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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 58

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Capítulo 58: Capítulo Nro. 45 : A = Valeria Rodríguez Garcia.

En Tungsteno, la noche siempre demora en irse, como si el mismo cielo se resistiera a soltar la negrura que protege los pecados de la ciudad.

Afuera de la discoteca The Raw Overload, la fachada se alza iluminada y lujosa, una joya de neón incrustada en el fango. Cerca de la entrada, ajena al ruido ensordecedor, Maruja Fierro sigue vendiendo su “calientito” y ese pan con queso sin levadura que sabe a refugio.

A su alrededor, las parejas se devoran a besos, movidas por el alcohol o por sustancias que ingirieron sin saber, entregándose a esa máxima de que vivir no es otra cosa que experimentar lo desconocido. Algunos, los más cautos, levantan la mano para llamar a un taxista que aparente honradez; solo quieren huir a casa, esconderse bajo una frazada gruesa y tratar de conciliar el sueño a pesar del frío cortante que dictamina la noche.

Mientras tanto, un desfile de señoras jóvenes arrastra carros de compra cargados de snacks, gaseosas, cigarrillos y latas de cerveza, alimentando la vigilia de los que aún no quieren dormir.

Al cruzar la puerta principal, el aire cambia. Tras pasar el filtro de los guardias —quienes, con una ética inexistente, manosean las partes íntimas de cada individuo bajo la excusa del registro—, uno se sumerge en la oscuridad. Allí, la vista se irrita con el bombardeo de colores púrpura, rojo, azul y verde fosforescente de las luces psicodélicas.

En la pista, los hombres bailan con sus mujeres de forma brusca. Las toman por el cabello, les muerden el cuello en besos que parecen ataques; su reguetón es obsceno y sus movimientos de salsa tienen un sabor amargo a sumisión.

Ellas no protestan. Solo gimen, solo sudan. La oscuridad las protege de la vergüenza de que sus hombres —maridos, amantes o “niños”, como llaman vulgarmente a los que simulan una juventud perdida— las toquen sin consentimiento previo. A través de jeans rasgados, faldas con pantaloneta o buzos de marca, ellos buscan el punto más álgido, rozando muslos con una insistencia que desdibuja la frontera entre el baile y la agresión.

Ellas, que quizás solo fueron a practicar pasos para no olvidar quiénes son, terminan perdiendo el norte en un orgasmo involuntario que escapa de sus labios como un suspiro común.

En medio de este torbellino de comportamientos inusuales, aparece caminando de forma despreocupada el Barman. Es el alquimista de la noche, el que oculta bebidas verdes ilegales y despacha cannabis sativa bajo la mesa.

Lleva a la altura del hombro una charola de madera fina con 21 copas. Contienen una bebida azul, atractiva y humeante, que burbujea una esencia capaz de provocar una salivación inmediata en cualquier lengua.

Los clientes lo miran con ansia. Después de todo, ¿a qué se viene a una discoteca en Tungsteno? si no es a probar cosas nuevas, lo que en días de oficina, los gritos de los jefes y las amarguras del cónyuge nos impiden hacerlo.

Ellos creen que, si no ingieren algo que les trastorne la cabeza y les haga olvidar quiénes son por unas horas, no sirve de nada quedarse allí, atrapados en la madrugada, junto a la persona que eligieron para compartir la noche.

Llaman con una señal de la mano al Barman. Este se acerca y ofrece su brebaje nadie pregunta que es porque es una cortesía de la casa. Solo que al probar se quedan mudos la mirada de sus ojos de distorsiona y cambiarse posicion la órbita de sus ojos. Iniciando una danza más de domino y seduccion.

Una mesera se acerca caminando con sus zapatos de taco ocho, su falda corta, con pantis negras que adornan sus piernas.

—¿Sabes porque el jefe Mijael ordenó repartir el Gerjes azul a todo los que están bailando?. —pregunta Sara Samuel la Mesera.

—Desconosco la verdadera razón Pero tú misma sabes que el Jefe suele divertirse con mujeres por las noches en el Bungalo. —responde el Barman. —hoy jodera algunas mujeres.

—Seguro. —dice Sara Samuel se apartó lentamente del Barman.

Por más que conocía la rutina de Mijael Pavblov no soporta pensar que el jefe utiliza la carne femenina para joder. Es para ella asqueroso. Pero es una opinion que no puede revelar. Incluso sospecha que el jefe usa al cuerpo femenino como una especia de consolador para varones.

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En el baño número tres, muy cerca de esa escultura de un bulldog de cerámica color marfil —un tono que recuerda al hueso—, la atmósfera se vuelve asfixiante.

Detrás de una puerta con seguro, una mujer se encuentra acorralada por un gigante al que muchos ven como lo que realmente es: “La Mole”. Es una especie de torre maciza y pesada, compuesta de carne, músculo y una carga desbordante de testosterona.

Sus pupilas se contraen y se dilatan en un ritmo errático. El sudor brota de forma profusa por su piel y la boca se le seca, volviendo cada aliento una lucha.

<<¿Quién soy? —se pregunta ella en el silencio de su mente>>.

<>.

<<¿Por qué siento húmeda mi entrepierna?>>

<>.

—Muy bien… Veo con cierta satisfacción que ya estás lista —dijo Mijael Pavlov.

Su mano comenzó a recorrer la voluptuosa pierna de ella a través de la pantaloneta de lana, subiendo más allá de lo permitido hasta invadir el refugio que intentaba cubrir la minifalda. Rozó su vulva, enganchó los dedos en el tejido y lo bajó de un tirón.

«¿Siento acaso frío?», se preguntó ella en la bruma de su mente. «¿Por qué siento remordimiento? ¿Tal vez culpa? Porque no es él quien me está arrancando la ropa. Es otra persona. Es una Mole, un ser que me aterroriza con su inmensidad, con esa fuerza cargada de odio que transmite al mirarme».

CONTINUARÁ…… .——————————————————–> A LA VUELTA DE LA ESQUINA : Una chispa de esperanza en el bolsillo izquierdo de mi minifalda.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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