EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 64
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Capítulo 64: Capítulo Nro. 48 : B = Valeria Rodríguez Garcia.
Se escucharon golpes fuertes en la puerta. Al principio fueron solo ruidos lejanos, ecos que no lograban perforar la bruma de su mente. Estaba sumergida en el asco, procesando el peso de la brutalidad que Mijael, ahora inerte sobre el frío granito del suelo, le había impartido. El silencio del baño era denso, roto solo por el goteo de un grifo mas cerrado y su propia respiración entrecortada.
Luego, el sonido del metal. Alguien introducía algo en la cerradura, tal vez una llave para ingresar y ver el horror. El pánico, una descarga de calor que le recorrió desde la pelvis hasta el pecho izquierdo, la sacó del estupor. Sabía quiénes eran. Los rufianes. Los que habían mirado mientras ella era montada, los que habían preguntado si podrían saborear su carne cuando la Mole terminara de descargar su veneno.
El solo roce de esa idea abominable la hizo temblar. Respiró hondo y trató de ponerse en pie de golpe. Al dar el primer paso, su tobillo derecho se torció, blando como la cera; no tenía la fuerza para sostener su propio peso. Cayó aparatosamente. El impacto contra el suelo duro le arrancó un gemido. Intentó levantarse de nuevo, pero la pierna izquierda no respondía. Era un peso muerto, un ancla de carne y hueso.
—¿Qué me has hecho, desgraciado? —murmuró hacia el cuerpo de Mijael—. No puedo caminar. No puedo pararme.
El miedo, sin embargo, era un motor más potente que el dolor. Comenzó a arrastrarse por el suelo húmedo. Sabía que, si se quedaba allí, volvería a ser violada. Escuchó los pasos ingresando al baño, acercándose primero al esperpento inmenso que yacía inconsciente. Valeria llegó hasta la pared rampando con mucho esfuerzo, se dio la vuelta y sacó la navaja. El filo brilló bajo la luz fluorescente mientras una idea psicótica martilleaba en su sien.
<< Defiéndete. Resiste. Márcalos. Llévalos a la tumba, Hiena. Es tu deber como mujer; es la verdad que grita en tu matriz y en tu sexo violentado.>>—pensamiento de Valeria Rodríguez García.
—Si vienes por un pedazo más de mi carne, te arrancaré el falcus antes de que me toques, hijo de puta —gritó, con la voz rota por tantos gemidos, el llanto y las suplicas de dolor.
Pero la figura que estaba frente a ella no era un verdugo. Era una mujer. Vestía falda, chaleco y pantis negras; una blusa blanca y un moño que denotaba su uniforme de mesera. Sostenía una charola de madera con un vaso Old Fashioned lleno de un brebaje azul.
Sara se quedó petrificada. Vio a Valeria descalza, con el cuello marcado por un tono negro morado de una asfixia mecánica. Notó en el piso un jirón de tela fucsia, lo que alguna vez fue una braga y ahora era solo un trapo inservible. Vio los hematomas floreciendo en los muslos y las pantorrillas de Valeria. El rostro de la mesera se descompuso en una mueca de horror, asco y una preocupación genuina que Valeria no sabía cómo procesar.
—¿Quién eres? —escupió Valeria, blandiendo la navaja—. ¿Has venido a darme más Gerjes Azul? Pues tengo noticias: ya no estoy drogada. Si te acercas, te juro que te cortaré un pedazo.
Sara no sabía cómo reaccionar; el mundo se le había desencajado en un segundo. En su vida como mesera se limitaba a obedecer notas en papelillos azules. Esta vez, uno de los rufianes le había ordenado un Blue Lagoon para Mijael Pavblov, una rareza en esta parte del mundo del Tungsteno, donde los hombres solo piden vodka barato, ron o jarras de calientito para quemar las penas. Un cóctel azul era un capricho extraño, pero siendo para el Jefe, Sara no hizo preguntas.
Hasta que abrió la puerta.
Allí estaba Mijael Pavlov, la Mole, el hombre imponente al que todos temían, reducido a una montaña de carne inservible. Tenía los pantalones y los calzoncillos a la altura de los tobillos, la camisa abierta y esa dignidad de “macho animal” desparramada por el suelo. Pero lo que le revolvió las entrañas a Sara no fue la desnudez, sino las marcas. Tres veces lo habían cortado, ella jamás había visto algo igual. El pecho del gigante había sido labrado con una sílaba: VA — VA — VA. Jamás imaginó que el mito viviente: aquel niño del bote, el extranjero que se creía dueño de las castas de Tungsteno, terminaría así: como un burdo violador que falló en su ridículo plan de salir ileso.
