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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 2

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2: PRÓLOGO 2: PRÓLOGO  Fecha: 18 de julio de 2004 Hora: 00:24 a.

m.

📅 Fecha: 18 de julio de 2004 ⏰ Hora: 00:24 a.

m.

Soy una mujer como tú, aunque no sé si me comprenderás.

Tal vez no; o de repente sí, si es que guardas en el cuerpo una cicatriz parecida a la mía.

Nací el 18 de julio de 1989.

Mi padre —al menos el que me dio el nombre— fue un miembro de los Heraldos Negros, esa fuerza de élite del ejército que germinó en Tawantinmarka allá por los años veinte, cuando el terrorismo empezó a pudrir la tierra.

Su nombre era Alfonso Saavedra.

Cuando se casó con mi madre, Cándida Llosa Páramo, él tenía sesenta y siete años; ella era cincuenta y dos años menor.

Por eso soy Saavedra Llosa.

Nunca me sentí identificada con mi primer apellido; era difícil amar un nombre que olía a tabaco de pipa y a periódico viejo.

Alfonso era un hombre alto, de un metro noventa, una torre de hueso y disciplina que pasaba sus días leyendo desde las seis de la mañana, envuelto en una nube de humo y silencio.

Me educó con el rigor de un cuartel.

Recuerdo que me ordenaba usar vestido largo todo el tiempo; decía que era lo único adecuado para una mujer “decente”.

Cada vez que cometía una falta —ensuciarme las manos jugando, romper una taza o, el peor de los pecados, gritarle a mi madre—, él me tomaba de la mano con una fuerza calmada y aterradora.

Me apoyaba contra la pared.

Me ordenaba subirme el vestido, revelando mi piel al aire frío de la puna, y procedía a marcarme con su correa.

La corrección dependía que falta había cometido, cada transgresión elevaba mas el dolor: dos azotes si me ensuciaba la ropa; tres si dañaba la propiedad; cinco si el berrinche desafiaba su autoridad.

Desde muy joven comprendí que, en esta tierra, la malcriadez se paga con creces.

Comprendí que mi cuerpo no me pertenecía: le pertenecía a la disciplina de Saavedra o al silencio de mi madre.

Mi cuerpo se agitaba bajo el rigor del cuero; para mí era difícil mantenerme en pie mientras algo dentro de mi pecho se rompía.

Entre llantos, siempre la veía a ella.

A mi Cándida.

La mujer que más he amado, pero también la que más dolor me ha dado por su silencio.

Se quedaba ahí, como una estatua de sal, indiferente a los múltiples castigos que mi padre me infringía.

Sentía unos celos amargos de mi amiga Lucía Vargas.

Ella vivía en una casa de piedra; sus padres eran pastores de ovejas y maestros en la elaboración del Sangre de Cerro, ese licor de fresa fermentada que endulzaba las penas del pueblo.

A Lucía le dejaban tener muñecas de trapo y jugar en el campo hasta destrozar sus ropas.

La dejaban imaginar princesas y castillos en el barro, o montar caballos salvajes ya domesticados por el sol.

A mí, en cambio, nunca se me permitió explorar lo que ofrecía el asentamiento donde viví hace tantos años: Inocencia de la Puna Virgen.

Un lugar que el gobierno central de mi país, Tawantinmarka, olvidó a propósito.

Éramos veintiuna familias resistiendo al frío, pero mi hogar, la finca que todos llamaban “El Centro del Mundo”, no era un refugio.

Era mi jaula de Ginkgo Biloba.

Mientras Lucía era libre en su casa de piedra, yo era una extraña obligada a la perfección en una tierra que solo sabía sangrar.

Una noche, desperté porque escuché el estruendo de los truenos que vagaban por el cielo.

Fui a buscar a mi Cándida, mi mamita…

pero no estaba en su cama.

Tampoco mi padre, aunque pensé que estaría de viaje llevando verduras y leche a la capital.

Recorrí la casa de madera; yo me encontraba en el tercer piso y bajé las escaleras con miedo, arrastrando al Señor Maicol, mi conejo de peluche, hasta que los encontré.

Yo estaba detrás de la puerta que da a la cocina.

