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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Capítulo Nro
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26: Capítulo Nro.

24 : El Thiago le Gusta Tomar.

26: Capítulo Nro.

24 : El Thiago le Gusta Tomar.

Él seguía solo en la mesa.

Thiago tomó la bebida verde que le convidaron; sintió que era dulce y que le calentaba la garganta, pero al llegar al estómago, experimentó una especie de felicidad, una sensación de plenitud.

—Está muy agradable esta bebida.

¿Cómo dice que se llama?

—preguntó Thiago.

—Se llama Regalis Verde.

¡Qué bueno que te guste!

—respondió Glenda Urquide.

Valeria caminó hacia la mesa, se colgó del cuello de Thiago y lo abrazó.

—Ya vine, Thiago.

¿Me has extrañado?

—dijo Valeria.

—Sí, creo…

mmm, me sentía muy solo.

¿Dónde han estado?

—respondió él.

Daniela, al verlo, le preguntó preocupada: —¿Estás bien, Thios?

—Sí, estoy perfecto.

La verdad, nunca antes me había sentido tan ligero —confesó Thiago.

Sofía, al alcanzar a sus hijas, vio cómo Glenda se alejaba lentamente, como una sombra sigilosa.

—¿Qué le pasa a Thiago?

¡Lo veo algo divertido!

¿Qué le han hecho, chicas?

—interrogó Sofía.

—Parece que ha estado tomando sin nosotras.

¡Veo que no esperas a nadie!

Iniciaste la diversión solo, ¿eh?

—criticó Valeria.

A lo lejos se escuchó una voz varonil que se acercaba rítmicamente: «un, dos; un, dos; un, dos; un, dos».

Era una secuencia marcial que daba la impresión de que presenciaban el inicio de una marcha redoblada.

—Muy buenas noches, señoritas y señor.

Su servidor, Roberto Gómez, a la orden.

Hoy les traigo una exquisitez del paladar: el Regalis Verde.

Mi señora les ha mandado una jarra.

¡Por favor, acepten este humilde detalle!

-se presentó, realizando un saludo militar.

—¿Se puede saber quién diablos es su señora?

—interroga Sofía.

—¡Presente, querida!

—responde Glenda Urquide.

—Mi señora, por favor, no se vaya a molestar…

Hice lo que me pidió, solamente eso, mi señora —dice Roberto Gómez.

—No te preocupes, te libero de toda culpa —responde Glenda.

Sofía, al ver que Glenda está frente a su mesa, se levanta y la coge del brazo.

Glenda responde con una sonrisa mientras Sofía la aleja de la mesa hacia el centro del restaurante.

—¿Qué es lo que pretendes, se puede saber?

—dice Sofía—.

Primero nos abordas en el baño, nos ayudas con un sorteo no tan decente…

¡Y ahora vienes a nuestra mesa a ofrecernos veneno!

—Me ofendes, querida.

¿Cómo voy a envenenar a la mujer de turno de mi mejor cliente?

—dice Glenda, riendo.

—¿Mujer de turno?

¿Por quién me tomas?

¿Mejor cliente?

—responde Sofía.

—Walter Serafín Polmod.

Ese es mi mejor cliente, pero es furtivo, muy rápido, hermético; jamás saluda, jamás negocia…

Él solo entiende de sexo y dominio —dice Glenda.

—Así que por mi marido quieres hacernos daño, maldita —responde Sofía.

Glenda sigue sonriendo, con una mirada que refleja fuego en sus pupilas marrones.

—¡Muy bien, queridos amigos!

¿A quién le gustó el Regalis Verde?

—pregunta Glenda al público.

Todos los comensales que a esa hora se protegían del frío intenso —degustando su caldo de mote, patasca o cordero ahumado— elevan sus brazos con una copa en mano y el brebaje verde, diciendo al unísono: «¡Está delicioso, Glan!

¡Quiero más Regalis!».

Sofía se quedó boquiabierta al darse cuenta de que estaba haciendo un espectáculo por nada; solo eran creencias infundadas.

—Pero entonces, ¿por qué le diste a Thiago el Regalis Verde?

—pregunta Sofía—.

¿Y a nosotras por qué?

No me digas que ahora somos tus amigas.

—Thiago, ¿podrías ir al baño?

—ordena Glenda.

—No quiero ir al baño —responde Thiago, aburrido.

Sin embargo, su cuerpo se levanta casi en posición de firmes, gira y se desplaza de forma ordenada hacia el baño con la mirada perdida.

—Pensé que te gustaría tener a tu amado Thiago a tu disposición solo por esta noche, preciosa —responde Glenda.

—No puede ser…

—murmura Sofía, aturdida por lo que acaba de presenciar.

—Ustedes también tómenlo.

La noche será más intensa…

Podrás sentirlo todo mucho más delicioso.

Espero que lo goces —dice Glenda—.

Una cosa más: espero que te acuestes con Thiago, en serio.

Pero pase lo que pase, quiero una cita con tu hombre, querida.

Sí, con Walter Serafín Polmod; tengo negocios con él.

—Pero…

Está bien, lo haré.

No imaginé que te gustara lo salvaje y machista —responde Sofía, malhumorada.

—No me gusta, pero no tengo otra opción.

Como te dije, son negocios —justifica Glenda—.

Antes de que se me olvide…

si durante la noche quieres romper el enjuague mental del Regalis Verde, debes fumar marihuana.

Toma, aquí tienes tres puchos.

Sofía guarda los cigarrillos en el elástico de su braga; para ella es uno de los lugares más seguros.

Daniela, lejos de conversar con Valeria, mira fijamente la sospechosa conversación que su madre mantiene con esa elegante egoísta de Glenda Urquide.

Observa cómo sacan y guardan los cigarrillos de marihuana envueltos en un papel blanco perfectamente prensado.

—Madre quiere divertirse con Thiago cabalgando toda la noche —murmura Daniela.

—¿Qué has dicho, Dani?

—pregunta Valeria, aburrida.

—Que madre es muy desconfiada —miente Daniela.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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