EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 46
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Capítulo 46: CAPITULO N° 39 : B = LOS PUCHOS.
Una luz blanca, el haz frío de una linterna, comenzó a merodear por el exterior de la camioneta. El círculo de luz daba vueltas erráticas sobre el vidrio polarizado, como si alguien intentara desesperadamente encontrar una imagen, una ventana abierta, una puerta a semi cerrada en la oscuridad.
—¡Señora! ¿Se encuentra bien? ¡Responde, por favor! —La voz del desconocido se filtró por las rendijas de las ventanas de la carrocería—. Por favor, responde… solo intento ayudarla.
La luz se posó finalmente detrás de la espalda de Thiago. El hombre que sujetaba la linterna era de voz gruesa pero de baja estatura, apenas un metro sesenta y ocho.
Tenía el peinado desordenado, cabello azabache y ojos negros. Vestía una casaca McGregor con forro de lana, pantalones de tela bien planchados y zapatos marrones de vestir, impecablemente lustrados. Sofía sintió que la escasa privacidad que le brindaba la oscuridad de la noche, bajo esos faroles malogrados, se perdía para siempre.
—No sé quién sea usted… pero podría irse y dejarme sola —dijo Sofía con la voz quebrada.
—Mi nombre es Gualberto Barrientos. Vi a una niña… quiero decir, a una señorita conmocionada. Decía: “Seguro, madre, iré a la discoteca con Daniela”, lo repetía muchas veces —respondió Gualberto.
Él no podía creer lo que veía; la escena era grotesca. Divisaba a una mujer semidesnuda y a un hombre atrapado entre sus piernas que, hasta hacía un momento, emitía ruidos guturales inconfundibles.
En el suelo de tierra, piedra y cascajo, estaban tiradas las botas, los pantalones y la casaca; prendas dispersas de dos cuerpos inmersos en una escena bizarra y poco usual.
—Váyase, este no es asunto suyo… Déjenos solos —sentenció Thiago.
—¡Cállese! Usted es un maldito que no tiene respeto por las mujeres. ¿Cómo va a exponerla de esa manera? ¡Déjela antes de que…! —amenazó Gualberto.
—¿Antes de qué? ¿Me quiere poner en mi lugar? —respondió Thiago con dureza.
La frustración por lo que acababa de hacer con una mujer a la que no debió tocar y la ira acumulada por haber maldecido a su padre el día que abandonó a su madre, se unieron.
Era una bola de nieve bajando por una colina empinada, creciendo a cada segundo.
La oscuridad lo protegía, pero de sus ojos brotaron lágrimas que brillaron bajo el frío. Sofía quiso decir algo, pero en el fondo sabía que Thiago ya se odiaba lo suficiente como para seguir hundiendo los dedos en sus propias llagas.
—Mi Otti —murmuró Gualberto para sí mismo.
«Santa Azucena, ¿qué diablos estoy haciendo aquí? Solo, en medio de este agujero negro, en una calle donde la luz parece haber muerto bajo el frío que muerde los huesos en Tungsteno.
Son las 23:11 horas y tengo frente a mí la sombra de un hombre que se está enterrando a la fuerza en una mujer… Carajo, si algo me pasa, mi Otti se va a morir de angustia, o peor aún, me va a matar ella misma por metiche».
«”Te lo dije, Gualberto Jerónimo Barrientos Infortunato, no ganas nada siendo un condenado héroe”, me diría ella. ¿Quién pagará las cuentas? Si me pasa algo aquí, ¿quién le va a llevar el pan? Ay, mi Otti, si supieras que en cada mujer que veo, te veo a ti. Por eso intento ser un caballero, por eso no puedo dar la vuelta. Si no es el Flaco Barrientos, ¿quién más las va a cuidar en este mundo de lobos? Aquí voy, señora Otti… que Yendey me agarre confesado».
CONTINUARÁ ===============➤ A LA VUELTA DE LA ESQUINA…..
—No lo diré por segunda vez: suéltala, o peleemos para ver quién es dueño de la verdad —reclamó Gualberto.
Thiago se separó del cuerpo de Sofía. Se volteó mientras se subía el pantalón, cubriendo su virilidad y su cuerpo expuesto al gélido aire de Tungsteno.
Le dio una última calada a su pucho y lo tiró al suelo. Corrió gritando y, con el puño derecho, golpeó al Flaco Barrientos en el estómago.
Producto del impacto, Gualberto soltó la linterna, que quedó en el suelo alumbrando la gresca. El aire se le escapó de golpe, hasta que, tras un esfuerzo supremo, exhaló una bocanada de aire.
Al conseguir un punto de apoyo, Gualberto respondió con un golpe certero en los testículos. Thiago cayó arrodillado, sujetándose la zona baja.
—Eres un desgraciado —gritó Thiago.
Gualberto se levantó de un salto, poniéndose en posición de defensa y acomodándose el cabello con la mano.
