EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 57
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Capítulo 57: CAPÍTULO 44: B = DANIELA MORENO GARCÍA
El taxi se detuvo frente a un edificio de seis pisos. Mauricio pagó con un billete de 10 intis, pero el taxista le dio vuelto: dos soles de oro.
—¿Por qué me da vuelto? —preguntó Mauricio.
—El servicio hasta estas direcciones es de 9 intis con un sol de oro —respondió el taxista.
—Qué honrado es usted —dijo Mauricio.
Al bajar del auto, Mauricio abrió la puerta posterior del vehículo, ayudando a Daniela a descender. Él abrió la puerta principal del edificio.
—¿Desde hace cuánto vives acá? —preguntó Daniela.
—Desde hace cuatro años —respondió Mauricio.
—¿No eres del Tungsteno? —insistió Daniela.
—No soy de acá. Nací en Ciudad Cuarzo —confesó Mauricio—. Vine por contrato con la Mina: The Sterling Tungsten Works; soy contador.
—Ya veo —asintió Daniela.
—¿Y tú de dónde eres, si no te molesta? —preguntó Mauricio.
—Soy de un pueblo de la región de la selva de este país, que se llama Dark-Sinda. Es difícil describirlo; tendrías que verlo, pero nada puro o bueno vino de ese lugar —sentenció Daniela.
Mientras conversaban, entraron a la casa caminando por un pasadizo hasta encontrar unas escaleras de concreto. Subiendo poco a poco, llegaron al destino; el cuarto de Mauricio queda en el quinto piso. La puerta tiene un número de metal dorado: 512.
—¿Eres el chico del apartamento 5… 12? —dijo Daniela en voz alta, sin poder evitarlo.
—Pues sí, creo que sí. Era el único apartamento disponible y dormir en un hostal no era una opción. Con este frío sería muy feo; por lo menos acá hay estufa para la calefacción —dice Mauricio.
—Claro, entiendo —dice Daniela.
Al ingresar, Daniela solo pudo ver una ventana al fondo del recinto. Mauricio presionó el interruptor y la luz blanca se encendió. El cuarto no era nada asombroso; después de todo, era el lugar de refugio de un hombre en apariencia soltero… En la parte derecha se encontraba una cama de dos plazas con sábanas de color negro con blanco; su colcha tenía un patrón de colores muy parecido a una cebra. Al costado de la cama, una mesa de noche donde hay una lámpara antigua con unos dos cajones. ¿Qué guardará ahí? Era una pregunta constante desde que entró a la zona de Mauricio. ¿Tendrá condones? Era otra pregunta indiscreta que se filtraba en su conciencia.
En la parte izquierda se encuentra una mesa redonda, de esas que son armables, que está perfectamente tendida, donde descansa una taza de color blanco con la palabra coffee and toffee, una laptop cerrada y documentos separados por separadores. Al frente de la cama hay un mueble de madera que sostiene un televisor Smart TV de 61 pulgadas; en el interior de ese mueble, en su vitrina, un equipo de sonido de esos antiguos que aún conservan el compartimiento para casetes y CD.
Al seguir caminando se dio cuenta de que, efectivamente, había una estufa que está encendida, provocando que el ambiente se conserve con un ligero aire tibio. También notó un librero donde se ven varios libros, fólderes de distintos colores y algunas fotos que adornan ese estante.
En el ambiente continuo hay un lugar, un cuarto abierto, donde hay una cocina pequeña de cuatro hornillas sobre un repostero de cemento y una vitrina donde hay platos, tazas y cubiertos; el balón de gas está debajo de la cocina, al descubierto. Hay un perchero donde hay algunas casacas y un uniforme de color azul. Daniela cuelga ahí su cartera. Al costado, de forma discreta, queda una puerta de madera sin pintar: es el baño, el cual está enmayolicado con azulejos de color marrón.
Todos los ambientes y el piso están limpios, algo extraño para un hombre que de seguro es machista y holgazán, que espera que una mujer le solucione los problemas domésticos, pero… hasta el momento, Daniela, a pesar de que ha buscado, no ha encontrado falta ni mancha en cuanto a falta de aseo doméstico.
—¿Me parece o me estás evaluando? —pregunta Mauricio.
—No, para nada, Mauricio. Es que suelo ser como una niña a veces y me gusta explorar —dice Daniela.
—Entonces, ¿eres engreída? —pregunta con cierto desconcierto Mauricio.
