EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 50
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Capítulo 50: Capítulo Nro. 41 : B. = ¿Dónde está mi Madre?.
— ¿Siempre has vivido en Tungsteno, Thiago? —preguntó Sofía.
— Sí… desde que tengo memoria he vivido en Tungsteno. Acá me criaron, fui al colegio, incluso la secundaria —respondió Thiago.
— Mucho tiempo has pasado en una tierra donde la altura hace difícil que llegue el oxígeno —dijo Sofía—. Deberías vivir en la selva, donde hay calor. Estoy segura de que te iría mejor; por lo menos serías más popular.
Sofía pudo ver la plaza de Tungsteno, una rotonda de concreto de color verde jade con una escultura donde se personifica a un conquistador que empuja una espada a la derecha y a la izquierda un pico. Mide diez metros de altura y es de bronce.
— ¡Qué hermosa plaza, me gustaría conocerla un día! —dice Sofía—. ¿Me llevarías, Thiago?
— Tal vez, Sofía —responde Thiago—. Primero tengo que ver a mi madre y saber si está bien.
— ¿Crees que le pasó algo? ¿Por qué? —dice Sofía.
— Me escribió un mensaje que decía que se sentía mal, que no sabía qué hacer. Parece que había discutido con alguien, no sé con quién —explica Thiago.
— Bueno, quizás yo pueda responder esa pregunta… Mira esta nota —dice Sofía extendiendo un papel húmedo.
Thiago no sabía por qué ella le entregaba un pedazo de hoja que parecía no tener valor. Pero lo tomó con la mano derecha mientras que con la izquierda sostenía el timón. Se dio cuenta de que, con lápiz labial, alguien había escrito un mensaje:
«Walter, hoy 13 de diciembre ven a verme al Palacio Municipal de Tungsteno, tenemos asuntos de qué hablar. Te estaré esperando a las 21:00 horas, no faltes. Gordo».
— ¿De dónde sacaste esto, Sofía? —preguntó Thiago.
— Bueno, cuando estuvimos en el restaurante de Glenda Urquide, lo encontré en el cilindro de la basura que está en el baño —explica Sofía.
A Thiago le duele la cabeza con una punzada aguda.
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— No estoy seguro, pero creo que mi madre le decía “Gordo” a mi padre… Digamos que tengo recuerdos perniciosos de esa estúpida época —dice Thiago.
— ¡Sabes qué, niño! Creo que nos jugaron sucio… Tal vez Walter solo quería verte para quedarse a solas con tu madre; quizás tenía planes —dice Sofía.
Thiago volteó abriendo su ojo derecho. Sofía se quedó paralizada; jamás un hombre la había visto con tanta cólera y firmeza. De un pasaje oscuro que se visualiza al lado izquierdo, emerge un camión blanco con franjas rojas y el emblema del Caduceo. Toca su sirena, emitiendo un sonido constante e insistente: Cuack – Cuack – Cuack – Cuack.
Thiago no tuvo más opción que frenar. Sofía se fue hacia adelante. Él tuvo que soltar el pedazo de papel manchado. El médico de primeros auxilios lo miró con desprecio un rato. La ambulancia continuó su camino.
— Conduces como un animal, niño. Tranquilízate, porque si no nos terminarás matando —dice Sofía.
— Te aconsejo que no vuelvas a hablar de mi madre, Sofía —dice Thiago—. ¡Entendiste, Sofía!
— Pero… —responde Sofía.
— ¡Entendiste, Sofía! —insiste Thiago.
— Sí, está bien, Thiago… No volverá a pasar —dice Sofía sin tener más opción.
Thiago movió la palanca de cambios y continuó con su camino. Al llegar a la dirección de su casa, en la calle Rukuna Chihua N° 3111, se da cuenta de que su visión se está nublando, pero asume que es producto del esfuerzo físico desmedido con ese tal Gualberto Barrientos. Así que se toca los cachetes dándose pequeñas palmaditas.
Sofía García supone que Thiago está cansado, dando por sentado que posiblemente es uno de esos niños que se duermen temprano después de tomar su vaso de leche tibia.
— ¿Estás bien, niño? Si no, descansa un rato acá en el auto —sugiere Sofía.
— No es necesario dormir… Solo quiero saber si mi madre está bien; debe de estar en casa —responde Thiago.
