EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 37
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37: Capítulo 35 – HERMANAS Y BAILE 37: Capítulo 35 – HERMANAS Y BAILE La música sigue sonando.
Thiago continúa bailando con Daniela.
Sin roces innecesarios, mirándose siempre.
🎶 En la disco pegaíto’, sudando la razón, tu cintura me habla sin usar el corazón.
Noche sin promesas, solo ritmo y tentación, si mañana preguntan…
fue culpa del reguetón.
🎶 Daniela se acerca a Thiago; sus piernas rozan al son del bajo.
Mueve las caderas, baja hasta casi tocar el suelo y vuelve a subir.
El vaivén se hace lento, casi tántrico.
Se sujeta el cuello de Thiago con fuerza.
Él no puede evitar tomarle la pierna.
El ritmo se vuelve más sensual.
Ella se pega a su oído, agitada.
—Gracias, Thiago…
Hace mucho que no bailaba así con un hombre.
Desde que ese se fue —susurra.
— ¿Quién es ese?
—pregunta él, con duda.
—Dije eso?
Olvídalo…
—dice Daniela.
Se detiene.
Se pone de puntillas para alcanzar su frente.
Thiago se inclina un poco.
Daniela toma su cabeza y junta la suya con la de él.
—Sabes que para una mujer nuestros secretos son nuestra posesión más preciada?
—pregunta.
Thiago no sabe qué decir.
Niega con la cabeza.
—Hermana, ya bailaste suficiente.
Ahora me toca a mí —interrumpe Valeria, acercándose con un vaso de cerveza recién servido.
Daniela acepta regañadientes.
—Salud —dice, y bebe de un sorbo antes de volver a su asiento.
—Estás listo…
para bailar conmigo ahora?
—pregunta Valeria.
Thiago le señala que guarda silencio.
Se limita a moverse al ritmo.
Valeria sabe bailar; se pega a él, rosa sus brazos.
La música se corta en seco.
El silencio se hace absoluto.
Las quejas brotan.
Las luces psicodélicas, neón se apagan hasta que un solo reflector ilumina una figura alta, reconocible.
—A veces —dice Mijael Pavblov, con voz calma— el talento se pierde entre mezclas, entre gente que ya es grande en el mundo.
—Pero acá, en este tungsteno frío, todavía hay mineral valioso en estado bruto.
Se gira hacia la cabina.
—Mi DJ Shungit.
Escúchenlo.
El reflector se mueve.
Un chico delgado, envuelto en negro.
Capucha baja, abrigo ancho.
Avanza sin mirar a nadie.
Toma el micrófono con manos nerviosas, sudando y se quita el gorro.
—No soy tan bueno —dice, casi en voz baja—.
Espero que lo entiendan.
—Solo escribo cuando no puedo dormir.
Devuelve el micrófono.
Vuelve a su lugar.
No hay aplausos.
Solo un murmullo expectante.
Desde la cabina, el sonido vuelve distinto: más sucio, más irreverente.
🎶 Soy el más bandido, reguetoneando sin pena, por las calles de Barcelona rompiendo la escena.
🎶 La pista estalla.
Manos arriba, cuerpos que se buscan.
La letra suena libre, nueva.
—Me encanta, Thiago —dice Valeria.
—Tiene buen ritmo…
¿será original?
—pregunta Thiago.
—Tal vez —responde Valeria.
🎶 No te me insinúo ni con anillo ni pitillo, no me compro con promesas ni con brillo amarillo.
🎶 Valeria se mueve con sensualidad.
Thiago la envuelve con sus brazos; su altura el cubre.
La música y los cuerpos se vuelven cómplices.
🎶 🎶 🎶 Me gustan las argentinas, las chamas venezolanas, las ecuatorianas finas, las colombianas bacanas, las brasileñas que queman, y por encima del mapa, las tawantinmarkinas…
porque con ellas voy serio y la película no se escapa.
🎶 🎶 🎶 Thiago toma el cabello de Valeria y la gira.
Ella lo siente detrás: respiración, fuerza.
Cuando la toma de las caderas, el roce es mutuo; no hay resistencia.
La pista se desdibuja y la discoteca se vuelve altar.
🎶 Tra-tra-tra Tra-tra-tra Tra-tra-tra…
🎶 Valeria siente el temblor de Thiago siguiendo el ritmo.
Se inclina un poco; deja que avance.
El baile impone un dogma breve y compartido: intensidad, calor, un tungsteno que se siente menos frío.
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