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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 67

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  4. Capítulo 67 - Capítulo 67: Capitulo Nro. 49. : B = ¡Thiago no te mueras!
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Capítulo 67: Capitulo Nro. 49. : B = ¡Thiago no te mueras!

Sofía miró a su alrededor, intentando procesar lo que estaba sucediendo.

—Los oficiales no tenían la culpa, solo querían cumplir con su deber. —murmuró para sí misma.

Pero sabía que, si se detenía, el amor —esa chispa salvaje— moriría con Thiago.

La Chevrolet avanzaba pesadamente, devorando el asfalto bajo la acción del miedo. De pronto, una voz nítida y fría le susurró al oído:

—Mueve tu cabeza a la izquierda.

—¿Qué? ¿Para qué? —se preguntó, confundida por el choque de adrenalina.

—Solo inclina la cabeza hacia tu izquierda —repitió la voz.

Era ridículo seguir las indicaciones de una sombra, tal vez una entidad… pero Sofía sentía aquella seudovoz tan real como el metal del volante que sujetaba con firmeza. «Debe ser mi propia conciencia moral», pensó, «o lo que queda de ella».

—Está bien… —susurró, inclinando la cabeza con obediencia ciega.

En ese preciso instante, un disparo desgarró el aire. La bala atravesó la camioneta, perforando el cristal trasero, el respaldo del asiento del piloto y el parabrisas delantero en una línea perfecta de destrucción. En su mente quedó grabado, como un tatuaje de fuego, el silbido que se origina cuando el plomo rompe las partículas de oxígeno.

Sofía tembló. Tembló como una mujer que no sabe si acaba de ser salvada por Dios o por el mismísimo demonio que habita en el Tungsteno.

Detuvo la camioneta Chevrolet C10. Los discos de freno se enfriaron. Soltó el volante y comenzó a llorar, arrugando el rostro. El corazón se le partía porque su niño seguía sangrando, desmayado. Esos dos kilómetros se sentían lejanos, duros y pesados. Sofía solo pudo bajar la cabeza, poner su frente en el volante y entregarse a las circunstancias. Se escucharon pasos que raspaban el concreto, rotando piedras de ridículo tamaño.

—Documentos por favor, señorita —se escuchó.

—Con quién tengo el gusto? —preguntó ella.

—Con el suboficial de tercera, S3 de la policía, Rodolfo Cándidas.

—Antes de que me lleven a la comisaría, ¿pueden ver a mi niño? Es Thiago Serafín y se me muere.

—¿Su niño? —preguntó Cándidas.

—Es el hijo de mi marido… Walter Serafín Polmod —contestó ella.

— ¿Está en serio? ¿El hijo del Oligarca de las Sombras? No lo creo —replicó el oficial.

—Sí lo es, oficial.

—Dígame S3 nada más, señora —dijo El S3: Cándidas.

El compañero de Rodolfo, S3: Rubén Serrano, abrió la puerta del copiloto. Al hacerlo, se escuchó el goteo de la preciosa sangre roja que caía a la pista.

—Jefe, este chico está muy mal, la señora no miente —advirtió El S3 Serrano.

—Mi marido me dijo que, si los funcionarios no me creían, les enseñara esto.

Del bolsillo izquierdo de su saco, sacó un prisma de color negro brillante y se lo enseñó.

—Oh, no… es un Tungsteno Negro —murmuró el oficial—. El tesoro del estómago de la cueva. Cuando egresé, me contó que si una mujer me enseñaba un mineral negro brillante, debía servirle, porque significa que es parte de Serafín Polmod. Pero si era hombre, debía tomar un trago verde con él, pero jamás azul. Nunca me pasó en siete años… hasta hoy.

—También es la primera vez que lo muestro en público —confesó Sofía.

Rodolfo Cándidas se sacó el sombrero, bajándolo hasta su pecho en señal de respeto.

—Me declaro su servidor, mi señora. —dice El S3: Cándidas.

—Ayúdeme a llevar a mi amor… no sé lo que digo, perdóneme… ayúdeme a llevar a mi hijastro al hospital más cercano. Por favor, sálvalo.

—Cree que puede seguirme? La podemos escoltar —dijo El S3: Cándidas.

—Yo… no sé, esto es demasiado. ¿Qué haré si se me muere, oficial? ¿Alguna vez perdiste las ganas de vivir? Porque eso me pasará si algo le ocurre a mi niño.

Sofía García estaba destrozada.

CONTINUARÁ…================}}} A LA VUELTA DE LA ESQUINA EN…….

UN CÁNDIDAS QUE SE CREE MUY GRACIOSO ¿ASI QUE QUIERES HACERME DOLER MAS MIS CADERAS PARA QUE YO TE MALDIGA MIENTRAS ME DERRAMO EL AGUA ENCIMA DE TI?

—Señora… apártese del volante. Trate de confiar en mí, le ayudará, pero comprenda que está entrando en shock.

Sofía se limitó a obedecer; Sabía que no tenía opción. Se quitó el cinturón y trepó al asiento del copiloto.

—Señora, su hijo está mal. Trate de hacer presión en la herida para que no salga ni una gota más de sangre —ordenó Cándidas.

