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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 62

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  4. Capítulo 62 - Capítulo 62: Capitulo NRO. 47 : Daniela Moreno García.
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Capítulo 62: Capitulo NRO. 47 : Daniela Moreno García.

—¿Por qué gritas? —preguntó Mauricio.

—Es que… me pareció ver a mi hermana —respondió Daniela Moreno García.

—¿No crees que hablar mirando el agua de una bañera es muy random? —dijo Mauricio.

—En mi mundo, de donde vengo, esa palabra es muy común. ¿No sabes cómo ha sido mi vida? —respondió Daniela.

—No lo sé, pero ya me lo dirás —dijo Mauricio.

Ella dejó la esponja a un lado de la bañera. Él tomó su delicada mano, que se asemejaba a la de una mujer de alcurnia por los dedos delgados y las uñas largas. Entrelazaron sus dedos. Luego de observarla un rato, Mauricio pudo notar que los ojos grandes de Daniela deseaban llorar; brillaban, estaban rojos.

No es que él fuera despistado, es que no deseaba ya escuchar, ni ver, tampoco sentir con el corazón ni con la mente racional.

Ahora solo deseaba satisfacer el dolor que, desde hace un buen rato, le fastidiaba en los pantalones, mostrando un bulto palpitante y creciente.

Él tomó su muñeca y la sacó de la bañera. A ella le costó seguirle el paso; después de todo, estaba desnuda, limpia, pero sin zapatos, caminando descalza por el pulcro piso.

—¿Me vas a tomar ahorita? —preguntó Daniela.

—Sí, eso creo. No aguanto más. Sabes que es muy difícil ver a una mujer completamente desnuda sin hacerle algo, sin cosificarla con la mirada, sin intentar meterme en ella de alguna forma —dijo Mauricio.

—Siempre has sido tan directo —dijo Daniela.

—Casi siempre. Sabes que a veces uno tiene que mentir, deducir o venderse —respondió él.

—Vaya que lo sé —dijo ella.

La arrojó a la cama; ella rebotó en el mullido colchón. Volvió a sentir el frío helado de Tungsteno.

Su corazón latía fuerte, pero en su interior jamás tuvo esa fuerza Primordial que tienen algunas mujeres. Más bien, ella se veía a sí misma como un murmullo, una entre muchas voces dentro de una multitud: una Aide. Sin más gloria que ser la extensión de carne y pensamiento de alguien más. Simplemente ser eso: la mano que lleva el café, que sostiene la cartera, la mano que mece la cuna de un bebé ajeno. Aide.

Ella lo miró fijamente y abrió las piernas; él pudo ver su vulva.

—Te ofrezco mi umbral de carne, pero… haz algo más por mí. Prometo luego complacerte —dijo Daniela.

—¿Qué cosa? —preguntó él.

—Sécame el cuerpo, mojaré tu cama. Péiname como si fuera tu hija y, si no te apetece, pues hazlo como si fuera tu mejor muñeca, porque eso seré si deseas: una feroz muñeca de trapo lasciva.

Mauricio sintió que no tenía opción. Se mordió la lengua. Aguantó un poco más ese dolor en su pelvis mientras el bulto crecía. Secó con delicadeza a Daniela. Luego sacó un cepillo empolvado, lo sacudió y comenzó a cepillar su sedoso cabello.

—Gracias —dijo Daniela—. Si me entrego a ti, ¿prometes que cumplirás un deseo?

—¿Qué? No entiendo —preguntó Mauricio.

—Cuando era una niña, hace ya varios años, una profesora que tuve, llamada Maritza, nos dijo que la mejor forma de beneficiar a ambos sexos es haciendo un pacto de sangre… que eso quedaría en el cuerpo de los participantes como una huella genética. Pero también recuerdo que nos dijo que hoy en día ya nadie practica ese ritual. —explica Daniela Moreno García.

—¿Cómo se sella ese trato o pacto? —quiso saber él.

