EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 52
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Capítulo 52: CAPITULO N° 42 : A = Daniela Moreno García.
La música seguía sonando con el tema “Llorarás” de Oscar D’León dentro de un antro. Un lugar que para muchos adultos es el santuario no dogmático del siglo XXI, en especial cuando comienza el weekend. Daniela vio a lo lejos que algo sucedía, justo en la misma dirección a donde fue Thiago hace un rato con la intención de encontrar a Sofía, su madre. Se paró ignorando a Valeria, que estaba tomando de pie, fumando y moviéndose en un vaivén sensual en su sitio dentro del box. Daniela bajó las escaleras esquivando a los usuarios de la pista de baile, que estaban tomando a sus parejas de la cintura y del hombro con la intención de no desentonar en la danza exótica de la salsa. Es incómodo esquivar cuerpos sudorosos que te miran con cierto desprecio por interrumpir su danza.
Ante el desconcierto de no poderlos encontrar, estaba a punto de volver, pero vio a Thiago, que tenía tomado del brazo a su madre, Sofía. <<¿Por qué estarán discutiendo?>>, pensó Daniela.
Para ella era, de todas formas, un poco extraño ver a su madre discutir con su hijastro o, en todo caso, entenado; después de todo, era la novia de turno de Walter Serafín, a quien Daniela le decía “padre”. Daniela, en vez de ir detrás de su madre, fue hasta la barra donde un barman limpiaba con cierta sonrisa en el rostro por lo ocurrido. Se encontró con un hombre de cabello largo hasta los hombros, rizado, castaño. Llevaba zapatos negros de cuero lustrados, jeans, camisa azul marino y un saco negro de terno. Tenía una expresión de melancolía.
— Disculpa, buenas noches… mi nombre es Daniela Moreno. ¿No sabes qué pasó acá? Estoy buscando a una chica alta, de cabello rubio y ojos azules — pregunta Daniela.
— Bueno, mmm, verás… estuve conversando con ella, simplemente eso, conversando, nada más, lo juro. Pero un chico más alto que yo me dijo que por qué yo estaba con ella, que no la merecía, y pues no supe cómo defenderme porque… verás, es que… — responde el hombre de vestimenta elegante.
— Tranquilo, te creo — dice Daniela.
— ¿Por qué lo preguntas? ¿La conoces? — pregunta él.
— Bueno… digamos que es una muy buena amiga — responde Daniela.
— Claro… claro, entiendo. Pero si estás preocupada por ella, debe de estar afuera — dice el hombre elegante.
— Ya no importa… ella sabe cuidarse muy bien; aparte, de seguro volverá pronto — dice Daniela.
En ese momento, ella nota que alguien le coge el hombro derecho; al voltear, se da cuenta de que es Valeria.
— Hola… hermana. Dime, ¿dónde está Sofía? — pregunta Valeria.
— Parece que han estado discutiendo — dice Daniela.
— ¿Ah, sí? Iré a verlo. Bueno, jajaja, no te interrumpo, mana… — dice Valeria abrazando a su hermana y yendo con dirección a la salida.
— ¿Tomamos algo? — pregunta Daniela.
— Mmm… me llamo Mauricio Ferido. No sé qué decir, la última vez que dije que sí no salió nada bien — dice Mauricio.
— Prometo que no pasará nada. Verás, no tengo novio ni celoso presente — dice Daniela mirando a todos lados, dando a entender que está completamente sola.
— Está bien… ¿te parece si tomamos cerveza? — dice Mauricio.
— Claro — dice Daniela.
Pidieron una botella de cerveza de trigo; Mauricio sirvió los vasos del líquido espumoso. Comenzaron a tomar conversando sobre temas triviales: cuál es su música favorita, el deporte que más practica, su lugar favorito y, claro, por qué vino esta noche a la discoteca.
— Seguro, madre, iré a la discoteca con Daniela. Seguro, madre, iré a la discoteca con Daniela… — repite de forma insistente Valeria.
Daniela se levanta de su asiento, toca de los hombros a Valeria y le pregunta:
— ¿Estás bien, Valeria?
