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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 CAPITULO N° 08 ¡MI CASA MI PASADO MI PRESENTE !
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10: CAPITULO N° 08 : ¡MI CASA, MI PASADO MI PRESENTE !

10: CAPITULO N° 08 : ¡MI CASA, MI PASADO MI PRESENTE !

Caminaba sin rumbo fijo hasta llegar a la calle: Rukuna Chihua, donde apareció su vivienda: una casa de dos niveles construida con muros de barro compactado y revestimiento de cemento claro.

El diseño correspondía a un estilo andino-rústico contemporáneo, con tejado a dos aguas, vigas de madera expuestas y ventanas amplias de marco barnizado.

Era una estructura típica de las zonas frías de Tungsteno, resistente y ligeramente envejecida por el clima.

En el primer nivel estaba la sala principal, equipada con una mesa rectangular de madera gruesa y cuatro sillas que no pertenecían al mismo juego.

A un costado se encontraba una pequeña biblioteca de dos cuerpos donde se acumulaban libros antiguos, varios en mal estado.

La cocina quedaba a la derecha, separada por un arco de madera.

Era un espacio reducido, con una mesa auxiliar, un fregadero antiguo y repisas ocupadas por frascos de vidrio con hierbas y semillas.

En la parte posterior se extendía un jardín angosto, delimitado por un muro de piedra.

Allí se mantenían plantas aromáticas y algunas hortalizas básicas, aprovechando la luz directa de la mañana.

El segundo nivel contenía las dos habitaciones principales: la de Marina y la de su hijo.

Ambas se conectaban por un corredor de madera que daba hacia el jardín trasero.

Al final del pasillo había un tercer ambiente: un cuarto pequeño que permanecía cerrado desde hacía años.

Durante la adolescencia de Marina, su padrastro -Damián Gabael Contreras- utilizó ese espacio para leerle cuentos y pasar tiempo con ella mientras la casa continuaba en remodelación.

Desde entonces, la puerta no había vuelto a abrirse.

Al entrar a su casa vio la sala intacta, con los mismos muebles verdes, rojos y amarillos de siempre, una decoración construida con el paso del tiempo, hecha de objetos usados.

Caminó rozando su mano por la mesa que está junto a la cocina; todo estaba en perfecto orden.

Levantó la mano izquierda para ver la hora: el reloj marcaba las 11:00 a.

m.

—­Es extraño que Thiago no haya tomado desayuno —murmuró.

Se dirigió hacia las escaleras, pero algo rozó sus piernas.

Se detuvo.

Solo era su gato, el Sr.

Erickson.

Lo saludó con una caricia breve y continuó subiendo.

Llegó al cuarto de su hijo; la puerta no tenía seguro, así que la abrió con naturalidad.

Al entrar, encontró la cama perfectamente tendida.

Tocó el doblez de las sábanas y reconoció de inmediato la forma en que ella misma solía tenderlas.

Thiago no había dormido en casa.

“¿Dónde estará mi hijo?” Salió al pasadizo y, sin querer, su mirada se posó en la última puerta del corredor.

Avanzó unos pasos, aunque una voz interna intentaba detenerla: “¡No te acerques, te vas a arrepentir!” “¡No seas débil!” Aun así, se acercó.

Tocó la superficie y apoyó su cuerpo contra la madera tibia, como si absorbiera algo familiar.

Pegó su oído derecho para ver si escuchaba algún ruido, pero solo un susurro indefinido la hizo apartarse de golpe.

Al observar el candado oxidado y colocado por fuera, supo que no había nada dentro.

La imaginación le había jugado una trampa.

Se alejó y bajó a la cocina.

Observo la superficie de metal del refrigerador buscando una nota o un mensaje que Thiago pudiera haber dejado.

No encontró nada.

“¿Le habrá pasado algo?” Se sirvió un vaso de agua del termo y se sentó en la mesa de la cocina.

Sacó su celular del bolsillo, lo dejó sobre la mesa y tomó un sorbo, sintiendo cómo el calor le despertaba el cuerpo.

Buscó en los compartimientos de su cartera y encontró un manojo de picaportes: diez llaves en total.

Una, en particular, era de color morado.

Se quedó mirándola, observando cada detalle grotesco del pedazo de metal mientras recordaba ese cuarto.

El último del pasadizo.

El de la puerta cerrada con un candado puesto hace años, justo cuando ella transitaba de adolescente a adulta.

“¿No debería abrir esa puerta?” “No lo hagas, es parte de tu pasado.” “¿Sigue siendo tu pasado…

verdad?” —sus pensamientos la confrontan.

Tomó el celular, lo desbloqueó y vio la hora: 11:20 a.

m.

En la sección de registro de llamadas, encontró seis llamadas perdidas de un número desconocido: 11+ 912 440 587.

Ese número no estaba registrado, y ella sabía que no debía registrarlo.

Aun así, al verlo, su dedo pulgar empezó a temblar; un tic involuntario que la traicionaba.

Debajo estaba el número que buscaba: 77+ 984 321 670 — Thiago Serafín Saavedra.

Su hijo.

Marina presionó el botón de llamada.

El tono sonó en la distancia, perdido en la oscuridad de la señal.

Y siguió sonando.

De pronto, un golpe abrupto la hizo voltear.

Alguien tocaba la puerta.

Tocaba fuerte.

Tocaba seguido.

Insistente.

El corazón se le fue al pecho.

Ignoraba quién podía ser, pero una voz interna empezó a lanzar nombres como dardos: “¿Será mi hijo?” “¿Será mi madre?” “¿Será Mateo?” “¿Será…

Él?” Él…

Le gusta llamarlo así porque ese pronombre le permite olvidar una parte de su existencia, una vergüenza enterrada en su presente y el triste, desagradable final que le espera si volviera a tocar su puerta para visitar sus adentros.

Siempre Él.

Solo Él.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES EvaMaria_Sa_Me Con los años aprendí que las mujeres, casi sin querer, abrimos conexiones: vínculos que creemos que nos van a edificar.

Pero hay puertas que nunca deben volver a abrirse.

Hay llaves que es mejor perder a propósito.

Porque puede volver Él: la sombra, la insistencia, el molestoso; el que siempre se disfraza de inocencia para devorar lo poco que queda de unas piernas y de una cintura.

——- <<Marina Saavedra Llosa>>

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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