Creo que no se percataron de mi presencia porque no voltearon a verme, ni me reprendieron; solo siguieron diciéndose cosas: —Eres una mujer buena para nada, ¿por qué no puedes complacerme?

—No siento deseos por ti…

Además, tú ya tienes muchas «amigas» en el bar de Amador Tártaro.

—No seas tonta, mujer, que sin mi no eres nada.

—Yo soy suficientemente mujer para cuidar de mi Marina.

—Tu Marina es una bastarda, al igual que ese proscrito que te usó.

—Deja de gritar esas cosas, que es un secreto…

Tú te casaste conmigo sabiendo que estaba «manchada» y aun así cumpliste cada uno de tus deseos torcidos conmigo.

Pero ya se terminó, Alfonso.

«¿Por qué papá y mamá pelean siempre?».

Era un pensamiento que me persiguió gran parte de mi infancia y niñez.

¿Saben qué es ser mujer en Inocencia de la Puna Virgen?

Es una tierra donde todas y cada una de las mujeres debe ser virgen o casarse.

Recuerdo que ese día volví llorando a mi cama y, sin darme cuenta, instalé una creencia en mí: «Soy una hija deficiente, algo está podrido en mí».

Seguro por eso, desde muy tierna edad, no me permitían jugar en los campos con niños y niñas de mi edad.

Solo se me permitía ayudar a mi madre a tejer, colocando el ovillo de lana entre mis brazos para que mi Cándida pudiera confeccionar ropas.

También tenía que cortar letras y telas de diversos colores para fabricar mantos usados en polleras, ceremonias y procesiones.

Mientras mis amigos se divertían corriendo, riendo y cayendo —pero libres—, yo me convertí, sin proponérmelo, en una extensión de la voluntad de mis padres.

Cuando iba a clases, mi papá me sujetaba fuerte de la mano para no perderme o caerme; pero me dolía mucho el brazo, era, a mi parecer, muy brusco conmigo.

Sentía que yo era un hielo que se derretía ante el calor de su trato hacia mí, su niña, su única hija.

Mi padre un día se fue a llevar leche y verduras a la capital, como siempre, pero nunca volvió.

Cuando le pregunté a mi madre, me dijo que las desgracias pasan por alguna razón.

Al pasar año y medio, mi madre dejó de ser una niña para convertirse en una mujer adulta de veintitrés años.

Fue entonces cuando apareció un hombre sumamente alto, de un metro noventa: Damián Gabael Contreras, de veintiséis años.

Con su forma de tratarla y el respeto que le brindaba, fue sanando sus heridas poco a poco.

Se volvieron pareja, pero no se casaron porque mi madre estaba harta de los formalismos.

Debido a esto, tuvo que abandonar su pueblo natal, Inocencia de la Puna Virgen; así, la finca El Centro del Mundo pasó de ser un hogar a convertirse en un negocio.

Mi padrastro y mi madre se establecieron en una ciudad minera llamada Tungsteno, un lugar mucho más frío, ubicado a 4200 metros sobre el nivel del mar.

Nos costó mucho acostumbrarnos, pero al final aquella casa, ubicada en la calle Rukuna Chihua N.º 3111, se volvió —sin planificarlo— en nuestro verdadero hogar.

Mi padrastro era muy bueno conmigo: me abrazaba, me peinaba, me sentaba en sus piernas para leerme cuentos y me llevaba a la finca El Centro del Mundo.

Me hacía pasear a caballo, me llevaba al colegio y, en los días de mucho sol, me compraba helados sabrosos.

Nunca había tenido a un hombre, hasta ese entonces, que me diera seguridad y me hiciera sentir amada y querida.

Estaba contenta.

Al cumplir ocho años, mi madre, Cándida, salió embarazada.

Su vientre era enorme, de forma esferoide.

Una parte de mí estaba emocionada; soñaba con tener un hermanito.

Pero muy en el fondo, a esa edad no quería admitirlo: sentía celos de ya no ser la niña de papá ni la luz de mamá.

Pasaron los nueve meses y nació mi hermana Oriana.

Ella era de tez clara, rubia natural y, claro, más hermosa que yo.

