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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - Capítulo 42: Capítulo Nro. 37 . C = LA DOMINACION.
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Capítulo 42: Capítulo Nro. 37 . C = LA DOMINACION.

Thiago se quedó callado. Eso no me gustó nada; un temblor me invadió. Él daba vueltas y más vueltas alrededor del lugar. Incluso se pegaba tanto a la carretera que los camiones y tráileres pasaban demasiado cerca de nosotros con su luz cegadora.

—¿No puede ser? ¿Has estado tan mareado por el Regaliz Verde que no recuerdas dónde dejaste la camioneta, Thiago? —me pareció gracioso por un momento.

Hasta que la vio, cruzando la carretera, en una esquina donde los faroles estaban malogrados bajo un sicomoro antiguo. Comenzó a jalarme mientras cruzábamos la pista.

—Thiago, ya basta de tonterías. Suéltame ya, por favor —le dije, pero él no medía su fuerza, llevándome como si no pesara nada, dándome incluso pequeños empujones.

La oscuridad se hizo densa hasta que estuvimos frente al vehículo.

—¡Sube a la camioneta! —ordenó Thiago con el mentón tenso, apuntando a la misma camioneta que durante un tiempo siempre vi y soporté con Walter: la Chevrolet C10 de 1970, color turquesa con franjas blanco perla y lunas polarizadas.

—¡No quiero! ¿Qué vas a hacer? ¿Me vas a obligar? —le dije retándolo; era lo único que se me ocurría para detener su avance—. ¡No voy a subir a ningún lado contigo! ¡Estás borracho y actuando como un animal!

Repliqué tirando en dirección opuesta, intentando alejarme de la puerta posterior. Lamentablemente, presentía lo que intentaba hacer y no me gustaba para nada la idea. No así, no de esta manera. Thiago parecía harto de mis protestas, así que me giró y me empujó contra la puerta del vehículo. Me dolió; sin poder evitarlo, lancé un gemido. Abrió la puerta —solo escuché el “clic”—, puso sus manos en mi cintura, me cargó y me metió dentro. Tomó mis pantorrillas y me jaló casi al borde del asiento; mis piernas envolvieron su cintura.

Escuché una voz familiar en medio de la oscuridad.

—¿Qué sucede, madre, con Thiago? ¿Todo está bien? —Era mi hija Valeria, con una expresión seria; solo veía el brillo de sus ojos y sus blancos dientes.

Thiago la miró de reojo, quedándose quieto. No quería que me viera así; en realidad, jamás me había visto así. Muchas veces, como madres, cubrimos los moretones púrpuras ante nuestros hijos para proteger su frágil mente. Recordé que ella había bebido bastante Regaliz Verde, así que solo tenía una oportunidad de entonar la voz correcta.

—¡Valeria, vuelve a la discoteca! ¡Quédate con tu hermana! —Lo habré dicho bien, de lo contrario no surtirá efecto. —Sabes muy bien que no puedes darme órdenes, madre. Y tú, Thiago, deja tranquila a mamá —dijo Valeria. —¡Valeria Rodríguez García, ya dije que lo hagas! ¡No volveré a repetirlo, señorita! —lo volví a decir, más fuerte esta vez.

Sentí cómo Thiago, sigilosamente, estaba desabrochando mi cinturón y mi pantalón jean. Valeria se calló de forma abrupta; reinó el silencio. Su mirada perdió brillo y, de forma automática, comenzó a repetir mecánicamente:

—Seguro, madre, iré a la discoteca con Daniela. Seguro, madre, iré a la discoteca con Daniela…

Se fue del lugar, dejándome sola con este que ya no parecía niño, sino una bestia indescifrable y salvaje.

—¿Piensas hacerlo aquí mismo, en la calle, en medio del frío de Tungsteno? —dije, porque me parecía, sinceramente, una locura. —¡No soy un niño! Espero que te des cuenta —sentenció Thiago. —Estás loco —dije.

Al tener mi pantalón suelto, de un tirón jaló mi ropa dejando al descubierto mis caderas. Sentí cómo el frío de la ciudad ingresaba en mí. Comencé a temblar, pero ya no se me ocurría qué decir para detener esto. Mi pantalón estaba a la altura de mis botas; mis pies estaban encima de sus hombros. ¡Oh, por Yendey, sí va a suceder!

Me sujeta de las muñecas. Me duele; está presionando tan fuerte que siento que me corta la circulación. Jala con fuerza, mueve mi cuerpo hacia adelante. Ingresa dentro de mí; siento que me invade, mientras él se imagina, de forma tonta y equivocada, que soy suya, sintiéndose como un trofeo jamás otorgado.

Lo recuerdo a él, a Adrián Vincenzo, de dieciocho años. El que permitió que dejara de ser señorita para ser su mujer. Ver su rostro es sentir, una vez más, el campo de violetas y el olor a genciana, comparado con la tierra húmeda y la menta bajo el sol. Fue cuando tenía veintiún años. ¿Fue doloroso? Sí, es algo inevitable, pero su proceder luego del primer impacto fue una caricia perpetua que se tatuó en mi tersa piel.

Siento el cuero del asiento trasero de la camioneta. Él sigue embistiendo con fuerza. Escucho su respiración agitada, profusa. Desde hace un rato dejé de sentir frío porque lo siento más a él que cualquier estímulo que pueda surgir en la oscuridad o en la calle. Sí, lo deseé como una idea, como quien quiere probar un cubo de azúcar más, un caramelo de sabor exótico… pero no de esta manera. Hay una gran diferencia entre desear y tener el timón del acto; en este caso, simplemente me he vuelto un objeto de satisfacción de un hombre guapo, sí, pero que no mide su fuerza ni sus ganas. Me lastima… ¿Será consciente de eso? Hay hombres que son ignorantes y piensan que una mujer como yo desea y se desespera igual que ellos.

Mi piel tirita, grita y se deja apreciar por su sonido al chocar con otro cuerpo celeste que lo único que sabe sentir es la erupción de un volcán.

—¡Madre santa, que termine ya! —digo a viva voz, sin importarme si lastimo su ego; después de todo, él ya está tomando todo de mí.

Ay, Adrián Vincenzo, te recuerdo mucho porque fuiste mi primer amor y el que me preguntó antes de insinuarme tus candentes intenciones. Los años pasaron y, en mi madurez, te valoro mucho más que antes, porque después de ti no volví a sentirme tan respetada ni tan amada como ese día, el primero de octubre, en el campo de violetas de genciana, cuando perdí mi virginidad sin pudor pero con vergüenza.

“He aprendido que el mundo no se detiene por el dolor de una mujer.

La noche siempre revela lo que los hombres intentan ocultar con palabras dulces.

Mi cuerpo recuerda más de lo que mi mente quiere aceptar.

Aun así, sigo de pie, porque alguien debe sostener la sombra para que otros no caigan.

Y en ese acto silencioso descubro mi única forma de libertad.”

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SOFIA GARCIA LOPEZ

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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