EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 34
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34: Capítulo Nro.
32 = La Discoteca.
34: Capítulo Nro.
32 = La Discoteca.
—¿En serio, padrino?
—dice Thiago.
Valeria, furiosa porque un hombre gigante la ha tratado como una muñeca insignificante, salta y se sube a la espalda de Mijael.
—¡Deja en paz a mi Thiago, maldito gigante!
—grita Valeria.
Sofía y Daniela se colocan delante de Thiago con la intención de protegerlo.
—Tranquilas, chicas.
Este hombre que ven aquí es mi padrino, Mijael Pavblov —dice Thiago.
—¿Qué?
—dice Daniela.
—¡No puede ser!
—exclama Sofía.
Ella siempre había temido el porte de Walter Serafín Polmod.
Nunca pensó ver a un hombre con el físico de una auténtica mole.
—Sí…
hija, bájate…
no vayas a lastimar al señor Mijael —dice Sofía, con cautela.
Valeria se ruboriza y baja con cuidado de la espalda de Mijael.
—Perdone a Valeria, a veces es un poco impulsiva —se disculpa Sofía, bajando la cabeza.
—No se preocupe, yo tengo la culpa —responde Mijael—.
Pensé que era un alborotador y creí que debía darle una lección.
Luego entendí que era mi ahijado.
Eso fue todo.
Si me mostré amenazante, no era mi intención.
—No se preocupe.
Bien, Thiago, todo está arreglado, así que vámonos de acá —dice Sofía.
—Justo le decía a Thiago que sería genial que pudieran venir conmigo a mi discoteca —propone Mijael.
Thiago toma la mano de Sofía y la aprieta con firmeza.
—Así que podemos seguir con nuestra diversión un rato más, ¿te parece bien?
—pregunta Thiago.
—Sí, claro…
estaría bien, creo —responde Sofía, sorprendida por la repentina reacción de Thiago.
Valeria se acerca por el costado derecho de Thiago y lo abraza.
—¿Vamos, Thiago, a bailar?
—pregunta Valeria.
—Sí, claro…
más bien, gracias, padrino —responde Thiago.
Mijael volteó y buscó con la mirada a Glenda Urquide.
Se acercó a ella y le entregó un regalo pequeño, envuelto en papel rosa.
Luego le tomó el mentón con dos dedos y la obligó a mirarlo a los ojos.
Glenda no pudo evitar temblar; las lágrimas comenzaron a brotarle sin control y recorrieron su rostro en silencio.
Thiago, Sofía, Valeria y Daniela lo vieron todo, pero no dijeron una sola palabra.
Bajaron la cabeza, como si hubieran sido testigos de algo que no les pertenecía.
Sin mirarse entre ellos, se dirigieron a la salida.
Ya de espaldas al restaurante, esperaron en silencio al que sería su anfitrión esa noche.
—No quise hacerte perder el tiempo, Micki…
—dice Glenda, con la voz quebrada.
—Sabes que no debes llamarme así en público —responde Mijael, sin alzar la voz.
—Lo siento…
—murmura ella.
Mijael la observa un segundo más de lo necesario.
—¿Quién le dio el Regalis Verde a Thiago, mi sobrino?
—pregunta.
—Yo…
creo que fui yo.
No sabía que era tu sobrino —se defiende Glenda, bajando la mirada.
Mijael sonríe apenas, una mueca sin humor.
—Nunca debí enseñarte a preparar el Regalis —dice—.
Si vuelves a hacerlo sin preguntarme, te daré Gerjes Azul.
Y sabes bien lo que eso provoca, Glam.
¿Entendido?
—-dice Mijael.
—Sí…
—responde Glenda, agachando la cabeza, como una niña reprendida.
Mijael la suelta.
Se da media vuelta y camina hacia la salida con paso casual, como si nada hubiera ocurrido.
Afuera, Thiago y las mujeres lo esperan en silencio.
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