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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 43

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Capítulo 43: Capítulo Nro. 38 . A = UN BUEN HOMBRE.

El taxista vio a lo lejos la camioneta. Era una Chevrolet C10 de 1970, color turquesa con franjas blanco perla y lunas polarizadas. Para la mayoría en Tungsteno ya era tarde, pero para él la noche apenas soltaba su primer aliento. Se quedó observando el vehículo; le parecía familiar, pero no sabía por qué.

Gualberto nunca tuvo la virtud de la memoria; más bien todo lo contrario. La señora Otti por Ottilia, su esposa desde hace once años, se lo recordaba siempre: “—¿Dónde carajos dejaste las llaves, Gualberto?”. A veces le decía “mi Barrientos” o, en las noches de suerte, susurraba: “—Rayos, hombre, qué caliente estás hoy”.

Y era verdad. Ella jamás lo minimizaba. En Tungsteno se puede ser una mujer fría, remilgada o frígida, pero jamás una mentirosa. Reconocer la única virtud de un hombre después de tres años de convivencia era una de las pocas verdades absolutas que quedaban en ese lugar de mierda.

Gualberto estaba ligeramente inclinado sobre el timón de su auto: un Dodge Dart (1968-1970), vulgarmente conocido como “El Tanque”. Tenía una antena larga en la parte delantera y lucía un color rojo cereza que contrastaba con el capó blanco; incluso los bordes de sus llantas mantenían esas líneas blancas de los clásicos de antes. No era un auto de lujo; era un sobreviviente que ya casi no se veía en el país, pero para Gualberto era el único boleto hacia un buen día.

Para él, la felicidad era simple: un viaje interesante, un cliente con una buena historia que contar y algunos intis en el bolsillo. Eso era todo. Sobre todo porque, con el dinero suficiente para la cena, la señora Otti le daría cariñitos ricos, rascándole la cabeza con ternura antes de dormir.

Siente un frío que recién empieza a arreciar. Sabe que no debería hacerlo, pero el temblor en las manos le gana. Se acerca a la esquina donde brilla el neón de la discoteca: The Raw Overload. Siempre se preguntó por qué Mijael Pavlov llamaría así a su rincón, ese lugar que adultos y jóvenes frecuentan con una avidez que roza la lujuria.

—¿Señora Maruja, tiene calientito en botella? —pregunta Gualberto Barrientos.

—Señor Gualberto, usted no debería tomar ni calientito, mucho menos una cerveza —responde ella, mirándolo con severidad.

—Jajaja… señora, no quiero emborracharme, solo calentar el cuerpo —insiste él.

—Es que ya vendí todo lo que hice esta mañana… solo me queda uno que guardo hace cuarenta días. Debe estar concentrado, puro fuego —advierte la señora Maruja mientras se levanta, arreglando su pollera de colores azul y rojo con adornos blancos.

Es una mujer de pie grande y talones gruesos. Trabaja desde las seis de la tarde hasta las 03:21 de la mañana porque su marido —un cholo recio que sabe destilar buen trago, pero que prefiere ver televisión todo el día— no mueve un dedo. Maruja Fierro, a sus cuarenta años, solo sabe caminar, trabajar y volver a casa para recibir esas caricias de un conviviente que duelen más que el trabajo. Se agacha y saca del fondo de su carreta una botella de vidrio con un líquido color ámbar.

—Es un inti, Gualberto —sentencia Maruja.

—Tome y muchas gracias, señora.

Gualberto abre la botella con un cloc seco y bebe. El líquido se desliza por su garganta como lava, quemando el frío, pero poco a poco el calor empieza a treparle por el pecho, sigue tomando.

—Diantres, sí que está bueno. Creo que lo termino de un sorbo —murmuró Gualberto Barrientos para sí mismo.

De pronto, se tropezó con alguien. No vio quién era; sus ojos estaban fijos en el color ámbar del líquido incandescente.

—Discúlpeme, señorita… ¿se encuentra bien?—balbuceó Gualberto. Jamás en sus treinta y tres años había visto a una mujercon el cabello pelirrojo, encendido como el fuego. Se quedó mudo por un segundo.

CONTINUARÁ ===============➤ A LA VUELTA DE LA ESQUINA

Gualberto abre la botella con un cloc seco y bebe. El líquido se desliza por su garganta como lava, quemando el frío, pero poco a poco el calor empieza a treparle por el pecho, sigue tomando.

—Diantres, sí que está bueno. Creo que lo termino de un sorbo —murmuró Gualberto Barrientos para sí mismo.