—Está bien, lo haré… lo prometo, pero conduzca… ¡Santo cielo, hay demasiada sangre! —gritaba ella a viva voz.

Rodolfo Cándidas, como buen S3, llamado por radio: «¡Atentos todas las unidades, transportamos herido por objeto punzocortante! ¡Central, nos desplazamos al Hospital Esperanza Baja! ¡Solicitamos autorización para violar semáforos en el distrito Santa Maultier De Nanay!».

—Permiso concedido, S3 Cándidas… procesa y comunica el desenlace —respondió la Central.

—Perfecto —gritó El S3: Cándidas.

Tuerce el timón en un giro brusco y pisa el pedal a fondo. La camioneta resucita arrancando con gran violencia.

La máquina avanza por la pista oscura con una Sofía García montada sobre Thiago, intentando contener el brote excesivo de sangre y temiendo que el niño jamás despierte del letargo causado por las lesiones graves que le ocasionó el Flaco Barrientos en una gresca de callejón.

El camino no es santo. Tampoco está limpio; tiene baches y piedras de ridículo tamaño.

Rodolfo Cándidas maneja esquivando a algunas personas sin oficio vigente, seres sin futuro estable que solo son almas Herrrantes de las madrugadas. Gira a la derecha, luego a la izquierda, luchando contra el asfalto herido de Tungsteno.

—Tenga cuidado, señor… por favor… me duelen las caderas —dice Sofía García.

En su afán de cuidar a Thiago, producto de los giros bruscos que origina Cándidas, Sofía se golpea los glúteos y los muslos contra la estructura de la camioneta.

—Tranquila, señora… hago lo mejor que puedo para salvar a su niño —responde El S3: Cándidas.

—No es mi niño exactamente… es difícil de explicar —Sofía se lamenta, mirando hacia el vacío—. A veces me olvido de que estoy hablando con un policía de Tungsteno.

—Tranquila, no la voy a juzgar. Solo intento cumplir mi función sin perder mi trabajo —explica el S3 Cándidas.

—Más bien, gracias… mmm… encontraré la manera de agradecerle —afirma Sofía con voz suave.

—Perdóneme en serio por lo que diré… —suelta Rodolfo sin quitar la vista del camino—. Es cierto que le hago doler las caderas por mi forma de conducir, pero de verdad me gustaría hacerle doler más sus caderas. Créame, si no tuviera este uniforme, la calentaría tanto hasta que se derramara encima de mí y me gritara: «eres un hijo de puta».

—Vaya… no sabía que los S3 de la policía eran tan mañosos —responde Sofía con una sonrisa pícara, desafiando la tensión del momento.

—Le pido disculpas por mi francés —concluye el S3 Cándidas, apretando el volante.

—Mmm, déjame pensarlo… —Sofía García soltó una risa breve y cargada de sombras—. Me encantaría, pero verás que tengo algunos hombres metidos bien adentro en mi cabeza y mi marido… mi marido es un animal, ¿sabe?

—Me lo imagino, señora. Pues no por nada le dicen el Oligarca de las sombras —contestó el S3 Cándidas, manteniendo la vista fija en la carretera.

—Y pues el otro… el otro es muy ingenuo. La verdad, me gustaría tanto como usted dice, decirle «eres un hijo de puta» al sentirlo bien adentro. Pero a pesar de su nobleza, hay algo en ese chico, en ese hombre, que me hipnotiza, ¿sabe? Es…

—No, no, tranquila. No es necesario que me lo diga. Sé que le avergüenza y me halaga lo que dijo… en serio —interrumpió el oficial con un tono de respeto inesperado.

—Gracias por su consideración —dijo Sofía, suavizando la voz—. Sabe, me cae bien. Por lo menos, pese a tener uniforme, me pidió permiso; al menos lo sentí así. Así que, si me tiene paciencia, le prometo conseguirle una presa.

—Señora, por favor… no soy un depredador —replicó Cándidas, intentando sostener su máscara profesional.

—Sabe cuál es la calidad de ser la mujer de un dominador de mulas? —preguntó Sofía con una gravedad que heló el aire en la cabina.

—No, señora. Desconozco esos términos, son algo nuevo y la verdad no profundicé mucho en ello.

— Debería, T3 Cándidas, debería… —Sofía mostró una sonrisa irónica—. La mujer de un dominador que ya bautizó a más de tres discípulos puede oler la marca psíquica cutánea de cualquier otro dominador. Así que… no me es indiferente su verdadera naturaleza. La diferencia radica en que usted es más amable que la mayoría. Pero no me vuelva a mentir, o esa carne que le prometí, porque se lo prometí, jamás llegará a sus fauces… si sigue así, ¿me entiende?

—Sí… entiendo, señora, no volverá a pasar y, claro, será muy sincero con usted —responde S3: Cándidas.

La camioneta Chevrolet C10 llega a la Plaza de Armas de Tungsteno. Rodolfo Cándidas se limita a rodear la plaza, tomando la próxima calle: Los Crisoles de Fuego Inverso. Avanza hacia la derecha con el motor que ronronea hasta llegar a la manzana N° 08.

