EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 CAPÍTULO N° 03 EL NIÑO QUE SE CREE HOMBRE
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5: CAPÍTULO N° 03 : EL NIÑO QUE SE CREE HOMBRE 5: CAPÍTULO N° 03 : EL NIÑO QUE SE CREE HOMBRE Usaron su cuerpo para exorcizar un placer incontenible.
Toma su celular y se queda paralizada.
No sabe a quién llamar.
Tal vez porque sabe que muy pocas acudirían en un momento así, por miedo o por vergüenza a confesar que fue usada como un pedazo de carne por un hombre de moral dudosa.
Finalmente marca un número.
En la pantalla aparece el contacto: Luciana Vargas.
Su mejor amiga.
—¿Sí?
Buenos días.
¿Con quién hablo?
—pregunta Luciana con voz confundida.
Por un momento reina un silencio tétrico.
Hasta que Marina lo rompe.
— Luciana…
lo siento si te molesto, pero necesito tu ayuda —dice con un hilo de voz.
— Marina…
tiempo que no conversamos.
¿Cómo estás?
¿Qué es de tu maravillosa vida?
— Luciana suena sorprendida.
— Cometí un error terrible — responde Marina, apenas conteniendo el temblor en su voz.
— ¿Qué hiciste?
— pregunta Luciana, con una curiosidad que tiene algo de morbosa.
— Me dejé engañar.
Estuve con un hombre…
y creo que está casado.
— La vergüenza se le queda entre los dientes.
—Mmm…
¿puedes ser más clara?
¿Tuviste sexo con un hombre casado?
— la pregunta suena más a sentencia que a duda.
— Sí.
Así es…
— Marina gime; no puede controlar las lágrimas.
— Tranquila.
Por lo menos disfrutaste una noche — responde Luciana, con una normalidad fría, casi burlona.
— Sí…
pero es casado.
Soy culpable de destruir una familia.
— Marina se desespera.
Su conciencia no puede con el peso.
— Tal vez…
pero mientras hayas gemido con dolor y placer hasta explotar en él, valió la pena — dice Luciana, intentando consolarla con cinismo.
—Sabes que eso no me ayuda.
Me siento fatal…
me duele el estómago —Marina busca un poco de compasión.
—Bueno, querida, dame veinticinco minutos.
Iré para allá.
¿Dónde estás, bebé?
—responde Luciana, ahora con un tono más humano, más de hermana que de amiga.
—Está…
bien, te estaré esperando —dijo antes de colgar sin más.
Quería volver a sentir la dulzura del vino, pero movió la cabeza, negándose a considerar la posibilidad.
Se levantó de la cama, se acomodó la cartera y abandonó el cuarto.
El sonido de sus tacos resonó con cierto eco en la soledad que se respiraba en las instalaciones del Hospedaje Dámaris.
Al bajar las escaleras, en el vestíbulo, lo vio a él, un adolescente en apariencia.
Ahora que estaba un poco más sobria, se daba cuenta de que el encargado del hospedaje, el mismo que la había visto desnuda y que había querido entrar al cuarto para verla indefensa, tenía una semejanza con su hijo de 16 años.
Esa forma de pensar, que se dibujaba tenuemente en su mente aún corrompida por el vino, le causaba vergüenza.
No sabía qué decir.
—¿Ya se va, señora Saavedra?
—preguntó el recepcionista.
—No lo sé…
Tengo que esperar a una amiga — respondió con inseguridad.
— Entonces tome asiento, le pido disculpas también por lo de hace un rato — el chico lo mencionó avergonzado de sí mismo.
— Más bien.
disculpame a mi había tomado y no estaba en mis cinco sentidos, no debiste verme así — Marina se siente avergonzada.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES EvaMaria_Sa_Me El mundo siempre ha sido así, pensaba: cuerpos que chocan, promesas que no existen y culpas que solo sirven para perder el tiempo.
No creía en la fidelidad como virtud, sino como un acuerdo frágil que casi nadie cumple.
Para ella, el deseo no pedía permiso ni explicaciones; ocurría y ya.
Marina sufría porque quería darle sentido a algo que, a sus ojos, no lo tenía.
sabía que la culpa era una jaula aprendida, una moral heredada que castigaba más a las mujeres que a los hombres.
Y aun así, aunque se burlara, iba a ir por ella.
Porque el cinismo no le quitaba la lealtad.
—Luciana Vargas
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