestra familia estuviera ahí fuera. Te habría pedido que vinieras conmigo.
El corazón se me encogió aún más.
Si mis padres hubieran logrado salir esa noche, ahora podríamos estar todos juntos. Me pregunto cómo habría sido. Cómo me habría sentido. Cómo se habrían sentido ellos.
Pero ¿realmente habría tomado esa decisión?
¿Simplemente huir con ella?
Miré a Mavis y a Rose y pensé en todos los demás de la manada.
Aunque no soy la persona más sociable de aquí, sí que tenía algunos amigos. Y tener que empezar de cero otra vez no sonaba tan atractivo.
Pero habría sido una oportunidad para ver a mis padres, a mis verdaderos padres.
Es difícil pensar qué decisión tomarías en una situación cuando en realidad no estás en ella.
Pero en el fondo, creo que sabía la respuesta.
Lo sabía.
Y no me gustaba.
Preferiría que vinieran a vivir conmigo, aquí.
Porque lo sé.
No podré marcharme.
Incluso si lo hiciera, nunca me sentiría completamente feliz. Me faltaría algo.
Simplemente por él.
Damon.
Pero, de nuevo, no estoy realmente en esa situación, así que no puedo estar segura de lo que haría en realidad.
Le sonreí.
En ese mismo momento, Él entró en la cocina.
Había mucha gente entrando y saliendo de la cocina, ya que estábamos en la casa de la manada, así que no me di cuenta de su presencia al instante.
De todos modos, estaba demasiado absorta en mis propios pensamientos.
Lo miré, pero él no me estaba mirando a mí.
Tenía la vista clavada en Sarah y en sus manos, que todavía sostenían las mías.
Entonces se giró para mirarme.
Había un ligero atisbo de confusión en su rostro y luego volvió a bajar la mirada hacia nuestras manos y suspiró.
—Disculpen, necesito hablar con Adriane —dijo finalmente.
—Claro, de todas formas, ya tengo que irme —dijo Sarah y me apretó la mano.
Aparté la vista de Damon y miré a Sarah.
Me dedicó una sonrisa tranquilizadora y me abrazó.
Le devolví el abrazo.
—¿Adiós, por ahora? —ni siquiera estaba segura de lo que estaba diciendo.
Ni siquiera sé por qué no me sale pedirle que se quede.
Ni siquiera sé si a ella le gustaría o si se le permitiría.
Ahora yo era la Luna, pero esta seguía siendo la manada de Damon. Si él no la quería aquí, no se quedaría. ¿Quería yo que se quedara?
—Adiós, mi querida.
Miré rápidamente a Mavis y a Rose, que me observaban con caras tristes, lo que me hizo sentir aún peor. No me gustaba la lástima. Ya sentía suficiente lástima por mí misma.
—Buenas noches, los veré mañana. —Y entonces salí de la cocina delante de Damon y esperé en el patio.
Damon salió y cerró la puerta tras él.
Luego se acercó y se paró frente a mí.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Lo miré y me encogí de hombros.
—No lo sé. De verdad que no lo sé —suspiré—. Ni siquiera sé qué quiero ahora mismo, que se vaya, que se quede, o no haberla encontrado nunca más. Yo…, yo es que no lo sé. Lo único que sé es que todo esto es raro.
Habíamos empezado a caminar lentamente de vuelta a casa mientras hablábamos.
—Pasaste todo el día con ella. —No sabía si era una pregunta o una afirmación. Aunque no me extrañaría que me hubiera estado acechando todo el día, así que quizá era una afirmación.
Aun así, asentí.
—Sí, la mayor parte. Me contó muchas historias. —Lo hizo. Sobre nuestra manada, mi padre, mi nacimiento y, sobre todo, sobre mi madre. Amara.
Su primera transformación, su primera caza, la primera vez que conocieron a sus parejas… incluso algunas aventuras de sus lejanos viajes como rogue…, todas las historias bonitas, sin nada de lo malo.
Agradecí que omitiera todos los «otros» sucesos.
Tenía una media sonrisa en la cara mientras pensaba en ello. Me gustaría ver las llanuras de Giza algún día, o como se llamen. Me gustaría ver el mundo.
Despejar mi mente de todo esto y simplemente ser libre y feliz.
—Yo te llevaría. —Dejé de caminar para encarar a Damon con expresión confusa—. ¿Qué?
—Te llevaría, a donde quieras, te llevaría a verlo todo. —Se puso justo delante de mí y me miró con ojos tiernos. Me miraba con ojos tiernos, estaba en mi cabeza otra vez, podía sentir mis emociones. Pero yo también estaba en la suya, podía sentir cómo se machacaba por todo.
Todavía se sentía terriblemente culpable. No necesitaba el vínculo de compañeros para verlo.
Ahora que había dejado de intentar enmascararlo todo, estaba bastante claro.
Sin embargo, no sabía muy bien qué hacer con eso, era un proceso. Supongo que tenía que hacer lo que tenía que hacer, hasta que pudiera perdonarse a sí mismo antes de compensar a todo el mundo, no solo a mí.
Pero sí que sentí el cambio en su corazón, y lo agradecí mucho.
Para cuando terminé de pensar eso, ya había colocado la palma de mi mano sobre su corazón. Simplemente lo miré y le dediqué una pequeña sonrisa. —Gracias. Quizá algún día.
Asintió lentamente, sin apartar los ojos de mí.
Por alguna razón no podía apartar mi mano de él, o quizá no quería hacerlo.
Puedes apostar que no queremos.
Así que, cuando su mano se posó sobre la mía en su pecho, simplemente acorté la distancia y me pegué a él.
Su otra mano me rodeó y me sujetó con delicadeza y yo me quedé allí, dejándome abrazar. Se sentía bien. Se sentía correcto.
Y sentir el latido lento y constante de su corazón bajo mis dedos me tranquilizaba.
Nos quedamos así, ocultos bajo la sombra de un árbol, mientras él me abrazaba y me calmaba. Lo cual me sorprendió, ya que no sabía que necesitaba que me calmaran.
Pero ahora, de pie aquí, lo supe: no estaba bien.
No quería que se fuera sin más. No después de solo un día con ella. Necesitaba más tiempo, sentía como si estuviera perdiendo algo otra vez. Sé que era extraño porque en realidad no la conocía, pero así me sentía. No podía evitarlo.
O quizá sentía más curiosidad que otra cosa.
Como he dicho, no sabía lo que sentía en ese momento.
Suspiré y sentí que él también suspiraba.
—¿Quieres que se quede?
Asentí. Sabía de quién hablaba y supongo que sí. Quería que se quedara.
Soltó otro suspiro, como si le costara decir lo que quería decir a continuación. Me besó la frente. —Se queda.
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