De pronto, se tropezó con alguien. No vio quién era; sus ojos estaban fijos en el color ámbar del líquido incandescente.

—Discúlpeme, señorita… ¿se encuentra bien? —balbuceó Gualberto. Jamás en sus treinta y tres años había visto a una mujer con el cabello pelirrojo, encendido como el fuego. Se quedó mudo por un segundo.

—No se preocupe, fue mi culpa. Es que… estoy buscando a mi madre, ¿no la ha visto? —preguntó Valeria Rodríguez, con la voz entrecortada.

—No sabría decirle, señorita. Aquí hay demasiada gente pasando —respondió él, aferrándose a su botella.

—Sí, comprendo. Pero ella estaba acompañada de un hombre alto, fuerte… quizás más joven que usted.

—Hace un rato vi a una pareja. Parecían novios, andaban dando vueltas —recordó Gualberto—. Quizás estaban discutiendo, porque el hombre la agarraba del brazo izquierdo.

—¿Qué? ¿Por dónde se fueron? —preguntó Valeria, con los ojos bien abiertos.

—Bueno, cruzaron la carretera y se metieron en esa calle oscura. Recuerdo que pensé: “seguro se van a besar o quieren privacidad”. Usted comprende, la discoteca, el alcohol… Ah, perdone, es su madre. Mil disculpas, quizás sea el calientito —dijo Gualberto, dándole otro trago largo a la botella con soltura.

—Claro… con su permiso, señor —respondió Valeria.

Cruzó la carretera corriendo, mirando a ambos lados con desesperación. Gualberto la vio hundirse en la perpetua oscuridad de la calle, caminando directo hacia el sicomoro que estaba pegado a la camioneta Chevrolet C10.

—Ay, qué niña para más atolondrada. ¡Las odio! Si mi hija fuera así de adulta, le daría una buena tunda —refunfuñó Gualberto Barrientos, dándole otro trago a su incandescente.

A lo lejos, en la sombra negra y azulada que proyectaba la Chevrolet C10, Gualberto notó un vaivén extraño, como si algo pesado se moviera dentro del vehículo. Al poco rato, vio a la señorita pelirroja cruzar de vuelta la pista. Tenía la mirada perdida, fija en el horizonte de neón de The Raw Overload.

Gualberto volvió a contemplar ese cabello de fuego intenso. Tenía la casaca de cuero desabrochada, dejando ver un sujetador negro que usaba como top, y una minifalda con pantalonetas de lana que se pegaban a sus piernas para protegerlas del frío hasta perderse en las botas de cuero. Sus tacos golpeaban el suelo con un ritmo errático.

—¿Disculpe, señor, cuánto un taxi hasta la calle Rukuna Chihua 4021? —interrumpió Doña Urtencia, la coleccionista de antigüedades.

—Doña Urtencia, para usted tres intis. Nada más y nada menos —sentenció Gualberto.

—¡Esto es un robo! No lo conoceré yo… seguro está recolectando intis para su Navidad, bandido —reclamó la señora.

—¿Qué pasó, qué pasó? Si no le gusta el precio, diga “no gracias”, pero no venga a ofender —respondió Gualberto, alejándose de ella con fastidio.

—¿Qué ha dicho? —chilló Urtencia.

—Ya me escuchó —zanjó él.

Gualberto se acercó a Valeria; su expresión lo intrigaba. ¿Qué habría pasado en ese rincón oscuro de la calle? Era inquietante.

—¿Se encuentra bien, señorita? —le preguntó con cautela.

—”Seguro, madre, iré a la discoteca con Daniela. Seguro, madre, iré a la discoteca con Daniela…” —susurró Valeria, repitiendo las palabras como un rezo vacío.

Gualberto se apartó de su camino. Valeria siguió caminando hasta entrar a la discoteca y perderse entre las luces psicodélicas. Él no entendía por qué una muchacha tan joven estaría así de desorientada. ¿Le habría pasado algo dentro de esa calle oscura? Sin proponérselo, Gualberto se encontró caminando, mirando a ambos lados y esperando que los tráileres y los autos pasaran para cruzar la pista.

Se acercaba, paso a paso, a esa profunda oscuridad que solo se aplacaba bajo el brillo azul de la luna, el cual se reflejaba en la camioneta, en el sicomoro, en las piedras filudas y en la tierra. Cada vez la camioneta se movía más y más. Se dejaba escuchar el sonido de los amortiguadores, vencidos por el uso, que rechinaban de forma constante, sembrando dudas en su mente y una profunda incertidumbre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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