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¡El Alfa Rechazado! - Capítulo 27

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27: CAPÍTULO 27 27: CAPÍTULO 27 Caí de rodillas al suelo, agarrándome fuertemente el pelo mientras gritaba.

¿Cómo diablos ha pasado esto?

¿Está viva?

¿Y él no me lo dijo?

Me hizo creer que había matado a alguien y me encerró aquí.

¿Por qué nadie me dijo que no estaba muerta?

Ni siquiera Latifah me lo dijo.

¿Acaso ella lo sabe?

¡Argh!

Quiero gritar, llorar, gritar y arrancarle la cabeza a alguien.

Y cómo se atreve a venir aquí y decirme esa mierda.

¿Cómo sabía siquiera que estaba aquí dentro?

Hasta tenía una llave.

¿Quién le dio una llave?

Duh, es obvio.

Por supuesto que fue él.

Solo Damon lo haría.

Lo odio oficialmente.

¿Cómo se atreve?

No sé qué le hice.

Yo no elegí ser su pareja.

No merezco este trato de nadie, y mucho menos de él.

Simplemente me odia.

Me odia tanto que quiere mantenerme encerrada aquí por algo que no hice.

Pues se acabó.

Estoy harta de estar aquí y harta de él.

Él y su Cassandra pueden irse al infierno.

Y yo no me interpondré en su camino.

Pero yo tampoco me quedaré aquí.

Me voy a largar.

Levantándome con rabia, me arranqué el cabestrillo del brazo y lo estiré, sintiendo el crujido de mi articulación, que se me había dislocado.

Dolía como un demonio, pero me gustaba sentir el dolor.

Fui a mi…, al dormitorio, y me puse apresuradamente un par de Converse y una sudadera con capucha.

Fui hacia la ventana y la abrí.

Me agarré a los barrotes de acero e intenté romperlos o, al menos, separarlos lo suficiente para poder pasar.

Pero no cedieron.

Los sacudí, los pateé, e incluso intenté desatornillarlos, pero nada.

Después de diez minutos intentándolo, le di una patada a la pared y me rendí, mientras el subidón de adrenalina provocado por mi ira se disipaba.

Era inútil, eran demasiado resistentes.

La ventana de la cocina estaba igual.

Al salir de la cocina y atravesar el pasillo de vuelta al dormitorio, se me ocurrió una idea.

Me precipité hacia la ventana de la sala de estar.

No era de las que se pueden abrir, solo un simple cristal en la pared, razón por la cual seguramente no tenía barrotes por fuera.

Iba a romperlo.

Intenté romperlo con el pie, pero apenas le hice daño.

Pateé una y otra vez, pero nada.

Era un tipo de cristal distinto, muy resistente.

Al golpearlo, parecía casi de goma.

Por supuesto, todo en esta cabaña era viejo y anticuado y parecía a punto de desmoronarse el primer día que puse un pie aquí, pero resulta que las ventanas y los barrotes son de primerísima calidad.

¿Acaso Latifah los había arreglado también?

Empezaba a frustrarme de verdad, y estaba anocheciendo.

Ya son las seis en punto.

Necesito romper esta ventana.

Ahora.

Miré alrededor de la cabaña, buscando ideas.

Mis ojos finalmente se posaron en las sillas del comedor.

Me acerqué rápidamente y agarré una.

De todos modos, no tenía nada que perder.

Regresé a la ventana y conté para mis adentros.

Uno, dos, tres…

Y con toda mi fuerza usé la pesada silla de madera maciza para romper la ventana.

Oí un crujido, pero cuando abrí los ojos la ventana no estaba rota.

Solo tenía algunas grietas.

Pero lo que se había hecho añicos era la pobre silla de madera.

Se había partido en al menos seis trozos.

Gruñí y tiré al suelo el trozo que aún tenía en la mano y fui a por la segunda silla.

Repetí el proceso y conté.

