EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 39
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Capítulo 39: Capitulo N° 36 . B = EL MENSAJE.
Mauricio levanta la mirada y se detiene un instante en los ojos azules de Sofía. Luego hace un gesto para que lo acompañe a la barra. Ella camina delante; él la sigue. Se sientan uno al lado del otro. Sofía se aventura a hablar con el barman.
—¿Tendrá Regaliz Verde? —pregunta.
—¿Cómo sabe del Regaliz Verde? No está en el menú —responde el barman, desconcertado.
—Digamos que ya recibí una primera dosis… pero el efecto está bajando —explica Sofía.
—No es recomendable, pero… —empieza a decir el barman.
—¿Qué ocurre, Víctor? —interviene Mijael Pavblov, que ronda por la discoteca.
Víctor le explica en un susurro que la señorita ha solicitado Regaliz Verde y que estaba a punto de negarse porque no figura en la carta.
—Negativo. Dale lo que pidió —ordena Mijael Pavblov.
—¿Qué? —balbucea Víctor.
—Ya escuchaste. No lo repetiré —dice Pavblov.
Víctor gira, sonríe apenas a Sofía y ofrece una disculpa seca. Luego saca una botella ovalada, similar a una pócima, que contiene una bebida verde brillante. Sirve con sumo cuidado en dos vasos old fashioned y los desliza por la barra hasta tocar las manos de Mauricio y Sofía.
—¿Cuánto es? —pregunta Sofía.
—Va por cuenta de la casa… además no está en el menú —responde Víctor.
Mauricio, sin preguntar, toma el vaso y bebe de un solo trago la sustancia verde. Sofía lo observa en silencio, dudando si el golpe será inmediato o si él resistirá con valentía.
—¿Qué pasó… es acaso por una mujer? —pregunta Sofía.
—Digamos que sí. Mi… mi enamorada —corrige—, bueno, la mujer con la que empecé a salir, me dejó plantado en la Plaza de Armas de Tungsteno. Íbamos a cenar, tal vez a caminar… pero nunca llegó. Así que vine aquí a ahogar mis penas.
—Qué cruel dejarte plantado. ¿Cómo se llama ella? —dice Sofía.
—Se llama Marina Saavedra Llosa —responde Mauricio—. Esta bebida está muy fuerte.
—Olvidé decirte que tomaras sorbos pequeños, pero… tranquilo, ya pasará —dice Sofía.
* * * * * * *
Thiago, al notar que Sofía se demora demasiado, se levanta de su asiento.
Aunque está algo mareado, por alguna razón no deja de pensar en ella: sola, en medio de una discoteca que no conoce bien.
Abandona el box.
Baja los escalones, esquiva a algunas meseras del lugar. Agradece, dentro de sí, que ninguna sea Sara.
En la pista de baile, las personas aglomeradas comienzan a tomar a sus parejas para bailar una salsa sensual. Thiago da vueltas un rato hasta que la ve: su larga cabellera rubia resalta entre tanto cabello negro y castaño.
Pero al acercarse se da cuenta de que no está sola. Está acompañada de un varón.
Se aproxima con la intención de reclamarle. ¿Cómo se atreve a dejar al grupo para sentarse a charlar con un desconocido sin avisarle? Una parte de él piensa, sin filtros, que como mujer debería avisarle primero a él antes de hacer algo así.
Sin embargo, a pocos metros, algo lo frena.
Reconoce al hombre.
Es alguien que sí conoce. Marina —la misma a la que, cuando está sobrio, llama cucufata— se lo presentó hace unos tres meses como el hombre con el que había empezado a salir.
<> —piensa Thiago.
Aprieta los puños. La tensión le sube por los brazos. Quiere ir y pegarle.
¿Defender la dignidad de su madre?
En realidad —aunque no lo admita— no es tanto por Marina.
Es porque una mujer abandonada por su padre se le está escapando de las manos.
Eso le provoca ansiedad, dolor, un ardor espeso en el estómago. Ira.
<<Sofía debe estar a mi lado. Punto.
¿Qué hace una mujer como ella al lado de ese inútil?>> —piensa, con rabia.
Una vibración interrumpe sus cavilaciones.
Saca el celular del bolsillo del pantalón y lo desbloquea. No hay notificaciones en redes sociales. Solo un mensaje de texto.
Mensaje de Mamá:
“No me siento bien, Thiago. He discutido y no tengo sueño. A veces una no sabe qué hacer. Solo quería saber si estás bien hijo”.
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