EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 44
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Capítulo 44: Capítulo Nro. 38 . B = UN BUEN HOMBRE.
Gualberto abre la botella con un cloc seco y bebe. El líquido se desliza por su garganta como lava, quemando el frío, pero poco a poco el calor empieza a treparle por el pecho, sigue tomando.
—Diantres, sí que está bueno. Creo que lo termino de un sorbo —murmuró Gualberto Barrientos para sí mismo.
De pronto, se tropezó con alguien. No vio quién era; sus ojos estaban fijos en el color ámbar del líquido incandescente.
—Discúlpeme, señorita… ¿se encuentra bien? —balbuceó Gualberto. Jamás en sus treinta y tres años había visto a una mujer con el cabello pelirrojo, encendido como el fuego. Se quedó mudo por un segundo.
—No se preocupe, fue mi culpa. Es que… estoy buscando a mi madre, ¿no la ha visto? —preguntó Valeria Rodríguez, con la voz entrecortada.
—No sabría decirle, señorita. Aquí hay demasiada gente pasando —respondió él, aferrándose a su botella.
—Sí, comprendo. Pero ella estaba acompañada de un hombre alto, fuerte… quizás más joven que usted.
—Hace un rato vi a una pareja. Parecían novios, andaban dando vueltas —recordó Gualberto—. Quizás estaban discutiendo, porque el hombre la agarraba del brazo izquierdo.
—¿Qué? ¿Por dónde se fueron? —preguntó Valeria, con los ojos bien abiertos.
—Bueno, cruzaron la carretera y se metieron en esa calle oscura. Recuerdo que pensé: “seguro se van a besar o quieren privacidad”. Usted comprende, la discoteca, el alcohol… Ah, perdone, es su madre. Mil disculpas, quizás sea el calientito —dijo Gualberto, dándole otro trago largo a la botella con soltura.
—Claro… con su permiso, señor —respondió Valeria.
Cruzó la carretera corriendo, mirando a ambos lados con desesperación. Gualberto la vio hundirse en la perpetua oscuridad de la calle, caminando directo hacia el sicomoro que estaba pegado a la camioneta Chevrolet C10.
—Ay, qué niña para más atolondrada. ¡Las odio! Si mi hija fuera así de adulta, le daría una buena tunda —refunfuñó Gualberto Barrientos, dándole otro trago a su incandescente.
A lo lejos, en la sombra negra y azulada que proyectaba la Chevrolet C10, Gualberto notó un vaivén extraño, como si algo pesado se moviera dentro del vehículo. Al poco rato, vio a la señorita pelirroja cruzar de vuelta la pista. Tenía la mirada perdida, fija en el horizonte de neón de The Raw Overload.
Gualberto volvió a contemplar ese cabello de fuego intenso. Tenía la casaca de cuero desabrochada, dejando ver un sujetador negro que usaba como top, y una minifalda con pantalonetas de lana que se pegaban a sus piernas para protegerlas del frío hasta perderse en las botas de cuero. Sus tacos golpeaban el suelo con un ritmo errático.
—¿Disculpe, señor, cuánto un taxi hasta la calle Rukuna Chihua 4021? —interrumpió Doña Urtencia, la coleccionista de antigüedades.
—Doña Urtencia, para usted tres intis. Nada más y nada menos —sentenció Gualberto.
—¡Esto es un robo! No lo conoceré yo… seguro está recolectando intis para su Navidad, bandido —reclamó la señora.
—¿Qué pasó, qué pasó? Si no le gusta el precio, diga “no gracias”, pero no venga a ofender —respondió Gualberto, alejándose de ella con fastidio.
—¿Qué ha dicho? —chilló Urtencia.
—Ya me escuchó —zanjó él.
Gualberto se acercó a Valeria; su expresión lo intrigaba. ¿Qué habría pasado en ese rincón oscuro de la calle? Era inquietante.
—¿Se encuentra bien, señorita? —le preguntó con cautela.
—”Seguro, madre, iré a la discoteca con Daniela. Seguro, madre, iré a la discoteca con Daniela…” —susurró Valeria, repitiendo las palabras como un rezo vacío.
Gualberto se apartó de su camino. Valeria siguió caminando hasta entrar a la discoteca y perderse entre las luces psicodélicas. Él no entendía por qué una muchacha tan joven estaría así de desorientada. ¿Le habría pasado algo dentro de esa calle oscura? Sin proponérselo, Gualberto se encontró caminando, mirando a ambos lados y esperando que los tráileres y los autos pasaran para cruzar la pista.
Se acercaba, paso a paso, a esa profunda oscuridad que solo se aplacaba bajo el brillo azul de la luna, el cual se reflejaba en la camioneta, en el sicomoro, en las piedras filudas y en la tierra. Cada vez la camioneta se movía más y más. Se dejaba escuchar el sonido de los amortiguadores, vencidos por el uso, que rechinaban de forma constante, sembrando dudas en su mente y una profunda incertidumbre.
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