Sara sintió que el estómago se le subía a la boca. Las contracciones fueron tan violentas que soltó la charola de madera. El vaso estalló contra las mayólicas, desperdiciando esa esencia azul eléctrica que se mezcló con la suciedad del piso. Sara vomitó. Vomitó como una niña con fiebre, expulsando la brocheta que recién había comido para aguantar el turno.
—No… no vengo a hacerte daño —logró decir Sara Samuel, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Ni siquiera sabía lo que te estaban haciendo aquí adentro.
Miró de nuevo a Mijael y luego a Valeria, que seguía empuñando la navaja desde el suelo.
—Vaya que lo has lastimado… ¿Sabes? Nadie había podido noquearlo. Nadie lo había dañado como tú lo has hecho. —explica Sara Samuel.
Intenta acercarse para ayudar, aunque no sabe cómo… Pero, pese a su desconcierto, sigue caminando en línea recta hacia ella, extendiendo una mano que tiembla pero no duda. Valeria tiembla; sabe que si duda volverá a ser presa, no piensa morir dos veces por un exceso de confianza. No quiere bajar la navaja.
—No te sigas acercando, si te acercas más no sé qué haré… te juro que te cortaré —dice Valeria.
—Tranquila, no te haré daño, solo quiero saber cómo estás y quizás ayudarte… perdóname, por favor, por no haber venido antes —responde Sara Samuel.
Valeria no puede confiar. Tampoco dejarse persuadir por mentiras que intentan seducir su instinto de supervivencia. Así que, cuando Sara invade su espacio personal, ella agita su navaja en un arco que se dibuja en el aire. La sangre brota por los aires salpicando el piso.
La mano izquierda de Sara fue cortada. El corte no es profundo, pero igual la sangre se escapa de su mano al suelo. Ella grita por el dolor, pero al ver a Valeria se le salen las lágrimas.
—No me duele el corte… sino el imaginar cómo grita tu piel, tus órganos con lo que te han hecho. Perdóname, por favor, por llegar tarde —dice Sara Samuel, tapando su boca con su mano derecha.
—¿Qué? No llores porque no es tu culpa… es la mía por confiarme, por no ser lo suficientemente fuerte —dice Valeria, llorando.
Sara aprovechó este momento para volver a tocar el cuchillo, bajarlo y abrazarla con fuerza. Intenta consolarla pero no sabe qué decir en una situación así; por desgracia ella jamás fue violentada, usada de forma tan brutal.
—¡Shhh!… pequeña, silencio, no digas más. Aunque no lo creas, como mujer siento tu dolor y, aunque nada de lo que te diga borrará el horror que te practicaron, quiero que sepas que no estás sola… por favor no lo olvides, no estás sola en esto… hermana —dice Sara Samuel, en un arranque de emociones.
Un sonido rompió la conexión entre estas mujeres. Un ronquido como líquidos que burbujean. Se miraron; ambas sabían definitivamente que el hecho de que Mijael, la Mole, emita esos sonidos no es algo bueno. Es más que seguro que volverá a despertar.
CONTINUARA:::=============}}} A LA VUELTA DE LA ESQUINA EN…………
UNA MUJER JAMAS DEJA SOLA A UNA HERMANA… A UN QUE NO LO CREEAS PARTE DE TU DOLOR SIEMPRE VIVIRA EN MI……………………………………….EVA MARIA SAGASTI MERCIER “CON AMOR”
—¿Cuál es tu nombre? —dice Sara Samuel.
—Me llamo Valeria Rodríguez García.
—Yo en cambio soy Sara Samuel… ahora que hago memoria, te vi con él, con ese chico alto y apuesto, mmm se llama Thiago. ¿Entonces tú eres su novia?
—No… soy su novia, pero tampoco soy solo su amiga, es algo complicado de explicarte, menos ahora —respondió Valeria, ruborizada por recordar algo que había hecho.
—Bueno… tienes razón, eso no importa ahora. Valeria, mírame —dice Sara, coge el rostro de ella y la obliga a mirarla a los ojos—. Nadie, ninguna mujer lo lastimó como tú lo has hecho, Valeria. No pierdas más el tiempo, tienes que escapar cuanto antes.
—Pero él está… creo que está… —responde Valeria.
—¿Muerto? Jajaja, no seas ridícula… escucha, este hombre solo es un disfraz porque es dueño de una fuerza sobrehumana. Valeria, perdóname, pero seres tan insignificantes como nosotras jamás podrían matar a un animal como este —dice Sara Samuel.