Al principio, mientras ella era una bebé, sentí que las atenciones se fueron hacia ella; pero una vez que cumplió los cinco años, mis padres voltearon a verme a mí para observarme y ver qué niño, juego o error podría herirme.

Poco a poco sentí que su agarre —tanto la corrección de mi padre como la indiferencia de mi madre— se intensificó, hasta el punto de querer desaparecer.

En la pubertad, mi mamá me seguía llevando al colegio, sin importarles qué tan alta estaba o qué tan madura me volvía; simplemente lo hacían porque era mujer y estaba a punto de ser señorita.

Se volvieron neuróticos cuando tuve mi menarquia.

Decían: “Cada año te vuelves más impura y el pecado te va a alcanzar”.

También me hacían recordar: “Si sonríes mucho eres una coqueta, y eso es tentación del demonio, Marina”.

Oh, Dios, ¿cómo lucirá el demonio?

Quisiera saberlo, porque a él le culpo de gran parte de los castigos que me regalaron mis progenitores.

Cuando cumplí los quince años, dicen que te vuelves mujer, señorita.

Yo sí sentí una diferencia.

Mi pareja en la ceremonia era mi primo, Luis Treves Llosa.

No la pasé bien porque era un chismoso; no podía opinar nada porque él todos mis secretos revelaba.

Al cumplir las doce de la medianoche, mi madre me reveló algo que, cuando aún estaba en la cuna, escuché; pero lo tomé como un mito, un cuento para asustar a los niños.

No imaginé que estaba equivocada.

<<Tu padre era un proscrito, un despojo rechazado por los Heraldos Negros, esos hombres de élite que llevan la muerte en los ojos y el metal en las manos.

Venía huyendo de ellos, herido, muerto de hambre y con el frío de la justicia pisándole los talones.

Buscando refugio, llegó a la finca “Inocencia de la Puna Virgen”, el centro de mi mundo, mi propia Llosa cercada y protegida.

Mis padres se habían ido al monte, dejando la joya de la puna desprotegida.

Él no pidió permiso; rompió la resistencia de la puerta y entró como una plaga.

Tomó el dinero, las joyas y la dignidad de la casa.

Como un animal sediento, mamo sin descanso la leche caliente de las ubres de mis vacas tiernas, saqueando la fertilidad de mi tierra.

Pero no le bastó.

Antes de que los Heraldos Negros lo alcanzaran, hundió su pala con una fuerza salvaje.

Cavó hondo, profundo, hasta sudar, enterrando su lampa hasta el mango en el vientre de esta tierra.

De esa herida abierta, de ese surco de violencia y sudor, nació una flor extraña, una planta que no debería haber brotado en el hielo: una Marina.

Mírate, hija.

Eres de color violeta como un golpe, con una textura de piel mal curada.

Eres el fruto de un proscrito que sembró en el dolor y de una madre que se volvió Páramo para no sentir más el filo de esa pala.

Vienes de ahí: de la leche robada y de la tierra hurtada>>.

Salí…

del baño donde mi mamá me tenía recluida para enterrarme esta daga en el corazón.

Al entrar en el salón, el maestro de ceremonias me llamó a la pista y me pidió que bailara con el primer invitado a la fiesta; era lo educado por tradición.

Pero lo cierto es que no podía escuchar bien lo que me decía.

La canción «Tiempo de Vals» comenzó a sonar en el equipo de sonido.

Yo bailé al principio, hasta que me perdí pensando en las palabras: «¡Bastarda!», «Eres una bastarda», «Tu papá nunca te quiso», «Eres un tumor que inflamó el vientre de tu madre para obligarla a parir dolor y sufrimiento».

¡Maldita sea!

Mi pie, por el taco once que calzaba, se torció.

Caí al suelo y me tomé de la cabeza, casi al punto de arrancarme los oídos con las manos, producto de la desesperación.

Pero mi reacción estaba lejos de ser por el dolor del tobillo, que no era algo menor.

Fue porque descubrí que soy un error, una protuberancia que brotó con dolor en el vientre de mi madre y que fue expulsada para sufrir en esta fría tierra llena de Tungsteno; donde las vírgenes son esclavizadas, donde las mujeres de verdad son adornos de un estante, donde lo único que es eterno o fiel es el dolor, y el amor es apenas pasajero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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