EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 24
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24: CAPITULO Nro.
22 : EL REGALIS VERDE 24: CAPITULO Nro.
22 : EL REGALIS VERDE —Tenga cuidado, señora, está muy concentrado.
Recuerde: pisco con hojas de coca, té verde, gotas de raíz de valeriana, jugo de uvas verdes añejadas y un relajante muscular —advierte Roberto Gómez.
—Está perfecto para mis planes, Gómez —dice Glenda.
Sirve una copa y sale hacia la mesa 21 con una bandeja de acero.
—Aquí tiene, señor.
Disculpe la espera —dice Glenda.
—No se preocupe.
Gracias por el detalle, estaba sediento.
¿Es como el «calientito»?
—pregunta Thiago.
—Este es mejor; más dulce, aclara la garganta —responde Glenda.
Thiago la bebe.
Es dulce y sabrosa, cargada con esa esencia de regaliz verde como la menta.
Al ingresar al estómago, calienta pero no hiere; reconforta.
¿Por qué las cosas prohibidas saben tan bien?
El Regaliz es un cóctel que actúa como un medicamento inverso: en lugar de sanar el cuerpo, libera el alma de lo formal y lo moral.
Glenda regresa al baño.
Encuentra a Sofía, Valeria y Daniela esperando con los brazos cruzados.
Corta los popotes; solo uno queda corto.
—Muy bien, saquen.
La que obtenga el más corto será la ganadora.
Daniela es la última.
Cierra los ojos y estira la mano.
Al comparar los tres, resulta ser la ganadora.
Valeria, furiosa, le entrega un reloj de oro a su madre —un tesoro extraño, pues no parece nuevo— y a su hermana le lanza un brazalete de tungsteno.
—Yo realmente quiero estar con él toda la noche —masculla Valeria con el orgullo herido.
Glenda sonríe.
Coge todos los popotes y, frente a ellas, los corta de nuevo con su tijera.
Los pedazos caen al suelo.
Cada una vuelve a sacar el suyo, solo para descubrir con indignación que todos son iguales.
—Solucionado —sentencia Glenda.
Las García miran los trozos de plástico sin moverse.
—¿Por qué discuten por la compañía de un hombre en una noche tan fría?
—dice Glenda mientras se da la vuelta—.
En Tungsteno, todas son ganadoras.
Listo.
Se dispone a salir, pero Sofía, acostumbrada a que cada favor sea una transacción de piel y sangre, la detiene.
—¿Por qué nos ayudas?
¿Qué ganas tú a cambio?
Nadie regala nada aquí.
Glenda se detiene en el umbral de la puerta giratoria.
—Miren…
trabajar en este restaurante de día y de noche, aunque sea mi negocio, es agotador.
Digamos que su discusión me pareció divertida.
Un recreo en mi egoísmo —responde Glenda.
—Eso no responde la pregunta —insiste Valeria.
Glenda ríe suavemente, una risa que sale desde lo más profundo de su ser.
—Digamos que dentro de mi pecho no encontrarán honor o valores.
Eso para mí no tiene precio, porque no sirve para sobrevivir.
Lo que sí tengo es un egoísmo elegante.
A veces es crudo, lo reconozco, pero hoy decidí ser egoísta con ese hombre que las espera afuera y ser elegante con ustedes —dice Glenda.
Glenda Urquide sale del baño.
Las tres mujeres se quedan en silencio, apretando su pedazo de plástico hasta deshacerlo, conscientes de que esta noche cada una le arrancará un trozo a Thiago para intentar mitigar el frío eterno de Tungsteno.
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