Valeria despierta del estado mental en el que se encontraba.
— ¿Qué pasó? Hace un rato estaba con Sofía y Thiago; ellos están en la camioneta pero… no puedo recordar claramente lo que han estado haciendo — cuenta Valeria.
— Tranquila, seguro que están conversando o respirando algo de aire y pronto volverán — responde Daniela.
Se acerca, entre las sombras originadas por las luces psicodélicas, una figura imponente que con su altura y composición muscular tapa la poca luz que gozan las hermanas.
— ¿Todo bien, chicas? ¿Y mi ahijado? — pregunta Mijael Pavblov.
— ¿Cómo está, señor Pavblov? Muchas gracias por permitirnos entrar a su discoteca, es realmente muy entretenida — dice Daniela.
— Es un placer. ¿Y su madre, Sofía? ¿Dónde está? — pregunta Mijael.
— Está con Thiago. Han salido, creo, a respirar algo de aire o a comprar cigarros — responde Daniela.
— Ya veo… es una lástima. Deseaba bailar con alguien; este trabajo es a veces demasiado absorbente — dice Mijael.
Daniela ve cómo su hermana tiene en el rostro una expresión de desconcierto. Pero sabe que no hay opción: están dentro de su territorio. Pero, aun así, es su hermana mayor.
— ¡Pero, señor Pavblov! — intenta exigir Daniela.
Cuatro metros alrededor de la barra donde se encuentran parados, hay hombres vestidos de negro; son de 1.82 m por lo menos, están rapados, usan una chompa negra con un pantalón de vestir negro y zapatos de charol. Son sus guardias.
— ¿Me querías decir algo, Daniela? — dice Mijael.
— No, nada, señor Pavblov. Solo quería despedirme de mi hermana; después de todo, vamos a bailar y de repente ya no habrá tiempo para trivialidades, ¿cierto? — dice Daniela.
— Sí, tienes razón — responde Mijael.
Daniela se acerca a su hermana y la abraza. Cerca de su oído, le dice algo que Valeria no olvidaría en toda la noche:
— Recuerda que eres la Hiena, pero este es su zona. Si desea un pedazo de ti, tú decide qué cosas hará por ti. Te daré una salida, pero baila — le dice con sumo cuidado Daniela para que Mijael no escuche.
Daniela ve cómo Mijael se lleva a Valeria, pero en el rostro de Valeria ve una sonrisa maliciosa.
— ¿Me disculpas? Estaba conversando con mi hermana, Valeria — dijo Daniela.
— No te preocupes. Verás que soy muy comprensivo; la sangre es la sangre, siempre lo he dicho — dijo Mauricio.
— Me alegra saber que seas así. Si supieras lo difícil que es encontrar hombres de ese tipo… — respondió ella.
Daniela se dio cuenta de que el barman sacaba una charola de acero para llevar un cóctel de piña colada y un whisky al rincón donde Mijael bailaba con Valeria.
— Gracias. Sabes… hace muchos años perdí a una hija. Digamos que murió de una forma muy grotesca, producto de un asalto a mano armada — confesó Mauricio —. Por más que intento olvidarlo, no puedo dejar de sentir que soy padre… quiero decir, que fui padre.
— Cuánto lo siento, no sabía sobre tu pérdida — respondió Daniela.
Ella observó cómo el barman regresaba con las copas y el vaso vacío, para luego servir otros dos tipos de trago: un “Besos de Azufre” y un “Tungsteno Sour”. Era evidente que su hermana estaba aprovechando la generosa hospitalidad de Mijael Pavblov.
— Sabes… yo siempre he anhelado un padre que me peine y cepille el cabello, que me bañe, que me mime, pero jamás lo tuve — confesó Daniela.
— Sí, debió de ser difícil tu niñez; aunque al verte a simple vista, pareciera que tu vida hubiera sido perfecta — dijo Mauricio.
— Mi vida ha sido todo menos perfecta — sentenció Daniela.
— Lo siento si te incomodé. Sabes… es muy bueno encontrar a alguien que te escuche y te entienda, así sea solo eso, una ilusión — dijo Mauricio.