—¡Por fin llegamos al Hospital Esperanza Baja! Muy bien, tendremos que bajar… —dice desesperada Sofía García.

—Aún no, señora, sujétese —dice S3: Cándidas.

—¿Por qué? ¿Qué hará? —responde con la intriga Sofía García.

—Lo que mejor sé hacer yo: romper puertas, umbrales y rebasar límites —dice S3: Cándidas.

De lo pausada que se había vuelto la camioneta, comenzó a saltar como si algo dentro del mismo motor deseara salir al exterior… Los neumáticos comenzaron a girar en el piso quemando caucho.

—Deténgase, por favor, Cándidas, me está asustando —dice Sofía García.

—Le dije bien claro que me diga S3, señora. Sabe que pueden haber muchas Cándidas, pero pocos S3 con siete años de servicio; soy S3 por siempre —grita S3: Cándidas.

Él suelta la palanca de freno manual. El vehículo se impulsa hacia adelante, choca con la reja, pero parte la gruesa cadena y el candado como si los hubiera cortado con un soplete; Incluso del metal quebrado soltaba un humo que se evapora en el viento. La máquina siguió su recorrido esquivando a los enfermos en sillas de ruedas, madres de familia con bebés en brazos, mujeres embarazadas y muchos médicos que corrían fuera del alcance de una camioneta que, de alguna manera poco legal, terminó entrando dentro del hospital…

Después de recorrer el ala principal del nosocomio, así como su pasillo principal abierto, pudo ver Admisión o el área de Recepción, por lo que Cándidas no lo dudó y se aventuró para llegar a la puerta.

—Baje la velocidad, S3, por favor; si no lo hace vamos… ¡por Yendey, vamos a romper la puerta con el parachoques del carro! —grita Sofía García.

—Soy el mejor S3, eso se lo aseguro, nena —dice de forma petulante S3: Cándidas.

La C10, con parachoques de acero inoxidable, rompe en varios pedazos las dos puertas de vidrio templado que conformaban la entrada principal. Solo quedó un número inmenso de vidrios que se dispersaron como una especie de estrellas o arroz de cristal sobre el piso y el mostrador. Derrapando con los neumáticos negros, dibujó una «C» negra y grotesca en el piso de mármol de color marfil.

—¡Rápido! Tengo un herido por arma blanca, objeto punzocortante, ha perdido mucha sangre; por favor, traigan cuanto antes una camilla —grita con desesperación T3: Cándidas.

La enfermera licenciada Vilma Impressed se encuentra con la boca abierta ante el hecho de que una camioneta de procedencia desconocida irrumpió de una manera poco amigable en la sala cerrada de Recepción y Admisión. Pero al ver a la mujer que acompaña al policía, distinguió a Sofía García por sobre todo por su cabello rubio largo y radiante, a pesar del pantalón jean manchado de sangre y sus manos de uñas largas que ahora adquirían un aspecto rojizo amenazador.

—Rápido, no se queden parados, señores. Traigan una camilla, alista los implementos para suturar y el anticoagulante —ordena Vilma Impressed.

Trajeron la camilla entre varios enfermeros uniformados de turquesa y lo ayudaron a bajar del auto. Thiago se encuentra inconsciente, pero con un corazón que aún tarde con un poco de vida. Mientras ponían de forma correcta a Thiago, de un pasillo contiguo entró un enfermero llevando una camilla con una mujer de tez clara y un hermoso cabello de fuego; se encuentra golpeada, con moretones en la ceja y contusiones en sus brazos y muñecas, respirando con dificultad pero consciente.

Vilma Impresionada empuja la camilla de Thiago; un enfermero llamado Timy Helptimely lleva a la joven Valeria Rodríguez. Por un momento sorpresivo se encontraron los dos, aunque Thiago ignoraba que Valeria le estaba agarrando la mano mientras eran llevados a distintos salones, quirófanos y exámenes que les esperaban al final del pasillo.

Dejaron atrás a una Sofía García consternada, gritando y llorando por una explicación a Daniela Moreno, la cual está muy molesta con su madre al punto de hacer señas ofensivas, diciéndole de forma muy obvia: «¡Qué miércoles te pasa, madre! ¡Eres una descerebrada o qué!».

También dejan atrás a un S3: Cándidas que intenta explicar, sudando, lo indispensable que es romper las puertas corredizas de cristal para salvar la integridad de un muchacho que está en la flor de su juventud. Y a Mauricio, que se pregunta por qué diablos está metido en un hospital a las 02:40 am con mujeres que no conoce bien, viendo y tocando lo caliente que está esa camioneta antigua, pero un clásico: una Chevrolet C10 de 1970. Mientras tanto, todos se quedan impresionados por un grito desgarrador:

—¡Thiago, despierta, mi vida! ¡Por favor, no te mueras, mi hombre precioso!. —grita Valeria Rodríguez García.

CONTINUARÁ…================}}} A LA VUELTA DE LA ESQUINA EN…….

GRACIAS POR DEDICARME TU TIEMPO TU ESPACIO………………………………..EVA MARIA SAGASTI MERCIER “CON AMOR”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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