—Tenemos que juntar los dedos meñiques y decir: «Pinky promesa» —explicó Daniela—. Claro que primero tendríamos que establecer qué queremos del otro.

—Bueno, yo deseo un buen sexo… mmh, tal vez… quizá…

—Dilo sin pena. Yo también pediré lo mío sin contemplaciones.

—Está bien. Deseo que seas mi muñeca de trapo favorita y siempre quiero que me hagas terminar en ti.

—Cada vez que yo sea tu muñeca, tú deberás cumplir un deseo mío, sea cual sea. Prometo no ser mala, no pediré nada random.

Juntaron sus dedos meñiques. Daniela sabía lo que hacía: un pacto antiguo, dejado en el olvido por seres humanos que se cansaron de infringir dolor. Pero Mauricio ignoraba la marca que se grababa en su mente y en su carne, como una huella cutánea difícil de borrar. Él solo deseaba vaciarse; el deseo lo fue cegando sin que lo notara. Algo típico en machos que creen ser la cúspide de la pirámide, olvidando que antes de que ellos vagaran por la tierra, existió una primera: la costilla que dio vida a millones, la Primordial.

Una vez hecho el pacto, al sentir Daniela que estaba perfectamente peinada, pasó sus dedos a través de las hebras de su cabello. Se puso en pie y lo miró fijamente.

Sabía que no tendría que hacer mucho alboroto; ya estaba desnuda, limpia y, sobre todo, decidida. Se subió a la cama y avanzó gateando hacia el fondo.

—¿Así me quieres tener? —preguntó.

—Sí, bebé, así te quiero. No te muevas. Baja la cabeza, sube más tus caderas —pidió Mauricio.

—Qué enfermo eres, jajaja. Está bien, lo haré —respondió ella, obedeciendo la petición al pie de la letra—. Puedes ingresar por donde mejor te parezca, ¿sabes?

Mauricio se bajó los pantalones y se quitó la camisa. Desnudo, acarició su falcus. Una pésima costumbre que tienen los machos… las bestias que caminan como hombres.

Se arrodilló detrás de Daniela. Ella era muy distinta a su hermana Valeria, quien era voluptuosa, con esa silueta que muchos llaman hourglass. Daniela era enjuta, delgada, con pechos formados pero pequeños y caderas estrechas. Mauricio la tomó de las caderas, dándole algunos golpes que provocaron que su piel gritara en medio de la habitación. Al tocar su triangus, él empujó con toda la fuerza que tenía, ingresando en ella de golpe.

—¡Oh, sí, bebé! —gritaba él, empujando cada vez más fuerte.

Daniela gemía. No se sentía mal porque eso era lo que realmente quería. Aunque más que por el sexo o las embestidas, ella se sentía satisfecha por el trato: no como una mujer tomada por un macho, sino con una extraña dulzura, con el respeto de ese lapso de tiempo en que él aguantó su propio dolor para no tomarla a la fuerza. Por sentir, aunque fuera por un momento, que era su hija, aunque fuera una mentira cruel que la hacía sentir avergonzada.

—Pero así es mi naturaleza —murmuró ella.

—¿Qué has dicho, bebé?

—Que me folles más duro… ¡Sí, así, sigue, vamos, más!

Mauricio no podía dejar de hacerlo, de ingresar cada vez más profundo. Sentía que ya no eran dos personas, sino un solo ser que gemía y se regocijaba en un torbellino de reacciones químicas; una droga para su mente nublada.

—Auch, Auch Mauricio, auch… Cuando termines de hacerme el amor, ayúdame a encontrar a mi hermana, por favor. Siento que está en peligro.

—Sí… sí, solo cállate. Déjame terminar… Me vengo, Daniela, me corro.

CONTINUARA:::============}}} A LA VUELTA DE LA ESQUINA EN…………

EL DESPERTAR DE LA HIENA DORMIDA Y SU AULLIDO DE SANGRE.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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