EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 49
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Capítulo 49: CAPITULO N° 41 : A = ¿Dónde está mi Madre?.
La camioneta se deslizaba por las pistas de Tungsteno. Era una Chevrolet C10 de 1970, color turquesa con franjas blanco perla y lunas polarizadas. Rugía de forma seca. Sofía no tuvo más opción que ponerse el cinturón de seguridad.
—Vaya, niño… sí que sabes armar buenas fiestas. No dejaste casi nada de ese Gualberto; creo que se hace llamar “el Flaco” Barrientos —dijo Sofía.
Thiago no quería admitirlo, pero estaba nervioso, muy nervioso. No dejaba de verse los nudillos: estaban morados, raspados y sangrando por haber golpeado repetidas veces una superficie blanda, de esquinas ligeramente duras y forma deforme.
—No fue una fiesta. Solo que no debió meterse en un asunto que no era de su incumbencia —respondió Thiago.
—Sí… si tan solo no hubieras enloquecido por poseerme, tal vez nunca lo hubieras conocido. Él solo quería defenderme —replicó Sofía.
—Yo… no sé qué decir. La verdad es que no estaba cien por ciento consciente de lo que te estaba haciendo. Me dio mucho coraje verte con otro hombre, eso es todo. Pero desde que fumé ese envoltorio… sabía raro. ¿Qué era eso?. —-pregunta Thiago.
—Eso no era nada. Digamos que fue algo que encontré por ahí —dijo Sofía con desdén.
—Bueno, ya no importa. Sé que de repente no sirve de nada lo que diré, pero si te ocasioné un daño irreparable, te pido que me perdones. Aunque rebase los límites, asumiré lo que me digas —afirmó Thiago.
—¿Te gusto, Thiago? —preguntó Sofía de pronto.
—¿Qué has dicho? —balbuceó Thiago, confundido.
—Que si te gustó estar dentro de mí —repitió Sofía.
—¿Cómo preguntas algo así en una situación donde te forcé a tener sexo conmigo?. —-dice Thiago.
—Como te dije, niño: no se debe llorar sobre cosas que no se pueden cambiar. Por mi parte, no sé… tal vez si no hubiera venido ese tal Gualberto, me pude haber corrido encima de ti —confesó Sofía.
Thiago giró el timón con desesperación, sintiendo la resistencia de la caja de dirección mecánica. El esfuerzo físico ocultaba el temblor de sus manos sangrantes. La C10 dibujó la curva con un chillido de llantas gruesas, pero el sonido que más le dolía era la voz de Sofía, recordándole que en ese acto de violencia, ella no solo había sido una víctima, sino tal vez uno de los ingredientes que despertó esa bestialidad.
—Nunca te entenderé, Sofía —dijo Thiago.
—¿Quién te ha dicho que tu trabajo es entenderme? —respondió Sofía. —-Como eres un niño no lo sabes, pero tu verdadero objetivo acá es prestar atención a mi cuerpo… él nunca miente. Escúchame antes de probarme, Thiago; prometo que no te arrepentirás.
La pista se mostraba oscura ante la noche. El parabrisas comenzaba a humedecerse producto del calor interno de los cuerpos de Thiago y Sofía, en contraste con el implacable frío de Tungsteno.
La oscuridad estaba siendo alumbrada por los faroles antiguos de gas que emite la central: Consorcio Gasífero Industrial Tungsten-Marka.
El Tungsteno no era tan diferente a la capital de Tawantinmarka, Ciudad Cuarzo; más bien, tenían ciertas similitudes. Las personas siempre estaban ocupadas en sus asuntos particulares, en especial en el trabajo.
En las dos había centros donde las personas se congregaban para divertirse de forma efímera y pasajera. Pero lo que tiene Tungsteno y no tiene Ciudad Cuarzo es la contaminación por metales pesados, el negocio de la mina y sus beneficios.
CONTINUARA :::::::::::::::::::::>> A LA VUELTA DE LA ESQUINA.
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