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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - Capítulo 54: CAPITULO N° 43 : A = Valeria Rodríguez García.
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Capítulo 54: CAPITULO N° 43 : A = Valeria Rodríguez García.

Después de un rato, Valeria se sentía muy, pero muy cansada. El baile le drenó todas sus fuerzas, pero lo extraño era que Mijael, aunque sudaba, no estaba fatigado. Desde que empezaron con el perreo, la salsa y el tango de Mendoza, hasta el merengue, ella había tomado una gran variedad de cócteles: el Bloody Mary, el Tungsteno Sour, la piña colada, el daiquiri y también el Dankipichu, que es, en esencia, una bebida de cuatro colores distintos.

Mijael se apartó un poco de la pista. En un box, había mandado preparar una mesa cuadrada, simple, nada elegante, pero con un mantel blanco, velas y, claro, una pequeña parrilla donde el carbón crujía mientras la carne chillaba por la cocción. Había bistec de corte asimétrico, bife, corazones —comúnmente llamados anticuchos—, choclo, y chorizos grandes, largos y rosados, además de morcilla. Las cremas, como la mayonesa, la tártara y el chimichurri, esperaban a un lado.

Mijael tomó la silla para sacarla de su sitio y que Valeria se sentara de forma más cómoda. Ella se sentó y él le ayudó a acercarse a la mesa; era increíble la fuerza de ese hombre, que con un pequeño esfuerzo podía mover los sesenta y tres kilos de Valeria. Mijael se sentó colocándose un mantel en las piernas y otro como un babero. Cogió un cuchillo y un tenedor, y comenzó a cortar la carne en cubos para comer.

— ¿No te gusta la carne, querida? Sabes, esta res fue sacrificada con un cuchillo virgen — dijo Mijael —. Te gusta lo virgen, ¿cierto? ¿Tú también te sientes como ese cuchillo?

— No soy una santa, señor Mijael, si a eso se refiere — respondió Valeria.

— Perfecto, porque las santas son aburridas. Te digo un secreto que jamás le confieso a una mujer: prefiero mil veces a una mujer con cara de demonio y cuerpo de ángel. ¿Te lo imaginas? Son, en toda la ley, divinas — confesó con devoción.

— No sé si sentirme ofendida o halagada… tal vez asqueada. Parece, aunque no quiero admitirlo, que eres un enfermo, Mijael — dijo Valeria.

— No seas insolente y aprovecha la deliciosa comida que hay en la mesa, querida — dijo Mijael.

Él se levantó y caminó hasta estar a su costado. Cogió con la mano un chorizo y se lo puso en los labios a Valeria. Al principio ella opuso resistencia, pero ante tanta insistencia abrió la boca. Mijael introdujo el embutido hasta llenar su cavidad, jugando a mover ese pedazo de carne procesada en su boca.

— Así realmente se come un verdadero chorizo, querida… así, sigue, sigue — explicaba Mijael.

Valeria soltaba una baba constante; por más que intentaba que él parara, su fuerza no era rival para un deseo y una potencia que sobrepasaban lo natural. Él no se resistió y empujó el embutido hasta el fondo de su garganta. Valeria sufría al intentar respirar sin tener éxito; tenía arcadas y botaba más saliva, pero no podía zafarse de las intenciones del hombre que la tenía maniatada. Después de un rato, Mijael se rió y la soltó. El chorizo cayó en el plato. Valeria tosió, escupiendo algo de saliva al suelo. Sus ojos estaban rojos y llorosos.

— ¿Me quieres matar? Jamás me imaginé que fueras uno de esos hombres perversos — dijo Valeria.

— No soy perverso, querida. Solo soy un hombre, nada más y nada menos. Y un hombre que toma no puede pasar la noche solo, ¿lo sabes, verdad? — confesó Mijael.

— Sí, lo sé, pero yo… no quiero. Es decir, no me gustas — dijo Valeria.

Mijael cogió el chorizo con la mano mientras caminaba de regreso a su asiento. Se lo metió a la boca y comenzó a darle mordiscos, comiéndolo con ansiedad.

— Es una lástima, querida, mmm… porque verás, a medida que pasa la noche me pongo muy ansioso, y eso para ti es muy bueno… créeme — respondió Mijael —. De repente no te diste cuenta, pero Sofía, tu madre, era la que debía estar en tu silla. Tenía planes con ella… quería gozarla, pero ya no está, se fue. Ahora tú ocuparás su lugar.

— No puede ser… pero yo solo… solo quiero a Thiago — dijo Valeria.

— Pero mi ahijado no está acá. Será mejor que guardes ese sentimiento para lo que va a venir después — respondió Mijael.

— No seas tonto, ¿crees que te dejaré entrar en mí sin oponer resistencia? Solo puedo ser negligente con Thiago, ¿sabes? — respondió Valeria.