— A veces las ilusiones, si son duraderas o delicadas en su participación, pueden ser mejor que muchas realidades — dijo Daniela —. Me disculpas un rato.
No podía dejar de ver cómo Valeria bailaba “perreo” con Mijael y la cara de excitación que ese señor dibujaba en su rostro, como si disfrutara cada roce que su hermana le profería. Sabe bien que Mijael es muy amigo de Glenda —o “Glam”, como él le dice—, así que era obvio para ella que usaría, tarde o temprano, el Regaliz Verde. Sabe que con eso su hermana mayor no tiene oportunidad. Así que tiene que hacerlo.
— Disculpe, señor… ¿usted es el barman, el encargado de la barra? — preguntó Daniela.
— Así es. Soy el dueño de este pequeño lugar donde las papilas gustativas se vuelven tu mejor afrodisíaco o droga — dijo el barman.
Daniela se apoyó en la barra y se acercó mucho al hombre.
— Quiero saber si me podría dar hachís… o si tuviera cannabis sativa sería excelente — soltó Daniela.
El barman tosió y comenzó a limpiar la barra con su trapo.
— ¿Me escuchó, señor? — insistió ella.
— Se le escuchó, pero… no tengo esa clase de cosas. Aparte, no está en el menú — respondió él.
Daniela se rió. En un momento de distracción, lo cogió del elegante chaleco negro y tiró de él, haciendo que el barman quedara tan cerca de su rostro que sintió un leve miedo por su atrevimiento.
— Mejor le diré a todo el mundo que usted es un cantinero de mala muerte, porque da a escondidas droga disfrazada de Regaliz Verde. A ver si la policía viene un día para analizar esa mierda que esconde debajo de su barra. Así que me das lo que pido o te hundo, maldito — amenazó Daniela.
— Tranquila, señorita… Como usted habla tan lindo, le daré de mi ración, pero ojo: no es algo que venda constantemente — dijo el barman, sacando de su cajón un “pucho” envuelto en papel negro —. Sabes, esto es cannabis, pero le inyecto algo especial para alegrar un poco el corazón, ¿me comprendes?
— Sí — dijo Daniela, sacando de su bolsillo cuarenta Intis para pagar el cigarrillo.
— Recuerda: jamás conversamos, niña. — Obvio — respondió ella.
Daniela volvió con Mauricio, cogió su vaso y brindó con él diciendo: “¡Salud!”. Se despidió con un pequeño beso en sus labios; él se quedó sorprendido.
— Me iré a despedir de mi hermana y luego nos vamos. Me gustaría caminar o, si me enseñas tu cuarto, sería genial. ¿Sabes?
— ¿Qué acabas de decir? — balbuceó Mauricio. — Ya me escuchaste.
Daniela caminó y se acercó al lugar donde Mijael estaba bailando merengue con Valeria.
— Bueno, señor Mijael, gracias por su hospitalidad. ¿Me deja despedirme de mi hermana? — preguntó Daniela.
— Sí, claro, adelante — dijo Mijael, volteándose para darles algo de privacidad.
Daniela abrazó efusivamente a Valeria, colocándose cerca de su oído.
— Este es un regalo, recuérdalo, por favor. Si sientes que tu cuerpo no te pertenece, tómalo; estarás despierta — susurró Daniela. — Te irás con Mauricio, ¿cierto, Daniela? — susurró Valeria. — Sí… solo quiero que me mimen y me den cariño, así que estaré bien. — ¿Y mi Thiago? — No lo sé… solo madre lo sabe.
Dicho esto, Daniela le sonrió a su hermana y se fue caminando lentamente hacia la penumbra para coger del brazo a Mauricio y cruzar la puerta de salida. Mientras, Mijael volvía a tomar la cintura y la mano de Valeria para bailar un tango de Mendoza.
— ¡Un Bloody Mary más, por favor! — gritó Valeria Rodríguez García.
— ¿Qué esperas, barman de pacotilla? ¿No escuchas las órdenes de la señorita? — amenazó Mijael Pavblov.
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