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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - Capítulo 45: CAPITULO NRO. 39 : A = LOS PUCHOS.
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Capítulo 45: CAPITULO NRO. 39 : A = LOS PUCHOS.

Thiago no se detenía. Poco a poco se hundía en lo más profundo de su núcleo, perdiéndose en esa urgencia oscura. Sofía, al sentir los impactos, soltó un grito nacido más de la sorpresa que del dolor. Él ya se había deshecho de las botas de piel de tejón y de los jeans. Tenía el tobillo izquierdo de ella preso en su mano, mientras la pantorrilla seguía apoyada con pesadez sobre su hombro. Thiago solo se limitaba a presionar y presionar, sordo a los ruidos de ella, escuchando de forma clara el retumbar de su corazón.

—-¡Auch… me duele! —exclamó Sofía, tratando de recuperar el aliento—. Sé más gentil, ten un poco de consideración.

En ese momento, él sintió que algo duro resbalaba de su hombro derecho y caía sobre el asiento de cuero con un pequeño golpe.

—¿Qué es eso, Sofía? Algo cayó de tus bragas —murmuró Thiago, distraído por las sombras de los pequeños envoltorios que destacaban en la penumbra.

—Deja eso, niño. No lo toques, es mío —sentenció Sofía, y su voz recuperó un filo de autoridad—. Si ya terminaste de joderme, suéltame ya.

—¿De qué hablas, Sofía? Yo recién empiezo contigo —respondió él, con la respiración agitada.

—¡Solo eres un niño más que quiere demostrar que es más macho que los demás, pero al final sigues siendo el mismo niño patético! —renegó ella, clavándole una mirada de desprecio.

—No soy un niño… ¿cuántas veces tengo que decirte lo mismo?

—Solo un niño celaría de forma enferma a una mujer. Solo un niño se molestaría porque lo llamaran inmaduro y la tomaría de forma tan obscena y brusca… Mírate, ni siquiera sabes lo que haces —escupió Sofía.

—Ya verás, Sofía… te demostraré quién soy.

Thiago sacó un encendedor de su bolsillo y cogió uno de esos envoltorios de papel blanco. Se lo puso en la boca y lo prendió.

El humo comenzó a arremolinarse en la cabina posterior de la Chevrolet C10, llenándola con un aroma extraño, una mezcla de alpiste y hierba húmeda.

Es Cannabis sativa. Sus pupilas se dilataron al instante, delatando su condición bajo el brillo azul de la luna que se filtraba por el sicomoro.

Sintió una presión fuerte en su entrepierna. Al bajar la mirada, se dio cuenta de que, estaba unido a Sofía. Por alguna razón que ya no recordaba, las decisiones impulsivas lo habían encadenado a ese momento obsceno.

Ella, que respiró profundamente el humo que él exhalaba, dejó de gemir para mirarlo con el rostro enrojecido.

Thiago no pudo evitarlo; se dejó diluir en ella, escarbando en su carne como quien busca algo perdido.

—¡Qué carajos estoy haciendo! ¿Qué he hecho? Estoy… estoy teniendo sexo con la novia de mi padre —exclamó Thiago, incrédulo ante su propia imagen.

Cada vez que su corazón se agitaba, transportando las moléculas del cannabis, sentía libertad en la mente y un dolor creciente en el cuerpo.

Sofía, por su parte, dejó de sentir en su espalda y en su culo los pétalos de las violetas del camposanto del valle de su adolescencia. El recuerdo de su Adrián Vincenzo se hizo ridículo e irreal.

Un intruso se había enterrado profundamente en su alma, borrando la falsa idea de autonomía; ya no era una mujer deseante, sino un objeto, una yegua, un simple consuelo ante el hambre que despertó el regaliz verde y la noche.

—¿Por qué lo hiciste, Thiago? —preguntó Sofía con voz quebrada.

—No recuerdo bien… estaba en el restaurante de la señora Glenda Urquide. Me preguntó si estaba bien la patasca, pero… vi una sustancia de un verde claro intenso. Me pareció sabrosa y la tomé —explicó Thiago, tratando de ordenar el caos en su cabeza.

—Thiago, sigue doliendo. Podrías bajarte de mí… —suplicó ella.

Al voltear la cabeza, Thiago vio en el espejo retrovisor exterior los ojos de furia y la sonrisa maliciosa de un hombre que apesta a sudor y violencia.

Un hombre de bota pesada, grosero y fuerte. Vio al padre que lo ignoró durante muchos años. En ese espejo, Thiago comprendió su propia tragedia: para demostrar su hombría, se había convertido en su verdugo. Había simplificado la existencia de una mujer para usarla como un trofeo de carne, un umbral de carne. Tal como su progenitor hizo una vez con una Marina Saavedra Llosa joven, ilusionada, inexperta.

La diferencia era que la mujer bajo sus piernas no era su madre. Para él era algo peor: es la mujer del hombre que más odia.

Una luz blanca, el haz frío de una linterna, comenzó a merodear por el exterior de la camioneta. El círculo de luz daba vueltas erráticas sobre el vidrio polarizado, como si alguien intentara desesperadamente encontrar una imagen, una ventana abierta, un puerta a semi cerrar en la oscuridad.

—¡Señora! ¿Se encuentra bien? ¡Responda, por favor! —La voz del desconocido se filtró por el sello de las ventanas, cargada de una urgencia ajena—. Por favor, responda… solo intento ayudarla.

CONTINUARÁ ===============➤ A LA VUELTA DE LA ESQUINA…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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