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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 CAPÍTULO Nº 11 MI PADRE BRUTALMENTE FUERTE
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13: CAPÍTULO N.º 11: MI PADRE “BRUTALMENTE FUERTE” 13: CAPÍTULO N.º 11: MI PADRE “BRUTALMENTE FUERTE” Viernes, 13 de diciembre del 2024.

Thiago seguía en la cancha deportiva.

Habían pasado veintiún minutos desde que Betzabeth se marchó con Carmila, desapareciendo ambas en el horizonte, pero él no se movió.

Mientras tanto, se cambiaba con su ropa habitual: una casaca de jean oscuro con cuello de lana de cordero blanca que lo protegía del viento de Tungsteno.

Debajo llevaba una camiseta térmica blanca y una polera de color mostaza adornada con líneas en rojo, blanco y verde, formando un entramado de patrones cuadrados que se repetía constantemente en toda la tela.

Completaba el conjunto con unos jeans negros, resistentes al roce con el metal de su moto.

Calzaba botines de cuero grueso, ideales para la tierra de la cancha, y exhalaba el humo de su cigarro mentolado mientras el frío de la noche golpeaba su espalda.

Le gustaba quedarse así: mirando la luna, fumando cigarrillos mentolados sin que su madre lo fastidiara con sus monólogos eternos sobre la decencia que debía tener «un adolescente varón».

La música siempre había sido su compañera en la urgencia de la moto ante la velocidad, aunque también en la tranquilidad de la tierra árida.

Exhaló despacio, dejando escapar un hilo de humo que se perdió en la noche.

Bajó la mirada un instante.

A su izquierda, inmóvil como un guardián, seguía estacionada su moto: una Yamaha YZ125 azul, asiento tapizado en cuero negro, horquillas invertidas doradas y un tubo de escape dorado.

A pesar de su baja cilindrada, tenía una presencia estética que imponía respeto.

Como si la máquina hablara por él.

Fue entonces cuando vio dos faroles aproximarse desde la distancia: luces blancas, intensas, que lo obligaron a cubrirse el rostro con la mano.

Cuanto más se acercaba aquel vehículo, más agresivo se volvía la iluminación.

Thiago no pudo evitar pensar: <<¿Quién diablos viene a la cancha a esta hora?>> —pensamiento de Thiago Serafín.

Miró su celular: 08:11 pm A esa hora nadie en Tungsteno jugaba vóley.

No con ese friaje que cortaba la piel.

El viento helado que despertaba por las noches era feroz, casi furtivo.

Las luces incandescentes se apagan de golpe, devolviendo la cancha a su penumbra habitual.

Fue ahí cuando Thiago lo vio con claridad: Chevrolet C10 Crew Cab 1973–1987 , color turquesa, con franjas blanco perla a los costados y lunas polarizadas.

La puerta del conductor se abrió.

Un hombre cayó del vehículo.

Alto —al menos 1,80 m—, con cabello ondulado, frondoso, sin cortar.

Mirada severa, ceño fruncido como si la vida misma lo irritara.

La camisa roja de franela con cuadros negros dejaba intuir una musculatura endurecida por el trabajo físico: fuerte, firme, sin un gramo de gordura.

Jean azul grueso, botas negras de montaña con costuras rojas, talla 44.

No era elegante.

Era brutalmente fuerte.

—Hola, Thiago… ¿cómo has estado?

—Walter Serafín Polmod.

Thiago apretó la mandíbula.

Le ardía escucharlo.

—Estoy mal.

¿Por qué?

¿Te importa?

—dice Thiago Serafín Saavedra.

Walter dio un paso, como si nada.

—Claro que me importa.

Eres mi hijo —responde Walter Serafín Polmod.

Lo dijo con una naturalidad que irritó a Thiago hasta el hueso.

—Recién te acuerdas de ese detalle, ¿cierto?

Tan fácil es venir y acordarse de que había un niño esperándote en Tungsteno —dice Thiago Serafín Saavedra.

Walter resopló.

— ¿Vas a empezar con el pasado?

—responde Walter Serafín Polmod.

—No es pasado.

La última vez que te vi fue hace una vez meses.

No me vengas con que ahora serás responsable —dice Thiago Serafín Saavedra.

Walter bajó la voz, intentando sonar moral.

—Soy hombre.

Cometo errores.

Tú también eres hombre… deberías intentar entenderme —responde Walter Serafín Polmod.

Thiago sintió un fuego subirle desde el estómago.

—Difícil entenderte cuando abandonas, cuando olvidas, cuando deja a tu sangre por otras mujeres —dice Thiago Serafín Saavedra—.

Sabe que ya no soy un niño.

Si hace una vez meses no viniste a ver a tu hijo varón… fue por la vagina de una mujer.

Walter aprieta los dientes.

—No seas insolente, muchacho.

Yo sigo siendo tu padre —responde Walter Serafín Polmod.

—Cuando te conviene, ¿verdad?

¿Para qué has venido?

¿A humillar a mi madre?

—dice Thiago Serafín Saavedra.

—Lo que pasó entre tu madre y yo es asunto mío.

De nadie más —responde Walter Serafín Polmod.

Thiago dio un paso al frente.

—Es mi asunto también.

Porque ahora yo sí puedo defenderla, maldito imbécil —dice Thiago Serafín Saavedra.

Walter lo miró con una mezcla de orgullo torcido y rabia.

—Pensaba que podía hablar contigo… pero veo que no se puede —responde Walter Serafín.

En ese instante, un sonido interrumpió el hilo de la discusión.

Desde la parte trasera de la camioneta bajaron tres mujeres.

Altas, de silueta elegante, piernas largas, cabello largo que brillaba bajo la luz del faro.

Ojos grandes, brillantes, casi hipnóticos.

Voces suaves, peligrosas, capaces de desarmar a cualquiera: cuando preguntan, cuando ríen, cuando miran con obsesión.

Eran el tipo de mujeres que, cuando ponen los ojos sobre un hombre… no lo sueltan jamás.

Thiago sintió un nudo en la garganta.

La presencia de esas mujeres no era casual.

Había un mensaje ahí.

Uno oscuro.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES EvaMaria_Sa_Me PENSAMIENTO INTERNO DE WALTER SERAFÍN POLMOD……

La vida me enseñó a golpes, sin metáforas ni consuelos.

En Tungsteno nadie gana por llegar primero ni por tener más plata.

Aquí solo sobrevive el que resiste.

El que aguanta el frío, la traición, el hambre y la mirada del que quiere verte caer.

En este lugar te venden, te usan, te rompen.

Y si no le gustas al que manda —al jefe, al patrón, a la mujer que te mira como si fueras herramienta— te mandan al exilio más cruel: ese cuarto oscuro dentro de tu propia cabeza, donde cada día te hundes un poco más y rechinas los dientes para no gritar.

Con el tiempo entendí algo amargo: hay dos fuerzas que golpean más fuerte que cualquier rival en la cancha.

La vida dura, implacable, fría como este suelo… y la mujer que no conoce límites cuando quiere algo.

Dale tu corazón y no se conforma: te exprime, te vacía, te deja como cáscara.

Por eso aprendí a golpear primero.

Más fuerte.

Más rápido.

Más letal en mis decisiones.

En los negocios, siendo duro con los que me quieren ver caer.

Y en mis relaciones, imponiendo mi fuerza antes de que me destruyan.

No digo que esté bien.

Digo que es lo único que conozco.

Mi verdad torcida.

Mi forma de no volver a ser ese hombre que un día dejaron tirado.

Ódiame si quieres.

Pero en este mundo roto… hasta mis sombras encuentran quien las siga.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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