Uno, dos, tres…

Estrellé la silla contra el cristal otra vez.

La silla volvió a hacerse añicos, pero el cristal también se había resquebrajado un poco por el centro.

Supongo que a este cristal también le pesaban los años.

Mejor para mí.

Ya no me quedaban sillas, así que usé el pie para rematar la faena.

Cuando por fin rompí la ventana del todo, usé uno de los trozos de madera para alisar los bordes.

No quería cortarme.

Cuando terminé, eché un último vistazo a la cabaña, y mis ojos se detuvieron un instante en mis libros antes de respirar hondo y saltar por la ventana.

Eché a correr.

No tenía ni idea de hacia dónde corría, pero lo único que sabía era que no quería quedarme allí ni un segundo más.

Quería escapar de allí para siempre.

¿Quizás de vuelta a la civilización?

¿Al mundo humano?

No lo sé.

Y cuanto más lo pensaba, más sentía que no podía abandonar sin más a Mavis y al resto.

Al menos, no de esta manera.

Pero en este momento no podía hacer nada.

Ni siquiera sabía dónde estaba.

La verdad era que no tenía muchas opciones.

Pero tenía que correr y llegar rápido a alguna parte, porque el sol ya se había puesto y el cielo se oscurecía por momentos.

No me preocupaba que se dieran cuenta de que me había ido.

Dudaba que alguien fuera a visitarme.

Como mucho, tal vez Latifah pasaría mañana, y para entonces yo ya estaría muy lejos.

Solo me preocupaba tener que pasar la noche en el bosque, puesto que no tenía ni la más remota idea de adónde iba.

Tras correr unos veinte minutos, empecé a arrepentirme un poco de mi decisión.

Debería haber esperado a la mañana siguiente para escapar.

Ahora es de noche y no tengo ni idea de adónde me dirijo.

Poco a poco, reduje la marcha hasta detenerme y me apoyé en un árbol.

No estaba cansada de correr, pero necesitaba tiempo para ordenar mis ideas.

Sé que hay una colina más al norte.

Tal vez, si consigo llegar hasta allí, podré ver si hay algún pueblo cercano al que ir.

Ojalá no estuvieran habitados por más lobos.

Miré al norte, esperando que de verdad fuera el norte, y decidí que más valía que me pusiera en marcha.

Me separé del árbol, pero una mano muy fuerte y ruda tiró de mí y me estampó de nuevo contra él.

La persona me había agarrado del brazo izquierdo, el que todavía me dolía.

Mi espalda chocó contra el tronco del árbol y solté un grito ahogado.

—¿A dónde crees que vas, encanto?

—dijo una voz grave.

No reconocí ni la voz ni el olor, así que deduje que no lo conocía.

Me di la vuelta para enfrentarme al hombre.

A la tenue luz de la luna pude ver que era alto, fornido, estaba muy sucio y completamente desnudo.

Y probablemente un renegado.

Mierda.

—¿Qué hace una chica tan adorable como tú aquí, en este bosque frío y espeluznante?

—me preguntó con sorna.

Algo oscuro y peligroso destelló en sus ojos negros.

¿Negros?

Sus ojos eran completamente negros, como los de un oso, animales.

Eso no era nada bueno.

—Eh, voy de camino a casa, así que, si me dejas marchar…

—dije, y la voz se me fue apagando, asustada por su proximidad y su desnudez.

¿Qué diablos estoy haciendo aquí?

Ah, claro.

Escapando.

—Oh, tú no vas a ninguna parte.

Vas a darme calor esta noche —dijo, acercándose más y apartándome un mechón de la cara, como si se estuviera imaginando que yo cumplía alguna de sus retorcidas fantasías.

Justo en ese momento, hice lo que mejor se me da cuando un hombre me pone en una situación comprometida.

Le di una patada en las pelotas.

Fuerte.

Pero que muy jodidamente fuerte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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