Le dibuja una sonrisa a Sofía, se baja del vehículo y se ajusta la casaca al cuerpo cerrando más la cremallera. Comienza a caminar. Para Sofía es difícil ver a Thiago mientras se acerca a su casa; están en medio de una calle donde no se ven faroles de luz, así que no ingresa ni se filtra la luz del exterior. Se había olvidado de que recientemente Walter había cambiado el foco de la luz del capó de la camioneta Chevrolet C10. ¿Pero cuál sería el propósito de prender esa luz ahora mismo? Ninguno en absoluto… aunque de repente, por aburrimiento, porque tendría que esperar a Thiago no sabe cuántos minutos sentada en medio de la oscuridad.
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— Camina sintiendo los pies pesados… Así es la casa que conoce bien desde hace 16 años —observó Thiago mientras se acercaba a la estructura—. Es curioso, ¿cierto?, cuánto amor podríamos llegar a recaudar con un sitio, un pedazo de tierra, un conjunto de adobe unido con argamasa, vigas de madera expuestas, tejados a dos aguas y ventanas rectangulares amplias con marco barnizado.
Es una estructura rústica… Pero muy común para los ciudadanos que llevan más de una década viviendo en Tungsteno. La gente que proviene de las entrañas de la sierra no viene improvisando para probar suerte en esta ciudad; más bien todo lo contrario. Todos los que viven mayormente en esta ciudad tan fría e indiferente es porque han heredado la tierra y la sal de sus antepasados. En este sentido, la casa se vuelve identidad, la cual se pasa de generación en generación como una antorcha santa, uno de los tesoros serranos.
Thiago coge con la mano derecha el gozne de la puerta de madera. Lo gira, pero está cerrado. Usa la llave que tiene en su bolsillo y nota que tanto la manija de la puerta como las llaves están muy frías para él.
— Siento frío, y no es el que siempre he conocido y respirado; es uno más denso —dijo Thiago en voz alta.
Al entrar al recinto, nota que las luces de la casa están prendidas. Ve que la sala está como siempre: ordenada, con una taza de café en la mesa de noche. Al acercarse, nota que el café sigue tibio, lo que le da a suponer que su madre, Marina Saavedra Llosa, estuvo hace un rato por la casa. Pero algo… tal vez una llamada, alguien… de repente su amiga Luciana Vargas, esa que siempre la invita a bailar por las noches de los fines de semana. O quizás…
En fin, Thiago sintió que estaba divagando. Movió las revistas de moda, compras de supermercado y artículos de belleza, pensando encontrar alguna nota. Tal vez una señal de que él estaba exagerando y todo estaba bien. Pero no encontró nada. Se apoyó con la mano sobre el mueble verde porque sintió un cansancio muy fuerte; respiró hondo y siguió adelante.
En la cocina, escuchó cómo el agua se escurría. Marina había dejado la llave del grifo abierta; estaba llenando la tetera, posiblemente para hacer café. Thiago cerró el caño. Al voltear, vio en la mesa dos tazas: una de color verde y otra de color negro. Están vacías. Se habían tomado el líquido posiblemente café… Pero no llegaron a hervir el agua.
Entonces olió una de las tazas y el aroma era a licor. ¿Marina con quién estuvo tomando Incandescente?
— Carajo, mi madre ha estado con alguien más en la casa. ¿Habrá sido Walter Serafín? —se preguntó Thiago.
Tenía que llegar al fondo del asunto y, si tenía que sorprenderlos, lo haría….
CONTINUARA =============>>A LA VUELTA DE LA ESQUINA.
— Mucho me dirán que mi madre tiene que ser feliz, que la deje. ¿Es que nunca han tenido una madre como la mía? —declaró Thiago Serafín Saavedra con un tono de amargura contenida—. Es una mujer con muchos miedos, víctima de la violencia psicológica desmedida de un esposo que carga con demasiados traumas por una infancia estúpida.
— Saben… jamás dejaré a mi madre a su suerte —continuó Thiago mientras apretaba los puños—. Y si me dicen que soy egoísta o que tengo “mamitis”, pues lo tengo. Si eso significa estar en el momento oportuno para evitar que a mi madre le partan el alma como a una mula… pues cumpliré con mi responsabilidad como hijo.—————————————Thiago Serafín Saavedra.
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