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El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 3

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3: Nuevas Sensaciones 3: Nuevas Sensaciones Lo primero que intenté fue ponerme de pie, pero mis patas traseras resultaron ser como resortes, similares a las de un conejo.

En cuanto hice fuerza, di un salto involuntario y estampé mi cara contra el lodo.

No me entristecí; simplemente me reí.

Lo que brotó de mi garganta fue un graznido mezclado con un maullido, aunque en mi mente sonaba como una carcajada limpia.

Era la primera vez que podía percibir el calor del sol o, mejor dicho, sentir algo en general.

Me levanté como pude.

Una brisa azotó el pelaje de mi brazo, la pegajosa humedad en mis pies era gratificante y pude sentir el calor de mi ser.

Después de tanto tiempo, me sentí vivo; recuperé las ganas de seguir adelante.

Dejé la roca en el suelo, despidiéndome de mi anterior cuerpo para poder ir más allá.

Intenté caminar, pero mi anatomía era extraña, especialmente para alguien que fue humano y luego una piedra inamovible.

Moví las piernas con cautela para no tropezar como un tonto.

Este cuerpo no se parecía en nada al de un hombre: era pequeño, de apenas un metro, y estaba cubierto de un pelaje corto, parecido al de los gorilas.

Además, noté que mi corazón latía muy rápido, ¿Podría ser debido a mi tamaño?

Llegué hasta el tronco de un árbol y me senté a observar.

A mi alrededor, el paisaje estaba dominado por árboles caídos y la destrucción que la tormenta había dejado a su paso.

Me quedé allí un buen rato, reconociendo cada textura: las hojas secas, las pequeñas ramas, la rugosidad de la corteza…

Entonces, me invadió la curiosidad por saber cómo lucía.

Ya más acostumbrado a mis patas, caminé hacia un charco cercano.

Mi reflejo mostró a una criatura similar a un gato, con bigotes, antenas y orejas largas como las de un canguro.

Tenía también una pequeña bolsa en el vientre; me di cuenta de que era macho.

“¿Para qué diablos tendré esto?

¿Será por comodidad o para cuidar también de los bebés?”, pensé.

Pasé horas admirando el paisaje.

Todo era hermoso; me sentía como un prisionero que finalmente alcanza la libertad.

Los árboles, los arbustos que resistieron la crecida y las pequeñas aves me resultaban tan nuevos que incluso me dieron ganas de llorar.

Sin embargo, al caer la noche, el rugido de mi estómago se hizo presente.

Había olvidado que ser un ser vivo implica necesidades básicas: comer, beber, dormir y desechar.

Impulsado por un hambre voraz, comencé a andar para buscar algo que saciara mis entrañas.

Aunque había muchos charcos a mi alrededor, evité beber de ellos al recordar que las bacterias podrían matarme.

No tenía idea de si este nuevo recipiente resistiría los microorganismos de este mundo; la verdad era que no sabía absolutamente nada de dónde estaba parado.

Los sonidos nocturnos eran inquietantes: el silbido del viento, el eco de mis pasos y mi propia respiración.

Escuchaba lo que parecían ser grillos y, tal vez, ¿un búho?

Eran demasiados ruidos desconocidos.

Tras varios minutos de búsqueda sin éxito, recordé que este cuerpo era omnívoro.

Había visto a Viktor comer desde plantas y frutas hasta pequeños insectos.

Tenía varios bichos a mi alcance, pero me producían un asco tremendo, así que seguí caminando.

Caminé casi una hora hasta que el hambre me produjo mareos.

Me topé con un arbusto de hojas oscuras que despedían un aroma a menta; recordaba a Víktor masticándolas, así que imité su ejemplo.

Las agarré y las metí en mi boca, eran amargas, tanto que me durmieron la lengua al instante, pero eran el primer alimento real en una eternidad.

Se me escapó una lágrima.

Mis amigos dirían que estoy loco si me vieran llorando por comer hojas congelantes, pero para mí, masticar era la gloria.

Cualquiera se burlaría de un animal indefenso en esa situación.

“¿Será que me he vuelto más sensible o es simplemente la felicidad de poder hacer algo con mi vida?”, reflexioné mientras tragaba.

Cuando terminé me ardía un poco la garganta y sentía mi interior frío.

Con algo en el estómago, la sed se volvió el problema principal; de hecho, las hojas parecían haberla empeorado.

Busqué un río o agua limpia, evitando los charcos de lodo.

Al final, encontré un arbusto cubierto de rocío.

Recogí las gotas con mis pequeñas manos y comencé a lamerlas.

Sacié un poco la sed, pero no era suficiente.

Aun así, era increíble recuperar la capacidad de realizar un acto tan sencillo.

La búsqueda continuó hasta toparme con la entrada de una cueva.

Pensé que podría haber un acuífero dentro, pero la oscuridad era total.

No me atreví a entrar.

¿Y si había un depredador acechando?

No pensaba morir otra vez.

Pasó otra hora y la sed se volvió insoportable.

Maldita sea, ser un ser vivo es agotador; por un momento deseé volver a ser una piedra, aunque recordé de inmediato que ser una roca era peor.

Justo entonces, escuché el murmullo de una corriente.

Apresuré el paso siguiendo el sonido, que se hacía cada vez más intenso.

Aparté unas hojas que bloqueaban el camino y allí estaba: un río majestuoso…

o bueno, así lo imaginé, porque en realidad era una pequeña quebrada.

No me importó.

Me agaché y pegué la boca al agua.

Mis labios secos parecieron dar un grito de alegría mientras empezaba a succionar.

Fue una sensación increíble, mi pecho estaba un poco inflado y sentía una gratitud inmensa.

Definitivamente, estar vivo es maravilloso, aunque sea un animal y ya haya muerto dos veces.

¿En qué se convirtió mi vida?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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