—Mi nombre no es “desgraciado”, maricón… es Gualberto. Para los amigos de Tungsteno, soy el Flaco Barrientos —dijo exaltado.
Con el brazo izquierdo, Gualberto golpeó el rostro de Thiago, quien cayó al suelo sangrando.
Sofía, aprovechando que volvía a estar en penumbra, bajó del asiento de la camioneta. Tanteó el suelo buscando su ropa: su braga, su pantalón.
Se vistió con rapidez, calzó sus botas de piel de tejón y se abrochó la blusa.
Al ver los dos puchos restantes, los guardó en el bolsillo de su saco.
Thiago se giró en el suelo y se puso en pie de un salto. Embistió a Gualberto, haciéndolo caer con estrépito.
En la caída, se oyó el sonido de un objeto de vidrio rompiéndose. Thiago se montó sobre él y comenzó a golpear su rostro una, otra y otra vez.
Los puñetazos caían sobre pómulos, mejillas y ojos. La sangre comenzó a brotar.
Gualberto frenó uno de los golpes con la mano.
—Atórate con mi maldito puño, idiota —escupió el Flaco.
Le devolvió un golpe seco en la mandíbula que hizo que Thiago se mareara, pero este resistió. No dejó que un zurdazo lo desmayara. Volvió a elevar su puño para estrellarlo contra el rostro de Gualberto.
Thiago nunca recordaría cuántos golpes fueron; solo sabía que fueron muchos.
«Te dije que eras como yo, hijo, y eso es una verdad absoluta».
—¡Cállate! No sabes nada —rugió Thiago para sus adentros.
«Lo bueno es que ya no podré decirte pichón, porque ya eres un macho bravo como los caballos chúcaros del valle».
—¡Jamás seré como tú! ¡Jamás, me escuchaste! —gritó Thiago al aire.
«¿De qué estás hablando? Si te has follado a mi mujer y encima lo has disfrutado sometiéndola».
—¡No es cierto! ¡No! ¡Ojalá te murieras! Desgraciado… yo… yo estaba borracho. ¡Mijo… Lárgate a la punta! —gritó Thiago, fuera de sí.
Al ver que Thiago no se detenía y que los golpes sobre el rostro de Gualberto sonaban cada vez más húmedos, Sofía intervino con frialdad:
—Niño, pensé que viniste a coger conmigo toda la noche, no a matar a un idiota.
Esa frase lo sacó del trance, de aquella vorágine de odio y rencor. Al bajar la mirada, vio a un hombre de unos treinta y tres años aproximadamente, herido y callado, sangrando por la boca y la ceja, mirándolo con miedo desde sus hematomas.
Thiago se levantó con esfuerzo, con los nudillos manchados de sangre. Dejó a Gualberto tirado sobre el cascajo.
—Vaya que sabes arruinar rostros —dijo Sofía, acomodándose el cabello con calma.
—No es culpa mía, él se metió en un asunto personal —respondió Thiago, tratando de limpiarse las manos.
Estaba preocupado; el hombre apenas se movía. —¿Cómo se llamaba? ¿Gual… ber…?
—No importa —murmuró Thiago—. Anda con tus hijas, Sofía. De todas formas, algo le pasó a mi madre y tengo que ir a buscarla.
Thiago subió a la camioneta, evitando mirar el espejo retrovisor para no encontrarse con su propio reflejo.
Pero, antes de arrancar. La puerta del copiloto se abrió.
Era Sofía, ya arreglada, impecable, como si nada hubiera pasado.
—¿Qué haces? ¡Bájate! —ordenó Thiago.
—No quiero, niño. ¿Qué harás? ¿Me volverás a tocar? —Sofía lo miró con desprecio—. Ya, niño, no llores por cosas que no puedes cambiar.
Thiago arrancó la Chevrolet C10 con un rugido de motor.
En el suelo, bajo el sicomoro, quedó Gualberto, el “Flaco” Barrientos. Sangrando, atorándose por momentos con su propia sangre y fluidos, su cuerpo se retorcía en la Avenida de los Caballeros Obsoletos, cuadra 23.
Esta en la misma manzana donde se sitúa The Raw Overload; ese lugar donde, si tienes hambre después de unos tragos y un baile informal, puedes salir a respirar un poco de aire. Allí, Doña Maruja Fierro, con sus polleras multicolor, te atenderá sin objeción, fileteando un poco de queso para venderlo en un pan sin levadura, acompañado de un rico “calientito” que te calentará el cuerpo.
Gualberto Geronimo Barritos Infortunato como le dice la señora Otti. Tenía el rostro desfigurado y el alma rota. A su lado, la botella que contenía su “calientito” se había hecho añicos.
A través de un fragmento de vidrio se reflejaba su ojo hinchado y una lágrima de pura humillación: Gualberto lloraba por haber intentado ser un héroe para una mujer que, al final, no deseaba ser salvada.
ONTINUARÁ ===============➤ A LA VUELTA DE LA ESQUINA…..
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