EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 23
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23: CAPITULO Nro.
21 : ¿Quien es este hombre?
Mesa 21.
23: CAPITULO Nro.
21 : ¿Quien es este hombre?
Mesa 21.
—Les propongo un trato simple —dice Glenda con voz firme—.
Un sorteo de popotes.
Pero primero, debo ajustarlos a la medida de su destino.
—Yo primero —interrumpe Valeria Rodríguez García—.
Yo fui quien lo vio primero.
Mis ojos tienen prioridad.
—Yo seré la primera —sentencia Sofía con autoridad gélida—.
Soy la mayor.
En esta familia, la jerarquía se respeta incluso en el pecado.
—Si salgo ganadora —susurra Daniela con la mirada perdida—, solo déjenme bailar con él toda la noche.
Una balada romántica.
Un refugio de música en medio de este hielo.
Glenda las observa.
En su mente nace un enjambre de dudas: ¿Quién es este hombre?
¿Por qué estas tres mujeres, que parecen devorarse entre sí, están dispuestas a declararse ganadoras por encima de las otras?
¿Lo conoceré?.
—Saben qué…
no me puedo quedar con la duda —Glenda se toca el mentón—.
¿En qué mesa están comiendo ustedes, señoritas?.
—En la 21.
¿Por qué?
—dicen al unísono.
—Por nada…
Si me disculpan un momento.
Mientras las García se sumergen en una disputa de gritos, Glenda sale del baño.
Camina golpeando el suelo con sus botas, buscando la Mesa 21.
Al llegar, se detiene.
Su boca se entreabre apenas un milímetro.
Ahí está el chico que las tiene locas.
Es joven, mucho más de lo que imaginaba.
Alto, fornido y con una virilidad que desentona con su edad.
—Mucho gusto, señor.
Soy Glenda Urquide.
Pasaba para ver si todo está en orden.
¿Se le ofrece algo más?.
—No, señorita, todo muy bien —responde Thiago con una sonrisa que parece no pertenecer a este lugar—.
Mis acompañantes fueron a los servicios.
Ya vendrán.
—Veo que ha elegido la patasca —comenta Glenda, señalando el plato que ya está frío—.
Es nuestra especialidad.
—Está muy buena.
Me recuerda a la que hace mi abuela —dice Thiago.
—¿Ah, sí?
Tal vez la conozco.
Esta ciudad es una olla de grillos —responde Glenda.
—Se llama Candida Llosa Paramo —dice Thiago.
Glenda retrocede un paso, como si el nombre fuera una descarga eléctrica.
La conoce desde hace tiempo.
Entonces, debe ser el hijo de Marina Saavedra Llosa, piensa.
Pero está demasiado grande y varonil para ser el niño que recordaba.
—Señor, ya que es un buen cliente, déjeme invitarle algo especial.
Un trago de cortesía —dice Glenda.
Thiago, halagado, acepta.
Glenda vuela hacia la cocina.
—¿Dónde está mi bebida de coca?
—le ruge al cocinero.
El cocinero deja el plato que está sirviendo y se presenta con un saludo militar.
—Señora, el cocinero Roberto Gómez presente al servicio sin novedad.
—Descanse, Gómez —dice Glenda—.
¿Dónde está mi bebida de coca?.
—¿Se refiere al Regaliz Verde, señora?.
—Así es, Gómez.
¿Dónde está?
Es urgente.
Gómez busca en el almacén; se oye el estruendo de ollas de metal cayendo al suelo, un desorden que Glenda lamenta, hasta que saca la botella.
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