— Ya veremos, querida, ya veremos — dijo Mijael.

Valeria se dio cuenta de que cuatro hombres vestidos de negro se acercaron desde varias direcciones. Cada uno quería un pedazo de ella. Sintió cómo su cabello pelirrojo, encendido como el fuego, era jalado con fuerza. Su brazo derecho fue doblado hacia su espalda, dejándola reducida. Su brazo izquierdo fue obligado a tocar un bulto que ella sentía asqueroso, pero que para esos guardias resultaba excitante. Un profundo asco nació en la boca de su estómago.

— Jefe, usted diga una sola palabra y será nuestra, para enseñarle a esta fiera indomable que las mujeres bravas también lloran — dijo uno de los guardias, el más avezado y, al parecer, el líder: Santiago Lezcano.

… CONTINUARÁ …

▬▬▬▬▬▬▬▬▬ >> A LA VUELTA DE LA ESQUINA

— No se ensucien las manos, Lezcano. Ella ya decidió comer la comida que le serví, ¿cierto, querida? — informó Mijael.

— Sí… sí, ya comprendí qué debo hacer — dijo Valeria.

Mijael hizo una señal y sus guardias la soltaron. Ella cayó sobre la silla; se tocó la cabeza porque le dolía lo que esos hombres le habían hecho. Temblaba al sentir los deseos de tres hombres distintos y esa voz desganada de Santiago que le heló hasta los huesos. Cogió los cubiertos y comenzó a desgarrar la carne para comer. Tomó el palo de los anticuchos, metiéndose los corazones en la boca casi sin saborear. Come, muerde, desgarra y traga, pero no siente sabor, solo miedo y duda. Siente, poco a poco, la amarga verdad: esta noche recién empieza para ella.

El barman vino y, con una botella de vino en la mano, sirvió las copas. Mijael bebía, pero Valeria tomaba ávidamente, como si quisiera ahogarse en jugo de uva fermentado. ¿Qué sentido tiene disfrutar de los placeres efímeros si ya han decidido tu destino como carne de camal?

— Más vino, por favor, barman. Deme más… solo deseo tomar más — pidió Valeria.

Después de un rato, comenzó a sentirse mareada. Sintió la urgencia natural de ir al baño tras beber casi ochocientos mililitros de vino tinto. Se puso de pie y caminó tambaleándose. Al entrar, se miró al espejo. Vio en ese cristal a una mujer hermosa, de cabellos largos y color encendido. Sus ojos reflejaban una seducción a la que difícilmente un hombre se resistiría, pero, a pesar de eso, se sentía insignificante ante la mole, ante la sombra densa de Mijael Pavblov.

Pensar de forma infantil que era una “Hiena” ya no era suficiente. Sabe que él se la va a devorar; es más, ya lo hizo con sus ideas, desmoronando su mente por no ver cómo él acomodó el tablero sobre las dudas de Thiago. Su precioso y amado Thiago… jamás entendió por qué siempre lo quiso al punto de olvidar su propio instinto de supervivencia.

Al terminar de usar el baño y salir de la letrina, chocó con un muro de terno elegante. Era Mijael. La tomó del cuello con ambas manos y la ahorcó antes de que pudiera gritar, levantándola en peso. Valeria flotaba; sus tacones no tocaban el suelo. Sus ojos se pusieron blancos hasta que él la bajó. Estaba exhausta, incapaz de hablar.

Mijael sonrió y sacó del bolsillo un tubo, como la boquilla de una botella. Lo introdujo a la fuerza en la boca de Valeria. Su espíritu de batalla se había apagado. Estaba con la boca abierta por el tubo, la cabeza inclinada hacia el techo.

— Hoy conocerás qué es el Gerjes Azul; nunca lo olvidarás, te lo prometo — dijo Mijael.

Levantó una botella de cristal con un líquido azul Persia. Destapó el corcho con los dientes y vació el contenido en el embudo. Valeria sintió cómo un líquido espeso, con sabor a jarabe de uva y cereza fermentada, bajaba por su tráquea hasta tocar el estómago. Poco a poco, fue olvidando por qué decidió ir a comer patasca, por qué repetía tantas veces “mi Thiago”, por qué tenía que escapar… Las palabras de advertencia de su hermana Daniela se confundieron en su mente. Su mirada se perdió; sus pupilas se desviaron en diferentes direcciones, como si hubiera perdido el eje del mundo.

“Solo comencé a entender una triste y amarga verdad: ese gigante de traje elegante y fuerte, que con su sombra tapa mi pequeña humanidad de mujer, es a quien debo obedecer a toda costa. Complacerlo… porque si no lo hago, ¿para qué existo como mujer?”

CONTINUARÁ…======= >> A LA VUELTA DE LA ESQUINA

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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