—No exactamente. Mmm, ¿cómo explicarte? Digamos que me gusta que me den cariñito, sí… Verás, jamás tuve un papá —confiesa Daniela acercándose lentamente hacia él.
Coge la mano de Mauricio y la pone en su mejilla, sintiendo lo áspero de su piel, que no hiere pero sí se siente tosca, varonil. Daniela no recuerda la última vez que sedujo a un hombre… pero sabe que cuando el hombre acosa se siente muy macho… no duda; es más, arranca la ropa hasta con los dientes por la desesperación de ver a su presa desnuda, temblando. Pero cuando los papeles se invierten, es decir, cuando la mujer toma la iniciativa… mmm, vaya que sudan y que tiemblan. Hasta el deseo propio de su egocentrismo de machos se desmorona. Como suelen decir los niños que han tratado de llevársela a la cama: mmm, así dicen: “Soy un macho alfa, pelo en pecho, espalda de leñador y lobo plateado”. Jajaja. Suena ridículo, ¿verdad? Pero así es complicada la raza humana, en especial la dinámica entre un hombre y una mujer por tomar las riendas del sexo.
—¿Y si me devuelves mi mano? —dice Mauricio pasando saliva, dudando al intentar hablar.
—Prometo ser muy buena contigo, ¿sí? —responde Daniela. Coge su mano, mira sus dedos e introduce el dedo índice de él en su boca, chupando y succionando con lentitud.
Mauricio se queda mudo; incluso retrocede porque no puede creer lo que está pasando. Es decir, no se conocen lo suficiente, pero… ¿por qué no le grita? ¿Por qué no simplemente le dice algo ofensivo, como usualmente diría un hombre mojigato: “puta, zorra, eres una cualquiera, se ve que no eres virgen”? ¿Será que una parte muy retorcida de él quiere que ella le profese placer de diferentes maneras? Pero lo real es que se pone a temblar.
—Este… suéltame. Daniela, espera, ¿qué estás haciendo? Ah… espera, deja de… —balbucea Mauricio, en un estado de nerviosismo que escala por segundos.
—Necesito que me trates como una niña, sí… necesito tus atenciones, por favor… No estoy jugando. Y si lo haces, pues… seré buena, ¿sí? —dice Daniela, con la voz quebrada pero firme—. Me imagino que no deseas una niña estúpida, sino una mujer, ¿cierto?
Daniela se agacha lentamente, arrodillándose con la audacia que solo se tiene a los veinte años de edad. Se acomoda su largo cabello hacia la izquierda y desabrocha con sus dedos el cinturón de Mauricio. Se escucha el sonido del metal cediendo, el cuero raspando al liberarse.
—Dámelo, Mauricio. Dámelo todo… —declara Daniela.
A pesar de la calefacción que había en el ambiente, Mauricio sintió un frío helado que rozaba su entrepierna. Por un momento, deseó con sinceridad parar, porque en sí era una locura, pero… ella no quería parar; más bien, todo lo contrario: se aferraba más a él. Mauricio sintió una humedad cálida que invadía su cuerpo. Por un segundo sintió miedo; agarró la cabeza de ella y presionó con fuerza, quizás intentando alejarla, pero ella solo se apegaba más a su piel, a su ser, a su cuerpo que desde hacía un rato estaba expuesto.
Su corazón se agitó. Al bajar la mirada, solo podía ver el rostro de Daniela y esos ojos grandes, marrón chocolate, que al verlos por más de cuatro segundos te dabas cuenta de que podrías perderte en ellos para siempre. Mauricio dejó de sentir miedo a medida que ella se sumergía más en él.
Comer un cucurucho de helado nunca fue fácil para ella, por más que fuera ya una mujer adulta; por la forma, el tamaño… después de todo, si te demoras demasiado en ese tipo de postre, la crema se derrite manchando toda tu vestimenta, perdiendo así la excitación inicial que te impulsó a devorarlo.
Mauricio nunca había experimentado algo parecido. Su vista comenzó a perder nitidez, porque a medida que Daniela avanzaba más y más, él solo podía ver manchas multicolores: a veces verdes, otras moradas. Era como si una mujer que exige ser tratada como una Candy de telenovela lo estuviera llevando, de forma poco ortodoxa, a un paraíso poco explorado por él.
CONTINUARÁ ===============➤ A LA VUELTA DE LA ESQUINA…
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