—Pero… no puedo, me duelen mucho mis caderas y aparte no puedo caminar, la pierna izquierda la tengo muerta… perdí sensibilidad, no me responde —responde Valeria, preocupada.
—No te preocupes. Mira, en la parte alta de esta pared hay una ventana, ¿la ves? —responde Sara.
—Sí, la veo… pero no es muy grande. ¿Podré pasar por ahí? —dice Valeria con duda.
—Tienes que pasar… no hay otra opción —dice Sara.
Sara sabe que tiene que actuar con rapidez; los secuaces de Mijael no tardarán en venir. Se levanta, coge el cilindro de metal usado como tacho de basura y lo arrastra hasta la puerta para trancarla.
—Lo bueno es que en este baño siempre hay dos cilindros —dice Sara.
Arrastre el cilindro segundo. Se demora, pero lo logra; le da la vuelta botando casi toda la basura.
—Muy bien, así saldremos de acá. Ven, déjame ayudar —dice Sara.
Valeria se niega a darle la mano. Tiene miedo. Le duelen las caderas, la vulva, el cuello. Siente mareos leves. La pierna izquierda no sirve y la derecha le duele.
—No podré hacerlo, déjame… Ya no importa. ¿Qué más podrían hacerme? —dice Valeria.
—No digas tonterías, mujer… No sabes lo que realmente hace Mijael, es una bestia. Por Yendey, dicen las meseras más antiguas que Mijael, a las 2:21 de la mañana, se lleva a cuatro chicas de su discoteca a un lugar llamado Búngalo para jugar con ellas… No sé qué les hace, tampoco quiero saberlo, pero algunas ya no vuelven a ver la luz del día —cuenta Sara, casi llorando por los nervios.
Pero sus palabras, más que alentarla, le causan un profundo miedo. Valeria siente que no puede levantarse.
—¿No tienes a nadie que te espere? ¿Nadie por quién vivir? Chica, por favor, reacciona; esa montaña de carne ya se va a levantar. Vamos —dice Sara.
En ese momento, en medio de la perpetua oscuridad de su mente, aparece una luz dorada. Es tenue, pero lo suficientemente fuerte para ver la silueta de un hombre alto, imponente pero delgado, que le inspira seguridad. Esa figura de cabello ondulado, algo inseguro, que por la edad parece un niño pero por la forma en que la tocó… esa franqueza que muy pocos hombres mayores le dieron. Ese ser, ese macho que no es bestia sino varón caballero: es su Thiago. Es difícil de creer, su interacción fue intensa y furtiva, pero él la trató como lo que es: una mujer. Casi todos solo ven en ella una hembra sana a la cual domar y castigar.
—Sí… sí tengo. Es Thiago, mi Thiago. Quiero, anhelo volver a verlo, así solo sea para conversar con él o para que me toque la cabeza. Solo quiero verlo una vez más, por favor —dice Valeria, llorando.
—Entonces dame esa mano y saldremos juntas de esto —dice Sara.
Valeria le da la mano. Mordiendo sus labios, logra pararse sobre la pierna derecha.
—Por mi Yendey, es muy doloroso pararme así como estoy —dice Valeria.
—Tranquila, ya falta poco —dice Sara.
Sara, siendo ahora la más fuerte, se sube encima del cilindro. Le extiende la mano a Valeria, quien hace fuerza gritando para lograr subir. El ronquido de Mijael se hizo más fuerte; su brazo derecho se levantó hacia arriba bajando de forma pesada sobre la mayólica, sonando como un mazo. El piso se rajó formando surcos irregulares.
—Ya se levantó, santo cielo —dice Valeria.
—No, solo es un espasmo muscular, pero no tarda mucho. Apresúrate —dice Sara.
Valeria, diciendo las palabras “Mi Thiago preciso” , logró subir al cilindro.
—Creo que ya entiendo tu plan, Sara —dice Valeria. Se estira tomando el marco de la ventana que no tiene cristal. Hace fuerza levantando su cuerpo. Logra pasar la cabeza, el pecho y la cintura sin problemas. Sara la coge de los glúteos y la empuje con fuerza. Valeria cae de cabeza al exterior, sobre un montón de bolsas de basura amontonadas de forma improvisada.
— ¿Dónde está mi maldita Mula? —pregunta Mijael Pavlov desde el suelo.
—Se fue. No volverás a disfrutar de ella, maldito —responde Sara.
Sara se estira para subir por la ventana. Ha pasado el pecho cuando algo, como un bloque de cemento, encoge su tobillo y lo presiona. Ella grita.
-¡No! ¡Sara, te atrapó ese hijo de puta! —dice Valeria, sacando de su minifalda su navaja—. ¡Piensa rápido!
Lanza su navaja y Sara la coge sonriendo mientras Mijael la jala hacia adentro. Sara cae de golpe en el suelo del baño, tose botando algo de sangre; su labio está roto.
—Bueno, tú serás el premio de consuelo. Te montaré por salvar a mi Mula —dice Mijael.
Sara hace una señal levantando su mano, dando a entender que no tiene nada para defenderse. Mijael se acerca y la jala del cabello cargándola en peso.
Ella grita de forma desgarradora, pero con la daga se corta su propio cabello y, al caer al suelo, salta dando una estocada a la rodilla de Mijael, enterrando el cuchillo en la articulación.
Mijael cae al perder fuerza en la rodilla izquierda. Sara abandona el arma, corre, salta sobre el bidón y trepa por la ventana, dejándose caer en la basura al lado de Valeria.
—Gracias, pero perdí tu cuchillo —dice Sara Samuel.
—Eso no importa, vámonos —dice Valeria.
Caminan. El aire está helado. Han logrado avanzar unos metros cuando escuchan que dentro del baño están golpeando la pared, sonando fuertemente como si un yunque estuviera destrozando el concreto.
—Carajo, Mijael tiene tanta fuerza —dice Valeria.
—No te imaginas cuántas, chica. Lo bueno es que le tomará algo de tiempo romper esa pared —responde Sara.
La pared verde se agrieta, cayendo pedazos de cemento como pepitas encima de la basura.
—Crees que lograremos escapar de él? —pregunta Valeria.
—Si la pared resiste lo suficiente y si conseguimos un medio de transporte rápido, sí —dice Sara—. Sigue caminando, hazlo por tu novio Thiago, mujer.
—No es mi novio… quizás sea mi saliente… no sé, de repente no soy buena para él —dice Valeria.
—No te rindas.
En medio de la oscuridad, una luz se dibuja al fondo de la pista: un auto amarillo, un Nissan Sentra V16 de los años 90 , el clásico taxi que sobrevive a todo. Sara estira la mano nerviosa.
Los pedazos de pared que caen a su espalda son cada vez mayores.
El auto se detiene. Una mujer baja del asiento trasero: es joven, de cabello largo, vestida con falda negra, blusa blanca y pantis de rojo.
—¡Hermana! ¡Hermana! ¿Qué te han hecho? —Daniela Moreno García abraza a Valeria con tanta fuerza que ella grita de dolor.
—Perdón, hermana —dice Daniela—. ¿Tú has visto quién le hizo esto?
—No exactamente… será mejor irnos, luego les explico —dice Sara Samuel.
Un hombre bajo del taxi con actitud protectora.
— ¿Qué pasa? ¿Quién lastimó a tu hermana? Lo pondré en su lugar a ese maldito —dice Mauricio.
—¡Cállate! Esta situación es crítica. ¿No se dan cuenta de que hay algo rompiendo la pared de ese baño? —grita Sara.
Todos miran la pared verde a cinco metros de distancia. Algo la está destrozando. Mauricio no le toma importancia hasta que escuche una voz de mando absoluta.
—¡Sara, putita desgraciada, devuélveme a mi maldita Mula! ¡Juro que te destrozaré con mis propias manos! —grita Mijael Pavlov.
Mauricio ayudó a subir a Valeria, que grita por el dolor. Daniela la abraza de forma protectora dentro del auto.
—Perdóname, hermana, por dejarte en este antro. No te mueras, hermanita —dice Daniela.
Mauricio subió por la otra puerta. Sara subió adelante indicando el destino: el Hospital Central de Tungsteno Esperanza Baja .
Mientras el auto voltea para tomar la pista, Daniela ve a través de la ventana cómo del muro verde brota el brazo de Mijael. Con un último puñete, terminó de romper la pared. Daniela no pudo evitar abrir la boca de asombro; no podía creer que existieran hombres con esa fuerza capaz de romper cualquier estructura construida por el hombre. Fuerzas con el potencial de humillar y violar los derechos de cualquier persona, especialmente de aquellas a las que en Tungsteno llaman con desprecio: Las Mulas.
CONTINUARÁ…===============}}} A LA VUELTA DE LA ESQUINA EN…….
GRACIAS POR SU TIEMPO Y DEDICACION……….EVA MARIA SAGASTI MERCIER “CON AMOR”
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